Curso de Especialista en Psicoterapia


Reformulación de la teoría de las pulsiones y de la tópica (1914-1924)



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Reformulación de la teoría de las pulsiones y de la tópica (1914-1924)




Introducción al narcisismo (1914)

Desde 1910 Freud mantuvo una primera dualidad pulsional que distinguía entre pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación o del yo Pero esa equivalencia entre la autoconservación y el yo no es del todo adecuada, pues si el conflicto psíquico expresa la tensión entre los deseos sexuales y el yo, no es entonces la autoconservación uno de los polos del mismo, sino más bien, el terreno en el que se despliega, lo cual induce a una revisión de los conceptos.


Narciso era un joven de gran hermosura, que, según el adivino Tiresias, llegaría hasta la vejez, si no se contemplaba a sí mismo. Insensible al amor que suscitaba en numerosas doncellas y ninfas, entre las cuales, Eco adelgazó tanto en su infortunio que de ella sólo quedaba una débil voz, las jóvenes, despechadas, reclamaron venganza y fueron escuchadas por la diosa Némesis: un caluroso día, después de una partida de caza, Narciso se acerca a una fuente de agua clara y, cuando se inclina para beber, se fascina ante la belleza del rostro reflejado, trata en vano de acariciarle y comprende que es él mismo, dejándose morir en su propia contemplación. Cuando sus hermanas van a incinerar su cuerpo, se dan cuenta de que se ha convertido en una flor.
En la medida en que la satisfacción heterosexual es sustituida por otra de distinto carácter, Freud considera que el narcisismo es una perversión. Pero enseguida observa que también en la evolución sexual regular de los individuos se encuentran claros componentes narcisistas y, “En este sentido, no sería ya una perversión, sino el complemento libidinoso del egoísmo de la pulsión de conservación; egoísmo que atribuimos, justificadamente, en cierta medida, a todo ser vivo”. Ahora bien, el narcisismo como amor a sí mismo, o la imagen de sí, no será para Freud sino un narcisismo secundario, entendiendo por éste la vuelta sobre el yo de la libido que ha retirado su carga de objetos previamente caracterizados. Pero ese regreso secundario puede llevarnos a suponer una libidinización originaria del yo, convertido en gran reserva libidinal: narcisismo primario.
En la medida en que el yo también se encuentra sexualizado, ya no es posible diferenciar entre pulsiones sexuales y pulsiones del yo, y es esa imposibilidad la que conducirá a Freud a reformular la teoría de las pulsiones en 1920.

Vías de acceso al narcisismo y tipos de elección de objeto

El narcisismo primario como fenómeno normal de la vida psíquica, es postulado por Freud poniéndolo en relación con otros más o menos patológicos: delirio magalomaníaco del niño (sobeestimación de los propios deseos, omnipotencia de las ideas, creencia en la fuerza mágica de las palabras) y, en parte del adulto; neurosis narcisistas, en las que no se establece relación transferencial; enfermedad orgánica, en la que el individuo deja de interesarse por el mundo exterior en la medida en que se relacione con su dolencia; el sueño, en cuanto retracción a la propia persona de la libido, puesta al servicio del exclusivo deseo de dormir, o la hipocondría, fenómenos que le llevan a una definición estructural del narcisismo, como estancamiento de la libido del yo, incapaz de investir los objetos. En las neurosis de transferencia, en cambio, aunque se da también una cierta pérdida de la realidad, la libido permanece ligada a los objetos, reales o fantaseados, en vez de quedar retraída sobre el yo. Por otra parte, desde la imagen del yo como reserva libidinal, no parece posible amar al otro sin amar al yo.


Precisamente Freud va a hacer de la vida erótica humana una nueva vía de acceso al narcisismo. Pese a sus numerosas variantes y combinatorias, las elecciones de objeto amoroso se realizan conforme a dos modelos fundamentales, en correspondencia con los dos objetos sexuales primitivos: uno mismo y la madre nutricia. En la elección de tipo narcisista, el objeto es elegido de acuerdo con el modelo de la propia persona (lo que uno es para sí mismo, lo que fue o la persona que fue parte de uno mismo, lo que quisiera ser). En la elección de tipo anaclítico o de apoyo, el objeto es elegido de acuerdo con el modelo de la persona que cuidó de uno mismo (la madre nutricia, el padre protector). Ambos tipos se sustentan sobre la base de un narcisismo primario.
Según Freud la elección del objeto en el hombre y la mujer revela diferencias fundamentales. El amor conforme al tipo de apoyo es prevalerte en el hombre. En la mujer, sin embargo, la elección es de tipo narcisista.
Freud concluye que el amor parental no es más que una resurrección del narcisismo de los padres, aunque agrega, “Transformado en amor objetal”. La insistencia freudiana en la constitución del narcisismo a través del amor parental es otro índice apuntando a la subjetividad en el seno incluso del narcisismo primitivo, el cual no surgirá de manera aislada y endógena, sino como efecto del deseo de los padres, generando una autoestima que, aunque pueda tener su contrapartida perversa, resulta imprescindible.
En efecto, por importantes que puedan ser los defectos orgánicos, la base de la autoestima es el amor, pues “El no ser amado disminuye la autoestima y el serlo la incrementa”.
Mas si la falta de amor perjudica el sentimiento de autoestima, ésta también disminuye con el amor al objeto, que empobrece libidinalmente el yo, el cual puede quedar fuertemente dañado por “Las tendencias sexuales no sometidas ya a control ninguno. […] La carga de libido de libido de los objetos no intensifica la autoestima. La dependencia del objeto amado disminuye ese sentimiento: el enamorado es humilde. El que ama pierde, por decirlo así, una parte de su narcisismo, y sólo puede compensarla siendo amado”.
Aunque los padres sean fuente del narcisismo primitivo, también se ven obligados a socavarlo, a través de las limitaciones impuestas a la omnipotencia imaginaria infantil, a las que más tarde se agregarán las de la sociedad y las de la indiferente realidad. La totalidad que el niño suponía ser sufrirá, especialmente, un duro revés a través de la constelación edípica (renuncia al amor incestuoso), el descubrimiento de la diferencia sexual y el complejo de castración, y el narcisismo así erosionado obligará al empobrecimiento libidinal del yo a favor de los objetos, a través de los que el yo podrá recuperarlo, mediado por ellos.

La génesis de las instancias ideales: sublimación e idealización

La sublimación es un concepto capital y problemático dentro del psicoanálisis. El término evoca, a la vez, un ámbito (el de lo sublime, tanto en el arte como en la naturaleza y, quizá por analogía, en moral o en religión) y un proceso referente a un cambio de estado (en química se denomina sublimación al proceso por el que un cuerpo pasa directamente del estado sólido al gaseoso).


Freud insistió que la sublimación afecta principalmente a las pulsiones parciales no integradas en la genitalidad (lo que ligaría lo sublime con lo perverso) ofreciendo una primera definición, según la cual “La sublimación cambia el fin sexual primitivo por otro ya no sexual pero psíquicamente afín al primero, poniendo a disposición de la labor cultural grandes magnitudes de energía”.
Entre los puntos oscuros de semejante transmutación, unos se refieren al campo de las actividades sublimada, otros a la capacidad o no de progreso de las obras en las que se ejerce y del sujeto que las crea y otros, en fin, a las pulsiones que se subliman: ¿únicamente las sexuales o cabe un proceso similar en lo que desde 1920 se va a denominar pulsión de muerte?
Freud ve en la sublimación la contrapartida del apuntalamiento de las pulsiones sexuales en las de autoconservación, por lo que se trata de caminos de influjo recíproco: “Podemos llegar a la hipótesis de que todos los caminos de enlace que nos conducen a la sexualidad partiendo de otras funciones pueden ser recorridos también en sentido inverso […] Los mismos caminos por los que las perturbaciones sexuales se extienden a las restantes funciones físicas tienen también que servir a otras funciones importantes en estados normales. Por estos mismos caminos ha de tener lugar la orientación de la pulsión sexual; esto es, la sublimación de la sexualidad”.
Sin embargo, a partir de 1914 Freud va a ligar la sublimación con el narcisismo de manera que las actividades sublimadas tenderían a alcanzar ese carácter de totalidad y unificación que quisiera detentar el yo. Freud observa que quizá la sublimación tenga siempre lugar por mediación del yo, “Que transforma primero la libido objetal sexual en libido narcisista, para proponerle luego un nuevo fin”.
En “Introducción al narcisismo” Freud pretende establecer una neta distinción entre sublimación e idealización, diciendo que si la primera afecta al fin de la pulsión, la idealización en cambio no afecta sino al objeto (otra persona, uno mismo o un ente abstracto como la patria) engrandeciéndolo. Freud dice “La producción de un ideal eleva las exigencias del yo y favorece más que nada la represión. En cambio, la sublimación representa un medio de cumplir tales exigencias sin recurrir a ella”.
Lo que Freud quiere destacar es que la formación del yo ideal cumple la función de retener imaginariamente la perfección narcisista que todos creíamos detentar en la niñez. Mas, dado que la realidad y la educación se han encargado de desmentir nuestro sueño infantil de omnipotencia, tratamos de recuperar ésta formando un yo ideal lleno de perfecciones, al que consagrar el amor ególatra dirigido en la niñez al propio yo “Aquello que proyecta ante sí mismo como su ideal es la sustitución del perdido narcisismo de su niñez, en la cual él mismo era su propio ideal”.
Sin embargo, antes de entrar a considerar los problemas específicos del proceso de identificación, conviene reparar en que son la implicación y diferencia de ambos procesos (idealización e identificación) las que prestan fundamento a la distinción freudiana entre yo ideal e ideal del yo. El yo ideal se situaría más bien del lado de la idealización y de la omnipotencia, y sería por lo tanto, en relación con él, dónde habría que colocar los sentimientos de inferioridad, mientras que el ideal del yo aparecería como algo ubicado frente al yo como su ideal, más ligado a los problemas de la ley, la ética y los sentimientos de culpa.




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