Curso de Especialista en Psicoterapia


Revisiones y recapitulaciones (1924-1939)



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Revisiones y recapitulaciones (1924-1939)

Freud en su última etapa se proponía alcanzar, partiendo de la observación psicoanalítica, puntos de vista generales, sin abandonar el estudio de temas clínicos o técnicos y evitando aproximarse a la Filosofía propiamente dicha.


Freud realizó en esos años importantes aportaciones al campo psicoanalítico. Podríamos agruparlos en torno a cuatro ejes fundamentales: la sexualidad femenina, la nueva teoría de la angustia, la revisión de las relaciones entre psicosis, neurosis y perversiones y algunas observaciones sobre la técnica psicoanalítica.

La sexualidad femenina

Freud se refirió en alguna ocasión a la mujer como el “continente negro”, queriendo indicar lo desconocida que le resultaba la sexualidad femenina, el deseo de la mujer. Sin embargo, en los últimos años de su vida puso cada vez más de relieve la diferente evolución del niño y de la niña, y señaló algunos rasgos importantes de la sexualidad femenina.



Edipo y castración: la envidia del pene

La relación entre los complejos de Edipo y la castración sirvió para introducir importantes discordancias en la evolución sexual del niño y de la niña, no siendo la de ésta simétrica a la de aquél. La comprobación de la diferencia de genitales marcará un distinto rumbo, no por un simple reflejo del orden biológico, sino por la dispar traducción psíquica. Según Freud: “La niña no considera su falta de pene como un carácter sexual, sino que la explica suponiendo que en un principio poseía un pene igual a la que ha visto en el niño, pero que lo perdió luego por castración. Resulta pues, la diferencia importante de que la niña acepta la castración como un hecho consumado, mientras que el niño teme la posibilidad de su cumplimiento”.


A esta diferencia entre “sentir angustia de castración” o “vivirse ya castrada”, se agregará el divergente lazo entre los complejos de Edipo y de castración: el niño sale del Edipo por el temor a la castración; la niña, que se experimenta como ya castrada, sustituirá su objeto de amor hasta entonces prevaleciente, la madre, por el padre portador del pene, entrando así en el Edipo: “En lo que se refiere a la relación entre los complejos de Edipo y de Castración, surge un contraste fundamental entre ambos sexos. Mientras el complejo de Edipo del varón se aniquila en el complejo de castración, el de la niña es posibilitado e iniciado por el complejo de castración”.
Para Freud la primacía del falo como significante de la totalidad no castrada, es decir, como creencia en la universalidad del pene, es característica de la fase fálica “para los dos sexos”, que han de abrirse a la diferencia sexual, en la que, como en cierta ocasión advirtiera Lacan “Lo importante no es tener o no tener pene, sino saber que uno no es el falo”.
La comprobación de la diferencia anatómica de los sexos provoca normalmente en el niño una actitud de desprecio hacia la niña, un sentimiento de superioridad con el que se quiere ocultar su propia limitación, cosa que asimismo hace la niña cuando se autodesprecia y sigue creyendo en la universalidad del pene y en que su madre lo tiene, reprochándole no habérselo otorgado a ella. La evolución sexual de la niña puede seguir, entonces, tres caminos:


  1. Renunciar a la masturbación clitoridiana, típica de la fase fálica, puesto que ella le recuerda su herida narcisista, esto es, que no puede competir con el varón en tal aspecto, de donde quizá derive un grave rebajamiento de la sexualidad en general.




  1. Aferrarse tenazmente a la masculinidad amenazada, lo que la hace ingresar en el “complejo de masculinidad de la mujer”, en la esperanza de que, pese a todo, llegará a tener alguna vez un pene “Convirtiéndose ésta en la finalidad cardinal de su vida, al punto de que la fantasía de ser realmente un hombre domina a menudo largos períodos de su existencia y desemboca a veces en elecciones de objeto manifiestamente homosexuales.




  1. Sólo una tercera evolución, bastante compleja, conduce a la actitud femenina “normal”, en la que, defraudada por la madre, se dirige hacia el padre poseedor del pene, y siguiendo la ecuación pene=niño, el deseo de tener un pene es sustituido por el deseo de que un pene le haga un niño (su equivalente simbólico), arribando así a una nueva zona erógena, la vagina, la cual sustituye en buena medida al clítoris”.

