Curación Esotérica


La Experiencia en el Devachan



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La Experiencia en el Devachan

Quisiera también puntualizar que la tarea de emprender cons­cientemente el arte de la eliminación, y la percepción del proceso y propósito, constituyen en realidad el estado de conciencia llamado devachán por los teósofos ortodoxos. Esta experiencia ha sido muy mal entendida. Prevalece la idea general que, después de haberse desprendido de los cuerpos astral y mental, el hombre entra en una especie de estado de ensoñación donde vuelve a experimentar y considerar pretéritos acontecimientos a la luz del futuro y atraviesa por un período de descanso, algo así como un proceso de asimilación, en preparación para emprender un nuevo nacimiento. Ha surgido esta idea un tanto errónea, porque el con­cepto tiempo rige aún las presentaciones teosóficas de la verdad. Sin embargo, si se comprende que el tiempo es desconocido fuera de la experiencia en el plano físico, todo el concepto respecto al devachán se esclarecerá. Desde el momento de la total separación de los cuerpos físico denso y etérico, y a medida que se emprende el proceso de eliminación, el hombre es consciente del pasado y del presente; cuando la eliminación es total y ha llegado el mo­mento de hacer contacto con el alma y el vehículo manásico está en proceso de destrucción, entonces inmediatamente tiene concien­cia del futuro, pues la predicción es un haber de la conciencia del alma, participando el hombre de ella temporariamente. Por lo tanto, el pasado, el presente y el futuro se ven como uno; entre una encarnación y otra y durante el continuado proceso de rena­cimiento se va desarrollando el reconocimiento del Eterno Ahora. Esto constituye un estado de conciencia (característico del estado normal del hombre evolucionado) que puede ser denominado de­vachánico.


No tengo la intención de detallar la técnica del proceso de eliminación. Los seres humanos pasan por tantos estados diferen­tes -intermedios entre los tres ya delineados- que sería impo­sible definir o precisar. La atrición es relativamente fácil de com­prender, porque al no producirse un llamado de la sustancia física evocando el deseo, el cuerpo kámico muere, y nada existe para nutrir este vehículo. El cuerpo astral viene a la existencia por medio de la interacción recíproca entre el plano físico, que no es un principio, y el principio deseo; durante el proceso de renacer, este principio es utilizado con dinámica intención por el alma en el vehículo mental a fin de invertir el llamado, entonces la ma­teria responde al llamado del hombre que reencarna. El hombre kámico, después de un largo proceso de atrición, queda liberado dentro de un vehículo mental embrionario; este período de vida semimental es excesivamente breve y llevado a su fin por el alma, que repentinamente “dirige su ojo a aquel que espera”, y por el poder de esa potencia dirigida, reorienta instantáneamente al hom­bre kámico individual hacia el sendero descendente del renaci­miento. El hombre kama-manásico aplica el proceso de retiro y responde a la “atracción” del cuerpo mental en rápido desarrollo. Este retiro es cada vez más acelerado y dinámico, hasta llegar a la etapa en que el discípulo en probación -regido por un cre­ciente contacto con el alma- destroza el cuerpo kama-manásico, como una unidad, por un acto de voluntad mental, complemen­tada por el alma. Observarán que la experiencia “devachánica” necesariamente será más breve en relación con esta mayoría que con la minoría kámica, porque la técnica devachánica de recapi­tulación y reconocimiento de las implicaciones de la experiencia, lentamente va controlando al hombre en el plano físico, para ob­tener la significación del significado y aprender constantemente mediante la experiencia, mientras está encarnado. De este modo, podrán darse cuenta que la continuidad de la conciencia también se desarrolla paulatinamente, y la percepción del hombre interno comienza a demostrarse en el plano físico, al principio por inter­medio del cerebro físico y luego independientemente de esa es­tructura material. He dado aquí una definida insinuación sobre un tema que recibirá amplia atención durante los próximos doscien­tos años.
En la persona manásica, la personalidad integrada actúa, como hemos visto, de dos maneras, que dependen necesariamente de la integración lograda, la cual será de dos clases:


  1. La personalidad integrada, enfocada en la mente, adquirien­do una constante y creciente relación con el alma.




  1. El discípulo, cuya personalidad integrada está ahora inte­grándose rápidamente con el alma y es absorbida por ella.

En esta etapa de desarrollo de la mente y de constante control mental (basada en el hecho de que la conciencia del hombre está ya definidamente enfocada y permanentemente centrada en el vehículo mental), los procesos previos a la destrucción del cuerpo astral, por medio de la atrición y el “dinámico rechazo”, se llevan a cabo durante la encarnación física. El hombre encarnado rehúsa ser regido por el deseo; lo que queda del cuerpo astral ilusorio es dominado entonces por la mente, y el anhelo de satisfacer los deseos es rechazado con plena y consciente deliberación, ya sea por las ambiciones egoístas y las intenciones mentales de la per­sonalidad integrada o por inspiración de la intención del alma, que subordina la mente a su propósito. Cuando se ha logrado esta etapa de evolución, el hombre puede entonces disolver los últimos vestigios de todo deseo por medio de la iluminación. En las pri­meras etapas de la vida puramente manásica o mental, esto se logra por medio de la iluminación que el conocimiento proporcio­na, e involucra principalmente la innata luz de la sustancia men­tal. Más adelante, cuando el alma y la mente establecen una estrecha relación, la luz del alma acelera y complementa el pro­ceso. Entonces el discípulo emplea métodos más esotéricos, pero sobre éstos no me explayaré. La destrucción del cuerpo mental ya no se produce por el poder destructor de la luz misma, sino que es acelerado mediante ciertos sonidos que emanan desde el plano de la voluntad espiritual; al finalizar el ciclo de encarnación éstos son reconocidos por el discípulo, y algún iniciado avanzado del Ashrama o el Maestro Mismo, le permite utilizarlos en palabras-formas adecuadas.


Décima Ley de Curación
Quisiera establecer ahora ciertos postulados que será necesario considerar en nuestro estudio de la Tercera Parte, donde nos ocu­paremos de las Leyes Fundamentales de la Curación. Estas leyes y Reglas ya fueron dadas, pero ahora trataré de explicarlas.
Hemos estudiado, con cierta extensión, los procesos inmediatos que se llevan a cabo cuando el principio vida se retira o es reti­rado del cuerpo. En ambos procesos existe una diferencia basada en el desarrollo evolutivo. Hemos trazado el retiro del principio vida, y el de la conciencia, de los cuerpos sutiles en los tres mundos, y llegamos al punto en que no nos ocuparemos del hombre común ni del subdesarrollado, sino de la actividad consciente del alma en relación con su aspecto forma.
En el caso del hombre subdesarrollado o común, el alma, apar­te de la mera determinación de finalizar el ciclo de vida encar­nada, antes de retornar al plano físico, desempeña una ínfima parte en el proceso de la muerte. Las “simientes de la muerte” son in­herentes a la naturaleza forma y se manifiestan como enfermedad o como senectud (empleando esta palabra en su sentido técnico y no familiar), en cambio el alma persigue lo que le interesa en su propio plano, hasta el momento en que el proceso evolutivo produce una situación donde la integración o estrecha relación entre el alma y la forma es tan real, que el alma se identifica profunda y ampliamente con su expresión en manifestación. Podría decirse que al llegar a esta etapa, el alma encarna verdaderamente por primera vez; en realidad “desciende a la manifestación” invo­lucrando, por lo tanto, toda la naturaleza egoica. Este punto no ha sido acentuado ni debidamente comprendido.
En las anteriores vidas del alma encarnante y durante casi todos los ciclos de la vida de experiencia, ésta se preocupa muy poco por lo que sucede. La redención de la sustancia con la cual están construidas todas las formas se lleva a cabo por un proceso natural, y el “karma de la materia” es la fuerza inicial regente, siendo reemplazada, con el tiempo, por el karma generado me­diante la fusión del alma y la forma, aunque (en las etapas pri­mitivas) el alma asume muy poco la responsabilidad. Lo que ocurre en la triple envoltura del alma, necesariamente, es el resultado de las tendencias innatas de la sustancia misma. Sin embargo, a medida que el tiempo transcurre y se produce una encarnación tras otra, el efecto de la cualidad del alma inmanente evoca gradual­mente la conciencia, y por su intermedio, la aplicación del sentido discriminador, desarrollado cuando la mente asume un acrecentado control; finalmente evoca el despertar de una conciencia incipiente. Esto se manifiesta en el primer caso como sentido de responsabilidad, que gradualmente establece una acre­centada identificación del alma con su vehículo, el triple hombre inferior. Entonces los cuerpos se van refinando constantemente; las simientes de la muerte y la enfermedad no son tan potentes; aumenta la sensibilidad hacia las realizaciones internas del alma, hasta que llega el momento donde el discípulo iniciado muere por un acto de su voluntad espiritual o en respuesta al karma grupal, nacional o planetario.
La enfermedad y la muerte son condiciones esencialmente inhe­rentes a la sustancia, y así como el hombre se identifica con el aspecto forma, así también será condicionado por la Ley de Diso­lución. Esta ley, fundamental y natural, rige la vida de la forma en todos los reinos de la naturaleza. Cuando el discípulo o inicia­do se identifica con el alma, y el antakarana está construido por medio del principio vida, entonces el discípulo queda fuera del control de esta ley universal y natural y utiliza o descarta el cuerpo a voluntad -por la demanda de la voluntad espiritual o por el reconocimiento de las necesidades de la Jerarquía o los propósitos de Shamballa.
Llegamos ahora a la enunciación de una nueva ley que susti­tuye a la Ley de la Muerte y se refiere únicamente a quienes están en las últimas etapas del sendero del discipulado o en las prime­ras etapas del sendero de iniciación.




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