Cuando el amor es odio



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Después de algunas entrevistas con Mark advertí que la madre no era simplemente una señora preocupada o una regañona inofensiva: había invadido la totalidad de la vida de su hijo y procuraba vivirla en su lugar.
Cuando Mark llevaba a otros niños a jugar a su casa, la madre insistía en estar presente y les organizaba todos los juegos, revoloteando en torno de ellos y supervisándo­les hasta el último movimiento. Decidía también qué ropa se pondría Mark, qué comería, quiénes serían sus amigos y qué libros debía leer. Hasta que su hijo se fue de casa para ir a la universidad, ella siguió tomando todas las de­cisiones que afectaban a su vida. Cada vez que Mark in­tentaba hacer algo que iba contra los deseos de su madre, la consecuencia era un largo sermón, o bien la desaproba­ción de ella, expresada con aire de mártir:
«Eres un desagradecido —me decía —. ¡Después de todo lo que he hecho por ti!» No era como esas que dicen: «Mamá sabe más». Para ella, era más bien: «Mamá lo sabe todo».
Al ser tan controladora, la madre de Mark le impedía llegar a sentirse dueño de su propia vida. El muchacho jamás tuvo ocasión de sentirse eficaz y competente, porque la madre, al precipitarse a hacer por él las cosas, lo privaba de esas oportunidades.
Incluso los niños pequeños necesitan que les den mar­gen para cometer errores, para intentar experiencias nue­vas y explorar, a su propio ritmo, el mundo que los ro­dea. La confianza de Mark en sí mismo se debilitó como resultado del dominio que ejerció sobre él la madre. Ya de adulto, para él todas las mujeres eran criaturas aterra­doras y malévolas, empeñadas en controlado y en robarle su masculinidad. Por consiguiente, sus relaciones con las mujeres fueron siempre luchas por el poder.
«Tengo derecho a que todo se haga a mi manera»
Las frustraciones son parte inevitable de la vida, y apren­der a asimilarlas en dosis soportables nos ayuda a cultivar un sólido sentimiento de nosotros mismos y de la reali­dad. Nuestros padres nos enseñan a enfrentar las frustra­ciones al imponernos grados razonables de restricción. Esto nos permite renunciar a la expectativa mágica de que to­das las necesidades y deseos que tengamos se verán siem­pre satisfechos. Cuando un niño se enfrenta con una de­silusión, y el padre o la madre le dice que «la vida está llena de decepciones, pero todos tenemos que aprender a soportadas», ese padre está ayudando al niño a vérselas con la realidad.
La madre sofocante, que se lanza en picado sobre su hijo para resolver todas sus dificultades, obstruye este proceso de aprendizaje. El niño no llega a experimentar la dosis de frustración necesaria para ser, más adelante, capaz de resistir las desilusiones mayores que le deparará la vida. En una de sus sesiones, Mark me contó:
Antes incluso de saber qué pasaba, mi madre solía decir: «No es culpa tuya, tú no hiciste nada malo». Siempre se entrometía para preguntar: «¿Qué hicieron? Fueron ellos los que empezaron, ¿verdad?». Creo que si yo le hubiera disparado un balazo a alguien habría dicho que la culpa era del otro, por haberse puesto en el camino de la bala.
Cuando a un niño no se le permite reaccionar ante sus frustraciones a su manera —llorando, por ejemplo, para después hacer frente a la situación y, finalmente, seguir jugando— porque su madre está siempre a punto para in­tervenir, ahorrándole cualquier incomodidad, de adulto será incapaz de resolver siquiera las más insignificantes di­ficultades.
Lo que está diciendo a su hijo la madre que constante­mente le evita las innumerables minucias desagradables de la vida es lo siguiente:
—No tienes por qué aguantar frustraciones.

—Sea lo que fuere lo que ande mal, siempre habrá cerca alguien que te lo arregle.



—Tienes derecho a llevar una vida sin nada que te irrite.
Este tipo de mensajes malsanos y egoístas acrecientan en el muchachito el sentimiento de que el mundo está en deuda con él, hasta que llega a esperar que puede conse­guir siempre lo que quiere y cuando lo quiere.
