Cuentos Españoles


El cuento de nunca acabar



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El cuento de nunca acabar


 

De Ofelia Dracs


Residencia Sanitaria de la Seguridad Social

“Virgen del Lluc”

SON DURETA (Mallorca)

Unidad de Vigilancia Intensiva

Son Dureta, 15 de agosto de 1980

Señorita Ofélia Dracs

Distinguida señorita:

Nos place adjuntarle unas notas manuscritas del enfermo J( ... ) K(...), al que hemos ingresado en esta unidad desde el 3 de agosto hasta el 13, afectado por shock de origen desconocido y que presentaba afasia parcial, arritmia cardiaca aguda y diversas disfunciones orgánicas. El enfermo J( ... ) K( ... ) fue encontrado en la carretera de Son Carrió a Manacor la noche del 2 al 3 de agosto por un matrimonio alemán. Avisada la guardia civil de Son Carrió fue trasladado por una ambulancia municipal al Dispensario de Manacor y, comprobada la gravedad de su estado, fue posteriormente trasladado a esta Residencia Sanitaria de la Seguridad Social.

A su ingreso en la Unidad de Vigilancia Intensiva, el cuadro clínico del paciente era grave, pero su fuerte complexión y su aparente juventud nos hicieron pensar en una posible recuperación más o menos rápida. La afasia parcial y la perplejidad psicológica que presentaba nos impidió su identificación (no llevaba ningún tipo de documentos) y la averiguación de las causas del colapso. Después de tratarle tres días con calmantes y de aplicarle suero, conseguimos hacer desaparecer las arritmias cardíacas, y la afasia se redujo hasta el punto de posibilitar la comunicación con el paciente. Se identificó como J( ... ) K( ... ) de Barcelona, de vacaciones, residente en Portocristo, sin poder recordar el episodio psicológico que le produjera el colapso. Las investigaciones de trámite de la policía cerraron el caso. Tenía una habitación alquilada en un hotel y era escritor. Nos fue imposible comunicar con algún familiar suyo de Barcelona. El 10 de agosto, vencida. totalmente la afasia, el enfermo solicitó papel y lápiz para escribir. cartas «a los amigos y familiares», nos dijo. La noche del 12 al 13, cuando ya estaba a punto de ser trasladado a una sala de recuperación de la Residencia, desapareció. Y aunque salir de la Unidad es muy difícil, por la vigilancia constante de médicos y enfermeras, J( ... ) K( ... ) pudo escapar, no ya de la sala de Unidad de Vigilancia Intensiva, sino de la Residencia. Avisada la policía, que ha realizado una investigación completísima, no nos ha sido posible dar con él. Entre sus efectos personales (ropa, documentación), encontramos estas notas que le adjuntamos, con su nombre y apartado de correos de Barcelona. Las fantasías y absurdidades del escrito nos han hecho pensar que se trata simplemente de un trabajo literario—y no se lo hemos querido pasar a la policía. La historia narrada contiene puntos verosímiles (todo lo que hace referencia a nuestra Unidad), pero el resto parece más una—fabulación que la cronología de unos hechos.

Le rogamos, estimada señorita, que si tiene noticias de su amigo J( ... )K( ... ) nos lo comunique lo más rápido posible, ya que la policía controla el aeropuerto y los muelles, con la orden de detención preventiva de J( ... )K( ... ) por trastornos mentales.

Cordialmente,

A( ... )F( ... )

Director de la Unidad

de Vigilancia Intensiva

 

Ofelia, guapa, ¡bien que me has jodido! No sé si te lo perdonaré alguna vez. ¡Así que «Lovecraft, Lovecraft»!, ¿eh? Que si una historia de miedo, que si ganaremos un premio... El premio ya me lo he ganado, moza. Y de Lovecraft ni hablar. Te escribo desde la Unidad de Vigilancia Intensiva de la Residencia de Son Dureta. No quiero que nadie lea estas notas porque si lo hicieran me tomarían por un majara. Que puede que lo sea, ¡vete tú a saber! Pero ya sabes que los locos hacen fortuna. Bueno, dejémoslo, que todavía me queda alguna tuerca. Mira, la cosa fue así: recibí tu carta cuando me iba para Mallorca, a pasar unos días. No de vacaciones, no seas mal pensada, sino para currar un rato «al natural». Hacía unos días que lo tenía metido en la cabeza y ya tenía los pasajes, reserva en el hotel... en fin, como un escritor de película. ¡Qué ideas se te ocurren! Ahora una de miedo, a ver si acertamos como en aquello de las «manzanitas». ¡Y ca!



Bueno, pues me fui a Mallorca al siguiente de recibir tu carta. ¿Un cuento de miedo? ¿En Mallorca? Mira, Ofélia, Lovecraft era como era y escribía como escribía por dos motivos: el Atlántico y la religión protestante. ¿Crees que en Mallorca podría encontrar un ambiente propicio para escribir una historia de terror? Esta luz dorada, que ahora mismo —son casi las nueve— se extiende por toda la bahía y que contemplo desde una de las ventanas de la residencia, no puede inspirar miedo. Y una religión aprendida de niño, olvidada desde hace años, mecanizada y sin profundizar, tampoco es ninguna garantía. Así son las cosas, pero era un reto. Ya sabes, querida, que los retos me interesan. Vamos, que los acepto todos.

Una vez instalado en Portocristo, el Puerto de Manacor, como dice aquí, me puse en contacto con A(...)M( ... ), el escritor. Seguro que le conoces, los conoces a todos. Me invitó a cenar a su casa y hablamos horas y horas sobre la muerte y su guardiana. El motivo de la entrevista fue mi libro. El otro, quiero decir. Me contó muchas cosas de la guerra, del desembarco, de lo que pasaba en la zona nacional y de las historias que le contaban sobre los rojos. Recogí muchas notas que tal vez me hubieran servido de ido a aquella iglesia... pero no pasemos al labrador barbudo antes del arado rabudo. Mientras hablábamos del tema que me interesaba, el «otro», ya me entiendes, me bailaba por la cabeza tu reto. Una historia de miedo que pusiese los pelos de punta, la piel de gallina y los ojos en blanco. ¡Jopé! ¿Y si además de escribirla en Mallorca, como un aperitivo, ocurriera allí? Al principio me hubiera gustado algo sobre la Cerdaña, ya lo sabes. Todas aquellas historias de las brujas del cadí, que las he visto, ¿eh?, de las que tantas veces hemos hablado... Pero, ¿por qué no en Mallorca? Inconscientemente arrastré a A(...)M( ... ) hacia el tema. El hombre, que es encantador, se dejo llevar. Pero, la verdad, nada de nada. Las fiestas de demonios en Mallorca son de pan untado con aceite desde la perspectiva que me interesaba. Las historias de brujas, magos, encantamientos, calchonas y gigantes son de una luminosidad tal, de una sencillez tan aplastante que no se les puede sacar partido. A(...)M( ... ) conocía un montón de historias terroríficas. Pero siempre surgía algo falso, una ironía incrédula, ese sarcasmo último que las invalidaba. Bueno, lo deje correr.

Al día siguiente de la conversación con el amigo escritor, alquilé un coche para visitar la zona de los hechos. Quiero decir en dónde desembarcó Bayo. De Punta Amer a Cla Anguila. Me resultaba difícil imaginar la acción de mi novela en unos parajes llenos de hoteles, apartamentos y anuncios de barbacoas, safaris y chambreszimmerrooms. Me bane en s’Illot y decidí comer en el interior de la isla, en algún pueblo que no ofreciera los lujos del turismo de aluvión, sino la sana pobreza de una coca de pisto.

Ya sé, Ofélia, que conoces Mallorca mejor que yo —todo lo conoces mejor que yo— y que me habrías recomendado un hostalito y unas comidas, pero como no estabas, ¡hala!, me metí entre paredes secas, almendros y campos de alfalfa. Pegaba un sol que quemaba el culo a las liebres y el cerebro a los desgraciados que circulaban al mediodía por aquellos andurriales. Por eso, al llegar a Son Carrió hice una parada y busque albergue. El pueblo parecía una lagartija tomando el sol. En el bar de la carretera, con moscas y televisión en color, me ofrecieron una ensalada mallorquina y una coca de pimientos. Me quedé. La coca no valía gran cosa, pero era de saín, quiero decir que no estaba mal, y la ensalada estaba fresca, con unos tomates jugosos y unos pimientos verdes muy tiernos. Me lo comí todo como un hombrecito, me bebí una cerveza helada, y después del café, mientras encendía un cigarrillo fui a pasear por el pueblo.

Ofelia: ¿crees en la mala suerte? Yo, ahora sí. Si en vez de pararme en Son Carrió lo hubiese hecho en Sant Llorenç o en Manacor; si en vez de pasear por el pueblo después de la comida,. hubiese subido al coche y me hubiera largado; y sobre todo, si tú no me hubieses mandado la carta fatídica, pidiéndome un cuento de miedo, al estilo Lovecraft, ahora yo no estaría en la Unidad de Vigilancia Intensiva, con el corazón como una cosa, la cabeza completamente ida y... y muerto de miedo, sí. Miedo a escribir lo que ahora sigue. Miedo a quedarme solo en la oscuridad. Miedo a volver a contemplar la siniestra silueta de aquella iglesia.

Vi la iglesia. Era como todas las iglesias del llano de Mallorca. Monumental. Una copia del románico más tronado, con piedras doradas y una gran torre. ¡Ah!, y, sobre todo, aquella especie de abanico modernista plantificado en la fachada. ¿Qué pintaba un ventanal modernista —totalmente modernista, sin ningún género de duda— en una iglesia supuestamente románica de principios de siglo?

Si te dijera que contenía algo extraño, fúnebre, insondable, mentiría. Sencillamente, sonaría a literario. Era una iglesia pseudo—románica de un pueblo del Levante de la isla que se achicharraba bajo el sol de agosto, Eso sí, cerrada a cal y canto. No es que me interesara demasiado entrar. No, tampoco escuché ninguna voz primigenia y silenciosa que me llamara insistentemente. Oye, nada. Simplemente que quería observar aquel ventanal modernista por dentro. Pero hete aquí que estaba cerrada.

Paseé algo por el pueblo haciéndome el remolón. Fuera por donde fuera siempre acababa en la plazuela de la iglesia. Así es que me fui.

Ya en el Puerto, duchado y refrescado, mientras tomaba el fresco en la terraza, haciendo tiempo para la cena, me di cuenta que pensaba en la iglesia. No me la podía quitar de la cabeza. Insisto, Ofelia, guapa, no de una manera obsesiva, ni enfermiza... más bien de una manera literaria. No sé por qué puñetas se me habían mezclado en la cabeza aquella iglesia y tu carta. Un cuento de miedo al estilo Lovecraft. Y una iglesia supuestamente románica, con un ventanal modernista. Que ya lo sé, chica, las iglesias de Lovecraft son neogóticas, grises, tenebrosas, húmedas, decadentes... Y la iglesia de Son Carrió era —es— de piedra dorada, rotunda, un tanto postiza y, sobre todo, católica militante. Pero bueno, tenía que escribir una historia de miedo, y mi propósito de que ocurriera en Mallorca y en aquella iglesia era tan buena —como otra. ¿No?

A( ... )M( ... ) estaba frente a mí, sonriente. Me sobresalté tremendamente... Las salutaciones de rigor. Excusas. La invitación. Instalados en la terraza del hotel, con sendas cervezas por delante, comenzamos la charla. Que si el calor. Que si el paisaje había cambiado mucho. Que si no sabía cómo terminar la novela. Que si la iglesia de Son Carrió. Finalmente, A(...)M( ... ) me explicó que la iglesia fue construida en el año 1907, con un diseño del padre. Quiero decir del padre Antonio M. Alcover, ¿ya me habías entendido, no? El hombre, durante sus viajes lingüísticos por los Pirineos, se enamoró del románico y, siendo vicario general, se dedicó a construir iglesias románicas por todo el Levante de Mallorca. Como la de Son Carrió. ¿Y el abanico modernista que simula un ventanal en la fachada? Bueno, no es seguro, pero cuentan que cuando el canónigo, el padre Alcover, vaya, o don Toni María (como le llama A( ... )M( ... )) era vicario general llamó al arquitecto Gaudí para arreglar el interior de la Seu. Un día fueron a ver las obras de la iglesia de Son Carrió que casi finalizaban. El padre se quejo del calor que hacía en su interior y entonces el arquitecto le dijo que pusiera un abanico. Y Gaudi realizó el diseño del abanico—ventanal modernista.

Un poco decepcionado retomé la conversación sobre la guerra y mi novela. Pero comenzaba a hacerse tarde, lo que quedaba de la cerveza ya no tenía presión y A( ... )M( ... ) debía cenar, Quedamos para el día siguiente.

Y fue durante la cena cuando se me ocurrió la historia. Algo erudita, es cierto. Pero con Libro Sagrado y todo, tal y como exigen los cánones 1ovecraftianos. En fin, tú, una pasada de esas que tanto me gustan.

Terminé de cenar en un pis—pas, subí a mi habitación para recoger la chaqueta, un cuaderno, la pluma y y una linterna, me metí en un trasto de alquiler, ¡y hacia Son Carrió, que falta gente! No lo tenía que haber hecho, Ofelia, ya lo sé. Pero son esas cosas que te ocurren y que cuando quieres saber por qué las haces, cómo han ocurrido, no puedes desentrañarlas. ¡Las veces que me ha pasado! De repente te llega una idea, sobre un cuento, un relato o una novela, y sin darte cuenta, ya estás paseando, comiendo y durmiendo con la historia, y como aquel que no quiere la cosa, consultas libros, localizas escenarios, hablas con la gente. Hasta que puedes eliminar tu angustia con papel y lápiz. 0 sobre una Olivetti, ¡qué más da! Y nunca ocurre nada. ¿Por qué esta vez tenía que ser de otra manera? En agosto Mallorca no da miedo. Además lucía una noche clara, estrellada, con una luna radiante.

Llegué a Son Carrió un poco antes de medianoche. El bar de la carretera estaba cerrado y no había ni un alma por la calle mayor. En la plazuela de la iglesia hay unos bancos de piedra. Allí me senté. El aire estaba impregnado de los olores de los campos cercanos. Aquél era más bien un decorado para una escena de amor que el de una historia de terror. Las pied doradas de la iglesia resplandecían tenuemente. El abanico modernista se incrustaba en el falso románico, pero también en la noche, con los olores, con la plazuela y sus farolas de aluminio encendidas.

Mi idea era la siguiente. Un escritor que veranea en Mallorca, por el levante de la isla, quizá en Portocristo, descubre, en una excursión, la iglesia de Son Carrió. Al sentirse atraído por un ventanal modernista en forma de abanico investiga su origen: Antonio M. Alcover y Gaudí. Sorprendido por la historia, mi escritor decide contar una historia de miedo. No lo advierte, pero a medida que transcurre el tiempo se va obsesionando por la iglesia, por el abanico modernista. Vuelve una noche a Son Carrió, arrastrado por una voz misteriosa que le impulsa a actuar sin reflexión. La puerta de la iglesia está abierta.

La puerta de la iglesia estaba abierta. Lo advertí de repente, al coger el cuaderno y la pluma para tomar notas sobre el ambiente, los olores, la luz de la luna. Es decir, todo aquello que mi escritor contemplaba. Me enderecé de un brinco, ¡ah, coño! ¡Eso sí que era bueno! Por supuesto que me acerqué. Del quicio de la puerta se escapaba un hilo de luz. Muy poca cosa. Insisto, Ofelia, que todo parecía normal. Ni la luz que salía del interior de la iglesia era sobrenatural, ni parecía extraña. Algún sacristán se había dejado la bombilla luciendo. Y punto. Ni olores pútridos, ni cánticos prehumanos. Ni la luna brillaba ensangrentada, ni una niebla maloliente se extendió alrededor de la iglesia. Los grillos cantaban a la par que alguna lechuza lejana. Incluso se escuchaban las prosaicas aceleraciones de los automóviles. La luna continuaba siendo una maravillosa luna de agosto. De historias de amor, vaya. Y la luz interior de la iglesia era normalísima. Entré. Ya sé que esas cosas no ocurren, Ofelia. Pero no invento nada. Si no escribiera desde la Unidad de Vigilancia Intensiva de Dureta, si no tuviese el cuerpo medio descuajaringado, si no supiese lo que sé, podría pensar que te escribo un camelo. Pero te aseguro que los electros que me han realizado demuestran las arritmias sufridas. Y todavía noto los efectos de la afasia, que hablo cual tartaja. Todavía no me he podido quitar de encima esa debilidad que me paraliza las piernas y—hace que el lápiz me pese' como si fuese de plomo.

Efectivamente, había una bombilla luciendo, colgada del techo. No era un candelabro, ni un tenebroso cirio. Una triste bombilla de cuarenta voltios que apenas me permitió ver el interior de la iglesia. De un barroco tronadísimo, con mucha purpurina y con santos de yeso. Junto a la pila, la puerta de la torre que también estaba abierta. Y el inicio de la escalera. ¿Qué querías que hiciera, si mi escritor también la había visto, subió por ella y encontró el libro?

Me encaramé por ella. La luz de la bombilla no alcanzaba al hueco de la escalera, así que tuve que usar la linterna. Igual que el escritor del cuento que todavía no había escrito. Eso sí, estaba lleno de telarañas y apestaba a cerrado. Pero eso era normal. Todas las escaleras que conducen a los campanarios deben tener telarañas y oler a cerrado. La escalera conducía a un techo muerto, grande, vacío, oscuro. Exactamente me llevó hasta donde se incrustaba el ventanal modernista en forma de abanico que diseñara Antonio Gaudí setenta y tres años atrás. Al fondo del techo muerto comenzaba —o terminaba— la escalera de la torre del campanario. Pero no fui. Porque el ventanal estaba iluminado, con una luminosidad tenue, amarillenta, como si absorbiera toda la luz de mi linterna y me la devolviera aumentada. Y delante, por delante del abanico había una peana. Nada del otro mundo (nunca mejor dicho, Ofelia), no te vayas a creer. Piedra dorada como en el resto de la iglesia. Sobre la peana, de metro y medio más o menos, reposaba un bulto rectangular, oscuro.

Vaya, Ofelia, como en mi cuento. Al aproximarme, ya sabía lo que era. ¿Cómo no lo iba a saber, si lo tenía que escribir a la mañana siguiente en forma de cuento, para un libro del colectivo Ofelia Dracs? Es posible que no fuera exactamente como me lo había imaginado. Eché en falta algo de polvo y el sentirme un poco despavorido. Porque no estaba nada asustado. No, todavía no. Sólo sentí la curiosidad de saber si lo que seguiría lo había adivinado o no.

¡Claro que lo había adivinado! Dejé la linterna sobre la peana, para que me iluminara, y tomé el libro. Era un volumen tamaño folio, encuadernado en piel. Cálido al tacto. Y al abrirlo, antes de hojearlo, evidentemente, se deslizó el papel, tan amarillento como pensé que fuera, con la tinta azul que empalidecía por instantes y el grafismo arcaico del canónigo Alcover. Quizá las palabras no fueran las mismas, no soy tan erudito como para poder copiar con pelos y señales el estilo del padre. No lo voy a intentar ahora, no merece la pena. Bueno, sigamos. El papel hablaba del libro. Evidentemente —yo ya lo sabía y tú ya te lo debes de haber imaginado— era una versión catalana del Necronomicón. No podía ser de otra forma. El canónigo explicaba que lo había encontrado en una biblioteca de la ciudad, no recuerdo cuál, fechado en el año 1423, como obra original del árabe converso Abdallá, es decir, nuestro Anselmo Turmeda. Y que cuando supo que se trataba de una traducción del libro de Alhazred, el árabe loco que se inventó una religión primitiva y blasfema (en palabras del canónigo) se decidió a destruirlo. Pero ni el fuego, ni el acero, ni el agua, ni la prensa lo habían conseguido. Lógicamente, el libro era indestructible. Por eso, el canónigo Alcover lo había depositado en el techo muerto de una iglesia, vencido por el sagrado recinto y con la puerta de acceso a él clausurada para así evitar que cayera en manos impuras que hicieran mal uso de él. La carta no era otra cosa que una llamada de alarma a las futuras generaciones, una recomendación para que el libro no se abriera. Ni como escritor de ficción ni como yo hicimos caso a sus advertencias.

Puse a un lado la carta al futuro del padre Antonio M. Alcover y abrí el libro. Lo tenía que hacer, Ofelia. Tenía que comprobar hasta qué punto conocía la historia. Se abrió por la página ochenta y siete, tal como estaba escrito en el cuento que todavía estaba sin escribir. Al principio me costó entender la letra manuscrita y el catalán medieval de Anselmo Turmeda, alias Abdallá. Dudé por unos momentos. Quizás las coincidencias terminaban en aquel punto. No podía ser, todavía no podía ser. No sé cuánto tiempo pasé intentando descifrar el manuscrito de la página ochenta y siete. De repente la luz se acrecentó y las letras conformaron un texto comprensible. Y, sin dificultad, leí la historia de un escritor que entra en una iglesia del levante de Mallorca, en una noche de agosto y encuentra un antiguo libro en el que lee historia de un escritor que entra en una iglesia del levante de Mallorca, en una noche de agosto, y encuentra un antiguo...

Cuando volví en mí, estaba aquí, desnudo como un gusano, conectado a todo tipo de aparatos médicos, inmovilizado, incapaz de hablar, con un pinchazo en el pecho a la altura del corazón, rodeado de médicos y enfermeras que me hacían preguntas a las que yo no podía ni quería contestar.

Todavía no entiendo lo que pasó. Dicen que me encontraron en la carretera, con un colapso, unas horas después. Como en mi historia. Con una única diferencia. El cuento lo tenia que escribir yo, tranquilamente, tranquilamente, en la terraza de mi hotel, ante una cerveza helada viendo pasar a los turistas. Sin el pinchazo en el pecho, ni la imposibilidad de hablar ni esta forzosa inmovilidad. Que esto le pase a otro —sobre todo si el personaje es de ficción— no me importa. Pero que me ocurra a mí, en serio, ya es harina de otro costal.

Ahora no sé qué hacer. Dicen que mañana me trasladarán a una sala de recuperación y que de aquí a unos días me darán el alta. Pero no me siento bien. Si cierro los ojos, veo la silueta de la iglesia, la escalera oscura, el techo muerto, el abanico modernista iluminado, la dorada peana, el libro encuadernado en piel, la letra en un principio incomprensible y las palabras de la página ochenta y siete. Si estoy despierto, pienso en mi personaje y lo hago ir a la iglesia, le obligo a subir por las escaleras oscuras, hago que descubra el techo muerto, el abanico modernista la peana dorada, el libro encuadernado en piel, la letra incomprensible en un principio y las palabras de la página ochenta y siete que configuran la historia de la iglesia, de la escalera, del techo muerto, la peana, el libro, el libro, el libro... , la página ochenta y siete. No se lo puedo explicar a nadie, Ofelia. Ni puedo ni quiero. No estoy loco, Ofelia, tú lo sabes. Esta carta que te escribo lo demuestra.

Pero debo volver. No puedo dejar mi cuento sin un final. Tengo que volver a la iglesia, tengo que volver a la oscura escalera, al techo muerto, al abanico modernista, a la peana dorada, al libro encuadernado en piel, a las letras en un principio incomprensibles y a las palabras de la página ochenta y siete. Y las tengo que acabar de leer. Quiero saber, necesito saber, tengo que saber qué es lo que ocurre al escritor que entra en una iglesia, sube por una oscura escalera hasta llegar al techo muerto, descubre una peana con un libro, lo abre por la página ochenta y siete y lee la historia de un escritor que entra en una iglesia, sube por... ¿Verdad que me entiendes, Ofelia, guapa?




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