Curso de Especialista en Psicoterapia


Las bases del Psicoanálisis



Descargar 2.92 Mb.
Página8/56
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño2.92 Mb.
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   56

Las bases del Psicoanálisis

¿Qué es el inconsciente?

A finales del siglo XIX, cuando crece el interés por las histéricas, se observa que sus síntomas más espectaculares (anestesias, parálisis, relajamientos musculares, pérdidas de conciencia, etc.) se parecen mucho a los que se producen mediante la hipnosis en las personas “normales”, de modo que, mediante la hipnosis se empieza a provocar y a suprimir estos síntomas en las histéricas. Charcot, gran maestro en este tipo de manipulaciones, llega a postular que en el caso de estas personas existirían dos personalidades independientes una de la otra.


Freud, que a finales de 1885 hace una pasantía con Charcot, regresa a Viena y sienta las bases del psicoanálisis con dos postulados fundamentales:


  1. Todas estas manifestaciones son realizaciones de deseo disfrazadas y están disfrazadas porque hay poderosas fuerzas que se oponen a su traducción en limpio.




  1. Esas mismas fuerzas le mantienen ocultos al sujeto mismo el deseo y sus vías de realización.

Así nace la noción freudiana del inconsciente: no se trata de un inconsciente provisional y revocable, sino de un inconsciente dinámico, término que designa el conflicto entre el deseo y lo que se opone a su realización.


El inconsciente no es directamente accesible; pero abundan las pruebas en lo que produce, es decir, en los hechos observables que solo cobran sentido a la luz de esta hipótesis. Veamos algunas formas de presentarse:
Los lapsus, que ponen de manifiesto una intencionalidad inconsciente. Un ejemplo, es el de la mujer que afirma: “El médico ha dicho que mi marido puede comer todo lo que yo quiera…”.
Los olvidos. Como en el caso de los lapsus, la intencionalidad es rápidamente descifrada por los demás. Así ocurriría en esa pareja que acostumbra a celebrar los cumpleaños. Pero en una ocasión él se olvida de felicitarla a ella y ésta lo siente como una señal de falta de cariño; a él le costará mucho hacerse perdonar, lo que significa claramente que se siente culpable.
Los actos fallidos, los accidentes que parecen haber sido provocados inconscientemente, las cartas en sobres equivocados que llegan donde nunca deberían de haber ido, etc. En muchos casos, la intencionalidad inconsciente aparece de forma tan evidente que, en vez de hablar de actos fallidos, se siente la tentación de considerarlos como actos atinados respecto a su intencionalidad.
Pero los sueños son, sin duda, los testimonios más notables de esas apariciones. A veces el deseo es representado de manera muy explícita, como en la mayoría de los sueños eróticos; pero a menudo aparece disfrazado y no puede ser desenmascarado sin un trabajo de análisis apropiado.
Lo que actúa en todos estos casos es la represión: la represión es una fuerza intrapsíquica que se ocupa de que unas emociones de deseo, agresión, odio, etc., es decir, de que unos movimientos violentos condenados por la conciencia, sean suprimidos. En realidad, no es posible suprimirlos de verdad: la represión los condena al calabozo esperando que nunca volverán a salir. No obstante, la represión tiene un aliado, se llama la censura. Pero la censura es un guardián ingenuo, bastante fácil de engañar merced a cualquier disfraz, los lapsus, los actos fallidos, los olvidos, los sueños,… y sobre todo, lo síntomas neuróticos, y todo lo que pueda arruinar la vida, todo lo que hace que un día nos decidamos a ir a un psicoanalista.

El inconsciente: ¿un poco, mucho, apasionadamente, nada?

Hacia 1890, Freud empieza a sospechar la importancia que tiene la represión como motor del desconocimiento. La idea de que algo puede escapar a la conciencia no era nueva, ya había sido apuntada por Charcot. Más aún el término represión constaba ya en los manuales de filosofía en referencia a una interesante teoría psicológica formulada por Herbart en 1820, según la cual existen niveles de conciencia, estratos que van desde la conciencia nítida hasta un inconsciente radical y los pensamientos dolorosos podían ser expulsados hacia ese inconsciente por una fuerza que denominaba represión.


