Daniel Goleman



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2. UN CIENTÍFICO NATURAL


Aunque su linaje se remonta al siglo xv, Tenzin Gyatso –el decimocuarto Dalai Lama ha sido el primero en verse expulsado del universo cerrado del Tíbet y desterrado a la inhóspita realidad del mundo actual. Resulta curioso, sin embargo, que, desde su más temprana infancia, el Dalai Lama parezca haber estado preparándose para el encuentro con la visión científica del mundo que domina la sensibilidad del mundo moderno.

Como quedó bien patente en el encuentro de Madison –y en los anteriores encuentros celebrados en Dharamsala, el Dalai Lama posee un conocimiento de los métodos y temas de la ciencia que resulta ciertamente inesperado y hasta sorprendente en un líder espiritual. Durante mucho tiempo me ha intrigado la fuente de sus sofisticados conocimientos cientificos, y ahora ha sido tan amable de permitirme entrevistarle acerca del interés que, desde siempre, ha mostrado por la ciencia. De este modo, las entrevistas llevadas a cabo tanto con él como con sus colaboradores más cercanos me han permitido esbozar, por vez primera, su biografía científica. Una pequeña digresión por esta faceta tan poco conocida de su biografía pondrá claramente de relieve por qué concede tanta importancia al diá–logo y a la colaboración con los científicos.

La historia empieza con la educación tradicional que recibió el Dalai Lama, una educación muy rigurosa y que abarcaba un amplio y sofisticado plantel de asignaturas que iban desde la religión hasta la metafísica, la epistemología, la lógica y las distintas escuelas filosóficas. También estudió –de forma más superficial varias disciplinas artísticas, como la poesía, la música y el teatro. A partir de los seis años, pasó muchas horas al día absorto en sus estudios, fundamentalmente basados en la memorización de textos, así como en la meditación y la concentración, vehículos idóneos todos ellos para disciplinar la mente.

El Dalai Lama también recibió una formación intensiva en otras facetas de la educación tradicional de los monjes tibetanos, como la dialéctica y el debate. Bien podríamos decir, en este sentido, que el deporte tradicional de los monjes tibetanos no es el fútbol ni el ajedrez, sino el debate. A primera vista, los debates entre los monjes en el patio del monasterio constituyen el equivalente intelectual de un partido de rugby. Un nutrido grupo de monjes se apiña en torno a su adversario, quien les asalta con una andanada de palabras en forma de una proposición filosófica que deben refutar.

Los monjes buscan la mejor posición para responder abriéndose paso entre el grupo con un empuje que se asemeja a una melé de rugby. Luego estiran su rosario, como si con ello quisieran subrayar el tema planteado, y emiten una réplica lógica que alcanza su punto culminante con el chasquido de una seca palmada. Aunque el acaloramiento del debate le confiera el aspecto de una representación teatral, el discurso filosófico es tan riguroso que hasta Sócrates o el lógico G.E. Moore podrían participar perfectamente en él.

El debate también posee el valor de un puro entretenimiento, puesto que todo el mundo valora muy positivamente las respuestas ingeniosas que refutan con humor la postura del adversario. Cuando el Dalai Lama era joven, la asistencia a este tipo de debates era un pasatiempo muy popular entre los laicos tibetanos, y eran muchos los que pasaban parte de su tiempo libre contemplando los malabarismos intelectuales que llevaban a cabo los monjes en el patio del monasterio.

El debate es uno de los medios más idóneos para que los monjes den a conocer sus logros intelectuales. A los doce años, el Dalai Lama comenzó a adiestrarse en estas lides, contando con la ayuda de tutores especializados y de compañeros que desempeñaban el papel de una especie de espárrings, debatiendo sobre el tema principal de los estudios filosóficos de ese día. Su primer debate público se produjo a los trece años, y sus contendientes fueron un par de eruditos abades de dos grandes monasterios. Ésa fue también la forma que asumieron los exámenes finales del Dalai Lama, un grandioso espectáculo público que se llevó a cabo en 1959, cuando el Dalai Lama cumplió veinticuatro años.

Imagínense que están siendo examinados, durante diez horas, por cincuenta expertos de su especialidad, mientras son evaluados –no una vez, sino cuatro por un tribunal implacable. E imaginen también que el examen se produce ante una enorme audiencia de cerca de veinte mil espectadores. Ésa fue, precisamente, la situación que tuvo que atravesar el Dalai Lama cuando, a los dieciséis años, superó el examen oral tradicional para obtener el título de geshe (el equivalente en los estudios budistas tibetanos a un doctorado). Y debo decir que, aunque este programa suele requerir entre veinte y treinta años, el Dalai Lama lo superó con sólo doce años de estudios.

En uno de los exámenes, por ejemplo, el Dalai Lama debía enfrentarse a cincuenta eruditos que se turnaban en grupos de tres para poner a prueba sus conocimientos sobre cada una de las cinco disciplinas principales de estudios religiosos y filosóficos, mientras que él, por su parte, tenía que desafiar a los dos abades más eruditos. En otro examen –se llevó a cabo durante el festival de Año Nuevo en Lhasa y que le permitió obtener el título de geshe Iharampa (el más elevado de los estudios budistas)– debió enfrentarse a treinta eruditos para debatir con ellos cuestiones de lógica, a otros quince para poner a prueba su conocimiento de la doctrina budista y a treinta y cinco más que le desafiaban sobre metafísica y otros temas.

