Curación Esotérica



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LEY IV



La enfermedad, tanto física como sicológica, tiene sus raíces en lo bueno, lo bello y lo verdadero, y sólo es un reflejo distorsionado de las posibilidades divinas. El alma frustrada, cuando trata de expresar plenamente alguna característica divina o realidad espiri­tual Interna, produce -dentro de la sustancia de sus envolturas- un punto de fricción. Sobre este punto están enfocados los ojos de la personalidad, lo cual conduce a la enfermedad. El arte del curador consiste en elevar hacia el alma -el verdadero curador den­tro de la forma- los ojos que están enfocados hacía abajo. Enton­ces el tercer ojo, u ojo espiritual, dirige la fuerza curadora, y todo está bien.
Esta ley comienza afirmando una de las paradojas de la en­señanza ocultista: que el bien y el mal son una y la misma cosa, aunque a la inversa constituyen los aspectos opuestos de una Realidad.
Debido a que el hombre es un alma, y espiritualmente deter­mina actuar como alma, se produce la fricción entre el alma y la personalidad; esta fricción es la causa más importante (si no la principal) de todas las enfermedades. Aquí tenemos la clave para comprender la frase ‘fuego por fricción”, el tercer aspecto de la divina “naturaleza ígnea” de Dios, porque “nuestro Dios es un fuego consumidor”. También se dice que su naturaleza se expresa por medio del fuego eléctrico, el fuego solar y el fuego por fricción. Estos tres fuegos fueron tratados con amplitud en Tratado sobre Fuego Cósmico e insinuado primero en La Doctrina Secreta.
Esta ley establece que por ser el hombre divino, el anhelo hacia la divinidad produce resistencia en los vehículos de expre­sión, la cual se localizará en alguna zona del cuerpo físico y pro­ducirá un punto de fricción; esta fricción, a su vez, establece una condición o zona de inflamación. Esto oportunamente conduce a cualquier tipo de enfermedad. Es muy probable que tengamos aquí otra clave, la clave del problema que es motivo de tanta preocupación en el mundo metafísico: ¿por qué las personas avanzadas, los guías espirituales y aquellos que están orientados hacia la vida espiritual, sufren frecuentemente tantas dificultades físicas? Probablemente se debe a que están en la etapa en que la energía del alma, afluyendo a través del cuerpo físico, halla en ese cuerpo la correspondiente resistencia de igual inten­sidad. Esta fricción establecida es tan aguda que genera rápida­mente la enfermedad. Esto no es así para los verdaderos discí­pulos que han pasado la segunda iniciación; el problema de su mala salud es otro.
Tomemos esta cuarta ley frase por frase y tratemos de ana­lizar en parte su significado:


  1. La enfermedad, tanto física como sicológica, tiene sus raíces en lo bueno, lo bello y lo verdadero, y sólo es un re­flejo distorsionado de las posibilidades divinas.

He demostrado que la enfermedad es fundamentalmente sico­lógica por naturaleza; existen, no obstante, enfermedades inhe­rentes a la resistencia que ofrece el cuerpo físico denso (no sólo los cuerpos sutiles) al impacto de las energías superiores o inhe­rentes a la sustancia planetaria o materia de la Tierra misma. Recuerden que el cuerpo físico está construido de tal materia. Esta primer cláusula de la cuarta ley expone los tres aspectos de la divinidad que producen enfermedad. A primera vista pa­rece algo imposible, pero un cuidadoso estudio revelará su esencial veracidad. ¿Cómo puede lo bueno, lo bello y lo verdadero causar enfermedades de cualquier tipo? Veamos:




