Curso de Especialista en Psicoterapia


Cuadro clínico: Características Generales



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Cuadro clínico: Características Generales

En esta sección querría familiarizar al estudiante con algunas de las más típicas manifestaciones de los fenómenos de transferencia tal y como es posible que se presenten durante la terapia. Creo que el mejor modo de conseguirlo es examinar aquellas características de las reacciones del paciente que indican la posibilidad de una reacción de transferencia. No hay que olvidar que la presencia de las propiedades que intento destacar no es prueba absoluta de ello, ya que también ha de encontrarse una repetición y una impropiedad.


La impropiedad

En cuanto intentamos ilustrar el cuadro clínico de las reacciones de transferencia se plantea una cuestión fundamental: ¿No podríamos clasificar como transferencia todas las reacciones al terapeuta? Según nuestra definición hay que decir que no. Tomemos un ejemplo sencillo: el paciente se enoja con su terapeuta. Este hecho sólo no permite determinar si se trata de una reacción de transferencia. Primero debemos ver si el comportamiento del terapeuta justifica el enojo. Si el paciente se impacientó porque el terapeuta interrumpió sus asociaciones respondiendo al teléfono, yo no consideraría que el enojo del paciente es una reacción de transferencia. Su reacción parece realista, acorde con las circunstancias y propia de un nivel maduro de funcionamiento.


Esto no quiere decir que la reacción del paciente no deba ser tomada en cuenta, sino que esos casos se tratan de modo diferente que los fenómenos de transferencia. Podríamos explorar la historia y las fantasías del paciente en relación con las reacciones coléricas, pero a pesar de nuestras apreciaciones recordaríamos al paciente y a nosotros mismos que esa reacción franca a la frustración era realista. Si el paciente se hubiera puesto furioso y no sólo enojado, o si se hubiera quedado totalmente indiferente, la impropia intensidad de la reacción hubiera indicado que probablemente nos encontrábamos ante una repetición o una reacción de la infancia. Otro tanto sucedería si su enojo durase horas o si reaccionara a la interrupción con una carcajada.
La impropiedad de una reacción a una situación actual es la señal principal de que la persona que desencadena la acción no es el objeto decisivo o verdadero. Indica que la reacción probablemente tiene que ver y conviene a un objeto del pasado.

La intensidad

En general, las reacciones emocionales intensas al terapeuta denotan transferencia. Así sucede con diversas formas de amor, y también de odio y miedo. El comportamiento y las actitudes consecuentes, restringidas y no intrusivas, que acostumbra el terapeuta, no suscitan reacciones intensas en un nivel realista. Aquí también hay que tener presente la propiedad de la reacción. Conviene reconocer que un paciente podría tener razón de reaccionar con gran intensidad si el comportamiento del terapeuta y la situación terapéutica lo justifican. Por ejemplo: el terapeuta se duerme oyendo a su paciente. El paciente se da cuenta y al fin consigue despertar al terapeuta llamándolo.


El paciente se pone furioso porque el terapeuta no reconoce su error y en lugar de aceptarlo interpreta que el paciente inconscientemente quiso dormirlo mostrándose aburrido. En semejante situación, yo no consideraría la furia del paciente una reacción de transferencia sino algo esencialmente justificable y propio. De hecho, cualquier otra reacción hubiera sido con más probabilidad señal de transferencia del pasado. Esto no significa que la reacción del paciente no haya de ser analizada, pero el objetivo analítico último es diferente según tratemos con una reacción de transferencia o con una realista. Además, siempre hay la posibilidad en todas las reacciones intensas, por justificables que parezcan, de que aparte de la superestructura realista haya también un núcleo de transferencia. Pero en el curso ordinario del análisis, las reacciones intensas al terapeuta son un indicio harto seguro de reacción de transferencia.
Lo contrario de las reacciones intensas para con el terapeuta, o sea la ausencia de reacciones, es un indicio no menor de transferencia. Tal vez el paciente tenga reacciones pero las esté refrenando por sentirse desconcertado o asustado. Es ésta una manifestación evidente de resistencia de transferencia. La situación es más complicada cuando el paciente no tiene conciencia sino de los sentimientos más inocuos y débiles. Es posible que haya sentimientos fuertes en su interior, pero reprimidos, aislados o desplazados. A veces es necesario analizar persistentemente el miedo a reaccionar con emoción ante el terapeuta para que el paciente se anime a permitirse algunas reacciones espontáneas. Aquí quiero mencionar brevemente la frecuente experiencia clínica de que mis pacientes reaccionan de modo muy razonable ante mis idiosincrasias pero propenden a alborotarse por cualquier signo de peculiaridad en otro terapeuta. Es éste un ejemplo bien neto de desplazamiento de una reacción de transferencia y hay que reconocer en él una defensa contra los sentimientos de transferencia respecto del terapeuta del paciente. Resistencia semejante manifiestan los pacientes que reaccionan levemente en la sesión terapéutica y tienen reacciones emocionales intensas no explicadas para con los extraños fuera de la sesión.
Puede suceder que un paciente no se interese mucho en su terapeuta durante un breve período de tiempo porque en su vida estén sucediendo acontecimientos importantes fuera de la terapia. Pero la ausencia prolongada de sentimientos, pensamientos o fantasías acerca del terapeuta es un fenómeno de transferencia, una resistencia de transferencia. El terapeuta es una persona demasiado importante en la vida del analizado para estar ausente de sus pensamientos y sentimientos por algún período considerable de tiempo. Si el terapeuta verdaderamente no es importante, entonces él paciente no está "en análisis". Tal vez el paciente esté pasando por la terapia para agradar a alguien o por alguna otra razón que no sea la de seguir un tratamiento.
Puede también ocurrir que alguna otra persona en la vida del paciente absorba las emociones intensas de éste y que la ausencia de sentimientos intensos por el terapeuta se deba más que nada a una resistencia de transferencia. Por ejemplo: un paciente en la primera parte de su terapia está libre de su temor de implicación emocional y más adelante se enamora. Con toda probabilidad, el amor del paciente contiene elementos importantes del pasado, pero la contribución de la situación terapéutica podrá o no ser de importancia decisiva. Habría que explorar esa situación con todo cuidado y repetidas veces antes de llegar a una conclusión segura. ¿Se ha enamorado el (la) paciente para darle esto a uno? ¿Se ha enamorado a pesar de uno, porque uno no le da suficiente amor? ¿Se enamora por identificación con uno? ¿Se ha enamorado de alguien que se parece a uno? ¿Es el enamoramiento señal de madurez? ¿Parece haber alguna esperanza realista de que la relación dure y sea feliz?
No es fácil responder a estas preguntas; no hay respuestas bien definidas y sólo la exploración prolongada y el tiempo pueden ofrecer una respuesta razonablemente acertada: esta es la base de la regla práctica propuesta por Freud de que el terapeuta debe pedir al paciente que no haga cambios de importancia en su vida durante la terapia. Este consejo puede también ser malinterpretado por el paciente debido a las distorsiones de la transferencia y ha de darse a su debido tiempo y en el contexto apropiado.

La ambivalencia

Todas las reacciones de transferencia se caracterizan por la ambivalencia, la coexistencia de sentimientos contrapuestos. Se acostumbra en psicología dinámica a entender que queremos decir que en la ambivalencia uno de los aspectos del sentimiento es inconsciente. No hay amor por el terapeuta sin odio oculto en alguna parte, no hay anhelos sexuales sin repulsión oculta, etc. La ambivalencia puede descubrirse fácilmente cuando sus sentimientos son caprichosos y cambian inesperadamente. O tal vez un aspecto de la ambivalencia se mantenga tenazmente en la conciencia durante largos períodos mientras se defiende empeñosamente su contrario. Puede también suceder que maneje el paciente la ambivalencia desplazando uno de los componentes a otra persona, con frecuencia otro analista.


La mutabilidad

Otra propiedad notable de las reacciones de transferencia es su mutabilidad. Los sentimientos de transferencia suelen ser inconstantes, erráticos y caprichosos. Esto es particularmente así en el principio de la terapia. Glover ha calificado estas reacciones muy atinada mente de reacciones de transferencia flotantes.


La tenacidad

Es una característica notable de las reacciones de transferencia el tener una naturaleza contradictoria.


Acabo de describir cuán caprichosa y transitoria puede ser la transferencia, y debo ahora añadir que muchas veces, los fenómenos de transferencia se distinguen por su tenacidad. Es fácil que las reacciones esporádicas se produzcan sobre todo al principio de la terapia, pero las reacciones prolongadas y rígidas suelen aparecer en las fases ulteriores, aunque no hay regla absoluta al respecto.
Los pacientes adoptan para con el terapeuta un surtido crónico de sentimientos y actitudes que no ceden fácilmente a la interpretación. Estas tenaces reacciones requieren un largo período de terapia, a veces años. Tan larga duración no significa un estancamiento de la labor terapéutica, sino que en esos períodos pueden cambiar otras características del comportamiento del paciente y aparecer nuevos recuerdos e insights. El paciente tiene que aferrarse a su posición fija porque los sentimientos que entraña son sobredeterminados y satisfacen importantes necesidades instintuales y defensivas. Estas reacciones tenaces pueden ser relativamente intensas o difíciles de descubrir.
La tenacidad y la falta de espontaneidad son señales de reacciones de transferencia. Aun en las terapias mejor llevadas, las flaquezas humanas del terapeuta podrían a veces provocar hostilidad si no operara una transferencia positiva defensiva. La labor terapéutica suele ser dolorosa, y esto también podría ocasionar resentimiento y, sobre todo, las reacciones de transferencia proceden del pasado rechazado del paciente y en ello tiene que entrar gran cuantía de agresión inconsciente en busca de descarga. A la inversa, la neutralidad compasiva de la actitud terapéutica no requiere la hostilidad prolongada de algunos pacientes. La tenacidad y rigidez de las reacciones de transferencia se deben a una combinación de defensa inconsciente y satisfacción instintual.
Las cinco cualidades arriba anotadas son las características más típicas que denotan una reacción de transferencia. El rasgo sobresaliente, que destaca sobre todos los demás y está incluido en ellos, es la impropiedad. Es la impropiedad, en términos de intensidad, ambivalencia, capricho o tenacidad, la que advierte que está operando una transferencia. Esto es así no sólo cuando se producen esas reacciones para con el terapeuta sino también cuando aparecen en relación con otras personas. Las reacciones que no corresponden al carácter o al lugar son fenómenos, por fin, de transferencia.



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