Cuando el amor es odio



Descargar 1.09 Mb.
Página19/29
Fecha de conversión28.03.2018
Tamaño1.09 Mb.
1   ...   15   16   17   18   19   20   21   22   ...   29

jackie: Lo que dije fue que iba a poner mi salario en una cuenta aparte para poder estar segura de que se paga­ban las cuentas.

mark: Desde que tenía medio metro de estatura no he es­tado limitado a una paga semanal, y no voy a empezar ahora. Ninguna mujer me va a decir a mí lo que tengo que hacer, ¡demonios!

susan: Hablar de dinero es irse por las ramas, Mark. De lo que estamos hablando es de un comportamiento abusivo.

mark: Oye, que yo la amo y quiero estar con ella. ¿Por eso soy una mala persona, acaso?

susan: Si tu comportamiento es como ella lo describe, entonces sí, a veces eres mala persona.

mark: Oye, tesorito, tal vez en lo que tengas que fijarte es en que a ti no te gustan mucho los hombres. ¿Qué haces tú cuando vuelves por la noche a casa?



susan: No estamos hablando de mí en este momento, sino de ti. Tú estás aquí porque tu matrimonio se está ca­yendo en pedazos... ese matrimonio que, según dices, tan importante es para ti, esa convivencia con una mu­jer a quien dices amar y valorar. Pero en toda esta hora no has reconocido ni por un instante que te correspon­de al menos el cincuenta por ciento de la responsabili­dad de los problemas que hay entre vosotros.
Al llegar a este punto, Mark se levantó, diciendo: «Es obvio que si voy a ponerme en terapia tendrá que ser con alguien que entienda un poco más de negocios», y con esas palabras se fue.
Si yo no lo hubiera enfrentado en forma tan directa, Mark se habría quedado contentísimo de seguir contán­dome sus cuentos divertidos, ponerme un poco al tanto de su historia y convertirse en el animador de la fiesta te­rapéutica. Como muchos misóginos, cada vez que yo en­foqué el reflector sobre él, se ocultó tras una cortina de humo o, mejor dicho, de palabras, encanto personal y chis­tes. Cuando eso no le dio resultado, intentó atacarme. Del trabajo que era necesario hacer ni se habló siquiera.
A menos que esté dispuesto a reconocer que él es por lo menos tan responsable como su pareja de las dificulta­des por que atraviesa la relación, un hombre no obtendrá beneficio alguno de la terapia.
Existe, sin embargo, un grupo de hombres a los que yo denomino seudomisóginos, que pueden ser muy recep­tivos en terapia. Son hombres que de pequeños fueron demasiado mimados por la madre, y crecieron en la con­vicción de que todas las relaciones con mujeres serían como la que habían tenido con ella; es decir, centradas exclusi­vamente en las necesidades y gratificaciones de ellos. Si el seudomisógino da con una mujer incapaz de expresarse ni de precisar sus necesidades, y que cree que cualquier actitud de autoafirmación la llevará a ser abandonada, acaso él termine conduciéndose como un auténtico misógino. Pero en realidad no lo es; su comportamiento desagrada­ble se origina en la forma en que le enseñaron a conducir­se para conseguir lo que quería, más bien que en un ver­dadero odio y miedo a las mujeres. Para este tipo de parejas, el asesoramiento puede resultar muy eficaz. El bien puede ser la clase de hombre que, cuando se lo confronta con la forma en que su comportamiento perturba a su com­pañera, tiende a decir: «Es que yo no sabía que te sintie­ras así. Lo siento mucho, y trataré de prestar más atención a tus sentimientos».
LA RESISTENCIA DEL MISÓGINO A LA TERAPIA
Lamentablemente, cuando se les pide que acudan a la terapia con su pareja, la mayoría de los misóginos respon­den: «Eres tú quien tiene problemas, no yo». Esta forma estándar de evasión es muy cómoda, en cuanto descarga sobre la mujer todo el peso de la responsabilidad. Algu­nas otras respuestas típicas que usan los misóginos para evadirse del asesoramiento incluyen:
—Yo sé resolver mis problemas, y no necesito ningún «psico» que me diga cómo tengo que vivir.

—Yo soy así y no puedo cambiar. Si quieres cambiar tú, adelante.

—Conozco mucha gente que ha estado en terapia, y eso no sirve para nada.

—No podemos darnos ese lujo.

—Los «psicos» están más chiflados que los pacientes.

—No tengo tiempo para eso.



—Cuando te casaste conmigo sabías que era así. Si no te gusta, ya sabes.
Quisiera poder daros más esperanzas respecto de esto, pero, lamentablemente, raro es el misógino que se mues­tra dispuesto a aceptar el tratamiento. A veces, alguno de ellos accede a intentar una terapia si su compañera lo ame­naza con dejarlo, pero en muchos casos esas amenazas no dan resultado. Si las defensas de tu compañero son tan rígidas que se niega a aceptar ayuda, hay grandes proba­bilidades de que prefiera correr el riesgo de perderte an­tes que el de conocerse mejor.
Pero no pierdas las esperanzas. Hay centros que ofre­cen a las parejas diversas modalidades de asesoramiento y talleres de comunicación. Tal vez si él se niega a la te­rapia acepte ir a uno de esos grupos de fin de semana para matrimonios, que —aunque limitados y de corta duración— pueden daros, tanto a ti como a tu compañe­ro, una perspectiva nueva desde la cual enfocar vuestra re­lación.
Fue lo que sucedió con mis clientes Carol y Ben. Des­pués de veintiséis años de matrimonio, Carol ya no podía tolerar la actitud posesiva de Ben. Cuando él se negó a aceptar una terapia de asesoramiento matrimonial, su mu­jer le sugirió que probasen con un grupo de encuentro de fin de semana para matrimonios. A fin de que ella se tran­quilizara, Ben se mostró dispuesto a participar. Durante ese fin de semana, sumamente intenso, en que se vieron obligados a expresarse recíprocamente, Ben advirtió por primera vez lo desdichada que era Carol. Entonces se dio cuenta de que sus opciones se reducían a perderla o acce­der a buscar ayuda profesional. Trabajé con ellos algo más de un año, y cuando fue el momento de terminar la terapia, Carol escribió a su marido esta hermosa carta:
Mi muy querido Ben:
Cuando nos casamos, tú eras mi caballero de reluciente armadura.
Aquellos primeros cinco años fueron de ardua lucha para ambos. Tuvimos las dos niñas, y tú conseguiste montar tu negocio. Por aquella época empezaste a ponerte dominan­te. Tú adelantabas en tu carrera y hablabas de eso día y noche; yo me quedaba en casa con las niñas. Habíamos sin­tonizado dos longitudes de onda diferentes, y parecía que no podíamos salir de aquello. Era como un tiovivo...: momentos malos, momentos buenos, ternura y agresividad. Yo sabía que tú me necesitabas, pero me sentía excluida de nuestra vida en común.
Tú te burlabas de mi deseo de seguir estudiando, y cuan­do finalmente me lo permitiste, seguiste persiguiéndome continuamente por eso. Una y otra vez intentaste sabotear mi trabajo. Necesité más de diez años para graduarme, pero finalmente lo conseguí. Por una parte, tú me ayudabas pa­gándome los estudios, pero por otra era algo así como un chiste; hasta me ridiculizabas en presencia de las niñas por­que yo estudiaba. Yo sentía hacia ti tal mezcla de amor y odio que estuve dispuesta a dejarte, a pesar de lo mucho que aún te quería.
Entonces fuimos a aquel encuentro de fin de semana y todo empezó a cambiar. Una vez que aceptaste venir con­migo a ver a Susan, todo fue distinto. Ahora realmente me siento bien conmigo misma y con nuestro matrimonio. En los últimos tiempos, los dos hemos crecido muchísimo, y cada día nos entendemos mejor. Esa confianza que sentí en los primeros días de nuestro matrimonio va reaparecien­do ahora. Siento que todo lo nuestro está más vivo que nun­ca. Mi amor por ti ha ido creciendo y creciendo hasta el punto de que me siento cada día más segura de nosotros, y más comprometida. Y sé que vamos a conseguir que todo termine bien.
Con toneladas de amor,
carol
Ver cómo se abre y cambia un matrimonio de muchos años, como el de Carol y Ben, constituye una experiencia emocionante. El grupo de encuentro en que participaron en aquella ocasión fue la chispa que puso en marcha el comienzo de una nueva vida para la relación de ambos.
LA AYUDA PARA TI
Aun cuando todos tus esfuerzos por conseguir que tu compañero haga contigo una terapia de asesoramiento fra­casen, puedes buscar ayuda para ti sola. Un buen (o una buena) terapeuta puede brindarte un apoyo tremendo, además de aliviar tu sufrimiento emocional.
Si mantienes una relación con un misógino, lo más pro­bable es que hayas perdido gran parte de tu confianza en ti misma y del sentimiento de tu propia dignidad. Ha­brás tenido que aceptar la definición que da de ti tu com­pañero —que no estás «bien»—, y habrás llegado a dudar de tus propias percepciones, de modo que en este momento ya no sabrás qué es lo real y qué no lo es. La terapia te permitirá expresar tus sentimientos y ver validadas tus per­cepciones, y eso te ayudará a rescatar aquellas partes de ti misma a las que has renunciado en aras de la relación.
Además la terapia puede darte la oportunidad de to­mar cierta distancia, alejándote del ojo del huracán. Te ayudará a ordenar las cosas de manera que puedas hacer nuevas opciones, y decidir basándote no en el miedo, sino en lo que mejor favorezca tu interés. Y las opciones que se te abran serán muchas más de las que tú seas capaz de ver sola.
La elección de terapeuta
Si te has decidido a iniciar una psicoterapia, es probable que lo primero que te preguntes sea cómo escoger el terapeuta adecuado. La tarea no es fácil. Hay muchos te­rapeutas y muchos tipos de terapias, y es posible que te sientas muy confundida. Básicamente, necesitas encontrar a alguien con quien te sientas cómoda. Ya en tu primera sesión con un terapeuta puedes sentirte segura y aceptada, percibir que te escucha y no te juzga. Si después de varias sesiones sigues sintiéndote incómoda con un tera­peuta, confía en tus sentimientos. No supongas que hay algo que está mal en tí, o que se trata de tu resistencia al cambio. La terapia se basa en una combinación de las habilidades del terapeuta y la conexión personal entre te­rapeuta y cliente. Es un proceso íntimo, y en ocasiones di­fícil. De ello se sigue que la relación con tu terapeuta es tan importante para tu crecimiento personal corno pue­den serlo sus conocimientos y su técnica. No pierdas tiem­po, energía y dinero con un terapeuta que no sea verda­deramente sensible a lo que tú sientes y necesitas.
Personalmente, creo que la terapia debe ser activa, di­rectiva y limitada en el tiempo. El terapeuta debe propor­cionarte una buena dosis de retroalimentació. Hay demasiados terapeutas que permanecen pasivos y poco aportan a sus clientes, a no ser un ocasional «aja» o un «¿y qué sentiste tú entonces?». Un terapeuta que te guíe acti­vamente hacia un cambio conductual constructivo te aho­rrará muchísimo tiempo y dinero. No tengas miedo de bus­car y comparar antes de «comprar». La clienta eres tú, y tienes perfecto derecho a hacer preguntas y pedir respues­tas francas. Y, lo más importante de todo, no tengas miedo de confiar en tu instinto.
Para ayudarte en el proceso de selección, he aquí una lista de cosas a las que tendrás que estar muy atenta:
—El/la terapeuta se sienta detrás de un escritorio, de ma­nera que entre vosotros dos hay una ancha barrera.

—Te promete que por una gran suma de dinero te curará en dos o tres horas.

—El terapeuta varón que dedica gran parte del tiempo a hablarte de lo atractiva que eres y/o a contarte detalles de su vida sexual.

—El que es básicamente pasivo y parco en respuestas, y se limita a permanecer inmóvil y asentir con la cabeza, sin hacer comentarios.

—El que te dice que necesitarás muchos años de trata­miento.
No creo que tenga importancia el sexo del terapeuta; lo que sí la tiene son sus actitudes en lo que se refiere a hombres y mujeres. A muchos psicoterapeutas, y especial­mente a los psiquiatras y los psicoanalistas, se los sigue for­mando según el modelo freudiano tradicional, que defi­ne a las mujeres como deficientes, histéricas y masoquistas. Con independencia de que sea hombre o mujer, es fre­cuente que el terapeuta freudiano considere que su tra­bajo con una paciente consiste en ayudarla a que se adap­te mejor a su rol «adecuado». En este contexto, lo sano significa que —independientemente de cómo él se comporte— la mujer ha aprendido a someterse al hom­bre que es su compañero, a mimarlo y darle apoyo. Si tie­ne ambiciones propias, se le pone el rótulo de competiti­va, castradora y masculina. Por sorprendente que sea, este modelo arcaico sigue tiñendo con sus matices una gran par­te de la práctica terapéutica.
Algunos terapeutas varones muestran un fuerte prejui­cio en favor de los hombres cuando trabajan con parejas o con mujeres. Son terapeutas que creen que si hay pro­blemas en una relación, debe ser principalmente por cul­pa de la mujer. «La relación no puede ser tan mala como ella la pinta —he oído comentar a más de un terapeuta masculino—. Tal vez le gusta que la traten mal, y por eso lo provoca.»
Lamentablemente, hay misóginos vivos y que gozan de buena salud en todas las profesiones, y la de psicoterapeuta tiene bien cubierta su cuota. Dado que la profesión im­pone al terapeuta un manto simbólico de poder y autori­dad, y como la psicoterapia tiende a repetir la relación entre padre e hijo, es fácil que, si nunca ha elaborado sus pro­blemas personales con las mujeres, el terapeuta varón pro­yecte esos guiones sobre sus pacientes femeninas y los «ac­túe», es decir, los ponga en práctica y los repita —sin darse cuenta de ello — en la terapia. Esta situación es especial­mente peligrosa para una mujer cuya confianza se haya visto ya socavada en la relación con un misógino. Si llega a «engancharse» con un terapeuta masculino que tenga ha­cia las mujeres las mismas actitudes negativas de su com­pañero, todas las cosas negativas que ya oye en casa se ve­rán reforzadas en el despacho del terapeuta. Por eso es de vital importancia que prestes muchísima atención a cómo te hace sentir tu terapeuta. Si te sientes exactamente como con tu pareja, ¡te has equivocado de persona! Si oyes cual­quiera de las siguientes observaciones de labios de tu te­rapeuta, ha llegado el momento de reconsiderar tu elección:
—Lo único que intenta hacer tu marido es mantener un poco de orden en la familia.

—Si tú te dejaras de ser tan egocéntrica y le dieras un poco más de apoyo, con eso no lo irritarías tanto.

—Te estás portando como una niñita malcriada.

—Eres tú quien provoca su enojo.

—Quizá tú disfrutes sufriendo.

— ¡Vaya problema el tuyo! Todo el mundo pierde los es­tribos.

—Si quieres que él sea más amable, ¿por qué no intentas tú ser más mujer?

—¿Nunca se te ocurrió pensar que tal vez eres demasiado exigente?

—¿Qué hombre quiere tener una mujer que compita con él?
También has de estar alerta a estos rótulos:
—Castradora

—Histérica

—Dominante

—Controladora


Jackie me contó que la primera vez que estuvo en tera­pia fue cuando los manejos comerciales de Mark los lleva­ron al borde de la bancarrota, y me transmitió la siguien­te experiencia que había tenido con su psiquiatra varón:
Me decía que yo era demasiado histérica y controladora, y que a ningún hombre le gustaba una mujer así. Me ad­virtió que si seguía cuestionando la habilidad de mi marido para los negocios terminaría por conseguir que me de­jase. Entretanto, Mark continuaba perdiendo todo nuestro dinero. Nos habíamos quedado sin casa gracias a sus espe­culaciones, y yo me estaba poniendo frenética. Llamé al doctor aquel y me dijo: «Mira, ya sabemos que la patolo­gía básica está en ti. Tus reacciones son exageradas, y eres supercontroladora. Pórtate como una buena chica y déjalo en paz. Deja que sea él quien tome las decisiones». Y yo le insistía en que él estaba perdiéndolo todo, tirando el di­nero por los desagües, y él seguía repitiéndome que la pa­tología la tenía yo, y finalmente dejó de ponerse al teléfono.
De ninguna manera quiero dar a entender que consi­dero misóginos a todos los terapeutas varones, ni creo que en general se conduzcan mal con sus clientas. Por el con­trario, muchos de mis colegas masculinos son personas sen­sibles, atentas y comprensivas de los problemas que las mu­jeres experimentan en sus relaciones. Siempre recordaré a un grupo que dirigí en colaboración con un joven psi­quiatra. Una mujer estaba muy confundida por los pro­blemas que le planteaba su matrimonio, que duraba ya diez años. Relató una serie de incidentes en los cuales su marido había sido muy cruel y psicológicamente agresivo con ella, y después nos preguntó en qué se había equivo­cado Mi colega le contestó:
Tú estás diariamente sometida a una forma muy insidiosa de brutalidad emocional Esto no es conjetura, ni cuestión de opinión, ni asunto de política sexual Es lo que estás viviendo día tras día La verdad es que tú estás perfecta­mente, pero no has aprendido a protegerte.
Como aquella mujer había internalizado a tal punto las opiniones negativas que le expresaba su marido, para ella fue tremendamente importante sentirse así validada por otro hombre. Se le notaron en la cara una gratitud y un alivio enormes. Era evidente que sentía que alguien la había escuchado de verdad, y quizá por primera vez en mu­chos años.
Una terapia con alguien que te valore y te respete es un regalo maravilloso que puedes hacerte. Pero no te ol­vides de poner tanto cuidado en tu selección del terapeu­ta como si escogieras médico para tus hijos. Si te equivo­cas en la elección, el terapeuta puede hacerte más mal que bien.

15
Hay que saber abandonar: la ruptura


Jackie puso en práctica todas las técnicas y estrategias que he sugerido: trazó límites, se ocupó de su crecimien­to emocional, e incluso consiguió que Mark viniera con ella a la terapia. Lamentablemente, sus esfuerzos por me­jorar el matrimonio resultaron inútiles. La verdad es que la situación empeoró. Mark percibió que estaba perdien­do el control de ella y de los niños, de manera que inten­sificó su actitud punitiva hacia ellos. A medida que sus ataques verbales se hacían más crueles, aquellos períodos de calma en que se mostraba encantador se espaciaron cada vez más.
Pese a todo, Jackie seguía aferrándose a la esperanza de­que sucedería algo que lo obligaría a cambiar. En ocasio­nes, volvía a sentirse inundada por su antiguo amor hacia él, y después de diez años de matrimonio, era natural que hubiera hecho una tremenda inversión emocional en la relación.
Sin embargo, cada vez se vio de forma más perentoria ante la evidencia de que la paz sólo se mantendría si ella y sus hijos se sometían totalmente al control y a las exi­gencias irracionales de Mark.
EL PUNTO DE RUPTURA
Para que la relación con un misógino llegue al momen­to en que la mujer quiere abandonarla, en ella se tiene que dar un punto de ruptura. Este momento no coincide necesariamente con el minuto en que la relación se rom­pe. Es, más bien, el punto en que la mujer —aunque quizá sólo brevemente— ve por primera vez a su compañero bajo una luz distinta. Y es un momento que puede repetirse muchas veces antes de que realmente se produzca la sepa­ración. El incidente que precipita ese momento puede ser un suceso importante, pero por lo común no es más que el último de una serie de actos similares.
Cada mujer tiene un nivel de tolerancia diferente, y por tanto el punto de ruptura también difiere. No hay mane­ra de predecir cuándo tendrá lugar ese momento que ter­mina de dar el último empujón, el que arroja al precipi­cio a una relación deteriorada. Para Jackie, fue necesario un sórdido episodio en el que estaba en juego su hijo ado­lescente.
Mi hijo había cometido algún delito federal grave, como olvidarse de hacer su cama. Mark era un fanático con las cosas de la casa, así que nunca se necesitaba mucho para que se irritara. Llegaba a cualquier extremo con tal de obli­gar a Greg a que no cometiera ninguna infracción de sus reglas descabelladas. Esa vez le dijo que tenía que dar la vuelta a la manzana corriendo, mientras sostenía una esco­ba sobre la cabeza. Greg, que ya tiene catorce años y está empezando a defenderse mejor solo, le replicó que no iba a hacer eso. Mark se enfureció y empezó a insultarlo a gri­tos: «¡Mocoso impertinente y granujiento! Cuando te digo que saltes, la única respuesta que quiero oír de ti es hasta qué altura». En ese momento, cuando miré a Mark, lo vi verdaderamente horrible. Advertí todo lo que tenía de cruel e irracional, y comprendí que, simplemente, no quería es­tar más con ese hombre. No me quedó la menor duda de que no deseaba seguir viendo a mis hijos sometidos a esa clase de abusos. Fue como si algo se me hubiera quebrado dentro, y me di cuenta de que era el principio del fin.
Durante muchos años, Jackie había pasado por alto la forma irracional en que Mark la trataba a ella y a sus hi­jos, e incluso lo había disculpado o había asumido la cul­pa. Al llegar al punto de ruptura, vio claramente que, por más importante que Mark siguiera siendo para ella, si ella y sus hijos seguían a su lado sería suya la responsabilidad de que todos continuasen llevando una vida sumamente desdichada.
Jackie tardó relativamente poco en darse cuenta de que la convivencia debía terminar, una vez que hubo llegado al punto de ruptura. Buena parte de su amor por Mark se había secado, y a ella le constaba que ya no había recu­peración posible. A otras mujeres, sin embargo, la deci­sión de poner punto final a la relación con un misógino puede llevarles mucho más tiempo. Son mujeres que se sienten desgarradas entre su dolor e indignación por los malos tratos, la visión que tienen de su compañero, y su necesidad abrumadora de aferrarse a la relación, por mu­cho daño que ésta les haga.
Nunca se puede tomar con facilidad ni a la ligera la de­cisión de poner fin a una relación íntima; una decisión así siempre provoca pesar y autorrecriminaciones. Incluso después de haber reconocido que su relación es destructi­va para ellas, muchas mujeres siguen creyendo que deci­dirse a abandonarla está mal, y que es un signo de fracaso por su parte. La verdad es que lo que sí está mal es acep­tar la crueldad, el abuso y la infelicidad. Seguir mante­niendo una relación destructiva constituye un fracaso mu­cho mayor que encontrar el coraje necesario para ponerle término. Si ya has hecho todo lo que estaba a tu alcance por cambiar la relación, y nada se ha modificado ni suavi­zado, entonces lo que está mal es quedarte, cuando sabes ya lo desdichada que has de seguir sintiéndote. Nada hay en un mal matrimonio que te obligue a considerarlo sagrado.
LA DECISIÓN DE PARTIR
Entiendo perfectamente la enormidad del dolor y del torbellino emocional que genera el hecho de tener que tomar una decisión de esta magnitud. Lo que he visto, y lo que sé por experiencia personal, es que el período du­rante el cual se toma esta decisión puede ser terrible para ti. Y quiero asegurarte que tus sentimientos de ambiva­lencia y dolor son normales y apropiados a la situación, y que por más intensas que lleguen a ser tales emociones, tú eres capaz de soportarlas. Con frecuencia sugiero a mis clientas que piensen que es un período similar al que si­gue a una intervención de cirugía mayor: durante un tiem­po, la herida duele mucho, pero se cura. Una relación que ya sabes que es destructiva para ti puede, a la larga, ha­certe sufrir mucho más que el dolor temporal de la sepa­ración, porque una relación destructiva es como una heri­da abierta: sigue supurando sin curarse nunca.
LOS MIEDOS QUE SURGEN AL DEJAR UNA RELACIÓN ADICTIVA
Cuanto más cruel y más restrictivo haya sido el com­portamiento del misógino, tanto más intensamente liga­da a él puede sentirse la mujer. Además, cuanto más haya renunciado a sí misma y a sus capacidades, tanto más di­fícil le resultará enfrentar la idea de arreglárselas sola. In­cluso es posible que esté convencida de que no es capaz de sobrevivir sin él. Una vez se dio cuenta de que no ha­bía manera de salvar la relación, Jackie se sintió acosada por los diversos miedos que le inspiraba la idea de dejar a Mark. El peor de todos ellos era que terminaría sola en un minúsculo apartamento sin ventanas. Y aunque esta fantasía no tenía ninguna base en su realidad, para ella era tan aterradora que le impedía tomar la decisión definitiva de abandonar a Mark.
Ese pánico referido a una soledad interminable es el miedo que con más frecuencia oigo expresar a las mujeres. No se trata de un pánico relacionado con las amistades ni con otras personas importantes en su vida, sino específicamente el de si llegarán a encontrar otra pareja. Muchas temen que si renuncian a su relación con el misógino, eso pueda ser el fin de su vida romántica y sexual.



Compartir con tus amigos:
1   ...   15   16   17   18   19   20   21   22   ...   29


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad