Curso de Especialista en Psicoterapia


Violencia contra las mujeres – Nora Levinton



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Violencia contra las mujeres – Nora Levinton


Artículo
El tema que nos ocupa es doloroso, nos impacta emocionalmente y abarca aspectos muy complejos tanto de la realidad social como de los mecanismos psicológicos que favorecen que todo esto sea posible.
Porque si hay una pregunta que nos inquieta y desconcierta es ¿cómo hemos llegado hasta esta espiral de violencia contra las mujeres? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer para cambiar las condiciones que funcionan como caldo de cultivo?
Dado que los aspectos de orden social, jurídico, de medios de comunicación y otros, van a estar abordados por las otras/os ponentes, me detendré específicamente en la descripción de los factores psicológicos que subyacen a esta problemática, en las diferencias en la construcción de la subjetividad de mujeres y hombres, y en las dificultades inherentes a las relaciones interpersonales.
Nos interesa especialmente entender cómo operan en nosotras, las mujeres, los mensajes que recibimos desde la más tierna infancia y que van constituyéndose en el terreno abonado para establecer vínculos de extrema dependencia emocional, de sometimiento, de aceptación "natural" de situaciones que van desde la simple desconsideración a la más amplia gama del maltrato.
Todos los seres humanos tienen en la madre al primer objeto de apego, la que satisface las necesidades más primarias que hacen posible la supervivencia de un bebé que inicialmente requiere del cuidado materno para la preservación de la propia vida.
Esta situación pone ya de manifiesto una cuestión fundamental: por una parte, la absoluta dependencia que caracteriza el comienzo de nuestra vida y, por la otra, la complicada configuración emocional que se requiere de la función de la maternidad: ser las guardianas de la vida de nuestros hijos, sentirnos responsables desde el mismo momento del embarazo de esa vida "añadida" que no somos nosotras mismas pero que, psicológicamente, funciona como una prolongación, primero en el propio cuerpo y más tarde como teniendo otra vida "pegada" a nosotras.
Ya desde el conocimiento previo que puede tenerse a través de la ecografía, la respuesta emocional de ambos padres será diferente frente a la llegada de un varón o una niña. Por supuesto que dependerá de factores particulares de cada uno de los miembros de la pareja y de la conjunción de ambos, si prima el deseo de que sea niña o niño. Tendrá múltiples variaciones, desde la típica expectativa masculina de dar continuidad al apellido, de tener un compañero para ver los partidos de fútbol, que se haga cargo del negocio familiar, como de que sea una niña que satisfaga los anhelos femeninos de intimidad compartida, o para lucirla como un "trofeo estético", o para que los cuide en la vejez y todos los etcéteras posibles.
Pero así como pueda haber preferencias en cuanto al sexo del hijo por nacer: por las expectativas que se le depositan, el bebé llega a un mundo totalmente condicionado por lo que se ha dado en llamar formatos de género, que son los moldes preestablecidos de lo que en esa cultura significa ser una mujer o ser un hombre. Es decir, que desde el comienzo habrá una enorme presión del entorno social, que inicialmente estará representado por los padres y el resto de la familia, luego por los educadores, los medios de comunicación, la iglesia y todas las instituciones sociales que prescribirán qué es ser una mujer. Y esta prescripción es normativa, lo que significa que las mujeres crecen en un universo de normas que ponen de forma implícita y explícita lo que le corresponde sentir, pensar y hacer por ser una mujer.
Retomando lo que decíamos sobre el estrecho vínculo de la madre con la cría humana, si la recién nacida es una niña, este mismo efecto de indiferenciación entre madre y bebé se potenciará. Como lo explica E. Dio Bleichmar: porque son del mismo género que sus hijas, para la madre se hará más difícil poner límites a “Sus sentimientos de unidad, fusión y de continuidad” y por lo tanto tenderán a no sentirlas como separadas y diferentes de ellas, a diferencia de lo que pueda suceder con los hijos varones. Estos sentimientos de indiferenciación también resultan ser más masivos y prolongados con las niñas.
Como contrapartida, las niñas vivirán "el paraíso de ser igual al ideal", ya que en los primeros años la figura de la madre estará especialmente idealizada con todos los atributos de ser la fuente de satisfacción de todas las necesidades y, sobre todo, de contención de los temores y ansiedades.
