Cuando el amor es odio



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Otros misóginos pueden usarlos como una manera de asegurarse de que nunca tendrán que estar solos. Así se crean un respaldo que les exime de la preocupación por la posibilidad de quedarse sin mujer.
En el complicado ámbito de la infidelidad concurren muchos factores, y no todos los misóginos son infieles. Para los que lo son, los episodios extraconyugales suelen cons­tituir un campo más donde intentan resolver sus miedos, necesidades y conflictos infantiles.
LA DEPENDENCIA Y EL MIEDO AL ABANDONO
Todos los hombres que hemos descrito llegan a la con­dición adulta con sentimientos muy ambivalentes en lo que se refiere a las mujeres, sentimientos que se basan en buena medida en las relaciones que tuvieron con su ma­dre. También hemos visto de qué manera transfieren esos sentimientos a las mujeres con quienes se vinculan. Una vez ha efectuado esa transferencia, un hombre llega a creer que depende de su compañera en la misma medida en que dependía de su madre.
Concomitante con ese miedo a la dependencia es el otro, igualmente aterrorizador, a que ella lo abandone. Vuel­ven a adueñarse del misógino el terror de estar solo, el de no saber arreglárselas y el de verse abrumado por una sen­sación de necesidad insaciable. Biológicamente, este hom­bre es un adulto, pero en lo psicológico sigue siendo un niño asustado.
Todos los comportamientos de que se vale el misógino para mantener controlada a su compañera se originan en su profundo miedo al abandono, un miedo del que tiene que defenderse a cualquier precio. En su esfuerzo por apla­car su angustia, el hombre procura alcanzar el control de su pareja destruyendo toda confianza que ella pueda te­ner en sí misma, de manera que nunca pueda ser capaz de dejarlo, y él se sienta seguro.
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Cómo llegan las mujeres a amar a quienes las odian

Jackie se sintió descorazonada cuando se dio cuenta de que, pese a que estaba determinada a hacer las cosas de otra manera, su matrimonio con Mark era casi una mera copia de la relación existente entre sus padres. Estas fue­ron sus palabras:


Yo estaba decidida a tener un hogar donde fuéramos ama­bles el uno con el otro, y donde hubiera respeto mutuo. No quería vivir en una especie de circo de tres pistas, como mis padres. Pero ahora veo que he hecho lo mismo que ellos.
Cuando Jackie se casó con Mark, le pareció que él era un hombre encantador e interesante, que durante toda la vida sería un compañero maravilloso para ella. Sus cua­lidades positivas eran las razones obvias de la atracción que sentía por él; el lado menos obvio de aquella atracción, profundamente arraigado en la propia Jackie, permane­cía oculto para ella. Sean cuales fueren las razones que nos demos por habernos enamorado de tal o cual persona, la realidad es que muchas de las formas de contacto que es­tablecemos en nuestras relaciones íntimas se basan en pau­tas o modelos que hemos aprendido de nuestros padres.
Una vez que empezamos a estudiar juntas aquellas vie­jas pautas familiares, Jackie sintió que comenzaban a perder su influencia sobre ella. Cuando entendió la relación entre sus opciones como adulta y la forma en que había sido educada de niña, pudo tener más control sobre su vida y sobre lo que sentía por sí misma.
A muchas personas les asusta echar un vistazo a las fuer­zas que configuraron su carácter y su ambiente, pues creen que el pasado debe enterrarse, y que volver la mirada ha­cia atrás significa complacerse de modo enfermizo en la autocompasión y en remover viejas heridas. Pero el des­cubrimiento de nosotros mismos puede darnos la posibi­lidad de opciones nuevas e interesantes entonces cerradas. Cuanto mejor entendamos qué fue lo que nos configuró como individuos, con más herramientas contaremos para liberarnos de comportamientos que ya han dejado de ser­virnos.
POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE LA FAMILIA
Cuando somos niños, la familia se ocupa de nuestras necesidades básicas de supervivencia, y es también nues­tra primera y más importante fuente de información so­bre el mundo. De ella aprendemos lo que hemos de pen­sar y sentir sobre nosotros mismos, y lo que podemos esperar de otros. El cimiento emocional de la vida se crea por obra de la manera en que nos trataron nuestros pa­dres, de la forma en que se trataban entre ellos, del tipo de mensajes que nos transmitía su comportamiento, y de la forma en que nosotros, internamente, manejamos esa información.
