Curación Esotérica



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REGLA DOS

El curador debe adquirir pureza magnética a través de la pureza de vida. Debe lograr esa dispersiva irradiación que se manifiesta en todo hombre que ha vinculado los centros de la cabeza. Cuando se ha establecido tal campo magnético, entonces surge la irradiación.


Oriente siempre ha hecho hincapié sobre la pureza magnética pero ha ignorado totalmente la pureza física, tal como la com­prende Occidente, que ha puesto el énfasis sobre la pureza física externa, pero nada sabe acerca de la pureza magnética; esta úl­tima está basada mayormente (aunque no en forma totalmente errónea) sobre el efecto de la emanación áurica y de su pureza o impureza. En esta regla se aconseja al curador:


  1. Adquirir pureza magnética a través de la pureza de vida.

  2. Dispersar la irradiación, vinculando los centros de la cabeza.

  3. Establecer un campo radiatorio, utilizando este campo magnético.

Resultado: RADIACIÓN.


Lo interesante en esta regla es que vincula en una sola actividad las dos posibles formas de curación espiritual -irradiante y magnética. El verdadero curador mezcla automáticamente ambos métodos de curación y los emplea automática y simultáneamente porque trabaja a través de la zona magnética, comprendida dentro del radio de influencia de los tres centros de la cabeza, o dentro del triángulo formado por ese vínculo.
En la época lemuria el curador lograba su objetivo apli­cando drásticas disciplinas físicas, obteniendo así la necesaria pureza. Corno saben, la finalidad del esfuerzo jerárquico en esos días, consistía en enseñar al hombre primitivo el empleo y pro­pósito del cuerpo físico y su control inteligente; el hombre que dominaba el cuerpo y lo controlaba, como un maquinista controla su máquina, era considerado entonces un iniciado. En la actua­lidad lo que hace al hombre un iniciado es el dominio de la personalidad. Se exigía estricto celibato, un cuidadoso régimen alimenticio y cierta medida de limpieza corporal, además de los rudimentos del Hatha Yoga (control embrionario físico y atlético, principalmente control muscular). Obtenido esto, la así llamada pureza permitía afluir libremente las corrientes pránicas del cu­rador al paciente, a través de los centros sacro y laríngeo -el curador espiritual trabajaba a través del centro laríngeo y el punto de recepción era el centro sacro del paciente; no se utili­zaban los centros cardíaco ni coronario. Prana, podría ser defi­nido para ustedes como la vitalidad del planeta, su emanación vital; esto es lo que distribuye o transfiere el curador nato (que no ha tenido entrenamiento ni posee mucho conocimiento esen­cial y poca o ninguna orientación espiritual). Cura, pero no sabe cómo ni por qué; el prana fluye simplemente a través de él como una fuerte corriente de vitalidad animal, comúnmente del centro esplénico y no de alguno de los siete centros.
Estas drásticas disciplinas físicas a menudo son aplicadas hoy por los aspirantes bien intencionados; practican el celibato, el estricto vegetarianismo, ejercicios de relajamiento y muchos tipos de ejercicios físicos, con la esperanza de controlar el cuerpo. Estos tipos de disciplinas serán muy buenas para el ser humano no evolucionado y del tipo más inferior, pero no son métodos que debe emplear el hombre común o el aspirante practicante. La concentración en el cuerpo físico sólo sirve para aumentar su potencia, nutrir sus apetitos y hacer salir a la superficie de la conciencia aquello que debería estar firmemente recluido bajo el umbral de la conciencia. El verdadero aspirante debería ocuparse del control emocional y no del control físico, y hacer el es­fuerzo para enfocarse en el plano mental antes de lograr un contacto estable con el alma.
En la época atlante la atención del cuerpo físico denso se trasladó lentamente al vehículo emocional. El iniciado de esa época comenzó a enseñar a sus discípulos que el cuerpo físico era en realidad sólo un autómata, y para lograr la pureza debían tener en cuenta al cuerpo de deseos y la naturaleza y cualidad de sus deseos habituales. En esta raza comenzó lentamente a manifestarse el primer magnetismo personal. Los primeros y pri­mitivos lemurianos no eran magnéticos, tal corno entendemos la palabra, pero en los días atlantes se manifestó cierta medida de irradiación magnética, aunque no en la extensión que ahora es frecuente y posible. Alrededor de las cabezas de los atlantes avan­zados podían