  1. Lo Bueno. ¿Qué es lo bueno? ¿No es acaso la expresión de la voluntad al bien? Esta voluntad al bien ¿no se desarrolla y debería desarrollarse en el plano físico, en lo que denomina­mos voluntad entre los hombres? ¿No sería posible que el alma, tratando constantemente (en su propio plano) de adap­tarse al Plan que complementa la divina voluntad al bien, se esfuerce por impulsar a su triple expresión, la personalidad, a expresar buena voluntad -haciéndolo en la etapa correcta desarrollo evolutivo y cuando está activa y funcionante? Sin embargo debido a la resistencia de la naturaleza forma, aún inadecuada para la deseada expresión divina, se produce inmediatamente la fricción y aparece la enfermedad. Creo que aún considerando brevemente las preguntas formuladas más arriba, se demostrará la probabilidad de que la inclinación del alma hacia “lo bueno” produce resistencia en el plano físico, y la perturbación así engendrada en la conciencia del hombre puede producir y produce enfermedad. Tal tipo de enfermedad es responsable de la mayoría de las dificultades que sufren las personas evolucionadas, los aspirantes y discípulos. Dicha fricción produce entonces una reacción secundaria y lleva a esas condiciones sicológicas denominadas “depresión, complejo de inferioridad y sentido de fracaso”. Esta particular fuente de enfermedad, “lo bueno”, afecta principalmente a los tipos mentales.




  1. Lo Bello. Tenemos aquí una palabra que califica el deseo de todos los hombres por lograr lo que consideran un objetivo deseable como norma de vida, y por el cual han decidido lu­char. Lo bello, desde el ángulo del aspecto divino, concierne a la cualidad de la vida. Quisiera remitirlos a la definición ini­cial dada en el primer tomo de este tratado, de las palabras espíritu - alma - cuerpo, definiéndolas como vida - cualidad - apa­riencia. Vida es la expresión de la energía de la divina volun­tad al bien; cualidad es la expresión de la energía del alma, y en la actualidad esta energía actúa predominantemente a través de la vida de deseos y de la determinación de los hom­bres, en cada etapa de evolución, de poseer, adueñarse y gozar de lo que ellos consideran bello. Una definición de “lo bello” y la gama de deseos del hombre, difieren ampliamente y de­penden del grado de evolución; sin embargo todo ello depende de la perspectiva de la vida de quien desea y del lugar que ocupa en la escala de la evolución. Cuando el hombre es in­capaz de lograr en un momento dado lo que considera “bello”, determina su predisposición a la enfermedad, la cual se ha originado por esa fricción interna. En la actual etapa de des­arrollo racial, una mayoría es arrastrada a condiciones enfer­mizas, como resultado de la fricción iniciada en la lucha por lograr “lo bello”; una lucha obligada, impuesta como anhelo evolutivo, porque son almas y están bajo la influencia de la cualidad del segundo aspecto divino.




  1. Lo Verdadero. Se dice que lo verdadero o la verdad, consti­tuye la medida de la expresión divina, que cualquier hombre puede manifestar en su particular grado de evolución o en cualquier etapa de la historia de sus encarnaciones. Esta expresión de la verdad presupone que detrás de lo que logra expresar hay mucho que es incapaz de manifestar; el alma es constantemente consciente de ello. Esta incapacidad de vivir a la altura de este elevado ideal, del cual el hombre -en su nivel particular- es consciente y puede concebir, en sus momentos mejores y esclarecidos, produce inevitablemente un punto de fricción, aunque el hombre sea inconsciente de ello. Una de las principales manifestaciones de esta particular fric­ción y la condición enfermiza que produce, es el reumatismo, muy difundido hoy y lo ha sido durante siglos; desde el punto de vista médico no existe una causa atribuible y comprobada, y los ortodoxos llegan a muchas conjeturas y conclusiones. Afecta principalmente a la estructura ósea, siendo en realidad el resultado de la incapacidad del alma para expresar “lo verdadero” dentro del hombre, el instrumento del alma en los tres mundos. El hombre, a su vez, no importa su posición infe­rior en la escala de la evolución, siempre es consciente de lo inalcanzable; constantemente se da cuenta del anhelo por mejorar, el cual no está relacionado con la expresión de la voluntad al bien o con “lo bello” (aunque puede ser conscien­te de ello, en mayor o menor grado), pero sí definidamente con la expresión de algo más cercano al ideal del hombre, tal como él lo ve y en el plano físico. Por lo tanto se inicia la fricción y se produce algún tipo de enfermedad.

