Cuando el amor es odio



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Lo que Mark llamaba «una piedra en la carretera» eran siete duros años en los cuales él había sido incapaz de ga­nar dinero. En ese tiempo, sus especulaciones financieras habían llevado a la familia al borde de la bancarrota y, sin embargo, él se negaba a ver su propia responsabilidad en sus problemas financieros.
Durante esos siete años, Jackie mantuvo a Mark y a sus dos hijos, y con frecuencia tuvo que avalarlo para sacarlo de diversas dificultades, pese a lo cual él seguía viéndola como una arpía, y acusándola de que no le ayudaba y era una insaciable, cada vez que ella cuestionaba alguno de sus planes.
Hay parejas que de común acuerdo deciden que será la mujer quien aporte la mayor parte de los ingresos fa­miliares, mientras el hombre se hace cargo de otros roles y de otras responsabilidades. Sin embargo, en la asocia­ción con un misógino a la mujer se la castiga por su posi­ción; el hecho de que sea el sostén de la familia se con­vierte en un arma más para el arsenal del misógino. Lleno de cólera y resentimiento por los esfuerzos de ella, el mi­sógino reescribe una vez más la historia, deforma la realidad, y descarga hábilmente sobre ella la culpa de sus pro­pios fracasos.
Rosalind descubrió que inicialmente, sus esfuerzos por rescatar a Jim la hacían sentir fuerte, capaz y generosa, pero que pasados unos años, lo que sentía era algo muy dife­rente. Lo expresó con estas palabras:
El primer año que estuvimos juntos, mi tienda de antigüe­dades marchó tan bien que pude pedir al banco un présta­mo de diez mil dólares para renovar el género, y logré sal­dar la deuda sin ningún problema al final del segundo año. Estaba muy orgullosa de mí misma. Después, Jim me in­sistió para que pidiera un préstamo de veinte mil al final del segundo año. Yo sabía que no había manera de que mi tienda diera para tanto, pero él quería empezar a parti­cipar en el negocio e insistió. Sin embargo, después no quiso hacer nada. Como él tenía un tallercito de restauración de muebles, yo pensé que sería bueno trabajar juntos. Hice ampliar la trastienda para que él pudiera instalarse allí, pero seguía sin hacer nada. Abrí una segunda tienda para aumentar los ingresos, pero eso me significó más trabajo y más gastos. Como él no quería ocuparse de la tienda ni trabajar con los muebles, tuve que tomar una empleada que se hiciera cargo del local nuevo. Después Jim empezó a sacar dinero de la caja registradora, y cuando le dije que no se debía echar mano así de ese dinero, se enfureció y me trató de puta egoísta. Yo no podía entender por qué nada me salía bien y por qué él no hacía lo que se propu­so. Pero entretanto me fui descapitalizando, y cuanto peor me iban las cosas más resentido estaba él. Yo atendía las dos tiendas, viajaba para comprar mercancía y organizaba exposiciones, además de cocinar, limpiar y mantenernos a todos: a mí, a él, a mi hijo y a los dos suyos. Lo único que hacía él era tocar la batería y hablar por teléfono. Yo me sentía ahogada y entrampada. Mis deudas eran increíbles y mi crédito estaba arruinado. Casi sin saber cómo, me en­contré al borde de la bancarrota.
No importaba lo que hiciera Rosalind: para satisfacer a Jim no era suficiente.
El comportamiento típico del «héroe trágico» es tan in­fantil como destructivo. Miente sin la menor vergüenza; es capaz de decir a su compañera que ha pagado tales o cuales cuentas cuando en verdad no lo ha hecho; puede meterse en enormes gastos a crédito aunque ninguno de los dos esté en condiciones de pagarlos. Cuando ella lo interroga, la ataca y la culpa. Espera que siempre haya cerca alguien que lo sostenga si tropieza, y ese alguien es, inva­riablemente, la mujer que lo ama.
No importa cuál sea su estilo; el misógino siempre con­vertirá el campo de las finanzas en su fuente principal de poder y control. La pugna por el dominio en este terreno puede ser más intensa si la mujer trabaja fuera de casa y aporta los únicos ingresos. No es su capacidad para ganar dinero, sino su habilidad para manipular a su compañera lo que determina su poder.