En la versión tibetana del debate budista, es tan importante formular correctamente la pregunta como dar la respuesta acertada. Por ello, al finalizar cada ronda de preguntas, el Dalai Lama cambiaba las tornas y, como es tradicional, devolvía las preguntas a sus examinadores. Esta habilidad para plantear la pregunta correcta es una fortaleza que el Dalai Lama ha seguido aplicando a su interés por la ciencia.



Tecnología con cuentagotas

Pongámonos en la situación en que se encontraba el Dalai Lama, un joven inteligente y curioso que creció en Lhasa durante las décadas de los cuarenta y los cincuenta y que mostraba un interés insaciable por la ciencia. Es cierto que el programa tradicional de estudios monásticos le brindaba una comprensión muy profunda de los distintos elementos de la filosofía budista, pero no lo es menos que no le proporcionaba el menor atisbo de los descubrimientos científícos realizados durante el último milenio. Por poner sólo un ejemplo, los textos budistas clásicos que habían sido traídos al Tíbet desde la India hacía casi doce siglos postulaban una cosmología en la que el mundo era plano y la Luna brillaba, como el Sol, con luz propia. Y es que, para conservar su integridad, el Tíbet llevaba siglos cerrado a las influencias políticas y culturales del extranjero.

En la época en que el Dalai Lama era sólo un niño, unos pocos hijos de las familias de la nobleza tibetana y de los comerciantes ricos fueron enviados a escuelas regentadas por los británicos en poblaciones indias como Darjeeling y así fue como aprendieron inglés. Pero el protocolo de la época impedía que el Dalai Lama tuviera contacto directo con esos tibetanos angloparlantes y, aun el mejor de los casos, no había un solo tibetano en toda Lhasa que hubiera recibido formación científica.

Pero, de tanto en tanto, alguna que otra gota de tecnología moderna lograba calar en la ciudadela del Potala y en Norbulinka, la residencia de verano del Dalai Lama. Por ello, con el paso del tiempo, fueron acumulándose los regalos hechos a su predecesor –el decimotercer Dalai Lama (muy interesado también, por cierto, en la tecnología moderna)–, traídos desde la India británica por legaciones diplomáticas y por comerciantes, entre los que se hallaban un pequeño generador eléctrico que permitía encender unas pocas bombillas, un proyector cinematográfico y tres viejos automóviles.

También había algún que otro regalo que le habían hecho directamente a él. En 1942, por ejemplo, una expedición americana de buena voluntad le ofreció un reloj de oro de bolsillo. La embajada británica, por su parte, le había regalado varios juguetes –que, con el tiempo, fueron sus favoritos, entre los que cabe destacar un coche rojo a pedales, un tren de cuerda y una caja llena de soldaditos de plomo. Pero uno de sus juguetes preferidos era un mecano formado por pequeñas piezas de metal agujereadas para insertar tornillos, junto con varias ruedas y engranajes, que utilizaba para construir pequeños ingenios mecánicos, con los que construyó grúas y vagones de tren que no existían en otro lugar del Tíbet más que en su imaginación.

Un tercer alijo de objetos occidentales fue el resultado de una incursión china en el Tíbet que se produjo en el año 1910 y que obligó al decimotercer Dalai Lama a exilarse durante un breve período en la estación invernal de Darjeeling (la India). Allí, sir Charles Bell, gobernador político británico para Sikkim que hablaba tibetano, trabó amistad con él y le ofreció muchos regalos que, con el tiempo, acabaron arrinconados en el almacén del palacio del Potala. Tres de esos regalos –un telescopio, un globo terráqueo y una colección de libros ilustrados en inglés sobre la Primera Guerra Mundial desempeñaron un papel esencial en las primeras incursiones del decimocuarto Dalai Lama en el mundo moderno.



Un gran descubrimiento

Aunque carecía de formación científica, el joven Dalai Lama se convirtió en un autodidacta que devoraba insaciablemente todo lo que caía en sus manos, una avidez intelectual que le llevó también a leer libros en inglés. Cuando conoció a un oficial tibetano que le enseñó a transliterar el alfabeto inglés a la fonética tibetana, se aprestó a elaborar un diccionario inglés–tibetano, una tarea en la que le sirvió de mucho la capacidad de memorización que había desarrollado en su estudio de las escrituras tradicionales ya que, según dice, "lo aprendía todo de memoria".

El Dalai Lama no tardó en convertirse en un ávido lector de Life y de un semanario ilustrado inglés, revistas a las que se había suscrito a través de la embajada británica en Lhasa, en cuyas páginas se enteraba de lo que ocurría en el mundo y que no tardaron en pasar a ser una especie de asesor de asuntos exteriores.

El Dalai Lama había descubierto en el almacén de objetos arrumbados por su predecesor unos libros ilustrados sobre la Primera Guerra Mundial, que devoró con su habitual entusiasmo. Y es que, a pesar de su abrazo a la doctrina budista de la noviolencia, su atención quedó prendada por las ametralladoras, los tanques, los biplanos, los zepelines, los submarinos, los buques de guerra y, en general, todo tipo de maquinaria bélica.

Esos libros contenían mapas de los escenarios de las grandes batallas de la contienda y de los países implicados en las alianzas. El estudio de esos mapas le familiarizó con la cartografía de Francia, Alemania, Inglaterra, Italia y Rusia, y así fue como se interesó cada vez más por la geografía.

Ese interés, a su vez, llevó al joven monje a hacer un descubrimiento que evidenciaba la gran atracción que sentía por la ciencia desde que era muy pequeño. En sus habitaciones privadas había un reloj de cuerda que se hallaba sobre una gran esfera que iba girando lentamente, otro regalo hecho a su predecesor, que llamó poderosamente su atención.

–Yo sabía que esa esfera encerraba algún secreto –recuerda el Dalai Lama, pero ignoraba por completo de qué se trataba.

La lectura de los libros de geografía, sin embargo, le permitió darse cuenta de que el perfil de los países de Europa y de otros como América, China y Japón se correspondía con los del globo de su reloj. Todavía recuerda la consternación que experimentó el día en que comprendió que se trataba de un mapa del mundo.

La rotación del globo –según pudo comprobar estaba diseñada para indicar el cambio de huso horario a través de toda la jornada, es decir que, cuando era mediodía en un determinado lugar, era medianoche en las antipodas. Y fueron estas pequeñas y fragmentarias comprensiones las que le llevaron a deducir por sí solo el descubrimiento fundamental de que ­la Tierra es redonda!

Nuevos descubrimientos

Este descubrimiento no fue más que el primero de los realizados por la mente científica del joven Dalai Lama. Puesto que su elevado rango en la sociedad tibetana le mantenía aislado en su residencia del palacio del Potala, el decimocuarto Dalai Lama pasaba mucho tiempo espiando con el telescopio de su predecesor el ir y venir de los habitantes de la ciudad. Pero, al llegar la noche, dirigía el telescopio hacia el cielo contemplando las estrellas y los cráteres producidos en la Luna por los volcanes y los meteoritos. Cierta noche, mientras contemplaba atentamente a través de su telescopio, se dio cuenta de que los cráteres y las montañas proyectaban sombras lo cual –según dedujo debía significar que la fuente de esa luz no procedía –como le habían enseñado sus estudios monásticos del interior de la Luna, sino de algún lugar del exterior.

Para corroborar esa intuición, echó un vistazo a las fotografías de la Luna que había visto en una revista y descubrió la presencia de las mismas sombras junto a los cráteres y a las montañas. Fue así como sus propias observaciones se vieron confirmadas por una prueba independiente que corroboraba su deducción de que la Luna no estaba iluminada por una fuente interna de luz, sino por el Sol.

Como todavía recuerda muy vívidamente, entonces se vio obligado a admitir que "la descripción tradicional no se ajusta a la verdad", y, de este modo, la observación sistemática comenzó a cuestionar una enseñanza de mil doscientos años de antigüedad.

Ese descubrimiento astronómico elemental se vio seguido de otros que ponían en tela de juicio la visión sostenida por la cosmología budista tradicional.1 Entonces se dio cuenta, por ejemplo, de que, a diferencia de lo que se le había enseñado, el Sol y la Luna no se hallan a la misma distancia de la Tierra, ni tampoco tienen el mismo tamaño. Estos descubrimientos infantiles sembraron las semillas de lo que, tiempo después, ha terminado convirtiéndose, para él, en un auténtico principio:

–Si la ciencia demuestra fehacientemente la falsedad de alguna doctrina budista, ésta debe ser modificada en consecuencia.



Un experto mecánico

Durante la visita realizada por el Dalai Lama al sofísticado laboratorio de neurociencia de Richard Davidson, su parada favorita no fueron tanto las salas donde se hallaba la tecnología más avanzada como el taller mecánico en el que se fabrican las piezas que no pueden ser suministradas por los proveedores habituales. Ahí quedó fascinado por el torno, la fresadora y todas las máquinasherramienta que le hubiera gustado tener cuando era joven, hasta el punto de que luego bromeó señalando cómo sus manos habían querido llevarse ésta o aquélla.

Cuando era niño en Lhasa, los juguetes nuevos le entretenían durante un rato, pero la auténtica diversión no empezaba hasta que desmontaba el juguete para ver cómo funcionaba. El joven Dalai Lama estaba especialmente interesado en los mecanismos de relojería en los que un engranaje desencadena toda una larga secuencia de movimientos. Así fue como, para poder estudiar los principios que hacían funcionar su reloj de pulsera, no dudó en desmontarlo y volver a montarlo de modo que todavía siguiera funcionando. Y lo mismo hizo (provocando ciertamente algún que otro desastre ocasional) con la práctica totalidad de sus coches, aviones y barcos de juguete.

Pero, a medida que iba creciendo, su interés mecánico pasó de los juguetes a otros nuevos retos, como un proyector cinematográfico que funcionaba con un generador manual y que supuso su primer contacto con la energía eléctrica. Ese generador despertó su curiosidad en torno al funcionamiento de la pequeña bobina de alambre enrollada alrededor de un imán. Entonces reflexionó durante horas sobre las distintas piezas del mecanismo, incapaz de encontrar a nadie que pudiese explicarle su funcionamiento, hasta que descubrió por sí mismo que su función era la de generar una corriente eléctrica que alimentaba el proyector.

Esas muestras de habilidad mecánica asombraron a Heinrich Harrer apenas le conoció. Harrer era un alpinista austríaco que había atravesado los Himalayas escapando de un campo de confinamiento británico en la India y que se refugió durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial –y algunos más en la ciudad de Lhasa. A instancias de los asistentes del Dalai Lama, Harrer había organizado un pequeño cine en Norbulinka para que el joven pudiera contemplar las películas y noticiarios procedentes de la India.

Cierto día, Harrer fue invitado a ir al teatro y conoció al Dalai Lama que, por aquel entonces, sólo tenía catorce años y no tardó en darse cuenta de que manejaba el proyector mejor que él. Y es que el joven había pasado buena parte del invierno anterior desmontando y volviendo a montar el aparato sin contar con la ayuda de ningún manual de instrucciones.

Por aquel entonces, en Norbulinka había un viejo generador de aceite que sólo servía para alimentar unas pocas bombillas, pero se averiaba muy a menudo, y el Dalai Lama no desaprovechaba la ocasión de repararlo. Así fue como descubrió el funcionamiento de los motores de combustión interna y el campo magnético creado por el giro de la dinamo del generador.

Su próxima aventura mecánica consistió en aplicar su nuevo conocimiento acerca de los motores de combustión interna a tres viejos automóviles, un Dodge de 1931 y un par de Baby Austin de 1927. Esos automóviles habían sido desmontados en la India para ser transportados al Tíbet para el decimotercer Dalai Lama, y sus piezas, por cierto, se hallaban amontonadas y medio oxidadas en el almacén. Así fue como, con la ayuda de un joven tibetano que había sido conductor en la India, pudo conseguir que el Dodge y uno de los Austin funcionasen, un logro especialmente apasionante.

Al cumplir los dieciséis años, pues, el joven Dalai Lama había desmontado y vuelto a montar un generador, un proyector y un par de automóviles.

El primer tutor científico

El joven Dalai Lama también poseía un libro inglés de anatomía que contenía ilustraciones muy detalladas del cuerpo humano. Se trataba de un libro de belorcios1 en la que cada una de las láminas superponibles representaba un sistema biológico diferente.

–Lo recuerdo perfectamente –dice aún hoy en día, podías ver el cuerpo humano completo e ir quitando o poniendo una capa tras otra, primero la piel, luego los músculos, los tendones, los huesos y los órganos internos. Era muy detallado.

Su interés por la anatomía evidenciaba la gran fascinación que sentía por la biología y por la naturaleza. Cuando era un niño, le gustaba contemplar los ciclos naturales de la vida, haciendo sus propias observaciones empíricas acerca de los insectos, las aves, las mariposas, las plantas y las flores. En la actualidad, el Dalai Lama sigue interesado en todos los campos de la ciencia, exceptuando –según sus propias palabras las ridas teorías de la informática.

En la Lhasa de su juventud, sin embargo, disponía de muy pocas fuentes en las que saciar su sed de conocimiento científíco. Es cierto que, durante toda su infancia, conoció a unos diez europeos que vivían en Lhasa –casi todos los cuales se hallaban, de un modo u otro, adscritos a las embajadas extranjeras, pero el protocolo era tan estricto que apenas si podía frecuentarlos.

Harrer fue una clara excepción en ese sentido. Después de llegar a Lhasa, desempeñó el cargo de inspector, cartógrafo y asesor del Gobierno tibetano hasta que finalmente regresó a su Austria natal en 1950. Así fue como, durante el último año y medio de su estancia en Lhasa, Harrer se convirtió en un tutor informal del Dalai Lama, con el que mantenía encuentros semanales en los que éste le preguntaba sobre los temas más diversos.

El Dalai Lama, por ejemplo, conocía a Churchill, Eisenhower y Molotov a través de las revistas que había leído sobre la Segunda Guerra Mundial, pero ignoraba el papel que habían desempeñado en la historia reciente. Por ello, en cada una de sus reuniones, Harrer se veía asediado por las preguntas que el joven Dalai Lama le realizaba sobre los acontecimientos de la historia del mundo, matemáticas, geografía y, en todos los casos, ciencia. ¿Cómo funciona la bomba atómica? ¿Cómo se construyen los aviones a reacción? ¿Qué son los elementos químicos y cuáles las diferencias moleculares que existen entre los distintos metales?

Las clases particulares que Harrer le impartía giraban fundamentalmente en torno al inglés, la geografía y la aritmética, con la ayuda de un puñado de libros de texto ingleses procedentes también del almacén del decimotercer Dalai Lama. Aun así, en el libro en el que narra los siete años que pasó en el Tíbet, Harrer confiesa tímidamente que no solía poder responder a la mayoría de las preguntas formuladas por el Dalai Lama.

–En esa época –me dijo recientemente el Dalai Lama, los tibetanos solíamos creer que cualquier occidental lo sabía todo acerca de la ciencia. más tarde me di cuenta de que Harrer era básicamente un alpinista y hoy en día pongo en duda que realmente supiera gran cosa sobre ciencia.

