Curso de Especialista en Psicoterapia


La Conratransferencia: conceptos y usos



Descargar 2.92 Mb.
Página56/56
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño2.92 Mb.
1   ...   48   49   50   51   52   53   54   55   56

La Conratransferencia: conceptos y usos


Ariel Liberman

Presentación

Este práctico girará, en un primer momento, en torno a la evolución del concepto de contratransferencia y de los aportes fundamentales al mismo. En un segundo momento veremos su utilidad clínica a través de algunas situaciones de tratamiento.



¿Qués es contratansferencia?





  • Transferencia del propio terapeuta. Algo que pone el terapeuta que no corresponde al paciente y está, por lo tanto, contaminando la terapia. Concepción unipersonal de la contratransferencia. ¿Cómo entendemos que el terapeuta experimenta lo que experimenta? Primera pregunta de Mitchell.




  • El paciente induce un role o un estado emocional. Algo que la situación psicoanalítica evoca en el terapeuta. Concepción bipersonal de la contratransferencia.

La contratransferencia intenta dar cuenta de la experiencia del terapeuta. Desde el punto de vista descriptivo, es algo que le pasa al terapeuta. En el primer caso, lo lleva al análisis, en el segundo, la maneja en la terapia.


El contenido de la contratransferencia es lo que siente el terapeuta, los pensamientos, las fantasías, los recuerdos,…
El recorrido conceptual de la contratransferencia va desde una concepción más unipersonal a una más bipersonal.
La toma de conciencia de la contratransferencia es siempre “pos-factum”. El paciente advierte que hay algo raro que no solía ocurrir. Advierte que ha habido una ruptura de pautas o ruptura de neutralidad.
El terapeuta tiene un importante ejercicio que hacer y es mirar hacia adentro: la segunda mirada o el supervisor interno. Uno cuando se supervisa internamente, supervisa la situación global del proceso: la interacción y los juegos que se están dando entre paciente y terapeuta.
Mitchell dice “En general tendemos a hablar de la contratransferencia como la tormenta contratransferencial. Pero la transferencia es como el tiempo: siempre hay”. Se ha tendido a pensar en que hay momentos álgidos de contratransferencia. Lo que no es cierto es que después de la tormenta no haya nada.
Con los pacientes, tocamos el instrumento. Entre paciente y paciente, vemos las escalas, ensayamos.
Para Melanie Klein la identificación proyectiva es una forma de percibir al terapeuta “Yo te percibo como mi propio padre”.
Para Melanie Klein, si yo te percibo como mi padre, es porque mi mundo interno está afectando mi modo de percibirte. Esto es la identificación proyectiva. Mi parte adulta sabe que no eres mi padre pero mi parte infantil te percibe como mi padre. Por tanto, reacciono como si fueras mi padre. El paciente proyecta en el terapeuta la imago paterna Padre que también afecta la experiencia emocional del terapeuta que va a sentir cosas a través de las cuales se puede dar cuenta del tipo de transferencia que se está jugando: Yo puedo tener ganas de actuar de forma paternalista con el paciente y a partir de ahí deducir qué ocurre en el mundo interno del paciente para que yo sienta lo que siento. El paciente induce al analista estados emocionales que tienen que ver con el mundo interno del paciente. Tiene que ver con la segunda descripción de contratransferencia.
El ideal del Psicoanálisis clásico es el del analista genérico que opina no desde los aspectos idiosincrásicos. Bajo esta perspectiva un buen analista lo es con cualquier paciente.
El psicoanálisis clásico introdujo el concepto de contratransferencia en 1910. Freud dijo “Nos pasan cosas” y lo define como “Son restos neuróticos no analizados del terapeuta que se activa en la situación analítica”. La contratransferencia es para él básicamente y solo un obstáculo que hay que controlar y resolver. En un problema del terapeuta que tiene que ver con él y que tiene que resolver el terapeuta en su diván.
A Freud no le gustó mucho introducir la contratranferencia. Tanto ésta como la sugestión, en un momento en el que estaba tratando de integrar el Psicoanálisis en la ciencia, que venga alguien y diga que hay cosas que no podemos controlar, ponen en riesgo el carácter científico de sus teorías.
La exigencia de la autorreflexión es la actitud fundamental del terapeuta.
Experiencia emocional correctiva (Alexander). Nace el concepto en el seno del psicoanálisis clásico en 1953 como reacción a las terorías de Alexander y otros. Lo que intenta Alexander para acortar los procesos terapéuticos es si sabemos dónde están los conflictos del paciente. El terapeuta puede comportarse en contraposición a esas figuras para intentar crear ciertas experiencias emocionales que corrijan las experiencias emocionales que le han llevado a la situación actual.
Lo que propone Alexander es “No solo el insight produce cambio, sino que la relación terapeuta-paciente, cuando es nueva, también produce cambio”. Mitchell dice estar de acuerdo con Alexander en que la experiencia emocional es un factor de cambio, pero no comparte con Alexander la estrategia técnica de implementar roles con el paciente porque resulta tan artificial como la neutralidad.
Mitchell dice que es a través de la transferencia dónde ha de producirse ese cambio. Hace falta que el paciente transfiera al terapeuta la figura del padre para que el terapeuta se comporte de forma diferente a cómo lo hacía el padre para que de lugar a un cambio que tena impacto en la evolución de la dinámica interna del paciente. En esta situación hay experiencia emocional por ambos lados y no una situación artificial al ocupar el terapeuta un role que ha decidido técnicamente.
Hay que considerar la discontinuidad entre lo que yo creo que estoy haciendo y cómo el otro me puede escuchar.
Los clásicos ponen distanciamiento emocional al tratar de separarse ellos como terapeuta de ellos como persona.
Empatizar con el paciente es empatizar también con las defensas del paciente. Hay que dejar un espacio para que el paciente utilice sus defensas. Después habrá que ayudarle a que vaya bajando esas defensas, pero siempre con mucho respeto para el paciente.
Si una persona construye defensas que hoy son disfuncionales es porque en su momento fueron funcionales pero que hoy ya no le sirven tanto. O ciertos modos de construir los vínculos que en algunos momentos fueron funcionales y ahora no lo son.
El terapeuta lo que intenta es indagar y tener en cuenta la situación pero no forzarla.
La teoría de la resistencia se ha utilizado a veces para justificar fracasos en las terapias. Los kleinianos decían que si el tratamiento no funciona es porque el paciente es muy resistente. Muchas veces es la forma que tiene el terapeuta de racionalizar y tapar su herida narcisista.
Lo mejor que nos puede pasar con un fracaso terapéutico es que nos ayude a penar cosas. Ni la posición paranoide (ponerle todo al otro), ni la melancolía (echárselo todo a uno).
En situaciones donde el sujeto mantiene posiciones defensivas porque la realidad le impone esas defensas, lo que habría que trabajar es el porqué el individuo elige esas situaciones que le hacen sentirse desafortunado. Lo que hay que trabajar es con sus estrategias de defensa y con qué tipo de elección de objeto hace.
Winnicot y también Kohut dijeron que mucho de lo que se llama resistencia está inducido por los terapeutas y por la forma de entrar de los terapeutas a los paciente “El paciente se protege de la forma de trabajar del terapeuta que es traumática para él”.
Un analista agresivo es un analista dominado por la contratransferencia. Si el paciente se muestra dolido o molesto, el terapeuta puede decir: “Está defendiéndose” ó “¿Qué está ocurriendo para que el paciente me perciba agresivo?”.
Actuar la contratransferencia irreflexivamente no beneficia a la terapia. Con el concepto de contratransferencia cambia el color de la situación porque se puede analizar una relación de objeto que se está produciendo allí y donde paciente y terapeuta están interactuando.
Racker dice: “La contratransferencia tiene un aspecto subjetivo y uno objetivo. En el subjetivo incluyo lo que el Psicoanálisis llamó los aspectos neuróticos del terapeuta: la neurosis de transferencia. El aspecto objetivo tiene que ver con los aspectos de la historia del paciente. El terapeuta puede conectar con ellos gracias a que se activa su neurosis. Yo sólo me puedo identificar con aspectos internos del paciente, que tengan resonancia en mi mundo interno”.
Racket entiende por neurosis del analista, su historia vital. Hay valores universales pero uno tiene que llegar a ellos por un camino particular. No se puede llegar a los valores universales por caminos universales. Yo puedo entender al otro a través de algo de mi propia dinámica. “Cada uno de nosotros realmente comprende en otros solamente aquellos sentimientos que es capaz de producir en sí mismo” (André Gide).
No se produce primero la transferencia y después la contratransferencia, sino es el par transferencia-contratransferencia y no se sabe nunca bien quién empieza.
Racker y Heimand dicen que la contratransferencia es la experiencia emocional del terapeuta por que el paciente ha puesto cosas suyas que el terapeuta le devolverá en la interpretación.
Hoffman decía: “¿Cómo podemos pensar que nosotros somos capaces de captar del paciente más allá de lo que nos quiere mostrar y el paciente no puede hacer lo mismo con su terapeuta?”.
¿Qué hacemos con la contratransferencia? La posición clásica es “Guardémoslo para nuestro propio diván”. Sin embargo, los que le dan un valor instrumental proponen que hagamos un procesamiento interno y lo transformemos en una interpretación de la transferencia.
El debate más actual dice que hay cierto tipo de experiencias emocionales que puede ser útil revelárselas al paciente.
Últimamente se habla del “self disclosure” que es una técnica que tiene dos caras; la autorrevelación con respecto al propio paciente y otras revelaciones que tienen que ver con la vida privada del terapeuta. Hay autores que defienden esta actuación y otros no. Lo importante, en cualquier caso, no es sobrecargar al paciente con ciertas historias que no forman parte de su universo, sino qué función le vamos a dar a ese momento de la revelación personal. Lo que hay que tener cuidado es no presentarse uno como modelo de salud.

Controversias en la Técnica - S. Mitchell

Si el tratamiento, tal cual se escribe acerca de él, parece tan discursivo e intelectual y prolijo y sereno, tal vez el tratamiento tal cual sucede realmente opere sobre las bases de lo que todo psicoterapeuta siente diariamente: un tire y afloje personal; una interacción pululante, sin nombre, sin teoría, sin forma.


