Curso de Especialista en Psicoterapia


La génesis de la religión – ”Tótem y tabú” (1913)



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La génesis de la religión – ”Tótem y tabú” (1913)

Las realidades tabú se caracterizan por su ambivalencia, esto es, por ser, a la vez, fascinantes y aterradoras, lo que las emparenta con el ámbito de lo sagrado. Y es esa ambivalencia, por lo que algo tabú es rechazado, pero a la vez secretamente deseado (así, en el caso eminente del incesto). La que permite ligar el tabú con la neurosis obsesiva y con la interdicción moral, según el cuadro de oposiciones entre deseo y prohibición. Freud afirma que “La conciencia tabú constituye probablemente la forma más antigua de conciencia moral”.



El drama originario

Basándose en algunas hipótesis de Darwin y Atkinson, Freud postula para los orígenes de la humanidad un complejo de Edipo primordial y un crimen originario, como proceso que se habría repetido múltiples veces, pero que él condensa en un escenario único, al que nos hemos de asomar.


El padre de la horda primitiva, celoso poseedor de todas las mujeres, impedía la unión sexual de los jóvenes con las mujeres de la horda y los expulsó del grupo. Pero los hermanos se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver. No obstante, como los sentimientos hacia él eran ambivalentes, después de haber satisfecho el odio, se impusieron los sentimientos cariñosos. A ello contribuyó el que, tras el asesinato, ninguno pudo ocupar el lugar del padre muerto. Y así, al remordimiento se agregó la exaltación de la figura paterna, por la que el padre cobró mayor poder del que había tenido en vida y los hermanos se prohibieron a sí mismos lo que anteriormente les había prohibido el padre: con la interdicción de matar y comer la carne del tótem, desautorizaron su acto y la figura del tótem, que suplanta a la del padre muerto, da origen a las diversas formas de religión. También renunciaron a tratarse entre sí como habían tratado al padre, con lo que se originó el contrato social. Finalmente, renunciaron a recoger los frutos de su crimen y rehusaron el contacto sexual con las mujeres del grupo, con lo que se instituyó la prohibición del incesto. De este modo, aquel acto criminal constituyó el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y de la religión, que son herencia, pues del complejo de Edipo, organizado en torno a las prohibiciones de matar y del incesto.
La prohibición del incesto es de gran importancia práctica para la organización social. El respeto al animal totémico enlaza, sin embargo, con el origen de la religión. Ésta encuentra sus fuentes en el intento de apaciguar el sentimiento de culpa por el crimen cometido y en el de obtener protección y cariño, según todo lo que la imaginación infantil puede esperar del padre. Tendencias que se condensan en la conmemoración ritual de aquel acontecimiento, en el banquete totémico, durante el cual el animal tótem es sacrificado y comido, una repetición pues del crimen primitivo, a fin de crear vínculos entre los fieles y su dios. La comida totémica convierte así en deber de reproducción del parricidio: tras la muerte del tótem éste es llorado, pero como, por efecto de la ambivalencia afectiva, la alegría por el triunfo sobre el padre no se puede dejar de expresar, aunque sea disfrazadamente, después de dejar libre curso a todas las satisfacciones en esa celebración que renueva ritualmente el crimen y la expiación, el duelo y la fiesta.
El cristianismo es la religión en la que con mayor transparencia se manifiesta la culpabilidad por el crimen original, crimen que sólo la muerte de un hijo podría expiar, y al mismo tiempo la satisfacción por el mismo, alcanzando el hijo el fin de sus deseos contrarios al padre, al convertirse él mismo en dios a su lado, si es que no en su lugar. En la renovación cristiana de la comida totémica, en la comunión, no se consumen ya la carne y la sangre del padre, sino las del hijo, con el que los fieles se identifican.
A diferencia de lo que sucede en el Edipo individual, en el que la renuncia a la madre posibilita el acceso a las demás mujeres, la alternativa en la que nos sitúa el mito prehistórico es la del “o todo o nada”, puesto que el padre primitivo posee a todas las mujeres y ante él no parece caber otra salida que “o tú o yo”, someterse a cambio de protección o rebelarse e intentar desbancarle. Pero, como Freud señaló, cuando los hermanos se dieron cuenta de que ninguno de ellos podía volver a ocupar el lugar del padre, comenzó el desarrollo social. En este sentido “matar al padre” no es sino matar la fantasía de totalidad no castrada, alzándose en su lugar, en la estructura psíquica, el límite y la prohibición.

Historia de la Psicoterapia: de la hipnosis al método catártico – J. Luis Marín

Descubrimiento de la transferencia. Inicios del método psicoanalítico.


(Sdad. Española de Medicina Psicosomática y Psicología Médica) (José Luis Marín, 2004)
El caso de Anna O. aterrorizó tanto a Breuer que le hizo abandonar la técnica catártica y eliminar de la historia clínica lo que, retrospectivamente considerado, resultó ser un descubrimiento importante: el fenómeno de la transferencia.
La transferencia, término técnico posteriormente acuñado por Freud, se refiere a la tendencia que muestran los pacientes, independientemente de cuál sea su sexo, a sentir amor (transferencia positiva) y odio (transferencia negativa) apasionados hacia su terapeuta. También puede observarse la tendencia correspondiente por parte del terapeuta, la contratransferencia, aunque es menos frecuente y, por lo general, menos intensa. En el caso de Anna O., sin embargo, se dieron todas las variantes del fenómeno de la transferencia, particularmente las de tipo erótico positivo, y por último acabaron con el tratamiento.
Este aspecto del caso, que Breuer eliminó por completo en su informe, fue revelado medio siglo después por Ernest Jones a quien Freud había explicado la historia.
Al parecer, la relación emocional, que tal vez explica por qué Breuer se mostró inicialmente tan tolerante con las divagaciones de Anna durante las sesiones de sugestión hipnótica que dieron lugar posteriormente al método catártico, fue subiendo de tono hasta convertirse en una vinculación emocional intensa. Breuer estaba cada vez más enfrascado en su paciente-estrella. No sólo pasaba horas con ella cada día, sino que en casa, para consternación de la señora Breuer, hablaba incesantemente de las maravillas de la nueva terapia y de la paciente. Llegados a cierto punto, cuando ya llevaban más de un año y medio de terapia, Breuer (tal vez con cierta ayuda interpretativa de su mujer) empezó a tomar conciencia de la dimensión no científica de su implicación en el caso de Anna. Su nuevo descubrimiento le perturbó mucho y decidió poner fin rápidamente a la terapia. Por entonces Anna estaba haciendo unos progresos excepcionales y prácticamente se había desprendido del último de sus síntomas con la hipermnesia y la abreacción del recuerdo terrorífico de la "serpiente negra".
Breuer anunció bruscamente a Anna que no volvería a verla. Le dijo que básicamente estaba curada y que ya no le necesitaba más. Pero, aquella noche, Breuer recibió un mensaje desesperado de la madre de Anna. Anna estaba muy enferma y le pedía, por favor, que fuera a verla inmediatamente.
La escena que aguardaba a Breuer en casa de Anna fue extraña y terrorífica para aquel médico algo encorsetado. Revolcándose en la cama, con cara de enloquecida, Anna tenía los dolores del parto. Entre jadeos y chillidos, identificó a Breuer como padre de la criatura. No obstante, en realidad no había tal criatura ni tal embarazo; al parecer, Anna estaba representando una fantasía (Freud diría que un deseo) mediante un embarazo histérico. Breuer consiguió no perder la cabeza. Se acercó a Anna, la hipnotizó, y le ordenó que se calmara y que durmiera. Volvía a la sugestión hipnótica. Tras algunos esfuerzos, lo consiguió, pero para él la sacudida había sido enorme. Volvió a su casa a toda prisa, ordenó a su mujer que hiciera las maletas, y a la mañana siguiente salían para Venecia dispuestos a pasar una segunda luna de miel.
Anna sufrió una recaída y, finalmente, fue ingresada en un sanatorio. Dicen que allí se enamoraron de ella una serie de médicos, y que ella rechazó varias proposiciones de matrimonio. Mejoró considerablemente y, por fin, salió del sanatorio y se trasladó a Alemania con su familia. Allí, como Bertha Pappenheim, fue una de las pioneras de la asistencia social y se convirtió en una feminista radical. No se casó. Una de sus declaraciones más citadas tenía que ver con el parto: "Si hay justicia en la otra vida, las mujeres harán las leyes y los hombres tendrán los hijos".
