Curso de Especialista en Psicoterapia


Fetichismo (1927), Escisión del yo en el proceso de defensa (1938)



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Fetichismo (1927), Escisión del yo en el proceso de defensa (1938)

En determinadas condiciones, la negación sería la primera manifestación de emergencia de lo reprimido. Puede surgir en el curso de la cura en forma de proposición, enseguida negada, como algo que no pertenece al sujeto o que no ha deseado; el contenido representativo reprimido accede de esa forma a la conciencia y provoca una especie de aceptación o de posibilidad intelectual del que las cosas fueran así, pero no es integrado por el sujeto, persistiendo lo fundamental de la represión.


Aunque en los textos de Freud es difícil diferenciar siempre con pulcritud entre la negación y la renegación, después le dio un sentido específico con un matiz más fuerte que el de negación para referirse al proceso por el que el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una percepción traumatizante, especialmente en relación con una percepción negativa, la de la ausencia de pene en la mujer y, por tanto, la de la diferencia sexual, es decir, la castración respecto a la plenitud fálica.
En “Fetichismo” Freud señala que el fetichista quiere hacer coexistir dos posiciones inconciliables: la renegación y el reconocimiento de la falta de pene en la niña. Su aversión a todo órgano femenino real es el “stigma indelebile” de aquélla, pero el fetiche muestra el reconocimiento al que el propio fetiche se quisiera oponer.
Se podría establecer una tripartición de las patologías, según la posición adoptada respecto a la castración:


  • Repudio, reconstrucción alucinatoria de la realidad: psicosis.




  • Renegación, escisión del yo: perversión.




  • Represión, conflicto interno: neurosis.

Dentro de éstas, el obsesivo tratará de colmar la carencia con su esfuerzo perfeccionista y escrupuloso, a fin de “que no falte nada”, lo que puede rendir grandes servicios intelectuales, por ejemplo, pero también puede llegar a paralizar y, en su “perfección”, anular el deseo del otro. En la histeria, en cambio, revivirá como una insatisfacción permanente, como si “en todo faltara algo”, lo que es un modo de no abrirse a carencias determinadas y de menospreciar la siempre limitada pero fecunda realidad. Con su queja, la histérica procurará abrir el deseo del otro, mas, una vez alcanzado, se desengañará, le rechazará o le mostrará que no está a su altura. Dicho menosprecio se basa en un ideal narcisista, difícil, si es que no imposible de conseguir, pues la condición a la que se encuentra sometido es, precisamente su inalcanzabilidad, cualquier logro real obligaría a reconocer los límites, tornando así imposible la humana satisfacción.



La técnica psicoanalítica




Asociación libre y resistencia. Beneficio primario y secundario

Pese a la valiosa ayuda que la hipnosis y la sugestión prestaron a Freud en el descubrimiento del inconsciente, al poder comprobar a través de ellas que determinadas dolencias no tenían causa orgánica, por lo que se debía buscar su origen en una causalidad psíquica que escapaba sin embargo a la conciencia, Freud rechazó pronto el valor de la hipnosis para la cura, por cuanto la desaparición de los síntomas era pasajera, iba a menudo acompañada por la emergencia de otros nuevos, como si no se hubiesen atajado sus causas, y, sobre todo, porque ocultaba el papel de la resistencia del paciente a recordar determinados episodios o fantasías de su vida, en los que había motivos para reconocer la fuente de los trastornos. Freud aprendió a servirse de ese dolor despertado en el paciente por sus asociaciones como de una brújula orientadora en el conflicto, y, así, a través de diversos procedimientos intermedios, arribó a la regla fundamental del tratamiento psicoanalítico, la de la asociación libre, según la cual el paciente ha de expresar todo lo que se le ocurra, sin censurar ningún aspecto, por disparatado, inconveniente o nimio qu ele parezca.