Lawrence Friedman
Cada uno de nosotros realmente comprende en otros solamente aquellos sentimientos que es capaz de producir en sí mismo”
André Gide
Vamos a introducir las mayores controversias contemporáneas en la técnica analítica a través de las experiencias reales de un candidato en formación psicoanalítica, tal como él se encontró con los problemas y elecciones clínicas en su trabajo con un paciente que llamaremos Harvey.
Harvey, un artista de considerable talento pero limitados logros, había buscado tratamiento por una variedad de problemas que incluían constricciones e inhibiciones en su habilidad de comprometerse con su trabajo, sus relaciones personales y su sexualidad. El primer analista de Harvey, quien parecía tener una orientación de la psicología del yo, lo había visto a él por cinco años antes de retirarse. El análisis le había ayudado a Harvey a sentirse mejor respecto de sí mismo y había traído una mejora sintomática moderada. Él había estado muy dedicado tanto al analista, a quien él admiraba sobremanera, como al trabajo mismo, por el que se había vuelto profundamente absorto. Harvey estaba fascinado con el psicoanálisis y leía ampliamente literatura psicoanalítica. Él había recogido conceptos psicoanalíticos como una especie de filosofía de vida, y usaba el lenguaje técnico con gran facilidad. A pesar de que su analista le había dado considerables advertencias acerca de su inminente retiro, Harvey estaba bastante afligido cuando llegó el final del tratamiento. Él tomó casi un año para lamentar la pérdida, un período de tiempo que había sido sugerido por el analista, y luego decidió buscar tratamiento otra vez. Debido a que él quería estar en análisis varias veces por semana, lo cual ahora le sería difícil de afrontar de modo privado, recurrió a la clínica de un instituto de formación psicoanalítica, donde él sería visto como un caso de entrenamiento por un candidato.
El candidato que empezó a ver a Harvey rápidamente asumió que él era un caso ideal de entrenamiento. La mayoría de los pacientes que venían a la clínica no habían estado en análisis antes. La mayoría tenía conflictos respecto de estar en tratamiento y eran "resistentes" de maneras obvias. Ellos no tenían idea de aquello que el análisis podría ofrecerles y eran apropiadamente escépticos acerca del proceso. Harvey, por el otro lado, estaba profundamente comprometido con el psicoanálisis y tenía firmes convicciones acerca de lo que había hecho y podía continuar haciendo por él. Era también muy experto como paciente analítico. En algunos sentidos él era más erudito y experimentado que su analista-en-formación.
Al trabajar con sus otros pacientes, el analista con frecuencia se encontraba a sí mismo no sabiendo bien qué hacer: cuándo hablar, qué decir, dónde enfocar. Al trabajar con Harvey, sentía frecuentemente que sabía exactamente qué hacer, qué enfocar, qué decir en cada momento particular. Ambos, paciente y analista, sentían que este segundo análisis parecía retomar justo donde el previo había dejado, prácticamente sin pasar nada por alto.
La comprensión de Harvey de sí mismo, generada en su primer análisis, se centraba casi exclusivamente alrededor de su relación con su madre, una mujer muy brillante y creativa que había luchado contra severas depresiones toda su vida. Después del nacimiento del hermano inmediatamente mayor a Harvey, ella quedó paralizada con la depresión y fue hospitalizada por varios años. Durante ese tiempo ella estuvo en gran medida inmovilizada y virtualmente muda. De acuerdo con la información que Harvey fue capaz de sonsacarle a ella varias décadas más tarde, su madre decidió que tendría otro niño, y esa decisión la reanimó, permitiéndole regresar a su vida fuera del hospital. Ella de hecho dio vida otra vez, a Harvey, y cuidar de él se volvió el foco de su vida. El padre de Harvey estaba de alguna manera involucrado con los varios niños mayores de la familia, pero siempre dejaba a Harvey bajo las atenciones de su esposa. De niño, Harvey no supo nada de los severos problemas psicológicos y la hospitalización de su madre, lo cual fue mantenido como secretos familiares, pero siempre percibió que había algo profundamente trastornado y extremadamente frágil acerca de ella. Él se volvió un muy buen hijo para ella, sometiéndose a su sobreprotector y extremadamente ansioso cuidado.
Harvey y su primer analista entendieron las varias dificultades psicológicas de Harvey como resultado de su relación demasiado estrecha y constrictora con su madre y su miedo edípico de desaprobación y castigo por parte de su padre. Él temía desarrollarse realmente de manera completa en cualquier dirección por temor de que su madre (a la vez como persona real y como presencia interna) se sintiera abandonada por él y, a su turno, lo abandonara, expulsándolo de la posición de su valiente y valioso salvador. Su relación con el analista fue entendida por los dos como involucrando, más fundamentalmente, una transferencia paterna. Se invirtió muchísimo tiempo, durante las sesiones, excavando sentimientos y memorias de la temprana infancia incluyendo su soledad, su sentimiento de haber sido abandonado por su padre y apropiado por su madre, y los modos en que estas experiencias lo hicieron ansioso y temeroso en su vida actual.
El segundo análisis de Harvey parecía estar desenvolviéndose a lo largo de líneas similares. La exploración de la infancia de Harvey continuó en un modo aparentemente productivo. La relación con su segundo analista también parecía organizada alrededor de una percepción del analista como una idealizada y añorada figura paterna, a veces experimentada como remota y abandónica, a veces concediendo una preciosa atención.
Sin embargo, casi tres años después de comenzado, el segundo análisis de Harvey hizo un dramático giro, y los asuntos que emergieron se acercan directamente a las mayores controversias referidas a la técnica analítica con que los autores analíticos actuales luchan y debaten.
Harvey había dado algunas indicaciones de que su experiencia acerca de esta relación analítica era más complicada de lo que aparentaba. Cuando Harvey estaba enojado y desilusionado acerca de algo que el analista había hecho o que no había hecho, él expresaba ese enojo con un humor sarcástico y mordaz: tal vez el analista ni siquiera era un candidato del instituto; tal vez era el conserje que había estado barriendo la oficina, que había recogido el archivo de Harvey y lo llamó, haciéndose pasar por analista. Los intentos de trabajar con los sentimientos y preocupaciones sugeridos por tales fantasías, no obstante, siempre resultaron imposibles. Harvey acusaba al analista, cuando éste trataba de tomar estas fantasías seriamente, de carecer de sentido del humor.
También el analista, ahora con una mayor experiencia en el trabajo analítico con más pacientes, empezó a darse cuenta que el sentimiento de gran capacidad y sabiduría que generalmente obtenía al trabajar con Harvey no debía ser dado por hecho; tras reflexionar, él se dio cuenta que esto tenía mucho que ver con el modo en que Harvey operaba en las sesiones. A diferencia de muchos de sus otros pacientes, Harvey siempre parecía tener cosas interesantes de que hablar, aspectos de su experiencia sobre los que había empezado a reflexionar antes de la sesión, e invariablemente había algún elemento importante que Harvey no había notado, que le permitía al analista hacer una importante contribución. Lo que introducía el analista siempre era apreciado enormemente y elaborado productivamente. Harvey era también un prolífico soñador. En contraste con los sueños de sus otros pacientes, que eran frecuentemente confusos y oscuros, los sueños de Harvey eran indefectiblemente accesibles. Siempre había algo útil que el analista podía decir acerca de ellos. Más adelante, mientras el analista se interesaba más en los elementos sutiles de su interacción, empezó a darse cuenta que había un ritmo consistente en el modo en que Harvey presentaba material. Él contaba un sueño y proveía asociaciones interesantes; luego hacía una pausa, dando a entender al analista que era tiempo de que él dijera algo, y era generalmente claro lo que necesitaba ser dicho. Cualquier cosa que el analista ofreciera sería bien recibido y elaborado concienzudamente. Estaba comenzando a parecer menos desconcertante por qué el analista se sentía mucho más talentoso como analista con Harvey que con sus otros pacientes.
Pero estas observaciones acerca de su relación no prepararon al analista para los eventos que seguirían.
Un día Harvey estaba de buen humor, hablando acerca de algunas experiencias recientes y asociándolas de manera animada. El analista hacía algún comentario ocasional aquí y allá. De repente, Harvey empezó a hablar de un modo extremadamente ansioso y tenso. Estaba claro que algo dramático había pasado para cambiar su humor, él parecía algo asustado. El analista notó el cambio y preguntó qué había pasado. Harvey negó que hubiera sucedido nada. El analista se sintió seguro de que algo había pasado y explicó por qué. Harvey continuó su negativa al principio, pero, bajo la insistente presión del analista, eventualmente concedió que sí, algo había pasado, pero que él no iba a hablar de ello.
El analista no tenía idea de lo que estaba pasando, pero se sentía tan extraño, casi escalofriante, que parecía crucial no dejarlo simplemente pasar. Así que presionó a Harvey sobre por qué era importante no hablar de lo que había pasado. Harvey estaba determinado, al principio, a no explicar por qué no podía hablar acerca de lo ocurrido. Luego comenzó a sollozar; le aseguró al analista que a pesar de que el analista podría creer que quería saber, realmente no quería. Eventualmente, el analista fue capaz de sonsacar la siguiente explicación:
En uno de los breves comentarios del analista, este había usado una palabra que Harvey nunca había escuchado antes. Harvey temía que el analista hubiera inventado esa palabra (un "neologismo" esquizofrénico), que ésta realmente no existía. Esto lo aterrorizó, porque Harvey, por algún tiempo y de forma privada, había estado albergando preocupaciones de que el analista estaba algo trastornado. Harvey estaba seguro de que al analista le horrorizaría saber que su locura era visible para Harvey, quien se sentía muy protector respecto del analista. Parecía que todo dependía de que Harvey nunca dejara ver que él sabía cuán trastornado estaba el analista en realidad. Al volverse tan visiblemente alterado, Harvey le había fallado miserablemente al analista; al contarle acerca de esto al analista, temía estar dañándolo y destruyendo la posibilidad de continuar el tratamiento.
Les llevó a los dos varias semanas hablar suficientemente de los temores de Harvey de modo tal que él se sintiera lo bastante seguro como para explicar sus ansiedades más acabadamente. Los chistes sarcásticos de Harvey acerca del analista como impostor habían tenido siempre cierta verdad, a pesar de que él nunca se permitió del todo pensar directamente acerca de ello. Había tenido la fantasía fugaz de que el analista no era un conserje, sino una persona que había sufrido una disfunción psicológica ella misma, y, tal vez, había estado hospitalizada. El analista se habría encargado de sus problemas, imaginaba luego Harvey, a través de incursionar en el campo de la salud. Harvey había aprehendido sensiblemente varios focos de ansiedad y depresión en el analista a través de los años, y esto lo había llevado a la convicción de que el analista aún sufría de severas dificultades, las cuales había mantenido a raya a través de trabajar ayudando a otros.
Más adelante, Harvey tenía la noción de ser el paciente favorito del analista, el paciente que lo ayudaba a sentirse más competente, más como un profesional, menos loco. Esto le hacía sentir muy especial a Harvey. Solamente él sabía el secreto del analista, el hecho mismo de que nunca dejara al analista saber que él sabía su secreto era parte del modo en que él demostraba su amor y apoyo hacia el analista. Lo que era más importante para el analista, creía Harvey, era ser capaz de sentir que sus problemas estaban ocultos y que era realmente percibido como alguien competente y profesional. Para su horror, Harvey había dejado notar al analista que él conocía su secreto. Le aterrorizaba que esto pudiera destruir la confianza del analista, que este proyecto de rehabilitación vocacional pudiera colapsar, que el analista pudiera retraerse, y Harvey fuera abandonado.
A medida que ambos hablaban acerca de las creencias de Harvey acerca del analista, Harvey, con su sofisticación analítica, seguía recordándole al analista que esta historia entera, de hecho, no debía tener nada que ver con el analista. Se trataba de transferencia, insistía Harvey. Su madre había estado loca. Su madre había sido una especie de impostora como madre, utilizando su rol asistencial para mantenerse organizada y funcional. A través de su devoción hacia su madre y su terror al abandono, él la había mantenido integrada por medio de ser su buen hijo. Todas estas ideas y sentimientos que fueron experimentados hacia el analista debían haber sido transferidos desde su experiencia de su madre.