La imagen de uno mismo
Los niños pequeños creen que sus padres son seres po­derosos e importantes, que monopolizan la verdad y la sabiduría. Por ende, cualquier cosa que uno de ellos diga debe ser cierta y exacta. Cuando uno de los progenitores emite un juicio sobre el valor básico de un hijo, esta opinión se convierte en un hecho en la mente impresionable del niño. Si los padres hacen saber a sus hijos que son bue­nos, valiosos y dignos de amor, los niños llegarán a tener una visión positiva y sólida de sí mismos. Esperarán que las demás personas los traten bien, porque estarán con­vencidos de que lo merecen.
Pero si el tratamiento inicial que recibe un niño le en­seña que es malo y no se comporta bien, que no tiene va­lor alguno y es indigno de amor, !a criatura encontrará formas de organizar su vida que confirmen semejante opinión.
Las imágenes negativas que de sí mismos llegan a tener algunos niños conservan su vigencia en la edad adulta. Mientras buscaba un común denominador entre las mu­jeres con quienes estaba trabajando y que tenían compa­ñeros misóginos, descubrí que todas cargaban, desde la infancia, con una imagen profundamente negativa de ellas mismas. Esa imagen dañada era, más que ningún otro fac­tor, lo que preparaba a aquellas mujeres para aceptar el trato violento y abusivo de sus compañeros.
Los modelos
Mientras estamos desarrollando nuestra imagen de no­sotras mismas vamos también aprendiendo, mediante la identificación con nuestra madre, lo que significa ser mu­jer y cómo se espera que se conduzcan las mujeres con los hombres. Nuestro padre, por otra parte, se constituye en nuestra primera referencia de cómo se conducen los hom­bres y cómo tratan a las mujeres. Además, la interacción entre nuestros padres nos proporciona la primera imagen —y la más importante— de cómo se conducen las pare­jas. No hay película, programa de televisión ni informa­ción escolar que se convierta en una maestra más podero­sa que el contacto cotidiano con el matrimonio de nuestros padres. De niños no nos damos cuenta de que hay mu­chas otras maneras de llevar un matrimonio, y el de nues­tros padres se convierte en el modelo sobre el cual se basan nuestras opiniones futuras de lo que es una relación hombre-mujer.
Los mensajes
Una de las formas en que aprendemos de nuestros pa­dres es al recibir los mensajes que nos transmiten con su comportamiento. En este sentido, la palabra mensaje no se relaciona con comunicaciones verbales directas entre los padres y el hijo, sino con la interpretación que este hace del comportamiento y de los enunciados verbales de aqué­llos. Por ejemplo, es posible que a una niñita no le digan jamás directamente que la opinión de ella no importa, pero si los padres la interrumpen a todas horas o le dicen que se calle, no tardará en llegar a la conclusión de que cuan­to ella tiene que decir carece de importancia.
Los mensajes que recibimos de niños se convierten, para el resto de nuestra vida, en el núcleo de la información que usamos sobre nosotros mismos y de la posición que ocupamos en el mundo. Sin embargo, con frecuencia no nos damos cuenta siquiera de que esta información exis­te. Uno de los mayores beneficios que se derivan de pasar revista a nuestra historia es que descubrimos la naturaleza de los mensajes que recibimos de nuestros padres. Aun­que sea un proceso doloroso, este descubrimiento nos ayuda en nuestro esfuerzo por cambiar nuestro comportamiento presente, e incluso lo que sentimos hacia nosotras mismas. Los mensajes, después de todo, se aprenden, y cualquier cosa aprendida se puede desaprender.
La repetición de pautas
De niños, y debido a nuestra dependencia, experimen­tamos la sensación de ser impotentes en un mundo de gen­tes poderosas. Cuando nuestras circunstancias hogareñas resultan desagradables o dolorosas, nos defendemos de ellas prometiéndonos en secreto que cuando lleguemos a ma­yores haremos las cosas mejor que nuestros padres.
