Cuando el amor es odio



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Las opiniones que Nate expresaba de Jackie se convir­tieron en parte de lo que ella creía ser. Ya de adulta, cuan­do su marido la agredía de manera muy semejante, le re­sultaba fácil retroceder hasta el punto en que volvía a sentirse una «niña mala». La niña a quien se hace sentir que es «mala» como per­sona empezará a aceptar las culpas de todo lo que ande mal en su casa.
CÓMO SE APRENDE A ASUMIR LA CULPA
Cuando Jackie tenía seis años nació su hermanita Cla­re. Al mismo tiempo, Nate llegó a ser gerente de una tien­da de artículos deportivos. Con el aumento de ingresos y la expectativa de un futuro mejor, la familia se mudó a un apartamento más amplio y Lorraine empezó a cuidar de Clare con un placer que nunca había podido permitir­se con Jackie. Esta no tardó en darse cuenta de que su her­mana era la favorita Clare llegó a simbolizar el cambio de suerte de la familia. Nate empezó a valerse de los celos que naturalmente Jackie sentía por su hermanita como una nueva prueba de la mezquindad de la niña, a quien, ade­más, había empezado a culpar de todas las tensiones o con­flictos que se producían en la familia. Aunque seguía ata­cando verbalmente a Lorraine, ahora encontraba en su hija una nueva canalización de sus rabietas. Cada vez que se encolerizaba, echaba a Jackie la culpa de todo.
La forma en que Nate convertía a Jackie en blanco de su agresión la puso en la situación de ser el chivo emisario de la familia. Es tradicional que la gente como Nate, in­capaz de aceptar la responsabilidad de sus defectos y frus­traciones, busque —y encuentre— a una persona menos poderosa a quien culpar de todo lo que le molesta. A causa de su dependencia, vulnerabilidad y visión limitada del mundo, los niños son los candidatos ideales para este rol de chivo emisario.
Debido a dicho rol, Jackie era incapaz de superar la idea de que ella era la culpable de cualquier cosa que anduvie­ra mal en su vida.
Su hermana, sin embargo, no se vio sometida a ese tipo de acusaciones. Esta situación no es excepcional; con fre­cuencia dos hijos de la misma familia reciben tratamien­tos muy distintos. Como resultado, es probable que ter­minen teniendo imágenes sumamente dispares de sí mismos, y que las diferencias entre la vida que cada uno de ellos lleva y las relaciones que entablan en su vida adulta sean enormes.
«Papá está enojado porque tú...»
Cuando comenzó a señalar a Jackie todas las cosas que la niña hacía y que irritaban a su padre, Lorraine estaba, sin darse cuenta, reforzando en su hija la idea de que ella era la culpable de los problemas de la familia. «Papá está enojado porque tú...», solía decirle Lorraine, y a esas pa­labras seguía una retahila de razones arbitrarias para el com­portamiento irracional de Nate:
Si yo hablaba en voz demasiado alta o comía con demasia­da rapidez, o si no saludaba a papá de la maneta adecuada tan pronto como él llegaba a casa, mi madre decía que yo lo hacía enojar. Me pasaba una cantidad tremenda de tiem­po pensando qué había hecho, qué había dicho, por qué era incapaz de ser buena para que papá me quisiera y no se enojara así. Todos los días me hacía a mí misma un mi­llón de promesas de mejorar, para que así papá no siguiera encolerizándose.
Lorraine estaba desplazando sobre su hija parte de la furia que Nate dirigía contra ella. Jackie aceptó esta res­ponsabilidad y se convenció de que, cuando su padre es­taba irritado, a ella le correspondía apaciguarlo. Como re­sultado, la energía que la niña debió haber dedicado a su desarrollo emocional la dilapidó en su preocupación por ayudar a su madre a mantener la paz en la casa. La con­signa de «no irritar a papá» se convirtió en el lema que regía las vidas de la madre y de la hija.
