Cuando el amor es odio



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Pero, por más intensos que sean, los buenos sentimientos sólo constituyen la mitad de la historia. El lado sombrío de la relación con un misógino es que, para poder disfru­tar de los buenos momentos, una mujer debe soportar tam­bién muchísimo dolor. Cualquier mujer que se encuen­tre atrapada en una relación de violencia emocional, y la mantenga debido a la intensidad de sus sentimientos, es presa de una relación amorosa adictiva.
El amor como adicción y la dependencia
Cuando se convierte en adicción, el amor funciona como cualquier otra cosa capaz de causar dependencia, ya sea el alcohol, las drogas, el juego o la comida. Hay una ne­cesidad compulsiva de la otra persona. Cuando vive en una relación amorosa de este tipo, una mujer sufre dolor in­tenso si se ve privada de su compañero; siente que no puede pasar sin él. La relación le da un «vuelo» que excede toda comparación, y para poder estar así «volada», tolera com­portamientos sumamente agresivos.
Este tipo de adicción crea en la mujer una cruel depen­dencia de su compañero. Cuanto más vea en él la fuente principal de sus sentimientos buenos y placenteros, tanto más necesitará que él sea el centro de su vida. Recorde­mos que los celos y la posesividad del misógino ya han limitado gravemente el mundo de su pareja, y esa limita­ción acentúa la importancia que él asume para ella. Es un círculo vicioso. Cuanto más dependiente se vuelve ella, más importante se vuelve él. Cuanto más importante es él, tantas más cosas está ella dispuesta a abandonar, de manera que en su vida va siendo cada vez menos lo que queda libre de él. Y es esto lo que la mantiene tan firme­mente enganchada.
La paradoja de la mujer poderosa
Muchas mujeres que llegan a depender emocionalmente de un misógino son en extremo independientes en otros aspectos de su vida. Cuando dije a Rosalind que depen­día demasiado de Jim, se enfadó mucho conmigo.
—No dependo de él —replicó—. Estoy a cargo de dos negocios y soy la que aporta todo el dinero a casa. Soy yo quien está manteniéndolo a él y a los tres niños de nues­tros matrimonios anteriores.
Pero Rosalind dependía de Jim, pues lo bien o mal que se sintiera consigo misma guardaba relación con los esta­dos de ánimo de él. Cuando se encolerizaba, Jim aniqui­laba todos los sentimientos de segundad y competencia de Rosalind.
Este tipo de dependencia hace que la mujer crea que no puede sobrevivir emocionalmente sin el amor de su compañero. El sentido de su propio valor está condicio­nado por la evaluación que él hace de ella, sean cuales fue­ren los logros que ella haya alcanzado en su vida. Laura constituía un ejemplo excelente de esta paradoja:
Era increíble lo diferente que yo me sentía en el trabajo y en casa. En el trabajo, la gente me respetaba y yo estaba segura de mi inteligencia y de mi capacidad. Pero tan pron­to como atravesaba la puerta de casa rne desmoronaba. De pronto, no podía hacer nada a derechas. Bob empezaba en seguida a atacarme por todo lo que hacía mal, por lo ineficaz y estúpida que era. Las cosas llegaron a tal punto que me aterraba tener que entrar por aquella puerta, y ter­miné por encontrarme buscando excusas para quedarme a trabajar después de hora.
Lo que hace a una mujer vulnerable a los malos tratos recibidos en casa, por más eficiente que sea fuera, es su convicción de que la necesidad que siente del amor de su compañero es lo más importante que hay en su vida. Sus logros en el terreno del éxito, de las finanzas, del estatus y del prestigio palidecen en comparación con aquella ne­cesidad. Además, generalmente nuestra verdadera natu­raleza y nuestras debilidades sólo se ponen de manifiesto en nuestras relaciones íntimas. Es probable que la cara que mostramos al mundo exterior tenga muy poco que ver con lo que sentimos hacia nosotras mismas, con el trato que esperamos de nuestro compañero, y con lo que estamos dispuestas a aceptar de él.
Los malos tratos y el amor como adicción
La mayoría de las personas suponen que una mujer a quien su marido o su amante maltrata se separará de él. Sin embargo, cuando la relación se establece con un mi­sógino, sucede todo lo contrario. Nada crea un vínculo tan adictivo entre una mujer y un misógino como las oscila­ciones de él entre el amor y la agresión.
Casi todos hemos jugado en algún momento con una máquina tragaperras. ¿Recuerdan mis lectoras lo difícil que era apartarse de ella una vez se había empezado a jugar? Una de las razones de que resulte tan difícil abandonar el juego es que uno se convence de que en cualquier mo­mento le saldrá el premio. La anticipación crea tensión y entusiasmo. Los premios salen esporádicamente y en can­tidades variables, pero con bastante frecuencia como para mantenerle a uno la esperanza. El mismo efecto se crea en virtud de la cualidad de «tan pronto es encantador como abominable», característica de la relación con un misógi­no. El no saber cuándo va una a ser acogida con amor y cuándo él va a mostrarse violento, hace que una mujer se mantenga aferrada al balancín.
Quiero reiterar lo que dije ya en la introducción: no es­toy hablando aquí del masoquismo de las mujeres. Cada vez que el funcionamiento del amor y el dolor se alterna, como en estas relaciones, se plantea inevitablemente la cuestión de si en realidad la mujer no disfruta de la situa­ción. ¿No es realmente así como quiere ella que sean las cosas? La respuesta es no. Hay pruebas conductuales abru­madoras de que en realidad la mujer busca maneras de conseguir que su compañero sea más bondadoso y afec­tuoso. El masoquismo se define como un estado en el cual una persona obtiene placer del dolor. La mujer enganchada en una relación con un misógino intenta desesperadamente evitar que le haga daño.
En busca de la llave mágica
El comportamiento oscilante del misógino provoca en su compañera la creencia de que es a ella a quien le toca reparar lo que anda mal. Sin darse cuenta, es probable que la mujer haya empezado a establecer un trueque para obtener el amor y la aprobación de su pareja. Nicki, la joven policía, me hizo el siguiente relato:
A veces tengo la sensación de que puedo controlar la for­ma en que él me trata si me limito a actuar como él quiere que actúe y a hacer lo que él me dice que haga.
Nicki se había embarcado en la búsqueda de la llave mágica, es decir, de la manera de conducirse que consi­guiera de Ed una actitud constante de amor. Creía que si se adaptaba a todo lo que él quisiera, podría mantener­lo de buen ánimo y evitar que se enfadara. Ed como to­dos los misóginos, daba pábulo a esta creencia, recordán­dole con frecuencia que siempre sería encantador, con sólo que ella dejara de hacer tal cosa o modificara tal otra.
Lamentablemente, la llave mágica no existe. En gene­ral, tanto los estallidos del misógino como su ternura tie­nen muy poco que ver ton la forma en que se conduce su compañera. El actúa movido por sus propios demonios internos, que en el capítulo 6 estudiaremos en detalle. Por consiguiente, no hay manera de garantizar que manten­drá el buen talante y renunciará a los malos tratos.
Yo solía sentarme en el dormitorio a ensayar maneras de decirle las cosas sin que él se enfureciera —me contó Nancy—. Practicaba diciéndole lo mismo de diez o doce maneras diferentes, hasta que me parecía haber dado con la fórmula exacta que no habría de alterarlo.
Nancy descubrió que, fuera cual fuese la manera en que decidía decir las cosas a Jeff, era tan probable que él esta­llara de furia como que la besara.
También Paula creía en la existencia de una llave má­gica, y estaba dispuesta a renunciar a su dignidad en el intento de conseguir que su marido fuese más amable:
«Si de vez en cuando te encogieras y lloraras un poco, yo no seguiría gritándote», me decía Gerry. Y yo, efectivamen­te, trataba de hacer lo que él quería, pero tampoco eso ser­vía de nada.
Cuando una mujer cree que hay una llave mágica, lo más probable es que consuma toda su energía en la tarea estéril de empeñarse en encontrarla, y en ese proceso, re­nuncie a su derecho a que su compañero la trate bien. Corno su bienestar emocional se halla ligado a los estados de ánimo cambiantes de él, pierde su capacidad de actuar teniendo en cuenta sus propios intereses, de hacerse valer y de confiar en sus propias decisiones.

LA ESPERANZA


La esperanza ferviente de toda mujer que mantiene una relación con un misógino es que sucederá algo que lo hará cambiar. La fantasía es que él la tomará en brazos, dicién­dole: «Sé que me he portado de una manera atroz conti­go. Perdóname, porque te amo y jamás volveré a gritarte así. Desde ahora, todo será diferente». Una mujer puede valerse del rayo de luz más tenue para fomentar esta es­peranza.
Laura recordaba haberla sentido después de aquella gran pelea que tuvo con Bob la mañana antes de su boda:
Él me llamó a las seis de la mañana y empezó a disculpar­se. Me dijo que era por el estrés, que jamás volvería a suce­der, que me amaba y me necesitaba, que se sentía mal por haberse portado de esa manera, que todo había sido un error... Se disculpó de una manera tan hermosa, tan ma­ravillosa y con tanto amor, que me ablandó. Me quedé con­vencida de que lo peor que podía suceder ya estaba supe­rado, y de que en lo sucesivo todo iba a ser maravilloso entre nosotros.
A lo largo de su matrimonio, esa alternancia de peleas y reconciliaciones alimentó las esperanzas de Laura. Las agresiones de Bob iban habitualmente seguidas de discul­pas, flores y lágrimas. Y para Laura, no sólo todo eso era tremendamente emocionante, sino que lo sentía como una prueba de que Bob iba a cambiar de veras. Claro que sus cambios duraban bien poco.
Este tipo de disculpas contribuye poderosamente a man­tener la adicción en cuanto fomentan la esperanza de que en el futuro las cosas andarán mejor. Pero la esperanza debe orientarse hacia donde puede ser efectiva. Esperar que el misógino cambie por arte de magia es inútil, pero en la segunda parte de este libro aprenderás a reencauzar tus esperanzas: no se trata de cambiarlo a él, sino de cambiar la relación.
La esperanza de que él cambie, la búsqueda de la llave mágica y la intensidad de su amor se combinan para colo­car a la mujer en una posición sumamente vulnerable. El hecho de que ella acepte los insultos, las humillaciones y las tácticas de intimidación de su compañero le da a éste un poder enorme: ahora puede controlar el comportamien­to y los sentimientos de su pareja sin más molestia que cambiar de humor. Y esta situación puede ser motivo de terror para la mujer.

El MIEDO
En las relaciones íntimas, el miedo opera en varios ni­veles. En un nivel están los miedos relacionados con la su­pervivencia: el miedo a tener que afrontar sola los proble­mas financieros, a ser pobre, a convertirse en la única proveedora y el único apoyo de los hijos, el miedo a estar sola, detienen a las mujeres cuando piensan en cortar una relación abusiva. (En el capítulo 15 se encontrará un aná­lisis en profundidad de estos miedos y de las maneras en que es posible controlarlos.) Pero el miedo está presente en la relación con el misógino desde mucho antes de que la mujer empiece a pensar en ponerle término. Y estos miedos resultan simplemente de la interacción entre ella y su pareja.


El miedo a cómo la hace sentir él
Cuando el misógino le grita y la insulta, el mensaje que recibe la mujer es que, momentáneamente, ha perdido el amor de él. Y como su bienestar emocional ha llegado a depender a tal punto del amor y de la aprobación de él, la mujer siente la retirada de ese amor como si todo su mundo se hubiera deshecho en pedazos. Así lo descri­be Rosalind:

Cuando Jim está de mal humor y empieza a hacerme el vacío, siento un calor que desde el estómago se me extien­de a todo el cuerpo. La piel se me seca y me pica, y se me aflojan las piernas. Siento que ni siquiera puedo caminar. Me dan náuseas, me pongo a temblar y sufro de palpita­ciones. Es lo peor que me ha pasado en mi vida, y experi­mento un auténtico terror.


Ese miedo que incapacita no es nada excepcional en las mujeres que conviven con un misógino. El sufrimiento fí­sico y emocional resultante de provocar el disgusto del mi­sógino puede ser tal que una mujer haga virtualmente cualquier cosa, incluso tolerar el comportamiento irracional de su compañero, con tal de evitarlo.
Es importante recordar que, por más que la mujer esté sufriendo, su compañero considera que la culpa es de ella. Por eso no le permite decir ni «ay» cuando la agrede, y menos si el dolor que siente lo provoca su comportamien­to agresivo.
El miedo de lo que pueda hacer él
Al miedo que puede tener la mujer de perder el amor de su compañero y de resultar emocionalmente herida se une el de lo que podría hacer él si ella realmente lo irrita. Los misóginos llegan a inspirar muchísimo temor cuando se enojan, y existe siempre el miedo de que su cólera pue­da descargarse en la agresión física, aunque de hecho ja­más hayan golpeado a su pareja. Estas son las palabras con que cuenta Lorraine cómo se las arreglaba Nate para te­nerla intimidada:
Se le ponía la cara roja como una remolacha, se le hincha­ban las venas del cuello y toda su expresión cambiaba. En­tonces siempre rompía cosas y vociferaba, y a mí me ate­rrorizaba verlo así.
Aunque en realidad él jamás llegó a golpearla, el genio de Nate era a tal punto explosivo que la atmósfera entre él y Lorraine siempre estaba cargada de potencial violencia.
Además de la amenaza de agredir físicamente a la mu­jer, el misógino puede esgrimir la de dañarse él mismo o castigar a sus hijos. Es probable que amenace con cortar todo suministro de dinero, o que diga a su mujer que si no hace lo que él quiere, se buscará otra y se irá. Cuanto más cede una mujer ante este tipo de amenazas e intimi­daciones, menos poder va teniendo en la relación. Y una vez que se siente desvalida, más abrumadores se vuelven sus miedos.
Para no tener que vivir en esa dolorosa situación de mie­do, muchas mujeres comienzan a intentar algunas manio­bras psicológicas muy complejas. En la medida en que su sentimiento de bienestar emocional depende del buen hu­mor de su pareja, una mujer no puede darse el lujo de ver que está con un hombre cruel e irracional; debe ver en él a alguien que la ama. Para eso, tiene que modificar tanto su imagen de sí misma como la percepción que tie­ne de él, para no ver que algo anda muy mal en la rela­ción. Por eso el paso siguiente —y el más peligroso— es convencerse de que, realmente, ella se merece que él la maltrate.
LA CONVIVENCIA
Por más que el amor y el miedo sean poderosas cadenas psicológicas, una mujer puede seguir conservando su ca­pacidad de percibir con claridad qué le sucede. Al decir: «Ya sé que él me trata mal, pero lo amo», una mujer ex­presa que no está desfigurando la realidad; ve que su com­pañero actúa mal, pero lo acepta como una condición de­sagradable de su amor. De modo similar, la que dice soportar los malos tratos de él porque le tiene miedo tam­bién sabe que la maltratan, pero que está paralizada por el miedo.
Lamentablemente, el misógino tiene otras tácticas para mantener enganchada a su compañera, y una de ellas es hacerle creer que es ella quien tiene la culpa de todo lo que anda mal en la pareja.
Una vez que se cree esta versión de la relación —que él es «bueno» y ella «mala», que él tiene «razón» y ella «se equivoca», que las deficiencias de ella son la causa de los estallidos de él, y que si actúa de esa manera es sólo debi­do a su empeño en mejorarla—, la mujer ha empezado a aventurarse en una peligrosa zona de penumbra, donde las percepciones se alteran y deforman. Aceptar la versión que le da él de la realidad significa que ella debe renunciar a la suya. Es la hora de Alicia en el País de las Maravi­llas. Es probable que la mujer siga sabiendo que él la mal­trata, pero se inventa «buenas razones» que lo justifiquen. Lo que hace esta transición tan destructiva para ella es que así ha empezado, realmente, a ayudarle a que la maltra­te. De este modo, la mujer suspende su buen juicio, se une a él convirtiéndose en su propia perseguidora, y en­cuentra explicaciones que justifican el comportamiento de él. Es el proceso que yo llamo connivencia, y que refuerza y consolida todos los «ganchos» que hemos visto hasta ahora.
«Él es bueno y yo soy mala»
Una mujer me telefoneó al programa de radio y empe­zó diciéndome que quería resolver su problema de celos. A medida que la interrogaba, resultó que el marido, que era quien la acusaba de ser celosa, jamás le hacía caso en las fiestas. Se ponía a flirtear con las mujeres presentes y actuaba como si estuviera soltero.

—¿Resolver tu problema de celos? —pregunté a mi consultante—. Y ¿qué te parecería resolver su comporta­miento indigno?


Me aseguró entonces que lo que él hacía estaba bien; la que tenía el problema era ella. Él la había convencido de que todo andaría sobre ruedas si ella podía dejar de ser tan celosa y posesiva. La mujer sabía que el comporta­miento de él le disgustaba, pero para aceptarlo tenía que verse a sí misma como «la mala»; tenía que cargar con las culpas del mal comportamiento del marido. En realidad, le sobraban razones para estar celosa y tener un enfrentamiento con él, ya que la forma en que la trataba en pú­blico era insultante y denigrante. Pero esta mujer había aceptado desde hacía tiempo el rol de «mala» en el matrimonio. Su experiencia pasada le había enseñado que, si se sentía mal, la culpa era suya. No se le permitía llegar a ninguna otra conclusión. Como les sucede a muchas otras mujeres atrapadas en relaciones con misóginos, para ella era más fácil cargar con la culpa que reconocer que su com­pañero no la amaba como decía.
«Si me trata así, es para mejorarme»
Cuando una mujer defiende el comportamiento de su pareja sobre la base de que al gritarle, insultarla y criticar­la continuamente él intenta mejorarla, está racionalizan­do. Con Mark, Jackie cayó más de una vez en esta trampa.
Esperábamos que él cobrase unos honorarios excelentes por un trato que había concertado, pero que, como sucedía con frecuencia, no se llegó a firmar. En vez de los diez mil dó­lares que habían convenido, su socio nos pagó a los dos un fin de semana en una playa de mala muerte. Cuando nos enseñaron nuestras habitaciones, te aseguro que me sentí mal, y le comenté a Mark lo triste que era la forma en que el tipo aquel lo había tratado. Él se volvió a mirarme como si yo hubiera sido algún bicho recién salido de debajo de una roca, y me soltó un sermón sobre lo desagradecida, des­considerada y exigente que yo era. Me dijo que no tenía fe en la humanidad, que carecía de todo centro espiritual, y que tal vez si pudiera aprender a ser menos materialista llegaría a convertirme en un ser humano decente. Para cuando terminó, yo estaba convencida de que él tenía razón, de que yo era un ser horrible y espiritualmente tarado. Tam­bién estaba segura de que solamente Mark era capaz de en­señarme a ser una petsona mejor, de quien él pudiera es­tar orgulloso.
Una de las formas en que elude el misógino la respon­sabilidad por su comportamiento abusivo es cotejar a su compañera con un ideal impreciso que es como él quisie­ra que fuese. En el matrimonio de Jackie, las deficiencias del carácter de ella eran un tema recurrente. El propio Mark se erigía en juez supremo de su comportamiento, y lo que hacía que la situación fuese tan destructiva para Jackie era que ella misma había llegado a convencerse de la verdad de aquellas evaluaciones negativas. Entonces, ya no le que­daba más que cambiar para adecuarse a las normas de Mark. Una vez que había puesto en tela de juicio el carác­ter de su mujer, el poco tino de él para los negocios que­daba totalmente excluido del cuadro.
Expresiones tales como «Estoy tratando de mejorar», «El sólo está intentando ayudarme a mejorar», «Lo que quie­re es ayudarme a reconocer mis fallos» o «Estoy procuran­do vivir a la altura de lo que él espera de mí» dan a enten­der que las percepciones de una mujer han sido deformadas por los ataques de su compañero, hasta el punto de que ella no sólo defiende el mal trato que de él recibe, sino que se culpa a sí misma de ser la causante.
El SÍNDROME DE ESTOCOLMO
Atribuir buenas motivaciones a quien nos está hacien­do daño no es cosa que se limite a las relaciones de las mujeres con misóginos. La primera vez que los sociólogos describieron este comportamiento, denominándolo el síndrome de Estocolmo, fue con ocasión de lo sucedido du­rante el asalto a un banco en la capital sueca. En vez de aborrecer a los delincuentes que los habían tomado como rehenes, los cautivos empezaron a defenderlos. En un in­tento de encontrar cierta seguridad en una situación hos­til y que ponía en peligro sus vidas, proyectaron motiva­ciones positivas sobre sus atracadores. Varias personas retenidas como rehenes por los ladrones empezaron a ex­hibir hacia ellos una combinación de amor y compasión. Es un fenómeno que se ha podido comprobar y estudiar más a fondo con el incremento del terrorismo internacional. Estoy convencida de que en muchas mujeres que man­tienen relaciones con misóginos se da una variante del sín­drome de Estocolmo, que se manifiesta con mayor frecuen­cia en el terreno de los celos y de la posesividad. Es como si el hombre fuera el dueño de la libertad de su compañe­ra y pudiera administrársela fraccionada, como a él le pa­rezca adecuado.
Por cierto que así se daban las cosas con Carol, que acudió a verme después que ella y su marido, Ben, hubieron participado en un grupo de encuentro de fin de semana para matrimonios, durante el cual ella cayó en 1a cuenta de que algo andaba mal en su unión, que se remontaba ya a veintisiete años. Carol se refería a Ben como si fuera un carcelero benévolo:
Yo quiero realmente ir a esas clases de arreglos florales, por­que es algo que siempre he querido hacer, pero Ben no me lo permite, porque no soporta que yo no esté cerca de él. La última vez que quise seguir un curso, decidí que lo haría de todas maneras, a pesar de él, pero se puso furioso y me quitó las llaves de mi coche. De todas maneras, creo que no tengo de qué quejarme, porque él es así por lo mu­cho que me quiere.
Carol había empezado a identificarse inconscientemente con el marido que la oprimía. No sólo defendía la posesi­vidad irracional de él, sino que interpretaba como «amor» el control a que él la sometía.
De todas las iniciativas ineficaces que toman las muje­res, tanto consciente como inconscientemente, para que la relación con un misógino les resulte menos dolorosa, la connivencia es al mismo tiempo la más sutil y la más destructiva. Una vez que una mujer empieza a actuar, in­conscientemente, de común acuerdo con su compañero, debe dejar de percibir lo que en realidad está sucediendo entre ellos. La deformación que ella impone a la realidad para adecuarse a cómo la ve su pareja indica que sus percepciones están gravemente alteradas.

6
Cómo llegan los hombres a odiar a las mujeres


Mi juicio del misógino ha sido muy terminante. He ca­lificado su comportamiento de insensible, abusivo, ina­ceptable y cruel. Todo esto es verdad, pero ahora ha lle­gado el momento de completar el retrato. Una vez comenzamos a examinar las fuerzas que mueven al misó­gino, nos encontramos con que gran parte de su compor­tamiento abusivo es una manera de encubrir la tremenda ansiedad que despiertan en él las mujeres. El misógino es un hombre atrapado en el conflicto entre su necesidad del amor de una mujer y el profundo temor que ella le inspira.
Este hombre necesita, como necesitamos todos, sentir que le importa emocionalmente a alguien, sentirse ama­do y seguro. Los adultos satisfacemos estos anhelos me­diante la intimidad física, compartiendo con otros nues­tras emociones, y mediante la función de padres. Pero al misógino estos anhelos lo asustan muchísimo. Su necesi­dad normal de estar con una mujer se mezcla con el mie­do de que ella pueda aniquilarlo emocionalmente. Sus­tenta la oculta creencia de que si ama a una mujer, ella tendrá el poder de hacerle daño, de despojarlo, de devo­rarlo y abandonarlo. Una vez que él mismo la ha investi­do de tan tremendos y míticos poderes, la mujer se con­vierte para él en una figura aterradora



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