Pasado vs. presente

De acuerdo con la teoría clásica del proceso analítico, Harvey estaba esencialmente en lo cierto. La situación analítica es concebida como un medio a través del cual el contenido mental dentro del paciente puede volverse manifiesto. El problema infantil de Harvey era su madre; el problema de Harvey todavía es su madre. Sus conflictos e inhibiciones en la vida derivarían enteramente en modos variados de su apego infantil hacia ella y sus fantasías acerca de ella. En esta perspectiva, todo el contenido que surge en la situación analítica es generado desde la mente del paciente, desplazado desde su pasado.


En este modelo tradicional, el proceso psicoanalítico opera como una especie de máquina del tiempo, llevando (back) al paciente al pasado, experiencialmente en la transferencia, a sus luchas infantiles. El analista es como el operador de la máquina del tiempo, escondido detrás del panel de control. Su único aporte significativo consiste en conducir apropiadamente el procedimiento. No importa quién es o cómo es.
La técnica clásica, cuando es practicada con sofisticación y destreza, no incluye solamente, desde luego, al paciente y analista hablando acerca del pasado. Si es revisada exclusivamente a través de la discusión, la experiencia del paciente del pasado puede tener una cualidad intelectual, con los temas manteniéndose abstractos y sin ser profundamente sentidos y revividos. Más aún, Freud encontró que los problemas más centrales de la infancia regularmente no alcanzan la superficie en la discusión, sino de una forma disfrazada en la relación analítica. Es demasiado perturbador para el paciente sentir que quiere asesinar a su amado padre; el sentimiento se toma accesible primero con relación al analista. Es demasiado perturbador para el paciente sentirse sexualmente atraído hacia su madre; en un último esfuerzo, la resistencia disfraza los sentimientos como impulsos actuales hacia el analista. A pesar de encontrar a la transferencia como un obstáculo inicialmente, Freud llegó a sentir que el desplazamiento de impulsos y fantasías prohibidos sobre la persona del analista es esencial al ayudar al paciente a experimentar y trabajar a través de las temáticas en tanto vívidas y profundamente sentidas como reales, en lugar de memorias y abstracciones intelectuales.
Cuando Harvey insistía en que él realmente no creía que el analista estuviera loco, que era la locura de su madre lo que constituía el problema, esto era a la vez acertado y equivocado (en el modelo clásico). Tenía razón en que finalmente él había desplazado su experiencia de su madre sobre la persona del analista. Supondríamos que, a menos que hubiera evidencia dramática de lo contrario, el analista no estaba loco. Cualquier pequeño trozo de dificultad o problema que Harvey hubiera detectado en el analista sería contemplado como ganchos sin trascendencia que permitían asir sus experiencias infantiles desplazadas. Como las inocuas experiencias despertadas que son distorsionadas en los sueños, las cuales proveen el acceso necesario a los deseos reprimidos de la infancia, las observaciones del paciente acerca del analista son distorsiones que hacen posible que sus experiencias infantiles, que se refieren realmente a sus tempranos cuidadores, vean la luz.
Aún así, Harvey parecía estar usando este entendimiento (correcto, de acuerdo al modelo clásico) para propósitos defensivos. Era palpablemente claro que cuando el analista permitiera a Harvey afirmar que esta temática solamente tenía que ver con su madre, la ansiedad de Harvey disminuiría marcadamente (junto con la ansiedad del analista). En el modelo clásico, el analista no debería moverse demasiado rápidamente hacia el contexto real e histórico. Las experiencias necesitan ser vividas en el presente. Hasta aquí la técnica clásica dictaría, en este tipo de situaciones, que el analista aliente a Harvey a mantenerse enfocado en sus fantasías ansiosas acerca de la locura del analista, todo el tiempo confiando en que, a su debido tiempo, éstas serían recontextualizadas dentro de las relaciones y el escenario históricos a los que ellas realmente se aplicaban.
Un acercamiento alternativo, interaccional, al proceso analítico y la transferencia ha adquirido creciente prominencia en los años recientes. En lugar de contemplar la situación analítica meramente como un teatro para que se despliegue el pasado (vía el presente), el modelo interaccional posiciona al paciente también como firmemente comprometido en el presente (usando lo que ha aprendido del pasado).
Las personas adquieren sus formas preferidas de relacionarse con los otros a partir de la experiencia temprana repetitiva. Son propensas a aproximarse al analista con expectativas basadas en relaciones pasadas, y a entretejer lo que observan acerca del analista en sus formas habituales de interacción. Así, es poco probable que la experiencia del paciente acerca del analista sea simplemente el desplazamiento de un "tejido completo" desde las relaciones tempranas. Es probable que el paciente (más activamente involucrado en el presente desde este modelo) haya observado muchísimo acerca del analista y haya construido una visión plausible de él (basada en el propio pasado del paciente y su típica organización en curso de la experiencia).
Consideremos a Harvey en los términos de este acercamiento interaccional contemporáneo. Su relación más importante a lo largo de su niñez fue con su madre. Él aprendió que las personas en posición de autoridad, personas de las que uno depende, pueden no ser lo que aparentan. Mientras aparecen como fuertes y dominantes, pueden ser, en realidad, bastante inestables y frágiles; mientras nos cuidan, pueden necesitar, en realidad, que las cuidemos a ellas. Las posteriores relaciones importantes en la vida de Harvey, fueron construidas, también, sobre estas líneas. Su esposa era una mujer de considerable talento a quien él admiraba mucho. Aún así, le preocupaba que ella fuera frágil, Y tendía a mantener bastante oculta gran parte de su propia experiencia, pensando que ella tenía una susceptibilidad tan enrarecida que no podría tolerar lo que él llegó a sentir como sus pasiones demoníacas. Él nunca se enojó verdaderamente con ella.
De modo que, en el análisis, tenía sentido que Harvey mantuviera su vigilancia característica con relación a las debilidades y vulnerabilidades de su analista. Harvey había aprendido mucho acerca de las complejidades en las formas en que la gente se presentaba a sí misma; él se había convertido en un experto en hacer que las personas de quienes dependía se sintieran seguras en su presencia. Estaba alerta de sus fragilidades, las apoyaba elegantemente, y luego, hábilmente, las ayudaba a creer que sus problemas eran invisibles.
De acuerdo con el modelo interaccional, sería un error que el analista supusiera que las observaciones de Harvey acerca de la depresión y las ansiedades del analista eran distorsiones. A partir de su experiencia de vida, uno supondría que Harvey conocía bien las luchas contra la depresión y la ansiedad. Hacer una suposición general de que la experiencia de Harvey del analista como loco era un desplazamiento transferencial de su experiencia de su madre es problemático en varios puntos:


  1. Establece arbitrariamente al analista como juez de la realidad y presupone que hay solamente una manera de ver algo con fidelidad. (Esto es mucho más cuestionable en nuestros tiempos que en los de Freud, debido a la tendencia a comprenderla verdad en términos interpretativos, hermenéuticos.




  1. Contribuye a socavar el sentido de realidad del paciente, alentándolo a abandonar su propia perspectiva y a someterse dócilmente a la visión presumiblemente superior del analista. Elimina la posibilidad de que Harvey haya desarrollado sensibilidades particulares que le permitieran notar cosas que otros, incluido el analista, no notan.




  1. Es plausible de ser experimentado por el paciente como otra puesta en escena repetitiva de algunos de los elementos más distorsionantes de sus relaciones más tempranas. Porque el hecho de que el analista insista (o incluso acuerde con el alegato de Harvey) en que la experiencia de Harvey de él como loco es una distorsión, desplazada desde su experiencia de su madre, es, irónicamente, actuar de modo bastante similar al de la madre. Comunica a Harvey una actitud cerrada hacia sus observaciones y percepciones y un desinterés respecto de la exploración de sus preocupaciones. Es muy probable confirmar las sospechas de Harvey de que el analista es, por cierto, frágil y necesitado de cuidadosa protección.