Sin embargo, como sólo sabemos lo que hemos apren­dido de niños, cuando somos adultos seguimos buscando experiencias y relaciones que nos ofrezcan la comodidad de ser familiares. Por eso, a pesar de nuestras heroicas pro­mesas de hacer las cosas de otra manera, es frecuente que terminemos por repetir las situaciones y relaciones de nues­tra niñez. Un buen ejemplo de ello es el caso de la mujer, hija de un alcohólico, que termina casándose con un al­cohólico: está repitiendo la situación familiar para ella. Además, procura convencerse de que ahora, como adul­ta, tiene el poder de reescribir el viejo guión familiar, pero dándole un final feliz. En otro tiempo sufrió por el desa­mor de su padre, porque era alcohólico. Ahora intentará alcanzar ese amor de otro alcohólico.
El impulso a la repetición de lo familiar, combinado con el segundo e igualmente poderoso impulso a conse­guir que las cosas salgan mejor, se convierte en una tram­pa donde caen muchas mujeres. A pesar de su determi­nación a tener mejores relaciones que las que mantuvieron sus padres, desembocan en situaciones muy similares.
Cuando Jackie y yo comenzamos a estudiar los antece­dentes y la historia familiar de ella, descubrimos muchas pautas o modelos que se remontaban a sus primeros años de vida y que se ponían de manifiesto en sus problemas actuales con Mark. En el caso de Jackie fui especialmente afortunada al poder trabajar no solamente con ella, y más adelante con Mark. sino también con Lorraine, la madre de Jackie. En un primer momento, Lorraine acudió para ayudar a Jackie a resolver algunos de sus conflictos con la familia, pero siguió en terapia para aclarar ciertos impor­tantes problemas propios. Todo esto me dio una valiosa visión multigeneracional de las pautas familiares.

LA HISTORIA DE LA FAMILIA DE JACKIE


Lorraine, la madre de Jackie, tenía 17 años mando co­noció a Nate. A él, ella le pareció una delicada y bellísima flor exótica que crecía en su pobre vecindario urbano. A Lorraine le interesaba el arte y, por más que su familia fuese pobre, ella estaba estudiando danza. Nate se ena­moró locamente de ella. Era un joven pujante, ambicioso y carismático, seguido por un rebaño de admiradoras, y Lorraine se sintió sumamente halagada por el inmediato interés que demostró por ella.
Nate manifestó una urgencia sexual feroz, y Lorraine, con toda la inexperiencia resultante de una protección fa­miliar excesiva, no tardó en quedar embarazada. La fami­lia de ella los obligó a casarse a toda prisa, y Lorraine hubo de abandonar sus sueños de llegar a ser bailarina; Nate tuvo que dejar la escuela secundaria para buscar trabajo, y renunciar a su idea de estudiar medicina. Los dos se sen­tían estafados, como si los hubieran despojado de su ju­ventud.
La relación fue tormentosa desde el mismo día de la boda. La adoración que sentía Nate por su joven esposa se convirtió pronto en posesividad, cólera y celos. Impuso la exigencia de estar al tanto de cada paso que ella daba, y llegó a controlarla mediante las escenas que le montaba y con sus ataques verbales. Durante los períodos de calma seguía siendo un amante ardoroso, pero con frecuencia sus estallidos coléricos sumían a su mujer en largas depresio­nes y en un retraimiento lloroso. Las abrumadoras responsabilidades de un matrimonio y un bebé a los 18 años, sumadas al comportamiento versátil de Nate, acabaron con cualquier espíritu de independencia que pudiera tener Lo­rraine. Ese fue el marco familiar donde nació Jackie.

CUANDO LA MADRE ENSEÑA LA SUMISIÓN


Uno de los primeros recuerdos de Jackie era de su pa­dre gritándole a la madre porque había dejado abierta la puerta del armario:
La llamó egoísta, haragana y sucia de mierda, y después desparramó por toda la cocina las ollas y sartenes y la obli­gó a que las recogiera. Yo veía que mi madre estaba tem­blando, y cómo le corrían las lágrimas, pero no dijo nada. Se limitó a hacer lo que él le decía.
Lorraine no intentó defenderse ni hacerse valer. Más ade­lante, solía quejarse, comentando con Jackie lo desdicha­da que era y diciéndole que nada podía hacer al respecto. Independientemente de que Lorraine se diera cuenta o no, lo que estaba haciendo era proponer a su hija un modelo muy poderoso de comportamiento.
«Mantener la relación a cualquier precio»
El incidente del armario que describió Jackie represen­ta el estilo de relación y el desequilibrio de poder en el matrimonio de Lorraine y Nate. El mensaje que recibió Jackie cuando vio cómo su madre se sometía a los malos tratos de Nate fue que la única manera de afrontar la agre­sión de los hombres es someterse y ceder. Del comporta­miento de su padre aprendió que a los hombres les está permitido actuar como se les ocurra, y que las mujeres tie­nen que aguantárselo.
Otro poderoso mensaje implícito en aquella escena era: si mi madre no puede protegerse sola, es indudable que no puede protegerme a mí. Dicho de otra manera, Jackie no podía confiar en que su madre la ayudara si la cólera del padre se volvía contra ella.
Aunque cada comportamiento de los padres transmite algún tipo de mensaje, son solamente los temas repetiti­vos los que forman la imagen del mundo de un niño. Si una niña ve que su madre acepta los malos tratos físicos y los psicológicos, entiende que no hay límites para lo que a un hombre se le permite hacerle a una mujer. Una ma­dre que se deja golpear está demostrando a su hija que una mujer debe tolerar cualquier cosa con tal de aferrarse a un hombre.
Cuando Lorraine se sometía continuamente a las agre­siones de Nate, estaba comunicando a Jackie que no era capaz de sobrevivir sin su marido.
Yo nunca pude entender por qué mi madre, que a mí me parecía maravillosa, se quedaba con mi padre cuando él la trataba tan cruelmente —me contaba Jackie—. Ya des­de pequeña yo me daba cuenta de que él no veía en ella a la persona tan especial que a mí me parecía. Yo acos­tumbraba a preguntarle por qué se quedaba, especialmente cuando la veía llorar después de que él la hubiera insulta­do, y me decía: «Pero, ¿adonde puedo ir? ¿Qué podría ha­cer? ¿Quién se ocuparía de nosotras?»
Los mensajes que recibió Jackie de la interacción de sus padres —que el mundo es un lugar que inspira miedo a una mujer que no tiene un hombre al lado, que las muje­res son desvalidas y dependen de los hombres, y que los hombres tienen todo el poder en las relaciones y las mu­jeres ninguno— quedaron profundamente grabados en sus actitudes y en sus percepciones. La niña creció firmemen­te convencida de que una mujer debe tener una relación con un hombre a cualquier precio, incluso si ese precio es su propia dignidad y su sentimiento del propio valor.

EL APOYO CULTURAL A LA DEPENDENCIA DE LAS MUJERES


La sociedad ha respaldado tradicionalmente la idea de que las niñas son inferiores a los muchachos, de que care­cen de capacidad para cuidarse por sí solas y de que las mujeres necesitan que los hombres velen por ellas. Todos hemos visto que la prensa, la radio, la televisión y el cine presentan a los hombres como seres más fuertes, más com­petentes y más despiertos que las mujeres, a las que con frecuencia se pinta como demasiado emotivas, indecisas, de pensamiento disperso, pasivas, ilógicas, manipulado­ras e incluso malévolas. Tales estereotipos contribuyen a dañar la capacidad que pueda tener una chica joven de verse como una persona fuerte y valiosa.
Con tales puntos de vista corre parejas la disparidad entre los logros por los cuales se admira a muchachos y mucha­chas. Si es probable que a las jóvenes se las alabe por sus modales y por su apariencia, a menudo a los muchachos se les elogia por sus éxitos académicos y por su fuerza físi­ca. También es probable que a las niñas no se las estimu­le a conocer y dominar la vida, y sí en cambio a cultivar la habilidad de manipular a terceros para que negocien con el mundo en nombre de ellas. Lo que están recibien­do esas jóvenes son lecciones de desvalimiento.
