Curso de Especialista en Psicoterapia


Otras formaciones transaccionales



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Otras formaciones transaccionales

Sobre el modelo del sueño, paradigma de las formaciones del inconsciente, Freud analizó otras formaciones transaccionales entre las fuerzas en lucha de los diversos sistemas psíquicos.



Los recuerdos encubridores” (1899)

Freud sostiene que los recuerdos infantiles más tempranos provienen, por lo general, de una etapa que se extiende entre los dos y los cuatro años, aunque hay personas que parecen poder remontarse a su primer año de vida. Esos recuerdos se presentan inconexos y a menudo contienen impresiones cotidianas e indiferentes, incapaces con toda probabilidad de despertar notables desarrollos afectivos. ¿A qué se debe esta particular selección?


El hecho de que se olvide lo relevante y se conserve lo indiferente puede explicarse desde el supuesto de dos fuerzas psíquicas en pugna: una se esfuerza por retener la importancia del suceso, mientras que la otra se resiste a tal propósito, y de la oposición entre ambas surge un producto un producto transaccional, gracias al cual la imagen anémica no es proporcionada por el acontecimiento central, sino por un elemento psíquico enlazado a él por asociación y sobre el que se ha desplazado el acento psíquico.
Esos recuerdos son, pues, recuerdos sustitutivos. Como en el sueño, como en el síntoma, el proceso sería siempre el mismo: conflicto, represión y sustitución transaccional, siendo la represión la responsable de la disociación entre el afecto y la representación a la que originariamente iba ligada, sustituida por otra, que toma entonces a su cargo el papel que quería desempeñar la primera.
Entre las infinitas escenas que se pueden retener de la vida, se eligen aquéllas que por su contenido, indiferente en sí, se prestan a la representación de fantasías importantes “A tales recuerdos, que adquieren un valor por representar en la memoria impresiones y pensamientos de épocas posteriores, cuyo contenido se halla enlazado al suyo por relaciones simbólicas, les damos el nombre de recuerdos encubridores. Por su misma nimiedad sirven retrospectivamente de pantalla para fantasías y ensoñaciones, alimentadas por importantes motivos inconscientes.
Pero si Freud a destacado la reelaboración que provocan fantasías posteriores en el recuerdo de manera que éste queda justificado por algo ulteriormente vivido, también puede suceder que la relación temporal entre lo manifiesto sirva de pantalla para algo anterior y más importante, expresado disfrazadamente en él. En el primero de los casos Freud habla de recuerdos encubridores progresivos y en el segundo de recuerdos encubridores regresivos.

Los actos fallidos –“ Psicopatología de la via cotidiana (1901)

Por acto fallido se entiende aquél en el que no se obtiene el resultado explícitamente perseguido, el cual se encuentra reemplazado por otro. Los actos fallidos cubren una amplia gama de la acción y del discurso, como el olvido, el error de lectura, el de habla, el de escritura, el error de la acción o el extravío.


No toda falta de rendimiento psíquico puede ser incluida en el concepto de acto fallido: el no poder recordar un nombre geográfico o histórico apenas conocido, por ejemplo, no tendría por qué serlo, pero el confundir el nombre de un hijo con el del otro, sí.
El concepto de acto fallido se refiere a aquellas conductas que no exceden de cierta medida establecida por nuestra estimación y designada como normal o poseen el carácter de perturbación momentánea y temporal.
Frecuentemente eran atribuidos a falta de atención o casualidades, pero Freud mostró que, como los síntomas neuróticos, constituyen una formación de compromiso entre la intención consciente y lo reprimido: fallidos desde el puntote vista de la intención consciente, pueden ser considerados también como una forma de realización, más o menos encubierta, del deseo inconsciente.
En los actos fallidos se manifiestan también los procesos de condensación y desplazamiento.

