Curso de Especialista en Psicoterapia


Los pilares del edificio psicoanalítico (1900-1914)



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Los pilares del edificio psicoanalítico (1900-1914)




La Interpretación de los Sueños” (1900)

Según Freud, los sueños no tienen un sentido unívoco y, por tanto, no caben interpretaciones automáticas, cualquiera que sea la clave que se maneje.


Fueron los pacientes de Freud los que vinieron a destacar el relieve de los sueños en la vida psíquica al relatárselos en el curso de la asociación libre. Freud analizaría los suyos como hizo con los de un paciente, descomponiendo el relato en fragmentos y dejando libre curso a sus asociaciones, suspendiendo las intenciones que en toda otra ocasión dominan el proceso reflexivo. Se podría objetar, entonces, que siguiendo ideas arbitrarias, no es posible alcanzar un fin preexistente, aunque oculto, de modo que cualquier interpretación puede darse por válida o rechazarse. Sin embargo, ese mismo método, replicó Freud, producía la desaparición de los síntomas de sus pacientes, debido a que esas asociaciones, carentes al parecer de finalidad, están determinadas por conexiones más profundas que han sucumbido a la censura, pero a las que nos llevan, a través de un largo y titubeante rodeo:
Siempre que un elemento psíquico se halla unido a otro por una asociación absurda superficial existe al mismo tiempo entre ambos una conexión correcta y más profunda, que ha sucumbido a la censura de la resistencia”.
Freud advierte del peligro de dar a los signos en los que el sueño se expresa el “Valor de imágenes pictóricas, y no el de caracteres de escritura jeroglífica, donde el acento carga en la relación significante, y no en el valor de imagen”.
Freud introdujo, algo más adelante, la comparación del sueño con un jeroglífico, cuyos caracteres pueden ser ideográficos (cuando el significante consiste en un dibujo figurativo del significado), fonéticos (si una palabra no se puede figurar por una imagen se representa por otra imagen que tiene un sonido similar) y determinativos al final de palabra que indican, si ésta se presta a varias lecturas, a qué categoría pertenece. Freud no sólo se interesó por el aspecto figurativo del sueño, expresando deseos en imágenes, sino ante todo por el operativo, referente a las transformaciones de las representaciones de cosas, las representaciones de palabras y los afectos en el curso de la elaboración onírica.
En todo caso, la interpretación de un sueño nunca puede considerarse agotada; cualquiera de ellos es susceptible de interpretaciones sucesivas, hasta llegar a nudos imposibles de desatar, que es “Lo que podemos considerar como el ombligo del sueño, o sea, el punto por el que se halla ligado a lo desconocido”.
Esta multiplicidad de interpretaciones y el rechazo de una simbólica fija torna imposible una “ciencia” de los sueños, si por tal entendiéramos la teoría y el código que nos permite una traducción “exacta” del relato del sueño a su sentido oculto.
El análisis de los sueños no sólo ayudó a Freud a comprender los vericuetos de sus pacientes y sus propios laberintos, sino que alcanzó un valor teórico extraordinario, por cuanto mostraba un rendimiento psíquico especial por el que se convertiría en modelo de una serie de fenómenos (recuerdos encubridores, actos fallidos, chistes y síntomas) a los que se ha aplicado el nombre de formaciones del inconsciente, las cuales resultan de la transacción entre las fuerzas en pugna de diferentes instancias psíquicas.
Son vías de acceso para el conocimiento de los procesos inconscientes y el sueño tendrá, entre ellas, la primacía: “La interpretación onírica es la vía regia para el conocimiento de lo inconsciente en la vida anímica”.
El sueño es una realización de deseos. En algunos sueños el deseo que se realiza es fácil de leer: es el caso, sobre todo, de los sujetos infantiles en los que las instancias psíquicas están formándose. Pero normalmente, los deseos que se realizan en sueños no son tan fáciles de interpretar. O, al menos, los deseos más claros, como el de continuar durmiendo, pueden entenderse sólo como “Una ayuda sobre la que cabalga el deseo inconsciente” que pugna por manifestarse, mientras el yo se defiende de él por represión. Y es del compromiso de esas fuerzas en pugna del que surgirá el sueño, cuyo deseo inconsciente se encuentra en él disfrazado “Interpretar un sueño quiere decir indicar su “sentido”, o sea, sustituirlo por algo que pueda incluirse en la concatenación de nuestros actos psíquicos como un factor de importancia y valor equivalentes a los demás que la integran”.
El contenido manifiesto es el texto del sueño antes de haber sido sometido a la interpretación, texto constituido fundamentalmente por imágenes, mientras que el contenido latente forma un discurso que expresa una serie de deseos. El contenido latente es anterior al manifiesto, siendo la elaboración onírica o trabajo del sueño el que transforma y disfraza el primero en el segundo.