Esas asociaciones libres, en el sentido de que no se atienen a ninguna selección voluntaria del pensamiento, a ningún fin consciente, se encuentran en realidad enlazadas, a través de cadenas más o menos largas, con representaciones-meta inconscientes, a las que se pretende acceder. En la terminología de la primera tópica, al eliminar la intervención de la segunda censura (la situada entre lo consciente y lo preconsciente) se ponen de manifiesto las defensas inconscientes, es decir, la acción de la primera censura, alzada entre lo preconsciente y lo inconsciente.
Cuando la resistencia, es decir, los obstáculos levantados frente al acceso a lo inconsciente y el esclarecimiento de los síntomas, se hace más fuerte, el paciente puede asegurar incluso que no se le ocurre nada, que tiene la mente en blanco, y tratará de zafarse de la coerción experimentada con la misma energía con la que antaño reprimió determinados episodios, pues “la resistencia no es sino la contrapartida de la represión” entonces actuante y que debe ser ahora removida. Esas defensas pueden manifestarse, no sólo en el curso de las sesiones, sino asimismo en la relación del paciente con ellas. Aunque, a veces, tenga motivos justificados para no asistir a las mismas, en otras ocasiones se servirá de cualquier pretexto para faltar o para tratar de cambiar, un tanto arbitrariamente, el horario. En “La iniciación del tratamiento”, Freud insiste en la importancia de someter el análisis a unas pautas de días y de duración de las sesiones, descontando, por supuesto, los acontecimientos imprevisibles que pudieran surgir.
El psicoanálisis supone una colaboración activa (lo que es distinto de controladora: es preciso, una y otra vez, remitirse a la regla fundamental de la asociación libre) por parte del paciente, que no puede esperar su curación como un objeto sobre el que se opera externamente. El paciente acude a la consulta esperando que el médico, que es el que sabe, le cure. En cambio, para el psicoanálisis, el que en definitiva sabe lo que sucede es el paciente, por más que se lo haya ocultado a sí mismo, debido a la escisión provocada por la defensa.
El analista no posee, sin embargo, sino un saber referencial. Puede ofrecer al paciente interpretaciones, posibles significados ocultos de su decir, construcciones que posibiliten un sentido, pero, frente a lo que el paciente cree en un principio, no sabe lo que al paciente le sucede hasta que éste lo va expresando al terapeuta y a sí mismo en el curso del tratamiento. Y aunque lo supiera, no debería decirlo hasta que el paciente se encuentre en condiciones de descubrirlo y de poder integrarlo casi por sí mismo, so pena de erizar más fuertemente aún las barreras de antaño.
Aunque la enfermedad tiene sus costes: las molestias, el dolor más o menos insoportable que acarrea, también tuvo sus ventajas y por eso se contrajo, como una huida frente al conflicto, refugiándose en el síntoma en el que, como producto transaccional, tanto las exigencias pulsionales como las que a ellas se oponían encontraron una forma de compromiso y cierto modo de satisfacción. A este beneficio primario de la enfermedad, que no es sino la motivación misma de una neurosis, se suelo agregar con posterioridad, como ganancia externa y suplementaria, la utilización ventajosa, en ciertos órdenes, de la enfermedad, su beneficio secundario, como quien recibe una pensión por una parálisis transitoria y se aferra luego a ella para subsistir, a fin de no reemprender su antiguo trabajo. Desmontando uno y otro, el análisis tratará de desanudar los impulsos inconscientes de los síntomas en los que se encuentran comprometidos desde que el yo débil e infantil se defendió de aquéllos mediante defensas patógenas, posibilitando así nuevos agregados y canalizaciones que el paciente habrá de encontrar.

Transferencia y contratransferencia. La atención flotante

En la nueva batalla que el análisis supone, las fuerzas contra la enfermedad cuentan con la presión del síntoma y, a veces, también con el interés intelectual del enfermo. Mas, para el éxito de la egresa, se requiere que ese proceso de cura por la palabra se disponga, como de hecho sucede, en el marco de la transferencia.


El término transferencia ha adquirido tal extensión, que para muchos comprende el conjunto de la relación del paciente con el analista, por lo que implica las concepciones de éste respecto a la cura y su dinámica. Aunque no es exclusiva de la relación psicoanalítica, adquiere en el psicoanálisis una peculiar intensidad y características. En general, se podría decir que integra una doble dimensión de actualización del pasado y de desplazamiento sobre la persona del analista: consiste en vivir como presentes, en relación con el analista, experiencias y fantasías pretéritas e inconscientes.
Freud señala que lo que se revive ante todo es la ambivalente relación del sujeto con las figuras parentales, lo que le lleva a distinguir entre una transferencia positiva, de sentimientos cariñosos, y otra negativa, de sentimientos hostiles, y amplía el concepto para hacer de él un proceso que estructura toda la terapia según el modelo de los conflictos infantiles. Esto es, a su vez, le permite establecer la noción de neurosis de transferencia, como neurosis artificial en torno a la relación con el analista, reedición de la neurosis infantil, cuyo esclarecimiento va a posibilitar.
Aunque la transferencia será, a la postre, el arma más poderosa de la terapia, se plantea inicialmente como la resistencia más fuerte contra ella. Cuando, en el curso de sus asociaciones, el paciente se aproxima a contenidos reprimidos especialmente importantes, no es capaz de llevarlos a la conciencia sino transfiriéndolos sobre el médico, es decir, repitiendo a su través el conflicto infantil, cosa que sucede fundamentalmente, no con la transferencia positiva consciente, sino con los impulsos eróticos reprimidos de la misma y con los contenidos hostiles no reconocidos. El médico preferiría que el paciente recordara aquellos conflictos en vez de repetirlos, que los conociera en vez de actuarlos y revivirlos transferencialmente, lo cual es todavía una forma de resistencia. Pero, al no serle posible lograr esa rememoración, se servirá de la transferencia, en principio un reducto de la defensa, para contemplar el conflicto en su emergencia y, así comprendido, poder desarmarlo.
En la intersección, pues, de pasado y presente, de fantasía y realidad, de deseos infantiles y adultos, de la realidad interna y la externa, la interpretación de la transferencia y su administración será una de las tareas más difíciles, pero ala ez más fecundas, del análisis.
En contrapartida a la asociación libre, el analista debe escuchar al paciente sin intentar retener especialmente nada, acogiéndolo todo con una igual atención flotante. Es decir, no debe privilegiar ningún elemento del discurso y, suspendiendo las motivaciones habituales de la atención, abandonarse lo más libremente que pueda a su propia actividad inconsciente que, en su momento, sabrá recoger los elementos oportunos y encontrar las conexiones inconscientes del discurso del paciente, las cuales pasarían desapercibidas al intentar retener lo supuestamente importante. Claro que, de acuerdo con lo indicado respecto a la asociación libre del paciente, también hemos de suponer que serán las motivaciones inconscientes del análisis las que guíen su atención. No hay duda de que la subjetividad del analista interviene, no puede ser de otra manera, si es que el proceso de la cura es un proceso intersubjetivo. De lo que se trata es de que es intervención se vea despejada, tanto como ello sea posible, de bloqueos patológicos y de ahí la necesidad para los analistas de pasar por un análisis didáctico y de someterse periódicamente a nuevos análisis y supervisiones de casos, lo que les permitirá contar más adecuadamente con sus propias motivaciones y reacciones ante el discurso del analizado, esto es, con la contratransferencia, puer a cada una de las represiones no vencidas en el médico corresponde un punto ciego en su percepción analítica.