«Jamás puedes estar segura de lo que te hará sentir un hombre»
La forma en que Nate trataba a Jackie no era siempre agresiva. Cuando quería, su padre lograba que Jackie se sintiera el centro del universo, una niña adorada y especialísima. Cuando él le demostraba su amor, Jackie veía en su padre a un héroe maravilloso y volvía a creer que ella sería siempre su niñita preciosa:
Lo que yo más anhelaba era un par de patines para el hie­lo. Papá me había prometido que me los compraría, pero como yo tengo los pies demasiado pequeños, encontrar pa­tines para mí resultó todo un problema. La tarde que él había decidido comprármelos llovía muchísimo, pero de todas maneras salió en busca de ellos. Tuvo que recorrer ocho tiendas diferentes hasta encontrar los que me iban bien, así que cuando regresó a casa eran más de las diez de la noche y yo ya estaba acostada. Me desperté cuando él entró en mi habitación, y jamás olvidaré la sonrisa que apareció en su rostro cuando me ofreció los patines y me los dejó a los pies de la cama. En aquel momento lo amé muchísimo, y pensé que era el mejor padre del mundo por lo que había hecho por mí.
La yuxtaposición del padre maravilloso y magnánimo con la figura tiránica y agresiva componía, para la peque­ña Jackie, un hombre de dimensiones míticas. El hecho de saber que en ocasiones él podía envolverla en el calor de su adoración hacía que sus estallidos de cólera fueran aún más devastadores para la niña.
«Tienes que amarlo a pesar de todo»
El dilema para Jackie era que cuando su padre podero­so y adorado le demostraba su amor, ella se sentía mara­villosamente, pero cuando era cruel le inspiraba miedo, confusión y rechazo.
En su matrimonio con Mark, Jackie se encontró revi­viendo el mismo modelo de relación. Estaban los momen­tos de maravillosa elevación en que Mark la amaba, y aque­llos otros, terribles, en que le negaba su amor y se mostraba cruel con ella. Pero no importaba cómo se sintiera Jackie: lo que se esperaba de ella era que brindase a Mark toda su lealtad y devoción, como de pequeña le habían ense­ñado a dar su amor y su devoción a su padre, por más que él estuviera maltratándola.
Los poderosos mensajes sobre los cuales se había modelado el comportamiento de Jackie eran: tus sentimientos no importan, y aunque un hombre te maltrate, tú tienes que seguir amándolo.
APRENDER A TRAGARSE EL ENOJO
Cuando lo maltratan, cualquier niño siente un tremendo enojo. ¿Cómo es posible que a uno lo traten injustamen­te y no enojarse? ¿Cómo es posible que desprecien tus sen­timientos y que no te enojes? Jackie no constituía la ex­cepción. Pero, como a muchos niños, a Jackie no se le permitía expresar su rabia.
Una vez, durante la cena, dije algo que a papá no le gus­tó, y me gritó: «¡Ojalá te ahogues!». Fue como si me hu­bieran dado una puñalada, y sentí que las lágrimas me que­maban los ojos. Me levanté de la mesa y me fui corriendo a mi habitación, a llorar desesperadamente, sin poder pen­sar otra cosa que: «Ojalá te ahogues tú. Ojalá te mueras». Estaba muy dolida y furiosa. Después, mi madre entró en mi habitación y me dijo que sería mejor que volviera a la mesa porque papá estaba realmente rabioso conmigo aho­ra. «Dile que lo sientes», me susurró cuando volví. Yo siem­pre tuve que tragarme aquella rabia atroz, cada vez que él me humillaba.
El enojo es una emoción humana normal, y todos los niños lo experimentan en diverso grado, pero a muchos padres se les hace difícil tolerarlo. Con frecuencia consi­deran, erróneamente, que el enojo de sus hijos es una in­dicación de su fracaso como padres. Cuando un niño tie­ne una pataleta, la mayoría de los padres sienten que ya no lo controlan y se sienten impotentes. Los niños necesi­tan dar expresión a sus sentimientos de enfado, pero den­tro de límites razonables. Es necesario enseñarles que los sentimientos de enfado están bien, pero que eso no signi­fica que puedan patear al perro, golpear a alguien o rom­per cosas. Cuando un padre enseña a su hijo a canalizar sus sentimientos de manera apropiada, le está enseñando una lección muy importante.