Estamos considerando un tipo de madre que puede dar la impresión de ser muy cordial y afectuosa para el niño, pero que en realidad le causa mucho miedo. Cuando la madre mantiene atado a su hijo controlándolo en exceso y rescatándolo constantemente, lo predispone a creer que no podrá sobrevivir sin una mujer, y esto crea en el niño un sentimiento de dependencia enorme. Más adelante, lle­gará a ver a su pareja como alguien dotado del mismo po­der de frustrarlo, de retirarle su amor, de sofocarlo y —lo que es más importante— de hacerlo sentir débil, desvali­do y dependiente.
Si un varón tiene una figura paterna fuerte y eficaz, que le sirva de modelo, puede llegar a consolidar la confianza necesaria para liberarse incluso de una madre muy domi­nante, pero —como ya sabemos— las mujeres dominan­tes tienden a vincularse con hombres débiles y pasivos, que raramente son capaces de ofrecer a los hijos varones una alternativa válida de la dominación materna.
CUANDO EL PADRE ES PASIVO
Así como el padre tiránico, al asustarlo, envía a su hijo a los brazos de la madre, el padre pasivo devuelve el hijo a su madre por ser demasiado retraído e inaccesible para el niño. Ninguno de los dos es capaz de ofrecer a su hijo la ayuda que necesita en la difícil empresa de separarse de la madre.
El padre pasivo intenta perderse de vista en el telón de fondo de la vida emocional de la familia, y a la primera señal de un mínimo problema familiar se refugia en su propio mundo
«Los hombres no pueden hacer frente a las mujeres»
Cuando Mark tenía ocho años, su padre dejó de viajar por razones de trabajo. El niño estaba entusiasmado con la perspectiva de pasar más tiempo con él, ahora que su padre estaría en casa. Cuando se le hizo obvio que el pa­dre seguía sin tener tiempo para él, Mark se sintió cruel­mente decepcionado y dolido:
Si no estaba todo el tiempo trabajando, subía a encerrarse solo en su habitación. Creo que por lo menos una vez al día se refugiaba en aquella habitación. Ante cualquier cosa que le pidiera mi madre, reaccionaba levantándose y yén­dose arriba. A veces se quedaba allí toda la noche. Cuan­do ella lo había pinchado por cualquier motivo, él ya no hablaba con nadie.
Al desaparecer cada vez que se planteaba un conflicto con su mujer, el mensaje que estaba transmitiendo el pa­dre de Mark era que cuando las mujeres son dominantes, los hombres no pueden hacerles frente.
Aquí no me refiero al hombre de naturaleza callada y reservada; es obvio que un hombre puede ser de trato de­licado y hablar en voz baja, sin por eso perder el contacto emocional con su familia. El tipo de pasividad al cual me refiero es el del padre que encarna una figura incierta y remota, que no interactúa con los demás miembros de la familia y que escabulle el bulto ante cualquier conflicto con su poderosa mujer.
Esa pasividad y ese retraimiento no son tan benignos como quizá parezcan. La pasividad puede ser una manera de expresar el enojo. Con frecuencia, el padre pasivo guarda una enorme carga de rabia contra su mujer, pero en vez de darle una expresión saludable, se limita a castigarla —a ella, y con frecuencia, también al resto de la familia— con su silencio y su retraimiento, tácticas que protegen muy eficazmente a la persona pasiva, al mismo tiempo que hie­ren a los demás miembros de la familia. Al negarse a interactuar, el hombre pasivo frustra, encoleriza y trastorna a la persona que está intentando conectarse con él.
El niño que tiene una madre sofocante y controladora inevitablemente dirigirá la mirada a su padre para apren­der a hacerle frente. Al evitar enfrentarse con su mujer dominante, un padre pasivo no sólo abdica su rol en el desarrollo emocional de su hijo, sino que refuerza en éste la opinión de que las mujeres son controladoras hasta el punto de que inspiran miedo. «Después de todo —razona el niño—, si papá no es capaz de hacerse fuerte y defen­derse de las mujeres, ¿cómo he de hacerlo yo?»