De modo que, en el acercamiento interaccional contemporáneo, se supone al paciente viviendo en el presente de acuerdo con estrategias aprendidas de su pasado. Una buena técnica necesitaría una exploración en profundidad de las observaciones de Harvey acerca del analista, rastreando la forma en que él las organiza para llegar a las conclusiones que llegó, permitiéndole familiarizarse con aquello que él nota en otros y el modo en que procesa esas observaciones. Harvey tendrá que llegar a aprender, no que el analista carece de locura, sino que, cualquiera sea la locura que sufra el analista, es diferente a la de su madre, que no requiere el amoroso (y odioso) sacrificio de la experiencia auténtica propia de Harvey para mantener una conexión.



Interpretación vs. relación

¿Qué es aquello que realmente hace posible el cambio para el paciente? Freud dijo muchas cosas diferentes acerca del proceso analítico, pero siempre fue claro respecto de lo que él sentía como mecanismo central del cambio: el levantamiento de la represión a través del insight producido por la interpretación. Los problemas del paciente son el resultado de la represión; la cura conlleva la liberación de impulsos, fantasías y memorias de la represión. El analista interpreta tanto el contenido de lo reprimido como los modos en que el paciente se defiende de los contenidos. Es importante que el analista lo haga bien, porque el paciente tiene un gran incentivo para evitar aceptar la verdad de aquello que está reprimiendo. En esta concepción clásica, prácticamente pierde de vista los contenidos conflictivos, ocultos; estos son realmente bienvenidos por la resistencia ya que aceptados temporalmente alivia la tensión y permite al paciente continuar evadiendo el problema real. Una interpretación oportuna es introducida al terreno psíquico bien preparado: el analista ha trabajado lentamente, desde la superficie hacia las profundidades, solamente interpretando material que el paciente es capaz de reconocer como propio en algún momento.


Desde una perspectiva clásica, la transferencia de la constelación de sentimientos relacionados a la enfermedad mental de la madre de Harvey sobre el segundo analista sugiere que a pesar de haber adquirido entendimiento intelectual de algunos de los elementos de sus dinámicas tempranas en su análisis previo, un genuino insight no había tenido lugar; los elementos reprimidos centrales aún estaban reprimidos. Así, la técnica informada por el modelo clásico, usaría los sentimientos transferenciales hacia el analista nuevamente emergentes como una guía para destapar los elementos de la más temprana relación con la madre que siguen ocultos: triunfo edípico secreto, temores de castración, y demás.

Strachey y el Superyo

Durante varias décadas se han levantado desafíos a la concepción de Freud del insight como la palanca terapéutica básica en el análisis. Uno de los más incisivos fue desarrollado por James Strachey a comienzos de los años 30, y la claridad de su argumento hace que sea un marco todavía útil para considerar posiciones contemporáneas variadas acerca de la acción terapéutica.


Strachey señaló que las contribuciones de Freud sobre la técnica (basadas en el principio de la interpretación que lleva al insight) habían sido escritas en la década de 1910. Freud introdujo el concepto de Superyó en 1923, enriqueciendo ampliamente nuestra comprensión de los psicodinamismos, pero no revisó su teoría de la técnica de modo que tuviera en cuenta al Superyó.
¿Qué diferencia establecería el concepto de Superyó? Freud había conceptualizado la represión como una lucha entre dos fuerzas, los contenidos reprimidos y las defensas. Cuando el analista hace una interpretación, él le describe al paciente ambas partes de la lucha. (En el caso de Harvey: "Te sentiste sexualmente triunfante con relación a tu madre porque tu padre te dejó ese campo abierto, pero no podías permitirte saber esto concientemente porque pensabas, y aún piensas, que era peligroso.")

Con el Superyó, Freud estaba introduciendo un poderoso aliado de la represión. Freud pensaba que la represión es instituida y mantenida, no sólo porque los impulsos prohibidos son peligrosos (interés del yo), sino también porque el niño piensa que son malos, malvados, incorrectos (interés del Superyó) ¿Qué pasa con el Superyó cuando el analista hace una interpretación? Si los impulsos prohibidos son liberados de la represión pero el Superyo no es tocado, razonaba Strachey, la cura sólo sería temporal, porque el Superyo inalterado, a su tiempo, tironeará los impulsos aún prohibidos, de nuevo hacia la represión. (Harvey reconocería brevemente su posesión sexual de su madre, pero, debido a que él aún consideraba que tales sentimientos eran tan objetables, pronto los reprimiría nuevamente. )


De este modo, Strachey argumentaba que, para que el análisis fuera efectivo, debía tener un impacto permanente en lo que Freud ahora llamaba el Superyó. ¿Cómo funcionaría esto?
Strachey estaba trabajando en Inglaterra en los años inmediatamente posteriores a la llegada de Melanie Klein y fue capaz de hacer uso de algunos de sus nuevos pensamientos para explorar el concepto de Freud de Superyó, en particular, su énfasis en los procesos introyectivos y proyectivos. Para entender cómo podría cambiar el Superyó, Strachey sugirió considerar cómo es mantenido bajo circunstancias ordinarias. Una persona entra en una situación nueva; sus expectativas son determinadas por su experiencia pasada, que ha sido internalizada en su Superyó. Así, si consideramos el apego de Harvey hacia su madre como reflejo la evitación de los temas edípicos, podríamos explicar esta evitación como sigue. Harvey supone que las nuevas personas que conoce (tal como su analista) encontrarían objetable sus fantasías sexuales respecto de su madre, tal como él esperaba que su padre las encontrara objetables. (En términos kleinianos, él proyecta su superyó, u objetos internos arcaicos, en el terreno interpersonal.) Es importante notar que Strachey suponía, tal como Freud y Klein, que las imagos preservadas en el Superyo no son simplemente traducciones logradas de los padres reales, sino que incluyen también re-internalizaciones de la propia agresión del niño proyectada sobre los padres. La rabia de Harvey hacia su padre habría actuado como un boomerang, haciendo que su padre sea sentido aún más peligroso y amenazante para él.
Como la gente generalmente encuentra lo que está buscando, nuevas experiencias son procesadas regularmente de acuerdo a las expectativas habituales. Así, Harvey encontraría varias pistas que sugieren que, de hecho, las nuevas personas que conoce son tan moralistas y condenatorias como él experimentó que su padre era. Aún más, la gente suele actuar de modos que provocan precisamente las reacciones que están esperando. Estas nuevas experiencias son luego internalizadas, reforzando las expectativas originales. (Las figuras superyoicas son reintroyectadas en el Superyó.) De este modo, el superyó se mantiene generalmente inalterado y es continuamente reforzado.
Strachey razonaba que debía haber algo en el método psicoanalítico que permita, no sólo la liberación de material inconsciente de la represión, sino una refutación de las expectativas más profundas del paciente (una interrupción en el ciclo de proyección / introyección), que resulte en una alteración del propio Superyó. Strachey decidió que esto sucede, no en algo que el analista planeaba a propósito, sino en el proceso ordinario de hacer interpretaciones transferenciales. Cuando el analista le dice al paciente: "Los sentimientos y actitudes que está experimentando conmigo son en realidad los sentimientos y actitudes que usted experimentaba hace mucho tiempo con sus padres", está comunicando fuertemente a la vez otro mensaje implícito: "Yo soy una persona diferente de la imagen de sus padres; yo no siento ni creo en estas cosas que usted me atribuye". Así, mientras que el mensaje explícito en la interpretación es el descubrimiento de algo del pasado del paciente, el mensaje implícito es el establecimiento del analista como una clase diferente de persona en el presente (rompiendo el ciclo proyección / introyección a través del cual el Superyó es sostenido). Strachey sentía que era el doble impacto, tendiendo un puente entre pasado y presente, lo que hacía de las interpretaciones transferenciales la verdadera palanca mutativa en el proceso analítico.
Strachey sugería, de este modo, que los pacientes no cambiarían simplemente debido a la liberación de impulsos y fantasías de la represión; ellos cambiarían porque desarrollarían actitudes diferentes hacia ellos, obtenidas en parte desde un reparto diferente de personajes que se levantarían en su mundo interno, los cuales, aún sosteniendo valores y expectativas, fueran menos rígidamente demandantes, más comprensivas de las debilidades y tentaciones humanas. Ese cambio en la actitud resultaría de la incorporación de algunos elementos de la relación real con el analista.
Strachey mismo sentía que el analista no debía hacer nada especial para que esto sucediera, sino solamente hacer interpretaciones transferenciales. Pero Strachey inauguró la pregunta que ha ocupado a muchos teóricos y clínicos posteriores: ¿Cómo se convierte el analista en una clase diferente de objeto, conduciendo a diferentes tipos de internalización? ¿Qué hay en la relación entre paciente y analista que hace que esto sea posible?

Transformaciones en la relación analítica

Se han desarrollado muchas aproximaciones importantes a esta pregunta, y los debates entre estas posiciones y sus complejos entrecruzamiento s conceptuales constituyen una buena porción de la literatura psicoanalítica actual.


Los teóricos británicos de las relaciones de objeto, los psicólogos del yo freudianos, y los psicólogos del self comparten una convicción común acerca de que la formación del Superyó, asociada a la resolución de la fase edípica y la adquisición de valores, estándares y expectativas de sí mismo, no es el único punto de acceso por el cual la internalización de los otros tiene lugar. Desde el momento de nacimiento, el ser entero del niño se ha desarrollado en el contexto de experiencias con otros. El analista, entonces, tiene el potencial para ser tomado como una clase diferente de objeto en muchas formas, parcialmente en virtud de que sirve a ciertas funciones parentales clave. El paciente está estancado porque un proceso de maduración normal ha sido frustrado debido a una provisión inadecuada por parte de los padres de un ambiente sostenedor, especular, un medio empático, oportunidades para la separación-individuación y conciliación, y demás. Lo que es curativo en la relación analítica es el ofrecimiento por parte del analista de cierta forma de correspondencia (responsiveness) parental básica que faltó en épocas tempranas.
Una bifurcación importante ha ocurrido en el camino de esta línea de pensamiento del desarrollo. Algunos teóricos han argumentado que el analista no tiene que hacer nada diferente de lo que hacía cuando pensaba que solamente estaba elucidando el pasado del paciente. Muchos autores de la perspectiva del desarrollo ven al análisis normal no como una ausencia (como lo hacía Strachey) sino como una presencia, como realmente proveyendo la correspondencia parental faltante en los detalles de su funcionamiento analítico. Desde esta perspectiva (Ej. Pine, 1985), las mismas actividades de atención confiable, escucha cuidadosa e interpretación considerada son usualmente lo suficientemente similares a la crianza cuidadosa como para reanimar el proceso de desarrollo detenido.
La otra senda en la bifurcación es tomada por aquellos teóricos que sostienen que el analista debe, a veces, hacer algo diferente de la escucha e interpretación ordinarias para crear, en la situación analítica, una experiencia real que evoque la falta específica de provisión de la infancia. Para establecerse a uno mismo como diferente del padre traumatizante, puede ser necesario estar más disponible para el paciente en algún modo, para responder a sus necesidades de un modo más individualizado. Winnicott sugirió un acercamiento, con los pacientes más perturbados, a través del cual el analista modifica el entorno alrededor de la emergencia espontánea de deseos y gestos del paciente; Kohut aconseja respuestas especulares (mirroring) para pacientes con tipos específicos perturbaciones en la formación del self. Mientras que el analista que opera a partir de la teoría de la técnica clásica está siempre (con razón) preocupado en no gratificar al paciente porque hacer eso sería perder una oportunidad para el insight, el analista que opera desde un acercamiento más basado en el desarrollo está siempre (con razón) preocupado en no re-traumatizar al paciente.
Otra aproximación a los elementos curativos de la relación analítica, desarrollada dentro de la tradición interpersonal, considera la respuesta del analista al paciente como estando organizada, no sobre las líneas padres-hijo, sino más bien sobre las líneas adulto-­adulto. Erich Fromm fue una influencia importante en esto. Como existencialista y marxista, Fromm sentía que uno de los problemas más profundos en la vida contemporánea era la deshonestidad profunda, tanto con uno mismo como con otros, el silenciamiento de la experiencia auténtica para adaptarse a las convenciones sociales. Fromm creía que las personas se mienten a sí mismas y entre ellas todo el tiempo, y una de las necesidades más profundas del paciente que busca tratamiento psicoanalítico es una respuesta honesta; lo que es curativo en la relación analítica, lo que es internalizado de una manera liberadora, es precisamente la capacidad de una honestidad y compromiso más auténticos.
Consideremos estas conceptualizaciones variadas de la relación analítica como alternativas (en términos tanto del tipo de intervención como del modo en que uno entendería el impacto y participación del analista) a disposición del analista de Harvey en el punto en que las temáticas transferenciales se volvieron dramáticamente explícitas.
En una línea de intervención, el analista podría hacer primero interpretaciones acerca de la defensa de Harvey frente a la experiencia de sentimientos hacia la persona del analista: "En este momento, la persona que te preocupa que sea loca y frágil, que necesita apoyo y el sacrificio de tu propia independencia y desarrollo, soy yo, y estás teniendo muchas dificultades para permitirte permanecer con esa experiencia". Eventualmente, en tanto Harvey fuera capaz de experimentar los sentimientos perturbadores más completamente, de una manera menos intelectualizada, tendría lugar un giro interpretativo hacia los orígenes históricos de la transferencia: "Esta constelación entera de sentimientos entre tú y yo es una reanimación de la fusión, simultáneamente sobre-estimulante y aterrorizante, que sentiste con tu madre, en la que eras, a uno y el mismo tiempo, su salvador y su víctima desvalida. E, inconscientemente, tu vida aún está organizada alrededor de este pacto con ella."
Suponiendo que esta secuencia fue efectiva en comprometer productivamente a Harvey con una mayor indagación, los analistas de diferentes orientaciones probablemente entiendan su acción terapéutica de modo bastante diferente.
De acuerdo con la teoría clásica de la técnica, el analista genera insight en el pasado del paciente y libera de la represión deseos inconscientes conflictivos, facilitando el compromiso emocional completo de estos temas a través de su reanimación inicialmente con relación a la persona del analista.
De acuerdo con la reconceptualización de Strachey, además de generar tal insight, el analista, en el mismo proceso de hacer tales interpretaciones, está refutando la suposición de Harvey (proyección superyoica) de que el analista es como la imagen internalizada de su madre. Implícitamente, el analista está comunicando "Yo no soy loco como tu madre; ella no podía escucharte abiertamente de este modo sin quedar abatida. Ella nunca podría considerar fácilmente cómo te sentías respecto de ella; no era capaz de ofrecerte estos tipos de comprensión no-condenatoria."
Un analista con un acercamiento más basado en el desarrollo se opondría, con toda seguridad, a la cualidad confrontante de esta línea particular de intervención. Tal analista podría especular que su efectividad, sin embargo, fue posibilitada porque el paciente ya había usado otros elementos profundamente reparadores de la relación analítica. La escucha cuidadosa del analista, su interés no retaliativo y búsqueda activa de los sentimientos y preocupaciones de Harvey, habrían suministrado las fundamentales respuestas parentales confirmatorias del self que la psicopatología de su madre había hecho imposibles. Esto permitió a Harvey incorporar la comunicación implícita crucial en las intervenciones del analista. El analista había asido empáticamente el profundo temor de Harvey de una re-traumatización, la consecuencia de su penosa experiencia de la inconstancia de sus padres en sostener su desarrollo. Este temor se manifestaba en la vigilancia auto-protectiva de Harvey con el analista, su instrumentación continua de la experiencia analítica en lugar de permitirse a sí mismo confiar en el analista.
O el analista de Harvey podría sentir que sería necesario y útil hacer algo diferente además de hacer interpretaciones transferenciales estandarizadas.
Desde la perspectiva del desarrollo, podría sentir que a Harvey le había faltado cualquier experiencia real de estabilidad y disponibilidad de parte de un cuidador. Podría sentir que, volverse una clase de objeto diferente de la madre, requeriría una atención cuidadosa a las expresiones tentativas de las propias necesidades de Harvey, tal vez en términos de permitir sesiones extra y contactos telefónicos, o alentar su curiosidad acerca de la persona del analista, y demás. Quizá el establecimiento, para Harvey, del analista como un tipo de persona diferente respecto de su madre requeriría no sólo una refutación implícita, sino un fomento activo de experiencias cuasi-parentales con el analista, cuidadosamente elegidas.
Alternativamente, en un acercamiento más interpersonal, el analista de Harvey podría sentirse llamado a trascender una posición más interpretativa a través de comprometer a Harvey más activa y directamente. La búsqueda agresiva e insistente de las reacciones de Harvey era ya un paso en esta dirección. Mayores extensiones involucrarían una discusión más abierta de la experiencia del analista acerca de cómo era para él que Harvey lo tratase como a alguien tan frágil.
Freud creyó que, como el núcleo de la psicopatología era la represión de impulsos infantiles reprimidos, que buscaban una gratificación disfrazada por parte del analista en muchas formas diferentes, era esencial para el analista no dar al paciente ninguna gratificación, porque la gratificación permite a los impulsos ser descargados en lugar de recordados, pensados y renunciados. La técnica freudiana americana, en particular, asumió una marcada austeridad. Interacciones casuales con el paciente, tal como responder a preguntas, conversación amigable, divulgación de cierta información personal, estaban totalmente prohibidas; ellos podían fácilmente satisfacer necesidades y anhelos que el paciente, en consecuencia, nunca llegaría a articular. Si uno puede hurtar algunos billetes de vez en cuando, ¡Uno nunca debería ser forzado a robar un banco! De acuerdo con este modelo clásico americano, solamente la frustración hace posible el insight analítico.
Esta clara dicotomía entre gratificación y frustración no es posible para analistas contemporáneos que entienden los problemas de sus pacientes, no sólo en términos de conflictos reprimidos, sino también en términos de desarrollo abortado y apegos a viejas relaciones objetales.

Contratransferencia

El desarrollo de diferentes conceptos de contratransferencia a través de la historia de las ideas psicoanalíticas, ha corrido notablemente paralelo al desarrollo del pensamiento analítico acerca de la transferencia.