Es interesante observar que esta incapacidad para expre­sar lo verdadero o para “ser la Verdad”, es la causa real de la muerte, entre los hombres que no han llegado a la etapa del dis­cipulado o todavía no han recibido la primera iniciación. El alma se cansa de responder a la fricción de su instrumento y determina concluir la experiencia en esa particular encar­nación. La muerte, por lo tanto, sobreviene como resultado de la fricción iniciada.


Al estudiar estas ideas debe recordarse que:


  1. Lo bueno controla al hombre, por intermedio del centro coro­nario, y la fricción producida se debe a la inactividad del cen­tro ubicado en la base de la columna vertebral, el cual contro­la la expresión del primer aspecto divino en el hombre, mediante su interacción con el centro coronario. Esta inter­acción sólo ocurre cuando el hombre ha llegado a la etapa de discípulo o iniciado.




  1. Lo bello controla por intermedio del centro cardíaco, y la fricción se produce cuando el centro plexo solar no responde. Por consiguiente se establece la fricción. El fin de esta con­dición y la evocación de la respuesta correcta desde el plexo solar se produce cuando las fuerzas del centro plexo solar se elevan y mezclan con la energía del centro cardíaco.




  1. Lo verdadero como expresión de lo divino, establece su punto de centralización en el centro laríngeo; el fracaso de la per­sonalidad en responder, y su incapacidad para expresar lo verdadero puede ser observada en la relación que existe entre centro sacro y el centro laríngeo. Cuando no existe esta relación, se produce fricción. No habrá una real expresión de “lo verdadero” hasta que las fuerzas del centro creador deba­jo del diafragma sean elevadas al centro creador laríngeo. Entonces “la Palabra,” que es esencialmente el hombre, “se hará carne” y se verá la verdadera expresión del alma en el plano físico.



  1. El Alma frustrada, cuando trata de expresar plenamente al­guna característica divina o realidad espiritual interna, produce -dentro de la sustancia de sus envolturas- un punto de fricción.

Gran parte de esta afirmación la he abarcado anteriormente. Sin embargo llamaré la atención al respecto, pues en esta frase el énfasis está puesto sobre la responsabilidad del alma de pro­ducir la fricción. En el análisis de la frase anterior se hizo hin­capié sobre la personalidad, que produjo fricción y la consiguiente enfermedad por su falta de respuesta. ¿No sería posible hallar en esta frase la clave que explica el propósito del dolor, del su­frimiento y hasta de la guerra? Recomiendo esto para que piensen cuidadosamente, y’ si es posible, lo hagan en forma iluminada.





  1. Sobre este punto están enfocados los ojos de la personali­dad, lo cual conduce a la enfermedad.

Tenemos aquí una insinuación muy interesante acerca del me­dio para dirigir la fuerza. El significado oculto del ojo y la naturaleza de su simbolismo son poco comprendidos. Esta refe­rencia en realidad nada tiene que ver con los ojos del cuerpo físico. Las palabras “los ojos de la personalidad”, se refieren a la atención enfocada de la personalidad que emana de los cuerpos mental y astral, que son esencialmente los dos ojos del alma en encarnación. El empleo de esas dos ventanas u ojos del alma, llevan a una concentración de energía (en este caso es estricta­mente energía de la personalidad) en el vehículo etérico. Dicha energía es dirigida a la zona del malestar y por lo tanto al punto de fricción. Esta fricción es mantenida y acrecentada por las fuer­zas enfocadas en dicho punto. La gente no tiene la menor idea -hablando objetivamente- de cómo aumenta la potencia de la enfermedad por la atención prestada y el pensamiento constan­temente dirigido a esa zona donde está localizada la dolencia. Las energías mental y emocional ejercen presión sobre la zona enferma y los “ojos de la personalidad” constituyen un poderoso factor para mantener la enfermedad.


