Cuando el amor es odio



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Cuando siente un terror así, una mujer puede tender a pensar que la única solución es encontrar otro hombre que llene el vacío que siente, y que le sirva de protección contra la soledad. Por más verdadero y sensato que pueda ser el antiguo dicho de que hay que cuidarse de no saltar de la sartén para caer en las brasas, y aunque no sea este el mejor momento para pensar en otro hombre, nada de esto atenúa el terror que sienten muchas mujeres una vez han decidido poner término a su relación con un misógino. Es el mismo terror que he visto en mis prácticas hospi­talarias con drogadictos. Si le preguntáis a un adicto que ha decidido abandonar las drogas con qué piensa reem­plazar la «altura» que le dan las drogas, se asustará, por­que tiene un repertorio limitado de cosas que lo hacen sen­tir bien. Sin embargo, después de haberse pasado seis meses sin drogas, tendrá al alcance de la mano muchas opciones de cuya existencia, antes, ni siquiera tenía noticias.
Si tú eres adicta a un compañero misógino, no eres más capaz de visualizar lo que será tu vida después de dejarlo de lo que puede serlo el adicto que decide renunciar a las drogas. Es probable que la solución para el pánico que te inspira la soledad sea otro hombre, pero así como la res­puesta para el adicto no es otra droga, tampoco la tuya es otro compañero. La respuesta es, primero, «limpiarse». Seis meses después de que la relación con el misógino haya acabado, te sentirás como una persona completamente dist­inta. Y no sólo eso, sino que verás tu vida desde un án­gulo nuevo. Sólo cuando la relación adictiva esté supera­da veras con claridad tus opciones. Siempre digo a las mujeres que piensen que este período de pánico es el «sín­drome de abstinencia», y que el miedo de estar sin pareja es como el miedo de no tener otra droga que las haga sentir bien. Esta época dolorosa es una metamorfosis emo­cional. Una vez que la hayas completado, y que te hayas «desenganchado» de la «droga» del sistema, serás más fuerte y verás que se abren ante ti más opciones de las que pue­des imaginarte ahora.
Haz frente a tus miedos a la separación
La visión deprimente que tenía Jackie de su futuro pro­venía de cuando era muy niña. Su temor desesperado de quedarse para siempre sola y de ser desdichada se genera­ba en la vieja situación de la niñita desvalida, vulnerable y no querida. En realidad, Jackie contaba con un buen trabajo, era muy probable que pudiera conservar su casa, y tenía la capacidad de hacer amigos fácilmente. Pese a ello, sus miedos desesperados persistían.
Los miedos desesperados pintan cuadros catastróficos que definen el futuro y el mundo en términos ominosos y de­salentadores. Son miedos que se expresan casi siempre en términos absolutos como nunca, siempre y no puedo. He aquí algunos de los miedos desesperados que oigo expre­sar con frecuencia a las mujeres que contemplan el fin de su relación con un misógino:
Los miedos desesperados
—Nunca más encontraré a alguien que me ame.

—No soy capaz de salir adelante sin un hombre.

—Me quedaré para siempre sola, y estar sola es lo más ate­rrador que hay en el mundo.

—Jamás volveré a tener un amigo.

—Nunca podré arreglarme sola con los niños.

—En mi vida podré encontrar trabajo.

—Seré incapaz de mantenerme, y menos con los niños.

—Todos me considerarán una fracasada por haber puesto fin a la relación.

—Soy demasiado mayor para atraer a otro hombre.

—Si intento dejarlo, él me destruirá. Jamás podré ganarle.