Freud va a dotar a la represión de un contenido de realidad mediante el estudio de las histéricas y a edificar el psicoanálisis sobre estas bases. El proceso dice, es simple. Te viene una idea, un deseo condenable. Inmediatamente la conciencia se rebela: está mal, no se debe dar curso a ese deseo, e incluso hay que suprimirlo. Si esta reacción es eficaz, el deseo desaparece de la conciencia; si es aún más eficaz, el movimiento mismo de su desaparición es olvidado. Pero sólo desaparece de la conciencia; el deseo reprimido subsiste, inconsciente, e intenta resurgir. La represión sigue oponiéndose a su emergencia pero, a pesar de todo, va a resurgir, eso sí, disfrazada: son los síntomas neuróticos, en concreto, los síntomas de la histeria, que entonces es para Freud el modelo de cualquier neurosis.
La solución consiste en incitar al paciente para que se encuentre a la vez el deseo condenable y la sentencia que lo condenó. Pero algo así no puede hacerse sin desatar una tormenta afectiva. Pero esta tormenta es terapéutica porque es catártica. Freud retoma con el término catarsis, una idea muy antigua: Aristóteles afirmaba que la tragedia es beneficiosa porque, cuando suscita en el espectador una emoción violenta, éste puede expulsar también todo lo que dicha emoción comportaba de perjudicial: la catarsis es una purgación.
Freud con su autoanálisis, va a convencerse que estos procesos también se dan en él y hace extensiva esta teoría a todo el mundo, no solo a las histéricas. Progresivamente va a admitir que la represión es algo muy distinto a una sentencia explícita de condena: es una operación inconsciente, que puede actuar sobre la raíz misma del deseo, antes de que éste acceda a la conciencia.
Freud llega entonces, alrededor de 1900, a lo que se ha dado en llamar la primera tópica. Distingue, entonces en el aparato psíquico tres regiones, el inconsciente, el lugar de lo reprimido; la conciencia, el lugar de lo consciente el pre-consciente, por donde transita lo que intenta pasar del inconsciente al consciente
El modelo es tan bueno que sigue siendo clave en el psicoanálisis contemporáneo. Sin embargo, hacia 1920, Freud crea su segunda tópica que se superpone a la primera sin suprimirla. Distingue entonces tres regiones, el ello, el yo y el superyó.
El ello es el depósito de pulsiones, la fuente de los deseos surgidos del cuerpo, de las pasiones, etc., pero también el lugar de lo reprimido; es pues, por definición, inconsciente. El superyó es la instancia moral, la que ordena y prohíbe: no por eso es enteramente consciente, puesto que muchas de sus imposiciones son tanto más eficaces cuanto que pasan desapercibidas. El yo es, por una parte, el yo consciente, el que todo el mundo conoce; pero es mucho más que eso: es el seno del aparato psíquico, es un aparato encargado de coordinarlo todo.

¿Por qué darle tanta importancia a los sueños?

Porque, como escribió Freud en su día, su análisis es un camino real de acceso al inconsciente. El sueño es la expresión más o menos disfrazada de un deseo reprimido, que así encuentra un modo de realizarse.


El sueño constituye la manifestación de un poder oculto: el inconsciente. Ya que expresa unos deseos inconfesables, puede ser premonitorio en la medida en que esos mismos deseos van a orientar más adelante las conductas del soñante, y que esas conductas abren la espita de la satisfacción, o la combaten.
El trabajo del sueño es el que permite al brote de lo reprimido vestirse con unas imágenes para superar fraudulentamente la barrera de la censura. En una primera fase utiliza tres operaciones: el desplazamiento, la condensación y la puesta en imágenes. En el desplazamiento el deseo se aferra, no a la imagen demasiado directa sino a una de sus primas hermanas más presentables. La condensación hace referencia a que varios deseos se aferran a una misma imagen, o un mismo deseo aglutina a varias imágenes que aparecerán juntas en el sueño. La puesta en imágenes es lo que el soñante verá en el sueño así amañado.
El análisis del sueño se realiza como una reconstrucción: desenmascarar, si existe, la fachada del sueño. Luego, poner en evidencia las condensaciones y los desplazamientos, buscar lo que ha presidido la elección de las imágenes: en definitiva, dar con el deseo. A eso se le llama restituir el sentido latente del sueño más allá de su expresión evidente.
La forma de lograrlo es dejando salir todas las asociaciones de ideas que pueden surgir espontáneamente cuando se reexaminan las imágenes. Las asociaciones que van a permitir el desciframiento no son las del analista, sino las del propio soñante.

¿Qué es un fantasma?