En esta frase tenemos, además, una clara e inequívoca expre­sión del hecho de que las condiciones mentales y emocionales conducen a la enfermedad. La actividad del alma y el impacto de su energía debe penetrar en el cuerpo físico a través de los cuerpos sutiles, y el punto de fricción (el resultado de la resis­tencia) se establece primero en el cuerpo mental, luego es repe­tido aún más potentemente en el cuerpo astral y reflejado en el cuerpo físico; éstos (y es el abecé del ocultismo, que frecuentemen­te olvidan) constituyen la personalidad, por eso la fricción, lógicamente se halla en todas partes.
Será interesante que correlacionen lo que he dicho en otros escritos acerca de los ojos, con lo que acabo de decir. Como bien saben, y está establecido en La Doctrina Secreta, el ojo derecho es el “ojo de budi” y el izquierdo “el ojo de manas” -esto se refiere (en lo que respecta a budi) a la mente superior y al hombre tal como finalmente aparecerá. En el ser humano común y antes de que adquiera perfección, el ojo derecho, cuando está dirigido conscientemente a un objeto, trasmite la energía del cuerpo astral, y el ojo izquierdo dirige la energía de la mente inferior. Entre ambos ojos rectores tenemos el centro ajna, simi­lar a un tercer ojo o agente directriz para las energías mezcla­das y fusionadas de la personalidad; relacionado a este tercer ojo, a medida que despierta y entra en función activa, tenemos lo que llamamos “el ojo del alma”; punto situado en el centro más elevado de la cabeza. El ojo del alma puede trasmitir y tras­mito energía al centro ajna, siendo él mismo agente (antes de la cuarta iniciación) de la energía de la Tríada espiritual. Esta relación esotérica sólo se establece cuando el alma domina su instrumento, la personalidad, y pone bajo su dirección todas las actividades inferiores del plano físico.
En el hombre perfecto tenemos, por lo tanto, los siguientes agentes o distribuidores de energías:



  1. El ojo del alma agente de la Tríada espiritual Voluntad.

  2. El tercer ojo agente del alma Amor.

  3. El ojo derecho distribuidor de la energía búdica.

  4. El ojo izquierdo transportador de la energía manásica pura.

  5. El centro punto de enfoque y de dirección para todas esas energías.

En el discípulo y en el hombre que comienza a actuar como alma, tenemos:




  1. El tercer ojo distribuidor de la energía del alma.

  2. El ojo derecho agente de la energía astral.

  3. El ojo izquierdo agente de la energía mental inferior.

  4. El centro ajna punto de enfoque de estas tres energías.

En el hombre común la situación será la siguiente:




  1. El ojo derecho agente de la energía astral.

  2. El ojo izquierdo agente de la energía mental.

  3. El centro ajna estación distribuidora.

A medida que se acrecienta el conocimiento ocultista, alrede­dor de los ojos y su función simbólica se erigirá toda una ciencia de distribución de energía y se comprenderá su empleo esotérico. Aún no ha llegado el momento para ello, aunque ya se conoce el poder del ojo humano enfocado para llamar la atención sobre una persona. Podría hacer una sugerencia: el nervio óptico sim­boliza el antakarana, y la estructura del globo del ojo es uno de los símbolos más hermosos de la triple deidad y del triple hombre.





  1. El arte del curador consiste en elevar hacia el alma -el verdadero curador dentro de la forma- los ojos que están enfocados hacia abajo.

En su más evidente e inferior significado, esta frase dice sen­cillamente que el curador debe ayudar al paciente a apartar la mirada de si mismo, y a elevar y reorientar la energía dirigida para que el “punto de fricción” no constituya hoy el objeto de atención y se le presente una nueva preocupación. Durante largo tiempo fue la práctica que intentaron realizar todos los curado­res, pero esto tiene un sentido más esotérico de lo que creen y que me es un tanto difícil explicar.


