Curso de Especialista en Psicoterapia


¿Por qué y cómo Psicoanalizarse? – Roger Perron



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¿Por qué y cómo Psicoanalizarse? – Roger Perron


“¿Por qué y como Psicoanalizarse?” – APM Biblioteca Nueva

¿Qué es el Psicoanálisis?

Psicoanálisis es el nombre:




  1. De un procedimiento de investigación de los procesos psíquicos que, de otra manera, apenas son accesibles.

Por procesos psíquicos se entiende todo lo que puede ocurrir en el seno del psiquismo: sensaciones, imágenes, recuerdos, representaciones, emociones, razonamientos lógicos, etc.


La idea fundamental de Freud es que existen procesos psíquicos inconscientes por naturaleza, dado que hay unos mecanismos muy activos, que impiden tomar conciencia de los mismos.


  1. De un método para el tratamiento de los trastornos neuróticos que se basa en esta investigación.

El término neurosis se utiliza para designar los trastornos del aparato psíquico. Es una herencia de la psiquiatría del siglo XIX, cuando se creía que estos trastornos (del carácter, del pensamiento, de la conducta) se debían a una inflamación de los nervios.


No se trata de buscar una curación, sino de favorecer una evolución hacia un mayor equilibrio interno y una mejor adaptación al entorno.


  1. De una serie de concepciones psicológicas adquiridas por este medio que, progresivamente, se fusionan en una nueva disciplina científica.

En otras palabras, una suma de conocimientos, pacientemente elaborada, que se esfuerza para hacer comprensibles unos fenómenos observables (los procesos psíquicos) velando lo mejor posible por su coherencia interna, y ello mediante una serie de procedimientos racionales.



¿Cuáles son las reglas del proceso psicoanalítico?

Principios generales que presiden las circunstancias en que un paciente solicita y recibe la ayuda de un psicoanalista con la intención de reducir los males que padece.


Hay dos reglas fundamentales, una para el paciente y otra para el analista.


  1. En el caso del paciente, se trata de la regla de la libre asociación. Generalmente se enuncia durante la primera sesión, más o menos con estas palabras “Diga todo lo que se le ocurra, aunque piense que no tiene importancia, que es absurdo, desagradable, aunque le cueste decirlo”. El paciente, en efecto, pronto se dará cuenta de que, muy a menudo, siente la tentación de sofocar lo que se le presenta pues podría ser desagradable para él mismo o para el analista. Pero si decide seguir el juego, pronto comprenderá que estas resistencias son la señal de que se trata de algo importante.




  1. La regla para el analista es la combinación de dos factores: atención flotante, en que el analista debe dejar su espíritu tan libre, vacante y receptivo como sea posible, y, no obstante, permanecer constantemente en tensión y neutralidad benevolente que reclama al analista una actitud en la que se abstiene de cualquier juicio de valor durante la sesión.

De estas dos reglas se deriva un determinado número de principios generales:




  • El psicoanalista nunca da consejos.




  • El secreto sobre todo lo que se dice y lo que ocurre en el transcurso del tratamiento debe ser rigurosamente preservado. Hay tres excepciones al principio del secreto:




    • Durante los intercambios informales entre analistas, cuando se pide una opinión o consejo.




    • En las supervisiones, cuando un analista en formación le expone un caso a un colega más experimentado.




    • En el marco de las publicaciones.

En todos los casos, el anonimato debe estar rigurosamente preservado, incluso entre colegas.




  • Es preferible que el paciente no esté informado sobre la vida personal del analista que, por tanto, se abstendrá rigurosamente de decir nada al respecto. En cambio, el paciente tiene el derecho, como es obvio, de conocer su situación profesional.




  • El analista se compromete al mantenimiento riguroso del marco. Con este término se designan las convenciones acordadas inicialmente mediante una especie de contrato aceptado por las dos partes y que abarca la frecuencia de las sesiones (al menos tres veces por semana en el caso de un tratamiento clásico, y una o dos en situaciones de cara a cara), duración de las sesiones (generalmente, cuarenta y cinco minutos), horario, honorarios, pago de las sesiones a las que se falta,…

Las sesiones son siempre de cuarenta y cinco minutos, pase lo que pase. Las interrupciones por vacaciones siempre son enunciadas como norma general durante la fijación del contrato inicial, y anunciadas con mucho adelanto.