Es una producción imaginaria siempre cargada de afecto, agradable cuando nos la autorizamos en un momento de descanso, angustiosa si se impone a partir del tema de un suceso temido.


El psicoanálisis reconoce el sentido del término fantasma, pero añade que se trata de fantasmas conscientes, la parte que sobresale de un iceberg formado por fantasmas inconscientes que, en cierta forma, sería el generador permanente, la fuente inagotable. La hipótesis de los fantasmas inconscientes es necesaria para comprender la naturaleza y el papel en la vida psíquica de los fantasmas conscientes.
La primera formulación de la hipótesis de los fantasmas inconscientes la hizo Freud en 1895 cuando creyó haber descubierto que la causa de cualquier histeria era que la paciente en su infancia había sido víctima de un traumatismo sexual y, en los casos más graves, de un incesto cometido con el padre. Esto desconcierta a Freud ya que no era creíble que hubiera tantos padres incestuosos. Después reformula su teoría: en la mayoría de los casos, al menos por lo que atañe a sus enfermas, son sucesos imaginarios. La enferma está convencida de su realidad, y en cierto sentido son muy reales, puesto que cree que sucedieron, por lo que su carga traumática es evidente.
Se trata de personas que “fabrican” estos acontecimientos porque están habitadas por conflictos psíquicos que así encuentran su expresión. Sólo que la carga de deseo y de angustia de estos conflictos es tal, que los fantasmas así creados son objeto de un intenso trabajo de represión: y así surgen los fantasmas inconscientes, que el sujeto puede negar con toda su buena fe si se le describen, pero que no por eso dejan de existir y de producir fantasmas conscientes, síntomas neuróticos, sueños, lapsus, actos fallidos,… Desde ese momento, el tratamiento analítico va a intentar sacar a la luz los mecanismos de estas producciones para así remontarse hasta los fantasmas inconscientes que, una vez descubiertos, van a dejar de ser patógenos.
A pesar de la gran diversidad de escenarios individuales, generalmente encontramos los mismos ingredientes básicos porque son universales: el deseo sexual, el placer, la agresividad, la angustia, la muerte, etc. Pero también porque su formación está presidida por algunos “patrones” dados de antemano y que son idénticos para todo el mundo: son los que Freud llamó fantasmas originarios: el fantasma de seducción, el fantasma de la escena primitiva y el fantasma de castración.
Para comprender de qué se trata, hay que considerar primero la relación del bebé con su madre. De la madre viene el placer en todas sus formas y es la ausencia de la madre la que genera desamparo y angustia. En determinados momentos el bebé desea ardientemente la presencia y el amor de la madre: esto funda el fantasma de la seducción. Llegará el momento en que se sentirá compitiendo con el padre pues la madre escoge estar con él excluyendo al niño en busca de “¿qué placeres o de qué violencias?”. Así se crea el fantasma de la escena primitiva. Al bebé le gustaría mucho que la madre lo prefiera a él, pero teme la ira del padre: es el fantasma de la castración.
Hay dos casos en los que la traducción del fantasma inconsciente en imágenes conscientes es particularmente clara porque es muy directa: son los casos del sueño y de la alucinación.
Cualquier sueño, como lo demuestra su análisis, está producido sobre la base y bajo el empuje de los fantasmas inconscientes. Mientras sueña, el soñante cree totalmente en el sueño. Así el sueño mismo es una alucinación, pero una alucinación provisional y revocable puesto que, una vez despiertos, el relato del sueño permite criticarla.

¿Qué es la pulsión?

La pulsión es algo que produce un empuje. Esto supone una energía que incita a un desplazamiento, y un desplazamiento en una determinada dirección; una energía que Freud denominó libido.


