Curso de Especialista en Psicoterapia


Del Narcisismo al Edipo – Un arduo camino



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Del Narcisismo al Edipo – Un arduo camino


Norma Ferro Pérez
Hablar de narcisismo es hablar de representación e identificación. Sabemos que el bebé nace inmaduro, que necesita de un objeto exterior para su subsistencia, objeto que debe suministrarle el soporte afectivo y alimenticio necesario. Su falta puede ser el origen de graves trastornos físicos y psíquicos, desde el hospitalismo o la depresión anaclítica, hasta los trastornos psicosomáticos o borderline. O sea que debe tener satisfechas las pulsiones de autoconservación y las pulsiones sexuales.
La madre (o sustituto) que ad-mira al bebé le está dando un lugar en el mundo, le está narcisizando.
Hablamos de la primer etapa en la evolución psicosexual, el autoerotismo, pero si bien es cierto que la pulsión se hace autoerótica, primero hubo un objeto, aunque no reconocido como tal ya que todavía no existía la discriminación yo - no yo.
En esta burbuja autista en la que el bebé permanece en el primer mes, no existe todavía para él un objeto reconocible. Será necesaria la frustración, la ausencia del objeto, por supuesto con la suficiente gratificación previa, para que el objeto pueda ser reconocido como exterior a él, para que pueda comenzar el reconoci­miento de que la gratificación proviene de otro.
Ante esa primera pérdida objetal vendrá primero la alucinación como intento de recuperación y luego el tomarse a sí mismo como objeto, así se hace autoerótico, se

configurará el deseo hacia ese incipiente yo, hacia esas parcialidades que llegarán a constituir el yo. No existe todavía una representación unitaria y total del mismo.


Dice Freud (1914) que es necesario un nuevo acto psíquico para que el nar­cisismo se constituya: “Es un supuesto necesario que no está presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo: el yo tiene que ser desarro­llado. Algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica para que el narcisismo se constituya”. ¿Cuál es ese algo? Es la constitución del yo representación no el yo autoerótico de las pulsiones parciales. ¿Cómo se llega a ese yo representación? Para ello es necesaria la internalización de una relación intersubjetiva, una relación con otro, una discriminación yo - no yo.

¿Cómo se va produciendo este proceso?: La experiencia de satisfacción o frustración deja sus huellas, las huellas mnémicas. El alimento que llega merced a un auxilio externo y su percepción permitirá que la imagen mnémica quede asocia­da a la huella mnémica. Cuando la necesidad resurja se cargará nuevamente la imagen mnémica de dicha percepción y se reconstituirá la primera experiencia de satisfacción. No hay aquí todavía diferenciación yo - no yo.


Al reaparecer la necesidad será investida la percepción, y ante la ausencia de objeto, aparecerá la alucinación como forma de conceder una satisfacción aun­que sea de forma alucinatoria. Éste es ya un gran paso en la constitución del aparato psíquico. O sea que es necesaria la pérdida para poder comenzar a discer­nir al objeto como exterior, así como para poder instaurar la representación “cosa” es necesaria la existencia de la cosa, del objeto exterior al sujeto.

El bebé tiene por lo tanto en un primer momento sensaciones y percepcio­nes que no alcanzan todavía un nivel representacional. Las huellas mnémicas se irán organizando según el nombre que le dan diferentes autores, como representa­ciones primordiales, identificaciones primarias narcisistas e identificaciones primarias. Yo prefiero llamar a este proceso protorepresentacional y por lo tanto podemos hablar de protorepresentaciones y no de representaciones ya que no se puede representar aquello que no existe. La representación es posterior y después de ésta vendrá la identificación, ya que la identificación se produce con las representaciones.


