Cuando el amor es odio



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Esta necesidad de unificación instantánea parece la prin­cipal fuerza de propulsión de estas relaciones.
El ESPÍRITU DE RESCATE
Hay una fantasía de rescate que también es un elemen­to importante en el «pegoteo» que caracteriza a las rela­ciones con misóginos. Se trata de una fantasía que crea un vínculo muy especial, capaz de hacer que una mujer se sienta a la vez necesaria y heroica.
Gran parte del entusiasmo inicial de Jackie en su rela­ción con Mark provenía de la abundancia de emociones maternales que él le despertaba. Ella era la llamada a dar­le lo que nadie más le había dado, y su amor sería la com­pensación de todo lo que él había sufrido en la vida. Por ella Mark se convertiría en el triunfador, en el hombre res­ponsable que Jackie intuía oculto bajo la superficie. Ella misma lo explicó así:
La segunda vez que lo vi me habló con detalle de su situa­ción financiera, y yo me sentí sumamente halagada por su sinceridad, al punto de que acepté sin más el hecho de que, con 38 años, no tuviera trabajo fijo. Después de todo, pen­sé, acababa de presentarse a oposiciones, y alguien tenía que perderlas. Me pintó un cuadro tan glorioso de sus pro­yectos para el futuro, se mostró tan cortés y encantador, y parecía tan capaz de triunfar que yo estaba segura de que con apenas alguna ayuda mía, lo lograría en muy poco tiem­po. Entonces decidí que le daría el amor y el apoyo que él necesitaba para recuperar la confianza en sí mismo.
Jackie creyó que, mediante el poder de su amor, logra­ría transformar mágicamente a Mark. Para muchas muje­res, tal creencia es un afrodisíaco fortísimo: permite que una mujer se sienta una deidad, una Madre Tierra con po­deres curativos. No importa que el problema de él sea fi­nanciero, que se trate de alcoholismo o de abuso de dro­gas, o que sus relaciones amorosas anteriores resultaran insatisfactorias: ella cree que su amor puede curarlo. Ade­más, en cuanto da, ayuda y abastece, se crea también, para sí misma, una ilusión de poder y de fuerza. De la situa­ción deriva un sentimiento de heroísmo: con el rescate, ella se ennoblece, porque gracias a su ayuda él se conver­tirá en un hombre diferente.
Sin embargo, entre ayudar y rescatar hay una diferen­cia muy grande. De cuando en cuando, todos necesita­mos ayuda para superar los momentos difíciles de la vida. Que le prestes ayuda financiera si te es posible, que seas comprensiva y lo apoyes son cosas que dan a tu compañe­ro la seguridad de que estás de parte de él. Pero a lo que me refiero aquí es al hombre con una historia previa que te infunde la certeza de que es capaz de cuidarse solo. Sus problemas son temporales, y ayudarle es algo ocasional; no va a ser una constante.
El rescate, por otra parte, es un comportamiento repe­titivo. Ese hombre siempre necesita tu ayuda, y está con­tinuamente en dificultades. Tanto su vida personal como la profesional responden a una pauta persistente de ines­tabilidad. Además, siempre está culpando a los demás de sus fracasos.
Compara, por ejemplo, a estos dos hombres:
—El hombre 1 ha sido siempre laborioso y financieramen­te responsable. La compañía en que trabajaba se vende y el trabajo que él hacía es confiado a otro. Hasta que pueda volver a trabajar, necesita pedir prestado algún di­nero, pero está buscando empleo activamente, y cuando lo encuentra comienza en seguida a devolverte el préstamo.
—El hombre 2 ha tenido largos períodos de caos financie­ro en su vida, y constantemente recurre a ti para que lo saques de apuros. En ningún trabajo se encuentra a gus­to, y tiene antecedentes de que no se lleva bien con sus jefes. Cuando finalmente consigue colocarse, no hace ningún esfuerzo —o casi— por devolverte lo que le has prestado.
Rosalind había advertido los problemas financieros de Jim desde la primera noche que se conocieron, y en se­guida empezó a ayudarle, invitándolo a cenar. Al cabo de pocas semanas, le sugirió que él y sus dos hijos adoles­centes se fueran a vivir con ella hasta que Jim pudiera en­contrar trabajo estable con una banda.
«Me dijo que yo era la mujer más maravillosa del mundo, y que ahora que me había conocido todo iba a ser diferente en su vida.»
No pasó mucho tiempo sin que Rosalind estuviera man­teniéndolos definitivamente a todos.
Al comienzo, la gratitud de Jim hacia Rosalind intensi­ficó sus sentimientos. Si se había enamorado de ella des­de la primera vez que se vieron, una vez que Rosalind em­pezó a ocuparse de todos ellos su amor se convirtió en locura. Para Jim, como para tantos misóginos, la ayuda de una mujer era la prueba de que ella realmente se inte­resaba por él.
Muchas mujeres se regodean en la cálida luz del agra­decimiento de su pareja; eso las hace sentirse realmente necesarias y queridas. Y seguro que es emocionante eso de ayudar al compañero, y comprobar que tu amor y tu generosidad son importantes en la vida de él. Su efu­siva gratitud puede hacer que te sientas tan bien, que co­mienzas .a aceptarla como única y suficiente forma de pago.
Resulta obvio que no todos los misóginos necesitan res­cate. Muchos son estables, tanto en lo profesional como en lo financiero. En realidad, cuanto más éxito tenga el misógino, más probable es que insista en que la mujer de su vida dependa totalmente de él. El que necesita que lo rescaten es el misógino con alguna forma de inestabilidad grave, que puede manifestarse de muy diversas maneras: problemas con el dinero, abusos en el comer, el beber o las drogas, relaciones caóticas, juegos y apuestas o impo­sibilidad de conservar el trabajo. Es un hombre que lanza llamadas de auxilio para que alguien lo salve. Muchas mu­jeres, especialmente las que tienen una carrera indepen­diente, se apresuran demasiado a correr hacia él armadas de un salvavidas, sólo para encontrarse con que también a ellas se las traga la resaca.
Tampoco es el caso que en cualquier idilio que marche a un ritmo acelerado el hombre haya de ser un misógino. Desde luego, una relación que se inicia con un caudal enor­me de emoción y entusiasmo puede resultar estupenda. Pero si, además de la emoción romántica, te encuentras con que está en juego algún otro de los elementos que acabo de describir —el rescate, un sentimiento de deses­peración y de pánico, una fusión (o confusión) demasia­do rápida, y una especie de anteojeras deliberadas—, en­tonces es probable que las aguas por donde navegas lleguen a ponerse muy turbulentas.