Hemos visto que el punto de fricción (responsable de la en­fermedad) ha sido causado por lo bueno, lo bello y lo verdadero, en conflicto con las fuerzas del hombre inferior. También hemos visto que esto constituye una ley fundamental, que él sabe que debe aceptar y trabajar con ella inteligentemente. Por consiguien­te, ¿cómo puede aplicar esta ley para lograr los resultados deseados?
Las afluyentes energías del alma penetran en el cuerpo físico a través del vehículo etérico, y son responsables de la dificultad que produce la fricción y su consecuencia, la enfermedad; han “descendido y hecho contacto” vía el sutratma, estando ancladas en tres centros principales, como bien saben, los centros mayo­res. Desde éstos, de acuerdo con la naturaleza del hombre, el rayo, el desarrollo y las flaquezas y limitaciones, son distribuidas en varias zonas del cuerpo físico, causando puntos de fricción o manifestándose como cualidades divinas. Donde la fricción y la resultante enfermedad están presentes, y el paciente tiene la suerte de contar con un curador ocultista entrenado (sea iniciado o discípulo avanzado), estas energías serán devueltas -con o sin la colaboración del paciente- a sus puntos de distribución, los tres centros superiores, y ello de acuerdo al tipo de energía que está produciendo la dificultad. No podrán ser enviadas fuera del cuerpo a través del centro coronario, pues en ese caso el hombre moriría, pero pueden ser esotéricamente “rechazadas, desde el punto de fricción, hasta su punto de emanación, pero no hasta su Fuente de origen”, según lo expone un antiguo libro sobre cu­raciones.
La energía es enviada desde la zona infectada (empleando una palabra inadecuada, pues carecemos de palabras correctas para estas nuevas ciencias) al punto de fricción y de allí al centro que controla esa zona y por medio de la cual la energía del alma penetró en el cuerpo físico denso. En consecuencia el curador trabaja simultáneamente con dos aspectos del cuerpo físico, el denso y el etérico. Desde ese centro, la energía involucrada es recogida y devuelta a cualquiera de los tres centros mayores, o (si uno de ellos está involucrado) la energía es recogida e im­pulsada hacia el centro coronario y allí retenida. No obstante, se ha de tener presente que esta fase del trabajo del curador com­prende dos partes:


  1. La etapa esotérica “de elevación” o “impulso”. Esto en sí se divide en dos fases:

  1. Recogimiento de la energía.

  2. Reenfoque en su centro de distribución.




  1. La etapa posterior cuando el trabajo del curador ha sido realizado y el paciente ha mejorado, o cuando el trata­miento no ha tenido éxito. En esta etapa, la energía que ha sido “impulsada” es devuelta al centro y al lugar donde estuvo el punto de fricción.

Será evidente que este tipo de trabajo de curación es únicamente posible para la persona muy entrenada, siendo por lo tanto in­necesario que me explaye más sobre esta técnica. Sin embargo, a veces es útil ver las metas lejanas.


Todo lo realizable en la actualidad respecto a esta afirmación, es trasladar la atención del paciente (si es capaz de responder a sugerencias) hacia el alma, y ayudarlo, simplemente, a mante­ner su conciencia lo más cerca posible de su alma. Esto ayudará a despejar los canales por los cuales pueda descender la energía y también retirarse automáticamente, porque la energía sigue al pensamiento.
En último análisis, la verdadera curación esotérica es algo muy simple en comparación con los intrincados y complejos de­talles acerca del mecanismo humano y sus enfermedades, que debe encarar el médico moderno. El curador espiritual se ocupa de la zona donde se establece la enfermedad, con su centro etérico controlador y su analogía superior y con las tres energías que provienen del alma, responsables de producir el punto o puntos de fricción. El resto de su trabajo implica el empleo de la ima­ginación creadora, el poder de visualización y el conocimiento del pensamiento científico, basado en la fundamental y universal ley de que “la energía sigue al pensamiento”. Tal visualización y modo de pensar científico no involucra (en lo que concierne a la curación) la construcción de formas mentales, sino la habilidad de mover y dirigir corrientes de energía.