El chiste y su relación con el incosciente (1905)

En el chiste, como en otras formaciones del inconsciente, una idea preconsciente es elaborada momentáneamente por lo inconsciente y su peculiar sintaxis provocando una descarga de placer. En los chistes inofensivos, ese placer proviene de la recuperación de la libertad infantil de jugar con las palabras, según las leyes del proceso primario, sin preocupación por el sentido, descargando la energía por la que nos defendemos de esos procesos, cuando no la estimamos necesaria. Pero los adultos no suelen permitirse, por su espíritu crítico, tales juegos y exigen que se agregue una significación. Esa significación proviene, en los chistes tendenciosos, de la agresividad, la obscenidad o el cinismo que se liberan “Aprovechando la prima de placer que el ingenio o el juego formal comportan y permitiendo así un modo de expresión socialmente aceptable a ideas censuradas o reprimidas”.


A veces, la comicidad reside en la rapidez con que se responde a una insolencia, en la inmediata sucesión de agresión y defensa. En otro casos, es cómo un aparente “sí” encierra un “no”; una presunta defensa, una crítica más severa aún de aquélla que se pretendía refutar.
Pero hay veces que el chiste no se pone al servicio de la agresividad, la obscenidad o el cinismo, ni ataca a ninguna persona concreta o institución, sino que, movido por un espíritu escéptico, se dirige, a través del contrasentido y el absurdo, contra la propia función del juicio

Tres ensayos para una teoría sexual” (1905)




El hilo argumental



Trieb es un término de raíz germánica que significa impulso, empuje. Al traducirlo a las lenguas romances por pulsión, el acento se pone en el carácter irrefrenable del empuje, aunque éste no goce de finalidad ni de objeto precisos. En el mundo animal el denominado instinto sexual se desarrolla como una conducta heterosexual genital (el coito) al servicio de una descarga fisiológica que suponemos placentera y que garantiza la reproducción de la especie. Esa conducta es la que, habitualmente, se considera asimismo normal entre los humanos, calificándose como perversos los comportamientos que se apartan de tal patrón. Perversiones serían, entonces, las desviaciones respecto al objeto sexual (autoerotismo, homosexualidad, relaciones sexuales con púberes, animales o cosas) o respecto al fin, al quedar unilateralizados los actos preparatorios que conducen al coito (ver, tocar, mirar; así en el exhibicionista o el voyeur), otros órganos distintos a los genitales (la oca, en la fellatio, o el ano, por ejemplo) o determinadas actitudes (componentes sádicos o masoquistas, que suelen formar parte también de la sexualidad “normal”, pero que, al exclusivizarse o alcanzar la primacía, darían lugar al sadismo o al masoquismo como perversiones).
El hilo básico de la argumentación podría resumirse así: si la sexualidad humana fuera un instinto, la perversión sería una excepción (la excepción que confirma la regla). Ahora bien, tanto en nuestra civilización como en otras culturas son notorias la amplitud y variabilidad de las perversiones sexuales. Pero el perverso no tanto llea a serlo, como sigue siéndolo, pues todos lo fuimos en la infancia, en donde las conductas consideradas perversas (autoerotismo, fetichismo, homosexualidad, tendencias incestuosas) reinaban ampliamente. Y es sólo tras la metamorfosis de la pubertad, cuando las normas culturales y morales tratan de imponer un dique a tales perversiones (prohibición del incesto, primacía de la genitalidad heterosexual, contribución a la proceración), como si se quisiera recuperar, imitar, mimar el instinto perdido.
Mas la dificultad de hacer compatibles las tendencias perversas sexuales infantiles y las exigencias sociales y morales hará a muchos caer en las neurosis que no son sino el “negativo de las perversiones”. O, si se quiere, las perversiones son la manifestación en bruto de la sexualidad infantil, al no respetar los diques de la moralidad, diques difíciles de establecer, que es por lo que el neurótico, más que elaborar sus conflictos, los reprime. Y así, repartidos entre perversos y neuróticos, es la presunta normalidad sexual la que aparece más bien como un ideal, como un caso favorable entre ambos extremos, que hace surgir, “Por una limitación efectiva y una elaboración determinada, la vida sexual normal”.

Las perversiones sexuales

La sexualidad normal (ideal) supondrá para Freud, la superación del complejo de Edipo, la asunción del complejo de castración y la aceptación de la prohibición del incesto.


La elección del objeto homosexual no es considerada por Freud una conducta degenerativa o innata, sino que prefiere anclarla en la tesis de la bisexualidad de todos los individuos, refiriendo tal bisexualidad, más al producto de las identificaciones edípicas que al hermafroditismo biológico.
Las causas y tipos de homosexualidad son complejos. En muchos casos, los varones homosexuales, por ejemplo, manifiestan su virilidad en el hecho de que no es el carácter masculino de los efebos por ellos elegidos lo que les atrae, sino su proximidad física a la mujer, pero la prohibición edípica, ampliada de la madre a cualquier mujer, les lleva a elecciones de objeto homosexuales, de modo que su obsesiva inclinación hacia los hombres se demuestra “Condicionada por su incesante fuga de la mujer”, sin que resulte claro si lo que se ha invertido es el carácter sexual del objeto o del sujeto.
La homosexualidad, en todo caso, no es para Freud nada vergonzoso ni degradante, aunque tampoco ninguna superioridad. Más bien habría que considerarla psicoanalíticamente, como un caso de estancamiento en el desarrollo libidinal, incapaz de acceder del propio al otro sexo, probablemente debido (en el caso, por ejemplo, del varón) a una prevalerte identificación con la madre, la cual, a su vez, puede deberse a muchos factores. Pero, es preciso tener en cuenta que la “Ligazón libidinosa a personas del mismo sexo desempeña en la vida psíquica un papel importante como la que recae sobre personas del sexo contrario […] En un sentido psicoanalítico, el interés sexual exclusivo del hombre por la mujer constituye también un problema y no algo natural”. Es por ello por lo que, sin anular las diferencias con la heterosexualidad, todavía insistirá en que la homosexualidad “Es una ramificación casi regular de la vida erótica”.
En cuanto a las desviaciones respecto al fin, cobra una particular importancia el fetichismo en el que se conserva el objeto heterosexual, mas sustituido por otro relacionado con él (sobreestimación de otra parte del cuerpo distinta a los genitales o de alguna prenda), pero totalmente inapropiado para servir al fin sexual normal.
Un cierto grado de fetichismo es propio de todo amor, pero se considera patológico cuando el fetiche llega a ser por sí mismo único fin sexual. Con todo, es preciso tener en cuenta que, en la medida en que los primeros objetos sexuales, los padres, resultan prohibidos, una cierta condición fetichista parece inseparable de la sexualidad humana, en la que el objeto elegido es siempre un sustituto por desplazamiento.

La sexualidad infantil

En el sentido ampliado que Freud quiere darle al término, se puede entender por sexualidad toda una serie de excitaciones y de actividades que producen un placer irreductible a la satisfacción de una necesidad fisiológica, como el hambre, y que no siempre se halla en dependencia del aparato genital, aunque se encuentre también en el llamado amor sexual “normal” (genital).


El sentido ampliado de la sexualidad hace, en realidad, de ésta un equivalente del amor: “Nuestro erotismo no pretende por ningún motivo limitarse al burdo placer sexual”. Freud al definir la libido como la energía de las pulsiones amorosas, incluye entre sus manifestaciones la ternura y la amistad, que le parecían expresión de las mismas tendencias pulsionales, sólo que inhibidas o desviadas de su fin:
El nódulo de lo que nosotros denominamos amor se halla constituido, naturalmente, por lo que en general se designa con tal palabra y es cantado por los poetas; esto es, por el amor sexual, cuyo último fin es la cópula sexual. Pero, en cambio, no separamos de tal concepto aquello que participa del nombre de amor, o sea, de una parte, el amor del individuo a sí mismo, y de otra, el amor paterno y el filial, la amistad y el amor a la Humanidad en general, a objetos concretos o a ideas abstractas”.