2
EL FIN DE LA LUNA DE MIEL



La primera advertencia de que el Príncipe Encantador tiene su lado sombrío suele producirse durante un inci­dente que parece insignificante. Lo que hace tan descon­certante el episodio para la mujer es que, de pronto, el encanto de su compañero se convierte en furia, y ella se ve sometida a un ataque totalmente desproporcionado.
Para Laura, el primer incidente se produjo la víspera de Navidad, cuando ella y Bob llevaban cuatro meses vivien­do juntos. Así lo describe ella:
Aquella noche yo estaba envolviendo regalos y él me dijo que se iba a acostar y que quería que le acompañara. Le respondí que me reuniría con él tan pronto como termina­ra, y simplemente se puso hecho una furia. Me dijo que quería que fuera ya. Como esa noche ya habíamos hecho el amor, yo sabía que no me lo pedía por eso, pero jamás lo había visto enojarse de esa manera. De pronto empezó a gritarme, tratándome de puta egoísta. Después cerró la puerta del dormitorio dando un portazo tal, que todo el apartamento se estremeció. Yo me quedé sola, completa­mente aturdida y sin saber qué pensar. Lo atribuí a las fies­tas, a la tensión y cosas semejantes.
Laura estaba tan fascinada con la forma como la hacía sentir Bob durante casi todo el tiempo, que no quería ver el arrebato de cólera de él como una verdadera señal de peligro. Si no hubiera estado tan transportada por sus sen­timientos románticos, podría haber tomado distancia du­rante un momento, lo necesario para darse cuenta de que Bob tenía un problema con su enfado. Esa fue una infor­mación sumamente importante, que tuvo un efecto tre­mendo sobre la vida de Laura, pero en vez de interpretar esa explosión colérica como una advertencia de que su amante era capaz de estallidos de intimidación de carác­ter infantil, Laura se buscó una explicación que le restara importancia.
LA RACIONALIZACIÓN DEL COMPORTAMIENTO DE ÉL
Racionalizar es lo que hacemos cuando dejamos de lado la voz de la intuición que interfiere con una situación que de ordinario nos hace sentir bien. Es una manera de hacer aceptable lo inaceptable. Al buscar «buenas razones» para algo que de no ser por ellas nos haría sufrir, encontramos algún sentido en situaciones desconcertantes e incluso ate­rradoras. La racionalización es diferente de la ceguera que vimos en el capítulo 1, en cuanto al racionalizar vemos y reconocemos lo que nos choca o desagrada, pero en vez de negar su existencia, le damos un nombre diferente.
Rosalind empezó a racionalizar buena parte de la con­ducta irresponsable de Jim poco después de que él se fue­ra a vivir con ella. Este es su testimonio:
Como músico, Jim sólo ocasionalmente podía conseguir al­gún trabajo pagado. Había probado con muchísimas ban­das diferentes, pero hay muchos directores que en reali­dad no saben nada de jazz. Yo sé que desde el punto de vista musical Jim tenía razón, pero por razones financieras deseaba que hubiera sido un poco más tolerante.
Rosalind encontraba buenas excusas para la incapacidad de él de conservar su trabajo en una banda. Resultó que Jim tenía muy mal genio y rechazaba cualquier figura de autoridad en sus trabajos. Pero, cada vez, ella prefería in­terpretar el conflicto como falta de conocimiento musical del director de la banda, antes que admitir el problema de personalidad de Jim.
He aquí algunas de las expresiones que he oído de la­bios de mujeres que procuraban restar importancia al com­portamiento pasado y actual de su compañero:
—Sí, ya estuvo casado tres veces, pero es que antes nadie lo entendió como yo lo entiendo.