Hemos notado que Freud, al principio, veía a la transferencia como el obstáculo más indeseado. La tarea del Psicoanálisis era, tal como él primero la había conceptualizado, un trabajo de memoria: alcanzar, tan pronto como fuera posible, las memorias, impulsos y fantasías infantiles reprimidas. A lo largo del camino, algo más sucedió: el repentino desarrollo de sentimientos intensos hacia el analista, que inevitablemente interrumpían el trabajo del análisis. El analista devenía enemigo o amante potencial, y el trabajo analítico ya no le parecía importante al paciente.
Gradualmente, sin embargo, Freud, tratando de entender la naturaleza de estas interrupciones transferenciales, se dio cuenta que éstas no carecían de relación con las dinámicas infantiles del paciente, objeto de la búsqueda analítica. Freud llegó a pensar que, de hecho, los sentimientos transferenciales del paciente hacia el analista, correctamente comprendidos, representaban la emergencia de sentimientos reprimidos hacia las tempranas figuras de la infancia, desplazadas sobre la persona del analista. Más que un obstáculo en la dirección del trabajo, la transferencia se convirtió en un poderoso vehículo para el avance del proceso.
Las ideas acerca de la contratransferencia siguieron un curso idéntico, medio paso más atrás, Freud y las más tempranas generaciones de analistas imaginaban la conducta ideal del analista como calma y objetiva: "Atención parejamente flotante" era la frase que Freud usaba. El material transferencial producido por el paciente, aún si estaba dirigido directamente al analista o parecía tratar acerca de éste, en realidad no tenía nada que ver con el analista. El analista era meramente el operador de la máquina del tiempo que, en un modo cuidadoso pero racional, interpretaba las experiencias que emergían y las redirigía a su contexto histórico original. ¿Qué pasaba si el analista se encontraba a sí mismo sintiendo un intenso, pasional, amor u odio hacia el paciente? Esto no debía estar sucediendo y, si sucedía, algo andaba mal. Esto era contratransferencia (una imagen especular de la transferencia del paciente), el desplazamiento de sentimientos desde el pasado del analista sobre la situación analítica. Mientras que el pasado del paciente era relevante para el asunto del análisis, el pasado del analista no lo era. De modo que la contratransferencia era contemplada como un obstáculo, una intrusión dentro del proceso analítico. El analista era compelido, bien a deshacerse de esto a través del auto-análisis, o bien a retomar a su propio psicoanalista para obtener ayuda.
Durante las décadas pasadas, un radical cambio de dirección en el pensamiento acerca de la contratransferencia ha tenido lugar en todas las escuelas psicoanalíticas. Este replanteo ha acompañado el giro más general en los conceptos psicoanalíticos desde el marco unipersonal de la teoría analítica clásica hacia el marco bipersonal dentro del cual la mayor parte de la teorización analítica contemporánea opera. Los pioneros de este acercamiento a la contratransferencia fueron Ferenczi, Racker y los interpersonalistas.
Sullivan pensaba a la unidad básica de la mente más como un campo interactivo que como un individuo restringido. Diferentes personas evocan diferentes tipos de respuestas en los demás; una persona no posee una "personalidad" estática que es acarreada y desplegada a través de todas las situaciones interpersonales. Diferentes dimensiones de la persona (incluyendo la persona del analista) son evocadas en diferentes situaciones, las cuales son mutuamente generadas con los otros en esa situación. (¡Esto no significa, desde luego, que la personalidad sea infinitamente maleable y simplemente generada de golpe y porrazo!) Aunque Sullivan mismo era conservador y cauto acerca de los tipos de experiencias que el analista podría permitirse en la interacción del paciente a las que consideraba útiles, Fromm sentía que las reacciones francas y honestas del analista eran exactamente lo que el paciente necesitaba conocer y comprender. ¿Por qué la vida del paciente siempre evoluciona hacia los mismos, repetitivos embrollos con la gente? ¿Qué es lo que está haciendo para perpetuar sus dificultades? Fromm creía que, en lugar de conducidas clandestinamente a través de un tipo de "profesionalismo" forzado, el analista debería valorar las reacciones personales hacia el paciente (forzadas profesionalmente y no actuadas "acted upon") como conteniendo información analítica crucial. Fromm pensaba que las personas, en nuestra sociedad, raramente hablan con la verdad a los demás acerca de cómo se sienten realmente respecto de ellos. Una esperanza importante de muchos pacientes al entrar en análisis es que finalmente encontrarán a alguien que hablará francamente con ellos acerca de cómo son, cómo afectan a los demás y qué anda mal entre ellos y los demás. Fromm sentía que la tradicional reserva analítica es desastrosa en estas circunstancias; una revelación sensata y constructiva de los sentimientos y reacciones personales del analista puede ser esencial.
Los interpersonalistas de la segunda generación extendieron este uso de la contratransferencia en muchos sentidos. El analista era considerado una parte del campo interaccional que paciente y analista estaban tratando de comprender. Las dificultades interpersonales repetitivas del paciente estaban destinadas a tener un impacto sobre el analista; los patrones interaccionales que se desarrollaban entre analista y paciente estaban destinados a reflejar los patrones pasados de la familia del paciente. De este modo, las experiencias del analista de y con el paciente eran contempladas como un dominio clave del proceso analítico. Más que un obstáculo, eran consideradas un vehículo para el avance del trabajo analítico. Otras escuelas de pensamiento analítico, cada una en su propio lenguaje y a través de sus propios conceptos, han llegado similarmente a hallar en la contratransferencia una herramienta valiosa.
Los kleinianos, a través de extensiones recientes de la noción de identificación proyectiva, han llegado a contemplar la experiencia del analista como el escenario central donde las dinámicas del paciente deben ser descubiertas y reconocidas. Los teóricos de las relaciones de objeto tienden a pensar la contratransferencia como un dispositivo clave para ganar acceso a las configuraciones de objeto-self repetitivas del mundo interno del paciente. Algunos freudianos han llegado a pensar la contratransferencia como inevitable, aún cuando no terriblemente útil (Martín Silverman, Sander Avenid); otros freudianos han llegado a ver en la contratransferencia del analista encarnaciones ("enactments") instructivas de las dinámicas del paciente y conjuntamente crearon re-encarnaciones ("reenactments") del pasado interpersonal del paciente (Judith Chused, Theodore Jacobs).
Aunque Kohut mismo era bastante conservador en lo concerniente a la contratransferencia, algunos psicólogos del self de segunda generación (especialmente Robert Stolorow y sus colaboradores) han visto cada vez más a la contratransferencia como una fuente importante de información respecto de las transferencias repetitivas (así como de objeto-self).
A pesar de que el interés cada vez mayor en la contratransferencia y el giro hacia una perspectiva más interactiva en el proceso analítico se han difundido ampliamente, los autores analíticos difieren respecto del modo en que la contratransferencia del analista es mejor utilizada. Retornemos a Harvey y su analista para ilustrar estas opciones diferentes.
¿Cuál era la respuesta emocional general del analista hacia Harvey? Al principio, se encontró a sí mismo gratificado por el trabajo, tal vez demasiado gratificado, por un tiempo, como para notar que Harvey estaba envuelto en la tarea de hacerla sentir especialmente competente y sabio. El analista había comenzado el análisis con considerable ansiedad acerca de su competencia, lo cual indudablemente Harvey señaló. Había algo profundamente tranquilizador acerca de la sagacidad que la manera de ser de Harvey como paciente analítico le cedió al analista. Luego, cuando descubrió las dudas cuidadosamente guardadas de Harvey acerca de su sanidad, el analista se sintió ansioso y expuesto. ¿Cuánto de sus propios conflictos neuróticos había sido detectado por el agudo sentido de Harvey acerca de los problemas de otras personas? Finalmente, como la amplitud de los dedicados cuidados de Harvey se volvieron reconocibles, el analista se sintió a la vez conmovido y tratado condescendientemente. La protección de Harvey se sentía a la vez como una intensa forma de amor y como una sutil superioridad despectiva.
¿Qué se debe hacer con estas reacciones contratransferenciales? Desde las generaciones previas, hubieran sido vistas como inapropiadas; probablemente hubieran permanecido desapercibidas e inciertamente sin desarrollar. Los clínicos analíticos contemporáneos trabajarían con ellas en varias formas diferentes, y las distintas posiciones pueden ser organizadas mejor alrededor de dos preguntas estrechamente relacionadas: ¿Por qué el analista se está sintiendo de este modo? y ¿Qué debe hacerse acerca de ello?
¿Por qué el analista tiene estos sentimientos?
Algunos dirían que las reacciones del analista son respuestas ordinarias y comunes al tipo de posiciones y presiones interpersona1es que Harvey había montado. Prácticamente cualquiera se sentiría de ese modo con Harvey. (Era en este sentido que Winnicott usaba el término "contratransferencia objetiva.")
Otros dirían que Harvey y su analista han participado en una nueva puesta en escena ("reenactment") de la relación de Harvey con su madre. Los motivos del analista en esta nueva puesta en escena no son terriblemente importantes; lo que es crucial es el despliegue del pasado.
Los kleinianos contemporáneos dirían que las experiencias del analista son un resultado más complejo de las identificaciones proyectivas del paciente. Los temores de Harvey por su propia sanidad frágil. Él es incapaz de resolver simplemente este temor, así que lo proyecta en el analista, donde se ocupa de ello desde una distancia segura. Tiene poco que ver con el analista, quien se ha convertido en gran medida en un contenedor para elementos disociados de la experiencia de Harvey.
Una aproximación a la contratransferencia más netamente bipersonal ampliaría el foco, desde qué es lo que Harvey está haciendo al analista, a la pregunta acerca de qué puntos sensibles toca esto en el ana1ista. La búsqueda de Harvey de las vulnerabilidades y locuras del analista, y la nutrición de éstas, pueden ser sonsacadas de las piezas de la propia experiencia del analista que corresponden a las proyecciones de Harvey. Esta línea de pensamiento diría que todos tenemos partes vulnerables, locas; la contratransferencia del analista no sólo refleja una reacción social superficial y ordinaria, sino el modo en que Harvey, como todos los pacientes, se mete bajo la piel del analista evocando dinámicas que son difíciles aún para el analista mejor-integrado. En esta perspectiva (Ej. Winer, 1994), todo análisis profundamente comprometido es plausible de evolucionar hacia crisis en las cuales tanto el analizando (en la neurosis de transferencia) como el analista (en la neurosis de contratransferencia) están implicados. La médula del trabajo se entiende como involucrando precisamente la lucha de ambas partes por abrirse camino constructivamente a través esta crisis.
