Curación Esotérica



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Lo antedicho dará una idea de los muchos puntos vinculados a la muerte, que aún debe descubrir la medicina ortodoxa, lo cual será revelado a medida que la raza humana vaya adquiriendo mayor sensibilidad.
Les pediría recordar que en estas consideraciones nos ocupamos de las reacciones y actividades del alma, cuando deliberada­mente atrae hacia sí su aspecto encarnado, porque ha concluido un ciclo de vida. El término de ese ciclo puede ser largo o corto, de acuerdo al propósito involucrado; puede abarcar sólo unos pocos años o un siglo. Previamente al séptimo año, la vitalidad del ele­mental físico constituye mayormente el factor determinante. El alma está entonces enfocada en el cuerpo etérico, pero no utiliza plenamente todos los centros; apenas ejerce un suave control pul­sativo y una tenue actividad impulsora suficiente como para mantener la conciencia, vitalizar los variados procesos físicos e iniciar la manifestación y disposición del carácter. Esto se acentúa acrecentadamente hasta los veintiún años, cuando se estabiliza en lo que llamamos la personalidad. En el caso de los discípulos, el aferramiento del alma, sobre los centros etéricos, será más pode­roso desde el mismo comienzo de la existencia física. Alrededor de los catorce años se determina la cualidad y naturaleza del alma encarnada y su edad o experiencia aproximada, los elementales físico, astral y mental quedan bajo control, y el alma, el hombre espiritual que mora internamente, ya ha determinado las tenden­cias y preferencias de la vida.
En el caso del hombre común, cuando está determinada su muerte, la lucha entre el elemental físico y el alma es un factor característico, denominándosela esotéricamente “partida lemuria­na”; en el caso del hombre medio, en que la vida está enfocada en la naturaleza de deseos, el conflicto se desata entre el elemen­tal astral y el alma, y a esto se lo denomina “la muerte atlante”; en lo que concierne a los discípulos el conflicto será más estricta­mente mental, estando frecuentemente enfocado alrededor de la voluntad de servir, la determinación de cumplir con algún aspecto particular del Plan y en la voluntad de retornar con todas sus fuerzas al centro ashrámico. En lo que concierne a los iniciados no existe conflicto, sino un retiro consciente y deliberado. En for­ma curiosa, si aparenta ser conflicto, será entre las dos fuerzas elementales que todavía permanecen en la personalidad: el elemental físico y la vida mental. No existe ningún elemental astral en el equipo de un iniciado de alto grado. Respecto a la propia naturaleza del individuo, el deseo ha sido totalmente trascendido

Factores que Enfrenta el Alma que se Retira
Por lo tanto, en la muerte física y en el acto de restitución, el alma que se retira debe enfrentar los siguientes factores:


  1. El elemental físico, la vida integrada y coordinada del cuer­po físico, que trata siempre de mantenerse unida bajo las fuerzas atractivas de todas sus partes componentes y su mutua interacción. Dichas fuerzas actúan a través de cierto número de centros menores.




  1. El vehículo etérico, cuya poderosa vida propia coordinada, se expresa a través de los siete centros mayores, que reac­cionan a la impulsora energía mental y astral del alma. Actúa también a través de ciertos centros menores cuya función no consiste en responder a ese aspecto del equipo del hombre que H. P. B. afirma que no es un principio -el mecanismo físico denso.

Los centros menores por lo tanto existen en dos grupos: Primero, los que responden a la vida de la materia densa, al aspecto madre, y se hallan definidamente en el arco involutivo, siendo heredados del sistema solar anterior, cuando el hombre era controlado a través de estos centros menores, y algunos centros mayores esca­samente desarrollados en el caso de los iniciados y discípulos avanzados de esa época; segundo, los que responden a las ener­gías que les llegan vía los centros mayores, quedando entonces bajo el control del cuerpo astral y el mecanismo mental. En con­secuencia verán por qué anteriormente en este tratado me referí a los centros menores. Quizás será de valor si expongo la ubicación de los veintiún centros menores. Están localizados en los siguientes puntos:




  1. Dos delante de las orejas, cerca del lugar donde se unen los huesos de la mandíbula.

  2. Dos justamente arriba de los dos senos.

  3. Uno en el esternón, cerca de la glándula tiroides. Éste, con­juntamente con los dos centros de los senos, forman un trián­gulo de fuerza.

  4. Una en cada palma de las manos.

  5. Uno en cada planta de los pies.

  6. Dos exactamente detrás de los ojos.

  7. Dos también vinculados con las gónadas.

  8. Uno cerca del hígado.

  9. Uno vinculado con el estómago, por lo tanto, está relacionado con el plexo solar, pero no es igual a él.

  10. Dos vinculados con el bazo. En realidad constituyen un solo centro, formado por la superposición de ambos.

  11. Uno detrás de cada rodilla.

  12. Un poderoso centro íntimamente vinculado con el nervio vago. Éste es muy potente y algunas escuelas de ocultismo lo consi­deran como un centro mayor; no está en la columna vertebral, sino cerca de la glándula timo.

  13. Uno cerca del plexo solar, y se relaciona con el centro en la base de la columna vertebral, formando así un triángulo entre el cen­tro sacro, el plexo solar y el centro de la base de la columna.

Los dos triángulos mencionados en esta clasificación son muy im­portantes. Uno está arriba y el otro debajo del diafragma.


Una vez más, puede verse el proceso de la muerte como acti­vidad dual y concerniente principalmente al cuerpo etérico. Ante todo tenemos el acopio y el retiro de la sustancia etérica, de ma­nera que ya no interpenetra el organismo físico denso, y su sub­siguiente densificación (elijo esta palabra deliberadamente) en esa zona del cuerpo etérico que siempre ha circundado, pero no pe­netrado, el vehículo denso. Erróneamente se la ha denominado a veces el aura de la salud, y puede ser fotografiada muy fácil y exitosamente durante el proceso de la muerte, más que en ningún otro momento, debido a la acumulación de las fuerzas en retiro, que tienen un espesor de varias pulgadas en la parte externa del cuerpo tangible. En este punto de la experiencia del retiro del alma es cuando se pronuncia “la palabra de la muerte” y previamente a esta enunciación es posible el retorno a la vida física, y las fuerzas etéricas retiradas pueden nuevamente interpenetrar el cuerpo. La relación con todas las fuerzas retiradas es, hasta este punto, retenida por medio de la cabeza, el corazón o el plexo solar, lo mismo que por los dos centros menores del tórax.
Durante todo este tiempo la conciencia del moribundo está en­focada en el cuerpo emocional (astral) o en el vehículo mental, de acuerdo al grado de evolución. No está inconsciente, como po­drá parecer al observador, sino plenamente consciente de lo que está ocurriendo. Si se halla fuertemente enfocado en la vida del plano físico, y si constituye el deseo predominante, del cual es más consciente, entonces podrá intensificar el conflicto; tendremos entonces el elemental físico debatiéndose furiosamente por la exis­tencia, la naturaleza de deseos luchando por retardar el proceso de la muerte y el alma empeñada en realizar el trabajo de abstracción y restitución. Esto puede ocasionar, y frecuentemente lo hace, una lucha evidente para los observadores. A medida que la raza humana progresa y se desarrolla, esta triple lucha no será tan frecuente; el deseo por la existencia del plano físico no pare­cerá tan atractivo y la actividad del cuerpo astral se desvanecerá.
Quisiera que imaginaran (simbólicamente) a un hombre en plena encarnación, arraigado en su faz de experiencia, y a un hombre que se retira de esa experiencia. Significa la repetición, en pequeña escala, del gran proceso planetario de involución y evolución; concierne a esas actividades que producen un enfoque o polarización en cualquiera de las dos direcciones; se asemeja a lo que podría considerarse un proceso de verter vida y luz en un recipiente, en el plano físico, y a la intensificación de la radiación de esa vida y luz, de índole tan potente que, debido al poder evo­cador del alma, ambas son retiradas y acumuladas en el centro de vida y luz del que originalmente provinieron. He dado (si pudieran reconocerlo) una definición de la iniciación, pero con una fraseología fuera de lo común. Quizás algunas líneas extraí­das de El Manual de la Muerte, que existe en los archivos jerárquicos, podrían explicar y ayudar a adquirir una nueva perspectiva acerca de la muerte. Este manual contiene lo que se denomina “fórmulas que preceden al Pralaya”, las cuales tratan de todos los procesos de la muerte o abstracción, abarcando la muerte de todas las formas, ya sea la muerte de una hormiga, de un hombre o de un planeta. Las fórmulas conciernen únicamente a los dos aspectos de vida y luz -la primera está condicionada por el Soni­do y la segunda por la Palabra. Los escritos a que me refiero conciernen a la luz y a la Palabra que la abstrae de la forma o la enfoca en la forma:
“Ten presente oh chela, que en las esferas conocidas, la luz sólo responde a la PALABRA. Sabe que esta luz desciende y se concentra; sabe que desde su punto de enfoque escogido ilumina su propia esfera; sabe también que la luz asciende y deja en la oscuridad aquello que, en tiempo y espacio, ha iluminado. A este descenso y ascenso los hombres le llaman vida, existencia y muerte; a esto Nosotros, que hollamos el Camino Iluminado, le llamamos muerte, experiencia y vida.
La luz que desciende se ancla en el plano de la apariencia temporaria. Extiende siete hilos, y siete rayos de luz pulsan a lo largo de estos hilos. De allí son irradiados veintiún hilos menores, haciendo que los cuarenta y nueve fuegos fulguren y ardan. En el plano de la vida manifestada surge la pala­bra: He aquí, ha nacido un hombre.
A medida que la vida prosigue, aparece la cualidad de la luz; puede ser tenue y brumosa, o radiante, clara y brillante. Así los puntos de luz dentro de la Llama pasan y repasan, vienen y van. A esto los hombres lo denominan vida, la verdadera existencia. Así se engañan ellos mismos, sin embargo cumplen el propósito de sus almas y se adaptan al Plan mayor.
Entonces es emitida una Palabra. El descendente y radian­te punto de luz asciende, respondiendo a la apenas perceptible nota de llamada, atraído a su fuente de donde emano.
A esto el hombre le llama muerte y el alma le llama vida.
La Palabra retiene la luz en la vida; la Palabra abstrae la luz y sólo queda Ese que es la Palabra misma. Esa Palabra es Luz. Esa Luz es Vida, y Vida es Dios”.
La manifestación del cuerpo etérico, en tiempo y espacio, contiene en sí lo que ha sido esotéricamente llamado ‘los dos momentos brillantes”. Tenemos, primero, el momento previo a la encarna­ción física, cuando la luz descendente (trayendo vida) se enfoca con toda su intensidad alrededor del cuerpo físico y establece una relación con la luz, innata en la materia misma, que existe en cada átomo de sustancia. Esta luz enfocada se concentra en siete zonas de su infranqueable, creando así siete centros mayores que controlarán su expresión y existencia en el plano externo, esotéricamente hablando. Es un momento de gran esplendor, trasformándose casi en un punto de luz palpitante convertido en una llama, y como si dentro de esa llama los siete puntos de intensi­ficada luz adquirieran forma. Este elevado punto en la experien­cia de la venida a la encarnación tiene lugar, durante un breve período de tiempo, antes del nacimiento físico. Ello determina la hora del nacimiento. La siguiente fase del proceso, tal como la ve el clarividente, es la etapa de interpenetración, durante la cual “los siete se convierten en veintiuno y luego en los muchos”; la sustancia luz, el aspecto energía del alma, comienza a compenetrar el cuerpo físico, y se completa el trabajo creador del cuerpo eté­rico o vital. El primer reconocimiento de esto en el plano físico es el “sonido”, proferido por el niño recién nacido, culminando el proceso. El acto de la creación, por el alma, se ha completado: una nueva luz baila en un oscuro lugar.
El segundo momento brillante se produce a la inversa de este proceso y anuncia el periodo de restitución y abstracción final, por parte del alma, de su propia energía intrínseca. La prisión de la carne es disuelta mediante el retiro de la luz y la vida. Los cuarenta y nueve fuegos dentro del organismo físico se apagan; su calor y luz son absorbidos por los veintiún puntos menores de luz, que a su vez son absorbidos por los siete centros mayores de energía. Luego es pronunciada la “Palabra de Retorno” y el as­pecto conciencia, la cualidad, la luz y la energía, del hombre encarnado, son abstraídos del cuerpo etérico. El principio vida es retirado también del corazón. Le sigue el brillante surgimiento de una luz eléctrica pura y el “cuerpo de luz” rompe finalmente todo contacto con el vehículo denso, se enfoca durante un breve período en el cuerpo vital y luego desaparece. El acto de restitu­ción se ha realizado. Todo el proceso de enfoque de los elementos espirituales en el cuerpo etérico, con la subsiguiente abstracción y la consiguiente disipación del cuerpo etérico, debería ser gran­demente acelerado, sustituyendo la cremación al entierro.

Dos Importantes Razones para la Cremación
La cremación, esotéricamente hablando, es necesaria por dos razones importantes. Acelera la liberación de los vehículos sutiles (que aún envuelven al alma) del cuerpo etérico, produciendo así la liberación en pocas horas en vez de unos cuantos días; es además un medio muy necesario para purificar el plano astral e im­pedir al deseo “la tendencia al descenso”, que obstaculiza grande­mente al alma encarnante. No encuentra ningún punto de enfoque, porque el fuego repele esencialmente el aspecto de crear formas que posee el deseo, y es una expresión mayor de la divinidad con la que no tiene una verdadera relación el plano astral, siendo enteramente creado por el alma humana y no por el alma divina. La afirmación de La Biblia “nuestro Dios es un fuego consumidor” se refiere al primer aspecto divino, el aspecto destructor que libera la vida. “Dios es Amor” significa el segundo aspecto, y pre­senta a Dios como existencia encarnada. La expresión “Dios es un Dios celoso” describe a Dios como forma, circunscripto y limitado, autocentrado y no exteriorizado, o sea, el Sonido destructor, la Palabra de atracción, el Lenguaje individualizado.
En el momento de la muerte, desaparece el lenguaje a medida que se enuncia la Palabra y se lleva a cabo la restitución; luego la Palabra ya no se oye, porque el Sonido la elimina o absorbe, produciéndose entonces la total eliminación de todo lo que inter­fiere al Sonido. Entonces sobreviene el Silencio, y el Sonido mismo ya no se oye; después del acto final de la integración viene la profunda paz. Tenemos así descrito, con fraseología esotérica, todo el proceso de la muerte.
Es importante observar que el Arte de Morir se lleva a cabo bajo la básica y fundamental Ley de Atracción, y que el aspecto amor, el segundo aspecto de la divinidad, efectúa el acto de atrac­ción. Excluyo los casos de muerte repentina, porque es el resul­tado de la actividad del destructor o primer aspecto divino. Aquí la condición es diferente; quizás no involucre la necesidad kármi­ca individual, y detrás de tal acontecimiento pueden existir razo­nes muy confusas y de acondicionamiento grupal. Tan confuso es el tema en la actualidad que no trataré de dilucidarlo. No poseen suficiente conocimiento acerca de la Ley del Karma, de las im­plicaciones kármicas grupales y de las relaciones y obligaciones establecidas en vidas pasadas. Si dijera, por ejemplo, que a veces “el alma puede dejar abierta la puerta protectora para que las fuerzas de la muerte entren nuevamente, sin tener un punto focal detrás de la puerta”, a fin de “pagar más rápidamente las debidas deudas pasadas”, podrá verse cuán oscuro es este tema.
En todo lo que escribo me ocupo simplemente de los procesos normales de la muerte -muerte causada por las enfermedades, la edad o la voluntad impuesta por el alma que ha completado un ciclo designado de experiencia y utiliza canales normales para lograr los fines proyectados. La muerte en estos casos es normal, y esto debe captarlo la humanidad con mucha paciencia, compren­sión y esperanza.
De acuerdo a la Ley de Atracción, al terminar un ciclo de vida y con toda intención, el alma ejerce su poder de atracción, en tal forma, que neutraliza el poder atractivo inherente a la materia misma. Ésta es una clara definición de la causa básica de la muer­te. Cuando no se ha establecido conscientemente el contacto con el alma, como sucede en la mayoría de las personas actualmente, la muerte llega como un acontecimiento inesperado o penosamente anticipado. Sin embargo, es una verdadera actividad del alma. Éste es el primer gran concepto espiritual que debe proclamarse para combatir el temor a la muerte. La muerte se lleva a cabo de acuerdo a esta Ley de Atracción y consiste en una constante y científica abstracción del cuerpo vital, fuera del cuerpo físico denso, que conduce eventualmente a la eliminación de todo con­tacto del alma con los tres mundos.

Secuencias de los Acontecimientos durante la Muerte
Creo que lo mejor que puedo hacer, a fin de esclarecer más este tópico, es describir la secuencia de los acontecimientos que suceden en el lecho mortuorio, recordándoles que los puntos de abstracción final son tres: la cabeza, para los discípulos e iniciados y también los tipos mentales avanzados; el corazón, para los aspi­rantes, las personas de buena voluntad y todos aquellos que han logrado cierta medida de integridad de la personalidad y están tratando de cumplir, hasta donde les es posible, con la ley del amor, y el plexo solar, para las personas no desarrolladas y emo­cionalmente polarizadas. Todo lo que puedo hacer es clasificar las etapas del proceso, dejando que las acepten como posibles e interesantes hipótesis que esperan ser verificadas; que crean en ellas sin duda alguna, porque confían en mi conocimiento, o bien, las rechacen como fantásticas, inverosímiles y sin importancia al­guna. Recomiendo lo primero, porque les permitirá mantener la integridad mental e indicará una mente abierta que los protegerá al mismo tiempo de la credulidad y la estrechez mental. Estas etapas son:


  1. La orden del alma de retirarse a su propio plano, e inmedia­tamente se produce un proceso interno y se evoca una reac­ción interna en el hombre, en el plano físico:




  1. Tienen lugar ciertos sucesos fisiológicos donde se halla asen­tada la enfermedad, vinculados con el corazón, afectando también a los tres grandes sistemas que tan poderosamente condicionan al hombre físico: la corriente sanguínea, el sis­tema nervioso en sus diversas expresiones, y el sistema en­docrino. No me ocuparé de estos efectos. La patología de la muerte es bien conocida y ha sido muy estudiada exotéricamente; todavía queda mucho por descubrir y será descu­bierto más adelante. Ante todo me ocuparé de las reacciones subjetivas que, en último análisis, producen la predisposi­ción patológica a la muerte.




  1. Una vibración corre a lo largo de los nadis. Los nadis son, como bien saben, la contraparte etérica de todo el sistema nervioso y subyacen en todo nervio del cuerpo físico. Son los agentes, por excelencia, de los impulsos directrices del alma, reaccionando a la actividad vibratoria que emana de la contraparte etérica del cerebro. Responden a la Palabra directriz, reaccionan a la “atracción” del alma, y entonces se organizan para la abstracción.




  1. La corriente sanguínea es afectada en forma oculta peculiar. Se dice que la “sangre es vida”; es cambiada interiormente como resultado de dos etapas previas, pero principalmente como resultado de una actividad, aún no descubierta por la ciencia moderna, de la cual es responsable el sistema glan­dular. Las glándulas, en respuesta al llamado de la muerte, inyectan en la corriente sanguínea una sustancia que a su vez afecta al corazón. Allí está anclado el hilo de vida; esta sustancia en la sangre es considerada como “productora de la muerte” y una de las causas básicas del estado de coma y de la pérdida de conciencia. Evoca una acción refleja en el cerebro. La medicina ortodoxa todavía pondrá en duda lo relativo a dicha sustancia y su efecto, pero su presencia será reconocida más tarde.




  1. Se produce el temblor síquico cuyo efecto es aflojar o rom­per la conexión entre los nadis y el sistema nervioso; por ello el cuerpo etérico se desprenderá de su envoltura densa, aunque todavía interpenetre cada una de sus partes.




  1. Se produce frecuentemente una pausa en este punto, de corta o larga duración. Esto es permitido a fin de que el proceso de aflojamiento se lleve a cabo lo más suavemente posible y sin dolor. Dicho aflojamiento de los nadis comienza en los ojos. Este proceso de desprendimiento a menudo se demuestra en el relajamiento y falta de temor que el moribundo demuestra a menudo; evidencia una condición de paz y la voluntad de irse, más la incapacidad de hacer un esfuerzo mental. Parecería como si el moribundo, conservando aún su conciencia, reuniera todos sus recursos para la abstracción final. En esta etapa -cuando el temor a la muerte se haya apartado una vez por todas de la mente racial- los amigos y parientes “celebrarán un festival” para el moribundo y se alegrarán con él porque abandona su cuerpo. Actualmente no es posible, pues prevalece la angustia, no siendo reconocida ni utilizada esta etapa, pero lo será algún día.




  1. El cuerpo etérico organizado, desprendido de toda relación ner­viosa, debido a la acción de los nadis, comienza a recogerse para la partida final. Se retira de las extremidades hacia la requerida “puerta de salida”, enfocándose en la zona alrededor de esa puerta, esperando el “tirón” final del alma directriz. Hasta aquí esto ha proseguido de acuerdo a la Ley de Atracción, la voluntad magnética y atractiva del alma. Ahora se hace sentir otro “tirón” o impulso atractivo. El cuerpo físico denso, la totalidad de los órganos, células y átomos, se van liberando constantemente de la potencia integradora del cuerpo vital mediante la acción de los nadis, y comienzan a responder al tirón atractivo de la materia misma. Esto se ha denominado la atracción de la ‘tierra” y es ejercida por esa misteriosa entidad que llamamos el “espíritu de la tierra”; tal entidad se halla en el arco involutivo y es para nuestro planeta lo que el elemen­tal físico para el cuerpo físico del hombre. Esta fuerza de vida del plano físico es esencialmente la vida y la luz de la sustan­cia atómica, la materia con la cual están hechas todas las formas. La sustancia de todas las formas es devuelta a este depósito de vida involutiva y material. La restitución de la materia apropiada a la forma ocupada por el alma, durante un ciclo de vida, consiste en devolver a este “César”, del mundo involutivo, lo que le pertenece, mientras que el alma retorna al Dios que la envió.

Es evidente, por lo tanto, que en esta etapa se lleva a cabo un proceso dual de atracción:




  1. El cuerpo vital se está preparando para irse.

  2. El cuerpo físico responde a la disolución.

Podría agregarse que hay también una tercera actividad, aque­lla en que el hombre consciente, retira su conciencia, constante y gradualmente, dentro de los vehículos astral y mental, como preparación para la total abstracción del cuerpo etérico en el momento apropiado. El hombre se va desapegando cada vez más del plano físico, retrotrayéndose en sí mismo. En el caso de una persona evolucionada este proceso se lleva a cabo cons­cientemente, y el hombre retendrá su interés vital y la percep­ción de sus relaciones con los demás, aunque vaya perdiendo su aferramiento a la existencia física. En la vejez este desapego puede observarse más fácilmente que en la muerte por enfer­medad, y con frecuencia puede observarse que el alma o el hombre viviente interno, pierde su aferramiento sobre lo fí­sico y, por lo tanto, sobre la realidad ilusoria.