  1. Entonces el tercer ojo, u ojo espiritual, dirige la fuerza curadora y todo está bien.

Aquí se refiere al ojo del curador y no al del paciente; el curador lo emplea conjuntamente con el ojo del alma. Cuando se trata de la curación de una persona muy avanzada, capaz de colaborar conscientemente, el tercer ojo del paciente también puede estar activo, y así dos corrientes muy poderosas de energía dirigida pueden penetrar en la zona donde el punto de fricción está lo­calizado. Sin embargo, en los casos comunes, donde no hay cono­cimiento ocultista por parte del paciente. el curador hace todo el trabajo, y esto es deseable. La colaboración de quienes son inexpertos y de aquellos que están preocupados emocionalmente con sus dificultades no es de verdadera ayuda.


Las pocas insinuaciones dadas al analizar las frases que com­ponen la cuarta ley proporcionarán mucho material para refle­xionar; ahora consideraremos la regla conectada con esta ley.
Debería recordarse, a medida que estudiamos estas leyes y reglas, que Las leyes son impuestas al curador y proveen las inal­terables condiciones bajo las cuales debe trabajar, y no puede ni debe evadirlas. Sin embargo, las reglas se las impone a sí mismo, y constituyen condiciones que es aconsejable seguir si quiere tener éxito. Mucho depende de su comprensión de las reglas y de su capacidad para interpretarlas correctamente. Son una traducción o adaptación de antiguas reglas, que desde el co­mienzo del tiempo han condicionado a todos los curadores esoté­ricos que trabajan regidos por la impresión jerárquica. En los primitivos días de su aplicación fueron sometidas a los miembros de la Jerarquía de esa época y aceptadas por ellos -época o edad de la antigua Lemuria- y tuvieron que ser interpretadas en forma distinta de la moderna; recién ahora está emergiendo el significado moderno. Podría decirse que:


  1. En la raza lemuria estas reglas fueron aceptadas por los miembros de la Jerarquía. Sólo siendo miembro de la Je­rarquía podía conocérselas y trabajar con ellas.




  1. En la raza atlante se exteriorizaron en tal medida que fue­ron dadas y permitido su uso a los discípulos que no ha­bían recibido ninguna iniciación y a los que habían recibido sólo la primera. Su interpretación atlante cobra en gran parte la comprensión moderna, pero no son adecuadas para esta época ni para el ser humano de tipo mental.




  1. En nuestra raza aria, hoy está emergiendo un nuevo sig­nificado, y ese significado y su nueva interpretación tra­taré de explicar.

A la primera regla no se le dio una nueva interpretación porque era evidentemente moderna en sus implicaciones. En efecto, no constituye parte del texto antiguo original, de donde fueron ex­traídas estas importantes reglas, pero es relativamente moderna, habiendo sido formulada en los primeros días de la era cristiana. Es una regla clara y concisa e implica cuál debe ser la natura­leza de los pensamientos del curador:




  1. Conocer el tipo de pensamiento que condiciona al paciente.

  2. Ser capaz de penetrar hasta el origen del malestar, o hasta su trasfondo sicológico; por lo tanto se ha de emplear el poder mental.

  3. Ser capaz de relacionar causa y efecto; la mente siempre es el agente que establece la relación.

En las antiguas Lemuria y Atlántida la mente estaba práctica­mente pasiva y en realidad casi no funcionaba; sólo ahora, en la raza actual, está comenzando a dominar la naturaleza mental del hombre, por consiguiente corresponde dar la nueva y moder­na interpretación de estas reglas (basadas en el principio mente), y lo haré a continuación.






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