Curso de Especialista en Psicoterapia



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Los historiales clínicos

Además de los relatos en “Estudios sobre la histeria” y otros más breves, Freud publicó cinco grandes historiales, que exponemos a continuación



Dora

Dora pertenecía a una familia de la burguesía judía acomodada. Su padre, Philipp Bauer, era un gran industrial inteligente, de personalidad dominante y admirado por su hija, pero un tanto débil y con una vida desordenada, que trataba de ocultar; enfermo de sífilis desde antes de contraer matrimonio, había consultado a Freud como médico y había quedado satisfecho del tratamiento, por lo que cuando las relaciones familiares se complicaron, llevó a su hija a analizarse, esperando poder manejar a ambos, a fin de que Dora no se volviera en su contra. Cuando percibió que Freud no se prestaba a tales intrigas se desinteresó de la cura.


Dora había escapado desde la adolescencia a la influencia de su madre, Katharine Gerber, una mujer obsesionada por la limpieza y el orden de su hogar, que era engañada por su marido con Guiseppina, la esposa de uno de sus amigos, Han Zellanka, el señor K. Éste, despechado, trató de seducir a la institutriz de sus hijos, para más tarde enamorarse de Dora. Un día, paseando a orillas de Garda, el señor K. le declaró su amor, pero Dora no le dejó seguir y le abofeteó y le contó lo sucedido a su madre, para que se lo relatara a su vez al padre, de quien Dora esperaba la protegiera de la tentación de su amor por el señor K., salvando así su reprimido vínculo incestuoso. Sin embargo, Philipp Bauer estaba más preocupado en proteger su adulterio que a su hija y, tras interrogar acerca de lo sucedido al señor K., que negó categóricamente los hechos, ambos la trataron como a una fabuladora. En vista de la acentuación de los trastornos nerviosos de Dora (migrañas, tos convulsiva, afonía, dificultades para caminar, tendencias suicidas) su padre decidió llevarla a Freud, con la esperanza de que la hiciera “entrar en razón”.
Organizado en torno a dos sueños de la muchacha, Freud los anotó tras cada una de las sesiones en que fueron relatados y redactó el historial inmediatamente después de la brusca interrupción del tratamiento, tras once semanas de duración. Se negaba a tomar notas durante las sesiones, pues eso podía obstaculizar su escucha (lo que después llamará atención flotante) y estorbar las asociaciones del paciente. Prefería tomarlas por la noche, dejando al olvido hacer su trabajo y procurando no ser perturbado por la abundancia inútil del material.
Freud reconocerá que él no sabía entonces manejar bien la transferencia, habiéndola descuidado en vista de la abundancia del material interpretativo suministrado por la paciente. También reconoció habérsele escapado la naturaleza del vínculo homosexual de Dora con Guiseppina, la cual le había proporcionado libros más o menos pornográficos para después acusarla de esas lecturas. En esta situación, el afán de venganza de la estructura histérica de Dora no hace sino multiplicarse y lo transfiere al tratamiento.
Tras el análisis de diversos síntomas y la consideración pormenorizada de los dos sueños mencionados, Freud albergaba francas esperanzas en la resolución del caso. Sin embargo a los pocos días Dora se presentó en la consulta de Freud sin previo aviso, anunciando la interrupción del tratamiento.
Freud relata así la situación:
La inesperada interrupción del tratamiento, cuando mis esperanzas de éxito habían adquirido la máxima consistencia, destruyéndolas así de golpe, constituía por su parte un indudable acto de venganza y satisfacía al propio tiempo la tendencia de la paciente a dañarse a sí misma […]
No sé tampoco si el señor K. hubiera conseguido más si alguien le hubiera revelado que aquella bofetada de Dora no significaba en modo alguno un no definitivo. Si el señor K. hubiese hecho caso omiso de aquél “no” y hubiera continuado pretendiendo a Dora con apasionamiento convincente, es muy posible que la inclinación de la muchacha hubiese superado todas las dificultadas internas. Pero también podría haber ocurrido que tal insistencia no hubiese hecho sino incitar a Dora a satisfacer todavía más ampliamente en el señor K. sus ansias de venganza. La incapacidad de satisfacer una demanda real de amor es uno de los rasgos característicos esenciales de la neurosis”.
Freud relata una sesión posterior que tuvo con Dora en la que le comentó que, a la muerte de uno de los hijos del matrimonio K., había ido a darles el pésame y había aprovechado para vengarse: a la mujer le dijo que estaba perfectamente al tanto de las relaciones ilícitas con su padre y al señor K. le obligó a confesar le escena junto al lago, quedando justificada ante su padre. Después no volvió a ver nunca más al matrimonio.
Las esperanzas de Freud de que Dora se liberara de sus síntomas y pudiera hacer una vida normal, no se cumplieron. Dora se casó y enviudó a los pocos años. El matrimonio no había logrado curarla de su aversión por los hombres ni de su frigidez. Su marido desdeñado y torturado por ella, había fallecido de una enfermedad coronaria. La muerte de Dora a los pocos años supuso una bendición para todos pues había llegado a convertirse en una “histérica repugnante”.

