Curación Esotérica



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LEY VIII



Enfermedad y muerte son el resultado de dos fuerzas activas. Una es la voluntad del alma que dice a su instrumento: “Yo retiro la esencia”. La otra es el poder magnético de la Vida planetaria que dice a la vida dentro de la estructura atómica: La hora de la reabsorción ha llegado. Retorna a mí. Así actúan todas las formas, de acuerdo a la ley cíclica.
Aquí se refiere a la disolución normal de la forma, al finalizar un ciclo de reencarnación. Como bien sabemos, en el caso del hombre, este ciclo está determinado por factores sicológicos importantes que pueden acelerar o prolongar la “hora final’, pero sólo hasta cierto punto. El dictamen del alma y el “fíat” de la Vida planetaria son los factores determinantes y finales, excepto en los casos de guerra, accidente, suicidio o epidemias.
El poder de absorción con que está dotado el planeta es, dentro de ciertas limitaciones, enorme; estas limitaciones, por ejemplo, promueven epidemias como corolario de la guerra. Tales epidemias tienen un grave efecto sobre la raza humana, después que ha ter­minado el ciclo de guerra y que la consiguiente epidemia desapare­ce. La humanidad, particularmente en Europa oriental, no se había recuperado completamente de las epidemias, incidentales a la pri­mera parte de la guerra mundial, cuando estalló la segunda fase. Los efectos sicológicos aún continúan; las cicatrices y los resulta­dos de la segunda fase de esa guerra mundial persistirán durante cincuenta años, aunque -debido al mayor conocimiento científico del hombre- el factor epidémico puede ser mantenido dentro de ciertos límites, en forma sorprendente. Esto, sin embargo, aún es incierto. Sólo el tiempo demostrará cuán exitosamente la humani­dad neutralizará las penalidades que puede imponer una natura­leza ultrajada.
Muchos beneficios serán logrados debido a la creciente costum­bre de cremar esas formas que la vida interna ha abandonado; cuando llegue a ser una costumbre universal, veremos una definida disminución de la enfermedad, lo que conducirá a la longevidad y acrecentada vitalidad. El factor resistencia, o el proceso mediante el cual una forma se inmuniza o no responde a la atracción y anhe­los planetarios hacia la reabsorción, requiere el expendio de mucha energía. Cuando la vida aumente su potencia dentro de la forma y haya menor reacción a los factores que trasmiten enfermedades, el alma dentro de la forma regirá más plenamente, se expresará con mayor belleza y prestará un servicio más valioso. Esto será verdad algún día en todos los reinos de la naturaleza, y así tendre­mos una constante radiación, surgiendo de la creciente gloria de la Vida de Dios.

3. ENFERMEDADES RACIALES Y NACIONALES


Hasta aquí será evidente que me ocupo principalmente de señalar factores que son el resultado de la historia pasada de la raza, más bien que de dar una explicación específica y detallada de las enfermedades afines a las distintas naciones. En realidad, no sería posible debido a la superposición y paralelismo que ocurre en cada sector de la vida natural. Ante todo trato de aclarar lo que se debe hacer, respecto a las curaciones preventivas, y realizar en la difí­cil tarea de neutralizar las condiciones prevalecientes en la tierra, como resultado del mal uso de los poderes naturales, en el pasado. Por lo tanto deberán sanearse esas condiciones presentes en nues­tro planeta en gran escala, y en consecuencia no pondré el énfasis sobre lo específico ni lo individual. Estoy también sentando las bases para dilucidar nuestro próximo tema, la relación de la Ley del Karma con la enfermedad y la muerte y con toda la humanidad.
Cuando considere las enfermedades raciales y nacionales no intentaré señalar que la tuberculosis es en todos los países, exclu­sivamente una enfermedad de la clase media; que la diabetes es la que más prevalece entre los pueblos del mundo que consumen arroz, y que el cáncer prevalece en Gran Bretaña, mientras que las enfermedades del corazón son la causa principal de la mor­tandad en Estados Unidos. Tales generalizaciones son al mismo tiempo verdaderas y falsas, como lo son comúnmente las estadís­ticas, y nada se gana elaborando estos puntos. Todas estas dificul­tades serán contrarrestadas a su debido tiempo por una mayor comprensión, por el diagnóstico intuitivo de la enfermedad y por el magnífico trabajo de la medicina científica y académica, además de una verdadera comprensión de las correctas condiciones de vida.
Prefiero más bien hacer generalizaciones amplias que indicarán las causas, y no acentuaré las consecuencias de tales causas. Por lo tanto, trato de puntualizar que


  1. El suelo del planeta es la causa principal de las enfermedades y contaminaciones. Durante incontables eones, los cuerpos de los hombres y de los animales han sido enterrados; el suelo, en consecuencia, está impregnado de los gérmenes y los resultados de las enfermedades, en una forma mucho más sutil de lo que se cree. En los distintos estratos del suelo y del subsuelo existen los gérmenes de las enfermedades antiguas, conocidas y desco­nocidas, que pueden todavía producir dificultades virulentas si se presentan condiciones adecuadas. Quiero dejar establecido que la Naturaleza nunca ha dispuesto que los cuerpos deben ser enterrados. Les animales mueren y sus cuerpos retornan al polvo, pero lo hacen purificados por los rayos del sol y las brisas que soplan y dispersan. El sol puede causar la muerte lo mismo que la vida, y los gérmenes y bacterias más virulentos no pue­den retener su potencia si se los somete al calor seco de los rayos solares. La humedad y la oscuridad fomentan las enfer­medades cuando emanan y se nutren de esos cuerpos a los cuales se les ha extraído el aspecto vida. Cuando, en todos los países del mundo, a las formas muertas se las someta por ley, al “rito del fuego”, y cuando esto se haya convertido en un hábito uni­versal y persistente, entonces veremos disminuir grandemente las enfermedades y tendremos un mundo mucho más saludable.




  1. La condición sicológica de una raza u nación, produce como hemos visto, una tendencia a la enfermedad y una disminución de la resistencia a las causas de la enfermedad; puede engendrar la capacidad de absorber fácilmente contaminaciones ma­lignas. No es necesario que me extienda más sobre esto.




  1. Las condiciones de vida en muchos países también fomentan la enfermedad y la mala salud. Viviendas oscuras y hacinadas, casas subterráneas, desnutrición, alimentos inadecuados, malos hábitos de vida y diversas enfermedades profesionales, todas contribuyen con su cuota a la mala salud general de la huma­nidad. Estas condiciones son universalmente reconocidas, y mu­cho se ha hecho para neutralizarlas, pero aún mucho queda por hacer. Uno de los buenos efectos, resultado de la guerra mundial, consistirá en obligar a que se lleven a cabo los cambios necesarios, la reconstrucción requerida y la nutrición científica de la juventud de la raza. Los males físicos nacionales varían de acuerdo con las ocupaciones predisponentes de los pueblos; las enfermedades de una raza de agricultores podrán diferir ampliamente de las de una raza altamente industrializada; las predisposiciones físicas de un marinero varían grandemente de las de un empleado de nuestras grandes ciudades. Estos datos informativos son conocidos por el trabajador social de muchas ciudades y países. Ciertas enfermedades parecen ser estrictamente locales y otras universales en sus efectos; algunas enfermedades van desapareciendo gradualmente y aparecen otras nuevas; otros tipos de enfermedad están eternamente entre nos­otros, y aun otros aparecen cíclicamente; algunas son endémi­cas mientras que otras epidémicas.

¿Cómo ha podido surgir este vasto despliegue de enfermedades y tipos de dolencias corpóreas? ¿Cómo es que algunas razas están predispuestas a sucumbir a un tipo de mal físico mientras que otras son inmunes a él? Condiciones climáticas producen ciertas enfer­medades típicas que permanecen estrictamente locales y no existen en ninguna otra parte del mundo. Cáncer, tuberculosis, sífilis, me­ningitis vertebral, neumonía y enfermedades del corazón, como también la escrófula (empleando este término en su antigua acep­ción, que indica ciertos tipos de enfermedades de la piel), prevale­cen en todo el mundo, exigiendo el tributo de millones de seres, y aunque dichas enfermedades pueden atribuirse a ciertos grandes períodos raciales, tienen ahora un efecto general. Puede hallarse la clave de esto si el estudiante recuerda que a pesar de que el perío­do racial atlante ha quedado atrás miles de años, un a gran mayoría es hoy básicamente atlante en su conciencia, y por lo tanto está predispuesta a las enfermedades de esa civilización.


Si fuera presentada al público reflexivo una estadística de la salud del mundo -hecha en condiciones normales y no en tiempo de guerra- surgiría la pregunta, ¿existen cien mil personas con perfecta salud entre los miles de millones que ahora habitan en la tierra? Creo que no. Aunque no exista una enfermedad efectiva y activa, a pesar de ello las condiciones de los dientes, del oído y de la vista frecuentemente dejan mucho que desear; tendencias here­dadas y predisposiciones activas causan seria preocupación, y a todo esto deben agregarse dificultades sicológicas, enfermedades mentales y perturbaciones cerebrales específicas. Todo ello pre­senta un cuadro aterrador. La medicina lucha hoy contra los males que va descubriendo; los científicos buscan paliativos y curas y también sólidos y duraderos métodos de extirpación; los estudian­tes investigadores indagan sobre los gérmenes latentes, y los ex­pertos en salubridad buscan nuevos sistemas para enfrentar los ataques de las enfermedades. Sanidad, inoculación obligatoria, frecuentes inspecciones, leyes contra la adulteración de los alimentos, exigencias legales y mejores viviendas, todo ello es aplicado, en esta lucha, por los humanistas de amplia visión. Pero todavía pre­valecen las enfermedades, son necesarios más hospitales y aumenta la mortalidad.
Ciencia Mental, Nuevo Pensamiento, Unity y Christian Science ofrecen su ayuda a estos agentes prácticos y tratan honestamente de que el poder de la mente influya sobre el problema. En la actual etapa estos agentes y grupos están en gran parte en manos de fa­náticos y personas ignorantes y devotas; rechazan todo compromiso y parecen ser incapaces de reconocer que el conocimiento acumu­lado por la medicina y por quienes trabajan científicamente con el cuerpo humano, es tanto un don de Dios como lo es su ideal, aún no comprobado. Más adelante, las verdades que estos grupos sos­tienen serán agregadas al trabajo de los sicólogos y los médicos; cuando esto sea realizado tendremos un gran mejoramiento. Cuan­do el trabajo del médico y del cirujano, en relación con el cuerpo físico, sea reconocido como esencial y bueno, cuando los análisis y las conclusiones de los sicólogos complementen su trabajo y cuan­do el poder del recto pensar se emplee también como ayuda, sólo entonces entraremos en una nueva era de bienestar.
A las diversas categorías de dificultades debe también agre­garse todo un grupo de enfermedades que son más estrictamente mentales en su efecto: desdoblamiento, demencia, obsesiones, lap­sus mentales, aberraciones y alucinaciones. A los variados agentes curadores mencionados anteriormente debería agregarse el trabajo emprendido por los Miembros de la Jerarquía espiritual y Sus discípulos; es necesario el poder y el conocimiento del alma más la sabiduría de los otros grupos de curación para lograr la salud de los pueblos; desocupar nuestros sanatorios y desembarazar a la humanidad de sus enfermedades básicas, de la insania y la obse­sión, y para prevenir la delincuencia. En definitiva esto se llevará a cabo por la correcta integración del hombre mediante la correcta comprensión de la naturaleza de la energía y el correcto cono­cimiento del sistema endocrino, sus glándulas y relaciones más sutiles.
En la actualidad muy poco trabajo coherente e Integrado reali­zan al unísono los cuatro grupos siguientes:


  1. Clínicos y cirujanos -ortodoxos y académicos.

  2. Sicólogos, neurólogos y siquiatras.

  3. Curadores mentales y los trabajadores del Nuevo Pensamien­to, más los pensadores de Unity y de Christian Science.

  4. Discípulos entrenados y quienes trabajan con las almas de los hombres.

Cuando estos cuatro grupos puedan ser llevados a una estrecha relación y trabajen juntos para liberar a la humanidad de las en­fermedades, entonces llegaremos a comprender la verdadera mara­villa del ser humano. Algún día tendremos hospitales en los cuales los cuatro aspectos de este trabajo médico y medicamentoso actua­rán paralelamente, en la más plena colaboración. Ningún grupo puede realizar una tarea completa sin los demás; todos son interdependientes.


La incapacidad de tales grupos en reconocer el bien en los de­más grupos que se esfuerzan por lograr el bienestar físico de la humanidad, casi me imposibilita dar una enseñanza más específica y hablar más directamente sobre estas cuestiones. ¿Poseen ustedes una remota idea de la barrera de pensamientos y palabras antagó­nicas contra la cual tiene que chocar una idea nueva o precursora? ¿Han considerado alguna vez seriamente el conglomerado de cris­talizadas formas mentales que deben enfrentar todas las ideas nuevas y podría llamarlas proposiciones jerárquicas? ¿Han calcu­lado el peso de las preconcebidas y antiguas determinaciones que deben ser removidas antes de que la Jerarquía pueda hacer pe­netrar un nuevo y necesario concepto en la conciencia del público reflexivo, o debería decir irreflexivo? Es muy difícil trabajar en el campo de la medicina, pues el tema es muy íntimo y el temor se Introduce fuertemente en las reacciones de aquellos a quienes debe llegar. El abismo entre lo viejo y establecido y lo nuevo y espiri­tualmente exigido, necesita una prolongada y cuidadosa unifica­ción. Gran parte de la dificultad es, en forma curiosa, fomentada por las nuevas escuelas de pensamiento. La medicina ortodoxa es lenta, y debidamente lenta, en adoptar nuevas técnicas y métodos; a veces es demasiado lenta, pero cuando se trata de nuevos sistemas de tratamiento o diagnóstico, deben ser correctamente demostrados y estadísticamente comprobados antes de que puedan ser incorporados a los programas y métodos médicos: los riesgos para el ser humano son muy grandes y el buen médico humanitario no convertirá a su paciente en el objeto de experimentación. Sin em­bargo, en las últimas pocas décadas, la medicina ha avanzado a pasos agigantados; la ciencia de la electricidad y la terapéutica, mediante la aplicación de la luz y muchas otras técnicas y métodos modernos, han sido agregadas a otras varias ciencias de las que se vale la medicina. Las exigencias de lo intangible y el tratamiento de lo nebuloso -si tales términos peculiares son apropiados- han sido acrecentadamente reconocidos y se sabe que desempeñan una parte ortodoxa y conocida en los nuevos acercamientos a la enfermedad.
El acercamiento de las escuelas y cultos mentales, tal como erróneamente se los denomina, no han sido de mucha ayuda. Esto en gran parte es culpa de ellos. Las escuelas de pensamiento como Ciencia Mental, Nuevo Pensamiento, Unity, Christian Science, acti­vidades quiroprácticas, los esfuerzos de los naturópatas y muchos otros, perjudican su causa, debido a las desmedidas proclamas y a sus incesantes ataques a la medicina ortodoxa y a otros canales de comprobada utilidad y también al conocimiento adquirido, durante siglos de experimentación, por las escuelas académicas de medicina y cirugía. Olvidan que la mayoría de sus pretendidos éxitos (fre­cuentemente irrefutables) pueden ser clasificados bajo la denomi­nación general de curaciones por la fe, lo cual puede ser efectuado correcta o incorrectamente. Tales curaciones han sido reconocidas durante mucho tiempo por los pensadores académicos y se sabe que son reales. Estos cultos, que en realidad son custodios de las verdades necesarias, ante todo deben cambiar su acercamiento y aprender la naturaleza espiritual de las concesiones, en estos días de desarrollo evolutivo. Sus ideas no pueden tener una plena y deseada utilidad, fuera del conocimiento que Dios ya ha otorgado y la medicina ha acumulado en el transcurso de las épocas, y tam­bién mantener un registro de sus numerosos fracasos y de los éxi­tos que tan ruidosamente proclaman. Quisiera puntualizar aquí que estos éxitos no son de ningún modo tan numerosos como los de la medicina ortodoxa ni el trabajo benéfico realizado en las clínicas de nuestros hospitales, que -a pesar de los fracasos y a menudo burda estupidez- alivian grandemente los dolores y males de las masas humanas. Estos cultos no dicen ni siquiera reconocen, que en los casos de enfermedad grave o accidente, el paciente está físicamente incapacitado de afirmar o reclamar la curación divina, y depende del trabajo de algún curador que actúa sin conocer el karma del paciente. La mayoría de las denominadas curaciones (y tal es el caso de la medicina ortodoxa) se debe a que no ha llegado el momento final para el paciente, que de todas maneras se hubiera recuperado (aunque lo hace frecuentemente) con rapidez, debido a las medidas medicamentosas del médico entrenado.
En los casos de graves accidentes, donde las personas acciden­tadas sangran, el que pertenece a un culto (no importa cual sea) forzosamente aprovechará los métodos de los médicos ortodoxos; aplicará, por ejemplo, un torniquete y adoptará las medidas que la medicina ortodoxa prescribe, en vez de permanecer inactivo y dejar morir a la persona accidentada, por no utilizar esos métodos. Cuando enfrenta la muerte, frecuentemente empleará los probados y comprobados métodos de ayuda y comúnmente acudirá a un mé­dico antes de ser culpado de asesinato.
Todo lo que he dicho no ha sido con el espíritu de menosprecio, sino en un esfuerzo por probar que las numerosas escuelas de pen­samiento -ortodoxa, académica, antigua, material o espiritual, nueva, precursora o mental- son interdependientes y necesitan unirse en una gran ciencia de curación. Esta ciencia curará al hom­bre y pondrá en juego todos los recursos -físico, emocional, men­tal y espiritual- de que la humanidad es capaz. La medicina orto­doxa está más dispuesta a colaborar con los nuevos cultos, que los neófitos de la ciencia del control mental de la enfermedad; ellos no pueden, sin embargo, permitir que sus pacientes se conviertan en cobayos (¿no es éste el término que se emplea en estos casos?) para satisfacción de los cultores precursores y para probar su teo­ría -no importa cuán correcta sea, cuando es aplicada conjuntamente con lo que ya ha sido comprobado. El camino medio de las concesiones y de la mutua colaboración es siempre el más inteli­gente, y constituye una lección muy necesaria en todos los sectores del pensar humano.
Ahora entraremos a tratar la tercera y parte final de los con­ceptos acerca de las causas básicas de la enfermedad. El tema del karma ha sido escasamente considerado y lo trataré extensamente, quizás más de lo que este particular tema merece.
CAPITULO TERCERO
Nuestras Deudas kármicas
INTRODUCCIÓN
HEMOS LLEGADO a la parte final de nuestro acercamiento al problema de la enfermedad. En la parte siguiente trataré la actitud y temperamento del paciente, teniendo en consideración su rayo y también el estado mental del curador; todos estos puntos son de primordial importancia cuando se considera el sutil arte de la curación. Sin embargo, es esencial que la mala salud, las enfermedades graves y la muerte misma, ocupen su lugar en el panora­ma total. Una determinada encarnación no es un acontecimiento aislado en la vida del alma, sino parte y aspecto de una secuencia de experiencias destinadas a conducir a una meta clara y definida, meta elegida libremente, retorno deliberado de la materia al es­píritu y eventual liberación.
Se habla mucho entre los esoteristas (particularmente en la presentación oriental del Sendero hacia la Realidad) acerca de la liberación. La meta que se le presenta al neófito es la liberación, libertad, emancipación; esto, en definitiva, es la nota clave de la vida misma. El concepto que prevalece es la transición del reino de lo puramente egoísta y de liberación personal a algo más amplio e importante. Este concepto de liberación subyace en el amplio y moderno empleo de la palabra “libertad”, pero tiene un significado más sabio, apropiado y profundo. La libertad, en la mayoría de las mentes, consiste en liberarse de las reglas impuestas por cualquier hombre, en tener libertad para hacer lo que uno desea, pensar co­mo uno determina y vivir como uno prefiere. Esto es como debería ser, siempre y cuando los propios deseos, preferencias, pensamien­tos y anhelos estuvieran libres del egoísmo y dedicados al bien de la totalidad, lo cual sucede muy raras veces.
La liberación es mucho más que todo esto; consiste en liberarse del pasado, tener libertad para progresar en ciertas y predetermi­nadas líneas (predeterminadas por el alma) y también para ex­presar toda la divinidad de que uno es capaz como individuo, o una nación puede manifestar al mundo.
Durante la historia de los últimos dos mil años se han producido cuatro grandes acontecimientos simbólicos, los cuales secuencial­mente han presentado (a quienes tienen ojos para ver, oídos para oír y mente para interpretar) el tema de la liberación, no sim­plemente el de la libertad.


  1. La vida del Cristo. Él, por primera vez, presentó la idea del sacrificio del ente, consciente y deliberadamente ofrecido pa­ra servir a la totalidad. Han habido otros Salvadores del Mun­do, pero las cuestiones involucradas no fueron expresadas con tanta claridad, porque la mente del hombre no estaba preparada para captar las implicaciones. Servicio es la nota clave de la li­beración. Cristo fue el Servidor ideal.




  1. La firma de la Carta Magna. Este documento fue firmado en Runnymede, durante el reinado del Rey Juan, el 15 de junio de 1215. d.C. En él fue presentada la idea de la liberación de la autoridad, poniendo el énfasis sobre la libertad personal y los derechos del individuo. El crecimiento y desarrollo de esta idea básica, el concepto mental y la percepción formulada, pueden clasificarse en cuatro fases o capítulos:




  1. La firma de la Carta Magna, acentuando la libertad per­sonal.




  1. La fundación de la República Francesa con su énfasis sobre la libertad humana.




  1. La Declaración de la Independencia y la Carta de Derechos, que determinó la política nacional de Norte América.




  1. La Carta del Atlántico y de las Cuatro Libertades, llevando toda la cuestión dentro del campo internacional y garanti­zando a los hombres y mujeres de todo el mundo la libertad y liberación para desarrollar la divina realidad en sí mismos.

El ideal se ha esclarecido gradualmente en tal forma, que hoy las masas de hombres de todas partes, conocen las cosas básicas esenciales para la felicidad.




  1. La emancipación de los esclavos. La idea espiritual de la li­bertad humana, que llegó a ser un ideal reconocido, se convir­tió en un imperativo deseo, teniendo lugar un gran aconteci­miento simbólico -los esclavos fueron libertados-, que al igual que todas las cosas que hace el ser humano, es imperfecta. El negro no es libre en esta tierra de los libres, y Norteamérica tendrá que limpiar su casa a este respecto; poniendo esto en concisas y claras palabras, los Estados Unidos de Norteamérica deben procurar que la Constitución y la Carta de Derechos sean una realidad y no un sueño. Únicamente así puede ser neutra­lizada inevitablemente la actuación de la Ley de Karma (nues­tro tema de hoy). El negro es tan norteamericano como lo es el ciudadano de Nueva Inglaterra y toda otra estirpe no oriunda de ese país, correspondiéndole los derechos que otorga la cons­titución de dicho país. Hasta ahora los privilegios que ella con­fiere están restringidos por los esclavos del egoísmo y el temor.




  1. La liberación de la humanidad por las naciones unidas. Par­ticipamos de un gran hecho espectacular y simbólico y observa­mos su proceso. La liberación del individuo ha progresado a través de la liberación simbólica de un sector de la humanidad (los remanentes de las dos primeras razas, lemuria y atlante) y la liberación de millones de seres humanos, esclavizados por las fuerzas del mal, por millones de sus semejantes. El ideal ha llegado a ser un esfuerzo mundial práctico en el plano físico y ha demandado también un sacrificio mundial. Ha involucrado la totalidad de los tres mundos de la evolución humana, y por esta razón Cristo puede ahora conducir Sus huestes y ayudar a los seres humanos a liberar al género humano.

¿Qué ha sucedido realmente en la vida de los individuos, en la vida de las naciones y en la vida de la humanidad? Un grandioso movi­miento ha tenido lugar para corregir un mal muy antiguo y para contrarrestar conscientemente la Ley de Causa y Efecto mediante el reconocimiento de las causas en los mundos personal, nacional e internacional, las cuales produjeron los efectos que sufre hoy la humanidad.


La Ley del Karma es actualmente un grande e incontrovertible hecho en la conciencia de la humanidad. Quizás no la denominen así, pero es bien consciente que en todos los acontecimientos las naciones actuales están cosechando lo que han sembrado. Esta gran ley -que en una época fue una teoría- es ahora un hecho com­probado y un factor reconocido por el pensamiento humano. La pregunta por qué tan frecuentemente formulada, hace surgir con frecuente inevitabilidad el factor causa y efecto. Los conceptos que se tienen acerca de la herencia y el medio ambiente son esfuerzos hechos para explicar las condiciones humanas existentes; cualida­des, características raciales, temperamentos nacionales e ideales, comprueban el hecho de que existe algún mundo iniciador de cau­sas. Las condiciones históricas, las relaciones entre naciones, las restricciones sociales, las convicciones religiosas y las tendencias, pueden ser atribuidas a causas originantes, algunas de ellas muy antiguas. Todo lo que acontece en el mundo de hoy y que afecta tan poderosamente a la humanidad -cosas bellas y horribles, modos de vivir, civilización y cultura, prejuicios y preferencias, adquisi­ciones científicas y expresiones artísticas y las innumerables mane­ras con que la humanidad cobra la existencia de todo el planeta- son aspectos de efectos iniciados por los seres humanos, en alguna parte, en algún nivel y época, ya sea en forma individual o en masa.
Por lo tanto, karma es lo que el Hombre -el Hombre celestial en el cual vivimos toda la humanidad, el género humano como gru­po de naciones y el hombre individual- ha instituido, llevado a cabo, fomentado, realizado o no, en el transcurso de las épocas hasta el momento actual. Hoy el fruto está maduro, y el género humano está cosechando lo que ha sembrado, en preparación para arar nuevamente en la primavera de la nueva era, sembrando nuevas simientes que producirán una mejor cosecha (roguemos y espere­mos que así sea).
Una evidencia muy destacada de la Ley de Causa y Efecto es la raza judía. Todas las naciones comprueban esta Ley, pero pre­fiero referirme al pueblo hebreo, porque su historia es bien cono­cida y su futuro y destino son temas de preocupación mundial y universal. Los judíos han tenido siempre un significado simbólico; resumen en sí -como nación, a través de las épocas- las profun­didades de la maldad humana y las alturas de la divinidad humana. Su historia agresiva, tal como está narrada en El Antiguo Tes­tamento, va a la par de las presentes actuaciones alemanas; sin embargo Cristo era judío y la raza hebrea lo engendró. Esto nunca debe olvidarse. Los judíos fueron grandes agresores; despojaron a los egipcios y tomaron la Tierra Prometida a punta de espada, sin perdonar hombres, mujeres y niños. Su historia religiosa ha sido erigida alrededor de un Jehová materialista, posesivo, codicioso, que fomentaba y alentaba la agresión. Su historia simboliza la historia de todos los agresores, y su propio razonamiento los lleva a la convicción que están cumpliendo con un propósito divino, arre­batando a los pueblos sus propiedades en un espíritu de autodefensa y buscando alguna razón, adecuada para ellos, a fin de disculpar su inicua acción. Palestina fue tomada por los judíos porque era “una tierra rebosante de leche y miel”, y proclamaron que la acción fue emprendida obedeciendo a un mandato divino. Más tarde el simbolismo se hizo más interesante. Se dividieron en dos: los israelitas con su sede en Samaria, y los judíos (es decir, dos o tres tribus especiales extraídas de las doce) ubicados alre­dedor de Jerusalén. El dualismo prevalece en sus creencias religio­sas; fueron aleccionados por los saduceos y fariseos, y esos dos grupos estuvieron en constante conflicto. Cristo vino como miem­bro de la raza judía, pero ellos Lo negaron.
Hoy la ley actúa y los judíos pagan el precio, de hecho y sim­bólicamente, de todo lo que han efectuado en el pasado. Están demostrando los efectos, de largo alcance, de la ley. De hecho y simbólicamente representan una cultura y civilización; de hecho y simbólicamente son la humanidad; de hecho y simbólicamente representan lo que siempre han elegido representar, la separación. Se consideran como el pueblo elegido y tienen una conciencia in­nata de ese elevado destino, olvidando su papel simbólico y que el pueblo elegido es la Humanidad y no una fracción pequeña y sin importancia de la raza. De hecho y simbólicamente anhelan la unidad y la cooperación, sin embargo, no saben cómo cooperar; de hecho y simbólicamente constituyen el “Eterno Peregrino”, y son la humanidad que deambula por los laberintos de los tres mundos de la evolución humana, contemplando con ansiosos ojos la tierra prometida; de hecho y simbólicamente se asemejan a las masas de hombres, rehusando comprender el propósito espiritual subyacen­te en todos los fenómenos materiales, rechazando al Cristo interno (tal como lo hicieron hace siglos dentro de sus fronteras), codi­ciando el bien material y desechando constantemente las cosas del espíritu. Claman por la así llamada restitución de Palestina, arre­batándola a quienes la han habitado durante muchos siglos, y por el continuo énfasis que ponen sobre las posesiones materiales pier­den de vista la verdadera solución, la cual consiste, otra vez sim­bólicamente y de hecho, en ser asimilados a todas las naciones y fusionados con todas las razas, demostrando así el reconocimiento de la Humanidad Una.
Es interesante observar que los judíos que habitaron al sur de Palestina, cuya ciudad principal fue Jerusalén, lograron hacer esto y se fusionaron y asimilaron a los británicos, holandeses y france­ses, en una forma que los israelitas, gobernados desde Samaria, nunca lo hicieron. Pongo esto a vuestra consideración.
Por lo tanto, si la raza judía recordara su elevado destino sim­bólico y el resto de la humanidad se viera a sí misma en el pueblo judío, y si ambos grupos hicieran resaltar el hecho de la estirpe humana y se abstuvieran de pensar en sí mismos en términos de unidades nacionales y raciales, cambiaría radicalmente el karma retributivo actual de la humanidad, en un buen karma recompen­sador en el futuro.
Considerando esta cuestión desde una visión de largo alcance (mirando hacia atrás históricamente y hacia adelante con esperan­za), es un problema que los judíos mismos deben aportar su mayor contribución para solucionarlo. Nunca han enfrentado cán­dida y honestamente (como raza) el problema de por qué la mayoría de las naciones, desde la época egipcia, no los han aceptado ni querido. Siempre ha sido así en el transcurso de los siglos. Sin embargo, debe haber alguna razón innata en el pueblo mismo cuando la reacción es tan general y universal. Han encarado su penoso problema por medio de la súplica, angustiadas quejas o in­fausta desesperación. Su demanda ha sido de que las naciones gen­tiles corrijan las cosas, y muchas ya han intentado hacerlo. Sin embargo, hasta que los mismos judíos no enfrenten la situación y admitan que puede constituir para ellos la actuación del aspecto retributivo de la Ley de Causa y Efecto, y hasta que no hagan un esfuerzo para verificar lo que hay en ellos como raza, que ha ini­ciado su antigua y desesperada suerte, esta cuestión básica mundial permanecerá tal como ha sido desde la misma noche de los tiem­pos. Es inalterablemente verdad que dentro de la raza existen y han existido siempre grandes hombres, buenos, justos y espiritua­les. Una generalización nunca es una completa expresión de la verdad, pero contemplando el problema de los judíos en tiempo y espacio, en la historia y hoy, los puntos que he señalado merecen una cuidadosa consideración de su parte.
Lo dicho, de ninguna manera mitiga la culpa de quienes han abusado tan penosamente de los judíos. ¿No es verdad que hay un proverbio que dice que “dos negros no hacen un blanco”? La con­ducta de las naciones hacia los judíos, que culminaron en las atro­cidades del segundo cuarto del siglo veinte, no tienen excusas. La ley debe actuar inevitablemente. Aunque gran parte de lo que les ha sucedido originó en su historia pasada y en su pronunciada acti­tud separatista, su no asimilación y su énfasis puesto sobre los bienes materiales, sin embargo, los factores que han traído el mal kar­ma sobre ellos incurren igualmente en el aspecto retributivo de la misma ley; la situación ha asumido ahora la forma de un círculo vicioso de errores y hechos equívocos, de retribución y venganza, y en vista de ello debe llegar el momento en que todas las naciones consultarán este problema y cooperarán para terminar con las actitudes erróneas por ambas partes. Todo karma de naturaleza maligna, se resuelve mediante una aceptación voluntaria, un amor cooperativo, un franco reconocimiento de la responsabilidad y un hábil reajuste de la actividad conjunta y unida, para obtener el bien de toda la humanidad y no sólo el bien individual de una na­ción, un pueblo o una raza. El problema judío no se solucionará posesionándose de Palestina, con lamentos y demandas y con manipulaciones financieras. Esto sólo sería la prolongación de antiguos errores y condiciones materiales. El problema se solucionará por la disposición del judío a adaptarse a la civilización, al trasfondo cultural y al “standard” de vida de la nación a la cual -por dere­cho de nacimiento y educación- está relacionado y debe asimi­larse. Ello vendrá, renunciando al orgullo de raza y al concepto de selección; vendrá por el renunciamiento de dogmas y costumbres, que son intrínsecamente caducos y crean puntos de constante irri­tación en la matriz dentro de la cual se halla el judío; vendrá cuando el egoísmo en las relaciones comerciales y en las pronun­ciadas tendencias manipuladoras del pueblo hebreo sea reempla­zado por actividades menos egoístas y más honestas.
El judío, debido a su rayo y grado de evolución, sobresale como creador y artista. Esto debe reconocerlo, y no tratar, como hace ahora, de dominar todos los campos, de aprovechar las oportunida­des de los demás pueblos para su mejoramiento y el de su propio pueblo, a expensas de los otros. La liberación de la presente situa­ción vendrá cuando el judío olvide que es judío y llegue a ser en su más íntima conciencia, italiano, americano, inglés, alemán o polaco. Esto no sucede ahora. El problema judío, pero no el del negro, será resuelto por el matrimonio entre razas. Esto significará hacer concesiones por parte de los judíos ortodoxos -no las con­cesiones por conveniencia, sino por convicción.
Quisiera también señalar que así como la Kábala y el Talmud son líneas secundarias y materialistas en su técnica de acercamien­to esotérico a la verdad (encierran mucho trabajo mágico para relacionar materia de cierto grado con sustancia de otro grado), así el Antiguo Testamento es enfáticamente una Escritura secun­daria, y espiritualmente no está a la altura del Bhagavad Gita, la antigua Escritura de Oriente, y del Nuevo Testamento. Su énfasis es material y su efecto consiste en imprimir en la conciencia mun­dial un Jehová puramente materialista. El tema general de El An­tiguo Testamento es la recuperación de la más alta expresión de la sabiduría divina en el primer sistema solar; este sistema per­sonificó el trabajo creador del tercer aspecto de la divinidad, el de la inteligencia activa, expresándose a través de la materia. En el actual sistema solar, el mundo creado está destinado a ser la ex­presión del segundo aspecto, el amor de Dios. Los judíos nunca han comprendido esto, porque el amor expresado en El Antiguo Testamento es el amor separatista y posesivo de Jehová por un grupo característico dentro del cuarto reino o reino humano. San Pablo resumió la actitud que debe asumir la humanidad con las palabras “No existen judíos ni gentiles”. El mal karma de los ju­díos está destinado a terminar con su aislamiento, a llevarlos al punto de abandonar los objetivos materiales, al renunciamiento de una nacionalidad que tiende a ser parásita dentro de las fron­teras de otras naciones, y a expresar un amor incluyente, en lugar de una separatividad desgraciada.
¿Y cuál deberá ser la actitud de los gentiles? Es absolutamente necesario que las naciones se acerquen al judío algo más de la mitad del camino, cuando llegue a alterar, lenta y gradualmente, su ortodoxia nacionalista. Es esencial que cesen sus temores, per­secuciones y odios, no oponiendo barreras a la colaboración. El creciente sentimiento antisemita en el mundo es inexcusable a los ojos de Dios y del hombre. No me refiero aquí a las abominables crueldades del obsesionado pueblo alemán. Detrás de ellos reside la historia de las relaciones atlantes, que no es necesario detallar porque no podría comprobarles la verdad de mis exposiciones. Me refiero a la historia de los últimos dos mil años y a la conducta cotidiana de los pueblos gentiles de todas partes. Debería realizarse un definido esfuerzo por parte de los ciudadanos de cada país para asimilar a los judíos, establecer lazos matrimoniales con ellos y negarse a reconocer como barreras a los antiguos hábitos men­tales y antiguas y malas relaciones. Los hombres de todas partes deberían considerar como un estigma sobre su integridad nacional si apareciera dentro de sus fronteras la antigua dualidad judíos y gentiles. No hay ni judíos ni gentiles; sólo existe la Humanidad. Esta guerra (1914-1945) podría decirse que ha terminado con la antigua enemistad entre judíos y gentiles y ambos grupos tienen ahora la oportunidad de iniciar un nuevo y feliz modo de vivir y una verdadera relación colaboradora por ambas partes. El proceso de asimilación será lento porque la situación es de tan antigua data que los hábitos mentales, las actitudes habituales y las cos­tumbres separatistas están muy bien establecidas y son difíciles de superar. Pero los cambios necesarios podrán realizarse si la buena voluntad se halla detrás de la palabra hablada y escrita y en el modo de convivir. La Jerarquía no hace ninguna diferencia. El Guía de la Jerarquía, aunque no se halla en un cuerpo judío en la actualidad, logró la meta espiritual más elevada para la humanidad mientras poseía un cuerpo judío. La Jerarquía también está enviando a ciertos discípulos en cuerpos judíos a fin de que trabajen intensamente para cambiar la situación. Hoy, son muy pocos los judíos que no piensan como tales, ni se preocupan del problema judío excluyendo a todo lo demás, y tratan de fusionar a todos los pueblos en una sola humanidad, eliminando así la separación.
Repito, los Maestros de Sabiduría no ven judíos ni gentiles, sino almas e hijos de Dios.
Al tratar el tema del karma como un factor decisivo y durade­ro -tanto en la enfermedad como en la salud-, una de las críticas a que están sujetas mis instrucciones es que hago demasiadas ge­neralizaciones y no un análisis detallado y específico de determi­nadas enfermedades, particularmente respecto a las grandes enfer­medades básicas que producen tantos estragos en la humanidad y que no han sido fundamentalmente extirpadas. No me ocupo de sus síntomas o de su curación, ni indico técnicas por las cuales puedan ser tratadas. Creo que debo referirme a esta crítica a fin de que continúen su estudio sin ninguna aprehensión. Este punto es propicio para detenerme y enfrentar esta acusación. El karma es lógicamente un tópico general y no específico; el público en general no lo ha aceptado aún en su sentido esotérico. Debe ser considerado a grandes rasgos hasta el momento en que la Ley de Causa y Efecto sea aceptada en la conciencia humana como el principal factor condicionante, no sólo en amplia escala sino en relación con las vidas individuales. El público aún ignora total­mente esta ley.
Evidentemente es innecesario que me ocupe del aspecto sin­tomático de las enfermedades y de los hechos que han sido tan hábilmente investigados por la ciencia médica ortodoxa. He con­siderado, en forma algo extensa, las causas de tales enfermedades y expondré los métodos esotéricos de la curación -siempre que la Ley del Karma permita tales curaciones y el curador esté dis­puesto a trabajar en forma esotérica. He intentado aclararles que la causa fundamental está relacionada con la energía, cuando hay excesiva o escasa afluencia a través de los centros. Tenemos aquí los dos principales factores que producen las enfermedades. Es esencial que quienes estén interesados en el estudio de la enferme­dad y su curación, acepten esto y permitan que constituya la base de su acercamiento. He indicado que la medicina y el tratamiento médico, en el futuro, partirá de este hecho como primera iniciativa. No niego la naturaleza real de los descubrimientos médicos. Trato de llevar adelante este tópico comenzando desde ese punto; no for­ma parte de mi programa ignorar los sabios descubrimientos de la ciencia médica moderna, tampoco apoyo a esos grupos de personas que menoscaban y rehusan admitir los hallazgos de la medicina moderna. Esto lo he remarcado anteriormente. Quisiera indicar la tendencia de las investigaciones médicas futuras, que consistirá en descubrir el origen de la dificultad en el reino de la vitalidad (tal como lo han denominado los investigadores ortodoxos), y que con­sideramos como el reino del cuerpo etérico. Permítaseme hacer una afirmación práctica que podría considerarse en este tratado como la siguiente regla:





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