Tanto la niña como el varón disfrutarán inicialmente del placer producido por la proximidad física, ya que desde la predisposición que facilita un condicionamiento programado para que el bebé reconozca el latido del corazón de su madre, identifique su olor y distinga su caricia entre otras, se va generando un deseo de contacto propio del movimiento psíquico de su desarrollo.
Y éste será el germen de uno de los componentes esenciales que describen el funcionamiento del psiquismo: la motivación de apego (H. Bleichmar, 1997), motivación que va más allá de la satisfacción de las necesidades fisiológicas, que está orientada a satisfacer necesidades y deseos de tipo emocional para contrarrestar el sentimiento de desamparo, de impotencia, el desvalimiento.
Pero si en los primeros años las necesidades de las niñas son las mismas, ¿cómo y por qué se produce el cambio que nos lleva a quedar situados en posiciones antagónicas y, en muchísimos casos, irreconciliables?
La crianza en ambos casos es diferentes. En las niñas, todo el proceso de socialización tenderá a reforzar sus conductas de apego. Las madres de niñas tienden a ser más retentivas, o sea a retenerlas más cerca de ellas o de quien las cuida, a censurar que jueguen con la misma libertad de movimientos que los varoncitos, a no permitirles explorar el mundo que les rodea sintiéndoseapoyadas y confiadas, a transmitirles sus temores y ansiedades describiendo un mundo lleno de peligros amenazantes.
Las niñas tendrán mayores restricciones de todo tipo, tendrán que ser más cuidadosas en el más amplio sentido de la palabra. Cuidarse estará siempre vinculado a ser vigilantes consigo mismas para ser "buenas", lo que en principio significa no desobedecer, o sea ser complacientes con lo que los demás esperan de ellas. Porque también quedará fácilmente asociado que ser buena es cuidar a mamá para que no se disguste, no se enfade y no nos castigue con el peor de los castigos: la retirada de su amor bajo la forma de la sutil indiferencia o el conciso "Si eres mala si no cumples con lo que espero de ti, no te querré más".
Y el mandato de cuidar también estará presente en muchísimos casos bajo la fórmula de "Cuida a tu hermanito/a, no le dejes llorar", "No seas egoísta y préstale la muñeca a tu amiguita", "Quédate con la abuelita, que si no está sola", etc.
Dada esta confluencia de cuestiones: la pertenencia al mismo género que facilita la identificación entre madre e hija, la potenciación de las necesidades de apego y el temos a la pérdida de amor como el peor de los castigos, la resultante es una enorme facilitación de una estructura psicológica con todos los caminos conduciendo a la Roma de la dependencia emocional, quedando sobredeterminado en la mente de la niña por la configuración de género que personifica la madre; es decir, la niña desea ser igual a la madre, y esto es lo que más le confunde si desobedece.
Las niñas juegan con las muñecas y se identifican con los cuidados maternales viendo a sus madres actuar como tales. Y rápidamente asocian ambos términos: ser mujer se vuelve equivalente a ser madre. Tanto es así que sólo las mujeres que no tienen hijos se ven presionadas en algún momento a dar explicaciones de por qué no los han tenido, si bien ninguna madre será interpelada sobre por qué quiso tenerlos. Se da por sentado, es del orden de "lo natural" y cuesta trabajo tomar la distancia suficiente como para pensar en la maternidad como un mandato de género femenino, no necesariamente como un deseo.
La "domesticación" de los impulsos que nos llevarían a diferenciarnos en términos de "Lo que quiero hacer no es lo que mi madre o padre o maestra o amiga quieren que yo haga, pero igual tengo derecho a querer hacerlo (lo mismo vale para pensarlo, sentirlo, decirlo, etc.)", va estableciendo un conflicto no exclusivamente entre la niña y los demás, sino fundamentalmente entre aspectos de su propia identidad. Eso quiere decir que internamente existirá, por las propias características del sistema, un conflicto en términos de oposición de tendencias que nos empujan en diferentes sentidos. Siguiendo el ejemplo, el hecho de que muchas niñas sean más respondonas y "desobedientes", es decir que actúen como si no estuvieran tan determinadas por estos temores, no implica que no haya una censura interna, que por una parte pueda valorar la capacidad de hacer lo que quiere, de salirse con la suya, pero que por otra le recuerde a través de diferentes formas de malestar, incluidos los síntomas, que no hizo "lo que debía", dado que "lo que debía" era parte de un ideal propio, no sólo lo que le dicen o imponen los otros desde fuera.