Juanito

Su verdadero nombre era Herbert Graf, hijo de Olga König y de Max Graf, admirador y amigo de Freud. La familia de los Graf era frecuentada por ilustres representantes de la cultura vienesa de la época.


El Caso Juanito no fue llevado a cabo directamente por Freud, sino por Max Graf, tomando anotaciones de todo aquello que le parecía de interés y pasándoselas a Freud, que actuaba de supervisor y con quien Juanito sólo mantuvo una entrevista.
Ya hemos visto que la angustia puede considerarse como el montante afectivo desligado de cualquier representación, hasta que, proyectándose al exterior, logra encontrar un objeto fóbico que la localice y, de alguna manera, la palie. La fobia de Juanito fue variando en el curso del análisis y se concentró en diversos objetos, pero ante todo en el temor a los caballos que Freud interpretaba como el sustituto simbólico del padre. Antes de la explosión de la angustia, Juanito había ya mostrado interés por su pene (el hacer “pipí”) y había sido amenazado por su madre si se lo tocaba, aunque, en principio, no hace caso de tales amenazas, y solo reaccionó ante ellas cuando, al contar él tres años, ve desnuda a su hermana en el baño y espera verla crecer el “hacer pipí”, hasta reconocer la diferencia de genitales. Y es entonces cuando la amenaza de castración comienza a surtir efecto.
Un año después Juanito comienza a manifestar miedo a los caballos. Para Freud, es el inicio de la angustia que ha de encontrar un objeto fóbico sustitutivo (el temor a que un caballo le mordiera y más tarde, el temor a otros animales).
Por otro lado el caballo se muestra como un símbolo de plural significación: si por un lado, remite al padre, no es sólo como miedo a su castigo, sino también por temor a que el caballo se caiga, esto es, a que el padre no cumpla su función y le deje, sin defensa ni barreras, ante la presencia todopoderosa de la madre.
Cuando Juanito tenía diecinueve años, fue a visitar a Freud y le confesó que cuando leyó su historial le había parecido totalmente ajeno a él; no se reconoció ni recordó nada. Freud comenzó a redactar una nueva tópica que fuera capaz de explicar este fenómeno.
Freud estimó curada la fobia de Juanito y éste pudo desarrollar su vida normalmente. Sin embargo los años sucesivos estuvieron marcados por el contraste entre un gran éxito profesional y sus fracasos afectivos: nunca se repuso bien del divorcio y nuevos casamientos de sus padres; lamentó el verse separado de su hermana Ana y sus conflictos conyugales le llevaron a iniciar un nuevo análisis.

