Cuando el amor es odio



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Si respondían con un «sí» a la mayoría de mis pregun­tas, ya estaba segura de que se trataba de una relación con un misógino. Y una vez les había explicado lo que estaba sucediendo en su vida, incluso a través del teléfono se po­día percibir el alivio que experimentaban.
Convencida de que había descubierto un trastorno psi­cológico importante, decidí sondear un poco más las aguas hablando del tema en el A.M. Los Ángeles, un programa matutino de la televisión. En él describí las tácticas y los comportamientos de un misógino típico.
Tan pronto como terminé, varias de las mujeres que in­tegraban el personal del programa corrieron hacia mí y me rodearon. Todas ellas habían tenido alguna experiencia per­sonal íntima con ese tipo de hombre. Al día siguiente, la cadena de televisión me informó que mi intervención había provocado un alud de llamadas telefónicas como casi nunca había tenido.
No pasó mucho tiempo sin que yo volviera a aparecer en otro programa, esta vez en Boston. En esa ocasión de­diqué una hora entera al tema, y la respuesta fue aún más impresionante. Cuando empezaron a lloverme cartas de todas partes, me di cuenta de que había acertado con un punto neurálgico. El sentimiento de urgencia que trans­mitían las cartas era enorme. Las mujeres querían saber dónde podían conseguir un libro sobre el tema de la mi­soginia: querían saber más.
Las mujeres que me escribieron para relatarme su his­toria me conmovieron profundamente. Necesitaban que las tranquilizaran, asegurándoles que lo que habían esta­do sintiendo en sus relaciones no era simple «locura». Ne­cesitaban saber que no eran solamente «ellas», sino que había otras personas que las entendían, que no querían definirlas en los mismos términos negativos que usaban sus compañeros.
Sus reacciones vinieron a reafirmarme en la idea de que reconocer, clarificar y comprender lo que está sucediendo con tales relaciones puede representar un tremendo alivio de la presión aplastante de la autoinculpación. Supe entonces que tenía que escribir este libro, no sólo para ayu­dar a las mujeres a entender lo que estaba sucediéndoles, sino también para que supieran lo que podían hacer al respecto.
Antes de que ninguno de nosotros pueda cambiar una relación, es necesario que entendamos lo que está suce­diendo en ella. Pero con entender no basta. Tomado ais­ladamente, entender es un ejercicio intelectual. Para que nuestra vida y nuestras relaciones cambien, es necesario hacer algo diferente; no basta con pensar de manera distinta.
A fin de ayudar a mis lectoras, he dividido el libro en dos partes. En la primera describo cómo funcionan las re­laciones que nos ocupan y por qué. Exploro todos los as­pectos de la interacción, desde la emoción y el romanti­cismo del comienzo hasta la confusión y el dolor que termina por experimentar cualquier mujer enamorada de un misógino. Me ocupo después de los hombres y por qué llegaron a conducirse como lo hacen, y considero también cómo y por qué las mujeres acaban aceptando el trato que ellos les dispensan.
Entretanto, presentaré varias parejas que han pasado por mi consulta, y seguiremos la trayectoria de algunas de ellas a lo largo del libro. Como es natural, todos los nombres, y cualquier característica que pudiera permitir su identi­ficación, han sido cambiados para salvaguardar su intimi­dad. Pero tanto las situaciones que atravesaron como las palabras que usaron para describirlas han sido descritas con la mayor exactitud posible.
En la segunda parte del libro propongo una serie de téc­nicas de comportamiento eficaces que he perfeccionado durante los últimos años, y que pueden ser de mucha uti­lidad para introducir importantes cambios en la relación de las lectoras consigo mismas y con su pareja. Estas téc­nicas les ayudarán a protegerse y hacerse valer mejor, a ser más eficaces y a sentirse menos vulnerables a la manipu­lación, confusión y pérdida de confianza en sí mismas que siempre son el resultado de la asociación con un misógino.
Se que en este libro hay material que puede suscitar in­tensos sentimientos en mis lectoras, Tanto si actualmente mantienen relación con un misógino, como si están recuperándose de una relación pasada o les preocupa la posi­bilidad de ser vulnerables a ellas en el futuro. Aunque no pueda acompañarlas personalmente al emprender este via­je, quiero hacerles saber que a lo largo del camino conta­ran con todo mi respeto, mi cariño y mi cordial estímulo

