Darwinismo social



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DARWINISMO SOCIAL

Darwin partía de que la evolución era un hecho, y pretendió a partir de ahí explicar (entre otras cosas) cómo las diversas concepciones morales podrían haber evolucionado a través de la selección natural, de la misma manera que en El origen de las especies explicaba cómo la selección natural podía haber hecho surgir la gran variedad de especies existentes de animales y plantas.

Para Darwin las “facultades morales del hombre” no eran originales e inherentes a él, sino que habrían evolucionado a partir de “cualidades sociales”, y éstas tampoco serían originadas, sino adquiridas “a través de la selección natural, ayudadas por los hábitos heredados”. Igual que la vida surgió de elementos no vivos, la moral surgió de elementos no morales.

Por ser más exactos, para Darwin el hombre hubo de convertirse primero en un ser social para, posteriormente, poder convertirse en un ser moral. Pero, ¿cómo nos convertimos en seres sociales? “Para que los seres primitivos, o los progenitores simiescos del hombre, se convirtiesen en seres sociales”, razonaba Darwin, “deben haber adquirido los mismos sentimientos instintivos que impulsan a otros animales a vivir en cuerpo social”. Estos instintos no eran algo particular de los seres humanos ni de sus “progenitores”, ni eran naturales en el sentido de estar incorporados a esos seres desde el principio. Los “instintos sociales” del hombre (como los de otros animales sociales) eran el resultado de variaciones en el individuo que suponían algún tipo de ventaja para la supervivencia. Los que nacían con instintos sociales más fuertes se unían con otros formando tribus más fuertes, más homogéneas y más efectivas. Los que nacían con poco o ningún instinto social resultaban eliminados en la lucha por la supervivencia.



A través de esta batalla natural de tribu contra tribu, “las cualidades sociales y morales tenderían lentamente a avanzar y a difundirse a través del mundo”. Particularmente, el desarrollo evolutivo de las cualidades morales que los seres humanos han acabado teniendo dependió esencialmente de una larga historia de incesante conflicto entre diferentes tribus en competencia por unos recursos insuficientes; de este modo, el “progreso” evolutivo de la moralidad no podía haberse producido “si el ritmo de crecimiento (de las poblaciones en las tribus) no hubiese sido rápido y la consiguiente lucha por la existencia (no hubiese sido) severa hasta un grado extremo”.

Si, por tomar un ejemplo extremo, los hombres creciesen exactamente en las mismas condiciones que las abejas en las colmenas, difícilmente podría dudarse de que nuestras hembras solteras considerarían, como las abejas obreras, un deber sagrado matar a sus hermanos, y las madres lucharían por matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le ocurriría interferir. Sin embargo la abeja, o cualquier otro animal social, en nuestro supuesto adquiriría, me parece, algún sentimiento de lo que está bien y de lo que está mal, es decir, una conciencia. Porque cada individuo tendría una cierta convicción íntima sobre cuáles son sus instintos más fuertes y duraderos, y cuáles los menos; de modo que a menudo se entablaría en su interior una pugna respecto a qué impulso seguir; de lo cual surgiría un sentimiento de satisfacción o insatisfacción (…) En este caso, un control interno indicaría al animal que habría sido mejor haber seguido un impulso y no otro. Uno sería el correcto, el otro el incorrecto”. Charles Darwin. El origen del hombre.

Pero no necesitamos considerar sólo ejemplos ficticios. Tal y como Darwin dejó claro en sus análisis de las diversas “especies” de moralidad humana, esa variabilidad de hecho se expresa a través de la historia natural de las moralidades humanas tal y como evolucionaron en la realidad. Esto explicaría por qué, por ejemplo, muchas sociedades han tolerado el infanticidio, mientras otras lo han condenado. La diferencia no reside en la actuación conforme a estándares morales extrínsecos, sino en las diversas condiciones para la supervivencia de las distintas poblaciones humanas.

Argumentaba que, si partimos del criterio de la simpatía (y de la capacidad intelectual), las “naciones occidentales de Europa (…) sobrepasan a sus antiguos progenitores y están en la cumbre de la civilización”. Paradójicamente, esta superioridad evolutiva (incluyendo esa simpatía) sólo pudo ser adquirida mediante la lucha brutal entre las razas por la supervivencia, una lucha que estaba lejos de haber concluido. De ahí que el progreso moral conllevase la exterminación de las razas “menos aptas” a manos de las más dotadas o avanzadas.



La inevitabilidad del exterminio racial fue una derivación directa de los argumentos evolutivos de Darwin en El origen de las especies (el título completo de la obra era El origen de las especies a través de la selección natural o la preservación de las razas más dotadas en la lucha por la vida), las diferentes razas o variedades de cualquier cosa creada a partir de la selección natural resultaban necesariamente, y de forma beneficiosa para ellas, condenadas a la más severa lucha por la supervivencia precisamente debido a su misma similitud.

Tal y como Darwin argumentaba En El origen de las especies,

"(…) las formas que mantienen una competencia más cerrada con las que están en curso de transformarse y de mejorar, naturalmente sufrirán más. Y (…) son las formas más próximas – las variedades de una misma especie y las especies del mismo género o de géneros relacionados – las que, por tener prácticamente la misma estructura, constitución y hábitos, generalmente entrarán en la competencia más acerba con la otra; consiguientemente, cada nueva variedad de una especie, durante el proceso de su conformación, generalmente presionará más duramente a su pariente más cercano, y tenderá a exterminarlo”.

Este argumento podía ser aplicado directamente a su valoración de la historia evolutiva de las razas humanas, y a la extinción necesaria y beneficiosa de las “menos favorecidas”:

"En un futuro, no muy distante si lo medimos por siglos, las razas civilizadas del hombre exterminarán y reemplazarán, con casi total seguridad, en todo el mundo a las razas salvajes. Al mismo tiempo los monos antropomórficos (esto es, los que se parecen más a los salvajes en su estructura) (…) sin dudad serán exterminados. Entonces la brecha será más ancha, porque separará por un lado al hombre en un estado más civilizado, debemos esperar (…) que el hombre blanco, y por otro a algún mono inferior, como por ejemplo el babuino, en lugar de separar, como sucede en el presente, al negro o al aborigen australiano por un lado y al gorila por otro”.



Conforme a las leyes de la selección natural, la raza europea emergerá como la especie más característica del homo sapiens, y todas las formas de transición – el gorila, el chimpancé, el hombre negro o el aborigen australiano – resultarán extinguidas en el curso de la lucha por la supervivencia.

Por supuesto, la selección natural no sólo opera entre razas, sino también entre los individuos dentro de las razas. Expresando una queja que posteriormente sería común entre los eugenistas, Darwin sostenía que el hombre salvaje tiene una ventaja sobre el civilizado. En el salvaje, las cualidades intelectuales y morales no están tan desarrolladas, pero eso también supone que los salvajes disfrutan de los “beneficios” directos de la selección natural sin que éstos estén aguados por sentimientos de compasión. “Entre los salvajes, los más débiles de cuerpo o de mente resultan rápidamente eliminados, y los que sobreviven generalmente exhiben un vigoroso estado de salud”. No sucedía así, se lamentaba Darwin, con respecto a sus conciudadanos europeos. Los hombres civilizados “entorpecen el proceso de eliminación: construimos asilos para los imbéciles, para los lisiados y para los enfermos; promulgamos leyes para los menesterosos; y nuestros profesionales de la medicina ejercitan toda su habilidad para salvar la vida de cada persona hasta el último momento”. El progreso mismo de la medicina provoca una regresión evolutiva, porque “existen motivos para pensar que la vacunación ha preservado la vida de miles que, por su débil constitución, en otras condiciones habrían sucumbido a la viruela”. La desafortunada consecuencia de eso es que “los miembros más débiles de las sociedades civilizadas propagan su debilidad”.



Si “no evitamos que los miembros más indeseables, viciosos o por cualquier motivo inferiores de nuestra sociedad incrementen su número a un ritmo más rápido que los hombres de mejor clase, la nación sufrirá una regresión, como ha ocurrido con demasiada frecuencia a lo largo de la historia del mundo”. “Debemos recordar”, avisaba Darwin al lector, “que el progreso no es una regla invariable (…) Lo más que podemos decir es que depende del incremento del número real de la población, del número de hombres dotados de facultades intelectuales y morales elevadas, y de sus niveles de excelencia”. La descendencia del hombre

En el tramo final del El origen del hombre Darwin hace una advertencia de carácter eugenésico: “El hombre revisa con un cuidado escrupuloso el carácter y el pedigrí de sus caballos, de su ganado y de sus perros antes de cruzarlos; pero cuando se trata de su propio matrimonio rara vez toma tales precauciones, si es que alguna vez lo hace”. Para evitar una mayor degeneración de la raza, “ambos sexos deberían abstenerse del matrimonio si son notablemente inferiores de cuerpo o de mente



Las ideas de Darwin no sólo revolucionaron la biología, también afectaron a otras áreas, como la sociología (Herbert Spencer), la antropología (Lewis Henry Morgan), la economía (Karl Marx, Thorstein Veblen), la política (Walter Bagehot), la literatura de ficción (Joseph Conrad, Jack London, Jules Verne, H. G. Wells), la poesía (Robert Browning, Alfred Tennyson, Walt Whitman), la lingüística (William Dwight Whitney), la filosofía (Charles Pierce, John Dewey, Henri Bergson), y la psicología (William James, Sigmund Freud).

Mediante el uso de la terminología de Darwin, Spencer argumentaba que las sociedades eran organismos que evolucionaban con el tiempo a partir de una lucha librada con su entorno. El progreso era consecuencia de “la lucha por la supervivencia”, a medida que el “adaptado —el fuerte— avanzaba, mientras que el débil sucumbía.

El pensador y sociólogo positivista Herbert Spencer siguió, tras las teorías de Darwin, analizando la sociedad (Principios de sociología, 1876-1896) y estudiando la fluencia de la teoría de la evolución en el mundo de la época, en Ensayos científicos, políticos y especulativos (1891). Sostenía que los grupos sociales humanos tienen diferente capacidad para dominar la naturaleza y establecer su dominio en la sociedad. Así, las clases pudientes son capaces o más aptas que las clases bajas.



Aplicó las leyes naturales a la sociología, llegando a estudiar la sociedad como si fuera un ser biológico. Acuñó el concepto de darwinismo social (también denominado organicismo social por relacionar la sociedad con un organismo vivo), tomando de Darwin el concepto de supervivencia del más fuerte.

Al trasladarlo a la sociedad, se justificó el dominio de pueblo sobre otro y la desaparición de los pueblos o r más débiles (o menos aptas); de este modo, el imperialismo hallaba un sustento ideológico “científico”. Los representantes del darwinismo social afirmaban que el estado de la sociedad de su época se debía a la evolución y a la selección entre las clases sociales: los que estaban arriba en la escala socioeconómica eran los más adaptados y estaba en contra de las leyes de la evolución obstaculizar su progreso económico.

Los más fuertes (los más aptos o paces) debían imponerse en la lucha por la supervivencia fin de evitar que la sociedad se degenere. La guerra jugaba como un factor de eliminación de los más débiles. El racismo, que era anterior a la teoría de Darwin, tuvo con el darwinismo social un fundamento pseudo científico.

Como lo expresa Spencer en 1896, en su libro Estática social:

Permeando en toda la naturaleza, podemos apreciar cómo funciona una disciplina implacable que, siendo un poco cruel, puede ser muy favorable… Mientras tanto, el bienestar de la humanidad y su desarrollo hasta esta perfección última, se hallan asegurados por la misma disciplina benéfica, aunque severa, a la que se halla sujeta la larga, la creación animada. Parece duro que una torpeza que, pese a todos sus esfuerzos no puede superar, le haga padecer hambre al artesano.

Parece duro que un trabajador, incapacitado por la enfermedad para competir con sus compañeros más fuertes deba cargar con las consiguientes privaciones. Parece duro que las viudas y los huérfanos queden abandonados a su suerte para lucha por vivir o morir. No obstante, cuando se contemplan, no de manera separada, sino en conexión con los intereses de la humanidad universal, estas horribles fatalidades se entienden como llenas de beneficio, el mismo beneficio que aportan a las prematuras tumbas los niños de padres enfermos y que señala a los inadaptados y a los débiles como las víctimas de una epidemia”

Estas ideas daban sustento al predominio de los países industrializados sobre los más “atrasados”; pese a ello, intelectuales de los países dependientes adoptaron el darwinismo social.

Críticas al darwinismo social

La premisa básica del darwinismo social es que la sociedad se rige por las mismas leyes que la Biología. Esa suposición es la que generó las principales críticas al darwinismo social. Los objetivos sociales, en la medida en que pueden ser seleccionados conscientemente por las personas, pueden ir dirigidos hacia casi cualquier propósito que los humanos elijan para sí mismos, como el bienestar, la castidad, la revolución, la obediencia, etcétera. En cambio, los objetivos biológicos están restringidos a los que marca la evolución orgánica, y siguen rutas no influenciadas por la moral, la consciencia social y las ideologías.

Las diferencias entre sociedad y Biología quedan reflejadas en el hecho de que los cuidados y oportunidades que la sociedad brinda a las personas o grupos pueden no tener relación con su “eficiencia” biológica. Por ejemplo: alguien puede ser discapacitado físicamente y poder seguir teniendo poder económico y/o social. Otro aspecto que se ha resaltado en numerosas oportunidades es la relación inversa entre el grado de fecundidad y clases sociales con mayores recursos (es decir, los grupos que disponen de mayores recursos dejan menos descendencia que los grupos más carenciados), relación opuesta a las tendencias biológicas naturales.

Se puede decir que el darwinismo social carece de bases científicas válidas, ya que lo socialmente eficaz no necesariamente es lo biológicamente óptimo.

No obstante, a pesar de estas contradicciones, esta postura ha sido una ideología atractiva para muchos grupos que ocupan posiciones sociales superiores y proponen una base científica para las desigualdades sociales y las actitudes discriminatorias.

El paso siguiente consiste en la utilización de esas conclusiones para justificar una situación social negativa (explotación, colonialismo, racismo, desigualdad) por parte de los grupos sociales dominantes. Un ejemplo extremo de la aplicación de estas ideas es el caso de Alemania durante las décadas de 1930-1940, cuando las ideas de “salud racial” del nazismo fueron un elemento ideológico importante en la destrucción intencionada de millones de personas, a quienes se acusó de pertenecer a grupos humanos “inferiores”.



La supuesta “superioridad” del hombre de raza blanca justifica el trato desigual al que somete a hombres de razas “inferiores”


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