Primera teoría de las pulsiones



Entre lo anímico y lo somático: “La teoría de las pulsiones es nuestra mitología”. La teoría de las pulsiones es una de las piedras centrales del psicoanálisis. En “Las pulsiones y sus destinos” Freud las definió como “Un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático”. Según ello, junto a las excitaciones externas, contamos con fuentes internas que aportan constantemente un aflujo de excitación al que el organismo no puede escapar y que constituye una exigencia de trabajo, el resorte del funcionamiento mental, aun cuando, al situarse en el límite de lo somático y lo psíquico, sólo podemos saber algo de esas pulsiones a través de sus representantes psíquicos.
Pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales. Freud agrupa el conjunto de las manifestaciones pulsionales, dentro de una gran oposición entre la necesidad y el deseo.
En la primera teoría de las pulsiones Freud se refiere a la “Innegable oposición entre las pulsiones puestas al servicio de la sexualidad y de la consecución del placer sexual, y aquellas otras cuyo fin es la conservación del individuo o pulsiones del yo. Siguiendo las palabras del poeta, podemos clasificar como “hambre” o como “amor” todas las pulsiones orgánicas que actúan en nuestra alma”.
Placer de órgano y placer de función. La libido.
Las pulsiones en cuanto tal son las pulsiones sexuales orientadas a la consecución de un placer no simplemente ligado a la satisfacción de necesidades orgánicas (respirar, comer, etc.) de las que se encargan las pulsiones de autoconservación. En la medida en que éstas encuentran vías y objetos de satisfacción preformados, se convierten en agentes de la realidad, siendo el placer ligado a su satisfacción un placer funcional, esto es, ligado a la realización de una función vital. En cambio, las pulsiones sexuales, regidas por el principio del placer, no encuentran objetos predeterminados biológicamente, acompañan a las más diversas actividades, no se hallan unificadas desde un principio, sino fragmentadas en pulsiones parciales, que se satisfacen localmente, de modo autoerótico, a través del apaciguamiento de la excitación de una determinada zona erógena, con independencia con la realización de una función. Es a eso a lo que Freud denomina placer de órgano. Sin objetos ni caminos predeterminados, su satisfacción puede lograrse a través representaciones fantasmáticas que expresan los deseos inconscientes, y sólo al final de una compleja y variable evolución se organizan bajo la primacía de la genitalidad, aparentando la fijeza y finalidad del instinto. Esa fragilidad las hace susceptibles de represión. “Nuestra observación nos demuestra invariablemente, en la medida en que podemos apreciarlo, que las exigencias patogénicas proceden de las pulsiones parciales de la vida sexual”.
Si la sensación subjetiva que acompala a la necesidad de nutrición se la denomina hambre, Freud propone denominar a lo que corresponde al hambre en el dominio sexual libido, término derivado del latín que significa deseo, envidia. Nunca bien definida, la libido vendría a ser, pues, la energía psíquica postulada como sustrato de las pulsiones sexuales, el aspecto psíquico de la pulsión sexual, la manifestación dinámica de la sexualidad. “Libido es un término perteneciente a la teoría de la afectividad. Designamos con él la energía, considerada como magnitud cuantitativa, aunque por ahora no mensurable, de las pulsiones relacionadas con todo aquello susceptible de ser comprendido bajo el concepto de amor”.
El apuntalamiento de las pulsiones sexuales en las de conservación. Caracteres de la sexualidad infantil. Freud considera que las pulsiones sexuales nacen apoyándose en las funciones vitales (comer, defecar,…), en las pulsiones de autoconservación, que les proporcionan una fuente orgánica, una dirección y un objeto y sólo secundariamente se tornan independientes.
Esa relación de apoyo es particularmente notable en la actividad oral del lactante, en la que la función vital proporciona a la sexualidad su fuente o zona erógena y le señala, desde el principio, un objeto, el pecho materno, a la vez que procura un placer no reducible a la mera satisfacción del hambre, sino suplementario. Tal placer, en principio marginal, se autonomatizará pronto y se buscará por sí mismo, como se manifiesta en el hecho de que el niño sigue chupando el pecho sin succionar, en que lo sustituye por el chupete o por el chupeteo del pulgar o de los propios labios. La satisfacción sexual se separa así de la necesidad nutritiva, a la vez que el objeto exterior (el pecho) es sustituido por una parte del propio cuerpo (el pulgar), que funciona de manera autoerótica.
Evolución respecto al objeto libidinal: encontrar el objeto es reencontrarlo. En la historia del objeto libidinal se pueden distinguir varias fases: autoerotismo, narcisismo, elección de objeto y fase de madurez genital. Esa secuencia no impide, sin embargo, que se pueda hablar de un amor objetal primario, referido al que proporciona a la sexualidad, antes de automatizarse, el objeto de las pulsiones de autoconservacion en las cuales se apoya, para, después de su independencia, volverse primero autoerótica y más tarde narcisista y objetal. Los primeros objetos sexuales en cuanto tal serán los padres (que son ya un objeto desplazado sobre el objeto primitivo). Los cuales habrán de ser sustituidos de nuevo por otros en la edad adulta. De este modo, el objeto buscado, en la medida en que intenta reencontrar el objeto primitivo, nunca pueda coincidir con el fantaseado y de ahí, en parte, su labilidad (fragilidad), el resorte de la, tantas veces, itinerante búsqueda sexual. Como indica Freud: “Cuando la primitiva satisfacción sexual estaba aún ligada con la absorción de alimentos, la pulsión sexual tenía en el pecho materno un objeto sexual exterior al cuerpo del niño. Este objeto sexual desaparece después [… y] la ulsión sexual se vuelve en este momento autorerótica” hasta que se refiera de nuevo a un objeto en el que trata de reeditar el primitivo: encontrar el objeto no es, realmente, sino volverlo a encontrar.

Elementos definitorios de la pulsión

En la pulsión se pueden distinguir ciertos elementos definitorios:


La fuerza de la pulsión es siempre activa. A diferencia de los estímulos externos, las pulsiones suponen una presión, una insistencia, un empuje ineliminable, y Freud vio en este carácter perentorio el aspecto fundamental de las pulsiones, las cuales son siempre activas, incluso cuando la satisfacción o el fin son pasivos 8ser visto, ser pegado).
La fuente: zonas erógenas, pulsiones parciales, organizaciones libidinales. La fuente es el órgano en el que se produce la excitación o, más bien, el prceso físico-químico, somático que se produce en cierta parte del cuerpo y se percibe como excitación. Toda región susceptible de ser asiento de una excitación de tipo sexual recibe el nombre de zona erógena, entre las que destacan algunos revestimientos cutáneo-mucosos, básicos para las funciones de supervivencia (la boca, el ano, la uretra) y en los que se apoyará la sexualidad aunque todo el cuerpo puede desempeñar el papel de zona erógena, y cualquier proceso, incluso los intelectuales o desagradables, sobrepasado cierto umbral puede verse acompañado de una coexcitación sexual.
La sexualidad no se presenta unificada desde el principio, sino que, como hemos indicado, se genera en una serie de pulsiones parciales, independientes unas de otras, y sólo en el curso del tiempo tenderán a agruparse en diferentes organizaciones libidinales.
La meta. Inhibiciones y desviación del fin: sublimación y formación reactiva. El fin o meta de la pulsión es siempre la satisfacción, es decir, la supresión del estado de estimulación de la fuente de pulsión. Las pulsiones además pueden ser inhibidas o desviadas de su fin. En el primer caso, nos encontramos en presencia de impulsos que hacen alto en el camino de la satisfacción “Produciéndose así una carga de objeto duradera y una tendencia permanente de afecto. De esta clase es, por ejemplo, la relación de cariño que procede indudablemente de las fuentes de necesidad sexual y renuncia regularmente a su satisfacción”.
La desviación del fin proporciona energía para actividades socialmente valoradas, trocando el primitivo fin sexual por otro ya no sexual, pero psíquicamente afín al primero, proceso al que se conoce con el nombre de sublimación.
Los componentes perversos, que no logran integrarse bajo la primacía de la genitalidad, pueden dar lugar no sólo a una constitución sexual anormal o sucumbir a la represión y activar las neurosis, sino que pueden derivarse por sublimación a los campos socialmente valorados o generar formaciones reactivas, es decir, actitudes de sentido opuesto al deseo (asco, vergüenza, pudor), bien en forma de comportamientos particulares, bien como hábitos más o menos generalizados que constituyen rasgos de carácter de algún modo integrados en el conjunto de la personalidad. Esas formaciones, por lo que muchas veces tienen de rígido y de compulsivo, se manifiestan también en forma de síntomas en los que pueden conducir a un resultado opuesto al que conscientemente se busca, como lo es la virtud insidiosa, que acaba por ofender a aquel mismo al que trata de proteger.
El objeto y su variabilidad: fijaciones y regresiones. El objeto de la pulsión es aquello en lo cual puede la pulsión alcanzar cierta satisfacción. Ese objeto no se halla enlazado a la pulsión originariamente, aunque tampoco cualquier cosa puede ejercer papel de tal, sino sólo algunas condicionadas por la historia del sujeto, pues la indeterminación pulsional queda marcada biográficamente. Puede tratarse de una persona o de un objeto parcial, de algo real o fantaseado de algo exterior al sujeto o de una parte de su propio cuerpo.
Cuando una pulsión permanece estrechamente ligada a un objeto se habla de fijación de dicha pulsión, que tratará de reproducir un determinado modo de satisfacción y permanecerá organizada según la estructura característica de una de las fases evolutivas de la libido. Las fijaciones tienen lugar con gran frecuencia en períodos muy tempranos del desarrollo pulsional y ponen fin a la movilidad de la pulsión de que se trate, oponiéndose intensamente a la separación del objeto.
Pero, además de un estado actual, la fijación constituye una ritualidad siempre presente, pues, en la vida psíquica, difícilmente se renuncia a algún placer experimentado alguna vez, y aunque tal estado de cosas pueda haberse abandonado o integrado en otras organizaciones, siempre está abierto el camino de una posible regresión, es decir, el retorno, dentro de una trayectoria desde un punto alcanzado a otro situado anteriormente. En psicoanálisis también se utiliza el término fijación para designar el modo de inscripción de ciertos contenidos representativos que persisten en el inconsciente en forma inalterada, y a los cuales permanece ligada la pulsión.

Fases de la evolución libidinal

Una fase libidinal es una etapa del desarrollo psicosexual caracterizada por una organización más o menos patente de la libido bajo la primacía de una zona erógena (boca, ano, genitales) y con el predominio de un modo de relación de objeto. Aunque la actividad libidinal ha sido el modelo de la evolución en fases, Freud bosquejó asimismo otras líneas evolutivas (de acceso al objeto libidinal, de las defensas, del yo, etc.), sin intentar una integración de todas ellas. Cada una de esas líneas evolutivas son modelos muy generales, recorridos por cada individuo de manera progresivamente lineal, sino más bien como un movimiento de ida y vuelta, con fijaciones y regresiones. El desacoplamiento entre unas y otras será importante en la génesis de la enfermedad.


La fase oral: Correspondería aproximadamente al primer año de la vida y se caracterizaría por encontrar su fuente en la cavidad bucal y en los labios, su objeto en contigüidad metonímica con el alimento (de la leche al pecho) y su fin en la incorporación, convertida en el modelo de la relación de objeto (comer, ser comido). Una personal oral, marcada por la relación sexual prevaleciente en esa fase, tenderá, por ejemplo, sin distinción de sexo, a considerar al objeto sexual según el modelo de relación de objeto entonces dominante, es decir, como una madre nutricia de la que el sujeto sería radicalmente dependiente y respecto a la que manifestaría una avidez jamás colmada, tratando de imponer una relación y un afecto exclusivo.
La fase anal: Se sitúa entre los dos y los cuatro años, época en la que los niños suelen aprender a controlar sus esfínteres. Se caracteriza por una organización de la libido bajo la primacía de la zona erógena anal y una relación de objeto ligada al placer de la defecación y al par retención-evacuación.
El par actividad-pasividad se constituye durante esta ase, haciendo corresponder Freud la actividad con el sadismo y la pasividad con el erotismo anal. Los niños considerar los excrementos como algo de lo que enorgullecerse: pueden retenerlos para sí, “regalarlos” o vengarse de las normas de higiene, evacuando a destiempo. El funcionamiento del esfínter anal se correspondería con una actitud sádica que tiende contradictoriamente a destruir o evacuar el objeto y a retenerlo, dominándolo. Entre los rasgos anales del adulto, Freud destaca la exagerada tendencia al orden, la limpieza y la escrupulosidad, tendencia que compensa el placer del descontrol, la venganza frente a las normas y el interés por la suciedad. También, la avaricia, el afán de acumulación o, en todo caso, el interés por el cálculo.
La fase fálica y el complejo de Edipo: Tiene lugar hacia los años quinto y sexto de vida y se caracteriza por una unificación de las pulsiones parciales bajo la primacía de los órganos genitales, pero, a diferencia de la organización genital puberal, los niños y niñas no reconocen todavía más que un solo órgano genital, el pene, y la oposición de los sexos equivale a la de fálico-castrado, estableciéndose al oposición masculinidad-feminidad sólo en la pubertad. No obstante, durante la fase fálica se a una elección de objeto, dirigida prevalentemente hacia una única persona (el padre de sexo opuesto al sujeto, o quien ejerce esa función).
Freud utiliza el término “falo” para destacar su dimensión simbólica y el de “pene” para referirse a la realidad anatómica.
Lacan ha destacado que el falo no se refiere ni al órgano ni a su imagen, sino a la creencia en la universalidad del pene y, por tanto, a la negación de la diferencia entre los sexos que, confrontada con al diferencia anatómica, dará lugar a la fantasía de castración. Esa primacía del falo es debida, según Freud a que la niña ignora la existencia de la vagina, por lo que su zona erógena directriz es el clítoris, órgano homólogo del pene del niño.
Con el descubrimiento de la diferencia sexual, la niña se siente castrada y deseará poseer, como el niño, un pene, mientras que éste, en cambio, temerá llegar a estar castrado, sentirá angustia de castración. La diferencia entre los sexos no se atribuye, pues, a dos tipos diferentes de órganos sexuales, sino que una sola marca (el pene) basta para la distinción, establecida entre fálico y castrado. Pero los efectos del complejo de castración, aunque de distinta forma, se manifiestan en los dos sexos.
El término complejo alude a un conjunto organizado de representaciones y de recuerdos con intenso valor afectivo, total o parcialmente inconscientes, formado en la trama de relaciones intersubjetivas de la historia individual, particularmente infantil, y capaz de estructurar los más diversos niveles psicológicos, emocionales y actitudinales.
El complejo de Edipo representaría la cristalización nuclear de la fase fálica, como conjunto de deseos amorosos, sexuales, hacia el padre de distinto sexo, y de identificación (ser como), rivalidad y deseos hostiles hasta la muerte respecto al padre del mismo sexo, cuyo lugar quisiera ocupar, tal como Edipo, en el mito y en la tragedia de Sófocles del mismo nombre, acaba por matar a Layo que se casa con su madre Yocasta, ocupando el trono de Tebas, hasta que, al descubrir la verdad de lo acontecido, se arranca los ojos (correlato de la fantasía de castración que se trenza con las tendencias edípicas) y, acompañado de su hija Antífona, comienza una existencia errante.
La presunta simetría entre la evolución del niño y de la niña, destacada por el término complejo de Electra sería cada vez más claramente rechazada por Freud, que desechó también esa denominación, poniendo de relieve las diferencias en la evolución sexual de uno y otra.




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