En cuanto a Breuer, puede decirse que nunca se recuperó de la experiencia. Puso fin a su experimentación con la técnica catártica y eso explica que no tuviera ganas de publicar el caso. Tras la publicación conjunta con Freud, la amistad entre los dos fue debilitándose ostensiblemente porque Breuer no podía digerir la insistencia creciente de Freud en la etiología sexual de las neurosis. Freud supuso que todo aquel asunto había sido demasiado doloroso para Breuer y que le había resultado insuperable.
Sin embargo, para ser justos con Breuer, cuya credibilidad quedaba en duda por esta versión de los hechos, debe reconocerse que no existe ninguna confirmación independiente de las revelaciones de Jones que, en realidad, contienen unas cuantas contradicciones internas importantes.
No obstante, el punto verdaderamente importante en relación con la transferencia no son las anécdotas históricas asociadas con su descubrimiento, sino su condición psicológica. Ya al principio de su práctica clínica Freud se dio cuenta de que la reacción de Anna con Breuer (si seguimos la versión de Jones) era más la norma que la excepción, porque Freud descubrió que la mayoría de sus pacientes (que por entonces solían ser mujeres) llegaban a tener sentimientos excesivamente cariñosos hacia él en el curso del tratamiento. Un ejemplo espectacular, que Freud cita en varios de sus escritos, es el de una paciente a la que trataba con terapia catártica. Freud estaba inclinado sobre ella, ordenándole que se despertara del trance, cuando de repente ella no sólo se despertó sino que le echó los brazos al cuello en un abrazo apasionado. En aquel mismo momento una de las criadas de Freud entró accidentalmente en la habitación y puso fin a aquella escena tan interesante.
Por muy embarazosos que pudieran ser para el terapeuta aquellos lazos apasionados, Freud se negó a dejarse asustar por ellos. Al principio se los tomaba filosóficamente, como una simple característica desagradable de su técnica terapéutica, una especie de riesgo profesional, como los que hay en cualquier especialidad médica, que había que manejar con cuidado. Incluso se las arregló para encontrarle una función positiva: a una paciente que se sintiera profundamente vinculada era más fácil convencerla para que llevara a cabo el doloroso "trabajo de recordar" que a otra que no tuviera ningún interés.
Pero, en conjunto, Freud en un principio consideraba que la transferencia era un impedimento para la terapia. Más allá de lo embarazosa que pudiera resultar socialmente para el terapeuta, o del problema psicológico de la contratransferencia, la transferencia también podía funcionar como una forma de resistencia, ya que la paciente inevitablemente tendía a interesarse más por el terapeuta que por la terapia.
Otro problema, y éste es un punto paradójico, era que a la paciente podían desaparecerle todos los síntomas, fenómeno que se llama curación transferencial. El problema de estas remisiones de síntomas es que son transitorias, lo mismo que en el caso de la sugestión hipnótica, y el paciente tiende a engañarse creyendo que se ha logrado una auténtica curación y que no vale la pena continuar con los esfuerzos, o incluso con la terapia. Freud daría por sentado específicamente que la curación transferencial era esencialmente otra manifestación, esta vez en el psicoanálisis, de la sugestión, el agente activo omnipresente no sólo en la técnica de sugestión hipnótica de Bernheim, sino también, en el magnetismo, en las curaciones por la fe y en los exorcismos (y quizá también en la desensibilización sistemática): "Lo que él llamaba sugestionabilidad no es más que la tendencia a la transferencia... Hemos de admitir que hemos abandonado la hipnosis en nuestro método y hemos vuelto a encontrarnos con la sugestión bajo la forma de la transferencia".
No obstante, una comprensión psicológica más profunda de la transferencia le llevaría a la conclusión de que en el fenómeno había mucho más que mera sugestión y que, de hecho, lejos de ser un impedimento, la transferencia era absolutamente necesaria para que una terapia tuviera éxito. En realidad, Freud llegaría a decir que los pacientes patológicamente narcisistas (por ejemplo, los esquizofrénicos) que estaban demasiado enfrascados emocionalmente en sí mismos para poder entablar relaciones significativas con otras personas, no podían ser tratados satisfactoriamente mediante el psicoanálisis.