La evolución sexual de la niña se presenta, pues, mucho más compleja que la del niño. Mientras que éste no ha de cambiar de órgano sexual dominante (el pene) ni de tipo de objeto (la madre, la mujer), o, al menos, el sexo de su objeto “En el curso del tiempo, la muchacha debe cambiar de zona erógena (la vagina en lugar del clítoris) y de objeto (el hombre en lugar de la mujer)”.



La vinculación preedípica a la madre y la menor severidad del superyó

El desapego de la madre es tanto más doloroso por cuanto “La fase de exclusiva vinculación materna, que cabe calificar de preedípica, es mucho más importante en la mujer de lo que podría ser en el hombre”. No por ello se ha de restringir la universalidad del postulado según el cual el complejo de Edipo sería el núcleo de la neurosis. Ahora bien, muchos de los posteriores reproches de la niña a su madre (el no haberla amamantado lo suficiente, el preferir a otro hermano, el haberla seducido a través de la higiene que despierta las zonas erógenas, para luego abandonarla, con lo que la fantasía de seducción pasa en muchas ocasiones al padre, el prohibirle la masturbación, etc.) pueden ser compartidos igualmente por el varón, sin que sean suficientes para apartar al infantil enamorado de su objeto. Sin embargo, del sentimiento de sentirse ya castrada, experimentado ante la diferencia sexual, derivará un gran rencor hacia la madre, a quien no le perdonará tal desventaja. Y, cuando la niña descubra que también a la madre la falta el pene, los motivos de enfrentamiento triunfarán sobre los demás: “El objeto de su amor era la madre fálica: con el descubrimiento de que la madre está castrada se le hace posible abandonarla como objeto amoroso y entonces los motivos de hostilidad durante tanto tiempo acumulados, vencen en toda la línea”.


Si la vinculación con el padre, depositario en tales circunstancias de la inclinación erótica, fracasa, esa vinculación puede ceder la plaza a una identificación con el mismo, debido a la cual la niña retorna a su complejo de masculinidad. Pero también puede suceder que, en la línea de la sexualidad femenina, el padre sea sustituido por un hombre donador de hijos, hombre modelado sobre la imagen inconsciente del padre y colocado en lugar de éste. No obstante, en el matrimonio, la mujer puede repetir con el marido su mala relación con la madre, y así, el marido, que debía heredar la relación con el padre, acaba por asumir la experimentada con la madre, lo cual no es tan extraño si tenemos en cuenta que la transferencia de los lazos afectivos del objeto materno hacia el paterno constituyó el contenido esencial del desarrollo conducente a la feminidad. En otras ocasiones, sin embargo, el nacimiento de un hijo y la propia maternidad reaniman una identificación con la madre.
Freud insiste en que la diferente relación entre los complejos de Edipo y de castración en el niño y en la niña, provoca asimismo una menor severidad del superyó de la mujer: si la instancia superyoica es la heredada del complejo de Edipo y se instaura bajo la amenaza de castración y en alianza con el narcisismo, en la mujer tales resortes son mucho menos poderosos.
En todo caso, la disposición bisexual de todos los individuos humanos hace que cada uno de ellos combine en sí características tanto femeninas como masculinas “De modo que la masculinidad y la feminidad puras no pasan de ser construcciones teóricas de contenido incierto”.

Masculinidad y feminidad

Aunque se suelo identificar lo masculino con lo activo y lo femenino con lo pasivo, tal identificación, pese a su frecuente utilización por Freud, es, sin embargo, como él mismo se encarga en resaltar, problemática, no sólo porque hay especies en las que las hembras son más fuertes y agresivas que los machos, sino porque también en la especie humana la distribución de papeles es variable, y la mujer es muy activa en la crianza de los hijos y en otras actividades. Por otra parte, no sabemos la influencia relativa de los factores sociales. Por eso, Freud desaconseja mantener la ecuación de lo activo con lo masculino y lo pasivo con lo femenino: “No os lo aconsejo: me parece inadecuado, y no nos proporciona ningún nuevo conocimiento”.


Así, para Freud, masclino y femenino son términos problemáticos en los que no es fácil deslindar lo que corresponde a lo biológico, a lo psicológico y a lo social. Pero “No hay más que una libido que es puesta al servicio tanto de la función masculina como de la femenina”.




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