Se establecerá entonces la identidad de percepción, una equivalencia entre representaciones. Esta identidad de percepción transcurre dentro del campo del proceso primario.
Así se irá configurando una organización, el yo, que tenderá a la unificación e integración pulsional y representacional. De esta manera se podrá llegar a investir el yo, ya constituido como tal, y se pasará del autoerotismo al narcisismo. Comen­zará el pasaje del principio del placer al principio de realidad, al reconocimiento primero de un mundo interno y de un mundo externo, del yo y el no yo. Éste reconocimiento será por supuesto parcial y fragmentario. La discriminación de objeto externo y objeto interno traerá como consecuencia que el objeto externo sea “bueno" cuando gratifica y “malo” cuando frustra. Su sentimiento será de repulsa ante el objeto malo y de satisfacción y atracción ante el bueno. Si no existiera la frustración se permanecería en una supervivencia ilusoria de completud que como veremos es imposible de mantener.
Se va pasando entonces de la representación de objetos parciales a objetos totales, de la representación del objeto estando el objeto presente a la representación del objeto ausente, al reconocimiento de la distancia espacial y de la diacronía temporal. Pero el camino es arduo, es menester ir aprendiendo paso a paso a vivir en el mundo. Ese camino exigirá de mecanismos que tratarán por una parte de mantener la ilusión de completud, el yo ideal y por otra de acercarse a una realidad inevitable.
Las protorepresentaciones así como las protoidentificaciones son constitutivas del yo. Sobre ellas se realizarán las identificaciones primarias y luego las se­cundarias. No son etapas que se cierran y cedan su lugar a otras, es un proceso que se va imbricando a medida que se va constituyendo el psiquismo.

Estas identificaciones dependerán de cómo los padres hayan identificado al bebé, ya que en realidad el niño es identificado primariamente por los padres que son quienes le dan un lugar en el mundo, ya sea permitiéndole “ser” o haciendo de él su “yo ideal”. De esta manera se pueden explicar, sin excluir, cosas que se atribuían a lo genético o hereditario.


Podemos hablar entonces de:

  • Protoidentificaciones: Anteriores a la diferenciación yo - no yo. Es el reino de la percepción y la incorporación. Etapa autista. En la medida en que se va avanzando en la maduración van evolucionando los mecanis­mos y se pasará a la etapa siguiente de simbiosis y a las




  • Identificaciones primarias: Preedípicas. Desde el esbozo de relación objetal seguirá pasando por la ambivalencia, por la posibilidad de transfor­mación de la libido narcisista que enviste al yo a la libido objetal y al comienzo de las




  • Identificaciones secundarias: Edípicas, secundarias a la pérdida de objeto, no porque el objeto abandone sino porque el sujeto se ve obligado a renunciar a él, a la carga de objeto, para identificarse con él. A través de ésta identificación se constituirá el superyó, “El superyó es el heredero del complejo de Edipo” y el ideal del yo como reemplazo del yo ideal.

Si los padres se ofrecen como representación realista, en el sentido definido por Mayer (1982, 1989) como que remiten tanto al amor objetivado como al principio de realidad, éste será el modelo y objeto sobre el que se harán las protoidentificaciones que seguirán el camino hasta constituir merced a las identifi­caciones el yo definitivo. El niño tendrá entonces la posibilidad de ir construyendo su propio Ideal del yo y de estructurar un narcisismo normal arribando así al Edipo con un bagaje que le permitirá una mejor resolución y le preparará para una futura relación de objeto normal. .
Si los padres toman al hijo como “his majesty the baby”, como objeto destinado a restituirles su narcisismo perdido, tratarán de conformarle según sus pro­pias aspiraciones narcisistas. El Yo Ideal que se instale así en el niño será el que irá a constituir su ideal, identificado con el ideal de los padres. No habrá posibilidad de acceso al Edipo ni de estructuración de su propio ideal. Éste será el represen­tante de una falta que le obligará a actuar de una manera compulsiva buscando una completud imposible en una elección de objeto narcisista. Estamos en el narcisis­mo patológico, en presencia de ese niño maravilloso y omnipotente que, como dice Leclaire, es necesario matar “esa representación Inconsciente primordial” que no es más que la representación del deseo de la madre.
Si Narciso muere enamorado de su imagen, para impedir su muerte es impres­cindible aquella otra, renunciar a la ilusión de completud para poder acceder a la palabra, al ideal del yo, al tercero. Para poder aceptar la castración y acceder al Edipo.
El infans comenzará a hablar, el acceso a lo social implica la muerte de la omnipotencia y la salida de la simbiosis. Pero éste no es un acto que se ejerza una vez y quede saldado para siempre. Es necesario hacerla permanentemente ya que si bien se renuncia al ideal, toda la vida se mantendrá la ilusión de alcanzarlo, ese Yo ideal al que siempre se aspira se mantendrá oculto, deseando ocupar el lugar del ideal del Yo.
Las representaciones realizadas en función del Yo ideal darán lugar a repeti­ciones compulsivas destinadas a encontrar ese ideal imposible, y que son resulta­do de las identificaciones primarias. En cambio el ideal del yo es el heredero del complejo de Edipo resultado de identificaciones secundarias que agotan las posibi­lidades de realización de sus aspiraciones antes de llevar a la represión.
Vemos que todo este proceso, este arduo camino a recorrer, está en función de la relación que mantienen los padres con el bebé que a su vez lo está en la relación de cada uno de los progenitores consigo mismo y con el mundo y que posibilitará o no la adecuada estructuración del psiquismo del bebé, proceso que será posibilitado o coartado y que le permitirá “ser” o le colocará en el lugar que los padres necesiten para compensar sus propias carencias narcisistas.