Las restricciones culturales al enojo de las niñas
A los muchachos se los estimula a canalizar buena par­te de su agresión por medio de los deportes, la lucha y la competitividad manifiesta, pero a las niñas se les ofre­cen muchas menos vías de escape. De ellas se espera que sean amables y de carácter dulce; no se considera «feme­nino» que expresen su enojo gritando, peleándose o de­dicándose a deportes agresivos. Aunque algunas niñas se conviertan en marimachos, la mayoría de ellas aprenden a ventilar su enojo mediante la agresión verbal, cuyas for­mas estándar son el chisme, el insulto y el sarcasmo; otras formas menos directas incluyen el malhumor, el poner mal gesto y el llanto.
Cuando el enojo se vuelve contra ti misma
Si la agresión verbal no es suficiente como medio de ca­nalización del enojo, como sucedía con Jackie, los senti­mientos de cólera quedan enterrados vivos. Lamentable­mente cuando una emoción fuerte —como el enojo— se ve bloqueada en su expresión normal, no se limita a desa­parecer, sino que encuentra otra salida. Para Jackie, como para tantos niños maltratados, esa salida llegó a ser ella misma.
Jackie empezó a volver contra ella sus sentimientos co­léricos. Comenzó a sentirse culpable de tener emociones tan fuertes y prohibidas, y se convenció de que si experi­mentaba aquellos sentimientos terribles se debía a que era una mala persona. El enojo, por supuesto, se convirtió en odio hacia sí misma.
La niña intentó entonces hacerse perdonar sus sentimien­tos de enojo ideando un elaborado grupo de comporta­mientos que le permitieran demostrar a todos, empezan­do por sí misma, que en realidad era buena y digna de afecto y, sobre todo, que no era colérica. Se volvió obe­diente en extremo, dócil y sumisa. A muchas niñas se les enseña precisamente eso, y mantienen ese comportamiento durante su vida adulta.
El problema con este conjunto de defensas contra el eno­jo es que establece un círculo vicioso. Cuanto más dócil es la niña, más ignorados son sus sentimientos y sus nece­sidades, con lo cual su enojo aumenta, y ella se ve obliga­da a ser cada vez más sumisa para poder defenderse de él. Este círculo vicioso es el camino que recorren todos los niños maltratados.
«Si te sientes mal es porque eres mala»
Cuando Jackie se levantó de la mesa llorando después de que su padre le dijo que ojalá se ahogara, estaba lla­mando la atención sobre el comportamiento de él, pero todos empezaron a actuar como si fuera ella el «villano de la película»; resultó ser Jackie la que se había portado te­rriblemente mal. La crueldad de Nate jamás se podía po­ner en tela de juicio. Es decir, que a Jackie no sólo no se le permitía dar cauce a su enojo cuando su padre la agre­día, sino que no se le permitía decir «ay».
Cuando a una niña se le impide expresar su dolor, uno de los importantes mensajes destructivos que esa prohibi­ción le transmite es que si se siente mal, se debe a sus pro­pias deficiencias. Y a este mensaje probablemente se uni­rá el de que si necesita consuelo, es fea y repulsiva para los demás.
Jackie recordaba:
Si yo lloraba por algo que mi padre había dicho, él empe­zaba inmediatamente a burlarse de mí. Imitaba mi llanto y decía: «Mirad qué cara más fea. A nadie le gusta verla». Me decía que era desagradable y que «basta de lloriqueos».
Como resultado de esto, Jackie mantuvo en su vida adul­ta la misma sensación de soledad y aislamiento cuando las cosas andaban mal. En vez de buscar consuelo cuando sufría, aprendió a reñirse ella misma, con lo cual intensifi­caba su propio dolor. Después de haber hablado de un incidente en el cual Mark, su marido, se había mostrado cruel con ella, Jackie me dijo:
Estoy realmente harta de mi forma de reaccionar y de lo incapaz que soy. Si no hago más que quedarme ahí llori­queando como un bebé, no es raro que a él le dé asco.
Jackie se había adherido al modelo de su infancia, de castigarse cuando sentía un dolor emocional; estaba reco­giendo la antorcha donde su padre la había dejado, y se había convertido ella misma en su peor enemigo.