verse perfilados tenuemente los primeros indicios del halo. La pureza magnética llegó a ser la meta y una posibilidad, pero dependía del control emocional y la purificación de la naturaleza-deseo, produciendo automáticamente un mayor grado de pureza del vehículo físico denso, que la lograda por los iniciados de Lemuria. Las enfermedades del cuerpo se hicieron más sutiles y complejas y aparecieron las primeras enfermedades sicológicas y las distintas dolencias basadas definidamente en las emociones. Ya nos hemos ocupado de este tipo de dolencias anteriormente en este tratado. El curador de entonces trabajaba a través del centro plexo solar y (si era un iniciado) a través del cardiaco. No existía una zona o campo magnético de energía en la cabeza.
Hoy, en nuestra raza aria, la pureza magnética no depende de las disciplinas físicas, sino, para una mayoría, de las discipli­nas emocionales; pero en el caso del verdadero curador de la nueva era, depende de “la zona magnética iluminada de la ca­beza”. Esto proporciona un campo de actividad pera el alma, que actúa a través de los centros de la cabeza, enfocándose en el campo magnético que éstos abarcan. Cuando todos los poderes del cuerpo y la atención dirigida del curador se hallan centrados en la cabeza, y cuando el cuerpo astral está pasivo y la mente o un transfusor activo de la energía del alma, a los tres centros de la cabeza, entonces tenemos una establecida irradiación o ema­nación de energía, constituyendo una poderosa fuerza durante la curación. La irradiación es intensa, pero no tanto “desde el aspecto familiar” de la luz, sino por lo que abarcan sus emanantes rayos de energía activa que llegan al paciente y energetizan el centro necesario. Todos los centros del cuerpo del paciente pue­den ser receptivos a estas energías, y no sólo uno, como en los dos tipos anteriores de curación.
Cuando lo permite el karma o canon de vida del paciente, estos rayos de energías (que emanan desde el campo magnético de la cabeza del curador) se convierten en lo que se llama una “irradiación dispersiva”, pudiendo expulsar las fuerzas que crean o agravan la enfermedad. Cuando esta irradiación dispersiva es Incapaz (debido al destino del paciente) de obtener la curación física, no obstante ser dirigida para disipar las dificultades suti­les, tales como cualquier forma de temor, desequilibrio emocional y ciertas dificultades sicológicas, entonces se agranda enormemente el problema que el paciente enfrenta.
Los curadores harían muy bien en recordar que cuando los tres centros de la cabeza están vinculados, y por lo tanto se ha establecido el campo magnético y hay irradiación, el curador puede entonces emplear el centro ajna corno agente directriz para esta “irradiación dispersiva”. Es interesante observar que los dos centros mayores de la cabeza (correspondientes a atma-budi, o el alma) son los centros coronario y alta mayor y corresponden esotéricamente a los agentes distribuidores de los ojos derecho e izquierdo, como lo son las dos glándulas de la cabeza: la pineal y el cuerpo pituitario. En consecuencia tenemos en la cabeza tres triángulos, de los cuales dos son distribuidores de energía y el tercero distribuidor de fuerza.

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Oportunamente el curador entrenado trabaja y emplea conscientemente estos triángulos. Aún está muy lejana la época en que esto será posible. En la actualidad el curador debe trabajar por medio de la visualización y el poder de la imaginación creadora. A medida que imagina, por medio de la visualización, la relación de estos triángulos entrelazados, superponiéndolos uno sobre otro, comenzando con el primero, hace un definido trabajo de ubicación creadora, luego de vitalización creadora y finalmente de dirección creadora. Estas tres palabras: ubicación, vitalización y dirección, indican los resultados que obtendrá el curador si obedece a esta regla. La atención está ubicada; el campo magnético está vitali­zado espiritualmente; entonces la radiación vital generada es distribuida y dirigida correctamente mediante el tercer triángulo. Esto parece un procedimiento algo complicado, pero después de una pequeña práctica este ejercicio de curación, de ubicación, de vitalización y de dirección, llega a ser casi instantáneo y automático.
Ahora consideraremos una ley extensa y algo complicada, que intenta abarcar tanto terreno que a primera vista podría con­fundir.




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