Todo esto impone complicadas maniobras psicológicas.
Necesitamos separarnos, individualizarnos, aprender a reconocer los propios deseos, nuestras capacidades y límites, pero todo ello se logra con un gran coste emocional, sobre todo para las mujeres.
Como decíamos antes, los varones tienen más facilitada su entrada al mundo exterior. Tanto por poder identificarse con una figura masculina, que colabora en que tengan un "acceso directo", que se reaseguren desarrollando primero habilidades físicas que les hacen sentir fuertes como permitiéndoles un mejor entrenamiento en el dominio de la realidad extradoméstica, tanto por la edad en que ya se les permite salir a la calle, el horario en que deben regresar a casa, el tipo de juegos y riesgos en que se les estimula a participar, todo contribuye. A los niños tímidos y atemorizados se les critica y desvaloriza diciéndoles “Pareces una niñita” Las niñas que exhiben gran destreza física o tienen actitudes que expresan agresividad o dotes de liderazgo son "marimachos". Pero ¿a qué contenidos se hace referencia en uno y otro caso?
Ser atrevido o no temeroso es propio de los varones. Expresar miedo e inhibición es de niñas.
Habrá que agregar además que entre los rasgos que más se reprimen en las niñas está, por supuesto, la agresividad en sus formas más variadas. Ni siquiera en la utilidad instrumental que pueda tener como movimiento defensivo. En ningún caso la agresividad de las mujeres está legitimada. El mensaje permanente es que no sólo tenemos que ser buenas, sino demostrar cuánto lo somos para diferenciarnos de ellos, los varones, a quienes no sólo se les adiestra en la agresividad para defenderse, sino que ésta se valora además como un "rasgo de carácter" que forma parte también del formato de género masculino.
Es decir que, mientras que a las mujeres se las impulsa y, por tanto, se las recompensa con la aprobación social por su "capacidad de entrega, de renuncia, de postergación de sus propias necesidades para atender las del otro", a los varones se les reconoce como valor propio de su género el derecho a individuarse, a separarse, a la agresividad, al mejor control de la realidad, a moverse en el mundo público.
Se van configurando así unas asimetrías poderosísimas.
Los niños varones se van separando de su madre, que representa una amenaza a su ingreso al mundo del poder masculino. Necesitan alejarse emocionalmente de ellas para liberarse de los riesgos del contacto emocional, para no quedar "enganchados" y feminizarse, es decir debilitarse.
Así, distanciándose de la madre y de todo lo que ella representa: intimidad, vulnerabilidad, dependencia emocional y falta de poder real, repito, alejándose de ella e incorporando los valores propios de su género se masculinizan. La madre queda asociada a la impotencia inicial y para ser un hombre (como deben ser los hombres en nuestra cultura) hay que ejercitarse en el dominio del mundo fuera de la familia (ya se ocuparán las mujeres de "cuidar" y preservar este espacio doméstico).

Es esta distribución estereotipada y conflictiva la que nos lleva a callejones sin salida. Y, como bien sabemos a estas alturas, no se trató exclusivamente de que la.s mujeres accedieran a trabajos remunerados y gozaran de relativa autonomía e independencia económica. Condición necesaria pero no suficiente para la completa emancipación.


El problema no se resuelve sólo al no depender económicamente, si aún falta una dependencia emocional a resolver. El recorrido que hemos hecho hasta aquí nos ayuda a entender mejor las causas. Pero el determinante fundamental aún está pendiente de explicación.
Si "cuidar" a otro, a las relaciones que establecemos, se va constituyendo en un ideal propio de nuestro género, gran parte de nuestra autoestima dependerá del éxito de esta empresa.
Si "ser buenas", "empáticas", capaces de ponernos en el lugar del otro, tener una extrema tolerancia bajo la forma de "saber perdonar", son atributos que no sólo incorporamos como lo que nos corresponde por ser mujeres, sino que están internamente idealizados, resulta muy difícil luchar contra ello.