Repetir, recordar, elaborar

La tendencia del paciente a repetir, su compulsión a la repetición, es su particular manera de recordar. El médico, en cambio, tiende a integrar en el recuerdo lo que el paciente quisiera actuar:


El analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin saber, naturalmente, que lo repite […] La transferencia no es pos sí misma más que una repetición y la repetición la transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo sobre el médico, sino sobre todos los demás sectores de la situación presente. […] La mejor manera de refrenar la compulsión repetidora del enfermo y convertirla en un motivo de recordar la tenemos en el manejo de la transferencia”.
La pretensión no es simplemente revelar al paciente sus resistencias o sus conflictos infantiles, sino que pueda elaborar el conflicto y convertirlo en un conflicto normal para el que cabe encontrar, con las renuncias necesarias, pero también con las posibilidades de su energía recuperada, alguna forma de solución. Aunque esa elaboración de las resistencias sea penosa para el paciente y una dura prueba de paciencia para el médico, constituye la mayor acción modificadora de la terapia analítica y la diferencia de todo influjo por sugestión. En ese proceso siempre se libera afectividad, pero Freud ya no habla de atracción, sino de elaboración, la cual puede ser equiparada a la “Derivación por reacción de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión, proceso sin el cual no lograba eficacia alguna el tratamiento hipnótico”.

Interpretación y construcción: algunos problemas epistemológicos

¿Cómo saber que las interpretaciones efectuadas en un determinado momento por el analista son adecuadas o correctas?


La interpretación de un sueño, por aparentemente evidente que sea, por típico que resulte, por claro que creamos poder leer en él el deseo, depende de las asociaciones del paciente. Esto emparenta el psicoanálisis con las ciencias del espíritu en las que no se trata sólo de explicar, buscando la causa, sino asimismo de comprender buscando el sentido.
Además de ello es preciso tener en cuenta las peculiaridades de la interpretación analítica, no sólo atenta a las significaciones conscientes, a las intenciones que el paciente atribuye a su discurso, sino también a las que emergen, más allá de ellas, en los significantes (verbales, corporales), del mismo. Excepto en los lenguajes artificiales, la relación entre el significante y el significado no es unívoca, sino polívoca: un significante remite a muchos significados, algunos de los cuales son inconscientes para el propio hablante.
El psicoanálisis tiene también una aspiración teórica por la que, con todas las cautelas necesarias, trata de subsumir casos particulares bajo una serie de hipótesis y teorías generales a las que remite, al menos como saber referencial. Según Popper, una eventual interpretación sugerida por el analista no puede refutarse. Si el paciente la acepta, pudiera pensarse que es adecuada (lo cual es ya de por sí mucho suponer, pues el paciente puede hacerlo en función de diversos motivos, que no siempre han de coincidir con su posible “corrección”), pero si la rechaza, puede atribuirse a la fuera de sus mecanismos de resistencia y seguir dándola por válida.
La respuesta de Freud es que el psicoanálisis no trata sólo de efectuar interpretaciones correctas, cualquier cosa que esto pudiera significar, sino también de ofrecer construcciones de las que sólo la marcha de conjunto del análisis puede dar signos sobre su validez. No se trata entonces de la imposible recuperación de todo el pasado y sus articulaciones, sino de una elaboración que, además de poder hacer emerger recuerdos, intenta conferir un sentido, colmar hasta cierto punto inflexiones y lagunas que han de ser rellenadas para que el enigma del sujeto sobre sí mismo, enigma que no se pueda descifrar por completo y que siempre ha de permanecer abierto, no llegue a ser una comunicación sistemáticamente distorsionada con los demás y consigo mismo. Claro que este modo de responder abre de nuevo toda una serie de interrogantes, pues en la marcha de conjunto del análisis intervienen tantos factores y durante un tiempo tan dilatado que el problema con el que el psicoanálisis habrá de bregar como pueda, sin tener por qué ver arruinada su tarea, pero sin facilitársela más allá de lo que una situación tan compleja requiere.




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