El hombre de las ratas

Ernst Lanzar, el verdadero nombre de El hombre de las ratas, pertenecía a una familia de la burguesía media judía. Había estudiado Derecho y se había enamorado de una de sus primas, Gisela Adler, que era pobre, como la primera mujer a la que su padre amó, aunque éste terminó por casarse con una mujer rica y pretendía que otro tanto hiciera su hijo. A la muerte del padre entró, también como él, en la academia militar y poco después empezó a ser dominado por diversas obsesiones sexuales y morbosas: se había acostumbrado a mirarse el pene en el espejo para asegurarse de su erección, le gustaban los funerales y los rituales mortuorios, se dirigía fuertes reproches que le animaban al suicidio, aunque enseguida se arrepentía de esas tendencias y procuraba anularlas u oponerse a ellas.


La tendencia a atribuir efectividad al pensamiento fue calificada por el propio paciente con el nombre de omnipotencia del pensamiento. Esta “omnipotencia de ideas”actuaba poderosamente en El hombre de las ratas, para el que sólo la idea de “matar al padre” equivalía ya a una manera de asesinarlo, sintiéndose culpable de la ocurrencia.
En el verano de 1907, en el transcurso de unas maniobras militares desarrolladas en Galitzia, dos acontecimientos se anudaron para precipitar el estallido del conflicto. El capitán Nemeczek, partidario de los castigos corporales, relató un día un suplicio oriental consistente en desnudar al condenado y fijarle en las nalgas un orinal agujereado en el que se agitaba una rata hambrienta, a la que se excitaba con una varilla incandescente, hasta que, para huir de la quemadura, penetraba por el ano y lo mordía, muriendo al cabo de un rato el hombre y la rata. Cuando trató, en el curso del análisis, de referir ese castigo, le resultó tan insoportable relatar los detalles del suplicio, se levantaba del diván suplicando a Freud que le ahorrara esa tarea, y se expresaba con tal oscuridad que fue enormemente trabajoso aclararlo, manifestando con ello todos los síntomas de la resistencia. Pero, en cada momento del relato, se observaba una extraña expresión “Que sólo podía interpretarse como signo de horror ante un placer del que no tenía la menor conciencia”. Al oírlo había surgido en él la idea de que el castigo se le aplicaba a su amada y también a su padre.
Por otra parte, el día en que el capitán había relatado dicha tortura, Ernst Lanzar perdió sus gafas y telegrafió a su óptico de Viena para que le enviase otro par por correo. Poco después se las enviaron y se las entregó el mismo capitán que llevó a cabo el relato anterior, diciéndole que los gastos postales se los tendría que abonar al teniente David, supervisor de correos. Al instante se le ocurrió que no lo devolvería, pues si lo hacía se cumpliría en su padre y en su amada la fantasía de las ratas. Simultánemente se produjo una contraorden en forma de juramento, casi pronunciado en alta voz: “Tienes que devolver el dinero”. Por diversos factores, algunos aparentemente objetivos, el pago de la deuda se aplaza. Lanzar se lo reprocha. En el viaje de regreso, se bajó del tren para tomar otro en sentido inverso y procurar devolver el dinero. Después pensó que era ridículo y volvió a coger el tren de regreso, y así pasó el día subiendo y bajando del tren hasta que, extenuado, encontró a un amigo que le acompañó a poner un giro por el importe de las gafas.
La hipótesis con la que acabará trabajando Freud, es que el pequeño Lanzer fue castigado por su padre, hacia los seis años, por sus prácticas masturbatorias, lo que el paciente acepta. Pero, agrega que su madre le había contado cómo, hacia los cuatro años, el padre le había apaleado por haber mordido a alguien, y él le injurió, sin recordar que hubiera experimentado rabia hacia él. El relato de las ratas mordiendo el ano habría despertado en Lanzer un erotismo anal y el recuerdo de la antigua escena de la mordedura, narrada por la madre, mientras que el capitán defensor de los castigos corporales ocupaba el lugar del padre, atrayendo sobre sí el odio con el que antaño había respondido a su crueldad.
Freud interpretó que las ratas adquirieron la significación del dinero, lo que permite enlazar los dos episodios, el del castigo y el de la deuda.
Ernst Lanzer no vivió lo suficiente para advertir las insuficiencias o los beneficios del tratamiento con Freud. Casado en 1910, con su amada Gisela, fue hecho prisionero por los rusos en los comienzos de la Primera Guerra Mundial y murió ese mismo año 1914.