La mayor parte de las mujeres tienen que lidiar permanentemente con sus "tironeos internos" y cumplen rigurosamente con sus estudios, trabajos o planes, pero no pueden evitar el gusanillo de la culpa si han dejado al niño con fiebre y no se ocupan ellas personalmente de atenderlo o si, cuando van a salir con sus amigas, la pareja les hace el menor comentario sobre que se queda solo, o si sus madres les reprochan no ocuparse de ellas lo suficiente.
Es necesario tener en cuenta que el sujeto humano funciona por multiplicidad de motivaciones, y en las mujeres predomina una sobre todas las demás: la motivación de apego. Es decir, si la motivación de apego ha sido suficientemente alimentada, tendrá prioridad sobre cualquier otra necesidad psicobiológica o de tipo sexual, ya que incidirá sobre el sistema que regula la relación con ella misma. Pero el dilema es fuerte porque se sentirá mal si renuncia a un deseo individual, pero también si por satisfacerlo se siente en falta con el mandato de cuidar y mantener los vínculos.
Las mujeres que han elegido opciones no convencionales saben el alto precio que han pagado por ello. El gran esfuerzo que supone "ser distintas", bien porque eligen a otra mujer como pareja y no quieren ocultarlo, o porque se empeñan en mantener una actitud de independencia de criterio que las hace padecer todo tipo de críticas como el consabido "¿Quién se habra creído que es?", como si por tener ideas diferentes alguien debiera creer que es otra persona (¿acaso un hombre?), o simplemente por salirse de la norma.
Pero sobre todo sabemos que la dificultad de no encajar en el molde predeterminado es muy alta, porque una de las características de la dependencia es la gran necesidad de ser aprobada desde fuera. La propia valoración depende de lo que se nos devuelva como valioso. Y ser diferente no es algo valorado por las mujeres.
Sin poner en duda la nefasta incidencia que tienen los medios de comunicación, al imponer como ideal de belleza la delgadez y cómo eso ha contribuido a disparar la anorexia como patología, tenemos que plantearnos paralelamente ¿por qué las jóvenes (porque las estadísticas reflejan que es una patología privilegiadamente femenina no pueden sustraerse de la esclavitud al modelo que se les impone? ¿Por qué no sólo no se valora el juicio crítico sino que, tal como vimos, desde el inicio de su desarrollo se recompensa la docilidad y se descalifica toda forma de rebeldía?
Si no se nos entrena en recursos instrumentales que nos ayuden a individualizarnos, a sentirnos "con derecho a", a afianzarnos en nuestras percepciones como válidas, en nuestras ideas como apropiadas y en nuestros recursos como confiables, ¿cómo no vamos a ser dependientes de aquellos a quienes atribuimos todas estas capacidades porque les corresponden por ser hombres y por haber sido esmeradamente entrenados para ello?
Este será, por otra parte, uno de los desajustes básicos ya que las mujeres, sin que ni siquiera sea necesario requerírselo, van a participar en la relación con aquello en que están mejor entrenadas: la disposición a escuchar y participar en la vida emocional de sus seres significativos, la contención de las ansiedades, es decir, alimentos para la intimidad y el contacto afectivo.
Pero los hombres que han tenido resueltas estas demandas por sus madres y sucesivas cuidadoras, novias, hermanas, amigas, etc., y que no han sido entrenados en la valoración de la "sintonía afectiva", no están tampoco en condiciones de ofrecer "reciprocidad en el servicio". Las mujeres sufren y se quejan de esta "falta de comunicación", de apoyo, de contención. Y los hombres sienten que "a ellas nada les alcanza", que las demandas los desbordan y se les pide hablar un lenguaje que desconocen.
Si la mujer se siente guardiana del cuidado de las relaciones y supone que le corresponde una mayor responsabilidad y dedicación para que éstas funcionen bien, ¿cómo evitar, cuando algo falla, el malestar de sentir que es ella la inadecuada, la que no ha hecho lo suficiente para "sacar adelante" la empresa sobrevalorada por encima de todas?
