Cuesta creer que la persona que se presenta con timidez y después invita con humildad a desviar el centro de la charla desde e



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Carlos Campelo trabajó en el Bancadero, y considero que, junto con Raúl Camino, son dos profesionales que crearon modelos de terapia innovadora y, lo principal, adaptadas a la atención de la población más necesitada, con gran eficiencia y mínimo costo de infraestructura por la originalidad en el uso de recursos alternativos.

Nota de Alfredo Moffatt

C

CARLOS CAMPELO : EL Dr AUTOAYUDAA

Nota de Leonardo Torresi Diario Clarín 13-11-1994
El Licenciado Carlos Campelo(52), es Jefe de Salud Mental del Hospital Pirovano, donde armó unos 300 grupos y talleres de autoayuda sobre temas que van desde el yoga hasta la tristeza dominguera, el alcoholismo, la cocina o la paternidad. Campelo cree que lo que convoca a casi 3000 vecinos es que nadie les dice lo que deben hacer.
Cuesta creer que la persona ­que se presenta con timidez y después invita con humildad a desviar el centro de la charla desde el relato de su propia historia hacia la atípica actividad en el campo de la salud mental del hospital púb­lico, sea la misma que un rato más tarde afirma que de todo lo que hace «nada es desintere­sado", y que lo único que persigue es ganarse "la post-mortalidad". Pero Carlos Campelo obedeció a los deseos que acunó en sus tiempos de estudiante univ­ersitario, y de unos años a esta parte logró transformarse en el inventor y sustento del Pro­grama de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, un enor­me centro de autoayuda al que concurren casi tres mil vecinos que tienen como únicos puntos en común la residencia en el ba­rrio de Belgrano o alrededores y la adhesión incondicional a una máxima: “Cualquier cosa está bien si yo me animo a conversar de ella".

Campelo, "culpable" de que la autoayuda dejara de ser pecado en el ámbito del hospital público, cree que existe una asfixiante tradición: la que sostiene que en los hospitales los que tienen que hacer son los médicos o los profesionales en general. Es que, en versión de este hombre de 52 años, casado, tres hijos, un nieto, vecino de Belgrano R, y "abstemio, no fumador, amante del teatro y del cine e interesado en la religiosidad de las personas" ‑según elige definirse ‑ la salud es ni más ni menos que "el estado que permite a la persona ser lo más libre posible". Para eso, el hospital de Monroe al 3500 ofrece casi 300 grupos de autoayuda, todos fiscalizados con ojos de meticuloso amo por este psicólogo de elegante fanfarronería que es feliz de antemano con sólo fantasear que "cuatro o cinco años después que me haya muerto, alguien todavía hablará de mí". Es aquello de la post-mortalidad.


Mejor hablar que curar

Grupos de reflexión e intercambio de experiencias de adictos a las drogas o el alcohol, de diabéticos, de personas obesas o de quienes padecen las difundidas bulimia y anorexia son comunes en las más diversas instituciones públicas y privadas, y en rigor, el programa del Pirovano también los incluye. Pero lo que consiguieron dar a luz Campelo y colaboradores va mucho más allá. Por eso a nadie podrá extrañar por Belgrano y aledaños que alguien le comente que en diez minutos deberá estar en el "Taller de Suicidio", o en el de "Padres que padecen la escolaridad de sus hijos". 0 en el grupo "Mi valor como ama de casa" o uno de los de más fama, el de "La tristeza de los domingos".

El ámbito de los talleres ‑que son absolutamente gratuitos‑ es, casi siempre, algún sector del hospital. Pero como la demanda supera largamente la capacidad, en algunos casos una casa particular, una parroquia y hasta la mesa de un bar sirven de apoyo. Campelo está al tanto de todo lo que sucede, aunque participa en persona de apenas un puñado de grupos. Los demás son coordinados por los "animadores": psicólogos o vecinos comunes que pasan o han pasado por el problema que se trata en el grupo.

Campelo explica que en el Pirovano "nadie le dice a la gente que tiene que dejar de hacer lo que hace, ni lo adoctrina sobre lo que tiene que hacer. No se busca curar a nadie, sino conversar". Claro como el agua: "Trabajamos con casos de violencia doméstica. Si el que viene luego quiere seguir pegando, es algo que está fuera de nuestro alcance. Nosotros a lo sumo le ofrecemos que hable de la violencia, que aprenda a convivir con ella".

Para Campelo, la fórmula del éxito está, justamente, en no haber encarado el trabajo desde los pedestales de la verdad, o la certeza de lo correcto y lo incorrecto. "La gente viene porque sabe que tiene la garantía de que no le vamos hacer cambiar su forma de pensar" afirma consciente, de cualquier manera, de que la terapia colectiva surte efecto.
Rey de barrio

El porteño Campelo se autodefine como un poco autocrático: "Yo soy de la idea de que el vecino que se suma al programa debe pensar qué es lo que tiene ganas de hacer, y después ya no lo dejo hacer ninguna otra cosa; soy un capanga", afirma el psicólogo que seguramente no soñaba con transformarse en el «carismático rey de barrio" que hoy asegura ser cuando era un estudiante "cumplidor, peinado a la gomina y cuadro de honor" del Nacional de Liniers. Había decidido estudiar "Filosofía y Letras". Al quedar notificado por un profesor de que en realidad se trataba de dos carreras diferentes optó por la segunda, sólo por contrariar el ferviente deseo de quienes lo habían traído al mundo de que el nene estudiara para abogado.

"En Letras ‑relata tentado de risa­ - conocí a una alumna. Fuimos al cine. Yo me empecé a ratonear, pero cuando se terminó el curso me olvidé de pedirle el teléfono. Yo sabía que ella iba a estudiar psicología y entonces, nada más que para volver a verla, me anoté en psicología". Final predecible: a la dama se la tragó la tierra y el joven Campelo terminó cursando con entusiasmo creciente una carrera en la que había desembarcado detrás deunas simples polleras.

Las ideas que vertebran el tra­bajo comunitario que hoy desa­rrolla en el Pirovano se remon­tan a 1968, cuando Campelo trabajaba en el primer programa municipal de Salud Mental. Re­cuerda que con anterioridad a esa experiencia "no existía este tipo de servicios en los hospitales pú­blicos, porque se decía que la sa­lud mental era cosa de los loque­ros” En 1976 fue designado al frente del Centro de Salud Men­tal número 1 de la Capital. Al po­co tiempo fue echado "por sub­versivo", como tantos profesionales de la época. Pasó el paréntesis de los años oscuros y, por fin, en 1985, logró la concreción del viejo sueño en el hospital de un



barrio donde hoy lo reconocen por la calle. "Son las cosas de la fama, de ser popular... voy por la calle y la gente me identifica, y eso me encanta. Yo les digo a mis chicos “¿Ven? No tenemos coche, pero tenemos prestigio". No oculta el orgullo de sentirse un innovador, ni su alegría por haber transportado el espíritu de su obra en el Pirovano puertas adentro de la Universidad, donde se desempeña como docente. Se lamenta, eso sí, de que los mil y pico de pesos que recibe como salario lo hayan convertido en el Psicólogo municipal "peor remu­nerado de todos". Confiesa que los días de pago se deprime "un poco". De todos modos, atiende en su consultorio particular, aunque nunca mezcla su actividad privada con la del hospital. No se entusiasma demasiado en hablar del resto de su pasiones o prefe­rencias, como si no existiera para él el ocio fuera de una actividad que no ve como un trabajo sino como "un modo de vida”.

"Yo, en el hospital me entre­tengo, me divierto, soy feliz. Pue­do ejercer mi capacidad de pen­sar y de experimentar, y como si esto fuera poco, recibo perma­nentemente el cariño de la gente. ¿Qué más puedo pedir?". Cam­pelo puro.


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