Una repercusión destructiva de esta situación en la vida adulta de Jackie era que evitaba a cualquier precio todo lo que significara una decisión o un enfrentamiento dolo­roso. Pero algunas opciones adultas, como renegociar o po­ner término a una relación que nos hace daño, implican necesariamente sufrimiento emocional. Si estas opciones se evitan, al dolor se suman además la autoacusación y el autocastigo.
EL DRAMA COMO FORMA DE VIDA
Lo que más intensamente recuerdo es la tensión que se pal­paba en el aire mientras esperábamos que regresara mi pa­dre. Cuando estábamos mi madre, mi hermana y yo, todo era tranquilo y relajado, pero tan pronto como oíamos la llave en la cerradura, todo cambiaba. Nos poníamos ten­sas porque nunca sabíamos de qué humor iba a estar. Siem­pre teníamos la sensación de andar escurriéndonos furtiva­mente por la casa, como alimañas, ya fuera para limpiar algo a toda prisa o para tener preparado algo que lo apaci­guara... una copa, sus pantuflas, el periódico o lo que fue­se, con tal de evitar el estallido.
La tensión a que se refiere Jackie era un resultado di­recto del caos que reinaba en la casa y lo impredecible de las situaciones. Todas tenían miedo de los humores im­previsibles de Nate. Siempre había lágrimas, ruegos, gri­tos y la amenaza de violencia física a punto de volcarse sobre ellas, todo eso seguido por períodos de calma. Jac­kie recordaba que muchas veces, cuando su padre tenía un estallido de violencia, la reacción de su madre era llo­rar, pedir y suplicar, y apenas momentos después, se be­saban y se reconciliaban. El clima de su hogar paterno era de enorme tensión, combinada con elementos de amor, bondad y afecto, y como resultado se obtenía un guisado emocional tremendo. El mensaje que recibía Jackie era que lo dramático es un componente esencial del amor.
No es nada extraño que los niños que se crían en un ambiente familiar tan tempestuoso aprendan a tomar, erró­neamente, el estrépito y el caos por amor, ni que de adul­tos lleguen a necesitar tales elementos en sus relaciones amorosas. Han llegado a engancharse en lo que yo llamo adicción a la tragedia.
Este tipo de tragedia grandilocuente puede enmascarar —como enmascara cualquier adicción— los aspectos des­tructivos e infantiles de una relación así. El caos mantiene a los participantes en un estado tal de confusión emocio­nal, que no pueden evaluar con claridad la situación. Es frecuente que los dos miembros de la pareja estén tan exhaustos y agotados por las peleas, que ni siquiera pue­dan pensar.
Con frecuencia, los niños criados en una casa donde hay un permanente clima de tragedia crecen con la idea de que la tensión forma parte integrante del amor. Por con­siguiente, una muchacha que ha crecido en una familia así es la compañera ideal para el misógino carismático y explosivo. Para ella, las peleas, la tensión y la tragedia son lo «normal» y familiar. Siente que las bruscas oscilaciones del júbilo a la desesperación, del amor al odio, de la agre­sión al amor apasionado, constituyen otras tantas pruebas de amor.
LOS PADRES QUE CONTROLAN A LA HIJA ADOLESCENTE
Veamos ahora un extracto de una carta que yo pedí a Jackie que escribiera a su padre, hablándole de la relación de ambos durante su adolescencia:
Yo te amaba, te adoraba, pero temblaba de miedo cada vez que te enojabas conmigo. Hacía todo lo que podía para complacerte, pero a ti nada te parecía bastante. Me com­parabas con todas mis compañeras. Esta era más bonita; la otra, mas inteligente. Cuando yo conseguía algo, tú le quitabas importancia, pero si no lograba lo que tú espera­bas, me decías que era un fracaso. Constantemente me hu­millabas y me degradabas en presencia de otras personas. Jamás pude saber qué pretendías de mí.
En vez de poder contar con todo el apoyo y la ayuda que necesitaba durante su adolescencia, Jackie se sintió aún más perseguida por el padre.
Cometí un delito terrible: descubrí que había muchachos. Llegué a ser muy popular, pero creo que por eso mismo perdí para siempre a mi padre. Era como si se hubiera vuelto loco. Empezó a pelearse conmigo cada vez que me veía, y hacía cosas como no darme dinero o negarse a comprar­me ropa. Yo tenía que pedírselo todo, y él siempre estaba inventando la manera de que tuviera que quedarme en casa si tenía que salir con un chico o con mi grupo de amigos. Empezó a interrogarme cada vez que yo volvía; tenía que rendirle cuentas de cada minuto que pasaba fuera. Inten­taba aplastar cualquier intento mío de independencia.
No es nada excepcional que un padre se sienta incómo­do ante el florecimiento sexual de su hija adolescente y ante la necesidad de independencia de ella. Pero la acti­tud de Nate era extrema y hacía daño a Jackie: resolvía la confusión en que lo sumían los sentimientos prohibi­dos de atracción hacia su hija rechazando a Jackie, pero al mismo tiempo se mostraba sumamente celoso y posesi­vo con ella. Al buscar peleas, molestarla incesantemente y fastidiarla por mínimos incidentes, conseguía que hu­biera entre los dos un estado de guerra continuo.
La adolescente se encuentra en la última etapa previa a la condición de mujer. Todas las experiencias que una muchacha ha tenido desde su niñez empiezan a conver­ger para formar la mujer en que ha de convertirse al lle­gar a la edad adulta. Es una época en que la joven se sien­te dolorosamente insegura de sí misma. Parece como si sus emociones estuvieran dotadas de una vida propia y la tironeasen de una a otra reacción extrema. Por ello, la ado­lescencia puede ser una época que ponga a prueba a toda la familia. Una adolescente no sólo necesita independi­zarse; precisa también contar con el apoyo de su familia.
La forma en que Nate trató a Jackie en esta delicada coyuntura terminó de convencerla de que algo no andaba bien en ella. Hizo que la muchacha sintiera que la emer­gencia de su feminidad era algo malo, y puso a sus nor­males aspiraciones de independencia el sello de una prueba más de su indignidad y de sus deficiencias. Naturalmen­te, este refuerzo de la opinión que Jackie tenía de sí mis­ma —la de una «chica mala»— dañó aún más su autoestima.
Las mujeres que terminan vinculándose con misóginos suelen provenir de marcos familiares muy similares al de Jackie: hay un padre controlador y tiránico, y una madre sometida. Siempre está presente alguna forma de abuso psicológico, y cuando además hay abuso físico y sexual, el influjo que ello tiene sobre la evolución y la autoestima de la niña resulta aún más devastador.
LOS EFECTOS DEL ABUSO FÍSICO Y SEXUAL
Cuando Nancy fue a consultarme por primera vez a causa de sus problemas de depresión y exceso de peso, ni siquiera se daba cuenta con claridad de que había sido una niña maltratada. La brutalidad del padre para con ella apare­ció en el curso de la terapia. Sólo entonces pudo advertir Nancy la relación entre los malos tratos a que la sometía Jeff y la forma en que la trataron de pequeña. Nancy se había acostumbrado a que la controlasen por el miedo y mediante severas palizas, y —lo mismo que sucede con todos los niños maltratados— se acostumbró a conside­rarse ella misma culpable de las violencias a que era so­metida. Cuando más adelante se encontró con que en su matrimonio la calificaban de «mala», el término le resul­tó muy familiar.
En caso de que una muchacha sea objeto de abusos se­xuales, a su tendencia a autoinculparse se agregan innu­merables capas de secreto y de vergüenza. El agresor in­cestuoso proyecta siempre la culpa de su crimen sobre la criatura de quien abusa. La muchacha aprende, pues, a verse como un ser sucio e indigno. Tras haber aceptado durante su niñez la humillación, la traición y la explota­ción como condiciones de supervivencia, lo más probable es que, en su vida adulta, la joven reviva esa misma relación agresor/víctima con los hombres con quienes se vincule.
El crimen terrible del incesto empieza finalmente a des­pertar la atención que merece. En los Estados Unidos, al menos una de cada diez niñas sufrirá este tipo de agre­sión por parte de un miembro de su familia. Estas expe­riencias provocan un enorme daño emocional en una mu­chacha joven, y deforman gravemente la visión que ésta tiene de sí misma en cuanto mujer digna de amor.
8
Locura para dos

La relación con un misógino no es realmente satisfacto­ria, ni para el propio misógino ni para su compañera. Sin embargo, como ya hemos visto, la que sufre más es la mu­jer. El tremendo desequilibrio de fuerzas que hay entre ellos, y que a ella tanto daño le hace, los mantiene a am­bos encerrados en lo que yo llamo una «locura para dos».


Siempre que entre dos personas se establece una rela­ción íntima se produce cierta polarización y, por consi­guiente, un desequilibrio de fuerzas. En las relaciones sa­nas, el poder va y viene de uno a otro, de manera que cada miembro de la pareja tiene, en algún momento, más poder que el otro. Cuando el hombre es misógino, sin em­bargo, se da una relación en que solamente él tiene el po­der, sin que este se desplace jamás a la mujer.
Tanto el misógino como su compañera han aprendido en la niñez a ver el mundo en función del poderoso y el desvalido, y a considerarse a sí mismos débiles e inferio­res. Sin embargo, en la vida adulta el hombre da la im­presión de fuerza, porque es quien agrede, ataca e inti­mida, en tanto que la mujer aparenta ser débil, en la medida en que lo aplaca y cede a sus exigencias. Pero lo que se manifiesta hacia el exterior no es necesariamente lo que está sucediendo por debajo de la superficie.
El INTERCAMBIO DE SENTIMIENTOS PROHIBIDOS
Con frecuencia nos sentimos atraídos hacia una pareja que «actúe», es decir, que traduzca en la acción aquellos sentimientos que nos resultan más incómodos. Esta es una de las formas en que encuentran expresión los sentimien­tos que nos avergüenzan. Por ello, a muchas mujeres les atraen los misóginos: son hombres que parecen podero­sos, agresivos, dinámicos, y capaces de dar cauce a su eno­jo siempre que les place.
Si desde niña la mujer se ha sentido incómoda con su propia cólera y le ha tenido miedo, verá en el misógino a alguien capaz de expresar por ella algunos de sus senti­mientos coléricos.
Él, a su vez, se siente profundamente avergonzado de sus carencias y su desamparo. Una de las razones de que se sienta atraído por su compañera es que ella puede ex­presar por él algunos de sus sentimientos de vulnerabilidad.
Estas atracciones, lo mismo que los intercambios furti­vos de sentimientos ocultos, no tienen lugar en el ámbito de lo consciente, y sin embargo, este intercambio que im­pulsa al misógino y a su pareja a conducirse en la forma en que lo hacen cuando están juntos, es una poderosa fuer­za subyacente en la relación de ambos.
El intercambio de dependencia
El misógino se siente muy incómodo con los sentimientos de tristeza y desvalimiento porque esas emociones lo aver­güenzan; la vulnerabilidad no armoniza con la visión que él tiene de sí mismo como hombre. Sin embargo, sus sen­timientos siguen existiendo y, como todas las emociones fuertes, deben encontrar algún canal que les permita ex­presarse. Cuando su compañera expresa estas emociones, el misógino tiene de ellas una experiencia de segunda mano. Además, al controlarla a ella, puede tener la sen­sación de que domina al muchachito asustado que él mis­mo lleva oculto dentro de sí.
Este intercambio insatisfactorio tiene dos desventajas in­herentes. Primera, las expresiones de dolor emocional de la mujer reflejan aquella parte del hombre que él más odia y más teme. Por eso, aunque la necesita para que ella ex­prese esas vulnerabilidades, la desprecia porque es «débil» o «enferma». Consigue que ella exprese en su nombre los sentimientos que a él le avergüenzan, y después la odia por expresarlos.
Segunda, aunque él pueda haber aliviado su miedo al abandono haciendo que la mujer esté demasiado asusta­da para dejarlo, ella puede llegar a estar tan absorbida por su propio sufrimiento emocional que ya no consiga satis­facer la insaciable necesidad que siente él de que lo cui­den. Así, de todas maneras es probable que el misógino se sienta abandonado. Precisamente lo que tanto se esfor­zaba por evitar.
El intercambio de cólera
Así como el misógino canaliza parcialmente sus senti­mientos de dependencia por mediación del comportamien­to de su pareja, también ella descarga parte de su propio enojo a través de los estallidos de cólera de él.



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