Porque las mujeres hacen de su vida emocional y especialmente de la pareja, "la gran tarea", dedicando a ello una energía (de todo tipo), un tiempo y un esfuerzo impresionantes.
Corno expusimos antes, gran parte de la valoración personal de la mujer (es decir, cómo se juzgue a sí misma) dependerá de la consecución de este logro: la pareja y la familia; y cualquier incidencia en este terreno se vivirá amplificadamente como una señal para reafirmarse o sentirse mucho más insegura. Pero la valoración de su entorno también influye notablemente, y lo que el medio valora es la abnegación, la capacidad de sacrificarse por los suyos.
De una mujer que cumple a rajatabla con los preceptos se dice "es una santa". Pero una madre que desatiende a sus hijos es una "desnaturalizada". Mientras tanto, los padres son, a lo sumo, "ausentes", no se apela a ninguna naturalización de la paternidad.
¿Cómo se inscribe todo esto en el imaginario social y en la subjetividad personal de cada mujer?
No cabe duda de que a la hora de tener que separarse de una pareja con la que se construyó el proyecto de una familia, todos estos fantasmas afloran. Y en muchas mujeres lo hacen sobre una creencia (creencia matriz pasional, H. Bleichmar, 1986), es decir sobre una especie de idea latente, constituida mucho antes, de que la soledad es para una mujer el peor de los castigos y la confirmación ante sí misma y los demás de que algo en ella resulta inadecuado, no sirve para "ser como las demás".
Si sumamos al imperativo de género de cuidar a los demás y a las relaciones el sentimiento interno de que debía haber podido mejor con lo que no pudo, más el terror a la soledad, esto nos permite entender por qué los umbrales de "aguante" a las situaciones de maltrato son tan altos y esta condición está tan extendida.
Lo que las mujeres temen de la soledad no es la situación en sí misma, ya que están acostumbradas a valerse de sus propios medios para la vida cotidiana (por supuesto que las condiciones económicas y sociales determinarán luego cada caso en particular). Temen no poder "volver a sentirse bien", en el sentido del reaseguramiento de un estado emocional en el que la presencia del otro era la garantía. Temen no poder recrear otra situación en la que alguien vuelva a estar interesado en ellas y eso las haga sentirse menos valiosas, menos capaces.
Esto nos lleva a plantearnos la cuestión fundamental: las mujeres aguantan el maltrato porque el sufrimiento que les hace padecer esta situación puede, en muchos casos, ser menor que el miedo a quedarse solas con sus fantasmas y autorreproches. Porque el sufrimiento que pueden padecer por no haber cumplido con sus "deberes internos" puede ser mayor que el de las agresiones que soportan.
Las casas de acogida nos ofrecen datos reveladores: casi la mayoría de las mujeres vuelven con las parejas que las maltratan hasta dos o tres veces antes de la separación definitiva. La primera reacción es autoengañarse confiando en las promesas de rehabilitación que ellos les hacen. Necesitan creer que no todo está perdido, que lograrán recuperar la relación antes de empezar el duro proceso de reconstrucción de sus propias vidas.
El panorama no parece alentador, pero nos ayuda a pensar que es mucho lo que queda por hacer. Cada una desde el lugar que le sea posible.
Por mi parte, empezando por el cuestionamiento de los paradigmas con que hemos pensado y descrito a la mujer, con teorías en todos los casos necesitadas de revisión y reformulación a la luz de los conocimientos actuales. Atreviéndonos con los discursos hegemónicamente masculinos y construyendo otras aproximaciones propias de nuestra reflexión.
Sabiendo que tenemos que denunciar la legitimación social de la violencia masculina que se implanta en sus más variadas formas desde la crianza del niño. Como plantea Luis Bonino, la violencia no es un problema “De las mujeres sino para las mujeres, siendo en realidad y fundamentalmente un problema de la cultura masculina/patriarcal y de los varones".
Y, sobre todo, "desnaturalizando" la tendencia de las mujeres al cuidado, a la disponibilidad incondicional, a la valoración de la propia frustración y de la renuncia a favor de las necesidades ajenas. Reconsiderando estas categorías, animándonos a interrogarnos sobre a qué llamamos egoísmo, a cuáles son los imperativos de género que incorporamos sin rechistar y sin siquiera cuestionarnos.



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