Primera parte


LOS HOMBRES QUE ODIAN A LAS MUJERES

1
El hombre más romántico del mundo

Hay un estilo de enamoramiento apabullante: el fle­chazo. Tú lo ves desde el otro lado de una habitación ates­tada de gente, vuestros ojos se encuentran y a ti te inunda ese estremecimiento. Cuando él está cerca de ti empiezan a sudarte las manos; el corazón se te acelera; parece que todo cobrara vida en tu cuerpo. Es el sueño de la felici­dad, de la realización sexual, de la plenitud. Ese es el hom­bre que sabrá apreciarte y comprenderte. Sólo estar junto a él es emocionante, maravilloso. Y cuando todo eso su­cede, arrasa contigo. Es lo que solemos llamar amor ro­mántico.


Cuando conoció a Jim, Rosalind tenía 45 años. Es una mujer llamativa, alta, de cabello castaño rojizo y figura esbelta, que se esmera en conservar. viste con un estilo muy personal que realza su estatura y pone de relieve su gusto artístico. Es dueña de una tienda de antigüedades y se destaca como tratante, coleccionista y experta en su especialidad, el arte publicitario. Rosalind ha estado ca­sada en dos ocasiones, y tiene un hijo ya adulto. Le inte­resaba conocer a Jim porque había oído hablar mucho de él a amigos comunes, que finalmente la llevaron a oírle tocar con un grupo local de jazz. Después, cuando fueron todos a beber una copa, Rosalind se sintió muy atraída por Jim, tan alto, moreno y apuesto.
Jim y yo sentimos una gran atracción. Hablamos de niños y de música. Me contó que había estado casado y que sus dos hijos vivían con él; eso me impresionó. Se interesó por lo que yo le contaba de mi tienda de antigüedades, por­que le interesaba la ebanistería y, consiguientemente, el mercado en general. Me preguntó si podía volver a verme la noche siguiente. Cuando nos presentaron la cuenta ad­vertí que no tenía mucho dinero y le sugerí la posibilidad de que para nuestro próximo encuentro cenáramos en casa. Me cogió la mano, me la oprimió y, durante un momen­to, sus ojos se detuvieron en los míos y sentí lo agradecido que estaba de que yo entendiera su situación.
Al día siguiente pensé constantemente en él, y por la noche, cuando llegó, fue maravilloso. Como soy una ro­mántica incurable, después de cenar puse la música de Nace una estrella, y henos ahí bailando al compás de ella en la sala de estar; él me lleva estrechamente abrazada y yo sien­to que todo el mundo da vueltas a mi alrededor. Aquí hay un hombre a quien de verdad le gusto, que es fuerte, que está dispuesto a que construyamos juntos una relación. Todo eso es lo que me pasa por la cabeza mientras siento que floto con él, a la deriva; es maravilloso. Fue lo más romántico que me hubiera sucedido jamás.
Jim tenía 36 años cuando conoció a Rosalind, y se sin­tió tan embriagado como ella por el romance; ella era la mujer que durante toda su vida había buscado. Él me dijo más adelante:
Era hermosa, con una figura estupenda. Tenía su propio negocio y, ella sola, lo llevaba espléndidamente bien. Ha­bía criado a su hijo y, al parecer, lo había criado bien. Yo jamás había conocido a nadie como ella. Era cordial y ale­gre, se interesaba con entusiasmo por mi vida, incluso por mis hijos. Era perfecta. Empecé a llamar a todos mis ami­gos para hablarles de ella. Incluso llamé a mi madre. Le aseguro que era algo que no había sentido jamás. Nunca pensé tanto en nadie ni soñé con nadie en la forma que entonces soñaba con ella. Quiero decir que era algo real­mente diferente.
Después de su tercera salida juntos, Rosalind empezó a escribir su nombre con el apellido de él, para ver qué impresión le hacía. Cancelaba sus compromisos sociales por miedo a no estar cuando él la llamara, y Jim no la decep­cionó. En vez de comportarse como un «hombre típico», se prendó de ella tanto como ella se había prendado de él. Le telefoneaba siempre cuando se lo había prometido —se acabó aquello de esperar durante semanas enteras a que un hombre la llamase— y jamás anteponía su trabajo a la necesidad que sentía de verla. Para los dos, estar jun­tos tenía toda la fascinación de un montaña rusa emocional.

Para mi clienta Laura, el cortejo —un torbellino— se inició literalmente «desde el otro lado de una habitación atestada». En aquel momento, ella se sentía una triunfa­dora: ejecutiva contable de una importante firma de cos­méticos, era una mujer sumamente bonita, de ojos oscu­ros y almendrados, pelo castaño claro y figura esbelta. Laura tenía 34 años cuando ella y Bob se conocieron. Una no­che que salió a cenar con una amiga en un restaurante ocu­rrió lo siguiente:


Yo había ido a hacer una llamada telefónica, y cuando re­gresé a nuestra mesa me encontré con aquel hombre tan guapo allí sentado, conversando con mi amiga. Yo le ha­bía llamado la atención y estaba esperándome. Desde aquel primer momento se estableció una especie de corriente eléc­trica entre nosotros. No creo que jamás en mi vida me haya atraído alguien de esa manera. Bob tenía esos ojos deste­llantes que para mí son simplemente irresistibles. Me im­presionó de tal manera, que no veía el momento de irme a la cama con él.
A la noche siguiente volvimos a encontrarnos, por pri­mera vez solos. Me llevó a un restaurante delicioso, pequeñito, junto al mar, y él se encargó de hacer el pedido. Es uno de esos hombres que entienden muchísimo de vinos y comidas, y a mí eso me encanta. Se interesó por todo lo que se relacionaba conmigo: lo que hacía, lo que sentía, lo que me gustaba. Yo hablaba sin parar y él se limitaba a estar allí, mirándome con sus ojos magnéticos, absorbien­do cuanto yo decía. Después de cenar fuimos a casa a escu­char música, y entonces fui yo quien le sedujo. Él era de­masiado caballero, y eso también me encantó. Por cierto que sexualmente era increíble, no hay otra palabra. Con él sentí más intimidad de lo que hubiera experimentado jamás con hombre alguno en mi vida.
Bob tenía 40 años y trabajaba como agente de ventas de un fabricante de tejidos. Le contó que el año anterior se había divorciado, y antes de que su relación con Laura llegara a cumplir el mes, se fueron a vivir juntos y él em­pezó a hablar de casarse. Cuando la presentó a sus dos hi­jos pequeños, el entendimiento entre todos fue inmedia­to. La evidente devoción de Bob a los niños hizo que Laura se sintiese cada vez más atraída por él.

El romance de Jackie y Mark se inició cuando unos ami­gos comunes los presentaron, y desde la primerísima no­che se convirtió en algo muy serio. Así me lo describió Jackie:


Abrí la puerta y me encontré con un hombre increíblemente guapo, que me sonrió y me preguntó si podía usar el telé­fono. Pestañeando, le dije que sí y él entró, fue hacia el teléfono y llamó al amigo que nos había presentado para decirle: «John, tenías razón. Es todo lo que tú me dijiste que era». ¡Y eso no fue más que el comienzo de la velada!
Jackie, menuda y vivaz, tenía treinta años cuando co­noció a Mark. Trabajaba como maestra en una escuela pri­maria, mantenía a los dos hijos que tenía de un matrimo­nio anterior y, al mismo tiempo, trataba de terminar un doctorado. Mark, de 38 años, había sido poco antes can­didato a un cargo público, y Jackie recordaba haber visto carteles con su imagen por toda la ciudad. Estaba muy im­presionada por él y se sintió halagadísima por las atencio­nes que Mark le prodigó.
Estábamos cenando con John, que nos había presentado, y con su mujer. Ella se volvió hacia mí para decirme: «Ya sé que acabáis de conoceros, pero en mi vida he visto dos personas que den la impresión de estar tan bien juntas». Después me tomó de la mano y me dijo que iba a casarme con ese hombre. «Atiende a lo que te está diciendo, que esta es una chica muy lista», me dijo Mark, asintiendo con la cabeza, y después susurró: «Tú tienes un problema, y el problema se llama Mark». «Ah —le contesté riendo—, ¿conque piensas andar rondando por aquí un rato?» «Se­guro que sí», me respondió. Esa noche, cuando me llevó a casa, mientras estábamos sentados en el coche, frente al edificio, me besó y me dijo: «Ya sé que esto suena a locu­ra, pero estoy enamorado de ti». Eso sí que es romántico. A la mañana siguiente, cuando me volvió a llamar, le dije que no lo consideraba obligado por ninguna de las co­sas que me había dicho la noche anterior, y me contestó: «Puedo repetírtelo todo ahora, palabra por palabra».
A partir de esa noche, Jackie se sintió como si anduvie­ra volando en una alfombra mágica. El hecho de que Mark se enamorase de ella de semejante manera la tenía com­pletamente arrebatada.
A TODAS NOS ENCANTA UN IDILIO
Un idilio es algo que nos hace sentir estupendamente. Las emociones y los sentimientos sexuales alcanzan nive­les de fiebre, y al comienzo pueden ser de intensidad real­mente abrumadora. La relación puede afectarnos como si fuera una droga euforizante; es lo que muchas personas llaman estar «en el séptimo cielo». Y el hecho es que en esas circunstancias el cuerpo produce una enorme canti­dad de sustancias que contribuyen a darnos ese «especial resplandor» de que tanto habla la gente.
Lo que en esos momentos fantaseamos, por cierto, es que vamos a sentirnos así eternamente. Durante toda la vida nos han dicho que el amor romántico tiene el poder mágico de hacer de nosotras mujeres enteras y felices. La literatura, la televisión y el cine ayudan a reforzar esta con­vicción. La paradoja es que incluso la relación más des­tructiva que cualquier mujer pueda establecer con un mi­sógino se inicia intensamente teñida de este mismo tipo de emociones y expectativas. Sin embargo, pese a los gra­tos sentimientos que caracterizan los comienzos, cuando Rosalind fue a verme estaba hecha un manojo de nervios, y su antes próspera tienda de antigüedades se hallaba al borde de la quiebra; Laura, la que había sido ejecutiva contable, se desmoralizó a tal punto que estaba segura de ser incapaz de volver a tener jamás otro trabajo; y Jackie —que había afrontado con éxito el malabarismo de ser maestra y continuar sus estudios de posgraduada al mis­mo tiempo que criaba dos niños pequeños— se encontra­ba con que incidentes sin importancia la abrumaban, su­miéndola en un mar de lágrimas. ¿Qué había sucedido con el bello, mágico idilio con que se iniciaron sus rela­ciones? ¿Por qué se encontraban ahora tan dolidas y desilusionadas aquellas mujeres?
LOS GALANTEOS ARREBATADORES
Estoy convencida de que cuando un idilio avanza a ve­locidad tan vertiginosa como estos, se respira una inquie­tante atmósfera de peligro. Es verdad que el peligro pue­de constituirse en un motivo adicional de emoción y ser un estímulo para la relación. Cuando se monta a caballo, el trote es muy placentero, pero no especialmente intere­sante; lo fascinante es galopar. Y parte de esa fascinación reside en el hecho de saber que podría suceder algo ines­perado: el caballo podría arrojarme al suelo y hacerme daño. Es la misma sensación de fascinación y de peligro que todos experimentábamos de niños al subir a la mon­taña rusa: algo rápido, emocionante, y que da una sensa­ción de peligro.
Una vez que a todo esto se le agrega la intimidad sexual, la rapidez e intensidad de las emociones crecen más. Entonces una mujer no pasa por el proceso normal de ir descubriendo a su nuevo amante, porque no ha habido el tiempo suficiente. Tu nueva pareja tiene muchas cuali­dades que en algún momento han de influir sobre tu vida, y son cualidades que no se pueden ver de forma inmedia­ta. Se necesita tiempo para que ambos miembros de la pareja lleguen a consolidar la confianza y la sinceridad que son la base de una relación sólida. Por más fascinantes que puedan ser, los galanteos arrebatadores tienden a no ge­nerar otra cosa que una seudointimidad, fácil de confun­dir con un acercamiento auténtico.

LAS ANTEOJERAS ROMÁNTICAS


Para poder ver realmente quién es nuestro nuevo com­pañero, la relación tiene que avanzar con más lentitud. Para ver a las otras personas de una manera realista, que nos permita reconocer y aceptar tanto sus virtudes como sus defectos, hace falta tiempo. En un galanteo arrebata­dor, las corrientes emocionales son de una rapidez y una fuerza tales que desquician las percepciones de ambos miembros de la pareja, las cuales tienden a ignorar o ne­gar cualquier cosa que interfiera con la imagen «ideal» del nuevo amor. Es como si los dos llevaran anteojeras. Nos concentramos exclusivamente en cómo nos hace sentir la otra persona, en vez de atender a quién es en realidad. Nuestro razonamiento es: si este hombre me hace sentir estupendamente, debe ser maravilloso.
Laura y Bob fueron arrastrados por la magia del hechi­zo que sintieron crecer entre ambos durante los primeros encuentros. Una magia que tenía muy poco que ver con lo que cada uno de ellos era como persona. El transporte que mencionaba Laura no se relacionaba con el carácter de Bob, sino con sus ojos, con su manera de moverse y con la forma en que pidió el vino en el restaurante. Ella no me dijo en ningún momento que Bob fuera un hombre decente y sincero. El papel que estaba desempeñando él a sus ojos era el del perfecto amante romántico, y los dos se encontraron atrapados en la seducción momentá­nea del enamoramiento.
El primer indicio que tuvo Laura de los problemas que podrían planteársele se produjo poco después de que ella y Bob se hubieran ido a vivir juntos.
Un día me dijo: «Tengo que confesarte algo. Todavía no estoy divorciado». Yo casi me caigo de la silla, porque para entonces ya estábamos haciendo planes para la boda. «Como yo me sentía divorciado, realmente no creí que la cosa tu­viera tanta importancia», aclaró. Yo estaba tan horroriza­da que no podía hablar; simplemente, me quedé mirán­dolo, pasmada. Entonces me dijo que el divorcio estaba en trámite, que él se ocupaba de todo y que yo no tenía motivos para preocuparme. Me di cuenta de que me había mentido desde el comienzo...; quiero decir que me había hablado de fechas y todas esas cosas, pero entonces no me pareció tan importante. No me parecía importante que él me hubiera mentido, sino que realmente estuviera por con­seguir el divorcio.
El engaño de Bob debería haber sido para Laura una advertencia de que tenía que estar más atenta, mirarlo me­jor, pero ella no quería ver. Se empeñaba en creer que Bob era el hombre de sus sueños.
También Jackie tuvo una advertencia desde el princi­pio. Al comienzo de su relación con Mark, él le habló mu­cho de sí mismo y de sus actitudes hacia las mujeres, pero su información, aderezada con adulación y halagos, no lle­gó a crear en ella una sensación de alerta.
Me contó que todas las demás mujeres a quienes había co­nocido sólo estaban interesadas en lo que podía darles. Lo que en mí le parecía tan especial era mi interés por lo que yo podía darle a él. Me dijo que era como si yo hubie­ra nacido y crecido y existiera sólo para cuidar de él. Las otras mujeres se habían limitado a tomar siempre, a pedir siempre, a estar cuando todo andaba a pedir de boca y a desaparecer cuando las cosas se ponían mal. Y yo era di­ferente.
Jackie podía haber entendido que Mark ponía a todas las mujeres en el mismo montón, y las veía voraces, egoís­tas e indignas de confianza; pero, en cambio, optó por interpretar lo que él le decía como prueba de que ella era el alma gemela destinada a ser la salvadora de su vida.
Para Rosalind hubo también una advertencia precoz de que podía estar metiéndose en dificultades, pero ella fue incapaz de interpretar debidamente las señales.
Aquella primera vez que él vino a cenar a mi apartamento nos fuimos a la cama. El tuvo gran dificultad para mante­ner una erección. Fue decepcionante, pero yo me dije que a muchos hombres les ocurre eso cuando están por prime­ra vez con una mujer, y le resté importancia. A la mañana siguiente, volvimos a hacer el amor y la cosa estuvo un poco mejor, pero aún así se veía que él tropezaba con dificulta­des. Me imaginé que podía ayudarle a superarlas, y me dije que lo sexual no tenía tanta importancia. Lo que más me impresionaba en Jim era lo próxima que me sentía a él, y lo bien que él me respondía como persona.
Rosalind hizo lo que tantas hacemos: ignoró todo cuanto no armonizara con su imagen romántica. Jim la hacía sentir tan bien, tan halagada, que ella no tuvo en cuenta un pro­blema sexual que su compañero arrastraba desde hacía tiempo, y que afectó gravemente a la relación.
Sin darse cuenta, muchas mujeres dividen el paisaje emocional de sus relaciones en primer plano y fondo. En el primer plano están todas las características maravillosas que encuentran en el hombre, y que son los rasgos sobre los cuales se concentran, exagerándolos e idealizándolos. Cualquier cosa que apunte a un problema la relegan al fondo, restándole toda importancia.
Un ejemplo extremo de este tipo de manipulación es el caso de la mujer que se enamora de un asesino convic­to. También ella os dirá que es el hombre más maravillo­so del mundo; solamente ella lo entiende. El asesinato se ha desplazado a ese fondo que «no importa», mientras que el encanto superficial del personaje ocupa el centro del es­cenario.
Las frases de que se vale la gente para describir este pro­ceso en las primeras etapas de una relación romántica son muy significativas.
—Yo era simplemente incapaz de ver sus defectos.

—Preferí no tener en cuenta sus problemas.

—Me limité a cerrar los ojos, en la esperanza de que todo anduviera bien.

—Debo de haber estado ciega para no haberlo visto antes.


Es fácil no ver los indicios que apuntan en las relacio­nes, problemas e irresponsabilidades que integran el pa­sado de alguien cuando esa persona hace que te sientas maravillosamente bien. Las anteojeras cumplen la función de eliminar del campo visual cualquier información que pueda nublar o de alguna manera arruinar el cuadro ro­mántico que tú quieres ver.
desesperación y «fusión»
Otro tema recurrente en las primeras etapas de una re­lación con un misógino es el sentimiento de desespera­ción subyacente en ambos miembros de la pareja, cada uno de los cuales tiene una necesidad frenética de atrapar y mantener atada a la otra persona.
«La razón de que yo me apegara tanto a Jackie —me confesó Mark— fue que tenía miedo de perderla si no lo hacía.»
En sus palabras no se trasluce pura y simplemente amor por Jackie: hay también un sentimiento de pánico. Des­pués, agregó:
En nuestro segundo encuentro se lo dije todo claramente. Le dije cuál era la clase de vida que quería, y que íbamos a casarnos. Le pregunté si estaba saliendo con alguien más, y cuando me contestó que sí le dije que terminara con eso porque en lo sucesivo no podría estar con nadie más que conmigo. Yo sabía que era así, y quería que ella también lo creyera.
A los ojos de Jackie, la exigencia de Mark constituía una prueba de la disposición de él a comprometerse sin reser­vas en la relación de ambos.
La experiencia de Laura estaba penetrada de una deses­peración diferente. Le faltaban dos meses para cumplir los treinta y cinco años cuando conoció a Bob, precisamente cuando su familia italiana, tan aferrada a lo tradicional, la presionaba para que se casara y tuviera hijos. Cuando Bob empezó a insistirle en que se casaran, ya desde el pri­mer mes, la reacción de ella fue no sólo sentirse halagada, sino también aliviada.
Alguien que observe desapasionadamente estas relacio­nes construidas sobre el arrebato, podría sorprenderse de las prisas que les entran a los enamorados. Es evidente que cuando dos personas se conocen, se enamoran, se van a vivir juntas y empiezan a hacer planes para la boda, todo en unas pocas semanas, lo que está pasando va más allá del hecho de que se importen y quieran estar juntas.
Lo que cada una de ellas experimenta en un caso así es una necesidad exacerbada, casi insoportable, de con­fundirse o «fundirse» con su pareja, tan pronto como sea posible. La sensación de ser una persona aparte pasa a ocu­par en la relación un lugar secundario. Cada uno empie­za a vivir los sentimientos del otro; los cambios anímicos se vuelven contagiosos. Es frecuente que dejen de lado el trabajo, a los amigos y otras actividades. Una cantidad enor­me de energía se está canalizando hacia el amar y ser ama­do, a fin de obtener la aprobación del otro y procurar la recíproca fusión psicológica.



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