Para algunas mujeres, el mayor motivo de pánico es la perspectiva de una vida sin amor ni contacto sexual, en tanto que a otras les asustan más la supervivencia y las cues­tiones monetarias y laborales. A menudo ellas mismas se abruman al no saber separar sus problemas prácticos de sus miedos desesperados a la catástrofe. Es evidente que hay problemas reales y prácticos inherentes al acabamien­to de una relación. Estos miedos prácticos provienen de una incertidumbre real referida a las finanzas, al mercado laboral, a las dificultades que plantea criar sola a los ni­ños, a los cambios en tu vida social y a la preocupación por lo que pueda hacer él si tú lo dejas. Sin embargo, por oposición a los miedos desesperados, los prácticos tienden a expresarse en construcciones como: Será duro tener que... o Será difícil hacer...
Sean cuales fueren tus preocupaciones, debes hacer que tus miedos desesperados disminuyan antes de que pue­das empezar a enfrentar los problemas reales con que has de tropezar, y a pensar qué harás con ellos.
Convierte los miedos desesperados en problemas que puedas resolver
Para ayudarte a reconvertir el pánico en planes para el futuro, vuelve al ejercicio del capítulo 9 en que aprendis­te a diferenciar tus pensamientos de tus sentimientos. Allí viste que los sentimientos pro­vienen de los pensamientos, y que una vez aprendes a alterar los pensamientos que generan los malos sentimien­tos, automáticamente alterarás también esos sentimien­tos. Esta misma técnica se puede usar para cambiar un mie­do desesperado en un problema que se puede resolver. Cuando de pensar «Él me destruirá si trato de dejarlo, y con él jamás podré ganar» pasas a «Ya sé que será un ad­versario difícil, pero buscaré el respaldo de la mejor gente que encuentre, y lucharé por aquello a lo que tengo dere­cho», el desastre se convierte en un problema que puedes manejar.
En la lista siguiente hallarás muchos pensamientos de­sesperados dispuestos frente a los correspondientes pensamientos manejables, que se presentan como problemas posibles de resolver.

pensamiento desesperado

pensamiento manejable

1. Estaré para siempre sola y estar sola es lo más terrible que hay en el mundo.

1. Ya sé que a veces me sentiré muy sola, pero hallaré la for­ma de conectarme con gen­te, buscar a los viejos amigos y hacer nuevos.

2. Jamás conoceré a otro hombre.

2. No sé qué me reserva la vida, pero nadie lo sabe. Me lleva­rá tiempo, pero quizá conoz­ca a alguien cuando ya me sienta más segura de mí. Por ahora, gozaré de mi libertad.

3. Jamás amaré a nadie como a él.

3. Quizá nunca vuelva a sentir­me en una montaña rusa como con él, pero eso es tan doloroso como placentero. Quizá la próxima vez pueda tener una relación más esta­ble y afectuosa, pero menos explosiva.

4. Si pongo fin a la relación, la gente me verá como una fracasada

4. Algunos podrán verme como una fracasada, pero estoy ha­ciendo lo que favorece mi in­terés y puedo sobrevivir sin la aprobación de nadie.

5 Jamás podré mantenerme sola, y menos aún con los niños.

5. Probablemente andaremos justos de dinero y tengamos que bajar el nivel de vida, pero saldremos adelante.

6. Jamás podré encontrar trabajo.

6. Quizá no encuentre en se­guida el mejor trabajo posi­ble, pero se que encontraré algo porque soy capaz y tra­bajadora
7. Si tengo que trabajar y cuidar a los niños al mismo tiempo, no lo resistiré.

7. No será fácil con todas las responsabilidades que ten­dré, pero muchas mujeres lo han hecho y yo haré todo lo que pueda.

8. Él me quitará los niños.

8. Quizá quiera conseguir la custodia, pero tiene pocas probabilidades. Yo soy bue­na madre, y defenderé mis derechos.

9. No puedo arreglarme sin él en el mundo, sin saber siquiera manejar un talonario de cheques.

9. Hasta ahora he sido inexper­ta en muchas cosas prácticas, y tengo mucho que apren­der, pero ya me acostumbra­ré. Y entonces no tendré que aguantar que nadie me con­trole los gastos ni me trate como a una criatura.

10. Me quedaré sin amigos, porque a los que tenemos ahora ya no les interesará verme una vez que no esté más con él.
10. Es probable que mi vida so­cial cambie y que pierda al­gunos amigos de los de aho­ra, pero ya encontraré otros que me vean como una persona y no como una exten­sión de él.

Fíjate que los pensamientos manejables no sólo vuel­ven a formular los pensamientos desesperados de manera tal que parecen menos aterradores, sino que las nuevas for­mulaciones crean maneras de percibir nuevas, y proponen algunas soluciones. Hazte tu propia lista de los miedos que tienes tú en tu particular situación, y vuelve a darles for­ma con tus propias palabras hasta que tus pensamientos desesperados se conviertan en problemas manejables, a los cuales puedas encontrar solución.