  1. Nuevamente se produce una pausa. En este punto el elemen­tal físico puede a veces recobrar su aferramiento sobre el cuer­po etérico, si el alma lo considera deseable y si la muerte no es parte del plan interno, o si el elemental físico es tan pode­roso que puede prolongar el proceso de la muerte. Esta vida elemental a veces libra una batalla que dura días y semanas. Sin embargo, cuando la muerte es inevitable, la pausa en este punto será excesivamente breve y a veces durará segundos. El elemental físico pierde su aferramiento y el cuerpo etérico espera el “tirón” final del alma, actuando de acuerdo a la Ley de Atracción.




  1. El cuerpo etérico sale del cuerpo físico denso en etapas gradua­les y por un punto escogido de salida. Cuando ha terminado de salir, el cuerpo vital asume entonces los vagos contornos de la forma que energetizó, haciéndolo bajo la influencia de la forma mental que el hombre ha construido de sí mismo durante años. Esta forma mental existe en el caso de cada ser humano, y debe ser destruida antes que la segunda etapa de eliminación se haya completado. Me referiré a esto más adelante. Aunque liberado de la prisión del cuerpo físico, el cuerpo etérico no está aún libre de su influencia. Existe todavía una pequeña relación entre ambos, la cual mantiene al hombre espiritual cerca del cuerpo recién abandonado. Debido a ello los clarivi­dentes pretenden a menudo haber visto el cuerpo etérico flotando alrededor del lecho de muerte o del ataúd. Interpenetrando todavía al cuerpo etérico se hallan las energías integradas que llamamos cuerpo astral y vehículo mental, y en el centro existe un punto de luz que indica la presencia del alma.




  1. El cuerpo etérico se dispersa gradualmente a medida que las energías que lo componen se reorganizan y retiran, dejando únicamente la sustancia pránica que se identifica con el ve­hículo etérico del planeta mismo. Estos procesos de dispersión, como dije anteriormente, son grandemente ayudados por la cre­mación. En el caso de una persona no evolucionada, el cuerpo etérico puede permanecer durante largo tiempo en la cercanía de su cascarón externo en desintegración, porque la atracción del alma no es potente y el aspecto material lo es. Cuando es una persona evolucionada y su pensamiento está desligado del plano físico, la disolución del cuerpo vital puede ser excesiva­mente rápida. Una vez que esto se ha realizado, el proceso de restitución ha concluido; el hombre está libre, temporalmente al menos, de toda reacción provocada por el tirón atractivo de la materia física; permanece en sus cuerpos sutiles preparado para el gran acto que he denominado “El Arte de la Eliminación

Al finalizar esta inadecuada explicación de la muerte del cuerpo físico, en sus dos aspectos, surge un pensamiento: la integridad del hombre interno. Permanece siendo él mismo. Queda intacto, sin trabas; es un agente libre en lo que concierne al plano físico, y ahora responde únicamente a tres factores predisponentes:




  1. La cualidad de su equipo astral-emocional.

  2. La condición mental en la que habitualmente vive.

  3. La voz del alma, a menudo poco conocida, pero a veces muy conocida y amada.

La individualidad no se pierde, es la misma persona que se halla todavía en el planeta. Sólo ha desaparecido lo que fue parte inte­grante de la apariencia tangible de nuestro planeta. Lo que ha sido amado u odiado, lo que ha sido útil o inútil para la humani­dad, quien ha servido a la raza o ha sido ineficaz, aún persiste, está en contacto con los procesos cualitativos y mentales de la existencia, y permanecerá eternamente individual, cualificado por el tipo de rayo, parte del reino de las almas y un alto iniciado por propio derecho.



3. DOS PREGUNTAS IMPORTANTES
He procurado en las páginas precedentes, dar una vislumbre de la verdadera naturaleza de lo que se denomina muerte. La muerte es el retiro, consciente o inconsciente, de la entidad vivien­te interna de su cascarón externo, su correspondencia o analogía vital interna y, finalmente, la muerte es el abandono del cuerpo o cuerpos sutiles, de acuerdo al grado de evolución de la persona. También he tratado de mostrar la normalidad de este proceso familiar. El horror que produce la muerte en el campo de batalla o por accidente, se debe al shock producido en la zona del cuerpo etérico, necesitando un rápido reajuste de sus fuerzas constituyen­tes y una súbita e inesperada reintegración de sus partes compo­nentes en respuesta a una acción definida que por fuerza debe emprender el hombre en su cuerpo kama-manásico. Esta acción no significa reemplazar nuevamente al hombre interno dentro del vehículo etérico, sino que requiere la reunión de los aspectos dis­persos de ese cuerpo, de acuerdo a la Ley de Atracción, para que pueda tener lugar la disolución final y total.
Antes de encarar nuestro tema (el Arte de la Eliminación) quisiera responder a dos preguntas que me parecen importantes, frecuentemente formuladas por el ansioso e inteligente estudiante.
La primera, en realidad, expresa cierto desengaño por esta serie de instrucciones. Puede ser formulada de la manera siguien­te: ¿Por qué el Instructor Tibetano no se ocupa de las enfermeda­des definidas o básicas, no trata de su patología, no expone cómo curarlas o sugiere cómo tratarlas, ni indica sus causas directas, impartiendo detalladamente los procesos de recuperación? No lo hago, porque poco puedo agregar técnicamente a lo que ya ha comprobado la ciencia médica acerca de los síntomas, las localizaciones y las tendencias generales donde se producen condiciones enfermizas. La observación, experimentación, prueba y error, éxi­tos y fracasos, han dado al hombre moderno un conocimiento amplio, exacto y definido de los aspectos externos y los efectos de la enfermedad. Tiempo y constante observación entrenada han indicado análoga y definidamente los procesos paliativos o medidas preventivas (tal como la vacunación antivariólica) y han probado ser útiles después de muchos años. La investigación, la experimentación y las crecientes facilidades que la ciencia proporciona, aumentan la capacidad del hombre para ayudar, curar a veces, y frecuentemente aliviar y aminorar las reacciones del dolor. La ciencia médica y la destreza quirúrgica han avanzado a saltos, pues lo que hoy se conoce o capta parcialmente es de índole tan vasta y de aspectos científicos y terapéuticos tan intrincados, que ha hecho surgir a los especialistas, dando cabida a quienes se concentran en un campo particular y por lo tanto sólo se ocupan de ciertas condiciones que promueven la mala salud y la enfer­medad, y adquieren con ello mucha destreza, cono cimiento y fre­cuente éxito. Todo esto es muy bueno, a pesar de lo que digan los amargados y las personas con método propio de curación, o aquellos que nada quieren saber con la profesión médica y pre­fieren algún culto o un acercamiento más nuevo al problema de la salud.
La razón por la cual existen acercamientos más nuevos se debe a que la ciencia médica ha progresado tanto que ha tocado los limites de su zona o campo puramente físico, que está ahora al borde de penetrar en el reino de lo intangible, acercándose así al mundo de las causas. Por esta razón no he perdido tiempo con los detalles de las enfermedades, la enumeración o consideración de enfermedades específicas, sus síntomas o su tratamiento, porque esto lo abarcan totalmente los libros de texto disponibles; también pueden observarse sus muchas y variadas etapas en nuestros gran­des hospitales.
Sin embargo, me he ocupado de las causas latentes de las en­fermedades -tales como la tuberculosis, sífilis y cáncer- inhe­rentes al hombre individual, a la humanidad en su totalidad y también a nuestro planeta. He trazado las bases sicológicas de las enfermedades y he indicado un campo prácticamente nuevo donde la enfermedad, particularmente en sus primeras etapas, puede ser estudiada.
Cuando la base sicológica de la enfermedad pueda ser com­prendida y su naturaleza real aceptada por el médico ortodoxo, el cirujano, el sicólogo y el sacerdote, entonces todos trabajarán juntos en esta zona progresiva de entendimiento y lo que hoy se tilda vagamente de “medicina preventiva” ocupará su debido lugar. Prefiero definir esta etapa de aplicación médica como de or­ganización de esos métodos por los cuales la enfermedad puede ser evitada, y de desarrollo de esas técnicas por cuyo intermedio se impartirá el correcto entrenamiento sicológico -desde la ju­ventud- y, por el preciso énfasis puesto sobre el hombre espiri­tual interno, se subsanarán esas condiciones y evitarán esos hábi­tos que hoy conducen inevitablemente a la mala salud, a definidas enfermedades sintomáticas y a la muerte eventual.
En la afirmación que antecede no me refiero a la ciencia afir­mativa o especulativa, tal como la “Christian Science” (Ciencia Cristiana) o esas escuelas de pensamiento que atribuyen todas las enfermedades al poder del pensamiento. Me interesa la necesidad inmediata del correcto entrenamiento sicológico basado en el co­nocimiento de la constitución del hombre, en la ciencia de los siete rayos (las fuerzas que condicionan al hombre y hacen de él lo que es) y en la astrología esotérica; me interesa la aplicación de los conocimientos hasta ahora considerados peculiares y esoté­ricos, que son considerados lentamente en forma general y han progresado mucho durante los últimos veinticinco años. No estoy interesado en la abolición del tratamiento médico, ni me preocupa apoyar los más nuevos métodos de tratamiento -todos los cuales se hallan aún en la etapa experimental y por lo tanto han contribuido en algo a la ciencia médica en su totalidad. Por la unida contribución deberá surgir un más rico y fluido acercamiento en­tre el médico y el paciente.
El cuadro descrito, del antecedente sicológico de todas las en­fermedades, empleará mucho tiempo en plasmarse; mientras tanto la contribución de la medicina es indispensable. A pesar de los errores, falsos diagnósticos y muchos equívocos, la humanidad no puede permanecer sin médicos, cirujanos y hospitales. Se necesi­tan urgentemente y se necesitarán durante muchos siglos. Esta declaración no debe causar desaliento. La humanidad no puede ser llevada inmediatamente a una condición de perfecta salud fí­sica, aunque el correcto entrenamiento sicológico desde la infan­cia, hará mucho en el transcurso de pocas décadas. Erróneas condiciones se han estado desarrollando durante mucho tiempo. La moderna medicina debe llegar a poseer una mente más abierta y estar dispuesta (después de la debida comprobación profesional) a endosar lo nuevo, de naturaleza innovadora y poco común. Las barreras erigidas por la medicina especializada deben derribarse, y buscarse, instruirse e investigar las nuevas escuelas, y, finalmente, incluirlas en las filas ortodoxas. Las nuevas escuelas, tales como las que se ocupan de la electroterapia, las quiroprácticas, las dietéticas, que pretenden curar todas las enfermedades median­te alimentos adecuados, y los excéntricos naturópatas, además de otras escuelas y cultos, no deben estar tan arrogantemente seguros de que poseen todo el conocimiento, que su acercamiento es el único o que tienen un cúralotodo universal, excepcional y definitivamente infalible. Dichos grupos, particularmente los quiroprácticos, han dañado definidamente su causa y perjudicado su esfuer­zo debido a su ruidosa seguridad (en un campo que aún se halla en la etapa experimental) y por sus constantes ataques a la me­dicina ortodoxa. Esta última, a su vez, se ha limitado a sí misma, porque no ha reconocido lo bueno y correcto de las nuevas escue­las: se ha sentido antagonizada por su clamor para ser reconocida y por su carencia de métodos científicos. El deseo de la medicina ortodoxa es proteger al público en general. Necesita hacerlo para evitar los desastres que provocarían los fanáticos y los métodos no probados, y ha ido demasiado lejos a este respecto. La escuela de pensamiento que he apoyado en estas instrucciones también será desafiada, y esto durante largo tiempo. Sin embargo los efectos mentales y sicológicos de la guerra mundial apresurarán grande­mente el reconocimiento de las bases sicológicas de las enferme­dades y otras perturbaciones; por lo tanto la medicina moderna enfrenta su mayor oportunidad.
Una combinación de la verdadera ciencia médica (legrada por el hombre, en el transcurso de las edades, bajo la inspiración de su naturaleza divina) y de los nuevos sistemas del tratamiento formulados por las numerosas escuelas de pensamiento, de práctica y experimento, y también el reconocimiento de las energías que condicionan al hombre, actuando a través de los siete centros en su cuerpo vital, y de las influencias astrológicas que igualmente lo condicionan por intermedio del hombre interno, producirá opor­tunamente el nuevo acercamiento médico, que mantendrá al hom­bre en un estado de buena salud, detendrá la enfermedad en sus primeras etapas y, finalmente, inaugurará ese ciclo en los asuntos humanos donde la enfermedad y la mala salud serán la excepción, no la regla como en la actualidad, y donde la muerte será consi­derada una feliz y designada liberación y no, como sucede hoy, un temible enemigo.
La segunda pregunta concierne definidamente a los procesos de la muerte. Se han hecho preguntas: ¿Qué actitud adopta El Tibetano acerca de la cremación y en qué condiciones debería efectuarse? Es algo afortunado y feliz que la cremación se vaya imponiendo acrecentadamente. Dentro de poco tiempo la tarea de sepultar a los muertos en la tierra será contraria a la ley, y la cremación obligatoria una medida saludable y sanitaria. Desapa­recerán eventualmente esos lugares síquicos e insalubres llamados cementerios, así como la adoración a los antepasados va desapa­reciendo tanto en Oriente -con su culto a los antepasados- como en Occidente -con su igualmente estúpido culto a la posición social heredada.
Mediante la aplicación del fuego, todas las formas son disueltas; cuanto más rápidamente se destruye el vehículo físico humano, con más rapidez se rompe el aferramiento del alma que se retira. Muchas tonterías se dicen en la literatura teosófica actual acerca de la ecuación tiempo, en relación con la destrucción secuencial de los cuerpos sutiles. Sin embargo, debe decirse que en cuanto se ha establecido científicamente la verdadera muerte (por el mé­dico ortodoxo a cargo del caso) y se ha asegurado que no queda una chispa de vida en el cuerpo físico, entonces es posible la cre­mación. Esta total o verdadera muerte acontece cuando el hilo de la conciencia y el hilo de la vida han sido retirados totalmente de la cabeza y del corazón. El respeto y la mesura tienen exacta cabida en este proceso. La familia del muerto necesita pocas horas para adaptarse al hecho de la desaparición inminente de la forma externa y comúnmente amada; debe también cumplirse debida­mente con las formalidades exigidas por el estado o la municipali­dad. Este elemento tiempo se refiere principalmente a los que quedan, a los vivos y no a los muertos. La pretensión de que el cuerpo etérico no debe ser precipitadamente creado y la creencia de que debe deambular durante un periodo determinado de varios días, no tienen tampoco una verdadera base. No existe una necesidad etérica para esta demora. Cuando el hombre interno se retira de su vehículo físico, lo hace simultáneamente del cuerpo etérico. Es cierto que el cuerpo etérico puede deambular por un largo período en el “campo de emanación”, cuando el cuerpo físico es enterrado, y frecuentemente persistirá hasta la total desintegra­ción del cuerpo denso. El proceso de momificación, tal como se practicó en Egipto, y el embalsamamiento, tal como se practica en Occidente, han sido responsables de la perpetuación del cuerpo etérico, a veces durante siglos. Esto es particularmente así cuando la momia o la persona embalsamada fue un individuo malo duran­te su vida; el ambulante cuerpo etérico a menudo es “poseído” por una entidad mala o una fuerza maligna. Ésta es la causa de los ataques y desastres que frecuentemente persiguen a quienes descubren antiguas tumbas y sus moradores, las antiguas momias, y desentierran a ellas y sus posesiones. Donde se practica la cre­mación no sólo se logra la inmediata destrucción del cuerpo físico y su restitución a la fuente de sustancia, sino que el cuerpo vital también rápidamente se disuelve y sus fuerzas son arrastradas por la corriente ígnea al depósito de energías vitales. Siempre constituyó parte inherente a este depósito, el poseer ya sea una forma o un estado amorfo. Después de la muerte y de la cremación estas fuerzas aún existen, pero son absorbidas en un todo análogo. Re­flexionen sobre esta afirmación, porque proporcionará la clave del trabajo creador del espíritu humano. Si es necesario esperar debido al sentimiento de la familia o a los requerimientos muni­cipales, la cremación debería hacerse dentro de las treinta y seis horas; cuando no hay razón para esperar, la cremación puede hacerse doce horas después. Sin embargo, es prudente esperar doce horas a fin de asegurase que se ha producido la verdadera muerte.
CAPITULO SEXTO
El Arte de la Eliminación
PARA RETOMAR el hilo de nuestra instrucción, consideraremos ahora la actividad del hombre espiritual interno que ha des­cartado sus cuerpos físico y etérico y permanece en el cascarón del cuerpo sutil, un cuerpo compuesto de sustancia astral o sen­soria, y mental. Debido a que el hombre común es fuertemente emocional y está polarizado en los sentidos, prepondera la idea de que él se retira, después de la verdadera muerte, primero a su cuerpo astral y luego a su vehículo mental. Pero en realidad no es así. La base de esta idea consiste en que un cuerpo está cons­truido predominantemente de materia astral. Muy pocas personas han llegado a tal grado de evolución que el vehículo en el cual se encuentran después de la muerte, está compuesto en su mayor parte de sustancia mental. Sólo los discípulos e iniciados que vi­ven por lo común en sus mentes, se encuentran inmediatamente después de la muerte en el plano mental. Muchas personas descu­bren que están en el plano astral revestidas de un cascarón de materia astral y obligadas a pasar un periodo de eliminación en la zona ilusoria del plano astral.
Como he dicho anteriormente, el plano astral no tiene existen­cia real, es una creación ilusoria de la familia humana. Sin embargo, de ahora en adelante (por la derrota de las fuerzas del mal y el revés sufrido por la Logia Negra) el plano astral lentamente se convierte en una creación que va muriendo, y en el período final de la historia humana (en la séptima raza raíz) dejará de existir, pero ahora no es así. Con la sustancia sensoria que cons­tituye el plano astral, se construyen formas ilusorias, siendo to­davía una barrera en el sendero del alma, que busca la liberación. Aún “mantiene aprisionada” a innumerables personas que hasta en el momento de la muerte su principal preocupación es el deseo, los pensamientos ambiciosos y la sensibilidad emocional, consti­tuyendo ellas una gran mayoría. En la época atlante vino a la existencia el plano astral; no existía prácticamente el estado men­tal de conciencia, aunque los “hijos de la mente” ocupaban su lugar en lo que hoy se considera los niveles superiores de ese plano. El átomo mental permanente también se hallaba práctica­mente en estado pasivo dentro de cada forma humana, y por con­siguiente el plano mental no ejercía atracción como sucede hoy. Muchas personas poseen todavía conciencia atlante, y cuando salen del estado físico de conciencia y descartan su cuerpo físico dual, se enfrentan con el problema de la eliminación del cuerpo astral, pero les resulta fácil liberarse de cualquier prisión mental del alma. Éstas son las personas comunes y poco evolucionadas que después de eliminar el cuerpo kámico o de deseos, poco tienen que hacer; no existe un vehículo mental que las atraiga hacia una integración mental, porque no hay una potencia mentalmente en­focada; el alma en los niveles mentales superiores está aún “en profunda meditación” y totalmente inconsciente de su sombra en los tres mundos.
El arte de la eliminación puede por lo tanto clasificarse en tres tipos:


  1. Tal como lo practican esas personas cuya cualidad y cons­titución son puramente astrales; se las denomina “kámicas”.




  1. Tal como lo practican las personas equilibradas que ya son personalidades integradas; se las denomina “kama-ma­násicas”.




  1. Tal como lo practican las personas evolucionadas y los dis­cípulos de todos los grados, cuyo “enfoque vital” es princi­palmente mental; se las denomina “manásicas”.

Todas están regidas por las mismas reglas básicas, pero el énfasis difiere en cada caso. Les pediría tener presente que allí donde no existe un cerebro físico y la mente no se ha desarrollado, el hom­bre interno está prácticamente sofocado en una envoltura de materia astral y durante largo tiempo sumergido en lo que llamamos plano astral. La persona kama-manásíca posee lo que se llama “la libertad que otorga la vida dual”, y es dueña de una forma dual que le permite hacer contacto a voluntad con los niveles superiores del plano astral y con los niveles inferiores del plano mental. Recordaré nuevamente que no hay en ese momento cere­bro físico para registrar estos contactos. La conciencia del contacto depende de la actividad innata del hombre interno y de su peculiar estado de captación y apreciación. La persona manásica posee un vehículo mental trasparente cuya tenue densidad está en propor­ción con la liberación del deseo y de la emoción.


Estos tres tipos de personas emplean un proceso eliminador de naturaleza similar, pero utilizan una técnica diferente en el pro­ceso. En bien de la claridad podría decirse que:


  1. El individuo kámico elimina su cuerpo astral mediante la atri­ción y lo abandona mediante la analogía astral del centro plexo solar. Esta atrición se debe a que todos los deseos innatos y las emociones inherentes están, en esta etapa, relacionados con la naturaleza animal y el cuerpo físico -que ninguno de los dos existen ya.




  1. El individuo kama-manásico emplea dos técnicas. Esto sucede lógicamente porque elimina, primeramente, su cuerpo astral y luego su vehículo mental.




  1. Elimina el cuerpo astral por el creciente deseo de llevar una vida mental. Se retira gradual y constantemente al cuer­po mental y el cuerpo astral esotéricamente “se desprende” y finalmente desaparece. Esto sucede por lo general en for­ma inconsciente y quizás necesite bastante tiempo. Sin embargo, cuando el hombre está por encima del término me­dio y al borde de ser un individuo manásico, la desaparición se produce súbita y dinámicamente, y el hombre queda liberado dentro de su cuerpo mental, lo cual sucede en forma consciente y rápida.




  1. Destroza el cuerpo mental por un acto de voluntad humana, y además porque el alma comienza a ser lentamente cons­ciente de su sombra. El hombre interno es atraído hacia el alma, aunque muy tenuemente. Este proceso es relativa­mente rápido y depende de la extensión de la influencia manásica.




  1. El individuo manásico, enfocado ahora en su cuerpo mental, tiene dos cosas que realizar para:




  1. Disolver y desembarazarse de cualquier sedimento astral que pudiera empañar su trasparente cuerpo mental El de­nominado cuerpo astral ya no existe prácticamente como factor de expresión. Esto lo logra haciendo afluir mayor luz desde el alma. En esta etapa la luz del alma disuelve la sustancia astral, así como la luz combinada del alma de la humanidad, disolverá finalmente el así llamado plano astral.




  1. Destruir el cuerpo mental empleando ciertas Palabras de Poder, las cuales son comunicadas al discípulo por interme­dio del Ashrama de su Maestro y hacen afluir el poder del alma en gran medida, produciendo en consecuencia tal ex­pansión de conciencia dentro del cuerpo mental, que es des­pedazado y no constituye ya una barrera para el hombre interno. Ahora puede ser un liberado hijo de la mente, den­tro del Ashrama de su Maestro, de donde “no saldrá más”.





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