Daniel Goleman


SEGUNDO DÍA: LAS EMOCIONES EN LA VIDA COTIDIANA



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SEGUNDO DÍA:

LAS EMOCIONES EN LA VIDA COTIDIANA


21 de marzo de 2000

6. LA UNIVERSALIDAD DE LAS EMOCIONES


¿Poseen algún valor el enojo, el pánico o la depresión? ¿Podrían ser acaso las emociones destructivas subproductos accidentales de la selección natural que no cumplieran con ninguna función evolutiva o, por así decirlo, "tímpanos" [spandrels] de la evolución?

Recordemos que, en el ámbito de la arquitectura, los tímpanos son efectos colaterales y "gratuitos" de las bóvedas y de los arcos que, si bien pueden desempeñar un papel decorativo, carecen de toda función estructural.

En 1994, Owen Flanagan pronunció una conferencia en la Society for Philosophy and Psychology titulada "Deconstructive Dreams: The Spandrels of Sleep" basada en la teoría de los ''tímpanos" de la evolución de Stephen Jay Gould y Richard Lewontin. Desde esta perspectiva, existen ciertos aspectos de la conducta humana que carecen de todo valor de supervivencia y que pueden ser considerados como los "tímpanos" de la arquitectura, meros subproductos que poseen un valor puramente ornamental. En opinión de Flanagan –una opinión, por otra parte, sugerida por la investigación pionera realizada al respecto por Alan Hobson en Harvard, aunque los sueños poseen un valor adaptativo, no fue ése el propósito que les confirió la Madre Naturaleza. Es cierto que los sueños pueden ser enriquecedores y servir para la exploración de uno mismo, pero en modo alguno son, desde esa perspectiva, esenciales para la supervivencia.

Las emociones destructivas, por su parte, también pueden ser consideradas como "tímpanos", subproductos de algo útil en la conducta humana que, en sí mismas, carecen de toda importancia para la supervivencia y que, en ocasiones, hasta pueden resultar negativos. Este es un principio que perfectamente podría aplicarse a cualquiera de las emociones aflictivas, como el deseo, la ira, el miedo o la tristeza (por no mencionar la envidia y los celos de la enumeración budista), que, cuando superan un determinado umbral, se tornan destructivas. De hecho, gran parte del manual diagnóstico oficial de la American Psychiatric Association contiene una tipología de las emociones destructivas inútiles, trastornos creados por una emoción otrora útil que ha terminado desproporcionándose, está fuera de lugar, o simplemente se ha descontrolado.

No todo el repertorio de la conducta humana es adaptativo, aunque la mayor parte sí parece serlo. Owen Flanagan coincide con la visión evolucionista que se pregunta por el valor adaptativo de cualquier rasgo humano. Y también es eso, precisamente, lo que hace Paul Ekman con las emociones básicas, fruto, en su opinión, de los ajustes necesarios para adaptarse a un determinado entorno. Este segundo día nos cuestionaremos si las emociones básicas que antaño desempeñaron con una función evolutiva podrían haber acabado convirtiéndose en "tímpanos" de la conducta humana, es decir, elementos con los que contamos, pero que ya no necesitamos.

Un sombrío telón defondo

Ayer lucía un sol espléndido, pero hoy ha amanecido nublado, y la tormenta se cierne sobre nosotros y nos ha acompañado a lo largo de todo el día. A la hora del almuerzo llovía intermitentemente.

Los rumores de que un perro rabioso merodeaba por el pueblo nos han disuadido de dar un paseo. Según nos dijeron, ya había atacado a siete personas. Dick Grace, uno de nuestros observadores y un hombre muy compasivo, tropezó con una de las víctimas –un niño que había sufrido una terrible mordedura en la cara y lo llevó al hospital.

El Dalai Lama estaba un tanto preocupado por su tos. Llevaba una semana resfriado a raíz de un viaje que hizo la semana pasada al Sur de la India, a donde había ido para ordenar a varios centenares de monjes tibetanos. La llovizna, el perro rabioso y el resfriado del Dalai Lama parecían confabularse para crear un sombrío telón de fondo que se ajustaba perfectamente a nuestro tema, las emociones destructivas.

Abrí la sesión recurriendo a la metáfora del tapiz y dije:

"Como Su Santidad sabe bien por los diálogos que hemos celebrado anteriormente, estos encuentros se asemejan a la confección de una alfombra que va revelándonos toda su riqueza en la medida en que avanzamos. Owen Flanagan tejió ayer lo que podríamos denominar la urdimbre de esa alfombra –la comprensión filosófica y esbozó varias cuestiones esenciales desde la perspectiva de la filosofía moral occidental. Luego Matthieu nos resumió la visión budista de las emociones como factores que enturbian la visión clara y también señaló la posibilidad de intervenir antes, durante o después del surgimiento de una determinada emoción aflictiva. Alan asimismo nos presentó una lista de las emociones aflictivas que resulta muy curiosa si la comparamos con la que anteriormente nos ofreció Owen, no sólo por sus muchas yuxtaposiciones, sino también por sus importantes diferencias. Éstas son algunas de las muchas ideas a las que volveremos durante el día de hoy.

"Su Santidad ha sido muy amable al compartir con nosotros un vislumbre de la sofisticada visión que tiene la psicología budista con respecto a la naturaleza de las emociones aflictivas y los procesos de los actos mentales. Si realmente queremos intervenir de manera eficaz en el proceso emocional, debemos entenderlas lo suficientemente bien como para encontrar el remedio más apropiado.

"Ésa es la urdimbre que configura nuestro tapiz. Ahora empezaremos a tejer la trama y, de la interacción entre ambas, emergerá toda su colorida riqueza. Comenzaremos con Paul Ekman, profesor de psicología y director del Human Interaction Laboratory de la facultad de medicina de la University of California en San Francisco. Pero lo que realmente deben saber es que Paul lleva más de treinta años investigando el mundo de las emociones y es un auténtico maestro en la lectura de las emociones y de las expresiones faciales y posee un dominio personal único que casi se asemeja a un siddhi –dije, usando el término sánscrito con el que se conoce a las facultades extraordinarias.

"Paul ha aprendido a controlar voluntariamente cada uno de los más de ochenta músculos que configuran el rostro humano para poder analizar y valorar con precisión científica la relación que existe entre la activación de ciertos músculos y una determinada emoción. Ese aprendizaje le ha permitido detectar cambios fugaces que ponen de relieve nuestros verdaderos sentimientos, una habilidad que ha transmitido a los agentes de la policía y del servicio secreto.

"Por ello debo señalarles que, si ocultan algún sentimiento, Paul no tardará en advertirlo –agregué, en un tono más informal".



Un detector de emociones

Era un día de comienzos de diciembre anormalmente caluroso, y Paul y yo caminábamos por las irregulares aceras que discurren entre las encantadoras mansiones de estilo victoriano mientras nos dirigíamos a una reunión en el Center for Comparative Religions, de la Harvard Divinity School, de Cambridge. Esa mañana debía coordinar los esfuerzos de siete especialistas en temas muy diversos que, en el mes de marzo, tenían que presentar al Dalai Lama sus descubrimientos y sus ideas en torno al tema de las emociones destructivas. Por ello, aunque estaba interesado en lo que Paul me contaba, una parte de mi mente no dejaba de dar vueltas a la reunión que íbamos a celebrar.

Paul, el mayor experto del mundo en el campo de la expresión facial de las emociones, acababa de editar una cinta de vídeo de una hora aproximada de duración con la que aseguraba que podía enseñar a cualquiera a detectar en el rostro de una persona los signos más imperceptibles de la ira, del miedo o de cualquier otra emoción. Según decía, con la ayuda de esa cinta podía enseñar en una hora a cualquiera a detectar microemociones cuya duración es inferior a un cuarto de segundo.

Todo ello no sólo me interesaba, sino que incluso me fascinaba. En sus conferencias solía insistir en la posibilidad de desarrollar –y, en consecuencia, de aprender la empatía, es decir, la capacidad de registrar las emociones que está experimentando otra persona, una idea que resulta sumamente interesante. Y ahora tenía una respuesta mucho más concreta.

Mientras nos acercábamos al lugar del encuentro, Paul comenzó a hablar del libro que estaba escribiendo, un tema que, por otra parte, me pareció un tanto tangencial. Mi atención seguía dividida entre sus comentarios y la preocupación por la reunión que no tardaría en dirigir, y por mi mente cruzó la idea de que, en el minuto aproximado que llevaba hablando, ya había escuchado todo lo que quería. Por un instante empecé a impacientarme y hasta me sentí un poco irritado, aunque estoy seguro de que no di ninguna muestra de ello.

–Cualquiera que se hubiera entrenado con esa cinta en la detección de emociones sabría que, en este preciso instante, estás un poco enfadado conmigo –dijo entonces Paul, como quien no quiere la cosa.

Fue un pequeño milagro. "¿Cómo diablos –me pregunté– se habría dado cuenta de que, en esa precisa fracción de segundo, estaba irritado?" Pero a Paul, sin embargo, no le pareció nada extraño y volvió a hablar del vídeo y de su uso para enseñar empatía a los policías y siguió hablando de ello hasta el momento en que entramos en la sala.

Este ejemplo caracteriza perfectamente el genio de Paul, que no es tanto un extraordinario lector de mentes, como un extraordinario detector de emociones.



Advertir lo inadvertido

La carrera académica de Paul Ekman comenzó a eso de los quince años cuando, escapando de su problemática familia de New Jersey, se refugió en la University of Chicago, que tenía un programa para admitir a estudiantes brillantes que, como él, no habían acabado la escuela secundaria. En cierto modo, esto le salvó la vida porque pasó de la aburrida rebeldía casera a los grandes retos intelectuales, uno de los cuales fue su descubrimiento de Freud y su posterior decisión de convertirse en psicoterapeuta.

Luego Paul estudió psicología clínica en la Adelphi University, uno de los pocos lugares que, en ese tiempo, no centraba tanto su atención en la investigación académica como en la práctica clínica. Pero Paul resultó ser la oveja negra de su clase porque, en lugar de interesarse por la psicoterapia, acabó dedicándose a la investigación. Pero el momento crucial de su carrera se produjo cuando, después de licenciarse, se dedicó a observar sesiones de psicoterapia a través de un espejo unidireccional y se quedó muy impresionado al cobrar conciencia de que lo que ahí estaba ocurriendo no se transmitía tanto a través de canales verbales como no verbales (como el tono de voz, las expresiones faciales y el gesto).

Así es como Paul descubrió lo que acabaría convirtiéndose en su vocación, advertir lo inadvertido. De Adelphi pasó luego al Langley Porter Institute, el hospital psiquiátrico de la facultad de medicina de la University of California de San Francisco, atraído fundamentalmente por la personalidad de Jürgen Ruesch, uno de los pocos investigadores que, en esa época, había publicado algo sobre la conducta no verbal.

Reclutado por el ejército poco después de acabar su carrera, Paul se convirtió en el psicólogo jefe del enorme campamento de Fort Dix (New Jersey). La tarea que tenía encomendada era la psicoterapia, pero ninguno de los cuarenta mil soldados que, cada ocho semanas, desfilaban por el campamento, parecía tener tiempo ni interés en acudir al psicólogo. Ahí fue, precisamente, donde Paul tuvo sus dos primeros éxitos como investigador.

Una de las investigaciones puso de relieve que, el hecho de que los soldados tuvieran la oportunidad de "desalistarse" durante los primeros tres días de campamento –es decir, la posibilidad de declararse inútiles para el servicio y ser así devueltos a casa, no modificaba la tasa global de bajas que acababan produciéndose. Dicho en otras palabras, los soldados no parecían aprovechar la ocasión para escapar del servicio militar, con lo cual disminuía considerablemente también la incidencia de crisis nerviosas que acababan provocando la baja definitiva. El impacto de ese estudio fue tal que el general que dirigía Fort Dix cambió la política y proporcionó a los reclutas la oportunidad de abandonar el ejército en el momento mismo df entrar en el campamento.

Luego Paul se dio cuenta de que los calabozos estaban llenos de sol'', dos que habían sido detenidos por ausentarse sin permiso del servicio. La investigación de Paul demostró que la mayoría de los reclutas volvían por sí mismos y que, cuando se les castigaba con un trabajo extra, reincidían un 90 por ciento menos que quienes eran encarcelados por el mismo motivo. Esa investigación también supuso un cambio de política del campamento que llevó a reemplazar la reclusión por un trabajo adicional.

Estos éxitos acabaron convenciéndole de que el mejor modo de camb el mundo no era la psicoterapia, sino la investigación.

En los años sesenta, Paul volvió a investigar en Langley Porter, donde conoció a Sylvan Tomkins, un filósofo reciclado en psicólogo cuyo trab jo sobre la expresión no verbal de las emociones se convirtió para él en una auténtica fuente de inspiración. Entonces consiguió una beca para llevar a cabo una investigación intercultural de los gestos y la expresión de las emociones, para lo cual se centró en un grupo étnico de Nueva Guinea que, según se creía, todavía vivía en la Edad de Piedra. En esa remota tribu des–cubrió que las formas de expresión de las emociones eran perfectas reconocibles en todo el mundo. Y ese descubrimiento le llevó a una lectura detenida de Darwin que, hacía mucho tiempo, había abogado por la te–sis de la universalidad de la expresión de las emociones.

Conocí a Paul a comienzos de los ochenta, a propósito de un artículo que escribí en tomo a su investigación sobre la expresión facial de las emociones. Paul no tardó en darse cuenta de que la expresión facial es una ventana abierta a las emociones de otra persona. Lamentablemente, sin embargo, por aquel entonces no existía ningún método científico para poder interpretar las emociones implícitas en los movimientos de los músculos del rostro, y Paul se vio obligado a desarrollar su propio sistema. Paul y su colaborador Wallace Friesen invirtieron cerca de un año en el estudio de la anatomía facial y aprendieron también a mover de manera consciente cada uno de los músculos de la cara, para poder estudiar el papel que desempeñan en la configuración de una determinada emoción. Tengamos en cuenta que la anatomía del rostro admite unas siete mil combinaciones visualmente distintas de todos esos músculos.

Ese trabajo fue realmente minucioso. Paul tomó prestado un método desarrollado por Guillaume Duchenne du Boulogne, un neurólogo del siglo xix que había estimulado de forma eléctrica la musculatura facial del rostro de una persona que no tenía sensibilidad al dolor –lo que le permitió despreocuparse de la intensidad de la descarga para tratar de describir los cambios de apariencia del rostro. Pero Paul no fue tan afortunado y, cuando tenía dudas sobre el funcionamiento de un determinado músculo, se vio obligado a atravesarse la piel con una aguja hasta llegar al músculo y poder así estimularlo eléctricamente algo que, como todavía recuerda, no resultaba nada divertido.

Seis años más tarde, sin embargo, todo el trabajo realizado en la investigación científica de las emociones supuso un gran paso hacia adelante que puso de relieve que cada emoción pone en funcionamiento un determinado conjunto de músculos de un modo tan preciso que es posible representar gráficamente, mediante una notación muy precisa, los distintos movimientos implicados en una determinada emoción. Así fue como, por vez primera, los científicos pudieron llegar a determinar con cierto detalle las emociones que experimentaba una persona observando simplemente los cambios concretos que se producen en sus músculos faciales.

Hoy en día, el Facial Acting Coding System es usado por más de cuatrocientos investigadores de todo el mundo, y hay un par de equipos de investigación que están tratando de automatizar el proceso, de modo que es muy probable que, antes de cinco años, dispongamos de lecturas muy precisas de los cambios emocionales sutiles que experimenta una persona, del mismo modo que el electroencefalograma nos proporciona una lecíura muy detallada de las ondas cerebrales.

La posibilidad de participar en nuestro encuentro había coincidido con el libro que Paul trató de describirme durante nuestro paseo hasta Cambridge.1 En él se ocupaba de muchos de los temas que estábamos discutiendo y, más en particular, de las emociones funcionales y disfuncionales y del modo en que podemos cambiar lo que nos emociona. Paul creía que las varias décadas de investigación invertidas en el dominio de las emociones le habían enseñado muchas cosas que podrían interesar al Dalai Lama, pero aún estaba más interesado, si cabe, por lo que ese diálogo podría aportarle a él. Tal vez –pensaba, los muchos siglos de ciencia interna desarrollada por el budismo tibetano le enseñarían métodos prácticos, desconocidos por la ciencia occidental, para gestionar más adecuadamente nuestra experiencia emocional.

Pero Paul también tenía una motivación más personal para asistir al encuentro de Dharamsala. Desde la época de la guerra fría, en la que tuvo que ocuparse de analizar las posibles bajas en caso de guerra nuclear, Paul había sido un miembro activo de las organizaciones que abogaban por el desarme. Este activismo parecía haber sido heredado por su hija universitaria Eve que, desde los quince años, se había interesado por la causa del pueblo tibetano. Todo ello contribuyó a que Paul decidiese acudir a Dharamsala acompañado de su hija, que asistió como espectadora, y todos sus signos no verbales evidenciaban lo orgulloso y satisfecho que estaba de tenerla consigo durante toda la semana.

Los universales

Paul, al que se había encomendado la misión de revisar el marco científico de las emociones, comenzó diciendo:

"Considero un gran honor tener la oportunidad de participar en este diálogo con Su Santidad. Antes que nada debo disculparme por haber pasado cuarenta años estudiando las emociones y no haberme interesado por el budismo hasta hace sólo cuatro meses. Todo lo que sé al respecto lo he leido en cuatro de sus libros, de modo que pido perdón anticipadamente por la ingenuidad que sin duda evidenciarán mis palabras.

"Quisiera comenzar diferenciando claramente los hechos científicos (de los que tenemos pruebas) de las teorías (que, pese a carecer de evidencia, se ocupan de algunas cuestiones muy interesantes). Empezaremos con aquellos, aunque creo que pasaré más tiempo hablando de estos últimos.

"Permítanme empezar hablando de los universales. Cuando comencé mi investigación en este dominio, Occidente sostenía la creencia básica de que las emociones, como el lenguaje y los valores, difieren de una cultura a otra. Entonces se creía que la expresión de las emociones se aprende y que esa expresión es, en consecuencia, el fruto y el reflejo de las diferencias interculturales. Esa visión contradecía claramente la opinión sostenida por Charles Darwin en 1872 en su libro La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, según la cual aunque nuestras emociones evolucionan, todavía compartimos algunas con otros animales y constituyen una fuerza que aglutina toda la humanidad".

Luego Paul proyectó una serie de diapositivas de rostros con expresiones muy marcadas y dijo:



"En la primera investigación que realicé sobre este campo presenté estos mismos rostros y otros similares a personas de veintiún culturas diferentes del mundo entero, solicitándoles que identificaran la emoción que expresa cada uno de ellos. La investigación demostró que, independientemente de las diferencias de lenguaje y de bagaje cultural, no existen diferencias interculturales en su interpretación. Así pues –y aunque las palabras utilizadas en cada caso para expresarse fueran diferentes, todos los implicados atribuyeron la tercera de las imágenes de la primera fila presentadas a continuación a la felicidad. Y lo mismo ocurrió con la siguiente imagen, a la que todos identificaron como disgusto o asco.


"Pero ese tipo de investigación todavía dejaba abierta una posibilidad, ya que todos los participantes considerados habían estado expuestos a las mismas películas de televisión y de cine y cabía la posibilidad de que no se tratara de un producto de la evolución, sino que hubieran aprendido esas expresiones de Charlie Chaplin, John Wayne o Richard Gere (un reconocimiento explícito a Gere, que asistía como espectador y se hallaba sentado justo detrás de Paul). Fue para cubrir esa eventualidad que acometí el mismo estudio con personas que no habían tenido contacto alguno con el mundo exterior. Por aquel entonces, había un científico que estaba estudiando una enfermedad que afectaba a un grupo étnico de Nueva Guinea que se hallaba en la Edad de Piedra y de quienes habría filmado unos tres mil metros de película. Se trataba de un grupo que todavía utilizaba utensilios de piedra y que no había tenido ningún contacto con el mundo externo.

"Pasé seis meses estudiando esas películas antes de descubrir que, en ellas, no aparecía nada especial, puesto que no tenía ninguna dificultad en interpretar sus emociones. Dicho de otro modo, no fue necesario que aprendiera su lenguaje expresivo –sus expresiones faciales, porque su lenguaje emocional era también el mío.

"En el año 1967, viaje a Nueva Guinea para estudiar directamente a ese grupo –añadió Paul, al tiempo que iba proyectando diapositivas de algunas de las expresiones espontáneas que su equipo había fotografiado. Aquí tenemos a un muchacho manifestando su alegría. La elevación de las cejas de esta mujer expresa, como ocurre en nuestro caso, la sorpresa. La mujer que pueden ver ahora está enfadada conmigo por haber transgredido una norma cultural y haberle prestado demasiada atención. La expresión de este hombre evidencia su asco al verme comer el alimento de una lata de conservas que había llevado conmigo... la misma expresión, por cierto, que hice yo cuando probé su comida.

"Pero, por más interesantes que resulten todos estos ejemplos, no constituyen, en sí mismos, ninguna demostración científica. Para ello, debía llevar a cabo una investigación más sistemática. En el más interesante de todos los experimento realizados, les contaba una determinada historia y les pedía que me expresaran con su rostro cuál sería su respuesta".



Paul ilustró entonces su relato mostrándonos algunas dispositivas tomadas por él mismo durante su viaje a Nueva Guinea.

Muchacho alegre, mujer enfadada y hombre expresando el asco que le produce ver a Paul alimentándose de comida envasada.
"Debo señalar que esas personas ignoraban lo que es una cámara y que, en consecuencia, no se avergonzaban de ser filmados ni fotografiados. Los casos que les propuse eran los siguientes: "Muéstrame cuál sería tu rostro si estuvieras a punto de pelearte con alguien". "¿Cómo sería si alguien hiciera algo que te disgustase, aunque no tanto como para pelearte con él'?" "¿Y si te acabaras de enterar de la muerte de tu hijo?" y, por último, "¿y si hubiesen llegado al pueblo unos amigos a los que no ves desde hace mucho tiempo?".

"No resulta nada sorprendente que, cuando mostré esas imágenes a estudiantes universitarios que no se hallaban familiarizados con esa tribu, no tuvieran ninguna dificultad en interpretar sus emociones. Ésa fue, para mí, una prueba irrefutable de que Darwin estaba en lo cierto al afírmar la universalidad de la expresión de las emociones.

"Pero esa universalidad no sólo se refiere a la expresión de las emociones, sino también a algunos de los eventos que las desencadenan. Todavía carecemos de una prueba irrefutable al respecto, pero todas las evidencias de que disponemos sugieren que, a un nivel abstracto, son las mismas para todas las personas, aunque los detalles puedan diferir. Así, por ejemplo, la tristeza o la angustia parecen derivarse del mismo tema común –una pérdida importante, aunque la persona o cosa perdida puedan diferir en función de los individuos e incluso de las culturas.

"Y, del mismo modo que existe una universalidad en los eventos que desencadenan una determinada emoción, también la hay en algunos de los cambios que se producen en nuestro cuerpo cuando la experimentamos. Con mi colega Robert Levenson, de la University of California en Berkeley, llevé a cabo un estudio sobre los cambios que acompañan cada emoción. El enfado y el miedo, por ejemplo, suelen ir acompañados de un aumento de la tasa cardíaca y de la sudoración aunque, en el primero de ellos, hay un aumento de la temperatura de las manos mientras que, en el segundo, las manos se enfrían. Y esta diferencia en la temperatura de la piel es universal, porque también podemos advertirla si nos desplazamos a Minangkabao, en las tierras altas del Oeste de Sumatra, pongamos por caso."



Dieciocho tipos diferentes de sonrisa

"Otro punto importante –prosiguió Paul tiene que ver con la diferencia entre la expresión voluntaria y la expresión involuntaria, un descubrimiento realizado por el mencionado neurólogo francés del siglo pasado, Guillaume Duchenne."

Paul proyectó entonces una imagen en la que se hallaba el doctor Duchenne con un paciente con una sonrisa simulada y el mismo paciente con una sonrisa auténtica y dijo:

"El paciente que se halla a su izquierda carecía de sensibilidad al dolor en su cara y, por ello, el doctor Duchenne pudo aplicarle electrodos para estimular su musculatura facial y descubrir, de ese modo, por ejemplo, el músculo que levanta los labios. Pero cuando contempló la imagen se dio cuenta de que, por más que sonriera, no parecía feliz. Entonces le contó un chiste y tomó una segunda fotografía que, comparada con la primera, pone de relieve la activación del músculo que rodea el ojo y que se encarga de levantar las mejillas".

Luego proyectó un par de fotografías de sí mismo con una sonrisa simulada y una sonrisa verdadera y dijo:

"En opinión de Duchenne, el músculo orbicular del ojo no se halla bajo control voluntario y por ello sólo acompaña a la emoción verdadera. "Su ausencia –en palabras del mismo Duchenne, sirve para desenmascarar al falso amigo". En uno de los libros de Su Santidad me he enterado de su interés en la sonrisa, pero debo decirle que mi investigación me ha llevado a determinar la existencia de dieciocho tipos diferentes de sonrisa".

Ese comentario provocó una gran sonrisa en el Dalai Lama que pareció activar todos los músculos de su rostro.

–­Dieciocho! –exclamó el Dalai Lama, agregando luego sardónicamente ¿Y cuándo tiene pensado descubrir el decimonoveno?

–En realidad, espero no hacerlo –replicó Paul. Bastantes problemas tengo ya con convencer a la gente de la existencia de dieciocho tipos diferentes de sonrisa.

"Permítame contarle ahora algo acerca de la investigación realizada durante la última década. Hasta hace unos quince años, los descubrimientos de Duchenne permanecieron casi completamente ignorados, como si no existieran.



La primera evidencia real fue que nuestro estudio mostraba diferencias en la sonrisa cuando la persona mentía y afirmaba estar bien cuando, de hecho, se sentía pésimamente. En dos estudios que realizamos en colaboración con Richard Davidson descubrimos que, cada una de esas sonrisas, iba asociada a una pauta diferente de actividad cerebral. Y hay que decir que, en este sentido, la mayor parte de la actividad cerebral que acompaña la sonrisa verdadera implica la activación del músculo orbicular del ojo."2

Mentira, detección y equipamiento emocional

Paul dejó entonces de lado el tema de la sonrisa simulada y empezó a hablar de la investigación realizada en torno al engaño y la mentira.

–Existe un tipo de investigación –que sólo he realizado en Estados Unidos que pone de relieve que casi todo el mundo –incluidos los policías, los psiquiatras, los abogados y los aduaneros es engañado con cierta facilidad y es incapaz de detectar la mentira mediante una simple conversación.

–¿Y qué me dice de los políticos? –preguntó sonriendo el Dalai Lama. Aunque la pregunta había sido formulada amablemente, Paul advirtió en ella una cierta ironía. En el vuelo que nos condujo de Delhi a Jammu, Paul había leído la autobiografía del Dalai Lama titulada Freedom in Exile y le sorprendieron las muchas ocasiones en que describe haber sido engañado por los políticos chinos que asumieron el control del Tíbet.

–En este sentido –respondió Paul sólo puedo decirle que he estudiado las mentiras que dicen los políticos, no si son capaces de detectarlas. Pero este mismo hecho resulta, en cierto modo, sorprendente, porque existen muchos indicios conductuales sutiles que nos revelan si alguien dice la verdad o está mintiendo. Y todos ellos se ponen de relieve a través del rostro y de la voz, ya que los métodos que apelan al lenguaje corporal y verbal nos permiten discernir la verdad de la mentira con un grado de exactitud que supera el 85 por ciento.

También hemos descubierto la existencia de un pequeño grupo de personas cuya precisión a este respecto es tan exacta como nuestras medidas objetivas. Son personas muy capaces de hacerse una idea adecuada de lo que está ocurriendo con sólo escuchar y mirar. En la actualidad, estamos tratando de determinar de qué depende esta infrecuente habilidad que sólo se presenta en menos de un 1 por ciento de la población.1

Luego Paul volvió a prestar atención a la estrecha relación que existe entre la expresión facial de las emociones y los cambios corporales.

"En el curso de nuestra investigación también descubrimos algo realmente sorprendente y es que la expresión facial deliberada provoca cambios fisiológicos. Así pues, el hecho de asumir intencionalmente la expresión facial propia de una determinada emoción suscita los mismos cambios fisiológicos que acompañan la expresión espontánea de esa emoción. Esto fue algo que advertimos tanto en nuestro trabajo sobre la fisiología corporal como en algunas de las investigaciones realizadas con Richard Davidson en torno a los cambios cerebrales. Así pues, el rostro no es únicamente una ventana para la expresión de las emociones, sino que también nos proporciona un modo de activarlas."4

–¿Y ello incluye también a las expresiones voluntarias? –preguntó el Dalai Lama.

–Es algo que se pone voluntariamente en marcha, pero cuya expresión activa el sistema involuntario –respondió Paul.

Dicho en otras palabras, el simple hecho de esbozar una sonrisa desencadena una serie de respuestas cerebrales que se asemejan a las propias de la felicidad. Y lo mismo ocurre en sentido contrario –como demostró otro experimento realizado por Paul en colaboración con Richard Davidson, puesto que el hecho de fruncir el ceño pone en marcha los mecanismos asociados a la tristeza.

"Quisiera ahora –continuó Paul señalar algunas diferencias individuales en la expresión de las emociones. Como ya he señalado anteriormente, mi trabajo comenzó centrándose en las facetas universales de la emoción, pero en los últimos diez años he estado trabajando en el campo de las diferencias individuales. Y debo decir que, en este sentido, las personas presentan estilos afectivos diferentes, ya que la velocidad, la expresividad, la intensidad y la latencia de la emoción, por ejemplo, presentan una amplia variabilidad interpersonal.

"Nuestros descubrimientos también han puesto de relieve que, en la mayoría de las personas, el sistema emocional no está fragmentado sino que es unitario. No es posible, como hace algún tiempo pensaban los científicos, tener una gran expresividad y una respuesta fisiológica muy pequeña. Las distintas partes del equipamiento emocional funcionan de manera conjunta. Así pues, si las expresiones son intensas y veloces, también lo son los cambios que se producen en los órganos gobernados por el sistema nervioso autónomo. Y también hemos descubierto que, hablando en términos generales, esas diferencias interindividuales no se hallan restringidas a una determinada emoción ya que si, por ejemplo, su respuesta a la ira es grande, también lo es su respuesta al miedo."

Todas esas diferencias sugieren una posible explicación a los malentendidos relativos a la interpretación de las emociones. Todos damos por sentado –de manera natural pero incorrecta que los demás experimentan las emociones exactamente del mismo modo en que lo hacemos nosotros. Los descubrimientos realizados por Paul sugieren que algunas personas –especialmente aquellas cuyas respuestas emocionales son rápidas, intensas y prolongadas suelen tener ciertas dificultades para gestionar de manera adecuada sus emociones. Todo ello nos obliga a preguntarnos por el momento del desarrollo evolutivo del niño en que empiezan a aparecer estas diferencias en el modo de experimentar las emociones. Tal vez, en opinión de Paul, la respuesta a esta pregunta –que, según él, todavía estamos lejos de descubrir pueda ayudarnos a intervenir en el momento adecuado y contribuir así al desarrollo de la capacidad de gestionar las emociones. Dos días después, sin embargo, la presentación de Mark Greenberg iba a describirnos programas de aprendizaje emocional orientados a los niños.



La libre expresión de las emociones

Paul me contó más tarde que le había sorprendido la sinceridad y libertad con que el Dalai Lama expresa sus emociones. Su rostro, según dijo, era muy expresivo y no sólo deja traslucir muy claramente sus cambios emocionales, sino también sus pensamientos. Basta con contemplar su rostro –dijo para advertir con claridad cuando está concentrado, cuando duda, cuando comprende y cuando está de acuerdo. Pero lo más curioso es, en su opinión, su extraordinario buen humor, una sensación continua de asombro y contento que refleja claramente la contagiosa alegría con que afronta las vicisitudes que le depara la vida.

Pero ello no significa que el Dalai Lama no pueda experimentar tristeza u otros sentimientos. En realidad, parece una persona muy sensible al sufrimiento de los demás, y su aflicción por su dolor se transparenta, al menos por un instante, en su rostro. Paul también estaba sorprendido por la rapidez con la que parecía recuperarse de las emociones más inquietantes y por el hecho de que su modalidad más típica de respuesta tendiera siempre a contemplar las facetas divertidas y positivas.

Como buen conocedor del rostro humano, Paul señaló también otras singularidades que advertía en el Dalai Lama. En primer lugar destacó la amplitud de su rostro y lo bien articulada que se hallaba su musculatura facial. Lo más sorprendente –dijo es que su cara no parece la de alguien de sesenta y cuatro años, sino de veinte. Tal vez, especuló Paul, ello sea una consecuencia del hecho de no reprimir sus emociones y de permitir que su rostro las exprese directamente, lo que implica una actividad muscular mucho más frecuente de lo habitual. A diferencia, pues, de la habitual represión de la expresión de las emociones, el Dalai Lama no parece tener el menor empacho en mostrarlas.

Esta ausencia de represión, a su vez, evidencia una confianza nada frecuente. A eso de los cinco o seis años, la mayoría de los niños se avergüenzan de ciertos sentimientos, y esa vergüenza les lleva a implantar una pauta de represión de un determinado rango del espectro emocional. Pero, en opinión de Paul, el Dalai Lama no mostraba el menor signo de haber aprendido a avergonzarse de lo que sentía, algo que sólo sucede en los niños más afortunados.

Atrapados en la emoción

Luego Paul dejó de lado la revisión de los descubrimientos científicos realizados sobre la expresión de las emociones y comenzó a prestar atención a lo que ocurre en el momento en que experimentamos una determinada emoción.

"Los occidentales creemos que uno de los rasgos que permiten distinguir a las emociones de otros fenómenos mentales es su mayor velocidad. Las emociones pueden desplegarse en una fracción de segundo (aun cuando, en algunos casos, requieran más tiempo). Un segundo aspecto que las caracteriza es su evaluación automática, una evaluación que discurre a tal velocidad que no somos conscientes de ella y sólo podemos advertir sus efectos cuando ya estamos asustados, enfadados o tristes, es decir, después –pero no antes de la emergencia de la emoción.

"El momento en que cobramos conciencia se produce entre medio segundo y un cuarto de segundo después de que la emoción haya aparecido.

Precisamente, por ello hablamos de evaluación automática. Dicho en otras palabras, nos hallamos a merced de una emoción aun antes de haber advertido su presencia."

–¿Está usted sugiriendo –preguntó entonces el Dalai Lama que una cosa es el proceso de aparición de la emoción y otra distinta el modo de experimentarla y que sólo es posible cobrar conciencia de ambos procesos una vez que se han producido?

–No –aclaró Paul. Lo normal es que uno sólo se torne consciente después de la emergencia de la emoción, como si ésta sólo atrajera nuestra atención una vez que se manifiesta, pero no durante el proceso que la genera. En el caso de que la evaluación fuera consciente –y de que, por tanto, fuésemos responsables de la aparición de la emoción, nuestras vidas serían, para bien o para mal, muy diferentes. En lugar de ello, los seres humanos sentimos como si la emoción fuera algo ajeno que nos sucede. Yo no elijo tener una emoción, asustarme ni enfadarme, sino que súbitamente me doy cuenta de que estoy enfadado. A veces puedo llegar incluso a creer que alguien ha provocado esa emoción, pero no me doy cuenta, por ejemplo, del proceso de evaluación que me lleva a evaluar "lo que hizo Dan me enojó".

La visión occidental de las emociones considera que el momento en que se presentan –un momento ciertamente crucial es algo sobre lo que sólo podemos especular, pero que, en realidad, nunca conoceremos a ciencia cierta. Desde esta perspectiva, pues, sólo cobramos conciencia de una emoción cuando nos hallamos inmersos en ella y en modo alguno podemos controlar su aparición.

–Me pregunto –interrumpió entonces el Dalai Lama si podría haber algún método análogo a la práctica meditativa que permita el cultivo de la capacidad introspectiva para controlar los estados mentales. Porque debo decir que, en tal caso, uno permanece especialmente atento para detectar cualquier signo de distracción, ya sea debido a la excitación o a la lasitud, que entorpezca la claridad mental. En los estadios iniciales –y, por tanto, poco desarrollados del desarrollo de esta capacidad introspectiva, sólo podemos darnos cuenta de la presencia de la excitación o de la lasitud después de que éstas hayan hecho acto de presencia. Pero el ejercicio de esta habilidad va perfeccionando tal destreza hasta el punto de que uno llega incluso a detectar el momento en que la lasitud o la excitación están a punto de emerger. Y lo mismo podríamos decir con respecto al surgimiento del apego y del rechazo.

–Ésta es una cuestión muy importante –dijo Paul de la que, por otra parte, sabemos muy poco. Pero espero aprender algunas cosas sobre el modo de aumentar nuestra capacidad para cobrar conciencia del proceso de evaluación.

–Este punto podría ser interesante para Dan –apuntó entonces Alan, traduciendo un comentario anterior del Dalai Lama. Según la psicología budista, el término introspección –es decir, el control de nuestros estados mentales es un derivado de la inteligencia.

Las teorías de la inteligencia emocional sobre las que he escrito postulan que la conciencia de uno mismo es una de sus cuatro aptitudes fundamentales.

–¿Te refieres, claro está, a la inteligencia emocional? –pregunté, recalcando la conexión que existe entre ambos términos.

–En realidad, la inteligencia emocional no es más que uno de sus aspectos –apostilló Alan. El término sánscrito prajña algunas veces se traduce como "sabiduría", pero, según la psicología budista, su significado exacto es el de "inteligencia".

Según el modelo propuesto por la inteligencia emocional, la conciencia de uno mismo incluye la capacidad de gestionar adecuadamente las propias emociones, una habilidad fundamental para nuestra vida afectiva. Desde una perspectiva ideal, ello incluiría la capacidad de detectar las emociones destructivas en el mismo momento en que empiezan a aparecer –como acaba de señalar el Dalai Lama con respecto a la práctica meditativa y no sólo después de que hayan atrapado a nuestra mente como, según Paul, suele ocurrir. Si pudiéramos cobrar conciencia de nuestras emociones destructivas en el mismo momento en que se originan, estaríamos aumentando nuestra libertad para elegir las respuestas más adecuadas.

Pensamientos privados, sentimientos públicos

"El proceso de evaluación –continuó Paul depende de dos aspectos diferentes. Por una parte, se halla determinado por la historia de nuestra especie en este planeta (ya que, como señala cierto teórico, nuestras respuestas reflejan la sabiduría de las edades) y, por la otra, también se ve influido por nuestra historia personal. Así pues, la filogenia y la ontogenia han sido útiles y adaptativas para la humanidad; y lo que ha sido útil y adaptativo en nuestro proceso de crecimiento y desarrollo acaba dejando su impronta en nuestra respuesta de evaluación.

"Las emociones no son privadas sino públicas. Con ello quiero decir que nuestra expresión verbal, gestual y postural delatan las emociones que estamos experimentando. Así pues, nuestros pensamientos son privados, mientras que nuestras emociones son públicas, y los demás saben cómo nos sentimos, lo cual es muy importante para comunicarnos."

Este punto suscitó un largo debate en la comitiva tibetana, en la que el Dalai Lama buscó el término tibetano correspondiente al término pensamiento del que estaba hablando Paul, una cuestión, por otra parte, fundamental en el diálogo entre el Dalai Lama y la psicología. Desde la perspectiva budista, no existe una clara separación entre las emociones y los pensamientos, ya que las emociones están inevitablemente cargadas de pensamientos y no es de extrañar, por tanto, que el término tibetano para referirse al "pensamiento" incluya también su tono afectivo. El tibetano no establece la misma distinción nítida entre pensamiento y emoción que hace Occidente, sino que entiende –como hace la moderna neurociencia que ambos se encuentran estrechamente relacionados."

–Uno podría tener una actitud que se halla entremezclada con una emoción, con una actitud negativa, por ejemplo, que vaya inmediatamente seguida de odio –señaló el Dalai Lama.

–Son muchos los pensamientos que van acompañados de emociones –reconoció Paul, pero eso no ocurre en todos los casos. Si el pensamiento está ligado a una emoción, entonces usted verá indicios de esa emoción. Permítame darle un ejemplo que subrayo con cierta frecuencia en mi trabajo sobre el engaño. Cuando usted habla con alguien que es sospechoso de un crimen y parece asustado, no resulta fácil discernir si se trata del miedo del culpable a ser descubierto o del miedo de la persona inocente a no ser creída. Nosotros no estamos en condiciones de determinar cuál es el contenido de su pensamiento, ya que lo único que podemos detectar son las emociones que suscitan.

En una obra de teatro de Shakespeare, por ejemplo, Otelo mata a Desdémona. Él estaba en lo cierto al advertir los signos de su miedo, pero los interpretó equivocadamente, ya que los atribuyó a la infidelidad, cuando lo cierto es que sólo era una mujer que temía a su celoso marido.

–El budismo –dijo el Dalai Lama trata de comprender la relación causal que existe entre las emociones y los pensamientos. En muchos casos, es la emoción la que origina una cierta intención, de modo que no es infrecuente que la emoción preceda o facilite la aparición del pensamiento.

La ética budista habla de tres tipos de estados mentales no virtuosos, dos de los cuales están estrechamente ligados a la emoción. Uno es la codicia y el otro el rencor. La primera se origina en una identificación con un determinado objeto que luego da origen al pensamiento "quiero eso". La codicia también podría verse alentada por el enfado o por otras emociones. De manera semejante, la cólera y el odio también suelen provocar el rencor y todos sus pensamientos asociados.

–Completamente de acuerdo –respondió Paul.

–En todos estos casos –señaló el Dalai Lama, la emoción parece preceder al pensamiento.

–A veces le precede, otras ocurre al mismo tiempo y aun en otras le sucede –concluyó Paul.



Actuar sin pensar

"Veamos un par de puntos más. La aparición de una emoción provoca una serie de cambios en nuestra expresión, en nuestro rostro, en nuestra voz, en el modo en que pensamos y nos moviliza a la acción. Estos cambios se producen de manera involuntaria, y si no estamos de acuerdo con ellos, lo experimentamos como una lucha, en cuyo caso nos esforzamos por controlar, por no mostrar, por no hablar o por no actuar. Un aspecto decisivo de la emoción es el hecho de que, durante un instante –o durante bastante más que un instante, acaba secuestrándonos –dijo Paul.

"Las emociones pueden ser muy breves. Hay ocasiones en que no duran más que un segundo o dos. En un determinado momento puedo estar feliz, al siguiente enojado y un instante después triste. Pero también es posible que la emoción perdure durante más tiempo.

"Lo que he estado describiendo es realmente una visión evolucionista de la emoción. En algún lugar de su autobiografía, Charles Darwin dice algo así como que: "todos los seres vivos se han desarrollado a través del proceso de selección natural guiándose a través de las sensaciones placenteras, especialmente las derivadas de la sociabilidad y del amor a nuestra familia". Creo que esta afirmación coincide bastante con la visión de Su Santidad, aunque entre ambas existan algunas interesantes diferencias."

Paul entregó entonces al Dalai Lama una copia de La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, el libro clásico de Darwin sobre la emoción, que Paul acababa de editar acompañado de un comentario científico moderno.

"Una de las ideas fundamentales de Darwin que han resistido el paso del tiempo es la continuidad de las especies o, dicho en otras palabras, que las emociones no son privativas del ser humano. El pensamiento occidental ha oscilado entre dos opiniones diferentes, que la emoción es exclusiva de los animales, o que lo es del ser humano. Si reconociésemos que los animales tienen emociones, no podríamos tratarlos del modo en que los tratamos. Así pues, existe una continuidad entre las distintas especies, como también existe una universalidad que trasciende las diferencias interculturales.

"Otra idea de Darwin –probablemente más controvertida es que nuestras emociones evolucionaron a lo largo de la historia para ocuparse de las cuestiones vitales más importantes –como la crianza de los hijos, la amistad, el apareamiento, el antagonismo, etcétera y que su misión es la de ponernos rápidamente en funcionamiento sin necesidad de apelar al pensamiento.

"Me viene ahora a la mente una anécdota procedente del viaje que nos trajo aquí –dijo Paul, recordando nuestra desoladora experiencia por las atestadas carreteras de la India, una mezcla espontánea de enormes camiones Tata, autobuses apiñados de pasajeros, taxis, coches, rickshaws, peatones y vacas expuestas a un Sol abrasador moviéndose todos en función de la ley aleatoria del movimiento browniano. Cuando un vehículo adelanta suele venir otro a toda velocidad en sentido contrario; en el momento en que se cruzan a toda velocidad tocando el claxon y abriéndose paso milagrosamente, se dispara una inyección de adrenalina.

"Hay veces –prosiguió Paul, con esa escena fresca en su mente en que uno esta conduciendo cuando, súbitamente, se da cuenta de que otro coche se le echa encima. Sin necesidad de pensarlo, y antes incluso de saber cómo lo ha hecho, gira el volante y pisa el freno, en cuyo caso la emoción le ha salvado la vida. Si hubiera tenido que pensar para reconocer el peligro y decidir lo que tenía que hacer, es muy probable que no hubiera podido evitar la colisión. Pero no hay que olvidar que esas mismas características también nos meten en algún que otro problema."

–¿Pero acaso esa respuesta –preguntó entonces el Dalai Lama no es una respuesta condicionada porque, si la persona no hubiera aprendido a conducir y a pisar el freno, no habría podido responder adecuadamente?

–Así es –respondió Paul. Y, a pesar de que este aprendizaje no se lleve a cabo en la infancia sino en la juventud, acaba automatizándose e integrándose en el mismo mecanismo de la emoción. Por ello, cuando algo se aproxima demasiado rápidamente a nuestro campo visual, respondemos de inmediato, sin preocuparnos de averiguar antes de qué se trata. Cuanto más aprendemos una determinada respuesta más automática se torna; por este motivo nuestras respuestas emocionales dependen mucho de lo que hayamos aprendido a lo largo de nuestro proceso de desarrollo. Luego veremos si es posible desaprender alguna de ellas.

Las familías básicas de las emociones

"La última de las ideas de Darwin que resulta relevante para nuestra conversación tiene que ver con la existencia de diferentes emociones. Y es que no sólo existen emociones positivas y emociones negativas, sino que cada emoción apunta a un propósito diferente. ¿Cuántas emociones hay? Veamos ahora una lista de las distintas emociones de las que tenemos una cierta evidencia científica.

"Mucho se ha hablado de las emociones básicas, es decir, de las emociones de las que se derivan todas las demás. Son varias las escuelas filosóficas y la investigación realizada en el ámbito intercultural (para determinar si una emoción es universal) y en el de la comparación entre las distintas especies (para ver si también se presentan en los primates), dos dominios clave para averiguar si una determinada emoción pudo haber sido esencial para la evolución. Según Paul, existen diez emociones básicas: el enojo, el miedo, la tristeza, el disgusto, el desprecio, la sorpresa, el disfrute, la turbación, la culpabilidad y la vergüenza, "cada una de las cuales no representa tanto una emoción como una familia de emociones. En este sentido, existe toda una familia de sentimientos ligados, por ejemplo, al enojo".

La lista de Paul comparte ciertas similitudes con la lista de los estados mentales proporcionados por la psicología budista. Esta noción de familias de emociones llamó poderosamente la atención del Dalai Lama, que estableció varias comparaciones inmediatas con la tipología budista con la que estaba familiarizado, lo que originó un largo debate con Jinpa, siempre dispuesto a ejercitarse en la modalidad de debate úbetano, Finalmente, Su Santidad preguntó a Paul:

–¿Diría usted que la codicia es una emoción? Porque aquí parece haber un cierto desacuerdo.

–Yo creo que se halla más próxima a la envidia –replicó Paul. Creo que cada emoción forma parte de una familia de sentimientos y que, en este sentido, la codicia forma parte de la familia de la envidia –que, por cierto, no se halla en la lista de las emociones básicas esenciales para la supervivencia.

Cuando comencé a estudiar el desprecio –siguió diciendo Paul, creía que se trataba de una emoción estrictamente occidental, más en concreto inglesa, pero no tardé en descubrir pruebas de su universalidad y evidencias de que no sólo afecta al ser humano, sino también a otros animales. La investigación realizada por Stephen Suomi, por ejemplo, ha puesto de relieve que, cuando un primate dominante es desafiado por otro más joven, responde con el mismo despliegue muscular puesto en marcha por el ser humano en situaciones parecidas.

–¿Son todas las emociones de su lista (el miedo, el enfado, el disgusto, etcétera) –preguntó entonces el Dalai Lama espontáneas? ¿Son comunes también a los animales? ¿Somos necesariamente inconscientes de su aparición? ¿Podría haber casos de miedo, por ejemplo, que fueran el resultado de los procesos del pensamiento?

–Sí –dijo Paul, el miedo está muy ligado a las expectativas negativas. No es nada infrecuente, por ejemplo, que, si tengo que esperar varios días para conocer el resultado de una biopsia, mi mente vuelva a ello una y otra vez, dando vueltas y más vueltas a las posibles consecuencias de esa situación y experimente miedo. En mi opinión –una opinión que, debo decirlo, no todo el mundo comparte se trata de un proceso que también puede presentarse en el caso de los primates. Y es que algunos primates pueden ser conscientes del modo en que se sienten, prever eventos emocionales y experimentar un cierto sufrimiento anticipado.

–Este punto –dijo entonces el Dalai Lama nos lleva de nuevo al tema de la inteligencia aflictiva. Es cierto que ese uso de la inteligencia reflexiva puede generar miedo, pero me pregunto si los animales pueden incurrir también en ese tipo de procesos. Tal vez sea así de un modo muy general, pero no me cabe la menor duda de que ése es un tipo de funcionamiento tipicamente humano.

–Estoy de acuerdo con usted, pero también me pregunto si ésa no es una actitud que subestima lo que ocurre en otras especies –dijo entonces Paul, subrayando un punto que evocaba los escritos de Su Santidad sobre la compasión, que nos invita a tratar con el mismo respeto hasta el más pequeño de los insectos.

Siete tipos de felicidad

"Cada una de las distintas familias de la emoción –explicó Paul incluye un complejo de sentimientos relacionados como ocurre, por ejemplo, con las siete modalidades que componen la familia de la felicidad:

Regocijo

Fiero (el gozo de afrontar un reto)

Alivio

Excitación, novedad



Sobrecogimiento, admiración

Placeres sensoriales (en cada uno de los sentidos)

Calma y sosiego

"Aunque no dispongamos de pruebas fehacientes en todos los casos, creo que cada uno de los sentimientos mencionados constituye una emoción. Basándome en lo que he estado pensando durante la última semana, he añadido a la lista el estado de calma o sosiego. Y, aunque los términos tal vez no estén muy bien elegidos, creo que no hay duda de que se mueven en ese rango."

–¿Podría tratarse acaso de la ecuanimidad? –sugerí, recurriendo al término utilizado por la literatura budista para referirse a un estado de plenitud equilibrada.

–Me parece muy adecuado –asintió Paul. Como bien ha dicho el Dalai Lama, el hecho de que no dispongamos de una palabra para referirnos a una emoción no significa que ésta no exista, como tampoco implica necesariamente su existencia el hecho de que tengamos una palabra para nombrarla. Me gustaría señalar, a modo de ejemplo, el término fiero, que se refiere al placer que acompaña al hecho de afrontar un reto. En inglés carecemos de una palabra para esa emoción concreta y, por lo que me han dicho, tampoco la hay en alemán o en ruso. Pero en italiano existe un término concreto para referirse a esa emoción.

Matthieu y Francisco señalaron entonces que el francés dispone de una palabra parecida, fierté, que suele traducirse como "orgullo" para referirse a la satisfacción producida por el trabajo bien hecho... aunque Francisco puntualizó que "la felicidad no está incluida en la ecuación que compone el vocablo francés".

"Les agradezco el comentario –dijo Paul. Luego pasó al siguiente punto, el último que iba a tocar antes de la interrupción. En sí misma, la palabra felicidad no nos comunica de qué tipo de felicidad estamos hablando. El hecho de que sólo haya esbozado siete tipos de felicidad no significa que no existan más. Ese número únicamente refleja los límites de mi imaginación. Así pues, existe el regocijo (que se mueve en un espectro que va desde muy débil a muy intenso), e lfiero (que es una emoción diferente) y el alivio (que es la emoción que uno experimenta cuando se entera, por ejemplo, de que no tiene cáncer).

"También hablamos del sentimiento de excitación (que se deriva de la novedad), del sentimiento de sobrecogimiento y admiración (una emoción que no es muy frecuente pero sí muy importante) y del sentimiento de calma y sosiego. Éstos son, desde mi punto de vista, los siete tipos diferentes de felicidad que configuran esta familia emocional."

–¿El sobrecogimiento del que habla –preguntó entonces Alan sólo tiene que ver con algo positivo, elevado o excelente? ¿No podría referirse también a la emoción que me embarga cuando me siento sobrecogido por un accidente de tráfico y un cuerpo tirado en la calzada y digo: "­Qué terrible!"?

–La verdad es que no lo sé –respondió Paul, pero cuando he preguntado a la gente por experiencias de sobrecogimiento, sólo me han hablado de admiración.

–Algo positivo entonces –concluyó Alan.

–Tal vez –aclaró en ese momento Paul conviniera llamarlo sobrecogimiento positivo.

Entonces dije que había llegado ya el momento del descanso matutino. Durante ese período, Su Santidad me dijo que estaba muy interesado en los correlatos neuronales de los procesos mentales de los que Paul había estado hablando y le pareció muy bien cuando se enteró de que Richard Davidson hablaría de ello al día siguiente.



Los estados de ánimo y sus desencadenantes

Después de la pausa, Paul tomó nuevamente la palabra:

"La lista anterior no incluye los estados de ánimo. Aunque los estados de ánimo están relacionados con las emociones, no son lo mismo que ellas. Su diferencia más palpable reside en su duración. Las emociones pueden aparecer y desaparecer en cuestión de minutos o de segundos, mientras que los estados de ánimo pueden llegar a durar varios días".

–¿Cómo definiría usted un estado de ánimo? –preguntó el Dalai Lama. ¿Es acaso el impacto que deja un evento emocional?

–Su pregunta –respondió Paul tiene que ver con otro aspecto que diferencia a los estados de ánimo de las emociones. Cuando experimentamos una emoción podemos decir lo que la produjo, podemos concretar el hecho que la desencadenó y la puso en marcha, pero no es esto lo que suele ocurrir en el caso de los estados de ánimo. Cada mañana nos despertamos con un estado de ánimo irritable, feliz, temeroso o triste sin saber muy bien por qué. Creo que los estados de ánimo son producidos por cambios internos que no guardan mucha relación con lo que ocurre en el exterior.

Pero también existe una segunda forma de aparición de los estados de ánimo que está ligada a experiencias emocionales muy intensas. Si experimentamos numerosos episodios de regocijo en un corto período de tiempo, por ejemplo, no es extraño que entremos en un estado de ánimo muy eufórico. Y, por el contrario, si nos enfurecemos muchas veces en un corto período de tiempo, tampoco es de extrañar que acabemos asentándonos en un estado de ánimo irritable. Éstos son, en mi opinión, los dos caminos que conducen a un estado de ánimo.

–¿No podría darse el caso –pregunté, pensando en la terapia cognitiva, según la cual las emociones perturbadoras se ven desencadenadas por pensamientos sutiles que suceden en el trasfondo de la mente y que el hecho de cobrar conciencia de ellos nos libera de su presa de que ciertos pensamientos de fondo, de los que no nos damos cuenta, puedan provocar la aparición de un determinado estado de ánimo?

–Claro que sí –asintió Paul. En realidad, sabemos tan poco sobre las causas de los estados de ánimo como de las causas de las emociones.

El Dalai Lama preguntó entonces a Paul si los estados de ánimo podrían depender de las propias condiciones físiológicas o del entorno, y éste respondió afirmativamente.

–¿Y no podría también producirlos –preguntó entonces Alan el hecho de hallarse sometido a malos tratos?

–Ése precisamente sería el caso antes mencionado de un estado de ánimo generado por una experiencia emocional muy intensa –señaló Paul.

–Pero, en ese caso, el desencadenante estaría claramente identificado –apostilló el Dalai Lama.

–Así es –dijo Paul. Y eso es también lo que suele ocurrir con los estados de ánimo que siguen el segundo de los caminos mencionados, las experiencias emocionales intensas, en cuyo caso uno conoce los motivos por los que se encuentra en ese estado de ánimo.

"Los estados de ánimo –prosiguió Paul sesgan o limitan nuestro pensamiento, y ello nos torna especialmente vulnerables, lo que nos crea numerosos problemas, porque modifica nuestra forma de pensar. No es extraño, por ejemplo, que, si me despierto en un estado de ánimo irritable, cosas que habitualmente considero nimias y no me afectan empiecen a frustrarme y acabe enfadándome con más facilidad. Pero el peligro de los estados de ánimo no se limita a influir sobre nuestro pensamiento, sino que también magnifíca el impacto de las emociones. Cuando nos encontramos en un estado de ánimo irritable, por ejemplo, nos enfadamos con más frecuencia y facilidad, nuestro enfado dura más tiempo y resulta bastante más difícil de controlar. Se trata de un estado ciertamente muy desagradable... en el que no quisiéramos volver a encontrarnos."

Como luego veremos, ese último comentario de Paul resultó ser premonitorio.

Más tarde, se llevó a cabo un debate colateral en tibetano entre el Dalai Lama, los lamas presentes y los traductores, que Alan nos resumió del siguiente modo:

Ellos están tratando de determinar el equivalente tibetano de la expresión "estado de ánimo", lo que no resulta nada sencillo, porque también sucede aquí lo mismo que ocurría con la palabra "emoción".

–Pero quisiera recordar una vez más a Su Santidad lo que usted mismo comenta en sus libros –dijo entonces Paul: "El hecho de que no dispongamos de una palabra para referirnos a algo no implica su inexistencia".

–Estamos tratando de explicar que los estados de ánimo ocurren de un modo espontáneo e incontrolable –aclaró Jinpa.

–Deben haber ciertas condiciones que favorecen su emergencia –dijo entonces el Dalai Lama, aun cuando no nos resulten evidentes.

–Es cierto que existen condiciones –asintió Paul que desencadenan los estados de ánimo, pero se trata de condiciones que suelen ser opacas para nosotros, es decir, que se encuentran fuera de nuestra conciencia y, en consecuencia, resultan imposibles de determinar. Es muy común decir: "No sé por qué estoy tan irritable", pero no significa que no exista, para ello, ningún motivo, sino tan sólo que lo ignoramos.

–La psicología budista –replicó entonces el Dalai Lama explica las causas y los mecanismos que facilitan el surgimiento del enfado. Pero el término "infelicidad mental" con el que suele traducirse el vocablo tibetano relativo al desencadenante del enfado –la sensación continua de insatisfacción no resulta, por cierto, muy afortunado. Cuando usted se encuentra insatisfecho, suele irritarse con relativa facilidad y es muy proclive a enfadarse. Me pregunto si eso tendrá que ver con sus ideas al respecto. –Me parece muy claro –asintió Paul.

La psicología budista explica la irrupción de un determinado estado mental –como el enfado, por ejemplo en términos de causas directas y de causas secundarias. Entre ellas, cabe destacar los estímulos externos del medio ambiente, el estado fisiológico, los propios pensamientos y otras influencias ocultas (derivadas de lo que los budistas consideran experiencias de vidas anteriores almacenadas en nuestra mente en forma de tendencias latentes).

Pero una diferencia fundamental entre el budismo y la mayoría de las visiones occidentales es que aquél se esfuerza en liberarse por completo del enfado, mientras que éstas suelen considerar al enfado, en su justa medida y en la situación adecuada, es algo perfectamente legítimo y son muy pocos quienes contemplan tan sólo la necesidad de erradicarlo.

Paul pasó entonces a explorar la familia del enfado, comenzando con sus parientes emocionales más cercanos, el odio y el resentimiento.

"Debo comenzar señalando que yo no utilizo estos términos en el sentido habitual que se les da en Occidente, ni tampoco como los emplea Su Santidad en sus escritos –dijo Paul. Pero lo importante no es tanto utilizar los términos exactos como identificar si se trata de estados claramente diferenciados.

"El resentimiento es la emoción duradera de ser tratado de manera inadecuada o injusta. Cuando estamos resentidos, no lo estamos de continuo, sino tan sólo en aquellas ocasiones en que un determinado acontecimiento nos lo evoca. Se trata de una emoción que puede aumentar hasta alcanzar un punto crítico que acaba ocupando la totalidad de nuestra mente, pero no es así como habitualmente se nos presenta, ya que suele mantenerse agazapado y dispuesto a emerger en el momento en que se cumplan determinadas condiciones."

–¿Cabría decir que, cuando esta emoción no alcanza el punto de ebullición necesario para manifestarse, permanece en esa gran categoría que la psicología occidental denomina subconsciente? –preguntó entonces el Dalai Lama.

–Lo cierto es que no podemos afirmar claramente dónde está –dijo Paul. Lo único que podemos decir es que se halla fuera de la conciencia y dispuesta a emerger.

–Según la psicología budista –señaló el Dalai Lama, las emociones no siempre son manifiestas, sentidas o experimentadas, sino que también pueden hallarse presentes en forma de tendencias inconscientes o inactivas hasta el momento en que algo cataliza su aparición.

–El término pali anusayas (que significa "tendencias latentes") se refiere precisamente a este punto –intervine entonces. Esta noción de la psicología budista sostiene que la mente alberga diferentes tendencias emocionales, incluyendo las emociones destructivas derivadas de experiencias pasadas que han acabado convirtiéndose en hábitos mentales." Ésa es la explicación, según la psicología budista, de que el enojo, por ejemplo, pueda presentarse en una ocasión futura con más facilidad e intensidad que la anterior aun cuando, entre una ocasión y otra se desvanezca por completo e incluso se vea reemplazada por la compasión o el perdón. Y es que, dadas las adecuadas circunstancias desencadenantes, el enfado latente puede volver a presentarse con toda su fuerza. Por este motivo, cuando el budismo habla de erradicar las emociones destructivas, está refiriéndose también a la erradicación de todas esas tendencias latentes.

"El resentimiento puede verse fácilmente reactivado –siguió diciendo Paul, pero la clave para ello es la sensación de haber sido tratado injustamente. El odio, al igual que el resentimiento, es muy duradero e implica, al menos, tres emociones: el disgusto, la ira y el desprecio."

–¿Ubicaría usted en la misma categoría –preguntó entonces el Dalai Lama el resentimiento basado en una injusticia real y el evocado por ideas que no tienen nada que ver con la realidad?

–En mi opinión, se trata de dos modalidades muy diferentes de resentimiento –respondió Paul. El odio, al igual que el resentimiento, es muy duradero y, como él, puede ser inconsciente e inflamarse hasta el punto de llegar a ocupar de continuo nuestra mente. Pero difiere del resentimiento en el hecho de que, aunque se centre en una persona, no está ligado a una injusticia concreta. Espero que esta tarde podamos debatir si ese tipo de emoción necesariamente es destructiva porque, en mi opinión, no siempre es así.

El odio hacia Hitler, por ejemplo –añadió Paul, podría llevarme a entregar mi vida a la lucha contra la intolerancia y la violencia. Desde mi perspectiva, pues, el odio no siempre conduce a una conducta destructiva hacia uno mismo o hacia los demás.

Las sutilezas del amor y de la compasión

Con la lista de las familias de emociones básicas todavía en la pantalla, Paul pasó a ocuparse del amor, uno de los quince parientes emocionales de la familia del disfrute al que, obviamente, incluye y trasciende. Aunque sus impulsos momentáneos sean agradables, el amor no es una emoción momentánea, sino que está ligada a un compromiso a largo plazo, un estado complejo de identificación.

"Quisiera diferenciar ahora tres tipos diferentes de amor para los que me gustaría disponer de tres palabras claramente distintas. Se trata del amor parental, de la amistad y del amor romántico, habitualmente el más breve de los tres –añadió Paul, con una sonrisa."

–¿No sería acaso este último una subdivisión de la amistad? –preguntó el Dalai Lama.

–Yo no creo que el amor romántico perdure a menos que se asiente en una amistad que le proporcione estructura –respondió Paul. Cuando esa amistad no se desarrolla, el amor romántico no perdura en el tiempo. Además, el amor romántico posee dos componentes adicionales, la intimidad sexual (ausente en el caso de la amistad) y la concepción y educación de los hijos en el seno de una relación duradera.

Estos tipos de amor proporcionan los contextos en los que se experimentan multitud de emociones. Yo quiero a mi hija (que está sentada por ahí, pero ello no significa que, en ocasiones, no me enfade o me preocupe mucho por ella. Rara vez me siento a disgusto con ella y son muchas las ocasiones en que me siento orgulloso o gratamente sorprendido por ella. Pero la clave de las diferentes emociones que siento por ella no se encuentra en las emociones mismas, sino en el compromiso duradero e incondicional que mantenemos.

¿Cuál es el papel que desempeña la compasión a este respecto? Aquí empezamos a adentrarnos en un terreno algo resbaladizo. ¿Se trata de un rasgo emocional? ¿Es acaso una actitud y no un rasgo? Ciertamente, la compasión parece una condición en la que uno se torna sensible a las emociones de los demás. En tal caso, uno es capaz de advertir y saber lo que sienten, pero la compasión trasciende a la mera empatía. ¿Por qué resulta tan difícil de cultivar y desarrollar? ¿Cualquier persona puede ser compasiva? ¿Poseen ciertas personas una predisposición especial hacia ella y, en tal caso, por qué?

El Dalai Lama mostró su interés por lo que Paul estaba diciendo asintiendo con la cabeza.

"El ejemplo que me parece más adecuado para abordar el tema de la compasión –señaló Paul es la dedicación y preocupación incondicional que existe entre una madre y su hijo. Se trata de un estado tan intenso que no tengo palabras para describirlo, un estado que, en sí mismo, impide la aparición de muchas actitudes negativas. Ello no quiere decir que la madre no se enfade nunca con su hijo, pero lo cierto es que –al menos desde una perspectiva ideal nunca le hará daño. Sé que algunos occidentales me preguntarían por qué no hablo de "cuidador" y de niño, pero lo cierto es que, biológicamente hablando, ése no me parece un modelo tan bueno como el que proporciona la relación madre–hijo. Desde hace muy poco tiempo estamos empezando a conocer algunas de las hormonas responsables de la relación biológica entre una madre y su hijo. Pero dejaré que mi amigo, Richie –Richard Davidson se ocupe mañana de la biología de las emociones."

–Ése es también el modelo –dijo entonces el Dalai Lama que utilizan los textos budistas para abordar el tema de la compasión.

–Existe un tipo de meditación tibetana sobre la compasión –dijo entonces Alan en la que uno considera que los seres han sido su madre en alguna vida pasada. Se trata de un tipo de meditación diseñada para despertar el afecto y la gratitud evocando a la persona que nos ha demostrado el mayor amor y compasión.8

–El budismo define técnicamente la compasión –aclaró Matthieu desde la perspectiva budista como el deseo de que los demás puedan liberarse del sufrimiento y de las causas del sufrimiento. El amor, por su parte, se defme como el deseo de que los demás sean felices y descubran las causas de la felicidad.

"No cabe la menor duda de que la naturaleza del compromiso entre padres e hijos es tal que aquéllos pueden sacrificar su vida por éstos –continuó Paul. Antes de leer sus libros, yo creía que esta emoción era privativa de la relación que existe entre un padre y su hijo, pero, en sus libros, usted postula la posibilidad de experimentar algo así por un grupo mucho más amplio. Espero que podamos regresar a este punto, porque lo único que tengo que decir al respecto es expresar mi admiración."

–Me pregunto si establece usted alguna distinción entre la compasión aflictiva y la compasión no aflictiva –comentó el Dalai Lama. En el primero de los casos, el objeto de la compasión es también un objeto de apego porque, cuando ve en peligro a su querido hijo, experimenta apego y compasión. En el caso de la compasión no aflictiva, por el contrario, el objeto de la compasión –que podría llegar incluso a ser un enemigo no despierta el apego.

–Me parece que acaba de hacer usted una distinción fundamental –respondió Paul. Yo creo que la compasión aflictiva a la que se ha referido está muy ligada al sentimiento de posesión. Como padre, me parece muy difícil dar autonomía a mis hijos puesto que, en el mismo momento en que crecen y pueden dañarse a sí mismos, escapan ya de mi posible control. Yo tengo que aprender a dejarles ser libres, una tarea muy difícil para un padre, porque nadie quiere que a sus hijos les ocurra nada malo. Pero las cosas no van nada bien si uno no permite que sus hijos vayan dirigiendo su propia vida. Ser padre significa necesariamente preocuparse.

–Usted es un padre muy bueno –dijo el Dalai Lama riéndose y asintiendo con una expresión seria, cuando se disiparon las risas de la sala, que subrayaba la sinceridad de sus palabras. Posteriormente, Su Santidad me dijo que los comentarios de Paul le habían parecido muy elocuentes y conmovedores. Y ése fue también uno de los momentos que Paul recordaría como uno de los puntos emocionalmente álgidos de la semana.



Entre el impulso y la acción. Los puntos de apoyo de la mente

Paul entonces pasó a un punto crucial: ¿Cómo podríamos controlar mejor nuestras emociones destructivas? Él reconoció, desde el mismo comienzo, que la ciencia sabe muy poco sobre el modo en que se desencadenan las emociones, aunque parece que suceden de manera automática y que su puesta en marcha se produce fuera de nuestra conciencia. Por ello suelen pillarnos por sorpresa y se presentan de manera inesperada. ¿Podemos hacer algo por modificar la evaluación original que las provoca y sustraernos, de ese modo, de su automaticidad? En tal caso dispondríamos de más tiempo entre el impulso que nos lleva a actuar y la reacción real y, en consecuencia, tendríamos también más oportunidades de responder de un modo más mesurado.

"Recuerdo que, cuando era psicoterapeuta, hace ya más de cuarenta años –dijo Paul, uno de mis profesores me comentó: "El objetivo al que usted debe apuntar al tratar a sus pacientes es el de aumentar el lapso existente entre el impulso y la acción". Su Santidad, sin embargo, no está hablando de aumentar el tiempo que va desde el impulso hasta la acción, sino el tiempo de evaluación que precede al impulso, una diferencia sumamente importante.

"Resumiendo, pues –prosiguió Paul, existen dos momentos puntuales en los que la conciencia de lo que ocurre podría contribuir a aumentar nuestra capacidad de controlar las emociones destructivas. Supongamos, por ejemplo, que alguien se nos cuela mientras estamos esperando nuestro turno, en cuyo caso llevamos a cabo una evaluación rápida –a la que podemos denominar "conciencia de evaluación"– de la conducta de esa persona que nos lleva a concluir "qué maleducado". Tal vez, si pudiéramos cobrar conciencia de esa evaluación, si nos diéramos cuenta de ella y fuésemos conscientes de lo que está ocurriendo, podríamos dar un paso atrás y cuestionar esa creencia, cayendo entonces en la cuenta de que no nos ha visto, o de que no merece la pena enfadarse por esa nimiedad."

Pero, en opinión de Paul, esa posibilidad es muy remota, porque el proceso de evaluación es muy rápido y se produce en regiones cerebrales que operan fuera del marco de nuestra conciencia.

"En un momento posterior a la evaluación (que nos lleva a decir, por ejemplo, "Vaya conducta más grosera e injusta") –prosiguió Paul aparece un impulso que nos conduce a la acción y a desaprobar bruscamente, pongamos por caso, la conducta de esa persona. Ese segundo momento –comentó Paul nos proporciona una nueva oportunidad para cobrar conciencia del impulso, reevaluarlo y elegir así una respuesta más acorde. Esta segunda posibilidad –a la que Paul llamó "conciencia del impulso"– puede ocurrir de forma ocasional, pero no resulta nada sencillo y requiere de la adecuada práctica."

Pero también existe la posibilidad de cobrar conciencia de lo que está sucediendo en un momento posterior, cuando empezamos a hablar, o experimentamos la tensión de nuestro cuerpo. Así pues, la observación de la acción en el mismo momento en que ocurre –al que Paul se refirió como "conciencia de la acción"– nos proporciona una tercera posibilidad de intervención para controlar nuestras acciones e interrumpir, o modificar, nuestros hábitos emocionales.

¿Cómo podemos educar nuestra atención para fortalecer la capacidad de controlar el momento de evaluación y ampliar así el intervalo existente entre el impulso y la acción? En este sentido, Paul estaba muy interesado en la meditación de la atención plena, una práctica budista que enseña a observar todo lo que ocurre en la propia mente. En opinión de Paul, la meditación de la atención plena nos ayuda a prestar atención a la acción y a los impulsos que la dicitan, pero no tenía tan claro si también podría contribuir a aumentar nuestra conciencia del momento de la evaluación. Además, también estaba interesado en otras técnicas que pudieran ayudarnos a tornarnos conscientes de lo que estamos sintiendo o haciendo, como el feedback que nos proporciona nuestro cuerpo (aunque no creía que estas últimas fueran de gran ayuda en lo que respecta a cobrar conciencia del impulso y, mucho menos, de la evaluación).

El objetivo consiste, obviamente, en aumentar nuestra capacidad de elección. Según Paul, aunque la función evolutiva de las emociones discurre por derroteros ajenos a la conciencia, las cosas funcionarían mejor si tuviéramos la posibilidad de elegir, sobre todo en el caso de que las emociones nos aboquen a acciones destructivas para nosotros mismos o para los demás, es decir, cuando no percibimos adecuadamente lo que ocurre. En resumen, pues, Paul señaló tres posibles puntos de intervención diferentes, el momento de la evaluación, el momento del impulso y en el momento de la acción.

"Permítanme volver ahora –continuó Paul a la cuestión más general de la automaticidad de la evaluación. Tengamos en cuenta que la evaluación nos lleva a responder a determinadas situaciones de forma emocionalmente distinta a los demás."

–¿Estoy en lo cierto –preguntó entonces el Dalai Lama al pensar que, en opinión del psicoanálisis y de la psicología occidental, la manifestación física y verbal de las emociones negativas es indeseable y, por tanto, uno debe tratar de impedir su emergencia? Aunque también existe la comprensión de que, si las emociones forman parte del psiquismo humano, no hay nada malo en ellas y no deberían ser modificadas ni prolongadas a voluntad.

Con ello, el Dalai Lama estaba comparando el objetivo budista de erradicar las emociones destructivas con el objetivo psicoterapéutico de no cambiar tanto las emociones como la conducta.

Paul eludió responder a esa cuestión y pasó a centrarse en las respuestas emocionales esenciales que no pueden ser eliminadas.

"Es muy improbable –dijo, en este sentido, que podamos aprender a evitar ciertas respuestas emocionales como, por ejemplo, cuando el avión en que uno viaja cae repentinamente en un bache de aire y se dispara una respuesta automática de miedo. Las conversaciones que he mantenido al respecto con pilotos han puesto de relieve que, por más familiarizados que se hallen con esa situación, esa respuesta emocional se repite una y otra vez. Es como si esta respuesta se hallara tan asentada que no hubiera modo alguno de transformarla."

–¿Es cierto que los pilotos –preguntó el Dalai Lama siguen experimentando la misma emoción independientemente de las veces que se ven expuestos a ella? Mi experiencia parece ser diferente porque, en la medida en que he ido acostumbrándome a volar, cada vez siento menos miedo y experimento menos sus síntomas físicos

–Creo que aquí existen varias cuestiones en juego –señaló Paul. La primera es si la respuesta de miedo es cada vez menor. Luego debemos tener en cuenta que las personas que experimentan el vuelo como una amenaza difícilmente pueden convertirse en pilotos. Además, los pilotos no han tenido las experiencias de Su Santidad, de modo que no estamos en condiciones de llevar a cabo generalizaciones a partir de su experiencia.

–Tal vez debería saber que, la primera vez que volé, estaba realmente asustado –dijo entonces el Dalai Lama, despertando la risa de alguno de los presentes, Creo que, independientemente del miedo que suscite la situación, la experiencia de los pilotos debe surtir algún efecto.

La liberación del miedo

"Ahora deberíamos –prosiguió Paul cuestionarnos un punto muy importante. ¿Puede acaso el ser humano aprender a dejar de temer algunas de las cosas que le producen miedo? Yo diría que, en la mayor parte de los casos, resulta bastante improbable desaprender las respuestas que son el producto de la evolución. Aunque también debo añadir que son muy pocas las respuestas que cumplen con este requisito y que, en su mayoría, las cosas que nos asustan o nos enfadan son el fruto del aprendizaje y que, en consecuencia, podemos desaprenderlas."

–Según el budismo –señaló el Dalai Lama existen dos formas diferentes de activación de las aflicciones mentales. Una de ellas tiene que ver con la presencia de un acontecimiento imprevisto y breve, mientras que la otra se deriva de causas mucho más profundas derivadas de nuestras predilecciones y tendencias habituales. Estas últimas son las más difíciles de modificar.

Este comentario puso sobre el tapete un punto que yo había querido formular anteriormente acerca del campo de aplicación de la psicoterapia.

–Su Santidad –dije entonces, me gustaría mencionar aquí una investigación dirigida por Lester Luborsky en la University of Pennsylvania. La conclusión revelada por ese estudio puso de relieve que la psicoterapia exitosa no transforma tanto los sentimientos del paciente –ya que el sujeto sigue experimentando los mismos miedos y enfados que antes del proceso terapéutico, aunque ciertamente de un modo menos intenso como las acciones que éste emprende. Así pues, el sujeto sigue experimentando la misma emoción, aunque parece que aprende a cambiar sus respuestas.

–Tal vez ésa sea una limitación del enfoque terapéutico considerado y haya otras modalidades de intervención más adecuadas –comentó Paul––Si se me permite utilizar la metáfora del procesador de información, existe un sistema de almacenamiento en el que van acumulándose los acontecimientos que hemos aprendido a temer, o que nos han enfadado o entristecido durante toda nuestra vida. Y también es muy posible que las cuestiones almacenadas durante determinados períodos críticos, o que superen una determinada intensidad, resulten más difíciles de erradicar.

Quisiera volver a un punto que Su Santidad ha tocado anteriormente y que se refiere a la importante diferencia que existe entre la regulación de nuestra respuesta emocional antes de que se produzca o durante su emergencia. Y, como hemos señalado, existen tres momentos –o, si lo prefieren tres oportunidades de intervención diferentes. El objetivo, en mi opinión debería ir más allá del campo de aplicación de la psicoterapia mencionado por Dan. No se trataría, por tanto, de emocionarse y luego preguntarse "¿por qué me enfado con esto?" o "¿por qué me asusta aquello?", sino de conseguir que tal cosa no ocurra.

Pero, en el caso de que usted no consiga alcanzar esa meta, el segundo objetivo es el de no llevar el impulso a la práctica y no permitir que acabe dañando a los demás. Lo único que puede hacer, finalmente, si tampoco logra ese objetivo, es aprender de ello en la expectativa de que la próxima vez lo hará mejor. Pero el primer paso, en mi opinión, es el más importante de todos.

–¿Se corresponden, estos tres objetivos, con los tres estadios mencionados que se producen antes, durante y después de la emoción? –preguntó entonces el Dalai Lama.

–Eso creo –respondió Paul y quisiera ilustrarlo con un ejemplo. Pero, antes de ello, veamos una cuestión algo más abstracta. Tengamos en cuenta que, una vez que han emergido plenamente, las emociones poseen un gran poder esclavizante. Por eso, decimos que existe un período refractario (que puede durar desde unos pocos segundos hasta mucho más tiempo), durante el cual no estamos en condiciones de admitir nueva información o, en el caso de hacerlo, la interpretamos mal y sólo tenemos en cuenta aquellos datos que corroboran la emoción que estamos sintiendo. Mientras nos hallamos en ese período es como si nos halláramos secuestrados por la emoción, lo que no necesariamente significa que debamos dejarnos arrastrar por ella. La emoción sólo concluye cuando acaba el período refractario.

Me gustaría saber qué prácticas pueden ayudarnos a reducir ese período refractario –señaló Paul, advirtiendo que existen tres posibles vías de intervención: no caer en las garras de la emoción, reducir la duración del período refractario, o tratar de encauzar más adecuadamente nuestras acciones aun cuando nos hallemos en pleno período refractario.

El caso de Tim

Luego, Paul volvió al ejemplo que nos había prometido, extraído de las páginas del libro que estaba escribiendo titulado Grlpped by Emotion.

"Supongamos el caso de un niño, al que llamaré Tim, cuyo padre estaba siempre gastándole bromas humillantes. Y, por más que Tim se enfadara por ello, su padre no dejaba de gastarle bromas. No es de extrañar, por tanto, que, a eso de los cinco años, la posibilidad de que una persona poderosa se burlase de él acabó grabándose muy profundamente en su sistema de almacenamiento emocional.

"Hoy en día, veinte años más tarde, Tim es una persona normal y corriente. Nadie trata de humillarle, pero cuando alguien le gasta una broma, se enfada de inmediato. Es como si no pudiera aceptar los chistes ni las bromas. ¿Cómo afronta Tim esta situación? Es evidente que no quiere estar siempre enfadado. Hay veces en que, después de una situación de ese tipo, siente que su reacción ha sido desproporcionada y que las personas no tenían intención de dañarle. Pero, en cualquiera de los casos, lo cierto es que la situación se encuentra fuera de su control.

"El primer paso, por tanto, consiste en identificar el detonante que desencadena la situación, para que el yo consciente sepa que ése es un gatillo de suma importancia y uno conozca su origen. Es evidente que esto resulta mucho más fácil de decir que de llevar a cabo y que, en ocasiones, es necesaria la colaboración de personas que puedan ayudarnos a darnos cuenta de las situaciones que activan nuestra ira. El segundo paso, después de haber cobrado una cierta conciencia de los eventos que desencadenan la emoción, consiste en reflexionar al respecto y considerar la posibilidad de que las bromas no tengan la mala intención que les atribuimos y podamos reevaluar, de ese modo, lo ocurrido.

"Luego podemos empezar a poner en práctica otras formas de respuesta. También podemos incluso anticipar la aparición de un determinado episodio y prepararnos antes de que ocurra. De este modo es posible ir reduciendo paulatinamente la carga emocional con que reaccionamos a las bromas.

"Existen, a mi juicio, siete factores que determinan la posibilidad de eliminar el elemento desencadenante. El primero de ellos tiene que ver con la mayor o menor proximidad del evento a la función evolutiva con la que cumple la emoción en cuestión. Y, aunque nadie sepa cuál es la función evolutiva exacta con la que cumple la ira, vamos a suponer, por un momento, que usted está frustrado porque algo o alguien ha interferido con lo que usted estaba tratando de hacer.

"Cuanto más próximo se halle un determinado evento desencadenante a esta cuestión, más difícil resulta ignorarlo. Si el padre de Tim, en lugar de bromear con él, le hubiera sujetado por los brazos hasta inmovilizarle, su ira resultaría mucho más difícil de desaprender porque, en tal caso, el gatillo desencadenante comprometería mucho más su supervivencia. Pero su caso es mucho más sencillo. Podemos aprender a enojarnos con cualquier cosa, pero cuanta menos implicación tenga para el proceso evolutivo, más fácil resultará desaprenderlo.

"Permítanme ahora ponerles otro ejemplo. Cuando el jefe de mi departamento supo lo que estaba escribiendo dijo: "¿Podrías explicarme por qué me enfado cuando, al venir en coche al trabajo, alguien quebranta una norma de circulación y no me cede el paso cuando debería hacerlo? ¿Qué más da llegar unos minutos antes o después? No me enfado así cuando, en el trabajo, alguien pone dificultades a un proyecto en el que llevo trabajando varios meses. A pesar de que es muy importante para mí, nunca me enfurezco tanto como en la otra situación. ¿Se te ocurre alguna explicación?".

"Yo creo –continuó Paul que esa experiencia se halla muy próxima al tema de la frustración y que además es de orden físico. Por ello, aunque parezca insignificante, no lo es tanto desde el punto de vista emocional de nuestro cerebro y resulta bastante más difícil de abordar."

–Me parece muy buen ejemplo – dijo el Dalai Lama.

"El segundo factor –prosiguió Paul es la época en la que el sujeto aprendió ese factor desencadenante. Porque es muy posible que existan ciertos períodos críticos del aprendizaje que posteriormente dificulten el cambio de rumbo. La creencia general en Occidente es que, cuanto más temprano es el aprendizaje, más difícil resulta de erradicar. En este sentido, Tim lo tiene difícil, porque el suyo fue un aprendizaje muy temprano.

"El tercer factor a tener en cuenta es la intensidad emocional con que fue aprendido que, en el caso que nos ocupa, era muy fuerte. Su padre bromeaba despiadadamente con él, y eso resulta muy difícil de modificar. La repetición puede ser un cuarto elemento que contribuya a la fortaleza con la que consolida una determinada emoción.

"El quinto factor es algo más complicado, porque tiene que ver con variables de orden más interno. Si Tim pertenece al tipo de persona que responde más rápidamente a las emociones, o si éstas son más intensas, tendrá más problemas para controlarlas que quienes las experiraentan de un modo más moderado y menos intenso. Por eso, el mismo evento puede provocar resultados distintos en las diferentes personas.

"El sexto factor está ligado al estado de ánimo. Si Tim, por ejemplo, se hallase en un estado de ánimo irritable, sería mucho más vulnerable aun cuando todavía no hubiera alcanzado el punto en que responde airadamente a las bromas.

"El último factor es el temperamento."

–¿Cuál es, a su juicio, la diferencia que hay entre el estado de ánimo y el temperamento? –preguntó el Dalai Lama. (Según me comentó luego, esa distinción –a la que la psicología budista, por cierto, no había prestado mucha atención le había parecido muy interesante.)

–Yo creo –respondió Paul que el modo más fácil de establecer la diferencia entre el estado de ánimo y el temperamento es su duración. Los estados de ánimo se mantienen durante horas y habitualmente no superan el día, pero el temperamento perdura una larga temporada, aunque no necesariamente toda la vida. Lo cierto es que no lo sabemos con precisión. Parece que algunos temperamentos se desarrollan a través de la experiencia, mientras que otros son heredados (aunque también puedan verse modificados por la experiencia). En cualquiera de los casos, el temperamento permanece medianamente estable a lo largo de los años. Por este motivo, independientemente de que Tim hubiera experimentado muchos episodios de ese tipo a una edad muy temprana, le resultará mucho más difícil cambiar las cosas si tiene un temperamento hostil que si posee un temperamento básicamente sociable y amistoso.



Esperando una llamada telefónica

"Quisiera compartir ahora con ustedes otro ejemplo que me sucedió hará aproximadamente un mes, cuando estaba preparando mi presentación para este encuentro. No es un ejemplo del que esté especialmente orgulloso, pero creo que ilustra a la perfección el punto que quiero comentarles, porque lo conozco muy bien. Mi esposa Mary Ann, que da clases en una universidad diferente de la mía, se hallaba en Washington en un congreso. Yo vivo en San Francisco. Cuando uno de nosotros está de viaje, solemos llamarnos cada noche por teléfono. Cuando ella me llamó la noche del viernes, yo le dije que ese sábado iba a cenar con un colaborador y que luego trabajaríamos un poco, de modo que llegaría demasiado tarde a casa como para llamarla, a lo que ella respondió: "Muy bien, mañana te llamo". Perfecto –respondí.

"Mary Ann me conoce muy bien y sabe que los domingos que ella está ausente, yo me siento ante el ordenador a eso de las siete y media de la mañana (que eran las diez y media en Washington). Pero a esa hora no recibí ninguna llamada, ni tampoco a las ocho y media. A las nueve (las doce en Washington) empecé a enfadarme. "¿Por qué no me habrá llamado?" –me pregunté. Pero la cosa no acabó ahí, porque entonces empecé a pensar lo que podría haber ocurrido la noche anterior y comencé a sentir celos. Luego me enfadé conmigo mismo, por estar celoso, y también con ella porque, si me hubiera llamado, me hubiese ahorrado todo eso. Como ustedes pueden fácilmente suponer, a esas horas me hallaba ya sumido en pleno período refractario, un período en el que uno es incapaz de prestar atención a cualquier dato que pueda interrumpir el curso de la emoción.

"Luego pensé en la posibilidad de que hubiera sufrido un accidente y me asusté. ¿No debería llamar a la policía de Washington? Entonces me enfadé de nuevo conmigo. "¿Por qué tengo que tener miedo?" "Si me hubiera llamado, no me encontraría en esa lamentable situación."

"A las once el teléfono seguía sin sonar; finalmente, llamó a mediodía. A esas horas yo ya estaba furioso, pero no le dije nada, ni le eché en cara que no me hubiese llamado, ni le dije lo mal que lo había pasado. Lo cierto es que quiero decírselo, pero no lo hice y tampoco pude ocultar el tono distante de mi voz. No quería comportarme de ese modo, pero no pude impedirlo, de modo que era muy consciente de que ella sabía que estaba enfadado.

"Por su parte, Mary Ann no me preguntó nada, y la llamada telefónica resultó muy insatisfactoria. Ella no respondió positivamente a mi enfado, y no hablamos del tema. Yo era muy consciente de que, si hubiera dicho algo, las cosas habrían cambiado, pero colgamos a los dos o tres minutos, sabiendo que volveríamos a vernos esa misma noche.

"Cuando pasó el período refractario me dije: "Sé que Mary Ann odia usar el teléfono". De hecho, lo odia tanto que, si está en casa y tiene que llamar a alguien, suele pedirme que lo haga yo, a lo que yo respondo algo así como: "Muy bien, pero tú te encargas de lavar los platos". Pero, mientras me hallaba en pleno período refractario, no se me ocurrió pensar algo tan sencillo como que no me llamó simplemente porque no le gusta hablar por teléfono, sino que seguí dándole vueltas a la posibilidad de que me hubiera sido infiel.

"He de decir que mi madre me abandonó a los catorce años y que el enfado que experimento cuando me siento abandonado por una mujer ha acabado convirtiéndose en un guión emocional de mi vida. Yo nunca tuve la ocasión de expresarle a mi madre el enfado que sentía con ella, de modo que permanece agazapado y a la espera de manifestarse en cualquier ocasión propicia. Éste es un tema al que soy especialmente vulnerable. Yo sabía todo eso, pero durante el período refractario, fue como si hubiera perdido la posibilidad de acceder a esa información. Después de veinte años de matrimonio, también sabía que puedo confiar plenamente en Mary Ann y que no tenía el menor motivo para estar celoso. Todo esa información estaba en mi interior, pero durante el período refractario, sólo podía tener en cuenta aquellos datos que corroborasen la emoción que estaba experimentando.

"Afortunadamente, un par de minutos después de haber hablado con ella, reevalué de este modo todo lo sucedido. Entonces la llamé de nuevo y, aunque seguí sin decirle que me había enfadado, charlamos más distendidamente. Días más tarde volvimos a hablar del episodio y me dijo: "Me di cuenta de que estabas enfadado, pero no quise comentar nada al respecto".

"Ahora creo que, si volviese a repetirse una situación parecida, no me enfadaría, porque he aprendido algo nuevo. Es cierto que no puedo acortar la duración del período refractario, pero sí que puedo evitar decir o hacer algo de lo que luego me arrepienta. Después de aquello, analicé cuidadosamente todo aquello que podría contribuir a evitar que cayese de nuevo en ese tipo de situación. Nadie quiere seguir incurriendo una y otra vez en los mismos errores.

"Tal vez resulte excesivo suponer que siempre podemos estar en condiciones de anticipar la aparición de una emoción, pero este tipo de episodios pueden enseñarnos a ser emocionalmente más inteligentes."

Este relato fue uno de los momentos de la presentación de Paul que más impresionó a Su Santidad. Él consideró el enfoque de Paul como una especie de contemplación de la naturaleza destructiva de la ira, semejante a la práctica budista en que se analiza lógicamente las consecuencias que se derivan del hecho de dejarnos arrastrar ciegamente por nuestras emociones. Pero Paul no era budista, y, para el Dalai Lama, su enfoque científico resonaba con su convicción de que la esencia de todas las grandes religiones del mundo comparten el mismo objetivo de fortalecer las cualidades positivas de la naturaleza humana.

Evidentemente, el budismo dispone de métodos muy concretos y únicos para tratar con las emociones destructivas.9 Pero el Dalai Lama creía que la capacidad de adiestrar la propia mente para comprender –y para controlar más adecuadamente los aspectos destructivos de las emociones es algo que –como sugiere el ejemplo de Paul todo ser humano puede llevar a cabo.

La ira. La eliminación de lo que nos frustra

"La ira –prosiguió Paul es una emoción muy problemática, una emoción que, con mucha frecuencia, nos lleva a dañar a los demás. En primer lugar, yo no creo que la ira siempre se asiente en la violencia, al menos, no es una consecuencia biológicamente necesaria de ella. En mi opinión, muy al contrario, creo –aunque no tenga la menor evidencia al respecto que el objetivo de la ira es el impulso para eliminar los obstáculos que se interponen en nuestro camino y nos frustran, lo que no necesariamente implica violencia."

–¿Quiere usted decir –preguntó entonces el Dalai Lama que, desde la perspectiva de la evolución, el objetivo de la ira no es tanto el de dañar a los demás, como el de eliminar los obstáculos que interfieren nuestro camino?

–Ésa es, precisamente, mi opinión –dijo Paul, aunque no tenga la menor prueba de ello, ni tampoco coincida necesariamente con lo que opinen todos los estudiosos y científícos occidentales. Veamos ahora una lista de los eventos que con mayor frecuencia preceden a la ira, como los obstáculos físicos, la frustración, ser objeto de una agresión o la ira de otra persona. Uno de los aspectos más peligrosos de la ira es que genera más ira y que, en consecuencia, exige un gran esfuerzo no responder a ella con más ira todavía.

El Dalai Lama asintió entonces con la cabeza.

–La decepción que puede causarnos otra persona –siguió diciendo Paul también puede desencadenar la ira. Pero el tema común es la frustración.

–Según el budismo –dijo entonces el Dalai Lama, la tolerancia es el opuesto de la ira; la tolerancia o paciencia frente al daño que nos causan los demás, es el opuesto de la violencia. Creo que esto coincide con su visión de que el objetivo de la ira, desde el punto de vista de la evolución, no es la violencia.

–Yo avanzaría todavía un paso más –replicó Paul y diría que la forma más adecuada de eliminar los obstáculos consiste en asumir la perspectiva de la otra persona. En tal caso, en lugar de reaccionar verbal o físicamente, usted se pregunta por qué puede estar comportándose como lo hace. Los escritos de Su Santidad diferencian muy claramente el acto del actor, lo que me parece muy compatible con el punto de vista occidental.



Las variedades de la violencia

"Quisiera insistir una vez más –continuó Paul en que el término ira engloba toda una familia de emociones, cada una de las cuales posee una intensidad distinta, como ocurre, por ejemplo, con la irritación, la rabia y la furia. Otros miembros de la familia de la ira son la indignación, la insolencia, el mal humor, el enfurruñamiento y la revancha. Y antes también mencioné los casos especiales del resentimiento y del odio, que también forman parte de la familia de la ira.

"No hace mucho que he comenzado a leer la literatura científica que existe sobre la violencia. No es un dominio sobre el que haya trabajado mucho, por tanto, mi relato al respecto será breve y parcial. Quizás la cuestión más importante que tenemos que responder es si existe un punto crítico a partir del cual se desencadena la violencia. Aunque no esté en condiciones de dar una respuesta definitiva a esta pregunta, yo creo que hay personas que pueden cruzar ese umbral y otras que no. Hasta el momento, esto es algo que ignoramos y que sería muy interesante descubrir.

"Los actos de crueldad –dijo Paul constituyen un ejemplo especialmente importante en este sentido. Por desgracia. sin embargo, son mucho más frecuentes de lo deseable. Pero el primer acto de crueldad resulta el más difícil –como también lo es la primera infidelidad o la primera mentira ya que, una vez cruzada esa barrera, cada vez resulta más sencillo cruzarla de nuevo. La única posibilidad de erradicar la crueldad consiste, pues, en evitar la aparición del primer acto de crueldad."

Sabiendo que los tibetanos han sufrido grandes crueldades a manos de sus opresores chinos, Paul esperaba investigar ese tema más profundamente con el Dalai Lama, ya que creía que la compasión es el mejor antídoto contra la crueldad. Si las personas que incurren en actos crueles pudieran sentir que están dañando a seres que son como ellos, si pudieran sentir lo que están sintiendo sus víctimas, les resultaría mucho más difícil –si no imposible ser crueles. Pero lo habitual es que el opresor despersonalice a la víctima –y, por tanto, la despoje de toda su humanidad antes de hacerle daño.

"Los estudios que hemos llevado a cabo sobre la guerra –siguió diciendo Paul ponen de relieve que casi la mitad de los soldados americanos nunca disparan sus armas durante el combate. Estos datos, procedentes de un estudio realizado sobre la guerra de Corea, preocupó mucho al ejército. Esto me sugiere que no todo el mundo puede matar, por más que su vida se halle en peligro y haya sido aleccionado para odiar al enemigo. Hay personas que no pueden hacerlo, y todavía ignoramos por qué unos pueden y otro no."

–Tal vez ello explique –apuntó entonces el Dalai Lama por qué los soldados deben ser sometidos a un intenso proceso de adoctrinamiento.

–Pero eso no siempre funciona –dijo Paul. Al menos, yo no creo que todo el mundo pueda matar.

–¿Y qué me dice de la guerra mecanizada? – preguntó entonces el Dalai Lama.

–La guerra mecanizada todavía es más peligrosa –dijo Paul porque usted permanece más lejos.

–Lo mismo me parece a mí –coincidió el Dalai Lama.

De hecho, un historiador militar de Estados Unidos ha llegado a la conclusión de que, en la historia de la guerra, el número de muertes en el campo de batalla ha aumentado en proporción directa a la distancia desde la que era posible matar al enemigo. En los días de los antiguos fusiles se decía: "No dispares hasta que veas el blanco de los ojos del enemigo", pero eran muchos los soldados que no disparaban precisamente porque veían los ojos de su enemigo y se daban entonces cuenta de lo que estaban a punto de hacer.

–En este sentido, sería mejor volver a la época de las espadas –señaló Paul porque, de ese modo, usted tiene que hallarse muy cerca de su enemigo para matarle.

"Quienes han investigado el tema –siguió diciendo Paul hablan de la existencia de varios tipos de violencia. La violencia instrumental, por ejemplo, apunta a lograr un objetivo, como sucede con el atracador que le agrede para robarle la cartera.

"También existe, en este sentido, el crimen pasional, que se produce cuando uno descubre a su esposa en brazos de otra persona y, obnubilado por la situación, los mata a los dos. Además, sabemos que quienes cometen un crimen pasional rara vez incurren en otros actos de violencia."

Luego, Paul proyectó una fotografía de periódico de una mujer enfurecida esforzándose por agredir a un hombre.

"El hombre en cuestión era el asesino de su hija. Acababa de ser sentenciado y no mostraba el menor signo de emoción. Ése fue el detonante que llevó a esa mujer –que, hasta ese momento, no se había mostrado violenta a superar el umbral de la agresividad. Lo que más llama la atención de la imagen es el modo en que su marido la sujetaba de los brazos. Creo que se trata de una imagen muy gráfica, por cuanto muestra que, aun en medio del daño más desgarrador, no todo el mundo actúa con la misma violencia. Es cierto que se trata de una situación muy comprensible, pero también resulta muy reconfortante saber que no todo el mundo es violento.

"Yo no soy psiquiatra, pero la psiquiatría actual habla también del llamado trastorno explosivo intermitente, que se refiere a las personas que, ante cualquier situación, presentan episodios de violencia crónica, impulsiva y severa que resulta desmesurada e inapropiada. La mayor parte de la investigación realizada recientemente en este sentido sugiere la existencia de dos vías diferentes de acceso a esa terrible condición. Una de ellas es la lesión cerebral que provoca una alteración en la región cerebral que se encarga de controlar las emociones, y la otra se basa en un trastorno genético que provoca una reacción desproporcionada."

¿Acaso es la compasión una emoción intrínseca a la naturaleza humana?

"Quisiera, antes de concluir, prestar atención a la tristeza y al sufrimiento y señalar algunas importantes diferencias –dijo Paul, mientras proyectaba la diapositiva de una mujer con el rostro desgarrado por el sufrimiento, una imagen que se reflejó brevemente en el rostro del Dalai Lama."

Paul comparó la imagen de la mujer con una fotografía de periódico que mostraba a un grupo de hombres airados en una manifestación política.

"Comenzaría pidiéndoles –dijo Paul que advirtieran la diferencia que existe entre ambas expresiones. No creo que la contemplación de la ira nos afecte del mismo modo que si nos halláramos presentes, pero es evidente que la fotografía de esa mujer a la que desconocemos nos conmueve a casi todos por igual, como si todos pudiésemos experimentar su sufrimiento."

–Por ello sostengo que la naturaleza intrínseca del ser humano es compasiva –dijo el Dalai Lama.

–Eso es lo que yo creo –replicó Paul.

–No parece que exista, pues, una gran discrepancia entre nosotros a este respecto –agregó el Dalai Lama con una sonrisa.

–De acuerdo –contestó Paul, pero creo que éste es un punto muy importante, porque ésa es una de las lecciones que nos enseña el sufrimiento, ya que la compasión parece estar más ligada al sufrimiento que a la ira.

–Me pregunto –señaló el Dalai Lama si existe alguna diferencia substancial entre ver la imagen de una persona enfadada (que no provoca ninguna respuesta emocional en el espectador) y contemplar la imagen de una persona sufriendo (que sí la suscita).

–Yo diría –replicó Paul que eso es muy cierto. El poder del sufrimiento es tan grande que puede llegar a conmovernos a través de una simple fotografía. Algunas emociones son contagiosas, como la ira, la alegría o el sufrimiento, mientras que otras, como el miedo, no parecen serlo tanto. El sufrimiento tiene un gran poder para provocar la compasión y tal vez –aunque no me considero capacitado para agotar todas las implicaciones al respecto desempeñe un papel muy importante en su posible enseñanza.

"También quisiera decir por último que, después de haber pasado más de treinta y cinco años estudiando la emoción, sigo muy sorprendido por lo poco que sabemos de ella. La ciencia hace escasamente quince años que ha comenzado a prestar atención a las emociones. Quisiera concluir mi presentación formal con una cita de Charles Darwin, de quien, en cierto modo, me considero un heredero.

"La cita procede de la última página de su libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre: "La expresión libre de los signos externos de una emoción la intensifica".

"Eso nos lleva a formular una pregunta sobre el control de la expresión. Si la expresión fortalece la emoción y no queremos que acabe induciéndonos a la acción, el hecho de no expresarla abiertamente puede contribuir a liberarnos de sus garras.

"Luego Darwin prosigue diciendo: "La represión de los signos externos –en la medida en que tal cosa es posible alivia nuestras emociones. Quien expresa su ira mediante gestos violentos aumentará su furia, quien no controla los signos del miedo lo intensificará y quien permanece pasivo cuando se siente abrumado por la pena perderá la ocasión de recuperar la elasticidad de su mente".

"Yo creo que Darwin formula algunas preguntas que espero que sigamos debatiendo. He leído el libro de Darwin en muchas ocasiones, pero cada vez que lo leo, descubro cosas nuevas que nunca antes había advertido. Y debo decirles que lo que más me impresionó de este pasaje fue el concepto de elasticidad de la mente. Les agradezco a todos ustedes la oportunidad de haberme permitido dirigirles la palabra."

Cuando Paul concluyó, se preguntaba si su presentación habría sido útil o interesante para el Dalai Lama a quien, de algún modo, consideraba como la conciencia de mundo. Por su parte, el Dalai Lama había valorado muy positivamente sus datos científicos sobre la universalidad de las emociones que apoyaban su mensaje de una sola humanidad. Luego, el Dalai Lama cogió con aprecio las manos de Paul entre las palmas de las suyas y se inclinó en un profundo gesto de reverencia.






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