Cada vez que una oleada de pánico comience a inun­darte, vuelve a tu lista. Repasa tus miedos y tus solucio­nes a los problemas. A medida que pase el tiempo y te des cuenta de lo fuerte y competente que eres realmente, los pensamientos que te asustan se harán más remotos Hacer este ejercicio no anulará todos tus temores, pero al convertirlos en problemas solubles puede, sin lugar a du­das, disminuir tu terror ante lo desconocido.
HAZ FRENTE A LA CULPA PROVOCADA POR LA SEPARACIÓN
El miedo que experimente una mujer al decidir que se separará de su compañero suele ir acompañado de un tre­mendo sentimiento de culpa por romper la relación.
La culpa por abandonarlo
Rosalind se sentía tan culpable por dejar a Jim que se le hacía difícil tomar ninguna actitud. Durante el tiempo que vivieron juntos, la antes próspera tienda de antigüe­dades de ella quebró, pero cuando se trataba de encon­trar y mantener un trabajo estable, Jim no se mostraba dispuesto ni capaz. Bebía demasiado y era muy cruel con Rosalind; la agredía como mujer, diciéndole que no era atractiva, y se mostraba insatisfecho con la penosa situa­ción financiera de ambos. Después de cuatro años, entre ellos ya no había virtualmente contactos físicos ni sexua­les. Cuando Rosalind intentaba que hablasen del compor­tamiento irresponsable de Jim, él provocaba una pelea y desaparecía unos cuantos días. Esas separaciones eran atroces para ella.
Por lo menos una docena de veces Rosalind estuvo se­gura de que él la había dejado definitivamente. Cada vez pasó por la tortura de aceptar el rompimiento, sólo para encontrarse con que al final, él volvía y todo el ciclo se iniciaba una vez más. El punto de ruptura se produjo con ocasión de un incidente relativo al dinero. Así lo explicó Rosalind:
Él estaba esperando que yo le hiciera una escena por el di­nero, para así poder montarse otra de sus espectaculares sa­lidas por el foro. Como yo me daba cuenta de lo que bus­caba, no le daba el gusto. Le había entregado dinero en efectivo, que había sacado de la tienda, para una compra de comestibles, pero cuando entré me lo encontré con un par de zapatillas de golf nuevas. Le pregunté de dónde habían salido y me contestó: «Estaban rebajadas. No cos­taban más que cincuenta dólares». «¿De dónde sacaste cin­cuenta dólares para gastar en zapatillas?», le pregunté, y no hizo falta más. Se puso furioso. Dijo que yo le había levantado la voz y que había perdido el control, y que él estaba harto de eso. Dijo que si no podía hacer lo que qui­siera, se iría. Para entonces ya me tenía tan hasta el moño que le dije: «Está bien. Recoge tus cosas y vete». Pero cuan­do la puerta se cerró tras él sentí que si regresaba lo volvería a aceptar. Yo sé que no tiene dónde ir, y no puedo aban­donarlo, sabiendo lo difícil que le resulta encontrar traba­jo. No quiero ser una más de las mujeres que le negaron apoyo simplemente porque las cosas se ponían difíciles. Me siento demasiado culpable para hacerle eso.
La culpa que sentía Rosalind al imaginarse que podía abandonar a Jim era tal que siguió permitiéndole que la humillara. Tantas veces y durante tantos años lo había res­catado, que llegó a creer que cuidarlo era un deber que ella tenía con Jim.
La relación de Rosalind con Jim parecía la que une a una madre y a un hijo irresponsable. Ella tenía una con­fusión entre ser necesitada y ser amada, y era importante que reconociera que sus intentos de rescatar a Jim eran algo que jamás había funcionado y que jamás funcionaría. La gente inestable e irresponsable no se deja rescatar; sigue fracasando una y otra vez, y con frecuencia termina por odiar a quienes la rescatan, porque al actuar así le hacen sentir aún más claramente su propia debilidad.
Jim creía que la única forma de seguir dominando la situación con Rosalind era abandonarla cada vez que a él se le ocurría. Cada vez que provocaba una pelea y una se­paración, estaba alimentando su propia ilusión de poder en la pareja, cuando en realidad estaba viviendo en la mis­ma situación de dependencia que un niño.
A medida que Rosalind empezó a aceptar el hecho de que Jim no cambiaría, necesitó decidir si su propia culpa por dejarlo era más intolerable que el dolor de seguir per­mitiéndole que la humillara y rebajara, tanto en lo emo­cional como en lo financiero. Para ayudarle a ver que buena parte de lo comprometida que se sentía con Jim provenía de la culpa, y no del amor, le pedí que me escribiera una lista de las razones que la movían a seguir en la relación.
Por qué quiero quedarme
—El me necesita.

—Lo amo.


—No puedo soportar la idea de hacerle daño.

—No puedo hacer fracasar otra relación.

—Si he llegado hasta aquí con él, no puedo abandonarlo ahora.

—No quiero volver a quedarme sola.

— Así y todo, es mejor que nada.

—A mi edad, nadie tan apuesto como él volverá a intere­sarse por mí.

—Cuando las cosas van bien entre nosotros, es estupendo.

—Él no puede arreglárselas sin mí.


Rosalind empezó a ver que muy pocas de sus razones para querer seguir con Jim tenían algo que ver con la cali­dad de la relación entre ambos.

Mientras seguía en pugna con la decisión que debía to­mar, le propuse que fortaleciera su resolución haciendo una lista que tuviera en cuenta el aspecto negativo del balance.


Por qué quiero irme
— Él me hace sentir muy mal conmigo misma.

— Nada de lo que yo hago le parece bien.

— No se conforma con nada de lo que le doy.

— Ya no hace más el amor conmigo.

— Es irresponsable en el aspecto financiero.

—Ha arruinado mi negocio y mi posibilidad de crédito.

—Se niega a buscar ayuda y no asume la responsabilidad de sus problemas.

—Me insulta y me humilla en presencia de otras personas.

—Se burla de mi cuerpo y de mi edad.

—Estoy empezando a odiarlo.


Finalmente, Rosalind pudo ver que gran parte de su cul­pa se generaba en un erróneo sentido de la responsabili­dad que la impulsaba a hacerse cargo de Jim y a intentar organizarle la vida. Le señalé que cuanto más tiempo si­guiera alimentando la necesidad que él tenía de que lo cuidaran, tanto más estaría demorando el momento en que tuviera que cuidarse solo.
Las dos listas ayudaron a Rosalind a comprender que su amor por Jim había sido gravemente vulnerado por el lamentable comportamiento de él. El único momento de la relación en que ella se sentía bien era cuando lo resca­taba y sentía, por consiguiente, que la necesitaba.
Todos sopesamos mentalmente nuestras decisiones, pero al hacer listas como las de Rosalind, los pros y los contras destacan con mucha claridad. Rosalind vio que si perma­necía con Jim, a ella no le quedaba mucho margen de autorrealización. Sabía que se le haría difícil rechazarlo cuan­do él inevitablemente volviera, pero —una vez cayó en la cuenta de que a lo que quedaba entre ellos apenas si podía llamársele una relación— encontró las fuerzas para hacerlo.
La culpa porque él se ha ocupado de ti
Al ver que Jeff no respondía a ninguno de sus esfuer­zos por cambiar y modificar la relación, Nancy empezó a pensar seriamente en dejarlo. Su culpa por la proyecta­da decisión asumió una forma diferente de la de Rosalind. Jeff era un abogado competente y responsable, que vivía muy bien y era muy respetado en su profesión. La culpa de Nancy por romper con él provenía del hecho de que durante los cuatro años de matrimonio, Jeff había asumi­do toda la carga financiera de la relación. Por eso me dijo:
Sé que debería irme porque me siento muy desdichada con él. Me miro en el espejo y no puedo creer lo que he des­mejorado físicamente en cuatro años. Pero sigo sintiendo como si no tuviera derecho a irme sin más ni más después de todo lo que él ha hecho por mí. Tenemos una casa es­pléndida, nos tomamos unas vacaciones increíbles, y lleva­mos una vida social muy intensa. Claro que cuando em­piezo a pensar en todas las veces que me ha mortificado en presencia de otras personas, y en lo tacaño y egoísta que es, y en que sexualmente es un sádico, vuelvo a enfurecer­me. Pero sé que él me ama y me necesita, y empiezo a pen­sar que quizá yo no me he esforzado todo lo que debía por hacer que las cosas funcionaran.
La reacción de Nancy es la que típicamente encuentro en las mujeres que sienten que un hombre «ha cuidado de ellas». Para muchas, que las cuiden significa que tie­nen una deuda de lealtad muy especial con sus com­pañeros.
Le expliqué que ser leal no significaba tener que acep­tar malos tratos ni faltas de respeto por sus sentimientos. Le señalé también que ella había sido socia en la sociedad matrimonial, y que había trabajado mucho para hacer fe­liz a Jeff y para asegurarle la clase de hogar y de vida so­cial que él quería. Una vez que vio que la culpa que sen­tía al pensar en dejarlo no era realista, se le hizo más fácil concretar la decisión.
La culpa por los hijos
Para las mujeres que tienen hijos hay motivos adicio­nales de culpa. He aquí algunas de las cosas que oigo de labios de madres que están contemplando la posibilidad de una separación o un divorcio:
—¿Cómo puedo hacerles esto a mis hijos? Ellos necesitan a su padre, y tampoco a él puedo privarlo de sus hijos.

—A los niños les hará daño el divorcio. Todo el mundo sabe lo duro que es un divorcio para los hijos.

—Mis padres están divorciados, y yo juré que jamás les ha­ría una cosa así a mis hijos.

—No tengo derecho a deshacer la familia simplemente por­que yo soy desdichada.


Estas preocupaciones son comprensibles, pero muchas de ellas están basadas en conceptos falsos. No hay prue­bas de que los niños necesiten a ambos progenitores para llegar a convertirse en adultos sanos, pero sí las hay, y mu­chas, de que los niños que crecen en un ambiente de ten­sión, agresión y conflicto se enfrentan con dos alternati­vas: reeditar esos comportamientos en la edad adulta o convertirse en seres deprimidos y retraídos que adoptan el papel de víctimas. Los divorcios son difíciles para to­dos, pero los niños pueden sobrevivir —y sobreviven— a ellos, siempre que cuenten con la orientación y la presen­cia continuada de un adulto que los quiera. Tus hijos se beneficiarán mucho más de tu fortaleza y de tu capacidad de tomar decisiones basadas en la realidad que de tu even­tual permanencia en un hogar donde te ven tiranizada y donde más de una vez también ellos son tiranizados.
La culpa ante la familia y los amigos
Aunque la decisión de divorciarse o de poner término a una relación es básicamente personal, cabe que los ami­gos y los miembros de la familia contribuyan a la culpa que una mujer puede sentir por tomarla, si intentan con­vencerla de que cambie de idea y siga manteniendo la re­lación.
Cuando decidas que te marchas, necesitarás de todo tu coraje para resistir el asedio de los consejeros bieninten­cionados. Quizá te sea útil recordar que con frecuencia los miembros de la familia tienen fuertes razones personales o ideológicas para combatirte, razones que pueden tener muy poco que ver con lo que sea mejor para ti y para tus hijos. Los familiares pueden sentir que tu decisión de po­ner fin al matrimonio los estigmatiza a ellos. Es probable que les oigas decir cosas como: «En esta familia jamás ha habido un divorcio»; «Si tu padre y yo nos aguantamos, ¿por qué no puedes hacerlo tú?»; o «Las cosas no pueden estar tan mal como tú dices. Al fin y al cabo, él no te pega». Sistemáticamente, proporciono a mis clientas los instru­mentos que necesitan para responder a este tipo de inter­venciones. Una respuesta no defensiva, pero capaz de pro­tegerla, puede servir para resguardar a una mujer de la culpa que pueda crearle la desaprobación de otras perso­nas. He aquí algunas frases que podrías usar para reafir­mar tu posición cuando te enfrentes con críticas y juicios de familiares y amigos:
—Lamento que sientas eso, pero es mi decisión y la toma­ré yo sola.

—Ya sé que nunca ha habido un divorcio en la familia, pero no puedo dejarme influir por eso.

—Ya sé que vosotros os aguantasteis, pero yo prefiero no hacerlo.

—Lo que necesito es tu apoyo y tu comprensión, no tu consejo.

—Te agradezco tu preocupación, pero prefiero no discutir este asunto.

—Creo que es un tema que no corresponde discutir.

—Si hago lo que hago no es para herirte; lo hago por mí.

—Deja de culparte y de culparme a mí.


Las reacciones de la familia y de los amigos pueden re­correr toda la gama que va desde brindar apoyo a la desa­probación total, con todas las variantes intermedias. Sin embargo, cuanto más fortalecida te vean, y cuanto mejor sepas hacer valer tu posición, más difícil será que logren manipularte mediante la culpa y valiéndose de sus pro­pias reacciones hacia ti.
Hay toda clase de razones para las reacciones de los fa­miliares, y es probable que la principal de ellas sea la preocupación de que puedas llegar a depender de ellos, ya sea financiera o emocionalmente. Cuando te sientas presio­nada por ellos, recuerda que no son ellos quienes han vi­vido tu vida ni sentido lo que tú sientes.
Amigos bienintencionados pueden ser también los que te enturbien el agua en un momento en que necesitas un apoyo sin reservas. Es probable que las parejas amigas ten­gan miedo de perder la amistad de los dos, en cuanto uni­dad social, o también que les preocupen los problemas que pueda causarles tu necesidad. También en estos casos recuerda que, por buenas que sean sus intenciones, ellos no están en tu pellejo.
Una medida adecuada de culpa sirve para que la mayo­ría nos abstengamos de cometer actos antisociales y nega­tivos, y ciertamente, esta culpa es necesaria para el man­tenimiento de la sociedad. Pero la culpa que sienten muchas mujeres cuando abandonan su relación con un mi­sógino tiene poco que ver con los «delitos» que puedan haber cometido. La mayor parte de la culpa proviene de su erróneo sentido de la responsabilidad por el comporta­miento ajeno, de una intensa necesidad de contar con la aprobación de otros, y de su predisposición a ponerse ellas en último lugar. En este contexto, la culpa se convierte en el equivalente psicológico de la cadena del presidiario, que sólo sirve para disminuir gravemente la capacidad de la mujer para salir de una relación destructiva y hacerse cargo de sí misma.
PREPÁRATE PARA LAS REACCIONES DE TU COMPAÑERO
Tal como hemos visto, el misógino necesita tener a toda costa el control, y sin embargo, por debajo de esa apa­riencia de poder es muy dependiente. Cuando aquella de quien depende amenaza con alejarse de él, todos sus an­tiguos terrores se movilizan. Por esta razón, es probable que tus intentos de separación tropiecen con considerable resistencia. Es probable que, como se siente amenazado recurra a comportamientos que tú no le conocías. Tam­bién en esto, cuanto más preparada estés para las reaccio­nes de tu compañero, más capaz serás de manejar los sen­timientos de culpa y los miedos que él intenta provocar con su actitud.
Puede ponerse patético
Nancy llegó al punto de ruptura cuando ella y Jeff se tomaron unas muy esperadas vacaciones en Europa. En la primera sesión después de su regreso, Nancy me contó:
Tú sabes con qué ilusión había esperado yo ese viaje, pero resultó un desastre. Jeff me humilló, me gritó en sitios pú­blicos, me dejó continuamente sin dinero y me culpó de todo lo que anduvo mal, hasta de las demoras en los vue­los y de las perdidas de maletas. Se portó como un mons­truo. Una vez se fue hecho una furia de un restaurante y me dejó sin un céntimo para pagar la cuenta. Tuve que quedarme allí como un niño castigado, esperando que él volviera a pagar para poder irme. El viaje no hizo más que intensificar todo lo que ya anda mal en el matrimonio. En todas partes donde estuvimos, me trató como si yo fuera un exceso de equipaje. Cuando nos disponíamos a regre­sar decidí dejarlo, y en el avión de vuelta le dije que que­ría divorciarme. Estaba tan furiosa con él que después de decírselo me negué a hablarle; lo dejé allí sentado, que se arreglase como pudiera, durante todo el vuelo de regreso a Los Angeles. Tan pronto como entramos en casa, empe­zó a suplicar y a disculparse. Dijo que no sabía por qué se portaba de esa manera, pero yo le contesté que eso no servía de nada. No estaba dispuesta a aguantar más esce­nas humillantes ni quería que me siguiera tratando como me trataba, y eso era todo. Entonces simplemente se de­sintegró. Empezó a llorar y sollozar como un chiquillo; yo no podía creerlo. Lloró y lloró, diciéndome que me amaba y que no podía vivir sin mí. Dijo que haría cualquier cosa por mí, con tal de que no lo dejara. Se mostró tan patético que me ablandó, y ahora no sé qué pensar.



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