Freud fue adoptando esta nueva perspectiva a medida que iba dándose cuenta de hasta qué punto eran irracionales las reacciones transferenciales. Las pasiones que despertaba el terapeuta, fueran de amor o de odio, simplemente no se justificaban por el carácter o por la actuación del terapeuta. De aquí dedujo Freud que las emociones que se desencadenaban de esta manera en el fondo no tenían que ver con el terapeuta, a quien el paciente la mayor parte del tiempo ni siquiera veía, dado que el terapeuta se sentaba, según la costumbre de Freud, detrás del diván, y así se constituía una especie de campo plástico, al estilo de una mancha de tinta del test de Rorschach. La terapia reavivaba emociones enterradas hacía mucho tiempo y pautas interpersonales de la infancia que ahora eran "desplazadas" o transferidas (de ahí la palabra) a la persona del terapeuta.
Así pues, los auténticos amores y odios implicaban a personas significativas del pasado del paciente: su madre, su padre o sus hermanos. En palabras de Freud, la transferencia representa una "nueva edición de la antigua enfermedad", Considerada desde este punto de vista favorable, la transferencia podía verse como un medio esencial para la hipermnesia y el insight. El sujeto no sólo está recordando sino reviviendo antiguos conflictos responsables de la enfermedad.
El paciente no recuerda nada de lo que ha olvidado y reprimido, sino que lo actúa. Lo reproduce, no como un recuerdo sino como una acción; lo repite naturalmente sin saber que lo está repitiendo. Por ejemplo, el paciente no dice que se acuerda de que solía ser respondón y crítico ante la autoridad de sus padres pero actúa de este modo con el terapeuta.
Mediante el vehículo de la asociación libre y de las intervenciones interpretativas del terapeuta el sujeto puede confiar en conseguir insights verdaderamente profundos de la estructura y la génesis de sus problemas. Además, y éste es un punto crítico, el sujeto puede trascender la mera comprensión intelectual y lograr lo que podríamos llamar una comprensión emocional: un entender con las tripas, no sólo con el cerebro. A esta dimensión de la comprensión y el dominio emocional Freud la llamó elaboración. Es un ingrediente esencial para que la terapia tenga éxito, ya que representa el elemento de abreacción que hay en ella.
Según la última visión de Freud, la transferencia recreaba la génesis y las subsiguientes elaboraciones de la enfermedad, y dejaba al descubierto las estructuras emocionales y cognitivas en las que se hallaba enraizada la neurosis. De hecho, se convierte en una nueva representación artificial de la neurosis llamada, por esta razón, neurosis de transferencia. Como ahora se representa en un contexto terapéutico profesional y no en el embarullado seno de una familia trastornada (que probablemente dio lugar a la neurosis), es posible reestructurar la solución neurótica originaria y cambiarla por otra más sana. El psicoanálisis, una vez ha descompuesto la neurosis en los elementos estructurales que la constituyen, puede dar lugar ahora a una nueva psicosíntesis más sana, o, dicho de otra manera, producir una reeducación de la estructura psicológica. Freud podría muy bien haberlo llamado una reprogramación o depuración si hubiera tenido acceso a las metáforas de los ordenadores.
Así pues, la transferencia, que los psicoterapeutas modernos conceptualizan más ampliamente como la relación entre paciente y terapeuta, es un poderoso medio hipermnésico que da lugar no sólo al recuerdo de hechos lejanos sino a revivir recuerdos conflictivos perdidos, desencadenando de este modo insights profundos, cognitivos y emotivos, de la estructura subyacente al problema del paciente. Así puede resolverse la enfermedad en su versión recreada. Según el lenguaje tan lleno de colorido de Freud:
Es innegable que la subyugación de las manifestaciones transferenciales acarrea enormes dificultades al psicoterapeuta; pero no hay que olvidar que ellas, y sólo ellas, prestan el inapreciable servicio de hacer actuales y manifiestas las emociones amorosas enterradas y olvidadas del paciente; porque, en último término, no se puede matar a nadie in absentia o en efigie”.




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