El CONTROL SOBRE LA VIDA SOCIAL


Para sentirse seguro, el misógino debe controlar tus pen­samientos, opiniones, sentimientos y manera de actuar. Por consiguiente, sólo han de tener acceso a vuestras vi­das los amigos o los miembros de la familia que están de acuerdo con su visión de sí mismo o con su versión de la realidad. Y es probable que rechace a cualquiera que pueda hacerte ver las cosas de diferente manera.
También es probable que use tácticas muy diversas para estrechar y reducir tu mundo. Uno de sus métodos con­siste en establecer contacto social con otras personas tan desagradables que tú prefieras quedarte en casa. Nancy me contó cómo lo conseguía Jeff:
Cuando salíamos con otras personas, él se pasaba el tiem­po comprobando cómo actuaba yo. Me reducía a un ma­nojo de nervios. ¿Se habría enfurecido por algo que yo le había dicho a alguien? Cuando volvíamos a casa, me decía cosas como: «Otra vez haciendo ruidos parásitos». Para él, «hacer ruidos parásitos» era tener una charla social intras­cendente o cualquier otra cosa que él no aprobara. «Vaya necedades que anduviste diciendo», me señalaba. Era como estar bajo un microscopio.
Otra táctica de control en este terreno es el recurso a rabietas, pataletas e insultos para obligarte a que renun­cies a las personas con quienes él no se siente cómodo. Jackie me contó que Mark era especialmente desagradable con las amigas de ella.
Fui con unas amigas a una conferencia, ¡y me acusó de ser una homosexual latente! Estaba tan celoso de mis amigas que era capaz de humillarme en público. Decía que eran melodramáticas y tontas.
La mayoría de las parejas tienen amigos y amigas, y de­sarrollan algunas actividades separadas. Pueden disfrutar del tiempo que ambos pasan juntos, pero no hay entre ellos una atmósfera enrarecida ni una cercanía opresiva. En la relación con un misógino, sin embargo, debe evi­tarse todo tipo de separación.
Paula comprobó que luchar con su marido, Gerry, para poder mantener algunas amigas y actividades que no lo incluyeran se convertía en un esfuerzo tan tremendo que, simplemente, desistió.
Las cosas llegaron a un punto en que yo ya no veía a nadie más que a él. Si le decía que iba a reunirme con mis ami­gas, se quedaba atónito. No podía entender que yo qui­siera pasar el tiempo con esas mujeres estúpidas, cuando él era tan inteligente. «Es tanto lo que tengo para ofrecer, y tenemos unas conversaciones tan maravillosas», me de­cía. Si no, insistía en que esa era su noche y su hora. Ver a cualquiera que no fuese él era una lucha, y después de un tiempo yo dejé de luchar.
Muchas mujeres aceptan esta especie de compromiso para salvaguardar la paz doméstica. Hay ocasiones en que rendirse o batirse en retirada es parte del compromiso que exige el buen funcionamiento de una relación, pero cuando repetidas veces cede ante su compañero, al punto de que las necesidades de él tengan prioridad sobre las suyas, una mujer ya no puede conservar su autoestima. Muchas re­nuncian a la batalla por mantener amigas y actividades propias, pues se sienten tan agotadas por las otras bata­llas, más importantes de la relación, que no les parece que aquélla valga la pena. Pero de hecho es una batalla que vale la pena librar, porque constituye una de las for­mas más sutiles de ir aislando a una mujer. Y lo que la hace tan sutil es que, inicialmente, la víctima puede sen­tirse halagada. Puede parecerle que su compañero está tan enamorado de ella que no quiere compartirla con nadie más. Pero en realidad, él está obligándola a renunciar poco a poco a las personas y a las actividades que tienen más importancia en su vida.
Él misógino puede convertir las ocasiones sociales en que participan juntos él y su mujer en un tipo diferente de ordalía. Es probable que en público se muestre encanta­dor y sociable, pero tan pronto como se queda solo con su compañera comienza a despotricar sobre lo estúpidos que son sus amigos, valiéndose del hecho de que ella los haya escogido para insistir más aún en los rasgos inade­cuados de ella como persona. Si al término de cada reu­nión social una mujer se ve enfrentada con las críticas y el enfado de su compañero, es bien probable que conclu­ya que salir con él le resulta más doloroso que placentero, y prefiera quedarse en casa.
Otra táctica que es capaz de usar el misógino para ais­lar a su compañera consiste en humillarla activamente en público. Rosalind comprobó que Jim llevaba a la vida so­cial de ambos muchas de las actitudes insultantes y deni­grantes de que se valía contra ella en la vida privada. He aquí lo que me contó:
Empecé a apartarme de los amigos porque jamás sabía cómo iba a conducirse él. Me insultaba delante de la gente, y decía cosas como: «Oh, no le hagáis caso, es una tonta». Me hu­milló con tal frecuencia que recibir amigos en casa llegó a hacérseme muy doloroso. Me avergonzaba que ellos vie­ran todo lo que yo estaba aguantando.
Los ataques de Jim cuando estaban solos ya habían sa­cudido tremendamente la autoestima de Rosalind, y oír que él insultaba su inteligencia y criticaba su carácter en presencia de sus amigos era más de lo que podía soportar. Cuando les suceden con frecuencia cosas así, muchas mu­jeres —como Rosalind— buscan la forma de eludir la vida social en pareja.
Algunos misóginos insultan a su compañera flirteando abiertamente con otras mujeres en presencia de aquélla. Es un comportamiento que se propone herir, castigar y humillar. Cuando un hombre se vale de los hechos socia­les como oportunidades para insinuarse a otras mujeres, y al mismo tiempo desatiende ostentosamente a su com­pañera, está expresando hostilidad. Su compañera, como es bien comprensible, no tardará en sentir miedo de salir con él.

El CONTROL DEL CONTACTO CON TU FAMILIA


Si los amigos y las actividades externas de su compañe­ra son un problema para el misógino, la familia de ella puede aparecérsele como una amenaza aún mayor, en cuanto es probable que sienta el fuerte vínculo emocional entre ambas como una amenaza al control que él pueda ejercer. Nicki encontró que eso era lo que sucedía con su marido, Ed:
El repasaba la cuenta del teléfono para comprobar si yo ha­bía llamado a mi familia, que vivía en otro estado. Si Ed descubría alguna llamada, se enfurecía y me acusaba de co­sas absurdas. Después de un tiempo, hasta empecé a tener miedo de que llegaran cartas de mi madre, porque eso le encolerizaba.
El miedo que inspiraban a Nicki las rabietas cada vez más violentas de Ed era tal, que llegó a cortar el contacto con su familia para no tener enfrentamientos con él.
Otra forma que tiene el misógino de dificultar tus rela­ciones con tu familia es desvalorizarla ante ti, lo que de hecho es una manera indirecta de insultarte. Gerry recor­daba continuamente a Paula que la familia y el ambiente de ella eran inferiores a los de él. Le decía que, como su padre era profesor y el de Paula electricista, ella era de clase baja y él no. Además, no aguantaba perder el tiempo con la familia de ella porque era gente «inculta e ignorante». Como de esta manera daba a entender que su mujer era un apéndice de su familia, conseguía con ello rebajarla y humillarla.
Casi todos somos sensibles y nos ponemos a la defensi­va cuando se trata de nuestra familia, independientemente de que nos sintamos o no muy próximos a ella. Y de la misma manera que limita las amistades y las actividades de su pareja, el misógino hace que el contacto con su fa­milia llegue a hacérsele desagradable a la mujer.

LA FORMA EN QUE ÉL UTILIZA A LOS NIÑOS


Para un hombre así, los niños pueden ser poderosos ri­vales en el afecto de su compañera. No tiene la menor im­portancia que sean hijos de un matrimonio anterior de ella, hijos de él o de ambos. De la misma manera que le afecta el tiempo que su mujer dedica a su trabajo, a sus amigas y amigos, o a cualquier otro interés o actividad en que él no participe, es probable que le afecte la relación de ella con los niños y que esté celoso de ellos.
El derecho que se toma de usar a los niños en su inten­to de controlar a su pareja se basa en su creencia de que, en su casa, él puede actuar de cualquier manera que se le ocurra, sin que le importe cómo afecta a los demás su comportamiento.
Ya puede haber muchos niños en la casa, que él siem­pre tiene que ser el Niño Número Uno.

Cuando tiene celos de los niños


Paula descubrió que Gerry, su marido, tenía unos celos irracionales de sus hijos tan pronto como nacían. Cuando el primer hijo de ambos era bebé, Gerry regañaba a su mujer por el tiempo y el esfuerzo que ella dedicaba al pe­queño. Después, cuando nacieron los otros niños, los ce­los y la cólera fueron en aumento, hasta el punto de que un mínimo incidente le provocaba un estallido.
Yo cuidaba de que no faltasen el queso, las galletas y el vino que le gustaban a él, porque lo pagaba carísimo. Una noche que llegó a casa temprano y no había queso empezó a vociferar. Mi madre, que estaba de visita, no podía creerlo. «Gerry —le dijo—, ¡semejante escándalo por un poco de queso!» Entonces él empezó a insultarme a mí: «Esta im­bécil nunca se ocupa de tener en casa nada para darme el gusto. Todo es para los niños. Son lo único que le impor­ta, los malditos niños. ¡No le interesa que yo vuelva a casa cansado de trabajar para mantener a esos haraganes, y que ni siquiera haya queso!».
Gerry no veía a los niños como criaturas desvalidas y de­pendientes que necesitaban la protección tanto de él como de su mujer, sino como competidores en la atención de ella. El tiempo que Paula dedicaba a sus hijos era para Gerry la prueba de que él no le importaba.
La triste verdad es que nunca hay bastante. Nunca hay bastante amor, ni bastante atención, ni apoyo suficiente para contentar al misógino. Un hombre así es insaciable, un pozo sin fondo, imposible de colmar. La creencia de que alguna vez podrás tranquilizarlo lo suficiente, o ha­cer que se sienta verdaderamente seguro, no pasa de ser una fantasía.

Cuando te ataca a ti como madre


Casi todas las mujeres somos muy sensibles cuando se trata de nuestro rol de madre. Si el misógino se siente trai­cionado por su mujer a causa de los niños, es probable que empiece a atacarla en su condición de madre. Sin em­bargo, raras veces serán sus buenas cualidades como tal las que ponga en tela de juicio. Los niños son simples chi­vos emisarios de su furia. Lo que él hace no es más que explotar el miedo que percibe en su mujer de no estar a la altura como madre, para así conseguir que se someta a sus exigencias. Jackie me contó la forma en que Mark se valió de los dos hijos de ella para empezar a atacarla:
Yo convalecía en cama después de una operación, y la ma­ñana de Navidad los niños se despertaron temprano y co­rrieron abajo para abrir sus regalos. Era la primera Navi­dad que Mark pasaba con nosotros y se pasó todo el día refunfuñando. Organizó un escándalo por lo egoístas que eran, por lo desconsiderados, porque no pensaban en na­die más que en ellos. ¡Fíjese que estaba hablando de niños de ocho y diez años! Les gritó que le estaban arruinando la Navidad, dijo que no subiría a verme ni me hablaría mientras no aprendiera a educar a aquellos condenados mo­cosos. Me preguntó a gritos qué clase de madre era yo para criar un par de animales sin educación ni disciplina, unos descontrolados. Y siguió gritándome así desde la planta baja. Nos arruinó a todos el día de Navidad, y sin embar­go fui yo la que terminó pidiendo disculpas, como siem­pre sucedía.

Mark había descubierto que cada vez que él atacaba a sus hijos, Jackie capitulaba. Disculparse era su manera de impedir que la cólera de Mark se volcara sobre los niños. Ella creía que estaba protegiéndolos de sus estallidos, pero lo que hacía en realidad era darle permiso para usar a los niños en la guerra contra ella. Al ceder y disculparse, es­taba recompensándolo por sus arranques de furia. En vez de apartar de sus hijos la cólera de él, la estimulaba.



El peligro del triángulo
Hay ocasiones en que, cuando es incapaz de resolver sus conflictos con su marido, una mujer se asegura la simpa­tía de sus hijos, usándolos como confidentes y aliados. De esa manera, los niños pueden verse mezclados directamente en la guerra entre sus padres.
Después de haberme hablado de Mark y de los niños, Jackie recordó lo angustiada que se había sentido por obra de las confesiones que su propia madre le había hecho, siendo ella pequeña:
Mi madre me venía con quejas sobre mi padre. Me conta­ba que en realidad no lo amaba, y eso a mí me asustaba mucho porque, sin saber cómo, sentía que la familia esta­ba amenazada. ¿Qué significaba para mi vida el hecho de que ella no lo amara? Me preocupaba que todo pudiese cambiar de pronto. Yo no quería saber nada de la falta de amor de ella, porque entonces tenía que tomar partido. De pronto, no podía ser leal a los dos al mismo tiempo. A pesar de lo cruel que resultaba, empecé a sentir pena por él. Empecé a soñar con rescatarlo, a tejer toda clase de fantasías sobre cómo podría conseguir que mi madre vol­viera a amarlo, y que todos fuéramos felices y siguiéramos juntos. Así me sentiría segura.
Al recibir la carga de esa información sobre los senti­mientos secretos de su madre contra el padre, a Jackie es­taban convirtiéndola en parte de un triángulo malsano que amenazaba su sentimiento de seguridad. Se vio atrapada en una conspiración de adultos. Este tipo de situación es fuente de tensiones y de culpas para un niño pequeño, y daña la relación que mantiene con ambos progenitores.
También el padre suele comprometer a los niños en un triángulo enfermizo. Es probable que un misógino inten­te poner a los niños en contra de la madre, hablándoles de lo incompetente, egoísta o poco cariñosa que es ella. También puede suceder que busque una alianza con ellos denigrando a la madre, como me contó la hija de Paula:
Un día mamá y yo llegamos en el coche mientras papá es­taba regando el césped. Al vernos apuntó en broma con la manguera hacia el coche y se puso a reír. Nosotras ha­bíamos pasado un día largo y de mucho trajín. Las dos es­tábamos cansadísimas, así que mamá comenzó a levantar la ventanilla para que no nos mojara, y entonces él empe­zó a gritar. Le dijo que era la puta más fea y desagradable que hubiera visto, y después empezó conmigo, diciéndome que mi madre era horrible, que parecía una vieja de ochenta años o un cerdo. Yo estaba terriblemente incómoda por ella, pero él siguió gritando aunque lo oyeran todos los vecinos. Confesó que se alegraba mucho de que ella se fuera por unos días, porque así no tendría que verle la cara, y siguió y siguió. Lo que quería era que yo me uniese a sus insultos, pero me bajé del coche y entré corriendo en la casa.
Como sucede con muchos misóginos, a Gerry le encan­taba ridiculizar a su mujer delante de los niños. Esta acti­tud pone a un niño en una situación terrible: haga lo que haga, pierde. No importaba cuál fuera su reacción; la niña siempre estaría traicionando a una de las dos personas más importantes de su vida.

La brutalidad física


Por desgracia, es imposible impedir que algunos misó­ginos descarguen físicamente su brutalidad sobre sus hi­jos. Es probable que una ocasional palmada en el trasero no cause daño a los niños, aunque yo no creo en ninguna forma de castigo físico. Pero un castigo continuado, que además de dolor físico provoca terror emocional, es siempre lesivo. De esa manera, el matón mantiene el control sobre toda la familia.
Durante los diez últimos años me he especializado en trabajar con adultos que de niños fueron víctimas de di­versas formas de abuso, y he descubierto que no hay en la vida otro acontecimiento que deje cicatrices tan profun­das en la autoestima de una persona, o la haga tan propensa a tener graves dificultades emocionales en la vida adulta.
Cuando empecé a trabajar en este campo, me sorpren­dió comprobar que, en tanto que las personas que sufrie­ron físicamente el atropello de su padre o de una figura paterna estaban enojados con su agresor, con frecuencia estaban aún más enojados con la madre por no haberlos protegido y haber permitido que el abuso continuara. Es­tas personas se veían como el cordero víctima del sacrifi­cio, y consideraban a la madre un ser débil, pasivo y mal dispuesto a enfrentarse con el agresor en defensa de sus hijos.
En situaciones así, muchas mujeres se consuelan dicién­dose que ellas no son culpables, puesto que no han hecho nada. Sin embargo, cuando una mujer se mantiene indi­ferente o aparta la mirada mientras se agrede físicamente a sus hijos, se convierte en copartícipe silenciosa del com­portamiento abusivo. Sus hijos terminan por ver en ella a un cómplice del crimen que se comete contra ellos. Por­que cualquier violencia física contra los niños es un crimen.

Los efectos sobre los niños


Los niños que crecen en el hogar de un misógino expe­rimentan una cólera, una tensión y una frustración tre­mendas. Cuando ven agredir a su madre, ya sea psicoló­gica o físicamente, se asustan y se enojan, pero, por desgracia, estas reacciones no pueden tener en ellos más salida que la que la madre tiene para las suyas.
Son niños en quienes esos sentimientos se expresan en formas contraproducentes y autodestructivas, como reac­ciones psicosomáticas, dificultades escolares y depresiones. En los niños más pequeños, mojar la cama suele ser una reacción común, lo mismo que las pesadillas. Los mayo­res suelen expresar sus sentimientos en peleas con otros niños, en una actividad sexual indiscriminada, en el abu­so de diversas sustancias y otras formas de comportamien­to antisocial. Si un niño es, además, víctima de abusos físicos y sexuales, los síntomas de sufrimiento serán mucho más acentuados.
Los hijos de una pareja en que el padre es misógino son testigos de mucha agresión y culpabilización entre adul­tos; no ven que el trato entre sus mayores sea de compren­sión y respeto. De ahí la gran probabilidad de que, cuan­do crezcan, vuelvan a representar en sus propias relaciones el mismo tipo de drama familiar.
El control que el misógino ejerce sobre su compañera es como las raíces de una planta: se extiende hasta abarcar muchas partes de la vida de ella. El trabajo, los intereses, las amistades, los hijos e incluso los pensamientos y los sentimientos de la mujer pueden resultar afectados por el control del marido. En esta situación, la confianza en sí misma y la autoestima pueden quedar tan dañadas que produzcan importantes cambios en los sentimientos que ella tiene sobre sí misma y en su forma de relacionarse con el resto del mundo. Y sin embargo, pese a esas consecuen­cias tan devastadoras, muchas mujeres siguen insistiendo en que no hay nada de anormal en sus relaciones. En el capítulo siguiente veremos cuáles son los poderosos resor­tes emocionales que hacen posible una creencia tan para­dójica.
5
Lo que mantiene «enganchadas» a las mujeres

Cada vez que una dienta me dice que su marido o su amante la agrede, le pregunto por qué ella se lo aguanta. Con frecuencia, la respuesta es «Porque lo amo» o «Por­que tengo miedo de dejarlo». Pero algunas dicen simple­mente: «¿Por qué le aguanto qué?». Con eso indican cla­ramente que son incapaces de establecer conexión alguna entre la desdicha propia y el comportamiento de su com­pañero.


Eso me dijo Jackie después de diez años de matrimo­nio: «Ya sé que hay veces que me grita, pero es que en el fondo estamos realmente locos el uno por el otro». To­das estas respuestas vienen a indicar lo mismo: que la mujer está «enganchada» con una relación en la cual el hombre la maltrata.
Una relación con un misógino es muy intensa y crea gran confusión. En ella operan muchas fuerzas emocionales po­derosas, en virtud de las cuales a la mujer se le hace difícil ver con claridad lo que sucede. Sin embargo, una vez aprendemos en qué consisten, y de qué manera mantie­nen enganchada a la mujer, se hacen más comprensibles las razones por las cuales ella tolera los malos tratos de su compañero.

el amor
Jackie restaba importancia a los estallidos de Mark por­que en otras ocasiones la relación seguía dándole satisfac­ciones. Ella y Mark aún hacían el amor, seguían divirtién­dose juntos, compartiendo confidencias y disfrutando de su intimidad. Sus sentimientos hacia Mark eran los más intensos que Jackie hubiera tenido jamás.




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