La deformación onírica no consiste sólo en la transposición de las ideas latentes a otro registro, como pueda trasponerse una melodía, sino que implica una desfiguración, debido a la cual se requiere la tarea interpretativa. La interpretación rehace, a contracorriente, el camino de la elaboración onírica: si ésta llevaba de las ideas latentes al contenido manifiesto, se trata ahora, partiendo de éste y de las asociaciones del analizado, de arribar a aquél. Más que a una traducción nos enfrentamos al proceso de reconstrucción de un texto original a partir de otro deformado.
La deformación impuesta a las ideas latentes es debida a la censura, que tiende a impedir a los deseos inconscientes el acceso al sistema preconsciente-consciente.
Uno de ellos forma el deseo expresado por el sueño, mientras que el otro ejerce una censura sobre dicho deseo y le obliga de este modo a deformar su exteriorización. Sólo nos quedaría entonces por averiguar qué es lo que confiere a esta segunda instancia el poder mediante el cual le es dado ejercer la censura. Si recordamos que las ideas latentes del sueño no son conscientes antes del análisis, y, en cambio, el contenido manifiesto de ellas emanado sí es recordado como consciente, podemos sentar la hipótesis de que el privilegio de que dicha segunda instancia goza es precisamente el del acceso a la conciencia. Nada del primer sistema puede llegar a la conciencia sin antes pasar por la segunda instancia, y ésta no deja pasar nada sin ejercer sobre ello sus derechos e imponer a los elementos que aspiran a llegar a la conciencia aquellas transformaciones que le parecen convenientes”.
Se perfilan en este texto los dos sistemas y las tres instancias e las que hablará en la primera tópica: el sistema inconsciente, por un lado, y el sistema preconsciente-consciente, por otro, situándose la censura entre el inconsciente y el preconsciente. Fred describe la situación del siguiente modo:
Asimilaremos el sistema de lo consciente a una gran antecámara, en la que se acumulan, como seres vivos, todas las tendencias psíquicas. Esta antecámara da a otra habitación más reducida, en la que habita la conciencia, pero ante la puerta de comunicación entre ambas, hay un centinela que inspecciona a todas y cada una de las tendencias psíquicas, les impone su censura e impide que penetren en el salón aquéllas que caen en su desagrado. Llamaremos, pues, a esta segunda habitación, sistema de lo preconsciente”.
La censura es una función permanente, una barrera selectiva que impide la emergencia de los deseos inconscientes, y sólo la tolera (aún obligándoles a deformarse) al relajarse parcialmente durante el sueño. Al estar dormido, el individuo no tiene acceso a la motilidad ni es de temer, por tanto, que transforme sus deseos en acción; sin embargo, los contenidos reprimidos del inconsciente no pueden llegar a manifestarse con claridad, pues, al chocar con el límite de lo admisible, harían que el individuo se despertara y se opondrían al deseo de dormir. Y, durante la vigilia, la censura renueva todas sus energías, provocando el olvido de sueños que nos acaban de habitar.
La procedencia de los deseos que se cumplen en el sueño puede provenir de restos diurnos, sobre todo del día anterior; estímulos externos (ruidos, fuentes de luz) o internos, como determinadas necesidades fisiológicas, que pueden encontrar su realización alucinatoria en el sueño. Pero, en todos los casos, esos restos diurnos y los deseos conscientes insatisfechos se enlazan con deseos infantiles, reprimidos e inconscientes pues el deseo consciente sólo se constituye en estímulo del sueño cuando consigue despertar un deseo inconsciente de efecto paralelo con el que reforzar su energía.
La alianza entre los restos diurnos y otros estímulos y los deseos inconscientes resulta necesaria por cuanto “La representación inconsciente es absolutamente incapaz, como tal, de llegar a lo preconsciente. Lo único que puede hacer es exteriorizar en él un afecto, enlazándose con una representación preconsciente no censurable, a la que transfiere su intensidad y detrás de la cual se oculta”.
La hipótesis de los dos sistemas psíquicos (el sistema inconsciente y el sistema preconsciente-consciente) permite interpretar los sueños como realizaciones de deseos también en el caso de que el análisis nos lleve a ideas latentes que entrañen una preocupación, una reflexión dolorosa o un conocimiento penoso.
Si el sueño es una realización de deseos, ¿qué ocurre con los sueños de angustia? El sujeto parece encontrarse dividido entre tendencias contrarias que coexisten en íntima comunidad. En los sueños que contienen algo penoso, lo es así para el sistema preconsciente-consciente que actúa defensivamente frente al sistema inconsciente. En otros casos, los sueños displacientes no son sino sueños punitivos en los que se realiza el deseo inconsciente de un castigo por la realización inconscientemente fantaseada de otro deseo ilícito reprimido. Tal deseo de castigo debe adscribirse a los aspectos inconscientes del yo.
Los sueños de angustia no contradicen, pues, la tesis de que el sueño es una realización de deseos: “El sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido”.
La elaboración onírica o trabajo del sueño es el proceso que transforma los materiales del sueño (ideas latentes, restos diurnos, estímulos somáticos), deformándolos hasta producir el contenido manifiesto. Comprende cuatro operaciones fundamentales: la condensación, el desplazamiento, el cuidado por la representatividad y la elaboración secundaria a las que, de algún modo, se podría agregar la simbolización.
La condensación consiste en que los elementos del contenido manifiesto constituyen puntos de convergencia en los que se reúnen muchas de las ideas latentes, siendo susceptibles de una multiplicidad de interpretaciones, al encontrarse sobredeterminados. Pero, si cada elemento del contenido manifiesto remite a varias significaciones latentes también sucede, a la inversa, que cada una de éstas puede llevar a varios elementos manifiestos. Por ello el contenido manifiesto no ha de entenderse como un resumen, sino como una multiplicidad.
El desplazamiento provoca un descentramiento del contenido manifiesto respecto del latente, de manera que elementos esenciales del primero están muy lejos de desempeñar tal papel en el segundo.
Como la condensación, el proceso de desplazamiento actúa en el sueño y en otras formaciones del inconsciente. Freud acentuó su importancia al indicar que “El desplazamiento y la condensación son los dos obreros de cuya actividad hemos de atribuir principalmente la conformación de los sueños”.
La representatividad se refiere al hecho de que las ideas latentes del preconsciente y su forma verbal son tomadas por el proceso primario del inconsciente para traducirlas básicamente en imágenes, que es por lo que éstas no han de ser interpretadas en lo esencial por su valor de imagen, sino, a la manera de los jeroglíficos, como una representación en imágenes de las palabras. Tratase aquí también, observa Freud, de un proceso de desplazamiento. Pero mientras que en el desplazamiento propiamente dicho, se produce ante todo la sustitución de una representación determinada por otra asociativamente contigua a ella (que es en lo que consiste la metonimia: la parte por el todo, el continente por el contenido), ahora la permuta de la expresión verbal aprovecha la habitual polisemia (Def.: pluralidad de significados de una palabra o de cualquier signo lingüístico) de las palabras, aún cuando sea difícil decidir, sin las asociaciones del paciente, cuándo deben esas expresiones tomarse en sentido literal o figurado.
La elaboración secundaria: A veces, dentro del sueño, se suceden algunos juicios críticos que no parecen poder derivarse del material onírico, como, por ejemplo, la idea “Esto no es más que un sueño”, dentro del propio sueño, parece tender a disminuir la importancia de lo experimentado por el sujeto y a tolerar así su continuación. Esa función no es ejercida por el inconsciente, sino por el preconsciente, que, próximo el sujeto a despertar, tiende a maquillar el sueño y a proporcionarle una cierta coherencia, aún cuando no siempre lo consigue en el mismo grado, utilizando el material de las ideas latentes desechable para ese sueño.
A consecuencia de esa labor el sueño pierde, en buena medida, su primitivo aspecto absurdo e incoherente, y se aproxima a la contextura de un suceso racional. El análisis de los sueños revela que el sentido de las ideas latentes suele ser muy distinto del aparentemente ofrecido en el contenido manifiesto: “Es norma regular de la interpretación onírica prescindir en todo caso de la aparente coherencia que un sueño pueda ofrecernos y seguir siempre el mismo procedimiento tanto con los elementos claros como con los confusos, esto es, la regresión al material del que han surgido”.
En cuanto a la representación simbólica en el sueño, Freud trató de diseñar las líneas de una simbólica, general y transcultural, en la que hubiera un repertorio de símbolos con el mismo sentido para todo el mundo. Freud indicó que “Los elementos simbólicos del contenido manifiesto nos obligan a emplear una técnica combinada que se apoya, por un lado, en las asociaciones del sujeto, y completa, por otro, la interpretación con el conocimiento que el intérprete posee del simbolismo […] En todo caso los símbolos oníricos poseen con frecuencia múltiples sentidos y su significación exacta depende en cada caso, del contexto en el que se hallan incluidos”.
Pese a ello, Freud esbozó el repertorio de una amplia simbólica que a modo de vocabulario fijo, escapa a la iniciativa individual, la cual, todo lo más, podría elegir entre diversas posibilidades del símbolo. Aunque los símbolos son muy numerosos, el ámbito de lo simbolizado es muy limitado: el nacimiento y la muerte, el cuerpo y la desnudez, los familiares y la sexualidad.
Los afectos latentes en los sueños, al no ser reprimibles como las representaciones, no sufren las transformaciones a las que éstas quedan sujetas, pues, frente a lo que podríamos pensar “El desarrollo del afecto y el contenido de representaciones no constituyen una unidad orgánica inseparable, sino que se hallan simplemente soldados entre sí y pueden ser aislados por medio del análisis”.
No obstante, los afectos pueden sufrir, si no verdaderas transformaciones, sí ciertas modificaciones: en primer lugar, pueden separarse de las representaciones a las que iban originariamente ligados y encontrarse en el sueño unidos a otras. Pueden, también, quedar neutralizados por afectos latentes opuestos: la censura así reprime las representaciones y suprime los afectos. Finalmente, un afecto puede ser convertido en su contrario.




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