El hombre de los lobos

Serguei Pankejeff “El hombre de los lobos” (1887-1979) había nacido en Rusia meridional, en una rica familia de la nobleza terrateniente, y se educó en Odessa, con criadas (Grouscha), niñeras (Nania), institutrices (Miss Owen) y preceptores. En las dos ramas de la familia había varios casos de enfermos psíquicos graves, paranoicos.


En 1905 se suicidó su hermana Ana y, dos años después, su padre. Desde los diez años, Serguei presenta graves síntomas neuróticos y frecuentes accesos depresivos que acabarían por hacerle vagar entre asilos, sanatorios y curas termales de diversos países.
Al volver a Odessa, un joven médico decidió llevarlo enseguida al consultorio de Freud en Viena.
La transferencia es violentamente ambivalente desde el principio “Un joven ruso que estoy viendo a causa de su compulsión a enamorarse, me comunicó en la primera sesión las siguientes transferencias: judío estafador, degustaría hacerte un coito anal y cagarte en la cabeza”. Pese a todo, por primera vez Pankejeff tuvo la sensación de ser escuchado y mantuvo afectos cordiales con Freud, el cual, a su vez, le estimaba. Al final del tratamiento decía sentirse curado, volvió a Rusia, se casó con Teresa en 1914 y estudió Derecho. Sin embargo, la Gran Guerra y la Revolución bolchevique le arruinaron: emigró a Viena y trabajo en una compañía de seguros hasta su jubilación, aunque nuevos accesos depresivos le obligaron a otro análisis con Freud, quien le acogió gustosamente e incluso recolectó dinero para él, negándose, sin embargo, a recibirle una tercera vez, en 1926 y derivándolo a otro analista. En 1938 se suicidó su mujer Teresa y la Asociación Psicoanalítica cuidó de él, manteniéndole económicamente y pagándole el análisis con distintos psicoanalistas.
En el tratamiento llevado a cabo por Freud, éste analizó un sueño tenido a los cuatro años e ilustrado por el paciente con un dibujo. Se veía a sí mismo acostado en su cama una noche de invierno. De pronto, se abre la ventana y en las ramas del grueso nogal alzado ante ella encuentra encaramados, inmóviles y mirándole fijamente, seis o siete lobos blancos, aunque más bien parecían zorros o perros de ganado. Presa de un horrible miedo a ser devorado por los lobos, empezó a gritar. Con este sueño y algunos datos y asociaciones del paciente, Freud construyó una escena primitiva en la que el pequeño Serguei, hacia el año y medio de edad, y enfermo de malaria, dormía en el cuarto de los padres. A las cinco de la tarde, en el acmé de la fiebre, se despertó y contempló con intensa atención (como los lobos a él, trasponiendo así el sueño el sujeto por el objeto) a sus padres en ropa interior blanca, entregados a un coito, una escena muy movida (frente a a inmovilidad de los lobos en el sueño) en la que contempla los genitales de sus padres, lo que le provoca un súbito movimiento intestinal, una deposición por la que llora y con la que los interrumpe.
A partir de aquí, hay multitud de aspectos de la evolución del niño que Freud considera: el erotismo anal; la homosexualidad hacia el padre, esto es, el deseo de ocupar el lugar de la madre en el coito, lo que implica dejarse castrar y la subsiguiente angustia; la contemplación de las nalgas de la criada Gruscha, la seducción por su hermana y la amenaza de castración de la niñera; la resignificación de la escena primitiva, el sueño de los lobos y la génesis de la fobia; el conocimiento de la Historia Sagrada, que le permite sublimar sus tendencias masoquistas, interpretando en forma pasiva la figura de Cristo; la dualidad de posiciones respecto a la castración, hacia la que primitivamente mantuvo una actitud de rechazo, aunque de algún moto también la reconoce, como se manifiesta en la alucinación que tuvo hacia los cinco años: se encuentra al lado de la niñera tallando con una navajita uno de los nogales del jardín y, de pronto, ve espantado que se ha cortado el dedo meñique, que sólo permanecía sujeto por la piel; se desploma en un banco incapaz de decirle nada a la niñera ni de mirarse el dedo; pero luego se tranquiliza, se observa y ve que no tiene herida ninguna.
Aunque las amenaza de castración partieron para Serguei de las mujeres, Freud estima que la herencia filogenético se impone sobre sus vivencias personales hasta acabas, en la época de su neurosis obsesiva, convirtiendo al padre enla persona temida. “Vence así en este punto la herencia filogenético a la vivencia accidental. En la prehistoria de la Humanidad hubo de ser seguramente el padre el que aplicó la castración como castigo, mitigándola después, hasta dejarla reducida a la circuncisión”.

