Cuentos paralelos



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CUENTOS PARALELOS

ISAAC ASIMOV

A Kate Medina y Jennifer Brehl, las últimas de la larga cadena de redactores que me han guiado solícitamente (e intimidado algunas veces) a través de las complejidades del oficio de escritor. Muy de vez en cuando escribo un libro que no es idea mía. Éste es uno de ellos. Tengo deseos especiales de hacer saber a todos los lectores que la idea de esta obra no es mía y, por tanto, permítanme explicarles cómo empezó todo.


En 1964 el doctor Howard Gotlieb de la Biblioteca de la Universidad de Boston tuvo la idea de recopilar mis escritos. Esta biblioteca estaba especializada en autores norteamericanos del siglo veinte, título con el que yo cuadraba. Y lo que es más, yo era (y sigo siendo) miembro de la facultad de la Universidad de Boston, por lo que parecía muy conveniente incluirme.
Esto lo juzgué por aquel entonces como una idea grotesca. Consideraba que mis “escritos” eran trastos inútiles (y lo sigo creyendo en la actualidad, en lo más recóndito de mi corazón). Cuando los papeles se acumulaban hasta el punto de ser molestos, yo los quemaba en el fogón para barbacoas de mi casa de Newton, Massachusetts. (No usaba ese fogón para otra cosa. )
Cuando le expliqué esto, el doctor Gotlieb se horrorizó. Me comentó la importancia que tienen los documentos contemporáneos de figuras literarias importantes (y al parecer él se refería a mí cuando utilizó esa frase). También me habló del enorme número de estudiantes de literatura que obtendrán su ansiado título gracias al estudio meticuloso de mis primeros manuscritos, y cuán útil sería ello para los escritores en ciernes de siglos y milenios venideros.
No creí ni una sola palabra, pero el doctor Gotlieb era (y es) uno de los hombres más atentos y agradables jamás creados por una deidad creativa (suponiendo que exista una), y no tuve valor para desilusionarle. Le entregué todo el material que logré encontrar, el que se había salvado de la quema, y posteriormente le envié más papeles conforme iban acumulándose. Gotlieb recibió ejemplares de todos los libros publicados por mí en todas las ediciones disponibles (club del libro, bolsillo, extranjero, etc.). Le envié manuscritos, tanto borradores como copias definitivas. Le envié toda mi correspondencia y cartas de admiradores. Le envié un ejemplar intacto de todas las revistas que contenían un ensayo o un relato firmado por mí, de tal forma que Gotlieb dispone actualmente, por ejemplo, de una colección de veinte años de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, otra de diez años de American Way y todos los números de Isaac Asimov's Science Fiction Magazine. Todo ello permanece guardado en una bóveda especial.
El material acumulado durante estos últimos veinte años y pico es gigantesco y crece sin cesar. Cada quince días cargo con un montón de papeles, revistas y libros hasta la editorial Doubleday, que muy amablemente lo envía por correo a la “bóveda de Isaac”.
Me esfuerzo en no pensar en ello. Algún pobre diablo del despacho del doctor Gotlieb debe verse obligado a revisar, ordenar y clasificar todo el material, y a archivarlo de modo racional para que sea posible encontrar con rapidez cualquier documento solicitado. (Lo sé. A veces he necesitado algo, y ellos lo han encontrado de inmediato. )
También temo las consecuencias finales. Esa bóveda tiene una capacidad limitada. Algún día explotará, y ya imagino los titulares de The Boston Globe: “Explota la Bóveda de Asimov. Los alrededores en ruinas. Veinte muertos y centenares de heridos”.
Y la bóveda y la culpa serán mías.
Con lo dicho tienen ya el primer fragmento de la historia de este libro. Continúen leyendo.
En los últimos cinco anos, más o menos, me he aficionado a publicar antologías de diversas clases, y en gran cantidad. Tengo en mi haber, en este momento, más de ochenta de tales antologías.
Como es lógico, esta actividad atroz supera con mucho mi capacidad. Por tanto, no les sorprenderá saber que en casi todos los casos he contado con la ayuda de otros conspiradores. Los dos más leales y serviciales son Martin Harry Greenberg y Charles G. Waugh. El primero vive en Wisconsin, el segundo en Maine y yo en Manhattan, de forma que estamos muy alejados. Nos mantenemos en contacto mediante cartas, llamadas teletónicas y visitas esporádicas. (Ellos hacen las visitas. Yo no viajo. )
Se trata de una conspiración antológica ideal. Charles posee una inmensa colección de publicaciones y una memoria infalible para todo lo que lee, y se halla profundamente enamorado de una fotocopiadora. De ahí que pueda facilitarnos cualquier clase de relato que nos interesa. En cuanto a Martin, le apasiona irrefrenablemente solicitar autorizaciones, ocuparse de todo el papeleo y recibir y remitir cheques. Además, visita a los editores con el propósito de hipnotizarlos para que se avengan a publicar más y más antologías.
Con esto sólo me queda la tarea de leer el material que me envían tomar decisiones respecto a dónde va cada cosa, redactar introducciones v algunas notas y entregar los manuscritos a los diversos editores (ya que, si hace buen día, a casi todos puedo ir a verlos andando).
Naturalmente, Marty y Charles han acabado teniendo un interés posesivo por mí.
Y, por tanto, comprenderán ustedes que hace un par de años, cuando Charles visitó Boston, uno de los “monumentos” que él quiso ver fue la “bóveda del doctor Asimov”. (Charles es la quintaesencia del anglosajón protestante y nunca me llama por mi nombre de pila, a pesar de que yo le insto a hacerlo en repetidas ocasiones. Marty, tan anglosajón y protestante como yo, es más liberal.)
No sé cuánto tiempo pasó Charles en el sótano, inhalando el fortaleciente olor a papel viejo y escrutando caducos fragmentos de escritos asimovianos, pero al parecer topó con cierto material totalmente olvidado por mí. No estoy seguro de que el material merezca el apelativo de “curiosidad", pero era ciertamente curioso. Lo que interesó en especial a Charles fue que encontró versiones antiguas de algunas obras famosas mías que, por una u otra razón, son notablemente distintas de las publicadas con posterioridad. Charles consideró que algún lector podría estar interesado por estas versiones antiguas. Incluso preparó, a tal efecto, una lista de los relatos.
Mencionó el tema la siguiente vez que habló con Marty, y éste me lo mencionó la siguiente vez que habló conmigo. Marty incluso tenía un título para el libro: Cuentos paralelos.
Mi reacción fue inmediata y entusiástica.
—Marty—dije—, estás loco.
—¿Puedo mencionarlo a Doubleday?—preguntó él.
—Adelante—respondí, riendo de buena gana.
Estaba convencido de que lo echarían a patadas del despacho, acompañado por un torrente de lenguaje ignominioso. “Se lo tiene merecido”, pensé.
Pero o subestimé la persuasión de Marty, o no tuve en cuenta el buen carácter de Kate Medina, por entonces responsable editorial de Doubleday, o ambas cosas a la vez, porque la siguiente vez que surgió el tema me encontré mirando un contrato.
Sin dejar de pronunciar maldiciones en voz baja, escribí al bueno de Howard de la Biblioteca de la Universidad de Boston, y lo siguiente que supe fue que tenía montones de papeles viejos en mi escritorio, una muestra de los escritos mencionados por Charles.
Comprenderán pues por qué reniego de este libro. Algunos de ustedes tal vez piensen: “Bueno, aquí está Asimov y su exagerada vanidad, pensando que alguien va a interesarse por estas tonterías antiguas”. Pero no es así. La culpa corresponde por entero a Howard Gotlieb, Charles Waugh, Martin Greenbergy Kate Medina.
...De todas formas, ya que usted ha ojeado hasta aquí de pie en la librería, nada pierde pagando y llevándose el libro a casa. Howard, Charles, Martin y Kate piensan que el libro interesará, y no me gustaría desilusionarlos.




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