Cuando el amor es odio



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Cuando

el Amor es ODIO

Hombres que odian a las mujeres

y mujeres que siguen amándolos

Susan Forward
Cuando

el Amor es ODIO


Hombres que odian a las mujeres

y mujeres que siguen amándolos


grijalbo

CUANDO EL AMOR ES ODIO

Hombres que odian a las mujeres y mujeres que siguen amándolos

Ti'tulo original en ingles: Men Who Hate Women

and The Women Who Love Them

Traduccion: Mana I. Guastavino,

de la primers edicion de

Bantam Books, Inc.

Nueva York, 1986

©1986, Susan Forward y Joan Torres


©1987, Ediciones Grijalbo, S.A. Arago, 385, Barcelona
D.R.© 1993 por EDITORIAL GRIJALBO, S.A. de C.V

Calz. San Bartolo Naucalpan num. 282

Argentina Poniente 11230

Miguel Hidalgo, Mexico, D F

Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, sin autorizacion escrita del editor.

ISBN 970-05-0200-7


IMPRESO EN MEXICO

Para Wendy y Matt


Indice
Agradecimientos

A modo de introduction personal

Primera parte

LOS HOMBRES QUE ODIAN A LAS MUJERES


El hombre más romántico del mundo

El fin de la luna de miel

Las armas con que él se asegura el control

Los territorios donde él se asegura el control

Lo que mantiene «enganchadas» a las mujeres

Cómo llegan los hombres a odiar a las mujeres

Cómo llegan las mujeres a amar a quienes las odian

Locura para dos

Segunda parte

LAS MUJERES QUE SIGUEN AMÁNDOLOS

¿Qué tal te sientes?

Preparándose para el cambio

Cómo se cura el pasado

Cómo asumir tu enojo

Cómo poner límites a tu compañero

Cómo conseguir ayuda profesional

Hay que saber abandonar: la ruptura

Para reencontrarte contigo misma


Bibliografía

Agradecimientos

Hay varias personas que, por su dedicación y por el apoyo que me han brindado, han contribuido en gran medida a la elaboración de este libro.


Mi hábil colaboradora Joan Torres dio forma a mis ideas y a mi pasión por contar lo que aquí se recoge.
Dorris Gathrid, Don Weisberg y Larry Goldman prestaron su concurso para dar coherencia al material reunido.
Dos amigas y colegas a quienes aprecio mucho, Nina Miller y Arlene Drake, aportaron con gran generosidad su tiempo y su experiencia, por lo que se han hecho acreedoras a mi permanente gratitud.
Mi asesora editorial, Toni Burbank, implacable en sus exigencias perfeccionistas, me apoyo y estimulo cada vez —y fueron muchas— que lo necesite.
Respecto de los amigos y clientes que me proporcionaron el material de los casos, debo respetar el anonimato, pero agradezco profundamente el valor y la buena disposición que demostraron al prestarse a compartir sus experiencias.
Por último, mi más sincero reconocimiento a los miles de mujeres que me han escrito o que han telefoneado a mi programa radiofónico. Sus palabras me han conmovido hondamente.
Este libro pertenece a todos ellos.

A modo de introducción personal


Nadie que este en su sano juicio se quedará con alguien que este como yo estoy. Si Jeff lo hace, es solo porque me ama.
La primera vez que vino a verme, Nancy tenía un exceso de peso de 27 kilos y una úlcera. Se presentó con unos viejos tejanos con rodilleras y una camisa informe; tenía el pelo descuidado, las uñas comidas hasta sacarse sangre y le temblaban las manos. Cuatro años antes, cuando se caso con Jeff, era la coordinadora de modas de uno de los principales grandes almacenes de Los Angeles. Parte de su trabajo consistía en viajar por Europa y Oriente, encargada de seleccionar prendas de vestir para el establecimiento. Ella misma se había vestido siempre a la última moda y salía con hombres fascinantes; había sido el centro de varios artículos periodísticos sobre las mujeres que triunfan en la zona de Los Angeles, y todo eso lo había logrado antes de cumplir los 30 años. Sin embargo, cuando yo la vi por primera vez, a los 34, se sentía tan avergonzada de su aspecto y tenia una opinión tan pobre de sí misma, que apenas salía de casa.
Aparentemente, su autoestima había comenzado a desvanecerse cuando se caso con Jeff; sin embargo, a mis preguntas sobre su marido, Nancy respondió con una larga lista de superlativos.
Es un hombre maravilloso, encantador, divertido y dinámico. Siempre tiene pequeñas atenciones conmigo... Me envió flores para conmemorar el aniversario de la primera noche que hicimos el amor. El año pasado, para mi cumpleaños, me sorprendió con dos billetes para unas vacaciones en Italia.
Nancy me contó que Jeff, pese a lo ocupado que estaba con su profesión de abogado, siempre encontraba tiempo para estar con ella y que, a pesar de su apariencia actual, seguía queriendo que Nancy lo acompañara en todos sus compromisos y cenas de negocios.
A mi solía encantarme salir con él y con sus clientes, porque aun íbamos tomados de la mano, como unos colegiales. Por él soy la envidia de todas mis amigas. «Tu si que tuviste suerte, Nancy», me dijo una de ellas. Y yo sé que es así, pero fíjese en mí! No entiendo que ha pasado para que me sienta siempre tan deprimida. Tengo que rehacerme de alguna manera, porque si no, terminare por perderlo. Un hombre como Jeff no tiene por qué andar por ahí cargando con una mujer como yo. Él puede tener las mujeres que quiera, incluso estrellas de cine. Ya tengo suer­te de que me haya aguantado tanto tiempo.
Mientras escuchaba a Nancy y observaba su aspecto, yo pensaba: «En esta imagen hay algo que no cuadra». Ad­vertía una contradicción básica en todo aquello. ¿Por qué una mujer tan competente y eficaz podía quedar hecha polvo a causa de una relación amorosa? ¿Qué le había su­cedido a Nancy durante sus cuatro años de matrimonio para que se operase un cambio tan notable no sólo en su aspecto, sino en su autoestima?
La insté a que me siguiera hablando de su relación con Jeff, y poco a poco fue apareciendo un cuadro más completo.
Creo que lo único que realmente me preocupa de él es la facilidad con que pierde los estribos.
—¿Qué quieres decir con «perder los estribos»? —le pre­gunté, y ella soltó una risita.
Que hace lo que yo llamo «su imitación de King Kong», vociferando y armando mucho escándalo. Y a veces me obli­ga a callar, como la otra noche, cuando estábamos cenan­do con unos amigos. Él estaba hablando de una obra de teatro, y cuando yo intervine me cortó en seco, diciéndome que me callara. «No le prestéis atención, siempre está soltando alguna estupidez», les dijo después a nuestros ami­gos. Yo me quedé tan humillada que hubiera querido hun­dirme en el asiento, y después apenas pude tragar bocado.
Nancy se puso a llorar al evocar diversas escenas humi­llantes en que Jeff la había tratado de estúpida, egoísta o desconsiderada. Cuando se enfurecía, su marido le gri­taba, daba portazos y arrojaba objetos.
Cuanto más interrogaba yo a Nancy, con más claridad veía el cuadro general. Me hallaba frente a una mujer que trataba desesperadamente de encontrar la manera de com­placer a un marido que tan pronto se mostraba colérico y atemorizador como fascinante. Nancy contó que con fre­cuencia se quedaba dormida mucho después que él, sin­tiendo que la crueldad de sus palabras seguía hiriéndole los oídos. Durante el día, y sin razón aparente, tenía ata­ques de llanto.
La insistencia de Jeff hizo que Nancy dejara su trabajo cuando se casaron, y ahora se sentía incapaz de reiniciar su carrera. Así lo expresó ella:
Ahora no me animaría siquiera a afrontar una entrevista, y mucho menos un viaje de compras. Ya no me siento ca­paz de tomar decisiones, porque he perdido la confianza en mí misma.
En el matrimonio, Jeff tomaba todas las decisiones, e insistía en controlar hasta el último detalle de todos los aspectos de la vida de la pareja. Verificaba todos los gastos, escogía a las personas con quienes mantenían contac­to social, e incluso tomaba decisiones referentes a lo que debía hacer Nancy mientras él estaba en su trabajo. La ri­diculizaba si ella manifestaba cualquier opinión que difi­riese de las suyas, y cuando algo le disgustaba, le gritaba, incluso en público. La mínima desviación, por parte de ella, del derrotero que él había establecido para ambos originaba escenas espantosas.
Advertí a Nancy que tendríamos que trabajar mucho, pero le aseguré que empezaría a sentirse menos abruma­da. Le dije que estudiaríamos con ánimo crítico su rela­ción con Jeff, y que en realidad conservaba la confianza en sí misma que ella creía haber perdido; sólo estaba puesta donde no correspondía. Entre las dos terminaríamos por recuperarla. Al concluir nuestra primera sesión, Nancy se sentía un poco más firme y menos perdida, pero la que empezaba a vacilar era yo.
El relato de Nancy me había afectado muy profunda­mente. Yo sabía que, como terapeuta, mis reacciones ha­cia un cliente eran instrumentos muy importantes. Esta­blecer relaciones emocionales con las personas con quienes trabajo me ayuda a comprender antes cómo se sienten. Pero en este caso había algo más. Cuando Nancy salió de mi despacho, me sentí muy incómoda. No era la primera vez que una mujer acudía a mí con ese tipo de problema, ni tampoco la primera vez que mi reacción había sido tan intensa. Ya no podía seguir negando que lo que me afec­taba era el hecho de que la situación de Nancy estuviera tan próxima a la mía.
En lo exterior, yo parecía segura y realizada, una mujer que realmente lo tenía todo. Durante el día, en mi des­pacho del hospital y en la clínica donde ejercía, trabajaba con la gente, ayudándole a consolidar su confianza y a re­cuperar su propia fuerza. Pero en casa era otra historia. Como el de Nancy, mi marido era encantador, atractivo y romántico, y yo me había enamorado locamente de él casi tan pronto como nos conocimos. Pero no tardé en des­cubrir que albergaba dentro de sí mucha cólera, y que tenía el poder de hacerme sentir pequeña y fuera de lugar, hasta el punto de desequilibrarme. Insistía en llevar él el control de todo lo que yo hacía, creía y sentía.
La terapeuta Susan bien podía decirle a Nancy que el comportamiento de su marido no parecía muy amoroso, sino que más bien daba la impresión de que translucía mu­cha violencia psicológica, pero ¿qué me decía yo a mí mis­ma? La Susan que por las noches regresaba a su casa se retorcía hasta hacerse un nudo en el intento de evitar que su marido le gritase. Era la Susan que seguía repitiéndose que él era un hombre maravilloso, que estar con él resul­taba fascinante y que, desde luego, si algo andaba mal, la culpa debía de recaer sobre ella.
Durante los meses siguientes, estudié con más atención lo que estaba sucediendo en mi propio matrimonio y en las relaciones de aquellas clientas que, al parecer, se en­contraban en situaciones similares. ¿Qué sucedía realmente en esos casos? ¿Cuáles eran las pautas? Aunque por lo ge­neral eran las mujeres las que buscaban mi ayuda, a mí me llamaba la atención el comportamiento de los hom­bres. Tal como sus mujeres los describían, con frecuencia eran encantadores, e incluso afectuosos, pero siempre capaces de cambiar de actitud en un abrir y cerrar de ojos, para comportarse de un modo cruel, crítico e insultante. Su forma de proceder iba desde la evidente intimidación y las amenazas hasta ataques más sutiles y encubiertos, en forma de humillaciones constantes o críticas destructivas. Fuera cual fuere el estilo, los resultados eran los mismos. El hombre mantenía el control haciendo polvo a la mu­jer. Además, esos hombres se negaban a asumir responsa­bilidad alguna por el sufrimiento que sus agresiones ocasionaban a su pareja. Culpaban, en cambio, a su mujer —o a su amante— de todos los sucesos desagradables, del primero al último.
Yo sabía, por mi experiencia en el trabajo con parejas, que todo matrimonio tiene dos caras. Sin embargo, es fá­cil que los terapeutas nos sobreidentifiquemos con el cliente cuando no conocemos más que una versión de cada caso.
Indudablemente, ambos miembros de la pareja contribu­yen al conflicto y a la tormenta que pueda abatirse sobre una relación. Pero una vez que empecé a ver en sesiones de asesoramiento [counseling] a los compañeros de algu­nas de mis clientas, caí en la cuenta de que ellos no su­frían tanto como las hacían sufrir a ellas, ni mucho me­nos. Eran las mujeres quienes sufrían. Todas ellas padecían una grave pérdida de autoestima, y muchas tenían ade­más otros síntomas y reacciones. Nancy padecía úlceras, le sobraba peso y había descuidado completamente su as­pecto; otras tenían problemas graves de abuso de alcohol y de otras drogas, sufrían migrañas, problemas gastroin­testinales o trastornos del apetito y del sueño. Era frecuente que su eficiencia laboral se hubiera resentido, y que ca­rreras prometedoras en su momento estuvieran abando­nadas. Mujeres que conocieron el éxito y se mostraron com­petentes dudaban ahora de sus habilidades y de su capacidad de juicio. Con frecuencia alarmante, sufrían ata­ques de llanto y de angustia, y caían en profundas depre­siones. En todos los casos, esos problemas empezaron a manifestarse durante la relación o el matrimonio.
Cuando me di cuenta de que en estas relaciones se po­día advertir una pauta muy nítida, comencé a analizar el asunto con mis colegas. Todos estaban familiarizados con el tipo de hombre que yo describía: cada uno de ellos ha­bía tratado a mujeres que estuvieron enamoradas de hom­bres que respondían a la descripción que yo les daba, se casaron con ellos o bien eran sus hijas. Lo que me parecía más sorprendente era que, si bien el tipo de comporta­miento nos resultaba tan familiar, todavía no hubiera dado nadie una descripción exhaustiva de él.
Llegada a este punto, me puse a revisar la bibliografía psicológica. Dada la falta de sensibilidad del hombre para el dolor que causaba en su pareja, empecé por repasar los trastornos del carácter. Las personas que padecen tales tras­tornos tienen poca capacidad para experimentar sentimien­tos de culpa, remordimiento o angustia, es decir, emo­ciones ciertamente incómodas pero necesarias, fruto de nuestras interacciones morales y éticas con el resto de la gente.
Yo sabía que se reconocen dos tipos principales de tras­tornos del carácter. Primero están los narcisistas, personas totalmente obsesionadas por sí mismas. Los narcisistas tien­den a establecer relaciones con el fin primordial de sentir confirmada su condición de seres muy especiales. Es fre­cuente que los hombres que entran en esta categoría re­voloteen de una relación a otra en busca de amor y admiración. «Peter Pan» y «Don Juan» son nombres familiares para ese tipo de hombres, a quienes se califica de «seres que no pueden amar».
Pero los hombres con quienes mis clientas mantenían relaciones eran diferentes. Daban la impresión de amar intensamente, y en muchos casos se mantenían fieles du­rante largo tiempo a su pareja. Además, su necesidad pri­maria difería de la del narcisista, en cuanto parecía más bien una necesidad de control que de admiración.
En el otro polo del espectro de los trastornos del carác­ter, estaban los sociópatas más extremos y peligrosos, es decir, personas que crean un torbellino caótico en su vida, usando y explotando a cualquiera que se ponga en su ór­bita. La mentira y el engaño constituyen su segunda na­turaleza. Entre ellas se encuentran desde delincuentes co­munes hasta profesionales destacados y de éxito, permanentemente comprometidos en delitos de guante blanco. El rasgo más asombroso de los sociópatas es su to­tal carencia de conciencia moral.
Pero, con frecuencia, el hombre que yo intentaba defi­nir era sin duda responsable y competente en sus tratos sociales. Su comportamiento destructivo no estaba gene­ralizado, como el del sociópata, sino —de hecho— muy focalizado. Lamentablemente, se centraba de forma casi exclusiva en su pareja.
Como armas, se valía de sus palabras y de sus estados de ánimo. Si bien no mostraba tendencia a la violencia física con la mujer que compartía su vida, la demolía sis­temáticamente mediante un vapuleo psicológico que, en última instancia, desde el punto de vista emocional, es tan devastador como la propia violencia física.
Me pregunté después si esos hombres obtenían algún tipo de placer perverso del dolor y el sufrimiento que pro­vocaban a sus parejas. ¿No serían, en realidad, sádicos? Después de todo, muchas personas con quienes comen­taba lo que iba descubriendo me aseguraban que las mu­jeres que se enredaban con hombres así eran masoquistas clásicas, «de libro de texto». Eso me irritaba, porque yo sabía que tachar de masoquistas —es decir, de buscado­ras del dolor, porque disfrutan con él— a las mujeres que participan en relaciones enfermizas ha sido durante mu­cho tiempo la práctica estándar en mi profesión y en nuestra cultura. Se trata de un intento muy cómodo, pero suma­mente peligroso, de explicar por qué muchas mujeres caen en un comportamiento de abnegación y sumisión en sus relaciones con los hombres. De hecho, las mujeres apren­den desde muy temprano ese comportamiento, y por él se las elogia y recompensa. La paradoja reside en que los comportamientos que hacen de una mujer un ser vulne­rable a los malos tratos son los mismos que le han enseña­do como femeninos y dignos de amor. El concepto de ma­soquismo es especialmente peligroso porque sirve para justificar la agresión contra las mujeres, en cuanto confir­ma que «eso es lo que realmente quieren ellas».
A medida que continuaba hablando con las parejas que atendía, me di cuenta de que no se les podía aplicar nin­guno de esos términos. Más que obtener placer emocio­nal o sexual del sufrimiento de su pareja, que es lo que hace el sádico, al hombre que yo intentaba definir le en­furecía el dolor de su pareja y le hacía sentir amenazado. Y la mujer tenía tan poco de masoquista como de sádico el hombre. Del tratamiento abusivo a que la sometía su compañero no obtenía ningún placer oculto, fuera éste se­xual o emocional. En cambio, la situación la desmoraliza­ba gravemente. Una vez más, me encontré con que la ter­minología y las categorías psicológicas habituales no eran adecuadas para la descripción de lo que estaba yo viendo en tales relaciones. El hombre que yo intentaba definir resultaba desconocido en la bibliografía.
No era inequívocamente un sociópata, un narcisista ni un sádico, por más que con frecuencia algunos de esos ele­mentos se hallaran presentes en su carácter. La diferencia más llamativa entre este hombre y los que sí figuraban en la bibliografía psicológica, residía en su capacidad de com­prometerse en una relación duradera con una sola mujer. Es más: su amor parecía especialmente ardoroso e inten­so. Lo trágico era que hiciese todo lo posible por destruir a la mujer que decía amar tanto.
Como terapeuta, sé que decir «te amo» no define nece­sariamente lo que está sucediendo en una relación. Sé que la realidad no la definen las palabras, sino el comporta­miento. Mientras escuchaba a mis clientas, yo seguía pre­guntándome si era esa la forma en que uno trata a un ser a quien realmente ama. ¿No es esa, más bien, la forma en que se trata a alguien a quien se odia?
Recordé una palabra griega que significa “el que odia a las mujeres”: misógino (de miso, que significa “odiar” y gyné que significa “mujer”). Aunque hace cientos de años que la palabra forma parte del lenguaje, en general se usa para referirse a asesinos, violadores y otros sujetos que actúan violentamente contra las mujeres. Se trataba, desde luego, de misóginos en el peor sentido de la palabra. Pero yo estaba convencida de que los hombres a quie­nes estaba empeñada en definir también eran misóginos, sólo que diferían de aquellos desalmados en su elección de las armas.
Cuanto más iba sabiendo de los misóginos y de sus re­laciones, más aprendía no sólo de mis pacientes, sino so­bre mi marido y yo y acerca de nuestra relación. Para en­tonces, mi situación en casa se había vuelto sumamente tensa. Al término de cada día, me descubría inventando refinadas excusas para no tener que dejar el trabajo. Mis hijos estaban sufriendo el estrés de la situación, y mi autoes­tima no podía haber caído más bajo. De hecho, si hubie­ra dispuesto de bibliografía sobre relaciones misóginas, mi marido y yo habríamos figurado como un caso clásico. Para él era culpa mía si cualquier cosa andaba mal. Me responsabilizaba de todo, desde sus problemas de negocios has­ta de que no le hubieran limpiado bien los zapatos. Aun­que en aquel momento mi trabajo fuera nuestra principal fuente de ingresos, con frecuencia él se burlaba de la pro­fesión terapéutica en general y de mí en particular.
Cuanto más me tachaba de egoísta y desconsiderada, más me esforzaba yo por apaciguarlo disculpándome, ca­pitulando o retardando deliberadamente todo progreso en mi carrera. Al comienzo de nuestro matrimonio, yo era una persona alegre y enérgica; en ese momento, catorce años después, estaba angustiada y frecuentemente me sen­tía al borde de las lágrimas. Me conducía de maneras que yo misma no podía tolerar, fastidiándolo e interrogándo­lo constantemente, o retrayéndome en un silencio hosco y colérico, en vez de afrontar directamente los sentimien­tos que me provocaba nuestra relación.
Entonces se produjo un incidente que, para mí, fue de­cisivo. Yo había empezado a especializarme en el trabajo con adultos que, en su infancia habían sido víctimas de abusos sexuales, y mi persistencia en que el público co­brara conciencia de este problema había empezado a lla­mar la atención. Finalmente, llegó el contrato por mi pri­mer libro: La inocencia traicionada: el incesto y sus estragos. Ese día corrí a casa, deseosa de compartir con mi marido mi emoción y mi alegría. Pero tan pronto como entré caí en la cuenta de que él tenía uno de sus días malos. Como sabía que mi buena noticia sólo iba a intensificar sus frustraciones, me fui a la cocina sin decir una palabra del li­bro, me serví un vaso de vino y lo celebré con un brindis en solitario. En vez de compartir mi júbilo con el hombre que tanto significaba para mí, tuve que esconderme por temor a que él se alterase.
Entonces me di cuenta de que algo andaba tremenda­mente mal. Comprendí que —como las parejas que yo estaba atendiendo— mi marido y yo necesitábamos ayu­da exterior para resolver nuestros problemas. Sin embargo, él no estaba dispuesto a analizar ni su comportamien­to, ni nuestra relación. