Cuando el amor es odio



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Jackie me contó que aunque sus pataletas la asustaban y le hacían sufrir mucho, ella se daba cuenta de que envi­diaba la libertad de Mark para expresar su rabia:
Yo jamás podría estallar así. Él, por lo menos, sabe cómo sacudirse las cosas de encima, en vez de tragárselas como hago yo.
Vivir por mediación de él las expresiones de enojo de Mark, no era suficiente para descargar a Jackie de sus pro­pios sentimientos de rabia. Al contrario, como general­mente la cólera de Mark se descargaba en su mayor parte sobre ella, sus ataques añadían una nueva capa a la ira que ella albergaba desde su niñez.
Como muchas mujeres, Jackie tenía pocas salidas socialmente aceptables para su enojo; debía reprimir no sólo su enojo del pasado, sino también el que sentía contra Mark. La presión de toda aquella rabia inexpresada tenía aterrorizada a Jackie, que creía que si alguna vez se per­mitía el mínimo enfado, perdería todo dominio de sí mis­ma. Sentía que su enojo era como un pozo sin fondo y que, si alguna vez le daba cauce, la cólera jamás termina­ría de aflorar.
EL ENOJO Y EL SUFRIMIENTO
Todos necesitamos decir lo que pensamos y sentimos. Cuando les cerramos los canales de expresión normales, las emociones encuentran otras maneras de manifestarse, y algunas de esas manifestaciones pueden ser muy des­tructivas.
Cuando una mujer que mantiene una relación con un misógino no reconoce sus sentimientos de enojo, es fre­cuente que aquéllos reaparezcan disfrazados de enferme­dades. Para muchas mujeres, el sufrimiento es la única for­ma que conocen de expresar su rabia.
He oído a mujeres recitar largas listas de problemas fí­sicos y emocionales, y sin embargo es raro que establez­can una relación entre lo mal que se sienten y su vida de pareja. La siguiente conversación sobre este mismo tema ha sido tomada de uno de mis recientes programas de radio:
jennifer: Quiero aprender a comunicarme mejor con mi marido.

susan: ¿Qué quieres decir con eso?

jennifer: Pues que está constantemente enfureciéndose conmigo

susan: ¿Y qué es lo que le enfurece?

jennifer: Oh, cualquier cosa Parece que yo nunca hago nada bien

susan: ¿Qué hace cuando se enfurece?

jennifer: Es muy dominante y siempre está dando órdenes. No pregunta nada, exige y me insulta: me llama estúpi­da y chiflada.

susan: ¿Cómo te hace sentir eso?

jennifer: Terriblemente. Me paso todo el tiempo de­primida.

susan: ¿Cuánto hace que estás deprimida?

jennifer: Con intervalos, unos quince años.

susan: ¿No crees que hay alguna relación entre la forma en que él te trata y cómo te sientes?

jennifer: Oh, mira, es que no es así todo el tiempo. Debo de haberme expresado mal. Con él no me falta nada, y cuando no se enoja conmigo es encantador.

susan: Pero cuando se enoja te trata muy mal y te insul­ta, y mira lo que eso te está haciendo. Cuando la tratan así, la gente normalmente se enoja. ¿Tú no estás enoja­da, Jennifer?

jennifer [comienza a llorar]: Sí, pero lo amo y sé que él me ama.

susan: Es muy probable, pero lo que tú estás haciendo con tu enojo, normal y apropiado, es volverlo contra ti mis­ma; se está convirtiendo en depresión y autoinculpaciones. Son formas muy típicas de manejar el enojo en las mujeres que no pueden expresarlo.


Jennifer había conseguido aislar su sufrimiento de la re­lación con su marido. Mientras siguiera prestando aten­ción a su depresión y a todo lo que hacía «mal», se evitaba tener que enfrentar la destructividad de su relación con él. Y Jennifer no es un caso atípico: muchas mujeres con­vierten sus sentimientos coléricos en dolencias emociona­les y físicas.
El ESTRÉS Y EL ENOJO
Para el cuerpo, la rabia reprimida llega a ser una de las mayores fuentes de estrés. De hecho, puede provocar un desgaste corporal efectivo. En vez de hacer frente a una rabia contra su compañero, que para ellas sería inaceptable, muchas mujeres reorientan inconscientemente su có­lera hacia dentro y la vuelven sobre sí mismas. Cuanto más se repite esta actitud, más daño interno es probable que se cause la persona que la adopta. La bibliografía médica y psicológica está llena de descripciones de enfermedades que resultan de esta incapacidad de resolver el sufrimien­to emocional.
Las manifestaciones físicas del estrés
La historia familiar, las predisposiciones genéticas y otras diversas características personales y corporales determinan la forma en que se manifestarán en una mujer los sínto­mas físicos del estrés.
El estrés puede mostrarse en el sistema muscular, en for­ma de dolores de espalda, espasmos o tensión general que puede o no provocar dolores de cabeza, o bien puede ma­nifestarse en el tracto digestivo: úlceras, colitis, indiges­tión crónica y diversos tipos de trastornos intestinales. Tam­bién puede aparecer en el sistema cardiovascular: dolencias tales como migrañas y dolores de cabeza, o trastornos in­cluso letales cuando encuentran expresión en la hiperten­sión arterial y las enfermedades coronarias.
Las expresiones emocionales del estrés
La más difundida y la más dañina es la depresión, que puede presentar formas diversas. Ocasionales sentimien­tos de tristeza, negatividad, soledad o incertidumbre for­man parte de la condición humana, pero en una depre­sión grave, tales sentimientos lo invaden todo y se vuelven crónicos. Es probable que algunas mujeres deprimidas sólo se den cuenta de que se sienten constantemente cansadas y aburridas. Quizá se quejen de falta de energía y entu­siasmo: la depresión se les manifiesta ante todo como una incapacidad de sentir placer o alegría. Otras se refugian en un letargo, duermen muchas horas durante el día y to­dos sus sentimientos y reacciones parecen amortiguados.
También las hay que experimentan aguda y directamente el dolor. Es probable que se pasen mucho tiempo lloran­do, y que estallen en lágrimas al menor estímulo. Pue­den, además, a medida que la depresión se hace más pro­funda, tener deseos y fantasías de suicidio, que en algunos casos pueden llevar a la práctica.
Pocas son las personas que admiten estar deprimidas, ya que creen equivocadamente que la depresión es signo de debilidad o deficiencia. Aunque sólo sean unos pocos, los síntomas siguientes pueden ser indicios de depresión:
—Fatiga constante

—Aburrimiento

—Incapacidad para disfrutar de cosas antes placenteras

—Sentimiento general de tristeza

—Problemas con el sueño, ya sea por exceso o por insomnio

—Cavilaciones sobre el pasado y sobre cómo han salido las cosas

—Pesimismo sobre el futuro

—Pérdida de interés sexual

—Reacción excesiva ante hechos triviales

—Problemas de concentración y memoria

—Desinterés por la comida; marcada pérdida de peso

—Excesos en la mesa; marcado aumento de peso

—Irritabilidad extrema

—Descuido de la apariencia personal

—Frecuentes ideas de muerte
El estrés puede ser también el factor subyacente en otras reacciones emocionales. Los ataques de angustia y de pá­nico, los trastornos del sueño y una gran variedad de cam­bios bruscos de humor pueden derivarse del estrés resul­tante de la represión de la cólera.
No es mi intención dar a entender que todos los pro­blemas psicológicos que pueda tener una mujer son re­sultado directo de la forma en que la trata su compañero. Como hemos visto, muchas mujeres que se unen con mi­sóginos han tenido una infancia difícil, y es probable que preexistan en ellas tendencias a tener problemas emocionales como la depresión. Además, actualmente se sabe que algunas depresiones y estados de angustia son resultado de desequilibrios en la química hormonal. Sin embargo, el dolor, la confusión, la pérdida de confianza y la cólera reprimida que se dan en esas relaciones ofrecen un per­fecto caldo de cultivo para que se desarrollen o intensifi­quen enfermedades físicas y emocionales.
El estrés y las aflicciones
Algunas mujeres intentan remediar el estrés recurrien­do a diversas adicciones físicas. Beber en exceso, recurrir a las drogas, fumar sin control alguno y comer compulsi­vamente pueden enmascarar durante un tiempo los sen­timientos e impulsos inaceptables. Las adicciones sirven a un doble propósito: amortiguan el dolor y, al mismo tiempo, intensifican la actitud tendente a evitar todo enfrentamiento con la causa que lo provoca. Pueden hacer que una relación caótica parezca tolerable, y al mismo tiem­po disminuyen la incomodidad que motiva para el cam­bio.
Sea cual fuere la forma que tome la adicción, represen­ta un intento desesperado de supervivencia psicológica. Pero una mujer que viva una relación malsana socava gra­vemente sus probabilidades de mejorar su situación si agre­ga una adicción física al estrés y a los conflictos, de suyo abrumadores, que ya enfrenta. La adicción desgasta el cuer­po y la mente, y ahonda la sensación de impotencia y el auto aborrecimiento de la mujer. Además, proporciona a su compañero una prueba más de su deficiencia, y le da motivos para sentirse más justificado en su necesidad de controlarla.
Siempre que empiezo a trabajar con alguien que tiene una adicción física, pongo en claro que sólo aceptaré el tratamiento sí la persona inicia también algún tipo de pro­grama, o se incorpora a alguna organización, con el fin de que le ayuden a superar su dependencia.
Las compensaciones ocultas del sufrimiento
Las reacciones que antes enumeré castigan a la mujer por sus sentimientos inaceptables, pero también pueden incorporar, además, un deseo inconsciente de castigar a su pareja a través de su propio sufrimiento. Por media­ción de sus síntomas físicos, es probable que la mujer in­tente hacer llegar diversos mensajes a su compañero:
—¿No te da vergüenza lo mal que me haces sentir?

—Eres una mala persona por estar haciéndome semejante cosa.

—De ti depende que yo me mejore.

—¿Ves cómo sufro? Tienes que atenderme y ser bueno conmigo.


Una mujer puede creer que, como sufre, tiene derecho a que la cuiden y se compadezcan de ella; y, lo que es más importante, puede considerarlo como una justifica­ción para no emprender acción alguna tendente a mejo­rar su vida. Sin embargo, el sufrimiento no cambia nada. Los intentos furtivos e indirectos de comunicarse nunca son eficaces porque no enfrentan los problemas. Además, es rarísimo que el misógino se muestre sensible a los su­frimientos de su compañera, y si los reconoce, lo más pro­bable es que su actitud sea la de declarar que eso no tiene nada que ver con él. El sufrimiento de la mujer no pasa de ser una prueba más de sus deficiencias. Si ella tiene un colapso, físico o emocional, tal vez sirva para alimen­tar el desprecio de él por su debilidad. A sus ojos, se pone patética además de ser una inútil.
EL INTENTO DE DESQUITARSE SIN ENOJARSE
Por más sumisa que sea una mujer, y por más eficaz­mente que convierta su rabia en sufrimiento, su cólera por la crueldad de su pareja no puede ser contenida, y se evadirá al exterior de diversas maneras, a la vez sutiles y hostiles.
La hostilidad directa
La mujer enredada en una relación con un misógino pue­de recurrir a agresiones verbales encubiertas y alfilerazos repetidos en el intento de vengarse y canalizar parcialmente su enojo. Lorraine estaba furiosa por la forma en que la trataba Nate, pero tenía muy pocas maneras de expresarlo.
Mi madre solía comparar a mi padre con otros hombres —recordaba Jackie— y le comentaba que él no era tan gua­po, tan intelectual o tan culto. Recuerdo que solía decirle que era un «vulgar comerciante». Además se burlaba de él por su baja estatura, y ese era realmente un punto dolo­roso para él. O en presencia de otras personas, ridiculizaba su forma de pronunciar algunas palabras. Era su manera de desquitarse de él.

Tal como cabía esperar, los comentarios hostiles de Lo­rraine no hacían más que dar a Nate nuevas justificacio­nes para su crueldad con ella.


La hostilidad indirecta
Algunas mujeres expresan sus sentimientos de enojo con lo que no hacen. Por ejemplo, pueden olvidar las pequeñeces que le importan a su compañero; pueden tener di­ficultad para tomar, incluso, las decisiones más simples o adquirir la irritante costumbre de llegar siempre tarde. Muchas se controlan y desconectan sexualmente, que es una manera muy poderosa de expresar el enojo. Si no, se muestran frías y distantes, retrayéndose en un silencio hosco y poniendo mal gesto.
Ya sean directas o indirectas, todas estas expresiones de enojo son relativamente débiles, comparadas con los con­tinuos estallidos de agresión de los misóginos.
En el intercambio dependencia-enojo vuelve a ser la mu­jer la estafada. Pese a todos los conflictos y temores que genera en él su desamparo, el misógino sigue sintiéndose en libertad de dar rienda suelta a la cólera, y creo que esa es la principal razón de que estos hombres sufran aparen­temente tan poco.
Las mujeres, por otra parte —ya sea por miedo a la ven­ganza, por la antigua programación familiar o por miedo de separarse o de perder el amor de su compañero—, no disfrutan de tan esencial libertad emocional: reprimen su cólera y, en última instancia, la vuelven sobre sí mismas. Una relación en la que uno de los miembros de la pare­ja puede expresar sentimientos hostiles, pero el otro no, se basa en un desequilibrio de fuerzas grave. Y sin em­bargo, la mujer que en una relación así se considera im­potente no está viendo las cosas como son. De hecho, ella tiene más poder que su compañero, porque él depende de ella muchísimo más que ella de él. Simplemente, no se da cuenta. Las carencias de él, sus miedos al abandono, su necesidad de mantener un control total, su intensa posesividad y la visión deformada que tiene de la realidad hacen de él un tigre de papel. Por más poderoso que pa­rezca, él se siente poderoso únicamente cuando subyuga y controla a la mujer. Estas defensas le dan un sentimien­to de seguridad, pero también lo mantienen firmemente encerrado en una forma de comportamiento muy rígida. En contraste, una vez que aprende a evaluar con preci­sión dónde reside su verdadera fuerza, la mujer está mu­cho mejor situada que su compañero para cambiar de com­portamiento y, por ende, de vida.

Segunda parte


MUJERES QUE SIGUEN AMÁNDOLOS


CÓMO USAR LA SEGUNDA PARTE DE ESTE LIBRO
La segunda parte de este libro está dedicada a enseñar a mis lectoras a ser independientes y a cambiar su relación con su pareja. Este viaje de exploración y cambio exige la participación en muchos de los mismos ejercicios y tareas que prescribo a las clientas que me visitan.
Mi estilo de asesoramiento es muy directivo, y me val­go ampliamente de la escritura como medio de liberar las emociones ocultas o enterradas y de concentrarse en ellas. Es frecuente encontrar resistencia a este tipo de trabajo; resulta tentador limitarse a leer los ejercicios sin hacer los «deberes». Por cierto que ya será un gran paso adelante el haberte enterado de los procesos que uso y de la infor­mación necesaria para renegociar una relación. Sin embar­go, así como leer un libro de dietética sin seguir la dieta no te hará adelgazar, leer los ejercicios sin hacer los debe­res no te proporcionará los instrumentos que te permiti­rán modificar vuestra desdichada relación y, si es necesa­rio, ponerle término.
He incluido listas de preguntas para que las contestes, cartas para que las escribas, y otros tipos de ejercicios es­critos. Te sugiero que mientras lees, tengas a mano papel y lápiz. Quizá quieras utilizar un cuadernito para esto, de modo que más adelante puedas revisar tu trabajo. En todo caso, haz el favor de conservar lo que escribas, por­que a medida que adelantemos volveré a referirme a al­gunos ejercicios.
Incluso si en estos momentos no te encuentras en rela­ción con ningún misógino, algunas de las técnicas que te ofrezco pueden serte útiles para que aprendas a hacerte valer y a enfrentarte de manera más eficaz con cualquier persona psicológicamente agresiva con que te encuentres en tu vida.
Si estás efectivamente en relaciones con un hombre así, es probable que los ejercicios que he preparado te obli­guen a recorrer algunos caminos difíciles. Hay partes de este trabajo que resultan dolorosas, pero las recompensas serán duraderas, y por alcanzarlas valdrá la pena cualquier incomodidad con que te encuentres. Lo más importante es que estas habilidades te ayudarán a reencontrar gran parte de la confianza en ti misma que creías haber perdi­do. Juntas, tú y yo rescataremos aquella confianza y volveremos a situarla en el lugar que le corresponde en tu vida.

9
¿QUÉ TAL TE SIENTES?


Cuando mi clienta Nancy acudió por vez primera a mi consulta, era realmente incapaz de ver que muchos de sus problemas se originaban en su matrimonio. Su marido, Jeff, había llegado a controlar en forma tal la convivencia de la pareja, que Nancy había perdido toda perspectiva que le permitiera entender lo que estaba sucediéndole. No sabía de qué cosas era ella responsable cuando suce­dían, cómo se sentía ni cuáles eran los efectos que tenía sobre ella la forma en que la trataba Jeff. Para poder re­cuperar el control de su propia vida, Nancy necesitaba ser ella quien definiera lo que tenía sentido y lo que era real, en vez de seguir aceptando los puntos de vista de él.
Los sentimientos de Nancy, lo que ella pensaba y cómo se conducía eran —además del comportamiento de Jeff— los territorios en que teníamos que concentrarnos, y el pri­mer paso en este sentido consistió en ponernos en contac­to con los sentimientos auténticos de mi dienta.
LA IMPORTANCIA DE LOS SENTIMIENTOS
El control que ejercía Jeff sobre la vida de Nancy no sólo abarcaba la forma en que ella debía pensar y comportar­se, sino también lo que debía sentir para ser merecedora del amor y la aprobación de él:
Acostumbraba decirme: «Dime cómo te sientes. Hazme el favor, quiero saberlo. Tenemos que comunicarnos, así que dime cómo te sientes». Entonces yo le respondía, por ejem­plo: «Me siento herida porque acabas de decirme que no te entiendo porque soy demasiado estúpida», y él me inte­rrumpía: «Está mal, Nancy. Esos son malos sentimientos. No es eso lo que debes sentir».
Jeff ponía el rótulo de «malo» a cualquier sentimiento que a él le desagradaba. Pero los sentimientos, como la conducta, no se rigen por una evaluación moral. No hay sentimientos «buenos» ni «malos». Nadie tiene derecho a juzgar cómo nos sentimos, ni a desvalorizar lo que senti­mos. Los sentimientos existen, simplemente, y tenemos derecho a experimentarlos.
Durante los cuatro años de su matrimonio con Jeff, Nancy había reprimido sus sentimientos a tal punto que a ella misma se le habían vuelto irreconocibles. Había aumentado de peso, padecía de úlcera, estaba sumamen­te deprimida y había perdido la confianza en su capaci­dad. Cuando Jeff empezó a juzgar y condenar los senti­mientos de Nancy, la sumió en la confusión respecto de lo que «debía» sentir. Como resultado de la represión de aquellos sentimientos que para Jeff eran «malos», Nancy había empezado a desconectarse de sus emociones y a du­dar de ellas. En la época en que vino a consultarme, de lo único que estaba segura era de que sufría.
El sufrimiento de Nancy era una señal clarísima de que algo andaba mal. Pero, como muchas mujeres, también ella creía que cuando algo le hacía daño, era cuestión de «aguantar». Para ella, prestar atención a su dolor signifi­caba «regodearse en la autocompasión».
Cómo hacer un inventario emocional
Nuestros sentimientos son la mejor fuente de informa­ción sobre nosotros mismos con que contamos. Son lo que mejor nos orienta cuando queremos saber quiénes somos, qué necesitamos y qué tiene sentido para nosotros en cuan­to individuos. Para empezar a entender lo que ha venido sucediéndote, debes empezar por identificar, haciendo ade­más un inventario de ellos, cuáles son tus sentimientos ha­cia ti misma, tu vida y tu pareja.
Sigue una lista de preguntas destinadas precisamente a ayudarte en esta tarea. Los sentimientos que menciono en ellas son los que con más frecuencia oigo expresar a mis clientas que mantienen relaciones con un misógino. Res­ponde sí o no a cada una de las preguntas. Además, pue­des hacer una señal junto a las preguntas que respondas con un sí. Si sientes algo que la lista no incluye, escríbelo.
¿Te sientes casi siempre triste?

¿Sientes que tienes miedo de tu compañero?

¿Te sientes desesperada y abrumada?

¿Sientes rabia en muchas ocasiones?

¿Te sientes confundida y perpleja sobre la forma en que él espera que te conduzcas?

¿Te sientes dominada por tu compañero?

¿Te sientes culpable de equivocarte siempre?

¿Sientes odio por ti misma?

¿Te sientes frustrada?

¿Te sientes como si estuvieras en una trampa?


Si has respondido sí a seis o más de estas preguntas, es indudable que estás sufriendo mucho desde el punto de vista emocional.
Muchas mujeres que han estado negando su sufrimien­to emocional o restándole importancia se asustan al en­trar en contacto con sus sentimientos: es algo perfectamente normal. No hay una manera fácil de mirar dentro de no­sotros mismos. Sin embargo, reunir el valor necesario para hacer este sondeo psíquico de prueba es el primer paso conducente a introducir cambios en tus sentimientos, y por consiguiente en tu vida. Sigue mis sugerencias y jun­tas haremos frente a algunas de las emocionas que ellas harán aflorar en ti.
Para llegar a ejercitar tu dominio sobre estas emociones, de manera que su fuerza deje de abrumarte, es nece­sario que empieces por entender de dónde provienen. Los sentimientos pueden ser algo muy hermoso, pero cuando perdemos el control de ellos, o cuando su fuente princi­pal es el desvalimiento o el miedo, pueden interferir tan­to con el juicio como con el raciocinio.
LA RELACIÓN BÁSICA ENTRE LO QUE SE PIENSA Y LO QUE SE SIENTE
La mayoría de nosotros no nos damos cuenta de que lo que sentimos es resultado directo de lo que pensamos. Ten­demos más bien a creer que nuestros sentimientos son re­sultado de los acontecimientos externos, pero tiene que haber un pensamiento antes de que pueda haber un sentimiento. Expresiones como las siguientes muestran cómo confunde la gente lo que piensa con lo que siente:
—Siento que estás enfadado conmigo.

—Siento que mi hermano es una persona débil.

—Siento que si yo fuera capaz de cambiar, mi marido me amaría más.
Todas estas oraciones expresan pensamientos, creencias y percepciones, cuyo resultado son ciertos sentimientos. Veamos ahora cuáles son los sentimientos que se crean a partir de eso que pensamos.
«Siento que estás enfadado conmigo» es, en realidad, una percepción que estaría enunciada con más precisión diciendo: «Veo que estás enfadado conmigo, y por eso me siento asustada, confundida, triste, dolida y enojada».

«Pienso que mi hermano es una persona débil, y por eso me siento superior, decepcionada, triste, frustrada y desvalida.»

«Creo que si yo fuera capaz de cambiar mi mando me amaría más, y por eso me siento mala, inferior, indigna de amor y confundida.»
Estas son distinciones vitales, no diferencias semánticas. Aprender a distinguir lo que piensas de lo que sientes es un paso muy importante en tu crecimiento. Para llegar a tener el control de tu vida, debes empezar por controlar tus pensamientos.
El ejemplo siguiente muestra de qué manera pueden confundirse en una relación los pensamientos y los senti­mientos. Imagínate que has preparado una cena agrada­ble y que te sientas a la mesa con tu marido. De pronto, él te critica porque has doblado mal las servilletas, y em­pieza a decirte cosas tales como que él no te importa lo bastante como para preocuparte, que no le das importan­cia a nada, y a él menos que a nada, porque bien sabes cuánto le gusta tener una mesa bien puesta, que eres una egoísta desconsiderada y haragana, y cosas por el estilo. Es muy probable que durante toda esta tirada sólo te des cuenta de que te sientes humillada, asustada, culpa­ble y enojada, y tal vez la intensidad de lo que sientes sea lo único real para ti en ese momento. Pero es de vital im­portancia para ti que reconozcas que te has saltado un paso en la comprensión de lo que te está sucediendo. Antes de sentir esas emociones tan intensas, has tenido pensa­mientos.




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