La apertura a un mundo nuevo

Cuando la China comunista invadió el Tíbet en 1959 y el Dalai Lama se vio obligado a refugiarse en la India, se abrió ante él un mundo completamente nuevo, tanto por la cantidad de libros de ciencia de los que ahora podía disponer, como por la posibilidad de hablar con personas realmente entendidas en el tema. Por eso, en las décadas de los años sesenta y setenta en la India, no desaprovechó ninguna ocasión para hablar con un científico o con un profesor de ciencia.

Pero esos encuentros, sin embargo, fueron esporádicos y casuales porque, por aquel entonces, su agenda se veía reclamada por asuntos más urgentes. Lo primero que tuvo que hacer fue establecer un Gobierno tibetano en el exilio y atender las necesidades de los refugiados de los muchos asentamientos desperdigados por toda la India. Además, también tenía que atender a sus obligaciones religiosas como jefe de la rama tibetana del budismo Vajrayana. Y a ello debemos añadir la necesidad de establecer contactos con otros Gobiernos, instituciones o individuos que pudieran colaborar con el Gobierno del Tíbet en el exilio para que sus compatriotas pudieran recuperar cierto grado de libertad.

Pero, aun así, no perdió ocasión para devorar todos los libros que cayeron en sus manos sobre biología, medicina y cosmología y quedó especialmente cautivado por la astronomía y las teorías acerca del universo.

–Era capaz de recordar –dice, pensando en aquella época multitud de datos objetivos, como la distancia de los cuerpos celestes a la Tierra, de la Tierra al Sol, del Sol a las galaxias, etcétera.

Finalmente, sin embargo, estuvo en condiciones de mantener entrevistas esporádicas con científicos. A él siempre le ha gustado hablar de los temas que interesan a sus interlocutores. Por ello, cuando está con un hombre de negocios, habla de negocios, con los políticos habla de política, y con los teólogos de religión. Pero tanto ahora como entonces no desaprovecha cualquier ocasión que se le presente para hablar con personas interesadas en la ciencia –y mucho mejor si son científicos e indagar en su experiencia científica.

En 1969, por ejemplo, Huston Smith –a la sazón profesor de religión del MIT (Massachussets Institute of Technology)– visitó Dharamsala con un equipo de cine para rodar un documental sobre el budismo tibetano. Y el Dalai Lama todavía recuerda muy nítidamente que fue él quien, durante una conversación sobre la reencarnación, le habló por vez primera del ADN.

En 1973, el Dalai Lama conoció en Oxford a Karl Popper, el famoso filósofo de la ciencia. Y, aunque su encuentro se produjo en el marco de un congreso sobre filosofía y espiritualidad, lo que más atrajo su atención fue su teoría de la falsabilidad, es decir, que, para ser válida, cualquier hipótesis científica debe estar formulada de modo que pueda ser rebatida.

En su primera visita a Rusia en 1979, el Dalai Lama solicitó reunirse con algunos científicos. En ella, un psicólogo ruso explicó con detalle el famoso experimento de Pavlov en el que se enseña a un perro a salivar en respuesta al sonido de una campana que acompaña la comida. Ese estudio clásico del condicionamiento supuso su introducción a la psicología moderna.

Durante la década de los ochenta, el Dalai Lama fue familiarizándose con las distintas ramas de la ciencia moderna hasta el punto de "descubrir –como él mismo dice que poco a poco iba entendiendo la ciencia".



La conexión cuántica

El Dalai Lama siempre ha sentido una especial fascinación por la física cuántica y su radical desafío a nuestras creencias sobre la naturaleza de la realidad. En este sentido, ha tenido la ocasión de explorar ese campo con David Bohm, un eminente físico teórico y profesor de la University of London que estudió con Einstein. Bohm, que durante muchos años mantuvo una estrecha relación con el famoso líder espiritual indio Krishnamurti, ha almorzado –en ocasiones acompañado de su esposa muchas veces con el Dalai Lama en sus múltiples viajes por Europa departiendo largaraente sobre física cuántica, filosofía budista y la naturaleza de la realidad.

En cierta ocasión, Bohm le dio al Dalai Lama un resumen de dos páginas en las que se condensaban las implicaciones filosóficas de la teoría cuántica de Niels Bohr, que exponían la visión científica de la naturaleza insubstancial de la realidad. Una visión similar es la que sostiene el filósofo del sigloán Nagarjuna, cuyo Fundamentos del Sendero Medio, sigue siendo un texto fundamental del programa de filosofía de los monasterios tibetanos. El Dalai Lama se mostró muy complacido al enterarse de que la física moderna postula la imposibilidad de fundamentar la naturaleza substancial de la realidad. Otra vez, con ocasión de un congreso sobre los presupuestos filosóficos de la física cuántica que se celebró en el Niels Bohr Institute de Copenhague, entre cuyos ponentes se hallaba el profesor Bohm, tuvo la oportunidad de explorar esta convergencia entre la física y el budismo.

En la actualidad, el Dalai Lama sigue manteniendo conversaciones con varios físicos cuánticos –entre los que cabe destacar a Anton Zeilinger (de la Universidad de Viena), Carl Friedrich von Weizsácker (que dirige una rama del prestigioso instituto alemán Max Planck que se ocupa de explorar los vínculos que existen entre la ciencia y la filosofía)– y astrofísicos –como Piet Hut (del Princeton Institute for Avanced Study)–, en las que sigue analizando las similitudes fundamentales que existen entre la visión budista de la realidad y la vanguardia de la física y la cosmología.



Del patio del monasterio al laboratorio científíco

En cierta ocasión, le pregunté al Dalai Lama por qué, siendo un monje y un erudito budista, estaba tan interesado por la ciencia, y, según me dijo, en su opinión, el budismo y la ciencia no son dos visiones opuestas del mundo, sino dos abordajes distintos que apuntan hacia el mismo objetivo, la búsqueda de la verdad.

–La ciencia y el budismo –dice aspiran a descubrir la realidad. Y aunque el propósito de ambos sea diferente, la ciencia ensancha nuestro conocimiento, y los budistas podemos servirnos perfectamente de sus logros.

En opinión del Dalai Lama, pues, el budismo y el método científico son dos estrategias diferentes para llevar a cabo la misma búsqueda. Según la tradición Abhidharma –el marco de referencia fundamental utilizado por el budismo para el estudio de la mente y la realidad– el principal objetivo del análisis es el de diferenciar entre las características particulares y las generles, un abordaje que, a juicio del Dalai Lama, se asemeja bastante a la investigación científica de las propiedades físicas y de la mecánica de la mente. Y puesto que la ciencia –y en especial la psicología y las ciencias cognitivas se centran fundamentalmente en el estudio de la mente, el budismo tiene muchas aportaciones que hacer a este respecto.

El espíritu del debate monástico tibetano también refleja su incansable búsqueda de la verdad, una cualidad que hace que el Dalai Lama se sienta especialmente atraído por la investigación científica. Durante uno de sus aImuerzos, David Bohm le explicó con detalle la tesis de la falsabilidad de Larl Popper, según la cual –como ya hemos dicho las afirmaciones de la ciencia deben poder ser verificadas, o, dicho de otro modo, deben ser irefutables. Éste es un principio fundamental del método científíco que permite utilizar los resultados experimentales para confirmar o refutar los nuevos descubrimientos y apuntalar así nuestra comprensión de la realidad. En este sentido, el principio de falsabilidad introduce un mecanismo autocorector en la investigación científica.

Para el Dalai Lama, este principio reviste un interés fílosófico extraordinario, porque elude cualquier creencia ingenua en la "verdad" de la ciencia, incluyendo la suya propia cuando era niño en Lhasa. Esa visión ingenua, en su opinión, soslaya la naturaleza teórica del quehacer científico y evita el error de tomar las hipótesis de la ciencia como verdades absolutas en lugar de proposiciones contingentes y provisionales. Y es que, por más idónea que sea una determinada aproximación a la verdad, no existe ninguna disciplina que pueda reclamar capturarla por completo.

El Dalai Lama trabó conocimiento de la naturaleza teórica de la empresa científica gracias a la obra de Thomas Kuhn, que escribió sobre el cambio de paradigmas en el ámbito de la ciencia (el proceso mediante el cual, por ejemplo, la física newtoniana clásica se vio reemplazada por el nuevo paradigma de la física cuántica). Así fue como el Dalai Lama se dio cuenta de que no debemos tomar las hipótesis científicas como verdades absolutas e inmutables, sino como teorías que acaban revelándose obsoletas cuando aparecen nuevos datos que no se acomodan a ellas.

Este poderoso mecanismo científico de control en la búsqueda de la verdad reviste un gran interés para el Dalai Lama. Y este proceso de autocorrección mediante el cual la ciencia sigue perfeccionando su búsqueda presenta evidentes paralelismos con el espíritu de la lógica budista ya que, según dice:

–Desde cierta perspectiva, los métodos del pensamiento budista y los de la ciencia son esencialmente iguales.

Las raíces de la mente y de la vida

Pero no todos los encuentros del Dalai Lama con el mundo de la ciencia resultaron igualmente provechosos. En 1979, por ejemplo, se reunió en Rusia con un grupo de científicos para hablar de la naturaleza de la conciencia. Después de que el Dalai Lama les expusiera el punto de vista budista de la conciencia elaborado por el Abhidharma (una visión muy sofisticada de la mente que ofrece una detallada explicación de los vínculos que existen entre la percepción sensorial y la cognición), "uno de los científicos rusos expresó inmediatamente su desacuerdo –recuerda un tanto divertido, porque creía que estábamos hablando de la noción religiosa de alma".

En otro encuentro –organizado precipitadamente por sus anfitriones europeos, los científicos asumieron una actitud muy condescendiente, como si estuviesen haciendo un gran favor al Dalai Lama, una actitud que entorpeció cualquier posibilidad de mantener ni siquiera un diálogo.

En otra conferencia sobre ciencia y religión, uno de los científicos se presentó poniéndose en pie y proclamando a voz en grito: "­Yo estoy aquí para defender a la ciencia en contra de la religión!", pareciendo asumir que el encuentro tenía el objetivo implícito de atacar a la ciencia desde las filas de la religión y no buscar puntos de contacto. Pero cuando, en cierto momento del encuentro, el Dalai Lama preguntó: "¿Qué es la mente?", su respuesta fue un abrumador y desconcertante silencio.

La necesidad de mantener encuentros con científicos que estuvieran mejor preparados –y abiertos a reflexionar con los budistas era patente. Así es que, cuando Adam Engle (un hombre de negocios estadounidense) y Francisco Varela (un biólogo educado en Harvard que trabajaba en París) le propusieron organizar diálogos de cinco días de duración con científicos del más alto nivel para tratar a fondo un solo tema, el Dalai Lama se mostró muy receptivo y muy contento de que sus encuentros con científicos ya no tuvieran que ser esporádicos ni debidos a su exclusiva iniciativa personal.

El primer encuentro del Mind and Life se llevó a cabo en octubre de 1987, y la conferencia inaugural fue muy prometedora. En ella, Jeremy Hayward, físico y filósofo doctorado en Oxford. ofreció una extensa introducción a la filosofía de la ciencia, desde sus fundamentos en el positivismo lógico hasta la noción kuhniana de cambio de paradigma e ilustrando este último con el cambio de la física newtoniana por la física cuántica.



Una colaboración científica

La presentación de Hayward llenó algunos huecos de la comprensión del Dalai Lama sobre los fundamentos filosóficos del método científico y puso en marcha lo que, desde entonces, ha terminado convirtiéndose en una tradición de estos diálogos, es decir, que independientemente del tema siempre se invita a un filósofo para que enmarque el tema abordado en un contexto más amplio.

Esa primera reunión sirvió también para establecer el formato de todas las siguientes, es decir, dedicar la mañana a una presentación realizada por un científico o por un filósofo y debatir el tema durante el encuentro de la tarde. Para disminuir, en la medida de lo posible, los inevitables malentendidos que necesariamente se presentan en cualquier diálogo entre tradiciones, culturas y lenguajes muy diferentes, el Dalai Lama no sólo cuenta con un intérprete, sino con dos, que se ocupan de llevar a cabo las aclaraciones necesarias. Y, para aumentar la sensación de proximidad y de espontaneidad, los encuentros se celebran en privado –sin prensa de ningún tipo y contando tan sólo con la presencia de unos pocos invitados en calidad de observadores.

Los temas abordados reflejan el amplio abanico de intereses científicos del Dalai Lama, desde el método científico y la filosofía de la ciencia hasta la neurobiología, pasando por las ciencias cognitivas, la psiconeurobiología y la medicina conductual. Uno de los encuentros, por ejemplo, estuvo dedicado a la investigación de los sueños, la muerte y el proceso del morir a partir de perspectivas que iban desde el psicoanálisis hasta la neurología. En otro encuentro se revisó la psicología social del altruismo y de la compasión. Y en otro, por último, la atención se centró en la física cuántica y la cosmología.



"Más munición"

¿Cuál ha sido el fruto de estos diálogos?

–Retrospectivamente considerados –dice el Dalai Lama creo que los contactos que, a lo largo de los años, he mantenido con científicos han sido muy provechosos, ya que me han proporcionado muchas comprensiones y han ampliado mi visión de la realidad. Y además, muchos científicos también han tenido la ocasión de conocer la visión proporcionada por la filosofía budista.

Estos diálogos asimismo le han permitido constatar que, al entrar en contacto con la perspectiva budista, son muchos los científicos que llevan a cabo una revisión de sus propios presupuestos, sobre todo en lo que respecta a la comprensión de la conciencia humana, un campo en el que el budismo tiene muchas cosas que decir. En algunos casos, el contacto con el budismo no sólo ha profundizado su forma de concebir la investigación científica, sino también sus objetivos, lo que necesariamente ha acabado transformando la concepción misma de su propio campo de estudio.

En opinión del Dalai Lama, esta expansión de la esfera de influencia del pensamiento budista en determinados círculos científicos pone de relieve un cambio de rumbo en la historia del budismo. En estas diálogos con la ciencia, el Dalai Lama no sólo ha asumido el papel de alumno de la ciencia, sino también, y en gran medida, de maestro. No debemos olvidar que el budismo alberga una visión muy singular —y potencialmente muy útil—de la condición humana y que, en este sentido, puede ser muy provechoso compartirla para que, de ese modo, pase a engrosar un cuerpo de conocimientos mucho mayor.

El Dalai Lama está especialmente satisfecho de la nueva visión que los científicos están forjándose del budismo.

—Algunos —dice— están comenzando a darse cuenta de la importancia que el budismo puede tener para la ciencia. Creo que, conforme va transcurriendo el tiempo, cada vez son más los científicos que reconocen la utilidad del diálogo con el pensamiento budista.

Y esta actitud contrasta poderosamente con la de aquel científico que, en uno de los primeros encuentros con el Dalai Lama, se sentía en la obligación de defender a la ciencia de los ataques de la religión.

Los diálogos organizados por el Mind and Life también son útiles en otro sentido, puesto que proporcionan al Dalai Lama lo que él denomina "más munición" para sus conferencias públicas por todo del mundo. Y es que, aunque no tome notas durante los debates, no por ello deja de hacer suyos ciertos puntos clave a los que frecuentemente alude en sus charlas. Hace ya bastante tiempo, por ejemplo, se enteró de que la ciencia ha des–cubierto que cuanto más se acaricia y mantiene en brazos a los recién nacidos, más conexiones neuronales desarrollan éstos, un punto que ha repetido centenares de veces en sus presentaciones públicas para hablar de la compasión y de la necesidad innata de afecto y amor del ser humano. Y lo mismo hace, por ejemplo, con el dato que indica que la hostilidad crónica aumenta el riesgo de mortalidad.