Incluso después de haber crecido, muchas mujeres he­mos seguido creyendo que es muy poco el control que te­nemos de nuestra vida. Acaso veamos a otros como si fue­ran los que toman las decisiones que nos afectan, y que lleguemos a sentir la vida como algo que nos sucede. Este sistema de creencias, reforzado por la identificación infantil con madres que son modelos de dependencia y desvali­miento extremos, prepara a muchas mujeres a aceptar ma­trimonios en que los hombres abusan de ellas.
«Haz lo que te digo, no lo que hago»
Lo que tiene mayor influencia sobre un niño es el com­portamiento, no las palabras. Cuando una madre dice a su hija que no se deje controlar por un hombre, o que no le permita actitudes violentas con ella, y después le muestra el comportamiento opuesto en su propia relación con el marido, la muchacha reaccionará al mensaje que le transmite la conducta, no a las palabras.
Paula, que antes de casarse con Gerry era una artista de éxito en el campo comercial, me contó que la madre la había animado a seguir una carrera y la había apoyado, tanto financiera como emocionalmente:
Mi madre era una artista consumada, y estaba empezando a obtener cienos beneficios económicos con su obra. Pero mi padre se burlaba constantemente de ella. Solía mirar por encima de su hombro mientras pintaba, y le decía: «Ya se ve que no eres Picasso, cariño». Cuando yo tenía 14 años, ella dejó definitivamente de pintar, y cuando le pregunté por qué, me dijo: «¿Qué sentido tiene, si a papá no le gusta?» ¡Ella, que siempre me estaba diciendo lo importante que era que yo tuviese mis propios intereses y que hiciera lo que yo quería, sin atender a lo que dijeran otros, ahora dejaba de pintar porque mi padre no lo aprobaba! Me sentí furiosa con ella.
El mensaje que recibió Paula fue: es importante que tú seas independiente y tengas carrera y éxitos, pero a mí esas cosas no me están permitidas. Más adelante, ya casa­da con Gerry, Paula se dio prisa en abandonar su carrera cuando él empezó a criticarle su trabajo. «Imagino que me importaba más la aprobación de él que continuar», me dijo. Pese al apoyo verbal que la madre prestaba a sus éxitos profesionales, Paula respondió al efecto, más po­deroso, de haberla visto abandonar su propia carrera.
Incluso cuando una mujer puede liberarse de este tipo de modelo del rol ofrecido por la madre y lograr su inde­pendencia financiera, es probable que siga viéndose como inferior y que tolere las agresiones psicológicas de su com­pañero. Tanto Rosalind como Laura eran buenos ejemplos de esta actitud. Tal como señalé cuando me referí a «la paradoja de la mujer poderosa», una mujer pue­de ser independiente y adulta en su vida comercial o pro­fesional, y seguir reaccionando como una criatura desvali­da en sus relaciones más personales e íntimas.
LA DOBLE IDENTIFICACIÓN
Es motivo para rendir tributo a la elasticidad y resisten­cia de los niños el hecho de que, incluso de las situaciones familiares más conflictivas, sean frecuentemente capaces de internalizar algunas características positivas y útiles que habrán de servirles en la edad adulta. Jackie, por ejemplo, internalizó de manera muy positiva ciertas caracterís­ticas agresivas del padre, que se convirtieron para ella en los instrumentos que habrían de permitirle lograr los ob­jetivos de su carrera.
La mayoría de las mujeres que tuvie­ron un padre tiránico y una madre pasiva hacen su identi­ficación sexual primaria con la madre, pero también pueden asumir como características suyas algunos aspec­tos de la agresividad del padre. En las familias donde uno de los progenitores tiene, evidentemente, mucho más po­der que el otro, suele suceder que un niño, sin darse cuen­ta, asuma como parte de su carácter muchos atributos del miembro más poderoso de la pareja, aunque se trate del progenitor del sexo opuesto.
Pero Jackie, como muchas de las mujeres que he visto, creía que sólo en su vida pro­fesional era capaz de usar el poder que había tomado de su padre. A medida que fuimos trabajando juntas, se que­dó encantada al descubrir que podía echar mano de esa misma eficiencia en su vida personal. Como las habilida­des ya las tenía, ahora era cuestión de aprender a usarlas en su relación con Mark. (En la segunda parte de este li­bro estudiaremos la forma de usar y reencauzar algunas de estas habilidades.)
EL MIEDO A PERDER EL AMOR DE PAPÁ
Cuando Jackie tenía cinco años, Lorraine volvió a que­dar embarazada. Una vez más, el momento era inoportu­no: Nate estaba trabajando a comisión y sus ingresos fluc­tuaban mucho y en forma brusca. A Lorraine, para quien el embarazo fue difícil, le aterraban las responsabilidades de tener un segundo hijo. Acosada por episodios de de­presión, se pasaba mucho tiempo en cama. Jackie recor­daba que este período señaló un cambio importante en la forma en que la trataba su padre:
Una noche, mientras cenábamos, se me derramó la leche, y de pronto mi padre se enfureció conmigo y empezó a gritarme. Jamás lo había hecho antes, pero se encolerizó tan­to que creí que iba a estallar. Se le puso la cara roja y se le hincharon las venas del cuello. Yo estaba aterrorizada. Me dijo a gritos que por mi culpa se estaba hundiendo la maldita casa, que él se rompía el culo por nosotras y que yo estaba arruinándolo todo. Después me obligó a limpiar lo que había tirado, mientras él me vigilaba para que secara hasta la última gota, sin dejar en ningún momento de vociferar y maldecir. Yo sollozaba de tal manera que ni si­quiera alcanzaba a ver el suelo. Tenía la sensación de que era el fin del mundo, de que había perdido para siempre su amor.
Para el niño o niña que cree haber perdido el amor de sus padres, el dolor y la angustia son muy reales. El hecho de que los niños tiendan a no ver más allá del momento presente intensifica sus sufrimientos, pues creen que los crueles sentimientos de ese momento se prolongarán en el futuro.
Como los niños dependen totalmente de sus padres para su supervivencia física y emocional, su necesidad del amor de los padres es absoluta. La necesidad normal de un vín­culo con el padre se intensifica si éste le retira su amor y se convierte para el hijo en una figura inspiradora de te­mor y angustia. Cuanto más aterrador es el padre, y cuanto más amenaza con irse, tanto más desesperadamente se afe­rrará a él el niño, en un esfuerzo por volver a ganarse la buena voluntad paterna. Para el niño confundido, esa fi­gura colérica que ama al mismo tiempo que le causa do­lor, es la de un gigante; un gigante que controla la vida del niño valiéndose del miedo y de la manipulación del amor. El niño tiene que estar constantemente planeando su comportamiento, para evitar la ira del padre o para con­seguir su aprobación.
Toda relación padre-hija tiene su ración de conflictos y desacuerdos, pero si el tono predominante es de afecto y respeto, la hija llegará a tener un sentimiento de con­fianza y seguridad hacia los hombres. Como el padre es el primer hombre en su vida, se convierte en el modelo sobre el cual basará ella sus incipientes expectativas refe­rentes a los hombres. Y la forma en que él la trate deter­minará además, en gran parte, la visión que ella tenga de sí misma.
«Si papá lo dice, debe ser verdad»
Cuando su padre la insultaba, Jackie interpretaba esos calificativos como auténticas evaluaciones de lo que ella era, no como los exabruptos de un hombre colérico y agre­sivo. Las palabras de él eran como golpes físicos, y lesio­naban de tal manera el sentimiento que ella tenía de su propio valor, que se sentía como si él la hubiera golpeado o abofeteado.
Cuando una niña se ve sometida a ataques verbales, no sólo los siente como algo que le hacen a ella, sino como algo que ella misma ha causado con sus fallos. Al no po­der concebir los niños que esos padres que les parecen to­dopoderosos como dioses puedan hacer algo mal, se creen lo que los padres les dicen. La opinión negativa del padre se convierte en el hecho sobre el cual la niña basa su ima­gen de sí misma. Si los mensajes relativos a su persona que recibe la niña son principalmente positivos, su imagen de sí misma será sana. Pero en muchos casos, los mensajes positivos están siendo constantemente anulados por otros negativos.



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