De la endogamia a la exogamia



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DE LA ENDOGAMIA A LA EXOGAMIA

UN TRÁNSITO DIFÍCIL

Cada individuo pertenece a una y luego a dos familias elementales; nace en una familia, que podemos llamar “familia de origen” y luego, ya adulto, crea la que podríamos denominar “familia de procreación”.

Estas dos familias, la de origen y más tarde la familia de procreación, constituyen para un sujeto su núcleo de parentesco, esto es, todos sus parientes de primer grado. Sin embargo, la familia de procreación no sólo está ligada a la familia de origen del sujeto, sino también a la familia de origen de su pareja.

En opinión de Moguillansky y Seiguer (1991): “En el punto de origen de cada familia se halla la constitución de la pareja, la que da fundación a un nuevo orden familiar. Su establecimiento, ritualizado en su exteriorización social acorde a ceremonias culturales (casamiento), incluye una operación simbólica que marca un corte a partir del cual ha de iniciarse una legalidad vincular distinta, sustentada sobre una compleja trama emocional”.

La sociedad industrial ha producido cambios significativos en la estructura familiar anterior a la misma, o sea la estructura familiar rural. La sociedad industrial no da lugar a la formación de grupos de parentesco más amplios que la familia que podemos designar “nuclear”, formada por la pareja conyugal y sus hijos. Ello es así, puesto que una familia numerosa impediría la movilidad geográfica de los individuos en busca de trabajo.

Esta forma restringida del grupo familiar acarreó cambios importantes no sólo en la estructura de la familia, sino también en el intercambio afectivo entre sus miembros. La familia rural consistía en una unidad a la cual estaban asociados muchos individuos. Alrededor de la familia nuclear vivían los abuelos, tíos, tías, primos, etc. Si los pequeños no tenían a sus padres disponibles por las tareas propias del campo, siempre había brazos desocupados para atender sus necesidades de protección, cuidado y afecto.

Las emociones de un sujeto, ya sea un niño o un adulto, tenían la posibilidad de repartirse entre un grupo grande de familiares, lo que posibilitaba que los vínculos individuales no fueran tan intensos. Así como las emociones podían repartirse en un conjunto, los lazos de dependencia a un miembro del grupo no eran tan exclusivos; el rechazo por parte de un familiar podía resolverse con la aceptación de otro y podía manifestarse el rencor hacia un miembro de la familia sin quedar en el desamparo. Si se reunían más jugadores, el “juego emocional” estaba más repartido. Las relaciones de dependencia no adquirían las dimensiones que luego adquieren en la familia de las sociedades industriales.

En la familia nuclear, los jóvenes tienen una dependencia emocional muy intensa con sus progenitores. El hecho de que la familia urbana vive encerrada en un hábitat por lo general reducido, impide el aislamiento y la privacidad de sus miembros. El espacio íntimo así creado, genera un intercambio emocional concentrado en pocas personas, y, además facilita la vigilancia paterna sobre los hijos.

En los últimos decenios, el control de la natalidad reduce aún más el número de miembros de la familia nuclear; en algunos países la tasa de natalidad es negativa; las relaciones entre los participantes se hacen más estrechas y exclusivas.

Esta mayor dependencia emocional será transferida a la relación conyugal. Como dice Aulagnier (1972), los primeros destinatarios de las demandas libidinales y narcisistas siempre están fuertemente catectizados, hecho bastante sobresaliente en las primeras elecciones de objeto realizadas por el yo. Dado que la dependencia absoluta del bebé es universal, la transferencia de esta relación al compañero sexual en la vida adulta es generalmente intensa y excluyente y es en ella donde se buscará la gratificación de las necesidades propias.

Lo distinto es que mientras la relación del bebé con los padres es asimétrica, puesto que ellos pueden satisfacer su demanda o dejarlo insatisfecho, la relación con la pareja conyugal es simétrica, pues cada uno de sus partícipes tiene el monopolio de la gratificación del otro (1).

Si bien es muy difícil caracterizar o definir salud o enfermedad en una pareja, podemos aventurar que su salud y bienestar dependen de la "plasticidad" para establecer vínculos asimétricos cuando la necesidad los requiere; que estas conformaciones asimétricas puedan ser intercambiables entre sus miembros y que se desarrollen en un marco general de simetría. La dificultad para asumir la asimetría en el vínculo, o la cristalización, ya sea en la simetría o en una de las dos variantes de la simetría, sería señal de un empobrecimiento y parálisis de la pareja.

Si una pareja de novios o amantes deciden constituir una nueva unidad familiar, su camino, ya de por sí trabajoso, en la búsqueda de la armonía conyugal, se verá obstaculizado por aquello que denomino “conflicto de lealtades”. “Elegir una pareja (Matus, 1996) es proyectar el deseo hacia un objeto extrafamiliar, lo cual implica que toda separación lleva implícita una culpa por el abandono de los progenitores. La inhibición de la sexualidad que observamos en el funcionamiento neurótico, promueve la erotización de los vínculos paterno-filiales y garantiza entonces su persistencia y continuidad”. Cada uno de sus integrantes se encuentra involucrado en una situación de conflicto entre su lealtad a la familia de origen que se encargó de cuidarlo, alimentarlo, educarlo, mantenerlo, se preocupó por su desarrollo personal y le dió un nombre, y la nueva familia que constituye con su pareja.

Esta doble lealtad los divide y conflictúa, constituyendo generalmente la más temprana fuente de desaveniencias. Estos desacuerdos pueden extenderse a toda la vida de la pareja. Fuente constante de producción de celos, actúa como elemento negativo para la integración de sus miembros y la consecuente formación de una nueva identidad.

Para Pahb y Woscoboinik (1993) “la salida exogámica que supone la formación de la pareja matrimonial entra en contradicción con la vinculación endogámica que resuena en el mundo psíquico de cada uno de sus miembros”.