Algunos autores recientes han sugerido que el analista no debería ser el único consultado acerca de la contratransferencia. Todos nosotros tenemos una comprensión menos que completa de nuestras propias dinámicas, y el paciente puede ser capaz, con frecuencia, de pesquisar elementos de la contratransferencia acerca de los cuales las propias defensas del analista (contra-resistencia) le impiden tomar conciencia. Así, algunos teóricos (Ej. Hoffinan, Aron, Blechner) han puesto el acento en la utilidad de exploraciones extendidas de la experiencia que el paciente tiene del analista y de sus hipótesis acerca de la experiencia del analista. Muchos pacientes crecieron sintiendo que sus percepciones de sus padres estaban prohibidas y eran peligrosas. Han aprendido a descartar sus propias, a menudo perspicaces, observaciones y, consecuentemente, se sienten desconcertados acerca de lo que ocurre entre ellos y los otros. El permiso al paciente para que verdaderamente explore y encuentre al analista como otro, puede, algunas veces, servir como una precondición para que el paciente aprenda a sentirse cómodo con su propia experiencia.
¿Qué debe hacerse con los sentimientos del analista? Probablemente la línea divisoria más importante entre los abordajes actuales del uso de la contratransferencia gira alrededor de la pregunta por si las reacciones del analista deberían ser reveladas de alguna manera al paciente, una intervención denominada "disclosure" (revelación).
Muchos autores toman la posición de que la utilidad de la contratransferencia reside en la información que provee acerca del lado del paciente en la interacción. Al explorar sus propios sentimientos, el analista reúne pistas respecto de lo que el paciente puede estar sintiendo y haciendo. Si el analista percibe punzadas de irritación en sí mismo, puede especular acerca de la conciencia que el paciente pudiera tener de esa irritación como resultando en una cautela que el paciente parece desplegar a su alrededor.
Si el analista descubre una excitación sexual en presencia del paciente, podría aprender algo acerca de una dimensión erótica inadvertida de la conducta del paciente.
En el modelo clásico de la técnica, el fundamento para la interdicción de la revelación por parte del analista era bastante clara y persuasiva: los sentimientos del analista no tenían que ver con nada excepto sus propios problemas. Porque el hecho de que el analista tuviera sentimientos intensos de una u otra manera (violando la neutralidad) ya era bastante malo; el que el analista expresara esos sentimientos personales agravaría el problema. Embarraría la pantalla en blanco sobre la cual el paciente proyecta sus transferencias; contaminaría el proceso. El analista debería permanecer en silencio excepto cuando interpreta el significado subyacente de las asociaciones del paciente.
Sin embargo, como hemos notado, la mayoría de los analistas contemporáneos ven ahora la experiencia del analista como bastante relevante respecto de lo que él y el paciente están esforzándose por comprender. De este modo, la discusión contemporánea acerca del "disclosure" (revelación) refleja nuevas preocupaciones y niveles de complejidad. Una preocupación común es que el foco sea mantenido todo el tiempo sobre la experiencia del paciente, no del analista. Aunque la contratransferencia pueda ser una herramienta importante para comprender las dinámicas de la transferencia del paciente, que el analista hable abiertamente de sus sentimientos puede alejar la indagación de una exploración profunda del significado de su interacción para el paciente. Más aún, decir que la contratransferencia puede contener información útil no quiere decir que sea un oráculo (Racker, 1968, p. 170); el analista podría muy bien ser absorbido por temáticas y problemas propios. Muchos clínicos que encuentran útil el marco bipersonal recurren a la contratransferencia por hipótesis acerca del paciente que necesitan otra evidencia confirmante desde el lado del paciente de la experiencia. Además, aquellos que enfatizan la importancia de explorar la experiencia que el paciente tiene de la participación del analista señalan que el analista puede no estar, a veces, en la mejor posición para saber qué es lo que ha estado haciendo y por qué. Debido a que el analista no es transparente para sí mismo, revelar su registro de su propia experiencia podría extinguir defensivamente una exploración de las percepciones, a veces más perspicaces, del paciente (véase Greenberg, 1991; Hoffinan, 1983). Finalmente, Kemberg (1994) ha argumentado que una adherencia escrupulosa al principio técnico de no-revelación es una condición esencial para que el analista se sienta los suficientemente libre para explorar sus propias fantasías contratransferenciales de un modo que resulte útil al paciente a través de las interpretaciones del analista. Si el analista tuviera la opción de revelar o no, podría sentirse menos libre para permitirse sus fantasías más íntimas.
Las preocupaciones acerca de los motivos del analista para revelar sentimientos contratransferenciales son usualmente expresadas en la advertencia contra las "confesiones contratransferenciales". Como sugiere el término, el develamiento de los sentimientos del analista pueden muy bien servir al propósito de confesar culpa de su parte, lo cual posiblemente dificulte al paciente explorar ampliamente sus propios sentimientos.
Hagamos más concretas algunas de estas opciones a través de considerar a un analista que se retrasa diez minutos en el comienzo de una sesión. El paciente está enfadado. ¿Debería decirle el analista al paciente sus pensamientos acerca de las razones y posibles motivos subyacentes del retraso? ¿Debería el analista disculparse? El enfoque más conservador de la revelación contratransferencial se basa en la suposición de que cualquier revelación probablemente impida o rebaje la expresión y exploración del paciente de sus propios sentimientos acerca de la tardanza, que, después de todo, es el asunto fundamental del análisis.
Otros autores y clínicos abogan por la utilidad de revelaciones contratransferenciales selectivas. Ninguno recomienda una revelación continua de la experiencia del analista, lo cual sería a la vez imposible y, aún si fuera posible, contraproducente. Sin embargo, muchos analistas contemporáneos sienten que, prudentemente elegidas, las revelaciones contratransferenciales en ciertas situaciones pueden ser a la vez necesarias y muy útiles. Tal vez en nuestro ejemplo del analista que está retrasado, la exploración de su propia experiencia revela una creciente irritación acerca de la propia tardanza crónica del paciente. La revelación del analista de sus pensamientos acerca de ambas, su propia tardanza y la del paciente, podría relacionarse con poderosas luchas en la familia del paciente que involucraban esperas y anhelos y promesas que nunca se cumplieron, experiencia temprana que ahora moldea su modo de involucrarse él mismo con otros. Los analistas relacionales contemporáneos (Ej. Greenberg, 1991; Hoffman, 1994; Mitchell, 1988; Maroda, 1991, 1993) piensan la experiencia como difundiéndose a través de configuraciones sí mismo-otro repetitivas establecidas en relaciones tempranas significativas que son plausibles de aparecer en el análisis a través de interacciones transferenciales-contratransferenciales. La revelación puede proveerles tanto al analista como al analizando de material crucial para la comprensión.
Para muchos pacientes, dependiendo de su pasado y dinámicas, el estilo lacónico del análisis clásico puede sentirse bastante peligroso, para nada neutral o tranquilizador. En momentos intensos, cuando el paciente tiene la sensación de que el analista está, por cierto, profundamente involucrado, amorosa u odiosamente, el opacamiento técnico y una negativa a discutir lo que está teniendo lugar puede ser experimentado como desconcertante, arbitrario y defensivo. (Recordemos la súplica que el mago de Oz hace a Dorothy, en "El mago de Oz", para que "no preste atención al hombre detrás de la cortina"). En nuestro ejemplo, un paciente que, de niño, fue tratado como desdeñable por adultos significativos puede muy bien experimentar la tardanza sin explicación del analista, no como una técnica correcta, sino como una nueva edición de un tratamiento insensible y falto de respeto. Por otro lado, que el analista realmente exprese aflicción, tanto por su propia tardanza como porque el paciente lo dejara esperando, podría desplegar un área heterogéneamente impedida en la vida del paciente, un deseo anhelado, pero a la vez negado defensivamente, de que a alguien podría realmente interesarle que él está presente o no, lo cual sería vedado por un acercamiento interpretativo más neutral. La literatura analítica más actual, está llena de ejemplos de revelaciones selectivas de la experiencia del analista expandiendo la autenticidad y espíritu de colaboración de la relación analítica, resolviendo impasses pantanosos y profundizando el proceso, con frecuencia desplegando áreas previamente inaccesibles en la experiencia del paciente.
Aquellos analistas que han adoptado un estilo de interacción más expresivo y abierto tienden a enfatizar el desarrollo en el paciente de una nueva relación de objeto con el analista como una condición necesaria para que la relación transferencial antigua sea resignada. Mientras que Strachey pensaba que el analista meramente necesitaba hacer interpretaciones para convertirse en un nuevo objeto, muchos psicoanalistas sienten ahora que el analista necesita, con frecuencia, hacer algo más activo y directamente comprometedor para lograr que su presencia sea más palpable y su implicación emocional más efectiva.
Por ejemplo, mientras Harvey luchaba con su modo habitual de establecer conexiones cercanas con otros importantes, ahora también discernible en la relación analítica, era difícil para él imaginar que era importante para el analista en cualquier otro modo que no fuera como su salvador. Si el analista no necesitaba realmente que Harvey lo mantuviera integrado, ¿qué importancia podría tener él para el analista? Durante esta exploración extendida, el analista se sintió, por momentos, bastante conmovido por la dedicación de Harvey y se lo dijo. Le parecía conmovedor que Harvey quisiera ayudado tanto que estaba dispuesto a sacrificar su propia vida si sentía que esto haría que el analista se sintiera competente y entero. (Claro que Harvey también resentía hacer esto y sentía que realmente no tenía una alternativa convincente). Más tarde en el análisis, Harvey sugirió que había algo importante y liberador para él en el hecho de sentir que le importaba al analista y lo conmovía, lo cual le ayudó a sentirse mejor acerca de renegociar su relación a través de líneas que le permitían menos fusión y más autonomía.

