Cuando el amor es odio



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Nancy me contó que Jeff estaba siempre repitiéndole, en términos inequívocos, que ella estaba echando a per­der la relación de ambos. Le decía que estaba decepciona­do, que ella no era lo que él había creído, que se sentía estafado. ¿Dónde estaba la mujer perfecta de quien se ha­bía enamorado?
Tienes que leerle el pensamiento
El misógino espera que su pareja sepa lo que él piensa o siente, sin necesidad de tener que decírselo. Espera que ella, no se sabe cómo, se anticipe a todas sus necesidades, y que satisfacerlas se constituya en la prioridad número uno de su vida. Su mujer —o su amante— tiene que sa­ber sus deseos sin que él se los diga. Una de las pruebas de amor que debe dar es su capacidad de leerle el pensa­miento; por eso, él le dirá cosas como:
—Si me amaras de verdad, habrías sabido lo que estaba pensando.

—Si no estuvieras siempre pensando en ti misma, te ha­brías dado cuenta de lo que yo quería.

—Si yo realmente te importo, ¿cómo no te diste cuenta de que estaba cansado?

—Si te interesaras de veras por mí, no habrías insistido para que fuéramos al cine.


Este tipo de construcciones que empiezan con «Si...», para seguir con cualquier variante de «habrías» o «no habrías», implica que lo que tú debes hacer es tener la capa­cidad de penetrar en la mente de tu compañero y antici­parte a todos sus pensamientos y deseos. No se trata de que él tenga la responsabilidad de expresarse, sino de que tu obligación es ser clarividente. Si una mujer carece de poderes parapsicológicos, con ello da prueba de sus defi­ciencias. Y además, eso sirve para justificar los ataques de él.

Tienes que ser un manantial incesante de generosidad


El misógino típico espera que su compañera sea una fuente inagotable de amor y adoración, de apoyo, apro­bación y estímulo, total y generosa sin reservas. Su mane­ra de establecer una relación con una mujer se parece mu­cho a la de un infante ávido y exigente, basada en la tácita expectativa de una total generosidad de ella en cuanto a la satisfacción de todas sus necesidades.
Poco después de haberse casado con Mark, Jackie des­cubrió que él le había mentido, asegurándole que esta­ban saldadas algunas facturas importantes que en reali­dad no había pagado. El que debía encargarse de abonarlas era él, pero no lo había hecho, y cuando ella le preguntó qué había pasado, se enfureció.
Me acusó de falta de amor y de comprensión hacia él. Me acusó de no estar de su parte. Dijo que él tenía amigos que hacían cosas mucho peores, que todas las noches volvían a casa borrachos y realmente eran un desastre en lo finan­ciero, y que sin embargo sus mujeres jamás les negaban comprensión, amor y apoyo. ¿Cómo era posible que yo me mostrara incapaz de expresar un amor así? No sé cómo, se las arregló para presentar las cosas de tal manera que la mal­vada era yo por atreverme a preguntarle por qué no había pagado las cuentas.
Desde el punto de vista de Mark, y con independencia de lo que él hiciera, Jackie nunca podía alterarse, nunca podía preguntarle nada, y jamás podía ser otra cosa que absolutamente generosa y amante. Por su parte, él se veía como un compañero amante, dedicado y generoso, que no quería otra cosa que brindar tan bellas cualidades a aquella mujer increíble que había encontrado, pero que tan pronto como veía que ella no era un manantial inago­table de generosidad, se sentía traicionado y se encoleri­zaba con ella.
Tienes que ser una torre de fortaleza
Jim, el compañero de Rosalind, era incapaz de recono­cer en ella a otro ser humano, diferente de él y que tenía necesidades y sentimientos propios. He aquí lo que él me contó:
Yo creía que era muy entera, hasta que una vez, al comien­zo de nuestra relación, se echó a lloriquear como un bebé. ¡Dios, eso sí que fue una desilusión para mí! Yo no podía creer que fuese la misma mujer de quien me había ena­morado de aquella manera.
La verdad es que Rosalind era una mujer fuerte, bien preparada y eficiente, pero —como todo el mundo— pa­saba por días malos. Cuando tuvo la osadía de expresar su vulnerabilidad, Jim la trató con repugnancia y despre­cio. He aquí el relato que ella hace del episodio:
Era la primera vez que él me veía perder el control, y reac­cionó escandalizándose. Era como si me dijera: «¿Quién te crees tú que eres para echarte a llorar de esa manera? ¿Qué derecho tienes a no ser fuerte, si eres la que debe hacerse cargo de todo?». Me dio la sensación de que iba a irse y abandonarme. Para terminar con la situación tuve que dis­culparme, y aunque traté de restar importancia a lo que había pasado, no pude superar la sensación de que él no quería aceptarme como un simple ser humano.
El haber llorado hizo que el estatus de Rosalind en cuan­to mujer perfecta se deteriorase. Por lo que se refería a Jim, ella había dejado de ser digna de que él la tratara bien.
La idealización es un arma de doble filo. Puede gene­rar una maravillosa sensación de halago, pero también im­pide que una mujer advierta que está condenada al fraca­so. Es imposible vivir sobre el pedestal donde la ha colocado el misógino, porque en un pedestal no queda margen para el error. Si un día su compañera está malhumorada o se conduce de cualquier manera que a él no le guste, el mi­sógino lo considera un signo de deficiencia por parte de ella. El había contratado a una diosa, y ella no está a la altura de las exigencias del trabajo. El desprecio y la desi­lusión que ella le provoca son todo cuanto él necesita para sentirse autorizado a dejar de expresarle su amor y empe­zar a criticarla, acusarla y cubrirla de culpas.
El desengaño inicial que desencadena el comportamiento típico del misógino se produce generalmente al comienzo de la relación. Sin embargo, como la emoción del idilio está todavía en sus primeras etapas, es fácil barrer y ocul­tar bajo la alfombra el momento del estallido. Si en algu­na medida la mujer se siente desagradablemente sorpren­dida, no pasa de una mínima nota disonante en una sinfonía que, en conjunto, es armónica.
Las primeras indicaciones del mal genio del misógino son esporádicas. Los estallidos no se convierten en un modo de vida mientras no se ha llegado a algún tipo de com­promiso, que tanto puede ser verbal, como el hecho de irse a vivir juntos, formal o, incluso, el matrimonio. En­tonces, una vez él está seguro de «tenerla», la situación se deteriora rápidamente.
3