El sujeto psíquico debe afrontar múltiples situaciones de duelo: la separación de su masa fálica del interior de la madre, el destete, el reconocimiento de no ser el compañero adecuado para la madre, el duelo por el cuerpo infantil que, como dice Aberastury (1971), es doble: la de su cuerpo de niño cuando los caracteres sexuales secundarios lo ponen ante la evidencia de su nuevo status con la aparición de la menstruación en la niña y el semen en el varón, que les imponen el testimonio de la definición sexual y del rol que tendrán que asumir, no sólo en la unión con la pareja, sino en la procreación. Y esto exige el abandono de la fantasía del doble sexo. En la misma línea, Grinberg y Grinberg (1980) afirman que el establecimiento de la identidad sexual implica una renuncia al sexo que no se tiene. Kasitzky de Bianchi (1997) considera que: “La identidad sexual se define y sostiene en el encuentro con el otro, con la condición de que el otro-sexo permanezca opaco al conocimiento de uno y que sea imposible para un mismo sujeto ocupar las dos posiciones. La presencia del otro siempre indiscernible, enigmática, inescrutable, hace posible la emergencia de las dos versiones de la sexualidad”. En rigor de verdad, cada paso hacia la aceptación de la propia identidad y de lo que cada uno es, obliga a la elaboración del duelo por lo que uno no es. Otros duelos que deberá asumir se refieren a los padres de la infancia, a los amigos perdidos y a los familiares fallecidos. Así también deberá realizar el duelo de su familia de origen para acceder a la familia de procreación.

La separación y el duelo por la familia de origen es un proceso trabajoso y doloroso por dos razones: En primer lugar, la familia de origen tiene la exclusividad durante largo tiempo de la vida afectiva del sujeto psíquico, los padres constituyen el primer amor, amor que necesita ser desplazado de la relación incestuosa infantil para acceder al amor adulto de la pareja exogámica. En segundo lugar, encontraremos una resistencia a renunciar a la identidad familiar narcisizada ( que forma parte del yo ideal ) para incluirse en una nueva unidad, la familia de procreación (2).

Moguillansky y Seiguer (1991-96) dicen que: “en términos de corte, la organización simbólica que instituye la alianza guarda con el parentesco la misma relación que -según decimos los psicoanalistas- la función del padre guarda con el complejo de Edipo. Este nivel de transformación da cuenta también de las continuidades, de la invariancia que hace cadena en la serie generacional; esta nueva familia estará relacionada con el pasado pero admitiendo categorías de sentido inéditas. La alianza opera de esta forma como una nueva matriz creativa”.

Cada integrante de la nueva familia trae a la misma sus valores, normas, costumbres, gustos y preferencias que son el fruto de su identificación con la familia de origen. Este encuentro tendrá como resultado una nueva identidad, producto de la integración de ambos o, por el contrario, será fuente de conflictos. El éxito o fracaso de este proceso dependerá: de la adherencia de los miembros de la pareja a su familia de origen; de los celos que la familia del cónyuge pueda movilizar en el otro y de las situaciones de hostilidad con la familia del otro surgidas con anterioridad o posterioridad a la constitución de la pareja.

En el proceso de formación de una familia de procreación es muy importante la tolerancia-intolerancia de los miembros de la pareja a aceptar los lazos endogámicos de su cónyuge. El paso a la exogamia puede ser prolongado y, en muchos casos, no resolverse por completo a lo largo de la vida. Si los lazos endogámicos son difíciles de desatar, pueden constituir una fuente inagotable de celos.

Pasemos a estudiar las situaciones conflictivas que pueden producirse entre la familia de procreación y las familias de origen, derivadas del apego-desapego y de la tolerancia-intolerancia de sus partícipes. Las combinaciones posibles son las siguientes:

l- Poca adherencia de sus componentes hacia la familia de origen.

2- Adherencia de uno de sus componentes con:

a) tolerancia del otro.

b) intolerancia del otro.

3- Adherencia de ambos componentes respecto de sus familias de origen con:

a) tolerancia mutua.

b) intolerancia mutua.

c) intolerancia de uno de los miembros.

Los conflictos de la familia de procreación con las familias de origen se producirán en las circunstancias de 2b, 3b y 3c. O sea:

2b- Que Juan, independiente de su familia no soporte que María, su mujer, esté muy pegoteada a la de ella.

Ej.: “Estoy cansado de que mi mujer no esté nunca en casa. Por un motivo o por otro está todo el día con la mamá. Mis hijos no son hijos nuestros sino de la mamá de María. Yo a mis padres los veo o les hablo cada quince días más o menos... pero ella no puede pasar un día sin estar con su mamá”.

3b- Que Juan y María estén muy pegoteados a sus familias de origen y ninguno de ellos soporte este apego familiar del otro.

Ej.: En una sesión de pareja, la esposa, indignada, acusaba a su marido de desatender a ella y a sus hijos por culpa de los padres de él, que con la excusa de cualquier dolencia, reclamaban la atención del hijo; que, además, la ayuda económica que éste dispensaba a sus padres iba en detrimento de sus hijos. El discutía apasionadamente con ella, a quien acusaba de estar influenciada por su madre que nunca había querido a los padres de él, que tanto les ayudaron, que era una ingrata; que además estaba cansado de ir todos los domingos a comer a lo de sus suegros, que eso no les permitía la libertad de programar, y él y los chicos se aburrían porque “la señora” tenía que estar con sus “papitos”.

3c- Que Juan y María están muy pegoteados a sus familias de origen, pero mientras Juan puede tolerar la dependencia de María, ésta no soporta la de Juan.

Ej: “No puede ser que cada vez que le pasa algo a los padres tenga que salir corriendo cuando tiene dos hermanos que se desentienden. Los padres lo llaman sólo a él, porque saben que los otros no se ocupan de ellos.¡Que no vaya, a ver que pasa!”. Juan le contesta: “Pero María, cuando tus padres nos necesitan también corremos, no hagas un problema de esto, son mis padres y tengo que cuidar de ellos, así como hacemos con los tuyos”.

Como podemos observar, los conflictos con la familia de origen del otro son motivados en gran número de casos por los celos. Todas las parejas deben enfrentarse con estos sentimientos; la madurez lograda por las personas implicadas marcará el desarrollo de la relación; la posibilidad de contenerlos y tolerarlos es beneficiosa para la salud de la pareja.

“Lo que pasa es que no me querés”; “si me quisieras no me dirías eso” o “no me tratarías así”, etc. Esta es la queja más frecuente entre novios, amantes o jóvenes esposos. Las peleas, discusiones y reconciliaciones nos enseñan que tras estos reclamos se encuentra la demanda de amor y la sospecha de haberlo perdido.

¿Por qué los celos, principalmente en los primeros tiempos de la pareja los suscita la familia de origen? Porque, como indicamos, es ella la que tuvo el monopolio del amor del compañero, amor que en parte se ha transferido y que paulatinamente se irá transfiriendo a la pareja, aunque nunca en su totalidad. Señalamos además, que en la familia nuclear reducida, los vínculos entre padres e hijos adquieren una inusitada intensidad y la dependencia emocional de estos últimos es incrementada por la dificultad para establecer otros intercambios afectivos, propia de las grandes ciudades.

Ahora bien, el hombre o la mujer que teme perder al compañero que ama, no sólo reacciona ante la pérdida de amor y del vínculo con el amado, sino también ante la pérdida de lo que éste representa como prueba de su valía, y por tanto, de su seguridad. Su autovaloración, ya esté basada en su inteligencia, en su aspecto, en su potencia sexual, en su riqueza, su iniciativa, su capacidad de dar o recibir afecto, se verá seriamente afectada si su pareja, su compañero sexual, no la confirma.

Por lo anterior, tendremos que considerar la herida narcisista que implica la sospecha o el retiro del amor del otro. Si bien los celos son bastante simples y primarios, y a la vez tan inevitables, movilizando odio y agresión ante un abandono o amenaza de abandono, tienen un atributo peculiar: el sentimiento de “humillación” que invariablemente los acompaña, debido a la pérdida de confianza y seguridad.

La persona abandonada puede llegar a sentirse incapaz de ser amada, con el consiguiente temor a la soledad. Podemos afirmar entonces, que los celos de un componente de la pareja hacia la familia de origen de su cónyuge, contienen, en primer lugar, el temor a la pérdida del amor, a ser privado de lo que el sujeto cree que es suyo. En segundo lugar, la aparición del rival capaz de despojarlo, significa una afrenta narcisista ante otro que pasa a ser el modelo apetecido.

Imaginemos una pareja que vive lejos de sus familias de origen, y que cuando Juan llega a casa, le dice a Maria (que no tiene lista la cena, ni siquiera la mesa puesta ) que la mamá de él es más organizada, puesto que cuando su papá regresa del trabajo, ella tiene la mesa tendida y la comida lista para servir. O comenta que la madre es una persona muy cuidadosa de la limpieza y siempre lava la vajilla antes de irse a dormir, y nunca la deja (como hace María ) para el día siguiente.

Comprobamos aquí la presencia “virtual” de la familia de Juan, perturbando la relación de éste con su esposa. Lo más probable es que estos comentarios provoquen los celos de María, que despierten odio hacia su rival ( la mamá de Juan, modelo desde el cual es criticada) y una herida a su narcisismo ( al no poder alcanzar el ideal de pareja de Juan ).

A propósito de esta temática mencionemos algunas citas de Freud (1921) procedentes de “Psicología de las masas y análisis del yo”: “De acuerdo con el testimonio del psicoanálisis, casi toda relación afectiva íntima y prolongada entre dos personas -matrimonio, amistad, relaciones entre padres e hijos- contiene un sedimento de sentimientos de desautorización y de hostilidad que sólo en virtud de la represión no es percibido”. “Toda vez que dos familias se alían por matrimonio, cada una se juzga la mejor o la más aristocrática, a expensas de la otra”. “En las aversiones y repulsas a extraños con quienes se tiene trato podemos discernir la expresión de un amor de sí, de un narcisismo, que aspira a su autoconservación y se comporta como si toda divergencia respecto de sus plasmaciones individuales implicase una crítica a ellas y una exhortación a remodelarlas”.

Supongamos ahora que Juan y María han logrado autonomía e independencia respecto de sus familias de origen. Ello no será un obstáculo para el despliegue del “narcisismo de las pequeñas diferencias”.

Imaginemos que luego de cenar Juan quiere mirar televisión con María y ella quiere quitar la mesa, lavar la vajilla y ordenar la cocina. O que Juan, luego de la cena, quiere acostarse, hacer el amor con María y dormir, pero María no se acuesta hasta dejar todo limpio y en orden y cuando termina Juan está dormido.

Además, los fines de semana María ha programado una serie de actividades fuera de casa, tales como ir de compras, al cine, cenar en un restauran con una pareja amiga, asistir a un club, jugar tenis y luego a las cartas, estar con amigos, etc.

Juan desea quedarse en casa como lo ha hecho habitualmente los fines de semana, pues le gusta dormir, mirar televisión, leer tranquilo los periódicos, escuchar fútbol por la radio y estar a solas con María.

Él justifica su inclinación diciendo que toda la semana está fuera de casa, y el fin de semana quiere estar tranquilo, sin ningún tipo de obligación. María defiende su programa, alegando que ella ha pasado la semana encerrada en casa trabajando, y el fin de semana quiere que sea distinto, estar al aire libre, salir, estar con gente. Además, la costumbre de ella fue aprovechar los fines de semana para pasear, hacer deportes y estar con los amigos. Juan le responde que él no ve la hora de que llegue el fin de semana para estar en casa tranquilo y que esto no es de ahora, que si fuera por él, se pondría el pijama el viernes a la noche y se lo quitaría el lunes por la mañana.

Estos sucesos originan discusiones interminables dentro de la pareja creando un malestar creciente. Es que la defensa a ultranza de la posición personal, este empecinamiento narcisista (3), tiene su razón de ser, no sólo en el anhelo de imponer al otro lo propio, considerado lo mejor y más conveniente, sino en el resguardo de la identidad del sujeto; el temor a perder aquello que lo cohesiona y lo diferencia de los demás.

En “El tabú de la virginidad” Freud (1918 [1917]) expresa que “Los hombres, mediante un tabú de aislamiento personal se separan de los demás, y que justamente en sus pequeñas diferencias, no obstante su semejanza en todo el resto, se fundamentan los sentimientos de ajenidad y hostilidad entre ellos. Sería seductor ceder a esta idea y derivar de ese narcisismo de las pequeñas diferencias la hostilidad que en todos los vínculos humanos vemos batallar con éxito contra los sentimientos solidarios y yugular el mandamiento de amar al prójimo”.

Los miembros de la pareja necesitarán de tiempo y esfuerzo para resignar costumbres, características, normas y hábitos propios para crear un espacio común de encuentro, espacio que será enriquecido por el aporte de ambos, producto nuevo que hablará de las potencialidades generativas de esa asociación (4).

No puede negarse que el encuentro con una persona del otro sexo en la intimidad es problemático. Tanto para el hombre como para la mujer, la aceptación del otro diferente implica reconocer la castración, la incompletud, la necesidad del otro para el proceso procreador y en consecuencia admitir el paso de las generaciones y la muerte. Si ello ocurre, se establecerá entre ellos un ámbito donde puedan compartir sus posibilidades creativas (5).



Notas:

(1) La forma de relación puede tener características de simetría o de asimetría. Para Aurora Pérez, “una configuración asimétrica es aquélla cuyos polos se encuentran en distintos niveles de maduración psíquica. La vinculación parental es un ejemplo de ello, planteado desde la inmadurez e indefensión del bebé, polo en desventaja frente a la posibilidad de cobertura y capacidad de resolución del polo adulto, padres. Dentro de las configuraciones vinculares asimétricas, la de la parentalidad aparece como la que conforma un campo muy rico, su paradigma es el despliegue de los vínculos primarios. Éstos sostienen el tramado y el desarrollo de los procesos psíquicos constituyentes de la organización mental del humano, la humanización y la maduración de las estructuras mentales”.

“Los vínculos simétricos están constituidos por polos análogos en maduración psíquica. Pueden ser heterosexuales, como en la formación de la pareja humana, con interrelación sexual. Pueden ser de distinto o igual sexo, sin intercambio sexual: vínculos entre pares, fratrías, etc”.



“Las configuraciones familiares implican un interjuego de ambos tipos, en general, en convivencia. La vincularidad generada por la constitución de un grupo familiar, tiene tal envergadura, que opera mentalmente como vigente, aún en ausencia de convivencia. Sobre la trama que generan los vínculos es donde más claramente se vé y pueden discernirse las demandas del inconciente, las apetencias, los deseos de unos sobre otros. En el armado de la conyugalidad, la vincularidad que se establece entre tales dos sujetos es primigenia a cualquier contrato social o jurídico. Tal vincularidad está generada, propiciada y ejecutada en función de las fantasías operantes, probablemente ya desde el fenómeno de ”. Perez, A. (1991) El status del inconciente en las configuraciones vinculares, Vol. XIII, 2, Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, 1991.

(2) “Ocurre a veces que el modelo que una pareja está utilizando no tiene nada que ver con ellos mismos. Es un modelo importado, fabricado en base a la identificación con la familia de la que provienen, o en contra de la familia o el modelo de moda. En el primer caso, el modelo sería algo así como un legado del que la pareja se hace depositaria y entonces, hasta que no se realice el despegue, a uno le están viviendo la vida y le están dando la pareja que los padres quieren darle. En el segundo caso es un modelo también supuesto pero que no tiene nada que ver con el legado familiar sino con la pareja idealizada, el modelo de moda, un determinado juego de roles que se elige y al que se quiere acceder sin tener en cuenta las posibilidades reales de los miembros de la pareja”. Perez del Cerro, B. (compiladora) (1972) Dialoguemos con las parejas sobre , Año V, 17-18, Buenos Aires: Revista Argentina de Psicología, Nueva Visión, 1975.

(3) “Si se elaboran las injurias narcisísticas propias del desenamoramiento se accede a un nuevo modo de encuentro en la relación de pareja, que caracterizamos como de diferenciación deseante. Rota la especularidad inicial, cada ser emerge como diferente y, no obstante, se sostienen las investiduras deseantes. La pareja se nomina como un nosotros que no es el nosotros fusional e imaginario de los primeros tiempos del enamoramiento sino un nosotros que incluye la diferencia, el conflicto y, por eso mismo, inviste el tiempo futuro y no meramente el presente atemporal”. Brengio, A. y Spivacow, M.A. (1997) “Sobre el enamoramiento” en Psicoanálisis de pareja . Del amor y sus bordes, Buenos Aires: Paidos, 1997.

(4) “Podríamos aproximarnos a definir una pareja sana como aquélla capaz de convivir con el desequilibrio que las viscisitudes de la vida genera. Esto alude a un movimiento dialéctico que, por un lado implica conflicto, desajustes y faltas y, por otro, acceder al placer, la creatividad, la unión y la productividad. Este interjuego dará a la pareja la posibilidad de pensarse a sí misma habiendo establecido un espacio vincular compartido y un espacio individual propio que, a su vez, dará cuenta de un nivel de discriminación enriquecedora. La patología, en cambio, estará dada por un movimiento circular repetitivo y estéril que no conduce a una creatividad complejizadora. La dificultad de discriminación entre los dos yo, impedirá la evolución del vínculo mediante la incorporación y desarrollo de nuevas posibilidades de intercambio”. Berlflein, E., Brengio, A. y Moscona, S. (1993) Fusión, especularidad, triangulación: Tres modalidades de estructura vincular, m.s.

(5) “La alianza, cuando es lograda, instituye un nuevo contexto de significación para sus miembros, un referente que relativiza los significados individuales y que es a su vez una nueva fuente de sentido para cada uno. Desde el punto de vista de la organización simbólica que constituye, opera también como un nuevo nivel lógico, abarcativo del de las generaciones que los precedieron. Este salto lógico, al realizar un corte en el orden del parentesco, produce una discontinuidad de sentidos que relativiza las causalidades vigentes hasta entonces, resignificándolas desde nuevas formulaciones que configuran la identidad del nuevo grupo familiar". “Este nivel de transformación da cuenta también de la invariancia que hace cadena con la serie generacional; se está así relacionado con el pasado pero admitiendo la creación de categorías de sentido inéditas. La alianza opera de esta forma como una nueva matriz creativa”. Moguillanky, R. y Seiguer, G. (1991) Aproximación psicoanalítica a la pareja y familia, Vol. XIII, 2, Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, 1991.

Bibliografía:

Aberastury, A. (1971) "Adolescencia" Buenos Aires: Ediciones Kargieman, 1971.

Aulagnier-Spairani, P. (1972) "Observaciones acerca del masoquismo primario" en "Interpretación Freudiana y Psicoanálisis" Buenos Aires: Paidos, 1972.

Grinberg, L. y Grinberg, R. (1980) "Identidad y Cambio" Barcelona: Paidos, 1980.

Freud, S. (1918 [1917]) "El tabú de la virginidad" Vol. XI, Buenos Aires: Amorrortu, 1993.

______ (1921) "Psicología de las masas y análisis del yo" Vol. XVIII, Buenos Aires: Amorrortu, 1993.

Kasitzky de Bianchi, G (1997) "Construcción de la feminidad y la masculinidad en el vínculo de pareja" en "Psicoanálisis de pareja - Del amor y sus bordes" Buenos Aires: Paidos, 1997.