Como decía anteriormente, las repeticiones que se realizan en función del logro del yo ideal son las repeticiones compulsivas destinadas a encontrar aquel ideal perdido. Es el narcisismo de muerte. En cambio las que se dan en función del deseo sexual y en la transferencia ayudan a construir la historia, están en función de lograr una mejor estructuración del yo, de la creatividad.


Green (1986,1996) nos habla de un narcisismo positivo y un narcisismo negativo. El positivo relacionado con Eros que tiende a la unificación, a la ligazón, el narcisismo de vida. El negativo que tiende a deshacer la unidad del yo, corresponde al intento de regreso al yo ideal, es tributario de la pulsión de muerte, tiende al cero, al nirvana, a la muerte psíquica.
Pero si bien se avanzó en el estudio y comprensión del narcisismo patológi­co, se fue olvidando y dejando de lado el narcisismo normal y nuevamente volvemos a Freud y su "Introducción del narcisismo”, cuando nos habla metaforizando de que a la manera de una ameba la libido narcisista emite pseudópodos que investirá a los objetos transformándose en libido de objeto, pero que siempre una cantidad de esa libido narcisista debe permanecer en el yo. Es decir que el yo debe estar investido siempre de una libido narcisista que le garantice su autoestima, quizá por no recordarlo o no tenerlo presente es que cuando se habla de narcisismo siempre parece que se está hablando de una patología.
Kernberg (1977) nos habla del narcisismo infantil normal, del narcisismo adulto normal, y del narcisismo patológico.
En el narcisismo infantil normal encontramos todo aquello que es normal en el niño, ya que si el niño es “normalmente perverso polimorfo” (Freud, 1904) también es "normalmente narcisista”. Tiene fantasías grandiosas, puede ser el rey o el perro con nariz de agua, hace esfuerzos por controlar a la madre, idealiza a sus padres y es exigente en relación a sus necesidades reales. Todo ello dará lugar en la evolución normal a la configuración de un narcisismo adulto normal, con la integración de las representaciones buenas y malas de sí mismo y de los objetos, con una autoestima adecuada, una adecuada gratificación pulsional, que no genere conflictos entre las aspiraciones del yo en su confrontación con el mundo exterior, y la configuración de un ideal del yo propio.
En el narcisismo patológico encontramos aspectos contradictorios que van de la extrema sobrevaloración de sí mismo a la extrema desvalorización. Una intensa envidia que les lleva a desvalorizar todo aquello que reciben, ya que ello implicaría aceptar la falta y la incompletud. Predominan en ellos los mecanismos primitivos no siendo la represión el mecanismo fundamental, como lo es en las neurosis dando lugar a la formación del síntoma, sino que lo fundamental es el fallo en la estructuración del yo. Esos “pacientes difíciles”, ”neuróticos de difícil tratamiento”, que mencionó Freud tantas veces, son esos pacientes con un déficit narcisista tal que como dice Green (1986): "El peligro del análisis de las organizaciones narcisistas es que al deseo de cambio invocado en la demanda de análisis, antes de que éste comience, se opone una fidelidad a sí mismo, guardiana del narcisismo, que prefiere el fracaso del análisis al riesgo que supone el cambio consistente en la apertura al objeto”.
­Fue necesario que pasara tiempo, que permitiera pensar en la necesaria narcisización del yo. Como decía anteriormente, todavía hoy se habla de los sujetos narcisistas como si se tratase de un estigma o de una patología. Todos somos sujetos narcisistas, así como todos somos sujetos sexuales o libidinales. Es indudable que el ser amado aumenta la autoestima y favorece el equilibrio narcisista, pero no siempre es indispensable para mantenerlo, así como también hay relaciones de objeto o posesiones de objetos que aumentan el narcisismo.



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