¿Por qué en un diván?

El diván favorece la relajación del cuerpo y del espíritu, favorable al juego de la libre asociación. El analista está sentado detrás, fuera del campo visual del paciente porque así es como mejor se puede constituir esa superficie de proyección inherente a la terapia psicoanalista.


También puede realizarse el trabajo psicoanalítico cara a cara. Lo que importa a la hora de escoger una de estas dos situaciones, es el funcionamiento psíquico del paciente, las circunstancias de su vida y el momento en que presenta su demanda, pero también el del analista, y llegar a un acuerdo para el mejor plan de trabajo posible.

¿Por qué hay que pagar?

En primer lugar, por las mismas razones que cualquier persona cobra por su trabajo: porque el psicoanalista tiene que ganarse la vida. Calculemos los ingresos mensuales de cualquier profesional sabiendo que con diez o doce clientes (si alcanza este número), que vienen a verlo de una a tres o cuatro veces por semana, ya tiene mucho trabajo.


Sin embargo se puede objetar que si bien los ingresos del analista no son excesivos, la carga puede resultar muy pesada para el paciente. En este sentido, el contrato inicial debe prever una carga que el paciente pueda asumir, aunque eventualmente represente una parte notable de sus ingresos.
En la sociedad en que vivimos, el dinero es una prueba del valor que se le da a las cosas. Cada sesión, si tiene un coste que no es despreciable, adquiere, por eso mismo, valor y consistencia: entonces se vacila antes de perder el tiempo rellenándolo con naderías. Y aún se vacila más a la hora de faltar, sabiendo que tendrá que pagar la sesión.
El pago es lo que garantiza el carácter profesional de la situación.

¿Por qué dura tanto?

Porque la persona que acude a la consulta, que tiene una edad adulta y que a lo largo de su vida ha ido construyéndose para llegar a ese punto, no es imaginable que, para funcionar mejor, se reconstruya en unas pocas semanas. Tendrá que recorrer un largo camino para que se modifique en ella, en lo más íntimo de ella misma, lo que no está bien.



¿Cómo se desarrolla el tratamiento?

No hay dos tratamientos iguales, porque cada tratamiento es una aventura y el interés de la tarea reside, justamente, en dejar que el tratamiento se desarrolle como el paciente necesita que se desarrolle; el objetivo de todo tratamiento psicoanalítico es la libertad, y la libertad no puede definirse a priori.