Las tópicas (inconsciente, preconsciente, consciente; ello, yo y superyó) describen, de alguna manera la anatomía del aparato psíquico que, para funcionar, necesita una fuente de energía, que es la libido, encarnada en la pulsión.
El hombre es, ante todo, un animal. Por el hecho de su funcionamiento biológico, el cuerpo desarrolla unas tensiones: el hambre, la necesidad sexual, etc. La máquina se pone en funcionamiento para calmar estas tensiones, para satisfacer la necesidad; se mueve bajo el efecto de la pulsión.
Así pues, las dos primeras características de la pulsión son su fuente, el cuerpo que crea una tensión, un estado de necesidad y su objetivo, la satisfacción de esta tensión, la descarga de la energía acumulada. Pero ¿cómo? Aquí interviene el tercer elemento de la definición de pulsión, su objeto.
El término objeto designa a personas, (objeto externo), o a lo que, en el propio psiquismo, representa a unas personas (objeto interno) que son las representaciones, conscientes o inconscientes, de personas particularmente significativas, en primer lugar los padres.
El objeto de la pulsión es contingente y vicariante, lo que quiere decir que un mismo movimiento pulsional puede satisfacerse con objetos diferentes según las personas, y, para una misma persona, según el momento.
Al principio Freud diferenció dos tipos de pulsiones, llamadas de autoconservación y sexuales. Retomaba así algo que apenas si tiene discusión, a saber, que los dos objetivos fundamentales del hombre, como de cualquier ser vivo, son, por una parte, preservar su propia vida, y por la otra, perpetuarse, dejar descendencia. Las pulsiones de autoconservación sirven para el primer objetivo: las pulsiones sexuales, para el segundo.
¿Dónde se sitúa la tensión? En el caso del bebé, en la boca que refleja la tensión y el placer de la succión. De modo que Freud la designa como la primera zona erógena, entendiendo por erógena que es el foco de la tensión y el lugar del placer. La segunda zona erógena es el ano. La tercera es la región genital, también fuente de tensión y de placer desde la más tierna infancia, pero de forma más evidente hacia los cuatro o cinco años. Lo anterior equivale a describir tres fases del desarrollo pulsional en el niño, centradas en zonas corporales diferentes, que de hecho se trata de modos de organización psíquica.
En lo esencial, ésta es la teoría de las pulsiones que Freud completa en 1915. Sin embargo Freud se quedó preocupado por una evidencia que no encajaba con la teoría tensión-alivio. Se trata de las conductas que buscan el crecimiento de tensión y conductas repetitivas que crean estados penosos o dolorosos.
En 1920 Freud formula una segunda teoría de las pulsiones, oponiendo dos pulsiones fundamentales, de vida y de muerte, nombradas también como Eros y Tánatos. Esta formulación, que retoma ideas filosóficas muy antiguas, concibe a Eros como una fuerza que ata, reúne y unifica, y a Tánatos como una fuerza que fragmenta, desune y disuelve. El curso de cualquier vida está regido por su alianza y por su lucha; al final, Tánatos es el vencedor, pero el combate es hermoso.
¿Y la agresividad? Este concepto produjo muchos quebraderos de cabeza a Freud, que nunca le dio a este problema una respuesta clara ni satisfactoria y osciló entre convertirla en un aspecto secundario de las pulsiones sexuales y de autoconservación, y darle una categoría independiente, o considerar que Tánatos es también pulsión de agresión. Pero, indudablemente, el problema de la agresividad sigue siendo un problema difícil para la teoría psicoanalítica.

¿Qué son las defensas?

Las defensas son lo mejor que tenemos y lo peor. Lo mejor porque son indispensables para la vida psíquica, exactamente igual que las defensas biológicas, con las que están emparentadas. Pero las defensas son lo peor cuando, al volverse los conflictos particularmente intensos, se endurecen, se tornan rígidas y absorben lo esencial de la energía.



¿Qué es un complejo?

Según el psicoanálisis un complejo es un conjunto de procesos psíquicos organizados para servir a determinados objetivos, pero de forma inconsciente.


La introducción de este término no se la debemos a Freud: ya existían en el lenguaje psiquiátrico de su época. La novedad en el planteamiento de Freud radica en considerar que este conjunto inconsciente de representaciones y afectos propios del sujeto se ha organizado en torno a una experiencia traumática de la infancia, siempre de naturaleza sexual, según él; un conjunto que, por su permanencia, terminará orientando de forma perjudicial todo el trabajo psíquico, y más allá también las relaciones interpersonales.
Freud utilizará el término dándole un contenido nocional más preciso. Se trata, especialmente de lo que denomina el “complejo paternal”, considerado como el “complejo nuclear de las neurosis” y que denominará, a partir de 1910, complejo de Edipo. La figura de referencia es el deseo del niño por su madre, y el considerar al padre como a un rival, lo que implica el temor al castigo y la instauración de un complejo de castración. Freud circunscribirá la utilización del término complejo a estos dos casos que, por cierto, están estrechamente relacionados.
Para el psicoanalista, la noción de complejo está próxima a la de estructura o a la de sistema: es una organización del funcionamiento psíquico que regla la percepción de las personas y los intercambios interpersonales, una organización instalada a lo largo de todo el desarrollo psíquico. De ahí que las relaciones del sujeto con sus padres, las relaciones reales y las fantasmáticas, juegan un papel esencial en la producción y el funcionamiento de un complejo.
Tanto el complejo de Edipo como el de castración, son unas organizaciones psíquicas de alcance muy general: en buena teoría psicoanalítica, se consideran indispensables para la estructura misma del funcionamiento psíquico, es decir, presentes en todo ser humano sea cual sea su cultura y su historia personal. Este postulado ha provocado muchas controversias: se ha defendido que esa pretendida universalidad era una ingenuidad etnocéntrica.
Sin embargo, para el psicoanalista, aunque la noción de complejo sigue siendo fundamental puesto que define un modelo de funcionamiento psíquico, un modelo útil para comprender unas formas de funcionamiento individual, el paso de lo general a lo particular es delicado. Lo que resulta útil, es comprender mejor cómo, en el caso de una persona determinada, esta estructura general ha adoptado tal o cual modalidad específica en función de su historia, una historia que no se parece a ninguna otra.

¿Qué es el Complejo de Edipo?

Todo niño tiene un cuerpo. Este cuerpo tiene necesidades y siente placer cuando estas necesidades son satisfechas. Para la primera necesidad, y la más fundamental, el niño se vuelve hacia la madre pues es de ella de su propio cuerpo, que surge la leche. Al dirigir la necesidad hacia su madre, el bebé la convierte en el objeto de su deseo, y es en esta relación con su madre donde él siente placer. Esta relación primordial va a constituir la base de todo el desarrollo posterior.


Por su parte, el padre ve con muy malos ojos que su hijo pretenda acaparar a su madre hasta en el lecho conyugal, lecho del que él será expulsado. El padre apenas sí tiene que expresarlo de entrada, el niño percibe muy bien que lo que desea está, más allá de un determinado límite, prohibido. De modo que es el conflicto del deseo y de lo prohibido lo que entonces se revela como fundamental. De acuerdo con el esquema típico, pasa por una fase aguda, marcada por la exasperación de ese deseo, pero también por el temor al castigo. ¿Pero qué castigo sería el más adecuado? Suprimir el lugar mismo del deseo: es la angustia de castración.
¿Merece tal falta un castigo tan terrible? El niño teme que sí porque ha llegado a desear que su padre desaparezca y deje libre su lugar, o incluso que sería mejor si estuviese muerto.
Siguiendo con el esquema típico, el conflicto se aplaca después; todo sucede como si el niño renunciase bajo la presión misma de esa angustia; se dice que entra en la fase de latencia. Pero todo vuelve a empezar en la pubertad, pues en ese momento, con la madurez sexual, por supuesto que el deseo se vuelve acuciante. Si todo va bien, el muchacho logrará el cambio de objeto. En cuanto al padre, se habrá convertido, siguiendo el curso de esta evolución, en un modelo.
Así es, expresado de la forma más sencilla, el esquema típico. Pero, de hecho, es sólo la mitad. Pues el mismo niño, tal como lo demuestra la experiencia, en determinados momentos orienta sus deseos hacia su padre, y entonces es la madre la que aparece como el obstáculo que se ha de eliminar. En este Edipo a la inversa, encontramos el mismo conflicto del deseo y de lo prohibido. Lo que sucede es, según el esquema ideal, que una vertiente predomina sobre la otra: en el caso del niño, es el Edipo positivo. Pero este equilibrio varía mucho de acuerdo con los momentos y con los niños, en función de la bisexualidad inherente a todo ser humano; en todo caso, este equilibrio será determinante en las elecciones de objeto posteriores y en particular en la opción heterosexualidad u homosexualidad.
Por último, si dos se acercan excluyendo a un tercero, en este triángulo se da un ejemplo típico: es cuando papá y mamá expulsan al niño para quedarse juntos; el niño puede mostrarse muy celoso cuando le dejan muy claro que está excluido; el niño sospecha que van a disfrutar de algo a lo que él no tiene derecho, pero también puede temer que se trate de algún tipo de violencia que el padre ejerce sobre la madre; estos fantasmas de escena primitiva pueden tener una gran intensidad y, también ellos, provocar efectos duraderos.
¿Y la hija a todo esto? Freud siempre se sintió turbado por esta cuestión, incluso un día afirmó que, para él, las mujeres son un continente negro. Lo cierto es que primero declaró que, en el fondo, es lo mismo pero a la inversa: el Edipo invertido hacia la madre. Pero no dejó pasar mucho tiempo antes de admitir que tal vez no fuese tan simple. Primero porque la niña debe cambiar dos veces de objeto: dirigir su deseo, no hacia su madre (como el niño), sino hacia su padre, y luego ya no hacia su padre, sino hacia otro hombre. Pero sobre todo ¿cómo hablar de angustia de castración, de pérdida del pene en el caso de alguien que no tiene?. Pues bien, precisamente de eso se trata, respondió Freud: La particularidad de la niña consiste en que, en su caso, la angustia es, de alguna manera, original, nacida desde el momento en que, por comparaciones anatómicas, se da cuenta de que ella no tiene algo que el niño sí tiene, y qué se considera valioso. Freud afirma que entonces, ella le echa la culpa a su madre por hacerla incompleta; la niña espera que “eso va a crecer”, luego, al constatar que no sucede, se pregunta por qué ha sido castigada (es su angustia de castración); finalmente, dado que sigue deseando tener un pene, le pide a su padre que la complete mediante un hijo.
De cualquier forma, todo esto implica un postulado fundamental, el de la prohibición del incesto, prohibición que según el etnólogo Claude Lévi-Stráuss, es observable en todas las civilizaciones.
Lo que hace que el Edipo sea universal, es el conflicto del deseo y de lo prohibido, la aceptación de la doble diferencia de los sexos y de las generaciones y, sobre todo, el momento capital en que se pasa de ser dos a ser tres: de la relación dual con la madre a una relación a la que se suma un tercero que representa y confirma esta prohibición.