Matus, S. (1996) "Tres registros del cuarto término de la estructura familiar inconciente: Intercambio - Narcisismo - Angustia" en "Familia e inconciente" Buenos Aires: Paidos, 1996.

Moguillansky, R. y Seiguer, G. (1991) "Aproximación psicoanalítica a la pareja y familia" Vol. XIII, 2, Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, 1991.

___________________ (1991-96) "La vida emocional de la familia" Buenos Aires: Lugar Editorial, 1996.

Pahn, A. y Woscoboinik, P. (1993) "Las situaciones paradojales en el vínculo de la pareja" en "Actualidad Psicológica" Buenos Aires, 1993.


12-ITALIANOS VS. ESPAÑOLES

Carlos es el último hijo de una familia numerosa; sus padres tuvieron doce hijos, el mayor tiene 46 años y Carlos 30. Mientras vivió junto a sus padres fue testigo de las discusiones que diariamente se suscitaban entre ellos.

El padre era un hombre de carácter autoritario, muy rígido en sus convicciones; trató siempre de imponer su autoridad sin dar lugar a reclamos y manejó a su numerosa prole con firmeza; sus hijos le respetaban y, aunque muchas veces de malgrado, le obedecían.

La mamá de Carlos era afectuosa con sus hijos, atenta a las necesidades de los mismos, dispuesta a complacerlos y a defenderlos con firmeza de la autoridad paterna si la consideraba arbitraria.

Carlos recuerda que, sentados a la mesa familiar, solían suscitarse discusiones violentas encendidas por cualquier motivo, por nimio que fuese. Guarda en su memoria esas escenas en las que el padre pretendía imponerse a sus hijos y finalizar la reyerta golpeando el puño contra la mesa, haciendo saltar la vajilla.

Recuerda que fuese cual fuese el motivo de discusión y quien enfrentara al padre, todas las peleas, o por lo menos con excesiva frecuencia, terminaban en una riña de éste con su esposa. En este enfrentamiento se hacía siempre referencia a los países de origen de ambos.

La madre procedía de una familia española y la del padre era de origen italiano; esta diferencia parecía ser lo que más desmerecía al uno frente a los ojos del otro.

Freud (1921), en “Psicología de las masas y análisis del yo” dice: “Toda vez que dos familias se alían por matrimonio, cada una se juzga la mejor o la más aristocrática, a expensas de la otra.”

El papá de Carlos pensaba que la sola referencia al origen de su esposa sería causa suficiente de humillación para ésta y que esa pertenencia justificaba las fallas que constataba en su mujer, tales como estar en desacuerdo con él, no estar de su lado en las discusiones con los hijos o que no le guardase credibilidad y respeto a ultranza.

Claro que la mamá de Carlos estaba muy orgullosa de sus orígenes y pensaba que la mención del de su marido constituía un reproche para el mismo, que era portador de una indignidad que debía sobrellevar, además de guardar el debido respeto al rango superior de su esposa.

Imaginemos una larga y poblada mesa familiar en la cual el padre aspira a lograr la subordinación de los hijos; éstos pretenden una autonomía e independencia del mismo y la madre defiende su prole de cualquier ataque. Pensemos por un momento que, dada la diferencia de edad que existe entre los hijos, los mayores, ya grandecitos, rivalizando con el padre, sostienen una postura política distinta a la de éste; como esta discusión constituye una medición de fuerzas de ambos bandos, sube paulatinamente de tono hasta que el padre, golpeando sobre la mesa con el puño y gritando que ellos son unos chiquilines, que no tienen ninguna experiencia de la vida y no saben nada, los hace callar.

Producida esta desautorización de los hijos y la consecuente subordinación ante la autoridad del padre, la madre, en lugar de atemperar el enfrentamiento, toma partido por sus hijos, lo cual renueva la discusión, dado que éstos se sienten auxiliados y protegidos por su madre para desafiar al padre.

¿Por qué interviene la mamá de Carlos echando leña al fuego? Ella estuvo como espectadora del altercado entre el padre y los hijos; el apasionamiento con que éstos discutían la dejó a un lado; su marido estaba completamente capturado por sus hijos, todas sus emociones estaban comprometidas con ellos, y no reparaba en su esposa que estaba excluida.

¿Qué hace para salir de la exclusión y evitar los celos que ésta origina? Tomar partido por los hijos, lo que le posibilita:

1- Vengarse de la exclusión de que fue objeto por parte de su marido.

2- Ubicarlo a él en el lugar del tercero excluido.

3- Restablecer una relación emocional con su pareja, relación que promete ser intensa.

Queda así establecida una triangularidad que irrita sobremanera al padre, pues su autoridad es puesta en duda, se lo despoja de su investidura y es abandonado por su pareja sexual que establece una alianza con sus hijos.

¿Qué puede hacer este señor? El puede reclamar un sometimiento de los hijos, pero sabe que éstos, tarde o temprano tendrán que independizarse de su autoridad. Conoce además que ellos podrán acatar su mandato a regañadientes, porque dependen de él y no pueden llevar mas allá su protesta. Lo realmente indignante para este hombre es que su mujer lo desautorice y establezca una asociación con los hijos que lo deja fuera de juego, en el lugar del tercero excluido.

La consecuencia inmediata de esta situación la constituye la emergencia de intensos celos y una ofensa a su amor propio, una lesión a su orgullo. Abandonado por su cónyuge, siente la humillación de no contar con su amor ni con su respeto.

Siendo su esposa quien más le interesa, trata de restablecer su vínculo con ella; en primer lugar deja de lado a sus hijos en la disputa dirigiéndose exclusivamente a su mujer, echándole en cara el origen español de su familia, que como tal es deshonroso a sus ojos. Así establece, estimulando el contraataque de la misma, un vínculo con fuerte contenido emocional que envuelve a los cónyuges y descoloca a los hijos.

Cuando se constituye una pareja, cada uno de sus miembros tiene una doble lealtad: a su familia de origen y a la familia de procreación. La lealtad a la familia de origen por parte de uno de los cónyuges puede causar celos en el otro. Y esto es lo que ocurre entre los padres de Carlos. A modo de anécdota, la madre de Carlos es amante de la zarzuela y el padre de la ópera; o sea, que cada uno de ellos tiene intensamente narcisizada a su familia de origen.

El padre de Carlos, ante el dolor de sentirse tercero excluido e inundado de celos, realiza una maniobra para salir del lugar en que lo colocaron. Para ello dirige su ataque hacia “los españoles”, lo cual le permite:

1- Atacar a la familia de su mujer, fuente constante de celos.

2- Golpear a su mujer, “hija de españoles”, por haberse aliado con sus hijos contra él.

3- Recuperar su estima, asignándose un valor, “ser descendiente de italianos”, frente al disvalor de su esposa “descendiente de españoles”.

4- Apartar a los hijos (ajenos a este problema de origen de sus padres) “argentinos” de la discusión, imposibilitados de tomar partido.

5- Recuperar un vínculo exclusivo con su pareja.

Ante este ataque, la madre de Carlos, ofuscada, enceguecida por esta ofensa, por esta herida a su narcisismo, se lanza a la lucha contra los “italianos”. Ella abandona la protección de sus hijos para ocuparse en defender su orgullo herido. Éstos quedan como simples espectadores de la pelea entablada entre los padres. Ellos pasan a ocupar el lugar de tercero excluido mientras el papá logra el monopolio emocional de su esposa.

Estas frecuentes y eternas peleas entre los padres, referidas a “italianos” contra “españoles” ¿no constituyen una maniobra para desplazar a los “argentinos”, o sea a los hijos, no identificados ni con los italianos ni con los españoles? Esta es una pelea que no es de ellos y a la cual sólo podrán asistir como espectadores.

Estamos de acuerdo con Freud sobre los presupuestos narcisistas que tienden a la repulsa de lo extraño, de lo distinto, ya sea que las personas se rechacen por el color de la piel, por su pertenencia a una religión, porque es de otra familia o de otro sexo o, sencillamente, porque es otro.

Los padres de Carlos responden a estos presupuestos narcisistas; pero lo interesante es que esta “diferencia” es lo que les permite, agitándola como bandera, salir de una relación triangular para ingresar en un vínculo de dos.

Mediante la inyección de lo que llamo “Estímulo excitante”, un sujeto busca llamar la atención de otro invadiendo su aparato psíquico. Es lo que hace la mamá de Carlos cuando estimula al marido poniéndose del lado de sus hijos en la discusión. El papá responde a este estímulo menospreciando a “los españoles”, lo que a su vez activa en su esposa un torrente de emociones que la obnubilan, perdiendo el control y respondiendo agresivamente. Esta respuesta impacta en su marido estableciéndose así un circuito cerrado.

La realimentación de este vínculo que he denominado “Vínculo excitante” , provocará un incremento del compromiso emocional de ambos participantes y el resultado será el avance de cada uno de ellos en el aparato psíquico del otro y su paulatina ocupación total.

De esta manera se recrea una vinculación narcisista en la cual el sujeto “habita” en la otra persona, reproduciendo un estado privilegiado y único, como aquél que existía en el vientre materno.

Los padres de Carlos, sumidos en el torbellino de sus pasiones, se olvidan de los hijos y se entregan emocionalmente el uno al otro. No hay tercero, sólo ellos dos. La agresión es utilizada para establecer relaciones de una intensidad tal que el amor no seria capaz de proporcionar; la violencia constituye una “vía regia” para ocupar todo el espacio psíquico de los integrantes del vínculo, un arma para penetrar en el otro y poseerlo, un instrumento privilegiado para excluir a todo tercero.

Así, la agresión es el arma necesaria para “introducirse” en el otro, “conquistarlo”, habitar en él como único huésped. En este sentido une más que el amor, posibilita lazos más intensos, emociones al límite, permitiendo momentos de fusión entre sus protagonistas.

13-CATOLICOS VS. JUDIOS

Sole es una muchacha atractiva de 24 años de edad; estudió profesorado de Jardín de Infantes, tiene dos hermanas menores que ella y es muy apegada a su familia, especialmente a su madre. Proviene de un hogar católico pero, desinteresado de la práctica religiosa. El autoritarismo de sus padres limitó considerablemente las amistades de la hija, cuya vida de relación se desenvuelve alrededor de su familia.

Leo tiene 28 años, siendo el único hijo de un matrimonio judío; es contador y trabaja en el estudio de su padre. Si bien tiene mucha vida social y un numeroso grupo de amigos, es también bastante apegado a su familia y tiene muy en cuenta las opiniones y preferencias de sus padres.

Sole y Leo comienzan una relación de pareja. Éste comenta “era muy romántico, hacíamos escapadas de tres o cuatro días, estábamos muy bien juntos. Yo hacía varios años que vivía solo y pienso que necesitaba compañía”. “Cuando terminaba el trabajo, iba al departamento en que vivía por aquel entonces y allí nos encontrábamos con Sole, la pasábamos bien, nos quedábamos juntos hasta las dos de la mañana, cuando la llevaba a su casa. Esto originó algunas discusiones porque yo quería que se quede a dormir conmigo y no tener que levantarme a esa hora, en invierno, para acompañarla.”

La relación transcurría sin sobresaltos, Leo se sentía acompañado después de mucho tiempo de salidas de soltero sin pareja. Ella recibía una atención que no lograba en el seno de su familia por las frecuentes discusiones que mantenía con su madre.

A los ocho meses del inicio de esta relación, Sole queda embarazada. Un día en que Leo pasa a buscar a su novia, ésta le da la noticia. Leo propone discutir la conducta a seguir; él no había pensado en la posibilidad de casarse en forma prematura. Leo comenta que: “Sole se bajó del coche, pegó un tremendo portazo y si yo no la llamaba, ella no lo hubiera hecho, porque es muy orgullosa”.

Pensando que al fin de cuentas sólo era adelantar un futuro previsible, Leo decide casarse planteando dos condiciones, la primera de ellas es que si tienen un hijo varón él deseaba ponerle aunque sea como segundo nombre, el de un tío al que quería mucho y que había fallecido hacía pocos meses. La segunda condición, siempre pensando en el hijo varón era que se circuncidara para seguir la tradición, “no por una cuestión religiosa, pues yo afortunadamente me pude abrir de todo el ambiente sectario de la comunidad. Hay un sector religioso y otro tradicionalista, yo adhiero al segundo”.

“Sole me dijo que no había ningún problema, me abrazó llorando y “sí, mi amor, si, mi amor”, todo bárbaro. Esa noche tuvimos relaciones y ella se quedó a dormir. Al día siguiente pensamos cómo decírselo a nuestras familias”.

“Cuando se lo dijimos al padre de Leo -dice Sole- nos preguntó si realmente estábamos decididos a casarnos, que si no queríamos hacerlo, él nos ayudaría a adoptar otras soluciones. Claro, mi suegro quería que abortara, él me ha manifestado que le hubiera gustado que su hijo se case con una chica judía.”

“Es cierto que mi padre hubiese preferido un matrimonio judío para mí, eso no lo niego, -replica Leo- pero cuando nos dijo que podíamos encontrar otras soluciones para el embarazo que no fuese el matrimonio, lo hizo para ayudarnos. Mi papá es una persona sumamente práctica y nos ofrecía otras salidas si no queríamos casarnos. También es cierto que nos dijo que de cualquier manera estaba con nosotros y nos iba a apoyar sea cual fuere nuestra decisión”.

Los padres de Sole recibieron bien la noticia del embarazo de su hija; Leo los había tratado bastante y así lo expresa: “yo la iba a buscar y ella me esperaba en la puerta de su casa, los padres insistían en conocerme; hablaba por teléfono y la mamá me preguntaba ¿cuando te vamos a conocer? Insistían bastante en esto. Un día Sole me dice: mirá, mis padres insisten en que vayas a casa, que quieren verte. Entonces fui y desde ese momento los traté bastante.”

Al fin se casan siguiendo la tradición judía para este acontecimiento, pues “quería darles esa satisfacción a mis padres, ya que soy el único hijo...” Claro que Sole expresa que “a mí me hubiera gustado casarme por iglesia, si es por gustos...”

Los recién casados parten de luna de miel y comparten unos días muy gratos para ambos. Apenas llegados del viaje tienen conflictos. Sole decide cambiar toda la disposición del departamento y lo decora a gusto de ella sin esperar la aprobación o el consenso con Leo. Éste relata la situación de esta manera: “apenas llegamos ella ya decidía todo, tiene un carácter muy fuerte. Todo tenía que estar como ella quería, la casa limpia, ordenada, me gritaba si yo dejaba algo tirado, muy obsesiva. Le gusta mandar, si ella se sentía mal, yo me tenía que quedar en casa, no ir al trabajo y estar a su lado, es muy demandante. Siempre dándome indicaciones de las cosas que tenía que hacer para la casa, que si tenía que llamar a un plomero para que arregle un caño, que a una persona para arreglar la ventana... y después, cuando llegaba del trabajo, los reproches por las cosas que no había hecho.”

Transcurridos unos meses de embarazo y en conocimiento de que es un niño, Leo plantea que tienen que circuncidarlo como lo habían acordado con anterioridad. “A mí lo que me importa -dice Leo- es respetar las tradiciones, yo no quiero que mi hijo se sienta diferente a mí, ajeno a mí por no estar circuncidado. Sole nunca se había opuesto a nuestras tradiciones, es más, el año nuevo judío y el día del perdón lo ha pasado con mi familia que la recibió como a un miembro más. Pero cuando cumplió cinco meses de embarazo comenzó su oposición a la circuncisión.”

Sole se opone a la circuncisión de su hijo, considera que “puede causarle perjuicio a la criatura, Marcos tendría que afrontar una situación traumática innecesariamente, por un capricho de Leo que quiere hacerlo para darle el gusto al padre.”

Conflicto que tiene su origen en la pertenencia de los cónyuges a culturas distintas. Para Leo la circuncisión marcaría la paternidad y la filiación; en otras palabras, él desea que el hijo lleve su marca.

La pertenencia de Leo a una familia judía y la de Sole a una familia católica crea un conflicto en el seno del matrimonio. Cada uno de ellos ha construido su identidad en la familia que les dio la vida y protegió permitiéndoles crecer. Esta pertenencia, esta identidad familiar, está poderosamente narcisizada y resulta muy doloroso renunciar a ella.

Freud (1921) expresa: “Toda vez que dos familias se alían por matrimonio, cada una se juzga la mejor o la más aristocrática, a expensas de la otra.” “y cuando las diferencias son mayores, no nos asombra que el resultado sea un aversión difícil de superar: los galos contra los germanos, los arios contra los semitas, los blancos contra los pueblos de color.”

Esta lucha por imponer lo propio ante lo ajeno, esta necesidad narcisista que privilegia la identidad familiar trae como consecuencia un enfrentamiento permanente que distancia a esta pareja. En el apogeo de estas discusiones, la madre de Leo tiene una intervención desafortunada defendiendo los argumentos del hijo, lo que agrava el malestar en el matrimonio y aumenta el rencor de Sole hacia sus suegros. Por ello, elude ir a la casa de éstos, inventando pretextos en cada oportunidad. Cuando no puede negarse, permanece con ellos el mínimo tiempo posible.

La presión de Leo termina venciendo las resistencias de Sole y llevan a Marcos a un médico que le practica la circuncisión. Sole va llorando, llora en la sala de espera y se llena de indignación cuando recuerda que la circuncisión de su hijo se realizó contra su voluntad.

Desde ese día, la relación de este matrimonio, ya de por sí difícil, se agravó. Los reproches de Sole hacia Leo no cesan y el resentimiento es grande.

Cuando Marcos es circuncidado, la suegra de Sole, siempre tan oportuna, le dice a ésta, muy orgullosa: “Ahora vas a saber lo que es tener un hijo judío”. Sole rápida, contesta: “mi hijo no es judío”. Es cierto, se reconoce como judío al que nace de vientre judío. Comprobamos a lo largo de esta historia la negativa de parte de los padres de Leo a aceptar la realidad, dolorosa para ellos, de que su hijo se ha casado con Sole que proviene de una familia católica y que por tanto su nieto no es judío.

Narcisismo de las diferencias lo llamó Freud (1921), de aquél que piensa que sus atributos personales, su familia o sus orígenes culturales son lo mejor y que por alguna oculta razón, lo ajeno, lo extraño, no puede compararse con la valía de lo propio.

Para que Marcos sea estimado no basta que se proyecte como continuidad de ellos, debe establecerse una identidad que permita narcisizar al niño. Para ello se utiliza un mecanismo de renegación y de esta forma los padres de Leo tienen un nieto judío como ellos y portador de sus valores.

Sole está muy apegada a Marcos, tiene una dedicación casi exclusiva al mismo y no se separa de él sino en circunstancias muy especiales y con la condición de que su mamá pueda reemplazarla en la atención de su hijo. Es muy puntillosa en todo lo concerniente al cuidado de Marcos, a su atención afectiva, la alimentación del niño, su salud, higiene, paseos, etc. Su apego es tan intenso que si bien el chico tiene su habitación, termina durmiendo con sus padres.

Sole manifiesta que le cuesta estar separada de Marcos, que aún estando éste con su mamá, pasado un lapso de tiempo, se siente ansiosa por reencontrarse con él. Su mamá es la única persona a quien confía el cuidado de su hijo. Leo insiste en llevar al chico con sus padres. Siendo él hijo único, le encantaría que sus padres disfrutasen del nieto; le agradaría que de vez en cuando Marcos se quedara a dormir en casa de ellos, pero choca con la oposición de su esposa.

Sole dice: “mi suegra es incapaz de manejarse con una criatura; si a mi marido lo crió la muchacha. Cuando se lo he dejado lo ha empachado de caramelos y luego Marcos no tiene apetito. Si tiene que tomar un medicamento a horario, se lo da a deshora. No puedo confiar en ella, no me quedaría tranquila. ¿Sabe lo que hizo en una oportunidad?, ella quería tomar sol y lo llevó a Marcos; el chico terminó con la piel enrojecida, no sabe tratar con una criatura.”

Obligada por razones de trato social y presionada por Leo, una vez por semana van a cenar a casa de sus suegros -cuando no tiene excusas para eludir el compromiso- trámite que trata de abreviar por distintas razones: hay que bañar al nene, se hace tarde y Marcos tiene sueño, etc.

Ambas familias tiene fines de semana, pero Sole siempre hace programas para estar con sus padres y hermanas. Es una cita obligada compartir los días de descanso con su familia; además siempre encuentra un motivo valedero, un acontecimiento excepcional o un festejo para que así sea.

Muy a regañadientes acepta ir alguna vez al fin de semana de sus suegros; ella alega “son personas mayores, muy aburridos, no tienen conversación; de lo único que hablan es de Israel, que para ellos es lo mejor. Ya me tienen podrida. ¿Por qué no se van a vivir a Israel si les gusta tanto? Me aburren, no los aguanto, son unos racistas.”

Leo se desespera por estar cerca de sus padres, desea hacerles disfrutar del nieto y ofrecerles la continuidad generacional que representa Marcos; él tiene la convicción narcisista de que el chico es suyo, un hijo judío (por la circuncisión), fruto de un matrimonio judío (por la ceremonia nupcial). Él también reniega de la realidad obedeciendo a un propósito narcisista de rechazo de lo ajeno, de lo extraño, de lo diferente, es decir, de lo aportado por su pareja.

Ella, muy apegada a su mamá y a su familia antes de casarse, continúa este vínculo en la medida que las circunstancias se lo permiten. Ella; que pasaba el tiempo en su casa y su vida discurría alrededor de sus padres, trata de prolongar esa situación, varias veces al día se comunica telefónicamente con su madre. Suele visitar a sus padres diariamente y frecuentemente se queda a compartir la cena con ellos, sus hermanas, su hijo y su esposo. Si no es ella quien se acerca a casa de sus padres, éstos la visitan a ella; el vínculo familiar es muy intenso.

Ella está muy cómoda con los “suyos”, a pesar de que tiene frecuentes discusiones; no es una relación calma pues posee un carácter fuerte y es una persona obstinada y caprichosa. Volcada a su familia y rechazando a la de Leo, vemos nuevamente en escena el “narcisismo de las pequeñas diferencias”, ahora desde la posición de Sole.

Pero hay algo más, dice que nunca le perdonará a Leo que haya circuncidado a Marcos, cuando lo desnuda para cambiarlo llora al ver el pene de su hijo. También siente a su hijo como una posesión exclusiva; ella es la dueña del chico, la que dispone del mismo. La marca del padre grabada en el cuerpo del hijo es vivida como una afrenta narcisista, puesto que le señala, de manera indiscutible, la paternidad compartida, la presencia del otro y sus derechos sobre el hijo. Marca del padre como del otro extraño, perteneciente a otra familia; más aún, la marca del padre que señala otra ajenidad cultural y religiosa.

Sabemos desde el psicoanálisis (Freud, 1931) que la renuncia por parte de la niña a no tener pene, no es soportada sin una tentativa de compensación; su libido se desliza, mediante la ecuación simbólica pene = niño, al deseo de recibir un niño del padre. El momento en que el deseo de tener un pene es relevado por el de tener un niño es constitutivo de la mujer. Este deseo ayuda a preparar a la criatura femenina para su papel sexual adulto. Freud comenta que la felicidad embarga a la mujer cuando el deseo infantil es materializado en la maternidad, sobre todo cuando el hijo es un varón que trae consigo el anhelado pene.

Si el niño es el falo de la madre (Lacan,1966) , el que ilusoriamente viene a completarla, esto es evidente en Sole que no tolera separarse de su hijo.

Aceptar la paternidad de Leo es aceptar que su hijo tiene un padre judío y abuelos judíos, implica aceptar su incompletud, la necesidad del otro. Freud (1939 [1937-38]) expresa que “entre las costumbres por las cuales los judíos se segregaron, la circuncisión hizo un impresión desagradable, abominable, que sin duda se explica por recordar a la castración temida y tocar así un fragmento del pasado de los tiempos primordiales, que de buena gana se olvidaría.”

El pene circuncidado de Marcos representa para Sole la marca del padre que implica la presencia de la ley y de la castración. Volver la mirada hacia Leo y reconocer el hijo como producto de ambos, equivale a una renuncia narcisista a ser el falo, renuncia que le cuesta muchas lágrimas asumir. La marca de Marcos, marca del padre, es también la marca de la castración (simbólica) de Sole, quien debe someterse a la ley.

Complejo y doloroso tránsito de la endogamia a la exogamia, paso que obliga al reconocimiento del otro como complemento necesario, paso que fuerza a renuncias narcisistas que tienen que ver con la identidad del sujeto, renuncias que sólo pueden ser compensadas si se narcisiza la nueva unidad familiar.

Bibliografía:

Freud, S. (1921) "Psicología de las masas y análisis del yo" Vol. XVIII, Buenos Aires: Amorrortu, 1993.

______ (1931) "Sobre la sexualidad femenina" Vol. XXI, Buenos Aires: Amorrortu, 1993.

______ (1939 [1934-38]) "Moisés y la religión monoteísta" Vol. XXIII, Buenos Aires: Amorrortu, 1993.



Lacan, J. (1966) "La significación del falo" en "Escritos" Vol. II, Buenos Aires: Siglo XXI, año 1988.



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