—El Dalai Lama —dice Alan Wallace, uno de los intérpretes que participan en estas reuniones— hace suyas las evidencias empíricas y las teorías científicas y luego las divulga entre las comunidades monásticas. Y, cuando viaja por todo el mundo, se refiere muchas veces a lo que ha aprendido en este tipo de encuentros.

Finalmente, una motivación que subyace en a todos sus encuentros con los científicos es su deseo de forjar un budismo actual y contemporáneo que tenga en cuenta la evidencia científica. Por ello, si existen pruebas que refuten abiertamente las afirmaciones budistas, no duda en llevar a cabo las correcciones pertinentes. Sólo así, en su opinión, podrá la tradición budista mantener su credibilidad en el mundo moderno, en lugar de limitarse a soportar que algunos detractores la desdeñen como una mera "superstición".

Pero también hay que decir que, a lo largo de todos estos años, el Dalai Lama ha descubierto que son muchos más los acuerdos que existen entre el budismo y la ciencia moderna que los desacuerdos.



Una predisposición natural hacia la ciencia

El Dalai Lama aporta a todos estos encuentros una especial combinación entre un considerable desarrollo espiritual y filosófico, una mente entrenada para el debate y una gran apertura al diálogo. Con frecuencia suele citar algunos de los principios budistas generales que le sirven de guía en esos encuentros. En primer lugar, el budismo tiene sus propias explicaciones acerca de la mente y de su relación con el cuerpo. Además, no hay que olvidar la actitud budista que confiere a la investigación y a la experimentación mucha más importancia que la mera aceptación de la palabra del Buda. Es precisamente en ese espíritu que, para el Dalai Lama, resulta muy provechoso conocer los últimos descubrimientos realizados por la ciencia.

Aunque quienes no se hallan familiarizados con él pueden creer que se trata de una doctrina homogénea, lo cierto es que el budismo, en realidad, encierra enseñanzas muy diferentes. Al igual que la ciencia moderna representa una síntesis de multitud de escuelas diferentes de pensamiento, el budismo también encierra visiones muy distintas acerca de la condición humana. Por esta razón, el Dalai Lama no sólo recurre a la visión sostenida por el Vajrayana –la principal tradición budista tibetana, sino que no duda en apelar a fuentes muy diversas procedentes de las muchas ramas y escuelas del pensamiento budista.

A todo ello debemos añadir su especial formación en el debate. A menudo, cuando escucha las presentaciones realizadas por los científícos en las que se establecen correlaciones entre diferentes fenómenos para mostrar una determinada correspondencia, se apresta a escuchar muy atentamente. Y no es de extrañar que, en tal caso, suela señalar que lo que está debatiéndose pueden ser contemplado desde diferentes perspectivas. Una determinada correlación o correspondencia, por ejemplo, no es algo invariable, ya que puede afectar a algunos casos, pero no a otros, y en tales casos, suele suscitar interesantes contraejemplos y preguntas. Y todo ello, combinado con su experiencia en lo que el estudioso budista Robert Thurman denomina las "ciencias internas", le convierte en un colaborador excepcional para quienes están interesados en la investigación de la mente.

La predisposición natural del Dalai Lama hacia la ciencia se torna patente cuando habla con los científicos. Una y otra vez le he visto escuchar muy atentamente el modo en que un determinado científico describía algo que estaba investigando para observar después una serie de sugerencias metodológicas o retos que finalizaban cuando el científico en cuestión concluía algo así como: "Creo, Su Santidad, que convendrá tener en cuenta sus sugerencias".

La química personal ha sido un tema fundamental en el éxito de estos encuentros. Poco importa la fama y el éxito de los científicos, pero los dogmáticos, pomposos o engreídos están excluidos de antemano. Y es que los integrantes de estos encuentros con el Dalai Lama deben asumir una actitud muy parecida a la de los participantes en los debates monásticos, en donde el tira y afloja de los monjes acaba conduciendo a una nueva visión de las cosas.

–Se asemeja a los debates que se llevan a cabo en los patios de los monasterios –dice Thupten Jinpa, uno de los principales intérpretes de estos encuentros en los que los participantes mantienen una actitud abierta, receptiva y dispuesta a pensar en voz alta y a jugar con las ideas. Realmente, esto es algo que funciona.

En ese sentido, nuestro encuentro –el octavo organizado por el Mind and Life Institute, que giró en torno a las emociones destructivas funcionó inusitadamente bien. Este encuentro, más que ninguno de los anteriores, dio un fruto científico que propició, en primer lugar, los experimentos de Madison. Pero esa investigación no es más que uno de los muchos frutos científicos del encuentro. Y todos ellos fueron el resultado natural de un diálogo abierto en torno a las ideas y los descubrimientos de la ciencia. Las páginas que siguen constituyen una ventana abierta a ese diálogo, una exploración científica que no dudaríamos en calificar de realmente vanguardista.





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