Las armas con que él se asegura el control



Hacia el final de la luna de miel, las primeras veces que el misógino agravia la autoestima de su compañera, está haciendo tanteos de prueba. Si ese agravio inicial no tro­pieza con ninguna resistencia, ya sabe que lo que ella está haciendo, sin darse cuenta, es darle permiso para que per­sista en ese comportamiento.
No deis la mano si no queréis que os cojan el codo: he aquí lo que digo continuamente a las mujeres.
El CONTRATO AMOROSO
Al comienzo de la relación se sueltan muchos globos de prueba. El misógino —frecuentemente, sin darse cuenta de lo que hace— procura concretar su definición de hasta dónde puede llegar. Lo lamentable es que su compañera crea que al no enfrentarse con él ni cuestionar su compor­tamiento cuando él lastima su sensibilidad está expresan­do el amor que siente por él. Muchas mujeres caen en esa trampa. Desde pequeñas nos han enseñado que la respues­ta es el amor. Con amor todo será mejor; lo único que tenemos que hacer es encontrar un hombre que nos ame, y entonces la vida será maravillosa y viviremos felices por siempre jamás. Además, nos han enseñado que, al servicio de ese amor, se esperan de nuestra parte ciertas for­mas de comportamiento, algunas de las cuales son «suavi­zar las cosas», dar marcha atrás, disculparnos y «mostrarnos agradables». Pero resulta que esos mismos comportamien­tos animan al misógino a maltratar a su compañera.
Es como si hubiéramos establecido al mismo tiempo dos acuerdos o contratos con el misógino, el uno explícito y el otro tácito. El acuerdo explícito es, por ambas partes, te amo y quiero estar contigo. El acuerdo tácito, que se origina en nuestras necesidades y temores más profundos, es mucho más poderoso y vinculante. Tu parte —la parte de la mujer— en el acuerdo tácito es: Mi seguridad emo­cional depende de tu amor, y para conseguirlo estoy dis­puesta a ser dócil y a renunciar a mis propios deseos y ne­cesidades. La parte que le corresponde a él en ese acuerdo es: Mi seguridad emocional depende de que yo tenga el control absoluto.
ÉL DEBE TENER EL CONTROL
En todas las relaciones hay luchas por el poder. En las parejas se suscitan desacuerdos por el dinero, por la for­ma de educar a los hijos, por el lugar donde irán de vaca­ciones, por la frecuencia con que han de visitar a los pa­rientes políticos; se discute quién de los dos tiene los amigos más agradables y con quién habrán de pasar el tiempo. Pero aunque todo esto pueda constituir motivo de con­flicto, son cosas que habitualmente se pueden negociar de forma afectuosa y ton respeto.
Sin embargo, cuando la relación se da con un misógi­no, lo que escasea son la negociación y el compromiso. El juego se desarrolla, en cambio, en un campo de batalla donde él tiene que ganar y ella debe perder. Este dese­quilibrio de poderes es el tema principal de la relación.
El misógino necesita controlar la forma en que piensa, siente y se conduce su mujer, decidir por ella con quién y con qué se compromete. Sorprende la rapidez con que incluso mujeres competentes y que hasta entonces tenían total éxito en su actividad renuncian a su talento y su ca­pacidad, e incluso los desconocen y niegan, con tal de ob­tener el amor y la aprobación de sus compañeros.
Claro que un control total es una cosa muy incierta. Re­sulta imposible controlar totalmente a otro ser humano. Así pues, el empeño del misógino está condenado al fra­caso y, como resultado, él se pasa buena parte del tiempo frustrado y colérico. A veces, consigue enmascarar adecua­damente su hostilidad, pero en otras ocasiones este senti­miento se manifiesta como abuso psicológico.
POR QUÉ EMPLEO LA PALABRA «ABUSO»
Entre los profesionales de la salud mental, abuso es una palabra que hace referencia a la violencia, tanto psicoló­gica como física. Es abuso cualquier comportamiento en­caminado a controlar y subyugar a otro ser humano me­diante el recurso al miedo y la humillación, y valiéndose de ataques físicos o verbales. Es decir, que son abusos la prepotencia, la arbitrariedad, las expresiones de despre­cio, los reproches exagerados y toda forma de comporta­miento que por medios similares tienda a esos fines. Di­cho de otra manera, no es necesario que a uno lo golpeen para que haya abuso.
Cuando hay castigo físico, las armas son los puños; si el castigo es psicológico, las armas son palabras. La única diferencia entre las dos categorías está en la elección de las armas.
Quiero insistir en un uso restringido del término abu­so. No me valgo de él para describir un malhumor ocasio­nal ni una expresión de enfado que se dan en cualquier relación. Cuando hablo de «abuso», es para describir la persecución sistemática de uno de los miembros de la pareja por acción del otro. El abuso verbal no ha recibido la atención que merece, si se tiene en cuenta lo devastador que puede ser para la salud mental de una persona si se prolonga mucho tiempo. Con frecuencia, las muje­res me dicen que, por lo menos, él no les pega. A esa dis­culpa, les respondo: «El resultado es el mismo. Estás tan asustada y te sientes tan impotente como si te pegara. ¿Qué diferencia hay entre castigarte con los puños o con palabras?».
EL CONTROL MEDIANTE EL ABUSO PSICOLÓGICO
El misógino tiene un amplio repertorio de tácticas de intimidación, comentarios denigrantes, insultos y otras ac­titudes destinadas a hacer que su compañera se sienta in­capaz e impotente.
Sus ataques más obvios se expresan con gritos y amena­zas, estallidos de cólera, insultos y críticas constantes. Son ataques directos y abiertos, teñidos de una agresividad ma­nifiesta.
Las amenazas implícitas
Una de las tácticas más aterradoras —y, por lo mismo, una de las que obtienen más éxito— que puede usar el misógino para obtener el control lleva consigo la amena­za implícita de malos tratos físicos. Era el tipo de amena­za que caracterizaba al matrimonio de Lorraine y Nate, los padres de Jackie.
Nate era un próspero hombre de negocios a quien sus muchos empleados querían y respetaban sinceramente. Lo­rraine era una mujer tranquila, que se ocupaba de la edu­cación de sus dos hijos y de atender su casa. A lo largo de treinta y cinco años de matrimonio, Nate se valió de algunas tácticas sumamente intimidatorias —que jamás dejó ver a nadie fuera de las cuatro paredes de su casa— para tener sometidos a su mujer y al resto de la familia. Lorraine recordaba lo siguiente:
Su hermana vivía en la casa de al lado, y las dos estábamos muy unidas. Una noche que fuimos juntas al cine, yo es­trené un vestido y un sombrero. Al volver perdimos el auto­bús, así que yo llegué a casa casi media hora más tarde de lo que le había dicho a Nate. Cuando entré, estaba paseán­dose de un lado a otro. No me dio siquiera ocasión de ex­plicarle nada. Me arrancó el vestido, agarró el sombrero nue­vo y me lo cortó con unas tijeras. Después lo arrojó todo al incinerador. Yo hubiera querido morirme. Estaba ate­rrorizada.
Ese cruel episodio no era un incidente aislado. Escenas así ocurrían cada vez que Nate se sentía disgustado, aun­que fuera momentáneamente, con el comportamiento de Lorraine.

No es mi intención sugerir que los hombres como él pla­neen conscientemente sus agresiones. Gran parte de su comportamiento, aun del que parece más cruel y abusi­vo, tiene su origen en fuerzas que están más allá de su control. Pero, aun así, es necesario que, con independen­cia de los demonios que rugen dentro de su alma, los adul­tos se hagan responsables de su manera de proceder.


Este es el relato de Lorraine:
Yo solía rogarle que no me hiciera cosas como esa, porque me daba unos sustos de muerte. Él me decía que se ponía así por lo mucho que se preocupaba cuando me demora­ba, por lo mucho que me quería. Pero luego, una semana después del incidente en que me rompió el sombrero nue­vo, se me pasó un asado y me hizo pedazos todas las copas de la cocina.
En el caso de Lorraine, los ataques de Nate estaban a un milímetro de la violencia física, y daban a entender claramente: «Hoy rompo las copas y mañana te rompo un brazo». Nate no necesitaba golpearla físicamente, porque la amenaza implícita en su comportamiento bastaba para mantenerla sometida del todo.
Las agresiones verbales
No todas las agresiones son tan manifiestamente vio­lentas como las que me describía Lorraine. En muchos de estos ataques intervienen los gritos, que debido al volu­men de la voz y a la intensidad de la cólera, pueden asus­tar muchísimo. A la mayoría de las personas se les hace muy difícil manejar el enojo, incluso el propio. Y cuando eres tú el blanco de ese enojo, se crea una atmósfera de tensión tremenda. En el caso del misóginos lo más común es que sus gritos incluyan insultos y ataques verbales di­rectos, que te hacen la experiencia doblemente dolorosa. Estas agresiones verbales pueden aterrorizar y desmorali­zar a una persona tanto como las amenazas implícitas de violencia física.
Para Jackie, que se esforzaba por mantener una casa al mismo tiempo que enseñaba y que procuraba obtener un título universitario, las agresiones verbales de Mark fue­ron sumamente lesivas:
Yo estaba agotada, procurando terminar un trabajo para un curso. Habíamos tenido una semana muy lluviosa, y sin que yo lo supiera, el garaje se había inundado. Yo estaba escribiendo a máquina cuando entró Mark a decirme que quería mostrarme algo. Lo seguí obedientemente, y cuan­do me llevó al garaje vi que el agua había mojado algunas cajas de ropa que yo había guardado allí para el Ejército de Salvación. Él empezó a gritarme que era una desconsi­derada, una liberada de mierda que no sabía hacer otra cosa que escribir a máquina. Me acusó de que no me importa­ban nada la casa ni el esfuerzo que él hacía para mantener­nos. Mientras vociferaba, yo trataba de ir sacando las cajas del agua. «¡Tú te crees que tienes el culo de oro —siguió gritándome— y que no tienes por qué preocuparte por la casa, imbécil!» Una vez que hube sacado todas las cajas del agua volví a entrar en la casa, y él me siguió sin dejar de gritar y vociferar en ningún momento. Yo me sentía tan mal que no pude terminar el trabajo, de tanto que me tem­blaban las manos.
Las agresiones verbales de Mark a Jackie eran tan crue­les como los ataques de Nate a Lorraine, aunque en su caso no hubiera amenaza de violencia física.
Las críticas implacables
Hay misóginos que no recurren a la crueldad obvia de las tácticas intimidatorias y de los insultos proferidos a gritos para mantener sometida a su pareja. En vez de levantar la voz, van desgastando a la mujer a fuerza de criticarla continuamente y buscar pelos en la leche. Se trata de un tipo de abuso psicológico especialmente insidioso, porque con frecuencia adopta el disfraz de un intento de enseñar a mejorar a la mujer.
Siempre que yo veía a Paula, la creativa publicitaria a quien conocimos en el capítulo 2, estaba impecablemen­te vestida: tenía el don de combinar de tal manera la ropa más simple del mundo, que lograba unos conjuntos estu­pendos, a pesar de lo cual su marido Gerry —psicólogo— se burlaba continuamente de ella, ridiculizando no sólo sus gustos y su aspecto, sino también su carácter. Paula me contó lo que sigue:
A él le enferma que yo ande con tejanos, aunque sea en casa. Me dice que ni siquiera sé coordinar los colores y que parezco disfrazada. Una vez que me puse a llorar porque me había estado criticando toda la tarde, me preguntó qué demonios me pasaba y me dijo que, finalmente, me lo es­taba diciendo por mi propio bien. Me lo cuestiona todo, todo. A mí me gustan las películas antiguas y él dice que son superficiales. Sostiene que no soy considerada, que no leo lo que hay que leer, que no lo ayudo ni lo apoyo bas­tante. Yo hago todo lo que puedo por ser como él quiere que sea, pero nada de lo que haga le parece bien.
Paula admiraba la brillantez intelectual y la vasta cul­tura de su marido. Al comienzo de la relación estaba muy entusiasmada por la perspectiva de que Gerry la convir­tiese en una mujer refinada y mundana, digna compañera de él. Aceptó de buena gana que él era más inteligente y más educado que ella, y estaba encantada con la idea de que estuviera dispuesto a compartir con ella sus teso­ros. El hecho de que buena parte de sus consejos fueran válidos y racionales contribuyó a reducir más aún la capa­cidad de Paula de advertir hasta qué punto eran implaca­bles sus críticas.
Los misóginos del tipo del profesor Henry Higgins —el personaje de My FairLady, basado en el Pigmalión de Bernard Shaw, que se empeña en refinar a la florista hasta convertirla en una gran dama, con una dicción perfecta—, que se ofrecen para ayudar a mejorar a una mujer recons­truyéndola de pies a cabeza, suelen ejercer alguna profe­sión que les permite asesorar a otras personas, las cuales los tienen en gran estima y llegan incluso a reverenciar­los. Estos hombres suelen ser médicos, abogados, profe­sores o, como Gerry, psicólogos. El prestigio que les con­fiere su trabajo les otorga también mayor credibilidad en su condición de críticos y mentores.
Este tipo de misógino se constituye en maestro y gurú de su compañera, pero por más que ella cambie y se mo­difique para adaptarse a sus exigencias, es inevitable que se equivoque.
Esta clase de críticas funcionan de manera similar al agua que cae sobre una roca: las primeras gotas no hacen nin­gún efecto visible, pero con el tiempo, el efecto acumula­tivo produce huellas profundas y duraderas. En forma pa­recida, el misógino, con sus críticas y sus alfilerazos constantes carcome la confianza de su mujer en sí misma y su sentimiento de autoestima.
Los tipos de violencia psicológica que acabo de descri­bir son fáciles de reconocer, una vez que una mujer ha aprendido cuáles son sus características. Pero hay otros com­portamientos, mucho más sutiles, que pueden erosionar eficazmente la capacidad de pensar y evaluar con claridad de cualquier mujer. Son aquellas técnicas de manipula­ción, difíciles de detectar, que yo llamo «de acoso desde la sombra», y capaces de hacer que comiences a dudar de tus propias percepciones, e incluso hasta de tu salud mental.

LAS TÉCNICAS DE ACOSO DESDE LA SOMBRA


Probablemente, las lectoras a quienes les gusten las pe­lículas antiguas habrán visto Luz que agoniza [Gaslight], con Charles Boyer e Ingrid Bergman. Boyer hace el papel de un marido que parece enamoradísimo de su mujer y muy dedicado a ella, pero que empieza a socavar su salud mental valiéndose de diversas técnicas sumamente insidio­sas. Le esconde las joyas y después la convence de que es ella quien las ha perdido; descuelga un cuadro de una pa­red e insiste en que ella lo ha quitado. Esas agresiones a la mente de su mujer casi consiguen, mediante una sutil manipulación, convencerla de que está loca. El filme es un ejemplo clásico del grado de poder que uno de los miembros de una pareja puede ejercer sobre el otro. El personaje de la película se valía de esas técnicas en forma deliberada y metódica, para quedarse con un tesoro es­condido en la casa donde vivían él y su esposa. El misógi­no, sin embargo, va en pos de una recompensa distinta y, a diferencia del personaje que interpretaba Boyer, su comportamiento no es resultado de una planificación cui­dadosamente deliberada, aunque no por eso resulta me­nos opresivo.
Negar
Son muchas las formas en que es posible inducir a una persona a cuestionar la precisión y la validez de su propia memoria y de sus percepciones. La más primitiva y desca­rada de esas técnicas es la negación. El misógino convence a su pareja de que el incidente no existió.
¿Recuerdan mis lectoras el relato de Jackie sobre la inun­dación del garaje y lo agresivo que se había mostrado Mark con ella? Pues cuando Mark, a pedido mío, fue a verme poco después, le pregunté por aquel episodio, y su res­puesta fue:
Eso no lo recuerdo. No sé a qué se refiere. Sinceramente, no recuerdo esos episodios que al parecer significan para ella más que todos los momentos maravillosos que hemos pasado juntos. Fíjate, es increíble la forma en que recuer­da únicamente lo malo.
Desde el puntó de vista de Mark, si él no recordaba un incidente, no había sucedido.
Ese tipo de olvidos tan convenientes son aún más ob­vios en un misógino que abuse del alcohol o de otras dro­gas, que atenúan las inhibiciones y disuelven el barniz de civilización. Cuando la gente está ebria o «colgada» con alguna droga, se conduce frecuentemente de manera ex­plosiva o cruel. Y, sin embargo, tiene una capacidad es­calofriante para olvidar al día siguiente todo lo que hizo. «Vaya, ¡si anoche estaba tan borracho que no me acuerdo de nada de lo que sucedió!»: esta suele ser una forma es­tándar de negación.
Lo peor de quienes se valen de la negación como tácti­ca es que te dejan sin nada de donde puedas cogerte. Y eso genera un sentimiento de frustración desesperada. No hay manera de resolver un problema con alguien que te niega la existencia de ciertos hechos, y que insiste en que jamás sucedió algo que tú sabes con certeza que es real.
Reescribir la historia
Con esta táctica, el episodio no se niega; se le da una forma diferente que encaja mejor con la versión que el mi­sógino ofrece de él. No hay dos personas que recuerden un incidente de la misma manera, pero el misógino in­troduce alteraciones profundas y espectaculares en los he­chos para validar así su versión del relato. Laura me contó el siguiente episodio, que tuvo lugar la noche anterior a su boda con Bob:
Habíamos convenido que yo pasaría la última noche en casa de nuestros amigos, que era donde al día siguiente iba a celebrarse la boda. Él y yo lo habíamos hablado; estaba todo dispuesto y nuestros amigos me esperaban. Cuando Bob llegó a casa y vio mis preparativos para pasar la noche fue­ra, me preguntó a dónde iba. Le dije que pensaba quedar­me en casa de Joe y Betty, tal como lo habíamos planeado. Me miró como si estuviera loca. «¡Yo jamás estuve de acuer­do con eso! —dijo—. ¿Quién lo decidió?» Le recordé que los dos lo habíamos decidido, y entonces prosiguió: «Real­mente, me tienes preocupado si crees que yo puedo haber dicho una cosa así. ¿Cómo puedo haber accedido a eso, si es la última noche que pasamos juntos antes de casarnos?». Para cuando él terminó de dar vueltas al asunto, yo estaba temblando. No entendía cómo pude haberme confundi­do de esa manera.



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