Este mensaje, sumado a que el muchacho se siente ya incómodo y dependiente, colorea más aún sus relaciones de adulto con las mujeres. Tanto para Mark como para Ben, cualquier demostración de poder por parte de las res­pectivas esposas ponía en peligro su sentimiento de segu­ridad. Incluso la más leve expresión de diferencias de opinión era, para ellos, un intento de las mujeres de hacerse con el control y dominarlos.
Podría parecer que un hombre que ha tenido una ma­dre sofocante, y que siente la necesidad de controlar a las mujeres, se sentirá atraído por una compañera que sea el opuesto exacto de su madre. Sin embargo, lo que con fre­cuencia sucede es que un hombre así experimenta una atracción magnética hacia una mujer fuerte, a quien lue­go intenta debilitar. Intenta reescribir el viejo guión fa­miliar, a ver si a él le sale mejor. Si se muestra capaz de controlar a una mujer poderosa, puede demostrarse que es más hombre que su padre: él ganará la batalla que su padre no se animó a librar.
La combinación padre pasivo/madre asfixiante produ­ce, junto a la que se da entre padre tiránico y madre vícti­ma, los dos tipos de familias que he visto con mayor fre­cuencia en la historia personal de los misóginos. Sin embargo, hay otras maneras de desempeñar el rol de pa­dres que pueden influir fuertemente en la forma en que se relacionará posteriormente un niño con las mujeres.

CUANDO LA MADRE ES PREPOTENTE


Una madre que tiene aterrorizado a su hijo con sus agre­siones, su frialdad y la severidad de sus castigos crea en él sentimientos de desvalimiento, inadecuación y miedo.
«Si necesitas de una mujer, te hará daño»
Lorraine recordaba lo que Nate le había contado de los castigos físicos brutales que le imponía su madre cuando era pequeño:
Solía hablarme de cuando su madre le tiró un cuchillo por­que tenía los pies apoyados en un mueble. Pero también me contó que a veces ella lo azotaba con un cinturón sin ningún motivo. Podía ser porque había dejado un libro en el suelo o por haberse olvidado el suéter en la escuela. Yo me quedé con la impresión de que vivió toda su niñez mortalmente aterrorizado por ella
No importa lo cruel que hubiera sido la madre de Nate con su hijo: él seguía dependiendo de ella para que satis­faciese todas sus necesidades infantiles. Como con cual­quier niño maltratado, la crueldad de su madre, en vez de apartarlo, lo ligaba a ella en una búsqueda desespera­da de amor y consuelo.
De la misma manera en que el padre es el primer hom­bre en la vida de una niña, la madre es la primera mujer en la de un niño. Si esta mujer necesaria e importante es fuente de terror para él, como era el caso de la madre de Nate, éste sentirá tanto un profundo odio como una in­tensa necesidad por las mujeres.
CUANDO LA MADRE RECHAZA
La madre que rechaza a su hijo, que se muestra fría y poco afectuosa, es el polo opuesto de la madre sofocante, pero los efectos de ambos extremos son similares. La ma­dre que sofoca no permite que su hijo experimente frus­traciones, de modo que el niño no aprende a enfrentar las decepciones con que se encontrará en la vida. La que rechaza a su hijo lo frustra en una medida intolerable, de modo que tampoco él es capaz de hacer frente a la frus­tración cuando llega a la adultez.
Paula me hizo un relato de los antecedentes de su ma­rido que revela muy bien su propia intuición psicológica:
Gerry fue un niño muy enfermizo. Hasta su adolescencia tuvo episodios frecuentes de neumonía y de asma. Me contó que estuvo durante largos períodos en cama, una vez más de un año. Aunque él precisaba mucha atención y cuida­dos especializados, la madre sólo le daba en forma inter­mitente lo que necesitaba. Me contó que se pasaba tanto tiempo solo en la cama que se acostumbró a hacer fanta­sías en que la madre acudía a rescatarlo y le llevaba golosi­nas muy especiales, le leía y cosas así. Él siempre estaba hablando de lo maravillosa que era la madre y de lo mu­cho que lo amaba, pero la historia no coincidía para nada con la mujer que yo conocí, y que era tremendamente fría, incluso con sus nietos. No me puedo imaginar que haya sido jamás la mujer que él describía. Y me da la impresión de que él oscila entre idealizarla y presentar una imagen romántica de ella, y odiarla porque no le daba lo que él quería.
En un momento me grita que yo soy una puta fría y egoísta como su madre, y al minuto siguiente me está contando que los domingos por la mañana ella le prepara­ba pastas dulces para el desayuno. Por último me contó que solía mantenerse indiferente y no trataba de protegerlo cuando el padre, enfurecido por el alcohol, castigaba con brutalidad al niño. Cuando Gerry tenía quince años nació su hermanita, y de pronto todas las atenciones de la madre fueron para ella, o por lo menos así lo sintió él. Dice que él no sabe cómo ni por qué, pero que en algún momento perdió el amor de su madre. Se esforzó muchísimo por re­cuperarlo, pero ella era tan fría con Gerry, y le prestaba tan poca atención, que ni siquiera le envió una tarjeta para felicitarlo cuando él se graduó. Y yo sé que eso lo hirió muy profundamente.
La madre que Gerry se creó en su fantasía se mezcló con las experiencias reales de su infancia. Ya adulto, veía en las mujeres seres fríos, traicioneros y mezquinos, al mis­mo tiempo que las idealizaba como bondadosas salvado­ras. La mujer «buena» sería la que concentrase toda su aten­ción en él. Que le regatearan una entrega total y una absoluta atención a sus necesidades reactivaba en Gerry los antiguos sentimientos de necesidad y privación.
En su matrimonio, cuando Paula intentaba satisfacer sus propios deseos y necesidades, Gerry se sentía sumamente amenazado; si ella se prestaba alguna atención a sí mis­ma, eso significaba que estaba despojándolo a él.
Hacía más de cinco años que yo no iba a casa de mi madre — me contó Paula — y ella me invitó, incluso me pagaba el viaje. Durante todo el camino al aeropuerto, Gerry fue vociferando, protestando porque lo dejaba. «Tú sabes lo que siento cuando me dejan —me recriminó—. Sabes que cuando era pequeño mi madre solía irse siempre y que a mí eso me daba miedo, pero a ti no te importa lo que yo sienta» Me hizo sentir tan culpable, que terminé por re­nunciar al viaje.
Tal como vimos en el capítulo 4, Gerry también tenía celos de las atenciones que Paula brindaba a sus hijos.
Debido a las necesidades abrumadoras que había pa­decido de niño, ya adulto Gerry era incapaz de tolerar si­quiera una mínima frustración:
Cualquier cosa podía hacerlo estallar, y la culpa siempre era mía. Una vez salió a poner en marcha el coche y no le arrancaba. Volvió a entrar en casa, me tiró las llaves y me gritó que la culpa era mía, por no haber cuidado bien el coche..., cuando ese coche yo jamás lo conducía, por­que era el de él.
La furia de Gerry tenía muy poco que ver con el coche. Guardaba mucha más relación con la cólera que él sentía contra su madre, por todas las privaciones y frustraciones que le había impuesto de niño.
«Hay que avergonzarse de ser vulnerable»
Además de privar a su hijo de amor y de atención (y, por ende, de frustrarlo), la madre fría y esquiva lo casti­gará con frecuencia por la normal necesidad que el niño siente de ella. A partir de esta actitud, el pequeño entiende que esa necesidad suya es inaceptable y vergonzosa, y es probable que entonces intente encubrir su vulnerabilidad siempre que le sea posible. Muchos misóginos recurren a un comportamiento prepotente y machista con las muje­res para defenderse de esos inaceptables sentimientos de vulnerabilidad.
El infortunado razonamiento que hace el misógino a partir de esas premisas es que, si sus necesidades resultan inaceptables, también lo son las de su compañera. Como le recuerdan en exceso las suyas propias, debe negarlas. Esto explica en parte por qué tantos misóginos se muestran insensibles al sufrimiento emocional, e incluso físi­co, de su pareja.
Tanto en el caso de la madre prepotente como de la que rechaza, hay una crueldad manifiesta y dolorosa que tiñe toda la niñez del muchachito con los colores del desam­paro, la cólera y la humillación. Ambas son madres a las que se puede ver como precursoras claras y directas de la misoginia. Si hubiera un padre fuerte que mitigara el com­portamiento punitivo de estas mujeres, los resultados po­drían ser muy diferentes, pero en general esto no sucede. El padre de Nate era un hombre retraído que casi no man­tenía relación con su hijo; el de Gerry, un alcohólico vio­lento e inestable. Gerry y Nate crecieron con un doloroso sentimiento de vacío y, ya adultos, proseguían la búsque­da de la madre bondadosa y amante que jamás tuvieron.
JÓVENES COLÉRICOS, HOMBRES COLÉRICOS
Cuando se trata de emociones fuertes, la negación o la represión no las eliminan; en cambio, hacen que sean des­plazadas o almacenadas.
En un momento posterior de su terapia, Charlie pudo establecer algunas conexiones muy directas entre la cólera que de niño sentía contra su madre y los estallidos con que agredía a las mujeres en su vida adulta:
Mi madre era sobreprotectora de algunas maneras muy ex­travagantes. Recuerdo que me hacía estar inmóvil, senta­do en una silla, durante horas y horas. Era su manera de vigilarme. «No se te ocurra moverte de esa silla», me de­cía, y si yo me iba al porche de adelante de la casa, empe­zaba a vociferar: «¡No quiero que estés donde yo no pueda verte!». Así que yo me quedaba en aquella silla, con el es­tómago tan tenso como si lo tuviera hecho de cemento, y la cabeza empezaba a latirme de tal manera que parecía que se me fuera a caer.
Charlie reorientó hacia sí mismo sus sentimientos colé­ricos y los convirtió en reacciones físicas. Para él era mu­cho más aceptable padecer un dolor de cabeza o de estó­mago que tener conciencia de lo enojado que estaba con su madre. Cuando creció, siguió teniendo reacciones físi­cas cada vez que se enfurecía. Al comienzo de su terapia, se emocionó mucho al descubrir la relación entre los sig­nos físicos de advertencia y su comportamiento:
Por dentro sigo sintiendo siempre lo mismo. Las tripas que se me ponen tensas y la cabeza que empieza a latirme como antes. Lo mismo que sentía de pequeño. Ahora, eso es la señal de que están por desatárseme los demonios y que voy a decirle a ella alguna crueldad, a gritarle o a hacer algo que restablezca mi control sobre ella y le muestre quién es el que lleva los pantalones.
Cuando Charlie se encolerizaba con su compañera ac­tual, la atacaba de la misma manera que de niño le ha­bría gustado atacar a su madre. Lo que hacía era librar una antigua batalla con una adversaria nueva y ajena a la raíz del problema.
El misógino está auténticamente convencido de que su cólera contra su compañera se debe a las deficiencias de ella. Para él, es más fácil atacar a su pareja que enfrentar­se con las verdaderas fuentes de su rabia. Se siente justifi­cado al desplazar su cólera sobre las mujeres. Parte de esta justificación puede provenir de las experiencias que vivió en su casa cuando era niño, pero buena parte de ella se origina directamente en nuestra cultura.
El apoyo cultural a la agresión masculina hacia las mujeres
Nuestras leyes e instituciones referentes a los derechos de las mujeres y a las prerrogativas masculinas están cam­biando, pero muchos hombres siguen creyendo aún que su imagen masculina depende de su capacidad para do­minar y controlar a las mujeres.
Nuestra cultura refuerza esta idea presentando a las mu­jeres como blancos adecuados para la hostilidad de los hom­bres. En la literatura, el cine y la televisión, los hombres usan a las mujeres no sólo como términos de comparacio­nes favorables para ellos, sino también como escudos y re­henes. Con escalofriante regularidad, las violan, las mal­tratan o las matan. La pornografía presupone que la seducción inherente en una mujer justifica cualquier acto de sadismo físico o sexual que un hombre quiera cometer contra ella.
Al misógino, que llega a la edad adulta tan lleno de miedo a las mujeres como a los intensos sentimientos que ellas le inspiran, estos mensajes culturales refuerzan su jus­tificación para ser cruel. Una cultura que, desde la Biblia en adelante, ha presentado a las mujeres como perversas, malignas y siniestras, ofrece a los misóginos abundantes razones para odiarlas, temerlas y vilipendiarlas. La psicoanalista Karen Horney ha escrito: «El hombre no se ha can­sado jamás de encontrar expresiones para las violentas fuer­zas que lo empujan hacia la mujer y, al mismo tiempo, para el terror de que ella pueda arrastrarle a la muerte o a la condenación».
A la imagen de las mujeres como seres malignos se suma el imposible modelo cultural del machismo, que los ni­ños se ven forzados a emular. Es un modelo que exige que un hombre sea poderoso, independiente, invulnerable, do­minante y dueño de sus emociones. Desde luego, jamás debe temer a las mujeres ni depender de ellas. Ningún hombre puede vivir a la altura de semejante modelo, por­que no da cabida a las emociones y las necesidades huma­nas normales. Y es un modelo especialmente inadecuado para el hombre a quien las circunstancias en que se desa­rrolló su infancia han dejado con la desesperada necesi­dad del amor de una mujer.
LOS EPISODIOS EXTRAMATRIMONIALES
Cuando Gerry creció, su avidez por las atenciones de una mujer dio como resultado un comportamiento suma­mente destructivo y poco ético. Su trabajo como psicólo­go le permitió ejercer poder sobre muchas de sus pacien­tes femeninas, y además controlarlas mediante el recurso de tener relaciones sexuales con ellas. Ese era uno de los recursos de que se valía para intentar superar su nostalgia de ser consolado por una mujer.
De la misma manera, hay muchos misóginos que incu­rren en episodios extramatrimoniales en su procura inter­minable de compensar lo que no tuvieron de niños.
Sin embargo, poder entender por qué el misógino tie­ne episodios extramatrimoniales no le sirve de mucho con­suelo a su pareja. Nicki descubrió que Ed tenía una amante cuando encontró un recibo de compra de lencería fina en su chaqueta deportiva. He aquí lo que me dijo:
Estaba tan locamente celoso de todo lo que yo hacía, de la gente a quien veía... Y cuando descubrí que él tenía un lío, me pareció el colmo. Empecé inmediatamente a hacer las maletas. No quería ni siquiera hablar con él.
Los celos y la posesividad de Ed son típicos. Hay mu­chos misóginos que mientras tienen episodios extramatri­moniales suponen que su compañera hace lo mismo. Cuanto más culpable se siente el hombre, tanto más ne­cesario se le hace proyectar su culpa sobre su pareja. Al hacerlo, la convierte a ella en la «mala». Además, eso le permite asumir menos responsabilidad por su comporta­miento, puesto que a ella la cree también culpable.
Por regla general, estos episodios no modifican la de­sesperada necesidad que siente el misógino de aferrarse a su pareja.
Cuando llegó Ed y vio que yo estaba realmente decidida a dejarlo, se vino abajo. Ni en un millón de años me habría imaginado yo ver a aquel hombrón de un metro ochen­ta, policía, llorando así a gritos, rogando, suplicando y so­llozando. Parecía un niño pequeño. Finalmente sentí pena por él. Me juró que si me quedaba, si le daba una nueva oportunidad, dejaría de ver a la otra mujer. Así que lo hice; me quedé.
Para Ed, Nicki seguía representando a su madre, y no podía desprenderse de la mujer en quien veía su fuente principal de apoyo y de amor.
Ed hizo todo lo posible para que su infidelidad no lle­gara a conocimiento de Nicki, pero otros misóginos no se esfuerzan tanto. Nate, por ejemplo, dejaba ver sin recato alguno sus infidelidades con sus empleadas. He aquí lo que me contó Lorraine:
A mí me enfermaba tener que ir con él a las fiestas de la compañía, porque tenía que fingir que no me daba cuen­ta de cómo atendía a quienquiera que en ese momento fue­se su «favorita». Me dejaba sola, mientras todo el mundo me miraba, mientras él bailaba con esas mujeres y les ha­cía toda clase de insinuaciones en mi propia cara. Era ho­rriblemente humillante.
Nate se valía de esos episodios extramatrimoniales para castigar y humillar a su mujer, no solamente para satisfa­cer sus necesidades sexuales y emocionales.



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