De Foucault a Chomsky: La teoría del poder y los medios de comunicación



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De Foucault a Chomsky: La teoría del poder y los medios de comunicación

Inmaculada Murcia Serrano, junio 2000



Estructuralismo y teoría de la comunicación

La Estructura de la comunicación ha sido académicamente entendida como la configuración empresarial de los diferentes medios de comunicación y grupos multimediáticos en el seno del capitalismo tardío de las sociedades occidentales. Los teóricos de la comunicación han hablado, bajo un ropaje supuestamente estructuralista, del sistema de la industria cultural como un conglomerado de empresas (sean medios de comunicación, bancos o grupos multimedia) que se relacionan entre sí y que condicionan los mensajes vertidos por los medios comunicativos garantizando la perpetuación del sistema económico. La idea de un todo compuesto por la suma de las partes, en donde cualquier modificación afecta a la totalidad, ha sido aplicada al ámbito de la comunicación como aportación estructuralista, cuando, sin embargo, si uno ojea las bibliografías de las obras en las que se afirma dicha idea, llama la atención la ausencia de referencias a cualquiera de los estructuralistas franceses de quienes surge la corriente filosófica que se menciona. Para mayor sorpresa, en algunos casos, se atribuye el origen de la estructura de los medios de comunicación a una asignatura de "Redacción periodística", impartida en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, que fue dividiéndose en varias ramas y sometiéndose a un proceso de abstracción cuyo resultado fue la aparición de una disciplina encargada de estudiar el engranaje (empresarial) de la "estructura" mediática mundial, mientras sus autores se autodenominan, sin ningún escrúpulo, estructuralistas.

En este artículo tratamos de extrapolar al ámbito de la comunicación algunas de las consideraciones más importantes de uno de los pensadores estructuralistas (en su origen) de más transcendencia filosófica: Michel Foucault. Para ello, nos hemos servido de las ideas del norteamericano Noam Chomsky, que en su obra Ilusiones necesarias. Control del pensamiento en las sociedades democráticas expone un modelo de propaganda política que mantiene estrechas relaciones con algunas de las ideas foucaultianas sobre las relaciones y la tecnología del poder. Luego volveremos sobre ello.

Suponiendo que se quisiera realizar un análisis estructuralista en los medios de comunicación, lo más adecuado sería aplicar los elementos, términos e instrumentos típicos que el estructuralismo a establecido para dicho empeño. El artículo de Gilles Deleuze es muy clarificador para este propósito.

La estructura que tendríamos que analizar correspondería a la del sistema mediático mundial, cuyos elementos estarían formados por los medios de comunicación en particular. Las relaciones las ocuparían los grupos mediáticos, conglomerados de medios, que se agrupan para compartir una ideología semejante y cuyos beneficios se reparten de acuerdo con las proporciones económicas de que participen. Hasta aquí estaríamos hablando de la estructura total del campo, es decir, virtual. Su actualización en subestructuras vendría dada, bien por especies o relaciones diferenciales (los grupos multimedia y las relaciones entre ellos), bien por partes o singularidades de cada especie (cada medio de comunicación en particular). Deberíamos, por otra parte, reconocer un espacio o cuadro vacío que dependiendo de que nos situamos en un plano puramente académico o más bien social, adoptará el nombre de información o de economía, si se adopta una visión marxista, respectivamente.

El criterio de lo local o de posición es determinante a la hora de establecer el sentido de un elemento de la estructura. Las relaciones simbólicas lo son por cuanto los elementos que se relacionan no tienen un valor determinado en sí mismos, sino que los adquieren recíprocamente en la relación. De ahí que el sentido lo sea únicamente en su espacio. Existen numerosas formas de comprobar el sentido de un mensaje mediático en relación con su espacio. El análisis del discurso se ha encargado de explicarlo magistralmente.



El método genealógico: Nietzsche y Foucault

Aunque el tema descrito podría ser ampliado con más rpofundidad, no lo que nos interesa en estos momentos. Lo que queremos analizar a continuación es el método genealogista que emplea Foucault en sus obras, hecho lo cual, podremos adaptarlo al sistema mediático y, en concreto, al modelo de propaganda teorizado por Noam Chomsky. Para ello debemos remitirnos al filósofo Nietzsche, que fue su iniciador. En La genealogía de la moral, Nietzsche se pregunta por el origen de nuestros prejuicios morales y por su valor. Ante una filosofía de la compasión, impulsada por Schopenhauer, Nietzsche alerta del gran peligro de la humanidad, el nihilismo. Para evitarlo propone una crítica de los valores morales que han imperado en Occidente durante siglos y que son la causa de todos los males de la humanidad, de la mediocridad del hombre moderno.

El modo de proceder foucaultiano, basado en esas premisas, es una suma del estructuralismo y de la genealogía. El resultado es la arqueología, que supone un enfoque, no sólo crítico y analista, sino también afirmativo y creador, muy en la línea utilizada por Nietzsche en La genealogía de la moral: al análisis del origen de la moral o de los ideales ascéticos, el filósofo une una toma de postura, una valoración, que amplia los márgenes de una simple exposición de los hechos analizados. La genealogía nietzscheana es así una mezcla de aclaración o interpretación del sentido y los valores de un fenómeno con la referencia de esos valores a su origen para juzgar su valor. La crítica se encauza, por tanto, a la valoración de una serie de valores. Adquirir una postura crítica implica necesariamente evaluar el valor de las cosas, para lo cual se ha de investigar y evaluar asimismo el valor del origen de dichas cosas.

A estos fenómenos que el genealogista examina, los llama Nietzsche, cuerpos. Y en cada cuerpo actúan dos tipo de fuerzas contrapuestas, las fuerzas activas y las fuerzas reactivas: las fuerzas inferiores de reacción o fuerzas reactivas se encargan de asegurar la situación. Son la memoria, la conciencia, la adaptación, etc. Consiste en cualquier fuerza que haya sido separada de lo que puede; y las fuerzas activas superiores y dominantes son las creadoras. Son la creación, la dominación, imposición, etc. A la hora de interpretar cualquier fenómeno, lo que deberemos hacer es entonces, determinar las fuerzas que le dan sentido. Por lo que podemos concluir como afirma Rosario García del Pozo que "interpretar es determinar las fuerzas que dan sentido a un fenómeno" (García del Pozo, 1988, 113). Una vez hecho esto, se calibra el sentido que le da la diferencia de fuerzas activas y reactivas que lo poseen, en el seno de cuya relación asistiremos a la aparición de una voluntad de poder, que es la que determina, en última instancia, la diferencia de cantidad de una relación de fuerzas. El predominio de un tipo de fuerza u otra dependerá del carácter afirmativo o negativo de la voluntad de poder.

De lo dicho podemos extraer entonces la función del genealogista: la crítica interpretativa y valorativa, como voluntad de poder que afirma con la transvaloración, la actividad del presente. Analiza el valor del origen y el origen del valor. Para ello hace uso del análisis filológico, capaz de desenmascarar la voluntad de verdad que se esconde tras el carácter retórico del lenguaje. El lenguaje se convierte en poder. Traducido después al modo de proceder de Foucault, estaríamos ante una labor arqueológica, que determina las relaciones de poder de la historia explicadas por el lenguaje. Saber y poder se unen a sí en un todo indisoluble. De esta manera las prácticas discursivas se subordinan a otras extradiscursivas o institucionales.

En Las palabras y las cosas tanto como en Vigilar y castigar, Foucault hará uso de un método genealógico en la medida en que pone en práctica un análisis filológico-comparativo-histórico y una valoración de los datos extraídos. En la obra de Nietzsche, el filósofo se había preguntado por las indicaciones que la ciencia del lenguaje y, en especial, la investigación etimológica, podrían proporcionar a la historia evolutiva de los conceptos morales. En esta pregunta radica la clave del trabajo genealógico que realiza Foucault: la investigación o re-investigación de la historia acompañada de un análisis filológico.

De esta forma, el libro Las palabras y las cosas comienza con un texto de Borges que consiste en una clasificación de animales completamente absurda. Muestra la imposibilidad, no de la vecindad de las cosas, sino del sitio mismo donde se reúnen. Sólo pueden hacerlo en el no-lugar del lenguaje. Se trata por tanto de una heterotopía, aquello que destruye lo que hace posible mantener juntas las palabras y las cosas, y que detiene, por tanto, las palabras en sí mismas. Este proceso de representación de las palabras y las cosas y de su disolución es lo que Foucault pretende estudiar en Las palabras y las cosas. Para ello, reduce la universalidad de la cultura, (el "ser en bruto del orden"; pág. 5-6), para descodificar los códigos establecidos. Según esta idea, hay un orden virtual debajo del desorden, que pueden ser modificados o aparecer de nuevo, mediante la creación o la locura. El orden virtual, por último, se actualiza en los códigos (economía, lingüística, biología...).

Para entenderlo mejor, sería conveniente introducir el ejemplo que él mismo muestra en el primer capítulo del libro: el cuadro de Las Meninas de Velázquez. La historia está vista en él como un caleidoscopio: cada etapa histórica, cada estructura, supone un espacio del tiempo diferente. En el cuadro podemos presenciar, siguiendo a Foucault, tres etapas diferentes:

-Figura del fondo: corresponde al espectador que aparece al fondo del cuadro. Viene del pasado, que no conocemos. Está fuertemente iluminado, pero es tanta su luz que nos ciega. Nos ve a nosotros que somos el futuro respecto al cuadro. Representa el siglo XVI, plasmado en la semejanza de los volúmenes de los cuadros y de una ruptura con lo anterior (más tarde veremos la importancia de la semejanza en los siglos XV y XVI). Esta época no la conocemos bien. Intervenía la magia, etc. La semejanza comparaba las cosas por las cualidades, no por la cantidad. Se habla de los movimientos naturales, algo también cualitativo. Los cuadros de esta pared del fondo son "semejantes".

-Plano medio del cuadro: llega la infanta con sus damas y los enanos. La perspectiva adecua la realidad a la ficción como si lo viésemos desde una ventana. Estamos en el dominio de la representación, simbolizado en Las Meninas, por el plano de adecuación de tres perspectivas en dos. Corresponde con los siglos XVII y XVIII, con Descartes y el empirismo. La forma de conocer el hombre tiene un carácter representativo. A través de lo cuantitativo se representa la realidad. Hay una transparencia entre las palabras y las cosas.

-Dimensión histórica: ningún personaje mira hacia atrás. Hay una luz fuera del cuadro, que es donde miran todos los personajes. La luz de fuera está recogida por el espejo. El espejo corresponde con la cuadrícula vacía del estructuralismo (indica una carencia consecuencia de una superabundancia). Es la inquietud de la búsqueda que permite el juego. El espejo recoge el futuro. Es la única representación visible del cuadro, pero nadie la ve.

A través de esta cuadro, Foucault nos ofrece una reflexión relacionada con el lenguaje: la representación puede darse como pura representación.

Llevado al ámbito de las ciencias empíricas, podemos explicar brevemente cómo ha sido la evolución de cada una de las series antes citas, dentro de esos espacio de tiempo que corresponden a los planos del cuadro de Velázquez. En primer lugar, el siglo XVI en el que está todo confuso; la semejanza ocupa el papel principal en el saber de la cultura occidental. Toma varias formas: convenientia, aemulatio, analogía y simpatía. Mediante este juego de semajanzas, el mundo permanece idéntico a sí mismo. Lo mismo sigue siendo lo mismo. Poco después, se verá la necesidad de que las similitudes ocultas se señalen en la superficie de las cosas, es decir, que se utilicen signaturas. Estas signaturas, durante esos primero siglos, están basadas en la semejanza: el signo expresa algo en la medida en que se parece a lo que expresa. La signatura pertenece al mundo. Esta concepción de las signaturas conforma la episteme del siglo XV y XVI. Para nosotros el lenguaje ya no puede ser entendido así, sino como pura abstracción. Ha habido una separación de las palabras y las cosas.

Con Don Quijote asistimos al final de los juegos de semejanzas y de los signos. El personaje representa al héroe de lo Mismo, está hecho de palabras entrecruzadas, lenguajes, textos. La base de su aventura es el desciframiento del mundo, pero la escritura y las cosas ya no se asemejan. El fracaso de su hazaña marca el comienzo de la Modernidad. El principio del siglo XVII va a suponer el momento en que el pensamiento deje de moverse dentro del elementos de la semejanza (Bacon o Descartes), para basarse, a partir de ahora, en el análisis y el discernimiento procurado por la razón. El lenguaje se retira del centro de los seres para entrar en su época de transparencia y neutralidad. Deja de ser una figura del mundo. La verdad radica en la percepción de la cosa, las palabras la traducen. La Gramática de Bopp, explicará que la palabra no está ya vinculada a una representación, sino en la medida en que forma parte de antemano de la organización gramatical por medio de la cual, define y asegura su coherencia propia la lengua. La Filología finalmente estudiará así la lengua en un enfoque histórico.

Como consecuencia de este devenir del lenguaje, la historia ha sufrido un proceso parecido: mientras que antes, la base de sus datos era una mezcla de la observación, documento y fábula, porque los signos formaban parte de las cosas, la conversión de los signos en el siglo XVII en meros modos de representación, hace que cambie el sentido de la historia. En el siglo XIX ésta se convierte en natural y se asentará como la disciplina del siglo por antonomasia. La importancia concedida por Darwin al análisis histórico de los seres vivos influye de forma esencial en esta nueva valoración de la historia.

Foucault extiende este tipo de análisis tanto a la biología como a la economía, en las que no vamos a entrar en este artículo.



Vigilar y castigar, por otro lado, comienza describiendo un suplicio del siglo XVIII, mostrando así, al igual que en Las palabras y las cosas un contraste. Se trata de una descripción que nos provoca el horror. Con ella pretende Foucault lo mismo que en el libro antes comentado: demostrar que no nos reconocemos en lo que se describe. Nos muestra entonces cómo el castigo podía ser un espectáculo, igual que antes, una clasificación absurda, objeto de la ciencia. El objetivo de la obra es mostrar una historia, hecha por rupturas, no por progreso, de la penalidad. Se trata en último término del análisis de una práctica extradiscursiva, (la anterior era discursiva) como cualquier institución. Asimismo, al igual que ocurría en Las palabras y las cosas, también aquí se hace una crítica de las ciencias humanas, en concreto, de la psicología, entendida esta vez, no como parásito de las ciencias empíricas, sino del poder, en la medida en que respalda el castigo en términos de lo normal y lo patológico.

La tesis del libro viene a demostrar el hecho de que en nuestra sociedad, los sistemas punitivos se asientan en una cierta "economía política" del cuerpo. El cuerpo es una fuerza útil cuando puede ser productivo y sometido. El saber y el poder, por eso, actúan sobre él. El poder, por otro lado, produce saber y viceversa. Ese poder se ejerce desde un "cuerpo político", que consiste en un conjunto de elementos materiales y técnicas que sirven de armas, de relevos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las relaciones de poder y de saber que cercan los cuerpos humanos y los dominan haciendo de ellos unos objetos de saber.

En ambos libros, se dejan ver las relaciones de poder, que la historia y el lenguaje iluminan notablemente. Las relaciones de poder se materializan tanto en instancias discursivas como extradiscursivas. Por otro lado, regulan la verdad y el saber mediante las palabras.

La valoración de los valores foucaultiana se resume en la puesta en duda de la voluntad de verdad del poder, que la utiliza como procedimiento con el cual se proyecta la acción de poder y de deseo sobre el saber. Foucault además mostrará cómo el discurso es transformado, ordenado y limitado en una legalidad que excluye lo no grato. De esta manera pone en práctica el principio crítico de transvaloración nietzscheana.



La teoría de poder de Foucault y los medios de comunicación

Una vez explicadas las bases del método genealógico, vamos a ponerlas en práctica en el análisis del funcionamiento de los medios de comunicación. Lo que pretendemos analizar a continuación es, por tanto, cómo la teoría del poder que teoriza Michel Foucault puede ser adaptada al sistema de los medios de comunicación actuales. De ahí que, aunque no se pueda hablar de un paralelismo completo entre Foucault y el modelo de propaganda que expone Noam Chomsky en Ilusiones necesarias. Control del pensamiento en las sociedades democráticas, sí podamos establecer algunos puntos en común, que sirven para tomar conciencia de la importancia de releer una historia que está siendo filtrada por los medios de comunicación y que pasará al futuro como tal, si no se reemplaza por otra, canalizada por la labor de un genealogista, en el sentido nietzscheano y posteriormente foucaultiano del término. De ahí que la terminología y método que utilicemos serán los del propio Foucault y, en la medida en que sea pertinente, los nietzscheanos.

Como en cualquier acontecimiento, también los medios de comunicación pueden conformar un cuerpo, en sentido nietzscheano, compuesto por fuerzas activas y reactivas: "Cualquier fenómeno cultural que irrumpe como acontecimiento, un pensamiento, una palabra, un gesto, un valor, será el signo de la aparición de una relación diferencial de fuerzas y sentidos múltiples; de una diferencia de fuerzas" (García del Pozo, 1988: 114). Este cuerpo es el que puede ser sometido a un análisis genealógico tal y como lo pone en práctica Foucault en Las palabras y las cosas o Vigilar y castigar.

Como afirma Chomsky al principio del libro, lo que se pretende realizar es un análisis del "control del pensamiento, tal y como se lleva a cabo por medio de la acción de los medios de comunicación nacionales y elementos afines de la cultural intelectual de elite" (Chomsky, 1992:8), es decir, analizar la propaganda política en los medios de comunicación, lo que en términos foucaultianos correspondería al análisis de unas prácticas extradiscursivas (instituciones), que, sin embargo, se materializan en prácticas discursivas, si entendemos por ello los mensajes mediáticos en los que se actualiza la información. Es decir, que para poder analizar unas instituciones como los medios, debemos hacer uso del producto que nos ofrecen, porque es en él en donde vamos a encontrar la verdadera manifestación de un control del poder sobre las mentes. Si en Vigilar y castigar de Foucault asistimos a un poder ejercido sobre los cuerpos, aquí estos quedan en segundo lugar, mientras que el control se efectúa directamente sobre el pensamiento.

Para ello existen varias técnicas que ponen de manifiesto una auténtica microfísica o tecnología del poder, muy desarrollada por la proliferación y perfeccionamiento de las prácticas manipuladoras y propagandísticas en las últimas décadas. Como consecuencia, el control sobre las mentes se efectúa de una forma sutil, refinada, que convierte a los manipuladores en auténticos artífices de la desinformación planificada.

Los medios de comunicación intervienen en lo que Chomsky denomina una ingeniería de la historia, una construcción artificial que pretende dar como verdaderos, hechos históricos que no lo son, diseñada para inducir a la conformidad respeto a la doctrina establecida. Los medios, por tanto, construyen la historia interesadamente. Las consecuencias de esto son incalculables si tenemos en cuenta que el periodismo ejerce la labor del historiador del presente, cuyos documentos serán materia de estudio de los historiadores del futuro, como hasta ahora han sido. La historia que están construyendo, una vez que las técnicas de manipulación, como decíamos, son más sofisticadas, no es más que eso, una construcción, seleccionada del cómputo total de acontecimientos, una construcción por tanto, totalmente arbitraria en el devenir histórico en su conjunto, pero perfectamente adaptada a unos intereses políticos definidos. La importancia de ejercer una labor genealógica en la historia del presente se hace, por tanto, necesaria, ahora que la concienciación en cuanto a la importancia de estudiar la historia en términos asépticos, sobre todo en determinados acontecimientos históricos (descubrimiento de América, por ejemplo), ha invadido las aulas. Es intolerable que a los medios de comunicación se les permita, sin embargo, seguir realizando esas prácticas discursivas subjetivas y parciales, que antes o después serán refutadas de nuevo. Esta ingeniería de la historia ha sido denunciada ya por algunos teóricos de la comunicación con relación a acontecimientos de la importancia de la Guerra del Golfo, por ejemplo. Se trata de "reivindicar eso que de forma muy compleja se ha estado cuestionando en las últimas décadas: la existencia de la historia como proceso único y convergente de la humanidad, regido por unos principios o leyes internas que, de existir son tan sólo las leyes que postulan aquellos que controlan una parte considerable del desarrollo de los hechos y, sobre todo, los aparatos ideológicos a través de los cuales se presentan. O, como Derrida recordaba hace unos años, la triple mitología del hombre -hombre- blanco de occidente" (VV.AA. , 1991:40).

La ingeniería de la historia se fabrica con el uso de ciertas tecnologías del poder como el ocultamiento de hechos, la omisión. Aún nos pone los pelos de punta el hecho de pensar que Sadam Hussein, aquel "monstruo satánico que iba a invadir el mundo", había accedido a negociar con los aliados en aras de evitar la guerra, sin que los medios de comunicación occidentales, orquestados por la batuta estadounidense, hicieran caso alguno de su propuesta. (Collon, 1996).

Pero la tecnología del poder más importante de los medios de comunicación es la utilización del lenguaje, no sólo verbal, sino también icónico. A un nivel pragmático, los media parecen fomentar el debate y la discusión, pero ocultan que eso se permite gracias a que antes se han delimitado perfectamente unas fronteras, que marcan el tránsito de lo expresable y lo que no lo es. Son las fronteras que impiden un "exceso de democracia" en términos de Chomsky. El resultado es la apariencia de democracia de nuestro sistema mediático, y por extensión, de la sociedad, que lo es, en la medida en que se mantenga dentro de los límites. Una verdadera ingeniería se ha construido también para controlar las mentes, que creen ser poseedoras de una libertad informativa, como lo dictan la mayoría de las constituciones occidentales, cuando lo cierto es que somos víctimas de una desinformación dirigida desde poder absoluto de los medios. Los "herejes" de la información, aquellos periodistas o comunicadores que se rebelan contra el poder en sus columnas y artículos, no son más que marionetas colocadas en el sitio adecuado que interpretan el papel de provocar un animado "debate". Consiguen un doble efecto: establecen el límite de lo que se puede debatir, cuando ellos mismos se colocan en el extremo opuesto de lo establecido, más allá del cual, es impensable la discusión; y el reforzamiento del propio poder, que se autolegitima como más y más democrático desde el momento en que debe enfrentarse a esos críticos que parecen poner en duda los cimientos de su propia legitimidad. Como consecuencia se produce la paradójica situación de existir un debate dentro de las fronteras de lo expresable, mientras que ellas mismas bordean el contorno de un auténtico consentimiento camuflado en discusión igualmente prefabricado por el poder. Gracias a ese consentimiento, Estados Unidos goza del favor de su pueblo a la hora de invadir países, puesto que el uso de la fuerza en su caso responde a una necesidad de autodefensa, perfectamente legítima en el caso de imperialistas satánicos como Sadam Hussein, que no se explica cómo, puede invadir los mismísimos Estados Unidos. Cuando la necesidad de autodefensa corresponde a otro país, menos industrializado y con menor poder armamentístico, entonces se le llama "transgresión de la ley internacional". Luego veremos que la manipulación del lenguaje es determinante en estos casos de fabricación del consentimiento o cualquier otro de los utilizados por los ingenieros de la historia.

Instrumento de la microfísica del poder comunicativo es también la creación de ilusiones necesarias, técnica que da nombre al libro y propia de la publicidad. Tras un acontecimiento que puede no ser demasiado importante, opera una desinformación tal, que hace que la toma de determinadas medidas sea totalmente necesaria. Es lo que ocurrió, siguiendo con el ejemplo que hemos comenzado, en la Guerra del Golfo, en la que se nos "vendió" la necesidad de proteger el derecho internacional transgredido por Irak. Sin embargo, en otras ocasiones en las que la violación del mismo ha sido evidente, Estados Unidos, y los medios de comunicación de su séquito, no han puesto ni un ápice de interés en tomar las mismas medidas. Las ilusiones necesarias aparecen en los momentos en que los intereses del país que las administra corren el peligro de ser perjudicadas: "Un estado totalitario puede estar satisfecho con niveles inferiores de lealtad hacia las verdades requeridas. Es suficiente que la gente obedezca. Pero en un orden político democrático, siempre se corre el peligro de que el pensamiento independiente se pueda traducir en la acción política, de manera que es importante eliminar la amenaza de raíz" (Chomsky, 1992:64).

Pero siguiendo con Foucault, nos interesa especialmente las relaciones que establece entre saber y poder. Su aportación en este sentido es muy importante en las ciencias de la información en la medida en que desmontan los mitos propios de la profesión, la ya típica y tópica creencia en la existencia de un cuarto poder. Se parte de la ilusión de que los media nos proporcionaban los conocimientos necesarios para conocer lo que ocurre en el mundo, y más específicamente para estar en guardia, cada uno en su ámbito individual, de los hechos que pueden afectar a nuestras vidas. Por otro lado, existe la creencia de que los medios de comunicación, privilegiados en la medida en que gozan de una independencia absoluta, constituyen un cuarto poder, capaz de provocar el desplome de gobiernos, de denunciar casos de corrupción ocultados, de desenmascarar acontecimientos importantes para la sociedad (recordemos el caso Watergate y su transcendencia en la historia del periodismo). Foucault y en nuestro ámbito Chomsky demuestran la falsedad de tal creencia. Los medios no son el cuarto poder, porque como tales no ofrecen el saber-información de una manera independiente. Tal y como responde al esquema foucaultiano de las relaciones poder-saber, es el primero, el poder, el que crea el saber y no al revés. Los medios, una vez comprobado que no constituyen el poder, pasan a ser simples mediadores del verdadero poder, que dicta los contenidos del saber que debe ser publicado. En una sociedad que se enorgullece de ser la más informada deben ponerse en cuestionamiento las garantías de que esa información nos proporciona algún tipo de poder, ya sea en su mínima expresión, cuando mantenemos la creencia de que con dicha información estamos a salvo de cualquier transgresión, ya en ámbitos de mayor transcendencia -acciones políticas, por ejemplo-. Una vez invertidos los términos, es decir, primero poder y después saber, volvemos a estar indefensos.

De ahí la importancia de ejercer un análisis de las estrategias de la microfísica del poder, tal y como lo reivindica Foucault en el caso de la historia de la penalidad, "parásitos de la ley que respaldan el castigo en término de lo normal y patológico". El análisis de la historia mediante el poder iluminador del lenguaje, es decir, una labor genealógica, pero esta vez en el caso de los medios de comunicación. Los ejemplos de manipulación del lenguaje en la historia del periodismo son enormes, por lo que vamos a analizar sólo uno extraído de la obra Ojo con los media de Michel Collon en donde se realiza un pormenorizado análisis de la manipulación lingüística de los medios en torno a la Guerra del Golfo. Veámoslo en el propio texto: "la tarea fijada era destruir el "aparato militar-industrial" de Irak. Otra trampa lingüística más. Palabra maleta en la que cada cual coloca lo que quiere. Poner por delante el término "militar" y subordinar el término "industrial", apunta a la idea de que únicamente se atacarán los objetivos militares y las infraestructuras industriales que dan apoyo al ejército. Pero en realidad, el término "industrial" es equívoco. Porque de esa forma se bombardearon objetivos civiles que se calificaron como militares gracias a las circunstancias de la guerra: aprovisionamientos de agua, pozos, sistemas energéticos, puentes y todas las infraestructuras en general. El resultado -esperado- fue la destrucción efectiva del sistema sanitario" (Collon, 1996:90). Lo que se pone de manifiesto en esta cita no es más que una toma de postura genuinamente nietzscheana, en la medida en que se denuncia el carácter retórico del lenguaje, que ha sido camuflado por una voluntad de poder. Por citar un caso más reciente, remitimos a la última visita del presidente de Estados Unidos a Rusia. La mayoría de los medios de comunicación del mundo ofrecieron la noticia del encuentro y las palabras textuales del presidente que habló de la existencia de "posibles ataques procedentes de países descontrolados". A estas alturas del artículo, no creo que haya que insistir en el análisis y las implicaciones, de todo tipo, que trae esta ambigua y sospechosa expresión.

Como hemos visto, al igual que lo explica Foucault, también en el ámbito de la información, se produce una subordinación de las prácticas discursivas a las extradiscursivas, en la medida en que los mensajes informativos están supeditados a los parámetros que les inducen los medios de comunicación. Pero estos a su vez están subordinados al poder, que actúa como filtro de la información en aras de mantener su status quo. Para analizar los discursos vamos mantener las directrices que establece Foucault y que Rosario García del Pozo ha resumido en los siguientes apartados:



1º Como una puesta en duda de nuestra voluntad de verdad que nos lleva al descubrimiento de una subordinación de lo que suponemos la verdad y el saber a unas relaciones del poder.

2º Como un acontecimiento material, azaroso y discontinuo tras la apariencia de una conciencia fundadora: autor, comentario y disciplina.

3º Finalmente sometido a una soberanía del significante de la que es preciso liberarlo. (García del Pozo, 1988:142).

Puntos que se pueden aplicar perfectamente a la práctica de los medios de comunicación.

En definitiva, lo que Chomsky hace en última instancia y utilizando la terminología foucaultiana, es la puesta en práctica de una transvaloración, en la medida en que pone en duda el valor de los valores. Desde el momento en que analiza los valores, en este caso en sentido ideológico, que transmiten los medios de comunicación, está cuestionando su propio valor, la legitimidad que los sustenta, por lo que la actitud es similar a la de Nietzsche en la Genealogía de la moral y la de Foucault, en Vigilar y castigar, por ejemplo. Dicha transvaloración de los valores se materializa en el caso del análisis de los medios de comunicación en el desenmascaramiento de las verdaderas causas de la Guerra del Golfo, por ejemplo, que ponen en evidencia que los verdaderos intereses de Estados Unidos, petrolíferos sobre todo, aunque también armamentísticos, distaban de ser ejemplares, lo cual nos induce a afirmar que el valor que nos habían emitido no tenía ningún valor, valga la redundancia. Con esta actitud genealógica de Chomsky, se llega, en última instancia a un desenmascaramiento de una voluntad de poder, camuflada por el carácter retórico de los mensajes informativos. (En ellos es clara la separación, siguiendo la línea explicada por Foucault, entre las palabras y las cosas).

Para concluir el trabajo, la forma más satisfactoria sería la de extrapolar, al igual que hemos hecho hasta ahora con los demás elementos, los planteamientos estéticos foucaultianos al ámbito de la comunicación, en la medida en que parece ser la única salida a esta voluntad de poder mediática que impide el desarrollo libre de la capacidad de juzgar y discernir de los espectadores. No es tan fácil como nombrarlo pues partimos de la premisa de que hacer de nuestra vida una obra de arte, tal y como lo plantea Foucault, supone poner en marcha fuerzas activas y creadoras, solidarias y favorecedoras de un desarrollo positivo del hombre. En el caso de la información, sería imposible realizarlo, porque, aunque cada uno de los espectadores, indefensos hasta ahora, pudiera interpretar creativamente la información, aportar nuevas ideas, utilizarla para fines que tuviesen en cuenta al otro, contamos con elementos totalmente contrarios a dichos propósitos. La información pasa por varios filtros que reducen la objetividad en cualquiera de sus peldaños. Los intereses económicos, políticos y empresariales, priman en la información, y dejan en segundo lugar aspectos que pudieran formar parte de una apuesta estética. La consecuencia es que, cuando la información llega a cada uno de nosotros, ya no hay nada que hacer, estamos indefensos. Las posibilidades de retroalimentación con los emisores de la información desaparecen. El poder se encarga de limitar la comunicación del espectador y el sistema está perfectamente diseñado para este fin; por eso, sólo podemos concluir que creer lo contrario, sin embargo, es, ahora sí, una "ilusión necesaria".



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