Psicoanálisis y otros tratamientos

No sorpresivamente, toda la controversia en la teoría y la técnica que hemos rastreado en estos últimos dos capítulos ha sido acompañada por una gran conmoción en la definición misma del Psicoanálisis y su relación con otros tratamientos psicológicos.


Freud y sus contemporáneos europeos practicaron el Psicoanálisis de un modo que era flexible y, con frecuencia, bastante informal. El tratamiento duraba a veces solamente unos pocos meses; muchos pacientes retornaban luego de breves intervalos. Freud interactuaba con sus pacientes en muchos modos distintos, desde un modo didáctico hasta uno acogedor.
El Psicoanálisis tomó en los Estados Unidos un tono muy diferente. En parte como resultado de su medicalización (a lo cual Freud mismo [1927] se opuso), en parte como resultado de su necesidad de definirse en contraste con otras psicoterapias, muchas de las cuales eran derivaciones del Psicoanálisis (Friedman, 1988), el Psicoanálisis freudiano "ortodoxo" en los Estados Unidos se volvió bastante formalizado, y el rol del analista, ritualizado y muchas veces remoto. El Psicoanálisis fue definido de acuerdo a una serie estrecha de criterios: un mínimo de cuatro sesiones semanales, el uso del diván desde el principio, y un analista interpretativo, anónimo y, en gran medida, silencioso. Estas condiciones eran sentidas como necesarias para permitir el pleno desarrollo de la neurosis de transferencia del paciente, el viaje al pasado del paciente en la máquina analítica del tiempo.
Las últimas décadas han traído dramáticos cambios en los modos en que los psicoanalistas trabajan con los pacientes. Han habido dos fuentes fundamentales para estos desarrollos.
Algunas de las modificaciones en la práctica analítica han sido producidas por los desarrollos en la teoría que hemos rastreado a lo largo de este libro. A medida que varias escuelas de pensamiento psicoanalítico se han movido, de diferentes formas, en la dirección de un marco de trabajo bipersonal, el analista ha empezado a ser visto como teniendo un impacto inevitable sobre el proceso, haga lo que haga. El paciente no es visto como simplemente reviviendo el pasado, sino como reaccionando, en mayor o menor grado, a su experiencia presente. Un enfoque que haga a un paciente sentirse seguro y "contenido" puede hacer que otro se sienta en peligro. Condiciones que estimulan a un paciente a comprometer profundamente su experiencia interna y su pasado, pueden causar que otro huya. De este modo, muchos analistas trabajan ahora en una variedad de formas: una o dos sesiones por semana, así como tres o cuatro; el paciente sentado o acostado en un diván; un estilo activo, ocasionalmente confrontante, a veces expresivo y de alguna manera auto-revelador, tanto como un estilo más silencioso e interpretativo; etc. Algunos analistas combinan técnicas analíticas con otras modalidades terapéuticas, tales como técnicas de terapia comportamental (Frank, 1992; Wachtel, 1987), terapia familiar, terapia grupal, intervención social (Altmann, 1995), y demás.
Un segundo conjunto de influencias sobre la práctica analítica ha sido producto de fuerzas sociales, económicas y políticas por fuera del Psicoanálisis mismo. Tres o cuatro sesiones semanales son costosas. Durante los 60s y los 70s, cuando un relativamente pequeño porcentaje de la población buscaba tratamiento psicológico, algo de ese valor era costeado por la cobertura social. A medida que más personas tomaban conciencia de su necesidad de ayuda psicológica de distinta índole, y mientras la preocupación por el descontrolado ascenso de los costos aumentaba, el Psicoanálisis comenzó a ser atacado en tanto no-rentable, un lujo antes que una necesidad. Los defensores del Psicoanálisis, sobre bases pragmáticas (Ej. Gabbard, 1995), han advertido la considerable documentación que sugiere que el bienestar psicológico que frecuentemente logra el Psicoanálisis reduce marcadamente la necesidad de los individuos de otros costosos tratamientos para enfermedades físicas, adicciones y alcoholismo. Estos asuntos son ahora vehementemente debatidos, ya que el sistema político americano está en proceso de repensar sus prioridades en las áreas de atención de la salud y de atención psicológica. El impacto de estos procesos sociales y económicos en la práctica de los psicoanalistas ha llevado a la práctica de la mayoría de los clínicos a trascender la tradicional estructura formal del análisis.
¿Deberían los tratamientos más cortos, las sesiones menos frecuentes y el trabajo cara-a-cara ser aún considerados Psicoanálisis? ¿O debería reservarse el término Psicoanálisis para el tradicional encuadre analítico formal, y el término psicoterapia ser usado en relación con la amplia gama de modificaciones que son ahora practicadas?
Ha habido un gran debate en la literatura acerca de cómo debería definirse al Psicoanálisis en contraste con la psicoterapia. Gill (1994) ha argumentado que los criterios formales "extrínsecos" -tres o cuatro sesiones semanales, el diván, etc.- no deberían ser en sí mismos las bases para llamar a un tratamiento psicoanalítico; para Gill, lo que es definitivo del Psicoanálisis son los criterios "intrínsecos": la profundidad del proceso y la exploración sistemática de las temáticas transferenciales-contratransferenciales. Algunos afirman que un verdadero proceso analítico de trabajo en profundidad con los fenómenos transferenciales no puede acontecer con una o dos sesiones por semanas, o sin el diván, o en tratamientos de corta duración. Otros (incluyendo a Gill) afirman que los asuntos dinámicos más profundos y las interacciones transferenciales-contratransferenciales pueden emerger en muchas y diferentes circunstancias, si el analista está dispuesto a enfocarse en ellos y a captar los. El debate continúa y continuará por algún tiempo.
Hemos vuelto, así, al punto de partida, terminando con la misma pregunta que planteamos al principio: "¿Qué es Psicoanálisis?". Tenemos la esperanza de que el lector esté mejor capacitado para apreciar la amplitud y profundidad del Psicoanálisis como sistema de pensamiento o, mejor, como colección de subsistemas variados de pensamiento.
Freud mismo definió al Psicoanálisis de diferentes maneras en diferentes momentos. Una de sus afirmaciones más ampliamente citadas fue la de que aquello que hace que un tratamiento sea psicoanalítico es un énfasis en la transferencia y la resistencia. El problema (y la virtud) de esta definición es, como hemos visto, que las formas mismas en que los analistas entienden tanto la transferencia como la resistencia siguen cambiando. Sin embargo, una cosa no ha cambiado. Las teorías psicoanalíticas se despliegan en diferentes direcciones a partir de un compromiso nuclear común con la indagación sostenida y en colaboración de las complejas texturas de la experiencia humana, establecidas en el interjuego entre pasado y presente, realidad y fantasía, sí mismo y otro, interno y externo, conciente e inconsciente.
Esperamos que el lector desarrolle sus propias perspectivas en lo concerniente a la cuestión de qué hace que un tratamiento clínico sea distintivamente psicoanalítico, a través de la reflexión sobre el tiempo, la intensidad del esfuerzo mutuo y la valentía requeridos: para que Gloria logre desarrollar la capacidad de hacer elecciones y compromisos, para que Angela emerja desde detrás de la pared, para que Fred tolere una mayor intimidad con su esposa, para que Emily comprenda el impacto aislante de su auto-suficiencia, para que Rachel logre entretejer sus mundos de excrementos y flores, para que Charles encuentre otras maneras de sentirse conectado con sus padres además de las depresiones episódicas, para que Jane emerja de su prisión auto-monitoreada, para que Peter entre en sus experiencias en lugar de observadas desde una distancia medida, para que Doris tolere y disfrute de la soledad y el silencio, para que Eduardo se sienta más profundamente humano y auto-suficiente antes que el cachorro de su madre, y para que Harvey pueda rescatarse a sí mismo de una vida que ha sido tomada como rehén por una necesidad compulsiva de crear y cuidar inválidos psicológicos. En nuestra perspectiva, el Psicoanálisis clínico no es mejor definido en términos de los muebles empleados, la frecuencia de las sesiones o un conjunto de reglas de conducta. El Psicoanálisis clínico se trata más fundamentalmente de las personas y sus dificultades para vivir, de una relación que está comprometida con una auto-comprensión más profunda, un sentido más rico del significado personal y un mayor grado de libertad.

Mesa de terapeutas

Santiago Madrid (Cognitivo Conductual)

Teodoro Herranz (Terapias Humanistas)

Pedro Rodríguez Sánchez (Terapia Sistémica)

Concha Pérez Salmón (Terapia Sistémica)

Eduardo Rozemberg (Terapia Psicoanalítica)


¿Por qué el modelo?
Cognitivo Conductual: Por facilidad de acceso. La forma de entender la psicoterapia debe responder a la visión personal del ser humano.
Humanista: Porque si me sirve a mí, me va a dar fuerza para creer en lo que hacemos.
Sistémica: El ser humano como totalidad. Cómo ponemos las características del ser humano en relación con lo que les rodea. Es un modelo de enorme plasticidad. Es un modelo especialmente adaptable y permite trabajar de diferentes formas: parcializada, relacional.
Psicoanálisis: Había una dimensión de complejidad, una forma de pensar al ser humano que le interesaba, si bien era consciente de ciertas carencias y dificultades que Freud y su escuela traía consigo.
Eduardo Rozemberg reconoce estar en el psicoanálisis porque ha podido desarrollar una línea fuera de la ortodoxia. Piensa que el humanismo y lo sistémico tienen bases psicoanalíticas bastante fuertes. Lo cognitivo-conductual es también útil en el psicoanálisis.
Estamos hablando cada vez más de factores integrativos. Cualquier persona que trabaja en salud mental debe hacer un trabajo personal previo. El paciente siempre moviliza al terapeuta.
¿Para qué tipo de pacientes es aconsejable cada escuela? Desmontar una fobia no es posible con psicoanálisis, hace falta exposición.
Tampoco el psicoanálisis puede tratar la melancolía ni las depresiones profundas.
Cuestión: Si el modelo que yo uso llega hasta aquí o soy yo el que llega hasta aquí con este modelo.
La fantasía es encontrar el modelo que vale para todo. Cuando hay algo que yo no puedo, en el mismo modelo o en otro, hay otros que lo puedan intentar.
Freud decía que el término curación tenía que ver con la medicina, porque implica que algo empieza y termina en sí mismo. Tiene que ver con conocerse a sí mismo. Un criterio para dar de alta podría ser: ¿Aquello que lo trajo aquí, puede ya con ello?
El paciente cuando nos viene a consulta está sufriendo y lo primero que tenemos que hacer es que deje de sufrir lo antes posible, porque así no puede pensar y, lo que es peór, le impide vivir en paz. (Eduardo Rozemberg)
Generar emociones es muy fácil con la técnica pero hay que saber el para qué (Teodoro Herranz).
Lo aconsejable es tener un modelo básico y desde ahí añadir cosas de otro modelo.
La principal diferencia entre los modelos es el abordaje que hace cada uno de ellos al ser humano.

Bibliografía





  • ¿Por qué y como Psicoanalizarse?” Roger Perron – APM Biblioteca Nueva.




  • Historia de la Psicoterapia: de la hipnosis al método catártico. Descubrimiento de la transferencia. Inicios del método psicoanalítico.” José Luis Marín, 2004 - Sdad. Española de Medicina Psicosomática y Psicología Médica.




  • Freud y su obra. Génesis y constitución de la Teoría Psicoanalítica” - Carlos Gómez Sánchez – Biblioteca Nueva.




  • Norma Ferro: Apuntes de clase.




  • De Narciso a Edipo. Un arduo camino” – Norma Ferro




  • Conflicto y Déficit: Implicaciones para la técnica” – Bjorn Killingmo. Oslo.




  • Teoría y Técnica de Psicoterapias” – Héctor Juan Fiorini – Nueva Visión







Compartir con tus amigos:
1   ...   48   49   50   51   52   53   54   55   56


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad