Cuando el amor es odio



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En un esfuerzo por atenuar sus temores, el misógino comienza —por lo común inconscientemente— a restar poder a la mujer que comparte su vida. Opera basándose en la secreta convicción de que, si puede despojarla de su confianza en sí misma, ella llegará a depender de él en la misma medida en que él depende de ella. Y al debili­tarla para que no sea capaz de abandonarlo, calma en parte su propio miedo de verse abandonado.
Todas estas emociones, tan intensas como conflictivas, hacen de la compañera del misógino no sólo un objeto de amor y de pasión, sino también el foco principal de su rabia, su pánico, sus miedos e inevitablemente, su odio.
Me doy cuenta de que el hecho de que me valga de la palabra odio en el contexto de una relación íntima puede parecer tan fuera de lugar como discutible. A la mayoría de las personas no les gusta usar la palabra «odio», pero es la única adecuada para designar la combinación de hos­tilidad, agresión, desprecio y crueldad que exhibe el mi­sógino en su comportamiento con su compañera.
Cuando pasamos revista a las experiencias que, en su niñez, originaron los miedos subyacentes del misógino, comenzamos a entender por qué se conduce como lo hace. Las formas en que sus padres se relacionaban entre sí y con el niño nos dan importantes indicios de cómo este hombre llegó a odiar a las mujeres.
EL IMPORTANTE EQUILIBRIO ENTRE LA MADRE Y EL PADRE
Si bien ambos progenitores colaboran en la crianza de su hijo, tienen también actividades separadas. La madre es, a la vez que la nodriza, la primera fuente de afecto y de consuelo, en tanto que el padre ayuda al niño a dis­tanciarse de la madre para que no llegue a establecer una dependencia excesiva de ella. Sin embargo, en el medio familiar del futuro misógino sucede precisamente lo con­trario. El padre es demasiado aterrador, o en ocasiones demasiado pasivo, para distanciar al niño de su madre, de manera que al pequeño no le queda otra alternativa que convertir a la madre en el centro de su universo.

Esta situación depende de ambos progenitores. Es pro­bable que la madre, en vez de satisfacer las necesidades de atención y consuelo de su hijo, intente que el niño sa­tisfaga sus necesidades. Es frecuente que, cuando el ma­trimonio vacila, la mujer intente resolver sus problemas por mediación de sus hijos. Tanto si este intento se con­creta en exigencias desmesuradas como en un rechazo exa­gerado o en un control sofocante, los resultados son los mismos: el niño llega a depender demasiado de la madre.


Llegado a la adultez, sin darse cuenta transfiere esa de­pendencia —lo mismo que los conflictos y los temores que la acompañan— a la mujer con quien comparte su vida. El misógino vio a su madre como alguien que tenía el po­der de frustrarlo, de retirarle su amor, de sofocarlo, de ha­cerle sentir que era débil o de plantearle exigencias inter­minables, y ahora ve a su compañera como un ser dotado de los mismos poderes.
El padre que no ofrece a su hijo alternativa alguna frente a la influencia de la madre deja al niño solo con sus temo­res y con sus aterradores sentimientos de vulnerabilidad y dependencia.
CUANDO EL PADRE ES MISÓGINO
Cuando Nicki acudió a la consulta para tratar de salvar su matrimonio con Ed, le dije que podríamos progresar mucho más rápida y eficazmente si él estaba dispuesto a participar en la terapia. Ed se resistió muchísimo, porque veía la necesidad de terapia como un signo de debilidad, pero finalmente su temor de perder a Nicki lo llevó a ce­der. Lo que emergió en el curso de la terapia de Ed fue que había estado repitiendo con Nicki el mismo tipo de relación que su padre, oficial del ejército, había tenido con la madre.
La madre de Ed era una tímida muchacha del sur de los Estados Unidos, proveniente de una familia obrera, que había conocido a su marido cuando él estuvo destinado en una base del ejército, cerca de donde ella vivía. Se ca­saron después de un noviazgo muy breve, y desde el co­mienzo el padre de Ed fue sumamente posesivo y autori­tario con su mujer. Tenía ideas fijas sobre los roles de los hombres y de las mujeres, y según recordaba Ed, sus pa­labras favoritas eran: «Alguien tiene que hacerse cargo de las cosas, y ese alguien soy yo».
«Tu única seguridad está en ser como tu padre»
Ed, el mayor de dos hijos varones, creció con clara con­ciencia de que en su casa el padre era la autoridad indiscutida. Su padre agredía físicamente tanto a su mujer como a sus hijos. Tenía la obsesión de la limpieza y todas las noches al volver a casa la sometía a una inspección mi­nuciosa.
¡Por Dios, era tremendo! —recordaba Ed—. Entraba, y si había algo sucio, un poco de polvo o platos sin fregar, allí se armaba. Nadie estaba exento de castigo, ni siquiera mi madre. Si ella era la responsable, la abofeteaba. No trope­zaba con réplicas ni objeciones; no había más que hacer lo que él dijese. Era un verdadero hijo de puta, pero logra­ba que las cosas se hicieran como él quería... Había una sola manera de hacer las cosas, y era su manera. Ya te po­días olvidar de tener un «cambio de ideas» sobre lo que fuera, porque parecía que él lo supiera todo, hasta lo que nos enseñaban en la escuela. Si yo regresaba a casa con alguna idea novísima sobre política, me hacía callar a gritos
La única seguridad con que Ed podía contar de niño era imitar en todas las formas posibles a aquel padre ate­rrador. Por eso, se prometió que cuando fuera mayor tra­taría a todo el mundo a gritos, como él quisiera, porque es así como se comportan los hombres.
Como muchos hijos de padres tiránicos, Ed no podía ver más que dos opciones: o podía ser como su madre, y eso significaba mostrarse débil, quedar desvalido y con­vertirse en víctima (fue el camino que siguió el hermano menor, un niño sumamente tímido y enfermizo que ja­más consiguió conservar un trabajo y que actualmente, con más de treinta años, sigue viviendo con la madre), o po­día ser como el padre y tener cierta sensación de poder y control. Ed eligió la segunda opción: al identificarse con el padre, aprendió a ser tiránico y violento.
«Ser como papá es el único camino»
La información que un muchacho criado en este tipo de ambiente doméstico recibe sobre el mundo le llega so­lamente por mediación del sistema rígido y estrecho de su padre. Nadie le enseña a estudiar ideas nuevas ni a for­marse sus propias opiniones y actitudes sobre la vida, ni le está permitido cometer el más simple error. Cuando Ed procuraba sentirse distinto de su padre, era severamente castigado. Distinto de su padre significaba malo. Para el padre, cualquier diferencia era el equivalente de una trai­ción de su hijo. «Ya verás como yo ganaré» —recordaba haber oído decir a su padre—. «Yo soy mejor general, pe­leo mejor y mi estrategia es mejor.»
Un padre tiránico establecerá una mini dictadura en la cual sólo a él le está permitido expresarse, y buena parte de tal expresión tenderá a ser colérica y punitiva, siempre que en sus dominios alguien se atreva a discrepar de él. Simplemente no habrá margen para que un hijo dé ex­presión a sentimientos ni ideas que difieran de los de su padre. Esta especie de sistema opresivo crea inevitablemen­te en el niño mucha ira, que jamás le será permitido ex­presar, de manera que el enojo termina por ser almacena­do internamente.
«A las mujeres no se las puede controlar más que por la violencia»
A la enérgica prohibición de diferenciarse del padre o enojarse con él se suma la influencia del modelo tiránico del rol paterno y de la forma en que los hombres se rela­cionan con las mujeres.
Mi pobre madre —me contaba Ed— era incapaz de hacer­le frente. Si él quería que algo se hiciese así, así era como se hacía. Y si ella no le obedecía, le pegaba. Una vez la echó de casa. A mí siempre me daba pena ella, porque es­taba tan por debajo de él.
Los mensajes que Ed recibió de niño eran que maltra­tar a las mujeres es aceptable, y que los hombres son po­derosos y las mujeres desvalidas. Por más doloroso que fuera para Ed ver a su madre así agredida por el padre, en su interior creció también un secreto desprecio de ella, por ser incapaz de defenderse.
Un hombre que ha sido criado por un padre misógino puede asimilar muy tempranamente el desprecio que su padre siente por las mujeres. El niño aprende que un hom­bre debe tener siempre controladas a las mujeres, y que la forma de conseguirlo es asustarlas, hacerles daño y hu­millarlas. Al mismo tiempo, aprende que la única forma segura de conseguir la aprobación del padre es conducirse como él se conduce.
CUANDO LA MADRE ES UNA VÍCTIMA
Una mujer que se somete al tratamiento abusivo de su marido está aceptando el rol de víctima, y comportándo­se de una manera infantil y no como corresponde a un adulto. Deja la totalidad del campo de acción del adulto en manos de su marido, y los niños no tienen como refe­rencia más que a una persona mayor, que es el padre. Y, como hemos visto, él puede ser una figura que inspire mu­cho temor. Cuando abdica de su rol de adulta, la madre no sólo priva a sus hijos de una figura materna fuerte, sino que los deja sin protección alguna frente a su padre.

«El desvalimiento de las mujeres es abrumador»


La recuerdo arrodillada a mi lado, sollozando sobre mi pe­cho. Yo no tendría más de seis o siete años. Ella lloraba y se quejaba de lo malo que había sido mi padre con ella y de lo desdichada que era. Realmente, me desgarraba las entrañas. Ella me decía que yo llenaba toda su vida, que sólo yo la amaba realmente, y yo me juraba que me esfor­zaría al máximo para hacerla feliz.
El relato de Ed demuestra que la madre estaba invirtiendo roles con él. Ella se convertía en la niñita necesita­da y asustada, y esperaba que su hijo se transformara en el padre protector.
Pero, ¿cómo era posible que un niño pequeño pudiera hacer frente a los problemas de un adulto, que la madre cargaba sobre sus hombros? Como cualquier niño, Ed pro­curaba ser lo que su madre esperaba de él. Tenía magní­ficas fantasías en las cuales conseguía rescatarla de aquella vida terrible, pero cuando en realidad no podía aliviar los sufrimientos de ella, se quedaba con una sensación tre­menda de frustración y culpa. Enfrentado con el desvali­miento abrumador de su madre, Ed no podía menos que sentirse fuera de lugar.
Al invertir los roles con su hijo, una madre está diciéndole que espera de él consuelo, protección y cuidado. Esto es algo que se le puede transmitir al niño de múltiples maneras: la madre puede sufrir en silencio, como una már­tir, pero hacer sentir muy claramente a su hijo que se ha­lla atrapada y desdichada; puede decirle que es incapaz de valerse por sí sola, y que sin el amor de él su vida no tiene sentido; puede enfermar con frecuencia, deprimirse crónicamente, darse a la bebida o entregarse a alguna otra forma de comportamiento autodestructivo. No importa de qué forma demuestre su sufrimiento; el resultado es el mismo: el niño siente que le incumbe la responsabili­dad de hacerla feliz, cree que se espera de él que se con­vierta en el salvador de su madre. Al obligar a su hijo a desempeñar un rol para el cual no está preparado, la ma­dre va creando en él profundos resentimientos que más adelante se convertirán en cólera contra las mujeres.
«Mi madre depende totalmente de mí»
La madre, dependiente y desvalida, está ahora a cargo de Ed. Su padre la dejó para irse con otra cuando Ed te­nía 12 años, y esto significó para la familia una tremenda carga emocional y financiera que obligó a Ed a asumir el rol que había abandonado su padre. Hasta el día de hoy, ella y su hijo menor siguen dependiendo de Ed. Sin darse cuenta, él me contó lo enojado que estaba con ella:
Alguien tiene que ocuparse de ellos. Si mi padre no se hu­biera ido, las cosas habrían sido diferentes, pero como es algo que ella nunca ha superado, tengo que ayudarla. Lo que me irrita es que no quiere aprender ni las cosas más simples, como llevar sus propias cuentas. Yo tengo que es­tar siempre yendo allí para cuidar de que no le corten la luz, o me llaman del banco para decirme que otra vez ha estado firmando cheques sin fondos, y yo tengo que ir a resolver el problema.
Aunque Ed estaba transfiriéndole a Nicki gran parte de su rabia contra su madre, se puso muy a la defensiva cuan­do le sugerí que la verdadera fuente de su enfado era la madre. Como reconocer que era así lo habría hecho sen­tirse muy culpable, para él era más seguro enfadarse con Nicki, y algo que ella me dijo me lo confirmó:
A mí me aterra que él vaya a verla, porque no pasa una hora desde su regreso sin que arme un escándalo por algo. Claro que yo no puedo decirle que tal vez en realidad esté furioso con ella, no conmigo, o que acaso debería permi­tirle que resuelva sus propios problemas, porque entonces se enfadaría aun más.
Ser el salvador de su madre confería a Ed, de niño y más tarde de adulto, cierto sentimiento de poder e im­portancia. Ser él quien manejara a todos, incluso a su mu­jer, significaba un intento de compensar sus profundos sen­timientos de ansiedad y desvalimiento.
Cuando una madre se apoya de esta manera en su hijo, está preparándolo para que, en momentos posteriores de su vida, él se sienta asustado y abrumado por el desvali­miento de las mujeres. Si una mujer expresa dolor por algo que él hace, o manifiesta necesidad de él, lo más proba­ble es que reaccione con disgusto, enfado y desprecio, por­que esa actitud le hará recordar a aquella madre cuyo des­valimiento abrumador lo ponía en una situación tan difícil.
«Ninguna mujer puede amarme bastante»
Como gran parte de la energía de una madre así se con­centra en su propio sufrimiento, le queda poca para las necesidades del hijo, que carece entonces del apoyo, el cui­dado, la protección y la guía que necesita constantemen­te de su madre.
Todos los niños ansían sentirse seguros, protegidos y amados por sus padres. Necesitan también permiso para crecer y llegar a ser personas independientes. Y, cosa pa­radójica, sólo es posible que una persona llegue a ser un adulto independiente cuando sus propias necesidades de dependencia se han visto satisfechas en su niñez. Si estas necesidades de dependencia no fueron satisfechas, se crea en el niño una dolorosa sensación de vacío que se prolon­ga en la edad adulta.
Al principio, Ed —como cualquier niño— veía en su madre la única posible fuente nutricia y protectora, y es­peraba que ella diese satisfacción a todas sus necesidades. No podía esperar que semejante función la cumpliera su padre, ya que él era una figura demasiado aterradora para aproximársele. Cuando no pudo conseguir de ninguno de sus progenitores lo que necesitaba, el niño no se limitó a olvidar aquellas necesidades: las transfirió a su vida adul­ta, y especialmente a sus relaciones con las mujeres. Como adulto, esperaba que las mujeres dieran satisfacción a su desesperada necesidad de tener el tipo de madre que le faltó de niño.
Claro que no había manera de que Nicki —ni mujer alguna— pudiera dar a Ed lo suficiente para satisfacer aque­llas antiguas necesidades. Pero como su crecimiento emo­cional había sido mutilado, él no podía entenderlo así, y se sentía enfadado, frustrado y decepcionado con ella. Para él, esos sentimientos justificaban buena parte de su comportamiento agresivo con Nicki.
Un aspecto aún más sombrío del comportamiento de la madre víctima y desvalida es que puede llegar a con­vertir a su hijo en el cordero del sacrificio, no sólo no pro­tegiéndolo de los ataques del padre, sino interponiéndo­lo entre ella y su marido para apartar parcialmente de sí misma la cólera de él.
CÓMO SE FABRICA UN MISÓGINO
Charlie inició su terapia después del fracaso de su ter­cer matrimonio. Él y sus tres hermanos se habían criado en Tennessee. El padre era un hombre ambicioso y de em­puje, que laboriosamente había conseguido pasar de car­pintero a socio de una importante firma. La madre de Char­lie, nacida en un medio rural y de una familia muy pobre, había conseguido cursar dos años en la universidad y ob­tener un título de contable, pero dejó de trabajar cuando se casó. El marido la tenía aterrorizada y la trataba como a una criatura. Con los años, su perturbación mental fue en aumento, y empezó a usar a sus hijos como escudo para protegerse de los ataques de su marido.

«No puedes confiar en las mujeres»


Mi padre era un hombre muy brutal. Solía hacer cosas como sentarse a la mesa teniendo cerca una escoba, y si no ha­bías hecho lo que se esperaba de ti, te daba con el palo de la escoba en pleno rostro. Además, y eso era peor, le decía a mi madre que nos mandara hacer cosas y ella se olvidaba. Cuando él volvía a casa quería saber por qué no estaban hechas, cuando le decíamos que no sabíamos que tuviéramos que hacerlas, le preguntaba a mi madre si nos lo había dicho y ella respondía: «¡Pues claro que sí!». En­tonces nos pegaba por no haber obedecido y, además, por tratar de mentirosa a mi madre. Después, cuando yo ya tra­bajaba, ella empezó a robarme dinero porque tenía miedo de que mi padre se enfureciera con ella por salirse del pre­supuesto. Era como una niña desvalida, y yo fui más padre para ella que ella madre para mí.
No sólo tenía Charlie que cuidar de aquella madre in­fantil e inestable, sino que además ella lo traicionaba. Al mentir para protegerse, fue causa de gran parte de la agre­sión física que sufrió el niño de manos de su padre. Esta actitud de la madre significó para Charlie que las mujeres son traicioneras, desvalidas e indignas de confianza. Charlie guardaba hacia ella profundos resentimientos y un enor­me caudal de cólera reprimida.
Los niños esperan diferentes cosas de cada uno de los progenitores. Tradicionalmente, de la madre se espera que proteja y defienda a los niños, mientras que al padre se lo ve como el jefe del hogar, el que hace el principal aporte económico, resuelve los problemas e impone la discipli­na, roles todos que con frecuencia le aseguran el derecho a gozar de respeto y devoción independientemente de cómo se conduzca. Muchas personas que en su niñez han sufrido agresiones y castigos físicos culpan tanto o más a la madre que al padre por esos abusos. La necesidad adi­cional que tiene un varón de identificarse con el padre hace que le sea más difícil reconocer los defectos paternos, in­cluso si el padre es brutal. Pero el niño está en libertad de enojarse con la madre si ella no lo protege de tales abu­sos, porque de la madre se espera que sea la fuente prin­cipal de amor y de consuelo.
Al llegar a la adultez, Charlie se sintió atraído por mu­jeres desvalidas y serviles, muy semejantes a su madre. Sin darse cuenta, estaba intentando realizar de adulto lo que no pudo hacer de niño: rescatar a una madre perturbada y que no sabía estar en su sitio. Sin embargo, la necesi­dad de rescatarla iba de la mano con otra, igualmente fuer­te, de vengarse de los agravios de que su madre había sido causa cuando él era pequeño. Ahora, ya adulto, podía sa­tisfacer su oculta necesidad de hacer que las cosas «le re­sultaran mejor», ya que ahora no sólo podía rescatar a una mujer sino, además, controlarla:
Cuando la conocí, mi primera mujer medía un metro se­tenta y cinco, y pesaría unos cuarenta y cinco kilos. Era ner­viosa e insegura, y temblaba continuamente. Yo imaginé que todo lo que necesitaba para estar al pelo era un poco de confianza en sí misma. Pensé que yo iba a darle todo eso; iba a rescatarla, y entonces ella me quedaría agradeci­da, y me querría eternamente, y la vida sería una her­mosura.
Unidos a su sensación de necesidad, el resentimiento y la profunda cólera que Charlie albergaba contra su ma­dre fueron transferidos a las mujeres con quienes entabla­ba relación. Estos sentimientos de ambivalencia se reacti­vaban cada vez que una mujer amenazaba con alejarse de él:
Cuando ella no hacía lo que yo esperaba de ella, o cuando intentaba apartarse de mí, yo la hacía sentir culpable, diciéndole cosas como: «Mira todo lo que he invertido en ti y en ayudarte. ¿Cómo quieres separarte de mí, estúpida?». Entonces empezaba realmente a odiarla y le decía: «Mira todo lo que he hecho por ti, condenada ingrata. No eres más que una mierda». No le pegaba, pero yo sé cómo lle­gar a donde duele. A las mujeres les conozco todos los puntos débiles donde puedo herirlas y hacerles daño. Sé cómo hacer que una mujer se sienta tan pequeña y desvalida que no pueda jamás separarse de mí.
En cuanto creía que cualquier mujer a quien él necesi­tara tenía el mismo poder de herirlo, traicionarlo y des­pojarlo que había tenido su madre, Charlie se sentía jus­tificado al echar mano de cualquier método para vengarse de ella y reforzar el control que ejercía en la relación.
El padre de Charlie había exhibido una torpe deforma­ción de lo que es un comportamiento masculino. Su hijo lo expresaba como sigue:
Para cuando me casé por primera vez, a los dieciocho años, mi visión del matrimonio era que el hombre controla con su brutalidad a una mujer que lloriquea, hace promesas y plantea exigencias.

CUANDO LA MADRE ES SOFOCANTE


Resulta fácil entender que un niño aprenda de su pa­dre a ser misógino, pero también pueden llegar a serlo los niños provenientes de familias en las que el padre se mues­tra pasivo y la madre dominante y controladora. Seguir el ejemplo de su padre no es la única forma en que un muchacho puede aprender a despreciar a las mujeres; es igualmente probable que se convierta en misógino si su madre lo sofoca controlándolo y protegiéndolo en exceso.
En tanto que la madre víctima no ofrece a su hijo la protección suficiente, la madre sofocante le brinda dema­siada. Es un tipo de mujer que necesita controlar a los miembros de su familia y cuanto sucede en la casa. Lo hace entrometiéndose en los asuntos de todos y convenciéndo­los de que ella es la única que sabe enfrentar y resolver problemas. No puede dejar en libertad a sus hijos, inclu­so mayores. Lo más probable es que siga imponiendo su presencia, e interviniendo en exceso en su vida de adul­tos, como sucedía con la madre de Ben.
Ben, el marido de Carol, es contable, tiene algo más de cincuenta años y ha hecho una buena carrera. El padre, cortador en la industria de la confección, era una persona tranquila y más bien depresiva. Durante los primeros años de Ben, la fuerza más poderosa que actuó sobre su vida fue, con mucho, la madre. Disgustada y amargada con su propio matrimo­nio, la mujer empezó a entrometerse en la vida de su hijo. Para asegurarse de que no se alejase de ella al crecer, in­tentó controlarlo hasta bien entrada su madurez. Carol me contó lo siguiente:
Nos telefonea al menos una vez por día, y en ocasiones tres o cuatro veces. Espera que vayamos a su casa todos los do­mingos, y de una manera u otra se las arregla para saber todo lo que hacemos. Y Ben jamás le dice que se meta en lo suyo.
A diferencia de una muchacha, que puede seguir es­tando próxima a su madre mientras encuentra su propia identidad, un muchacho debe apartarse de la madre para poder crecer y convertirse en un adulto sano. El amor de los padres es el único amor cuyo objetivo final debe ser la separación. La madre que valida los esfuerzos de su hijo por independizarse, y lo estimula a que se separe de ella cuando él lo necesita, está dando al joven herramientas importantísimas para su enfrentamiento con la vida. Cuan­do la madre está dispuesta a permitir que el hijo varón establezca su propia identidad, dejándole correr riesgos por su propia cuenta y permitiéndole cometer errores, sin por eso abandonarle si la necesita, le ayuda a convertirse en un hombre seguro de sí mismo y de sus capacidades.
La madre sofocante, por su parte, restringe y limita el desarrollo del hijo al controlarlo en exceso y hacer que se sienta fuera de lugar y desvalido.

«Una mujer controladora me hace sentir incómodo»


Pedí a Mark que fuera a verme mientras yo estaba tra­bajando con Jackie, su mujer. Me contó que su relación con la madre había sido desde el primer momento una lucha por la libertad y la independencia. Mientras su pa­dre, ingeniero, viajaba frecuentemente por razones de tra­bajo, la madre de Mark se dedicaba a mimar a su hijo:
Cuando era niño, no podía ni respirar sin que ella me di­jese cómo podía respirar mejor si lo hacía a su manera. Tan pronto como volvía de la escuela, tenía que practicar violín. Si quería salir a jugar, hacía demasiado frío o demasia­do calor. Y cuando finalmente salía, ella me seguía por la calle agitando en la mano un suéter mío o mis guantes, y eso me hacía sentir vergüenza. Todavía oigo aquella voz, repitiendo por donde yo fuera: «Marky, te olvidaste el sué­ter. Marky, hoy no has practicado todavía. Marky, Marky, Marky».



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