Las primeras sesiones a menudo están marcadas por la emoción que siempre suscita el primer encuentro, y por una gran curiosidad matizada con algo de inquietud. Es una etapa a menudo muy rica por su espontaneidad, y en la que el analista puede identificar algunos de los temas esenciales que se tratarán.
A esta emoción del principio le sigue lo que llamamos “luna de miel analítica”, pues el paciente se maravilla ante la insospechada riqueza de su propio funcionamiento psíquico, y se siente agradecido con el analista que le facilita esta revelación, un analista fácilmente idealizado. Sin embargo, el analista no pierde la cabeza: sabe muy bien que todo esto es pasajero…
Llega el momento en que las cosas se ponen serias. Pues la función principal del tratamiento analítico es la de sacar a la luz todo lo que, hasta ese momento, se había vuelto y mantenido inconsciente por el juego de la represión y otras defensas (la negación, la renegación el aislamiento, etc.), pero también la de reactivar todo lo que, sin ser inconsciente, se mantenía apartado y tan inactivo e indoloro como fuese posible.
Cuando, en esta segunda fase del tratamiento, después de la luna de miel, todo esto resurge con fuerza, vive momentos difíciles a medida que van emergiendo los deseos insatisfechos y las prohibiciones que se oponen a ellos, las frustraciones, los duelos ignorados, los odios oscuros, las culpabilidades, los pensamientos inconfesables, etc. Las defensas se movilizan. Pueden producir, según los pacientes, efectos muy diferentes. Algunos sienten la tentación de abandonar, aunque sea utilizando algún pretexto. Otros reaccionan con un agravamiento de sus trastornos: es su forma de dejar bien sentado que todo aquello es inútil, e incluso perjudicial, y que, en consecuencia, es mejor dejarlo. Otros pacientes erigen sólidas defensas contra la aparición misma de todo lo que resulta demasiado doloroso: es la travesía del desierto, en la que se suceden las sesiones dedicadas a la enumeración de pequeños acontecimientos sin aparente importancia porque han sido despojados de todas sus resonancias, etc.
El analista no se sorprende. Pero, sin descanso, establece vínculos, sugiere posibles sentidos, ofrece interpretaciones: su único objetivo es mantener vivo el análisis. A todas éstas, por supuesto, sigue particularmente atento al desarrollo y a las modalidades de la transferencia.
Si todo va bien, un día salen del desierto y el análisis emprende su verdadero vuelo. Entonces se reelabora toda la dinámica psíquica, se reescribe la historia personal.
Llega el momento en que se puede vislumbrar el final del tratamiento. Esto se analiza, y puede ocurrir que lleve su tiempo; pues se trata de una separación tras un largo recorrido juntos, y de todo lo que esta separación puede implicar, como reavivar inquietudes, antiguas heridas, incluso duelos. El objetivo es que se realice amigablemente, con una fecha decidida en común, ni demasiado remota, pues sería tanto como privarla de cualquier realidad, ni demasiado cercana para que haya tiempo de hacerse a la idea.
Lo anterior es una especie de imagen genérica del desarrollo del tratamiento analítico, sin que ningún caso particular se ajuste realmente, lo mismo que una foto genética no es el retrato de ninguna persona real.

¿Quién interpreta, por qué, cómo?

La mejor respuesta es: el psicoanalista y el paciente; pero sin duda, el paciente es el primero en hacerlo.


La buena interpretación es una formulación mediante el lenguaje que permite la aparición, a plena luz de la consciencia, de lo que hasta ese momento pugnaba por acceder. El tratamiento psicoanalítico es una colaboración entre dos personas. Si la palabra es tan importante es porque, por muy vacilante que sea, permite que el paciente le exprese al analista lo que nunca pudo ser dicho, y porque el analista ayuda a encontrar las palabras para decirlo; más allá de las palabras, el lenguaje es el instrumento necesario para pensar lo que hasta ese momento no podía serlo.
La primera tarea del psicoanalista consiste en favorecer la emergencia de un material útil para el análisis. Ciertamente que se necesita mucha atención vigilante, y sin embargo, abierta a lo inesperado. Así se preparará el momento de la interpretación.
También hay un tipo de intervenciones, poco frecuentes, que intervienen más bien en la última fase del análisis, y que llamamos construcciones. El analista hace acopio de las interpretaciones trabajadas con anterioridad y aceptadas de común acuerdo, con un objetivo de síntesis y, también de cierre.

¿Puede curar el Psicoanálisis?

Si una persona está mal, en general es porque desde su infancia se construyó en ella un aparato psíquico que funciona de manera tensional, conflictiva, dolorosa, desadaptante; la persona está mal, es verdad, pero no por ello se puede decir que esté enferma. El tratamiento psicoanalítico va a consagrarse a modificar ese funcionamiento perjudicial.


El psicoanalista no cura, ayuda a vivir. Freud, desde el principio de su carrera, cuando los pacientes les preguntaban “Doctor, ¿va a curarme?” les respondía “En caso de que tengamos éxito, le parecerá muy provechoso haber transformado su miseria histérica en desdicha corriente”.

¿Hay que temerle al Psicoanálisis?

En general, mucho antes de ir a ver a un psicoanalista, el paciente teme este encuentro tanto como lo desea.


La postura del cónyuge, si lo hay, es importante. Lo realmente esencial puede consistir en que, poco a poco, una parte importante de la vida de uno de ellos va, por definición, a escapar al otro: hace falta, por ambas partes, mucha confianza y tolerancia.
En general el futuro paciente se va a encontrar con la oposición de la mayoría de los miembros de la familia y amigos. Pero esta algarabía también tiene sus ventajas: si después de muchas dudas el interesado se decide a dar el paso y consultar a un psicoanalista, tendrá la sensación de que se trata de un paso realmente personal, más allá de todos esas opiniones negativas o contradictorias.
En cuanto a los temores del psicoanalista, éste sabe que asume un riesgo: ha podido evaluar erróneamente la demanda y el funcionamiento psíquico del paciente, o sobrestimar sus fuerzas ante dificultades inesperadas. En efecto, es muy probable que haya pasajes difíciles durante el análisis: si ha aceptado emprender este camino, es porque confiaba en su capacidad de superarlos.

¿Qué es la transferencia?

Se trata del desplazamiento sobre una persona de pensamientos, sentimientos, modalidades racionales, etc., que anteriormente estaban dirigidas sobre otra persona. Entonces todo sucede como si una especie de esquema mental y de conductas, establecido con relación a una persona, volviese a actuar con otras en el transcurso posterior de la vida.


La noción de transferencia se refiere, en primer lugar, a todo un conjunto de procesos psíquicos que constituyen una especie de “montaje” interno que sigue funcionando con variantes, a propósito de nuevas personas, y esto, por definición, de forma, esencialmente inconsciente.
Todo sucede, pues, como si en presencia de alguien, el interesado percibe y siente a esta persona, y en consecuencia se conduce con ella, de acuerdo con un esquema preestablecido en el que una especie de figura fundamental desempeñará el papel principal, en general, sin él darse cuenta.
El psicoanálisis utiliza la transferencia en el caso de una modalidad relacional muy particular, la del paciente con su analista. Se tratará siempre del desplazamiento en la persona del analista de pensamientos, sentimientos, conductas, cuyo esquema ha sido instalado anteriormente con referencia a otros “personajes significativos” de la historia personal del paciente: fundamentalmente su madre y su padre, pero también, eventualmente, un hermano o una hermana, y otra persona importante (con frecuencia un abuelo o una abuela, a veces un amigo muy cercano, un amor de juventud, etc.).
En el curso del tratamiento, nace la transferencia, se desarrolla y adopta modalidades a las que el analista siempre está atento y vela para que no resulten trastocadas.
En el transcurso del tratamiento, si todo va bien, la transferencia va a pasar por sucesivas etapas: primero positiva, luego muy positiva con respecto a un analista fácilmente idealizado durante la “luna de miel de la primera etapa”; a menudo, pero no siempre, negativa después, cuando emerge una hostilidad hacia los padres que hasta entonces permanecía agazapada. Luego viene, siempre en el orden más probable, un período más tranquilo dónde todo se relativiza. Llega el momento de la separación, que es de los más delicados, pero en el que también hay que analizar la transferencia (abandonar a su analista igual que se abandonó a sus padres, incluso aceptar su muerte como ha aceptado, o se prepara a hacerlo, la de ellos). El analista permanecerá como una relación muy importante de la vida personal, pero una vida que ahora se dirige hacia otros puntos y escoge nuevos objetos.
Por supuesto que en todos estos avatares, el analista no es neutral. Está directamente implicado en todo lo que se le dirige, pues estas modalidades y etapas de la transferencia le solicitan constantemente sus propios esquemas transferenciales, es decir, todo lo que le viene de su vida pasada, en particular de su infancia, más todo lo que ha analizado de sí mismo durante su propio análisis. Por eso vigila, tan rigurosamente como le es posible, sus propios movimientos contratransferenciales; no para suprimirlos, lo que a veces resulta imposible, sino para velar cuidadosamente de forma que no intervengan en perjuicio del tratamiento.

¿Qué es un traumatismo psíquico?

El término traumatismo fue adoptado por la psiquiatría a finales del siglo XIX, para describir sucesos violentos que afectan al psiquismo (agresiones, accidentes de ferrocarril, hechos de guerra, etc.).


Freud toma el término de la psiquiatría y propone una teoría revolucionaria: toda neurosis es consecuencia de un traumatismo psíquico, es decir, de un suceso que, generalmente sin dañar el cuerpo, ha suscitado una emoción violenta contra la que el sujeto no ha podido luchar.
Añade dos condiciones que más adelante seguirán siendo fundamentales para el psicoanálisis:


  1. El suceso ocurrió durante la infancia.

  2. Este suceso de la infancia era de naturaleza sexual.

Hay un traumatismo psíquico cuando un suceso imprevisto y brutal provoca en el sujeto una tormenta emocional que es incapaz de contener y que le da la sensación de una catástrofe inminente. Ello es percibido con angustia, una angustia que volverá después con motivo de sucesos parecidos, o de sucesos que evocan el suceso primitivo.


A veces la angustia vuelve como angustia pura, de forma que ella misma resulta brutal e imprevista, sin que ninguna circunstancia particular parezca suscitarla. Estas crisis de angustia son especialmente dolorosas, puesto que no hay nada que le permita al sujeto prepararse y detener la explosión.
No hay que confundir esta dinámica de los estados de angustia de origen traumático con lo que implica la noción de estrés. El estrés, que implica la movilización para luchar, es exactamente lo contrario del traumatismo psíquico, que sobreviene cuando el sujeto no dispone de recursos para luchar.
Realmente sólo hay traumatismo cuando el psiquismo siente la amenaza de verse desbordado, invadido por representaciones, afectos, fantasmas que no podrá metabolizar. Entonces el sujeto se ve invadido por un sentimiento de mucho peligro capaz de romper su propia unidad psíquica y dejarlo totalmente desarmado frente al peligro exterior y frente a lo que amenaza con surgir de sí mismo. Semejantes estados de pánico, de terror, de desorganización, son muy diferentes del miedo corriente que, por su parte, es capaz de identificar claramente el origen del peligro y poner los medios para evitarlo.
De esta forma comprendemos mejor el carácter variable de los efectos de un mismo suceso sobre personas diferentes: si estos efectos son más o menos traumáticos según los sujetos que son sus testigos y sus víctimas, es porque, de hecho, para ellos no se trata del mismo suceso, puesto que sus repercusiones psíquicas pueden diferir mucho de una persona a otra.

¿Es posible aferrarse a la aflicción?

El psicoanalista sabe que el sentimiento de culpa está en la raíz de muchos de los dramas íntimos que escucha. En los casos extremos, el desdichado que lo padece pasa su vida expiando, mediante conductas de reparación que cada vez implican más sacrificios, sus “crímenes” que en la mayoría de los casos, se remontan a la infancia o a la adolescencia. Puede tratarse de un acto, de un suceso, del que guarda un recuerdo lancinante. A veces, la persecución viene de un pensamiento imperdonable, como haber deseado un día, en un momento de rabia, la muerte de su madre (y cuando en efecto la madre muere, al drama de cualquier muerte se suma el sentimiento irracional, pero terrorífico de haberla provocado).


El trabajo del análisis será sacar a la luz la historia de esa mecánica infernal. Se necesitará tiempo y paciencia, y al paciente, mucho valor. Pues vamos a presenciar, a lo largo de todo este recorrido, un combate obstinado entre el deseo de cambio y el rechazo al cambio. Este combate se da en cualquier tratamiento psicoanalítico, incluso cuando no está centrado en culpabilidades conscientes e inconscientes.
A veces hay un verdadero temor a ser “desnaturalizado” por el análisis, a convertirse en un desconocido para sí mismo, el temor de ser transformado en alguien que condenaría, o incluso olvidaría, lo que fue. El analista sabe que debe respetar ese miedo y ayudar a superarlo. Cualquier análisis es una aventura, desde luego que sí, pero es una aventura para encontrarse a sí mismo, no para perderse.




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