—Ya sé que ha sufrido varios fracasos comerciales, pero es que tuvo una cantidad de socios deshonestos que lo es­quilmaron.

—El dice cosas terribles de su ex mujer, pero yo no puedo criticarlo porque ella era increíblemente voraz y egoísta.

—Ya sé que bebe demasiado, pero es que en este momen­to está trabajando en un caso muy importante, y sé que cuando eso termine, lo dejará.

—Verdaderamente me asustó al gritarme de esa manera, pero es que en este momento está sometido a mucha presión.

—Claro que se enojó muchísimo cuando yo no coincidí con su opinión, pero a nadie le gusta que los demás estén en desacuerdo con él.



—En realidad no puedo culparlo porque pierda los estri­bos, cuando ha tenido una niñez tan desdichada.
Cualquier mujer que ante un comportamiento del tipo de arrebatos coléricos o estallidos de violencia dice que «si él lo hizo fue sólo porque...», está racionalizando.
No hay nadie que sea invariablemente agradable; eso es algo que no debemos esperar ni de nosotros mismos ni de los demás. Y, naturalmente, hay ocasiones en que es necesario que nos mostremos comprensivos y aceptemos que alguien a quien amamos está en una situación de es­trés o es especialmente sensible a ciertos problemas. Aquí no me estoy refiriendo al hombre básicamente bueno y respetuoso, pero que en alguna ocasión tiene un estallido; ese es el hombre que después asumirá la responsabili­dad del episodio, y sentirá auténtico remordimiento por haber descargado sus frustraciones sobre algún ser querido.
El misógino actúa de modo diferente: él no sentirá re­mordimiento alguno por sus accesos de cólera. Además, su compañera se encontrará a sí misma, cada vez con ma­yor frecuencia, justificando y tratando de hallar explica­ción a sus desagradables estallidos.
La racionalización es una reacción muy humana, que no indica necesariamente un problema grave. Pero em­pieza a serlo cuando, con regularidad, una se descubre dis­culpando un comportamiento inaceptable de su compa­ñero. A medida que los estallidos de él se vuelvan más frecuentes, tú tendrás cada vez más necesidad de raciona­lizar para poder seguir soportando la situación.
El JUEGO DEL HOMBRE Y LA BESTIA
Si los misóginos se pasaran todo el tiempo encolerizán­dose y criticando, las racionalizaciones no le durarían mu­cho tiempo a ninguna mujer. Pero lo más probable es que, entre estallido y estallido, el hombre siga mostrándose tan encantador y fascinante como cuando lo viste por primera vez. Por desgracia, esos buenos momentos siguen alimen­tando tu errónea creencia de que los momentos malos son, sin que se sepa por qué, una pesadilla..., de que «ése» no es en realidad «él». Cuando se comporta afectuosamente, refuerza tus esperanzas de que, en adelante, las cosas irán maravillosamente. Pero no hay manera de saber cómo reac­cionará ante cada situación un hombre así, porque sus reac­ciones, con toda probabilidad, serán diferentes cada vez. Este tipo de comportamiento coincide a tal punto con el de El doctor Jekyll y míster Hyde, la novela clásica de Robert L. Stevenson sobre los aspectos luminosos y oscuros, positivos y negativos, de la naturaleza humana, que he optado por llamarlo «el juego del hombre y la bestia».
Laura se encontró totalmente desorientada cuando Bob, poco después de su estallido de la víspera de Navidad, co­menzó a mostrar cambios súbitos de uno a otro compor­tamiento. Aún podía seguir siendo encantador y apasio­nado, pero el juego del hombre y la bestia se fue incorporando cada vez más a la relación.
Una noche tuvimos una pelea espantosa. Yo había tenido un día tan demoledor que lo único que quería era dormir, pero él se empeñaba en que hiciéramos el amor. Le dije que estaba demasiado cansada, pero él se negó a aceptar­lo. Se lo tomó como algo personal. Creyó que yo lo estaba rechazando y burlándome de él. Se enfureció tanto que se levantó de un salto y de un puñetazo hundió la puerta del ropero. Yo estaba aterrorizada. Le dije que no podía se­guir soportando ese tipo de cosas y entonces se echó a llo­rar. Se arrojó a mis pies, sollozando. Me dijo que cambia­ría, que todo era a causa del estrés que estaba pasando. Me rogó que comprendiera los momentos difíciles que atrave­saba. Yo estaba tan confundida por todo eso que no sabía qué hacer. Al verlo sollozar sobre mis rodillas y jurándome que me amaba más que a ninguna mujer que hubiera co­nocido en su vida, lo abracé y traté de tranquilizarlo. Naturalmente, terminamos reconciliándonos en la cama. Yo decidí que la peor parte de nuestra relación estaba supera­da, y que en adelante todo iba a ser maravilloso.
Laura quedó atrapada en un vaivén emocional con Bob. Como una pelota de tenis entre los dos jugadores, saltaba continuamente del comportamiento bondadoso de él a sus impredecibles estallidos de furia.
No hay nada que confunda tanto ni deje tan perpleja a la gente como esta forma de conducta oscilante, que pro­voca una tensión enorme, porque una nunca sabe qué es­perar. Es algo muy parecido al modelo de conducta de los adictos a los juegos de azar: algunas veces consiguen lo que quieren, pero la mayoría de las veces no. Su nivel de ansiedad alcanza alturas increíbles, pero la promesa de «dar el golpe» los mantiene colgados de la máquina tragape­rras o pegados al tapete verde.
De manera similar, el comportamiento afectuoso de Bob mantenía a Laura en la seguridad de que sus reacciones violentas eran pasajeras, de que ese no era «realmente» él. La dualidad de sus acciones y las fuentes cambiantes de su cólera eran el «gancho» que la mantenía atrapada.
Hasta ahora sólo hemos prestado atención al compor­tamiento del misógino, pero llegados a este punto, la par­ticipación de la mujer se convierte en un elemento decisi­vo. Con una vez que ella acepte un ataque a su autoestima y permita que la insulten, ya ha abierto la puerta a futu­ros ataques. Quisiera que mis lectoras comparasen el com­portamiento de Laura con la forma en que supo proteger­se Katie, una joven amiga mía:
Tuve una experiencia con un hombre con quien me fui a México. Un día es el Príncipe Azul y lo pasamos estupen­damente juntos, y después, sin el menor aviso previo, el señor se transforma en un monstruo. De pronto decidió que yo le había dado demasiada propina al taxista y empe­zó a vociferar en plena calle. No sé por qué se creyó que podía salirse con la suya con ese tipo de cosas, pero, en todo caso, se equivocó al elegirme a mí. Le dije que no iba a aguantar semejante tratamiento y que si me salía otra vez con eso, me iría. Bueno, pues entonces se pasó uno o dos días hecho una seda, pero después volvió a empezar, y me fui.
A diferencia de Katie, Laura estaba, de hecho, demos­trándole a Bob la cantidad de insultos que era capaz de tolerar. Las disculpas y protestas de él la apaciguaban; Laura veía en ellas expresiones de auténtico remordimiento. Y era muy probable que, en esos momentos, él lo sintiera. Si en lo sucesivo el comportamiento de Bob hubiera esta­do de acuerdo con sus disculpas, ella no habría tenido nin­gún problema. Pero sus remordimientos no duraban más que el tiempo necesario para que Laura volviese a morder el «anzuelo», y entonces ya estaba dada la seguridad de un nuevo estallido.
Una vez que has aceptado el juego del hombre y la bestía, el paso de la agresión a las disculpas, de la cólera a la seducción, ya estás en camino hacia una etapa aún más dolorosa.

EL CULPARTE A TI MISMA


Esta etapa se basa en el razonamiento siguiente: Si él tiene la capacidad de ser tan encantador, entonces la cau­sa de que las cosas vayan mal tiene que ser algo que yo hago. El misógino refuerza esta creencia recordándote que él sería siempre un encanto, si tú dejaras de hacer esto, o modificaras lo otro, o fueras un poquitín más así o me­nos asá. Y esta es una manera de pensar muy peligrosa. Este nuevo intento de hallar algún sentido a la confu­sión en que se encuentran vuestras relaciones representa un salto gigantesco en la dirección errónea. De reconocer que el comportamiento de tu compañero tiene aspectos inquietantes has pasado ya al intento de justificarlos o de explicártelos, y ahora pasas a internalizar y aceptar tú la responsabilidad de la forma en que él actúa.
De nuevo el testimonio de Laura:
Cada vez que yo no acudía de un salto en respuesta a algo que él quería, me trataba de egoísta y me decía que yo no sabía lo que era dar en una relación. Si yo ya tenía 35 años y jamás había estado casada, ¿qué podía saber de lo que es compartir o convivir con alguien? El sí que había estado casado, y estaba bien al tanto de todo eso. Yo me imagi­naba que tal vez tuviera razón; quizá yo fuera egoísta. Y entonces empecé a dudar de mí misma.
Bob desplazaba la culpa sobre Laura, atacándola en los puntos que él conocía como más vulnerables.
No todos los misóginos recurren a las ásperas críticas de Bob. Los hay que expresan su decepción de maneras más calmas y sutiles, pero no por eso menos devastadoras. Así sucedió con otra de mis clientas, una mujer que había sido creativa publicitaria, y está casada con un psicólogo. Paula conoció a Gerry cuando ambos estaban en la uni­versidad. En sus dieciocho años de matrimonio habían te­nido cuatro hijos. Cuando ella acudió a verme tenía poco más de cuarenta años y era una mujer de aspecto agrada­ble, con el pelo oscuro, grandes y expresivos ojos castaños y figura robusta. Me contó que Gerry había empezado a criticarla al poco tiempo de haberse comprometido, y que ese cambio de novio solícito a crítico implacable había sido muy desconcertante para ella.
Una vez, cuando estábamos comprometidos, fuimos a una feria donde tocaba Chuck Berry. Yo quería oírlo, pero Gerry empezó a tomarla conmigo: que aquella música era terri­ble, muy primitiva, y que él no podía entender cómo era posible que alguien medianamente inteligente escuchara semejante cosa. Me acusó de incultura y de falta de gusto, y se puso a mirarme como si yo fuera alguna alimaña aca­bada de salir de debajo de una roca. Yo sabía que él tenía razón, que yo aún seguía aferrada a la misma música que me había gustado en mi adolescencia. Es verdad que, en comparación con él, a mí me faltan refinamiento y clase. Tengo los gustos de una palurda.
Paula legitimaba su afirmación de que quien estaba en falta era ella autocalificándose de palurda y estúpida e idea­lizando la formación cultural de Gerry. En cuanto a él, jamás le permitió dudar de sus pretensiones de superiori­dad intelectual. Laura se había dado prisa en asegurarme que ella era ciertamente «egoísta y consentida, y que no tenía la menor capacidad de mostrarse generosa con otras personas». Cuando le sugerí que se estaba tratando a sí misma con demasiada dureza, y le pregunté de dónde ha­bía sacado semejantes ideas, me contestó: «Es lo que dice Bob, y tiene razón. Yo soy egoísta, y él tiene todo el de­recho a enfadarse.»
Tanto Paula como Laura reconocían cierta «coherencia» en la violencia psicológica de sus respectivos compañeros, asumiendo ellas mismas la culpa. Estaban convencidas de que, si ellas podían encontrar,«la llave mágica» —ese com­portamiento o esa actitud que pudiera complacer a su pareja—, podrían conseguir que las trataran mejor. Es como si esas dos mujeres estuvieran diciendo:

«Tal vez lo único que tenga que hacer sea escuchar lo que él dice e intentar comportarme de acuerdo con eso; entonces todo andará sobre ruedas. Si la culpa es mía, y él es la persona que define cuáles son mis culpas, es lógico que sea el úni­co que puede ayudarme a mejorar».


Lamentablemente, las señales del misógino son siem­pre cambiantes. Lo que le agrada un día puede no agra­darle al siguiente. No hay manera de saber qué puede po­nerlo en ignición, y el empeño en encontrar cuál es la manera de agradarle puede llegar a ser el rasgo dominan­te de tu vida.
Rosalind había escuchado comprensivamente las que­jas de Jim acerca de la insensibilidad de los directores de bandas, pero él no tardó mucho en empezar a canalizar su cólera hacia ella.
Le pedí que me dijera qué prefería que yo hiciese, para no seguir enfureciéndose de aquel modo, y desde luego que me lo dijo, pero eso no sirvió para acabar con las escenas, porque yo siempre seguía equivocándome en algo.
Rosalind y Jim acababan de descubrir otro vínculo que habría de ligarlos más aún: los dos le echaban a ella la culpa de todo lo que andaba mal.
ÉL Y SU DESENGAÑO
Cuando una luna de miel se acaba, se acaba para la pa­reja. No es que uno de los dos se quede para siempre en las cataratas del Niágara mientras el otro se vuelve a casa. Es decir, que, en tanto que la mujer se ha estado sintien­do perpleja y desorientada por los cambios producidos en la relación, su compañero también ha experimentado una desilusión a su modo. Al haberla idealizado tanto al co­mienzo, es inevitable que se decepcione. Jackie recordaba:
Mark me decía que si a él le pidieran que hiciese un diseño de una mujer perfecta me dibujaría a mí, sin quitar ni aña­dir nada. Yo era simplemente perfecta, sin el menor fallo.
Para ella, la idealización que Mark hacía de Jackie era algo maravilloso y emocionante. Resulta fácil entender por qué no reconoció el riesgo potencial. El hecho es que Mark no veía en ella a un ser humano con los mismos defectos, fallos e inconvenientes que tenemos todos. En cambio, es­taba deificándola: ella era su diosa. Y, naturalmente, es­peraba que lo fuera sin un momento de pausa.
Tienes que ser perfecta
Nancy y Jeff, a quienes conocimos en la introducción, llevaban seis meses saliendo juntos cuando se produjo el siguiente incidente:
Pasamos una velada hermosísima asistiendo a un concier­to. Cuando terminó, seguimos sentados, esperando que se despejaran los pasillos. Cuando me levanté, él me pregun­tó qué prisa me corría, y después se puso furioso conmigo. Me dijo a gritos que saldríamos cuando él dijera, y me acusó de impaciente. Estaba muy furioso, y yo no podía enten­der por qué. Después salió a grandes zancadas delante de mí y se fue al coche. Y no se le pasaba. La tuvo tomada conmigo durante todo el viaje de regreso. Fue horrible, y yo no sabía qué hacer. Imaginé que debía de haber hecho algo muy malo, porque nadie se pone así por nada.
Pero el misógino sí puede enfurecerse muchísimo por casi nada. Los acontecimientos más insignificantes provo­can un estallido, porque los exagera, haciendo una mon­taña dé un grano de arena. Es posible que la mujer se haya olvidado de pasar por la tintorería, que le hayan salido demasiado oscuras las tostadas o que se hayan quedado sin papel en el lavabo. Él trata cualquiera de esos incidentes como si fuera un delito contra la seguridad del Estado. El hecho de que Nancy se levantase la primera al termi­nar el concierto fue todo lo que necesitó Jeff para que su furia contra ella se desatara. Pero Nancy hizo todo lo con­trario de exagerar: restó importancia al episodio. Aceptó el ataque de irracionalidad de Jeff y no lo responsabilizó por él. La paradoja reside en que, al tiempo que él esta­llaba por un acto inocente de Nancy, ¡ella asumía toda la culpa y no reconocía para nada la de él!



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