La realidad y la fantasía: el fantasma y las fantasías originarias

Por fantasía puede entenderse tanto la facultad de imaginar como el contenido del mundo imaginario, lo que en psicoanálisis se suele denominar fantasma, entendiendo por tal una escenificación imaginaria en la que se encuentra presente el sujeto y que supone la realización de un deseo inconsciente, bajo una cubierta deformada por los procesos defensivos. La utilización del término por parte de Freud no es unívoca, pues puede referirse tanto a fantasías conscientes, sueños diurnos o ensoñaciones, como a fantasías inconscientes en el sentido descriptivo del término, bien se trata de formaciones subliminales, preconscientes, bien de fantasmas propiamente inconscientes, fantasmas que subyacen a un contenido manifiesto, representan un deseo inconsciente y se encuentran en el punto de partida del sueño.


El fantasma, más que representar el objeto deseado, escenifica una secuencia de la cual forma parte el sujeto y en la cual son posibles las permutaciones de papeles y de atribución. De este modo “El deseo se articula en el fantasma, pero éste, a su vez, refleja también las operaciones defensivas, escenificando así, tanto el deseo como la prohibición”.
Entre los fantasmas inconscientes, Freud postuló la existencia e importancia de los fantasmas originarios o primarios, escenificaciones típicas y en número limitado en torno a los orígenes (vida intrauterina, escena primitiva referida al coito entre los padres, fantasma de castración, fantasía de seducción), organizadores de la vida fantasmática, hasta el punto de imponerse a las vivencias accidentales del sujeto y parra cuya explicación recurrió a una explicación filogenética de que en la prehistoria de la humanidad fuera realmente objetivo lo que en la actualidad se habría convertido en realidad psíquica, pero no por ello menos actuante y eficaz.
En efecto, correspondan a la realidad o sean creadas imaginativamente, “El resultado es el mismo, y no hemos podido observar todavía diferencia alguna entre los efectos de los sucesos reales de este género y los producidos por las creaciones imaginativas homólogas […] A mi juicio, tales fantasías “primitivas” constituyen un patrimonio filogenético. Por medio de ellas vuelve el individuo a la vida primitiva […] Es posible que todas estas invenciones fueran en épocas lejanas, en las fases primitivas de la familia humana, realidades concretas y que dando libre curso a su imaginación no haga el niño sino llenar, con la ayuda de la verdad prehistórica, lagunas de la verdad individual”.
La insistencia freudiana en la transmisión genética de las disposiciones psíquicas ha sido objeto de severas críticas. La vinculación entre el problema de las escenas originarias, como estructuras irreductibles a las contigencias de la vida individual, y la transmisión hereditaria, no debería, sin embargo, quizá, llevar a desechar aquéllas al rechazar ésta.
En una larga nota al caso “El hombre de las ratas”, estudiando el papel de los recuerdos infantiles y su elaboración por la fantasía y el recuerdo. Freud indica cómo de la uniformidad del contenido del complejo nodular de las neurosis “Depende que, en general, surjan las mismas fantasías sobre la niñez, cualesquiera que sean las aportaciones de la realidad. Al complejo nodular infantil corresponde el hecho de que el padre llegue a desempeñar el papel de adversario sexual y perturbador de la actividad sexual autoerótica y la realidad contribuye a ello también en gran parte”.


Freud nunca desechó por completo la posible realidad de tales escenas, cuando no la transportaba de la infancia individual a la de la Humanidad. “Ninguna duda me ha preocupado tanto ni me ha hecho renunciar tan decididamente a muchas publicaciones. Por otro lado, he sido el primero en dar a conocer tanto el papel de las fantasías en la producción de síntomas coo el fantasear restrospectivo sobre la infancia de fantasías nacidad de estímulos posteriores y sexualizados después del suceso, hecho que ninguno de mis adversarios se ha dignado mencionar […] Si, a pesar de todo, he seguido propugnando mi teoría, más inverosímil y más ardua, ha sido siempre con argumentos como los que el caso aquí descrito, o cualquier otro de neurosis infantil, impone al investigador, y que de nuevo someto a la consideración de mis lectores”.

El concepto de proyección

En psicología, se encuentran diversas acepciones de proyección relacionadas:




  • Para referirse a la percepción del medio ambiente en función de los intereses del sujeto, concepto que se encuentra a la base de los tests proyectivos, como el Rorschach o el T.A.T.




  • La proyección designaría el proceso por el que se asimila una persona a otra, como cuando se dice, in tanto inapropiadamente, que alguien proyecta la imagen de su padre sobre su jefe, por ejemplo, que es a lo que el psicoanálisis ha denominado transferencia: Freud distinguió entre ambas y se refirió a la proyección dentro de la transferencia indicando la atribución por parte del paciente de palabras o pensamientos propios, o de sus órdenes superyoicas, al analista.




  • Puede apuntar a la relación de un sujeto con otras personas o seres, bien para proyectarse a sí mismo en ellos, bien para atribuirles tendencias y deseos propios pero no reconocidos, que es el significado más próximo al psicoanálisis.

En un sentido general, en psicoanálisis se entiende por proyección aquel proceso defensivo por medio del cual el sujeto expulsa de sí y localiza en otra persona o cosa cualidades sentimientos o deseos que no reconoce o que rechaza en sí mismo, a fin de hacer de algún modo reconciliables tendencias que no sabe integrar.


Freud consideraba que la proyección es un mecanismo bastante frecuente y hasta cierto punto normal que, a veces, otorga una clarividencia respecto al otro proporcional a la ignorancia sobre sí mismo, por lo que no siempre la proyección equivale a una percepción errónea (aunque sí, al menos, unilateral).
Freud dice que, aunque el sueño es la realización de un deseo, cumple también una función defensiva, permitiendo al sujeto la realización disfrazada y alucinatoria del deseo reprimido, sin por eso verse obligado a despertar: “Un sueño constituye la señal de que ha surgido algo que tendía a perturbar el reposo, y nos da a conocer la forma en que esta perturbación puede ser rechazada. El durmiente sueña, en lugar de despertar, bajo los efectos de la perturbación, resultando así el sueño un guardián del reposo. En lugar del estímulo interior, que aspiraba a atraer la atención del sujeto, ha surgido un suceso exterior, el fenómeno onírico, cuyas aspiraciones han quedado satisfechas. Un sueño es, pues, entre otras cosas una proyección: una externalización de un proceso interior”.

La Asociación Psicoanalítica Internacional: colaboradores, amigos, disidentes

A partir de 1902, su trabajo iba a incluir también lo que andando el tiempo sería la Asociación Psicoanalítica Internacional. Su embrión se encuentra en la que denominaron Sociedad Psicológica de los miércoles en razón de las reuniones celebradas en casa de Freud los miércoles por la noche por un grupo de amigos y seguidores del psicoanálisis, entre los que se encontraban Wilhem Shekel, Rudolf Reitler, Max Kahane, Otro Rank y Alfred Adler, un médico socialista interesado por los usos sociales de la psiquiatría. Ellos fueron el núcleo de lo que, a partir de 1908, se denominó Sociedad Psicoanalítica de Viena.


En sus relaciones con los miembros de la Sociedad Psicoanalítica, Freud mantuvo con energía su autoridad, pero distaba de presentar el psicoanálisis como una ortodoxia: para él no se trataba de un edificio ya alzado e inamovible, sino de una orientación en torno a un mínimo de concepciones, sin las cuales se le hacía imposible el trabajo en común. Tal como lo enunció en sus artículos de la época “La hipótesis de la existencia de procesos psíquicos inconscientes, el reconocimiento de la teoría de la resistencia y de la represión, la valoración de la sexualidad y del complejo de Edipo son los contenidos capitales del psicoanálisis y los fundamentos de su teoría, y quien no los acepta en su totalidad no debe contarse entre los psicoanalíticos”.
Uno de los miembros de la Sociedad Psicoanalítica, Alfred Adler otorgó más importancia a los lazos grupales que a la rivalidad edípica, interesándose también por el marxismo, desde la perspectiva del socialismo reformista, mas sin militar en el partido socialdemócrata austriaco ni estar emparentado con su fundador.
A los ojos de Freud, Adler amenazaba con retrotraer la psicología a posiciones anteriores al descubrimiento del inconsciente, al acentuar los factores biológicos y sociales en detrimento de los conflictos pulsionales. Para Adler la neurosis era una compensación frustrada de sentimientos de inferioridad, originados en buena medida por alguna imperfección orgánica, y vividos psíquicamente desde el hermafroditismo psíquico básico. Tal ocurre con el componente femenino, frente al que actuará, en ocasiones a través de manifestaciones agresivas independientes de la sexualidad, la protesta masculina, que tiende hacia un ideal de perfección impuesto educativamente por el medio social. En su conjunto, esto es tanto como tratar de edificar una psicología del yo, determinada biológica y socialmente, anulando los conceptos centrales freudianos de inconsciente, represión y libido.
Adler suponía un retroceso hacia la psicología general, pero, al insertarse dentro del psicoanálisis, podía hacer más daño a éste que una explícita oposición. Esas diferencias teóricas se doblaron de diagnósticos descalificadotes y, en el ardor de la confrontación, Freud ni siquiera estuvo en condiciones de reconocer el valor de algunas ideas que después ingresarían en la teoría psicoanalítica, como la de una pulsión agresiva independiente.
Mucho más doloroso iba a ser la ruptura con Carl Gustav Jung (1875-1961) por cuanto las esperanzas en él depositadas habían sido mayores. Freud creyó encontrar en Jung al heredero de la corona. Pero Jung disentía de Freud en el papel de la sexualidad infantil, el complejo de Edipo y la libido, concebida por él como una energía psíquica indiferenciada, en donde la especificidad de la aportación freudiana se esfumaba.
Después de la guerra, Jung emprendería la elaboración de su obra y de la que denominó psicología analítica, elaborando una noción de inconsciente colectivo, próxima al concepto culturista de modelo que, al unilateralizar la tensión mantenida por Freud entre la herencia filogenético y los avatares de la biografía individual, determina el psiquismo a través de arquetipos expresados simbólicamente en los sueños, el arte o la religión, conjugando esa representación general del psiquismo con una teoría de tipos psicológicos, articulados en torno a la alternancia introversión/extroversión.
Con la subida de Hitler al poder, adoptó posiciones claramente antisemitas: distinguió entre un inconsciente “ario” y otro “judío”, señalando el superior potencial del primero, y aceptó dirigir la Sociedad Alemana de Psicoterapia bajo control nazi. Aún cuando nunca se llegó a comprometer de modo militante, intentó instaurar, frente a la psicología humanizante de Freud, una psicología de las naciones.




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