¿Qué es el complejo de castración?

El complejo de castración está estrechamente ligado al complejo de Edipo. El niño pequeño teme, en represalia por sus deseos incestuosos hacia su madre, la amputación del órgano mismo que se turba bajo los efectos de esos deseos; un castigo que vendría del padre, incluso si, como decía Freud, por lo general es la madre la que formula esta amenaza.


La angustia de castración retoma y releva a unas angustias anteriores, las reorganiza, y tal vez rige así cualquier estado posterior de angustia. Veamos las etapas de esta historia de angustia:
Podemos aceptar, tal como lo hizo el mismo Freud, una idea introducida por Otto Rank, según la cual el traumatismo del nacimiento es el prototipo de todo estado de angustia. Pues las contracciones de la expulsión, la sensación de constricción violenta al franquear el cuello del útero, el pasaje del medio acuático intrauterino a un medio aéreo en el que la respiración debe activarse urgentemente o de lo contrario morirá, todo esto constituye para el feto, que en ese instante se convierte en un bebé, en una auténtica tormenta sensorial y emocional, que tiene todas las probabilidades de dejarle secuelas.
Más adelante, cuando empiecen a diferenciarse el sujeto y el objeto, nace otra angustia, la angustia de la pérdida del objeto. Es la angustia vinculada a una amenaza de desdiferenciación, en la que “yo” desaparecía porque “ella” desaparecerá. Esto puede sorprender, pero es precisamente lo que interviene durante determinadas crisis de llanto incoercibles del bebé.
Si todo va bien, la diferenciación sujeto-objeto se instala, el objeto es estable y no está amenazado de desaparición. Sólo que, no por ello, su amor está asegurado; así se inicia una tercera angustia, la de pérdida de amor del objeto.
El niño entra en la fase anal. Entonces demuestra un gran interés por lo que sale de su cuerpo. Pero también puede ocurrir que viva con inquietud lo que le parece como una pérdida de su propia sustancia, de una parte de su cuerpo. Algunos estreñimientos pertinaces del niño se deben al miedo de separarse de algo que forma parte de ellos mismos.
Finalmente, una quinta angustia se perfila tras todo lo anterior: la angustia de muerte. Angustia de muerte de los seres queridos, de la madre y del padre en primer lugar, angustia que irá creciendo en el transcurso de la vida ya que, en general, los padres mueren antes que los hijos; angustia de su propia muerte, ya que, tarde o temprano, tendrá que ocurrir.
Así, en esta dilatada historia, siempre se trata de angustias de pérdida. La angustia de castración en el sentido limitado cuando surge, viene así a significar y a reorganizar estas etapas sucesivas; de forma que hablar de angustia de castración en el sentido más amplio es, de hecho, evocar toda esta historia.




Compartir con tus amigos:
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   56


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad