Curso de Especialista en Psicoterapia



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Melanie Klein

La técnica kleiniana pone un énfasis enorme en la interpretación de la transferencia aquí y ahora. Todo material extratransferencial era trasladado al aquí y ahora, conmigo.


Melanie Klein inventa la técnica del juego: Ella toma el juego del niño como su modo de asociar. Todo lo que el niño hace es poner en escena situaciones inconscientes.
En el fondo todos los personajes que van apareciendo en la asociación remiten a la figura del terapeuta. Interpreta todo el material en términos de metáfora paciente-analista. Finalmente acaba generando transferencias hostiles que son las que más interpreta.
El analista clásico va desde la superficie a la profundidad. El kleiniano va directo a las interpretaciones profundas.
Spinoza: “La envidia es la alegría frente a la idea de que a alguien le ha ido mal y la tristeza está vinculada a la idea de que a alguien le va bien”
Según Melanie Klein hay dos posiciones básicas en el desarrollo: la esquizoparanoide y la depresión.
Cada posición tiene un tipo de ansiedad que le caracteriza, un tipo de defensa y un tipo de relación de objeto.
Posición esquizoparanoide: Tiene ansiedad esquizoide, defensa paranoide, relación de objeto parcial: a veces bueno, a veces malo (pecho bueno, pecho malo).
Posición depresiva: Ansiedad depresiva; defensas: lucha con la ansiedad depresiva; relación de objeto: total (lo bueno y lo malo mezclados).

Identificación proyectiva

Melanie Klein introduce este concepto en 1941. Afecta básicamente a la percepción del analista. Es una forma de comprender aspectos centrales de la transferencia por parte del analista: “Es el resultado de la proyección de parte del yo en un objeto”.


Bion dice: “La identificación proyectiva es un modo de hacerse llegar al otro: Como me siento yo haciéndoselo sentir a él”.
Para Melanie Klein la identificación proyectiva afecta a la percepción del objeto, para Bion afecta a la experiencia del objeto.
Un paso es que el paciente proyecte en el otro sus propios problemas o carencias y otro es que el otro se sienta de esa forma. En este caso, el analista diría: “Usted se siente desesperanzado y por eso me hace sentir a mí…..”
Los kleinianos se centran en la experiencia emocional aquí y ahora conmigo. Trabajan con el vínculo pero de una forma poco participativa por parte del terapeuta.
La identificación proyectiva tiene dos conceptos:


  1. Melanie Klein. Cómo afecta a la percepción del otro (1942)




  1. Bion. Afecta a la experiencia emocional del otro (el analista siente cosas que son pensadas como cosas que el paciente le hace sentir). (1960)




  1. B. Joseph. No solo es una forma de percibir o de hacer experimentar al analista, sino que a veces le hace actuar al analista (1980).



Psicoanálisis lacaniano


Marino Pérez Álvarez – “Tratamientos psicológicos”
Lacan pretende una vuelta a Freud que se presenta como un relevo ortodoxo del freudismo, del que las aportaciones lacanianas no serían más que un comentario de la teoría freudiana. Un comentario para hacer del psicoanálisis una verdadera “ciencia del hombre” por encima de o más profundamente que las diversas formas de neofreudismos hasta ahora conocidos. Concretamente, se trata de reinventar el inconsciente, de redescubrir el ello y, en fin, de relevar la doctrina freudiana con una teoría del sujeto promovida desde la lingüística.
Valga decir de entrada que Lacan practica una relectura de Freud a través de la lingüística y reinventa el inconsciente. Ahora, reducido a su principio fundamental “El inconsciente es un saber estructurado como un lenguaje”. Si bien para Freud el inconsciente no dejaba de ser “Una cadena de significantes” y, por tanto, algo inteligible en términos lingüísticos, Lacan llegará a dar primacía al lenguaje sobre el inconsciente, de modo que éste va a ser una segunda estructura inscrita en aquél.
El inconsciente cohabita con el discurso consciente conformando una transición por continuidad entre uno y otro. En todo caso, el lenguaje habita en el hombre o, mejor, se está habitado por el lenguaje. Concretamente, el inconsciente es una cadena de significantes “on line” que funciona de acuerdo con la metáfora y la metonimia (la condensación y el desplazamiento de Freud). La metáfora transcribe un significante por otro que sigue representando al sujeto. La metonimia conecta significantes entre sí dejando fuera un significado en la cadena por cuyo eslabón faltante se asoma el objeto de deseo. “El inconsciente es que el hombre esté habitado por el significante”.
En esta perspectiva, el inconsciente no es algo individual ni tampoco colectivo sino una trama entre las personas en conexión (por ejemplo, entre terapeuta y paciente). El inconsciente sería, pues, una cadena de significantes que liga al analista con el analizado. De este modo, el inconsciente puede brotar tanto de parte del analizando (un síntoma) como de parte del analista (una interpretación).
Un síntoma tiene tres características para un lacaniano. Por un lado, es la manera de expresar el sufrimiento. De este decir, el analista se interesa sobre todo en los detalles inesperados y en las palabras improvisadas. Por otro lado, el síntoma es también la explicación que da el propio paciente acerca de su sufrimiento. Al ser una explicación para el otro, el analista queda enganchado en el síntoma. Por último, el síntoma forma parte del analista. El analista sería tanto el destinatario como la causa del síntoma, en expresión lacaniana, el sujeto-supuesto-saber. Se trata pues de la transferencia. Consecuentemente, el síntoma es un signo que representa algo para alguien. Como tal signo, el síntoma tiene su cara significante, que es un acontecimiento involuntario del habla (es decir inesperado o improvisado) por el que se fuga o en el que brota el inconsciente.
El significante del síntoma es un acontecimiento involuntario, sin sentido y repetible una y otra vez, de una u otra manera, de ahí que sea uno ocupando su lugar en la cadena de significantes. Como dice Lacan, un significante sólo es significante para otros significantes. La cuestión es que mientras el significante Uno (S1) es reconocible, la cadena en la que se sitúa permanece fuera de actuación (S2).
Por su parte, la interpretación pone en acto el inconsciente del análisis. La interpretación sería un decir del analista que repite y está en el lugar de un síntoma del analizando. Puesto que el inconsciente liga a los dos partenaires del análisis. Un significante puede aparecer, desaparecer y reaparecer en uno u otro momento y lugar y en una y otra persona, lo que supone una relación transferencial bien tramada.
Como quiera que sea, un analista lacaniano habla poco si es que no ha dejado de hablar. Es palabra vacía para, de este modo, llegar a la palabra plena que es lo que le hace falta al analizando para que se “vacíe” en el entramado analítico. Si la actitud analítica freudiana era la neutralidad y la abstinencia, el lacaniano se hace el muerto para así hacer regresar al paciente hasta el significante primero de su deseo que no es otro que la falta-de-ser, en concreto la falta de ser falo, de no haber sido el deseo del deseo de su madre. Estas vicisitudes acontecen en el paso del estadio del espejo al estadio del edipo, entre los dieciocho meses y los tres años, según toda una elaboración doctrinal.
Aun así, el analista lacaniano escucha distraídamente el fluir verbal del paciente, del que se queda con los lapsus, las dificultades de la expresión tal palabra fútil, cierto silencio. De esta manera, el analista va recolectando un montón de significantes inconscientes de los que trata de encontrar el hijo que los entreteje, su cadena de significación, la reconstrucción lingüística.
La curación se daría cuando el analista puede nombrar y revelar al paciente todo lo que este ha dicho sin saber lo que decía: “Eso eras tú”, vendría a asegurar. En esta nominación, que es como los lacanianos denominan la interpretación, el paciente recobra la palabra plena que le permite ahora verbalizar todo lo que le habita inconscientemente. Es la revelación de la verdad. A falta de ser el objeto del deseo materno (falo), su satisfacción posterior se venía resolviendo en una cadena de sustitutos, de significantes sin sentido. La cura es la restitución de las cadenas asociativas hasta el acceso a la verdad del inconsciente, mediante la revelación al neurótico de las metáforas, metonimias y demás deformaciones que se le han producido inconscientemente desde el significante primero.
El motor de la cura en cuanto que energía que promueve la reparación de la cadena es el goce. Si bien el síntoma es un padecimiento para el yo, sin embargo no deja de ser un alivio y una liberación para el inconsciente. Un goce que no se habría de hacer equivalente a placer, como reducción de tensión, sino a tensión máxima. En este sentido, por ejemplo, el dolor sería un goce y acaso el placer sexual algo inexistente por imposible.
Se trata, en todo caso, de un goce residual que queda en el inconsciente y cuya realidad es un deseo fantasma, puesto que las otras formas de goce, una se ha disipado: goce fálico, por ejemplo, en el síntoma, y la otra es imposible: goce del Otro, lo que lleva a Lacan a declarar que “No hay relación sexual” (uno de los aforismos más impresionantes). Lacan, en vez de hablar de ello y libido, parece proponer en su lugar el goce, que es igualmente un trabajo del inconsciente, con su compulsiva repetición, pero que toma en principio un aspecto subjetivo, ya que sería alguien, un sujeto, el que goza. Sin embargo, termina por suprimir toda su objetividad. El inconsciente goza, pero no hay sujeto que goce. Se vendría a decir que no gozamos de algo, sino que algo goza en nostros. El cuerpo es el lugar del goce, en sus partes implicadas.
Al ser así, el goce carece de significante: el sujeto tiene sus significantes y no hay significante sin sujeto. De ahí que no haya goce (relación sexual) puesto que requeriría sus significantes y estos serían de un sujeto. En lugar del goce hay contrariamente deseo de no gozar. En concreto, el neurótico se protege del goce precisamente mediante el deseo y el contento con sustitutos (el síntoma) y engaños (el fantasma). Particularmente, el fantasma consiste en la identificación con aquello que se pierde. Estas son las vicisitudes por las que pasa el niño: una vez separado del pecho, este se convierte en objeto del deseo, entonces el bebé se identifica con él, así se convierte en fantasma i seguidamente en objeto para el otro (que en este caso, no es sino la madre, otro primordial, mayúsculo), preto para su decoración por ella.
Definitivamente, en el fantasma somos aquello que perdemos. Ahora bien, el sujeto desaparece detrás del objeto, pues se ha de reparar que el objeto (por ejemplo, el pecho) es la causa organizadora del fantasma, de manera que ese objeto alucinado es, ante todo, un modo de gozar (el plus de goce) pero, como se ha dicho, no goza el sujeto, sino que algo goza en él. Este suceder alucinante del fantasma cubre también la dinámica de la transferencia, donde ahora el objeto del deseo (el pecho) está representado por el analista. Cabe igualmente, siempre según la doctrina lacaniana, que el analizando, como en su caso el niño respecto a la madre, sea objeto para su decoración por el analista. En fin, tal parece todo un canibalismo psicoanalítico.
El laconismo habla propiamente de objeto a, cuya letra se toma de “autre” (otro) a su vez diferente de objeto A (de Otro) para referirse en este caso al poder determinante del lenguaje (inconsciente y también a la madre). Sin embargo, la pregunta por quién ese otro, es difícil de responder. El otro es la imagen que amo de mí mismo, es también una prolongación de mi cuerpo, y tampoco deja de ser una historia repetitiva con la que me identifico. Hay, por tanto, otro imaginario, fantasmático y simbólico, pero ninguna capta plenamente que es el otro, de ahí que, como no hay una respuesta clara y distinta, se proponga la notación objeto a que, de todos modos, se identifica más con el objeto fantasma (en el sentido dicho). En rigor, también habría que apuntar que “objeto a” no es tampoco el objeto de deseo (alucinado), sino que es el agujero, ese goce enigmático e innombrable (que de todos modos denominan “plus-de-goce”. El objeto a es entonces un invento introducido por su utilidad en la práctica clínica como también lo es la sustitución de la cadena de significantes por S1 y S2, a fin de opoerar a la manera de la lógica.
¿Qué hay del sujeto? El sujeto lacaniano no es el sujeto de la acción verbal ni la identidad fenoménica con base corporal, ni tampoco el ego freudiano. Es el sujeto del inconsciente. Este sujeto está representado por el significante que, como se sabe, no está correspondido por un significado, no sabe lo que dice. El sujeto está habitado por el lenguaje e inscrito en una trama de significantes que se remiten unos a otros y que determinan su destino (como en Freud, el sujeto no es el amo de su casa). El sujeto no tiene plenitud, sino que está fundido-encadenado, es decir, hendido y arrastrado por la cadena de significantes. Es un sujeto tachado o partido por la mitad. La letra, el lenguaje, determina al sujeto. El sujeto no es el que piensa, sino es el lenguaje lo que trama los deseos y demás fijaciones y desplazamientos. Cabe decir, lacanianamente, que el sujeto está ausente del discurso, en ese sentido de estar ido.
En esta línea habría todavía que añadir que este sujeto del inconsciente está hundido, agujereado, en ese sentido de vacío, ido, ausente. El sujeto está donde lo real tiene una falta, un agujero. Un agujero es un borde surcado por el flujo del goce. No hay agujero sin goc que haga palpitar sus bordes. El sujeto parece ahora remitirse al cuerpo, un cuerpo sexual, real, que es a la vez hablante (simbólico), compuesto de significantes, e imaginario en cuanto identificado con alguna figuración exterior fuera una persona o una cosa que nos dice algo y que lleva entonces a la condición fantasmal.



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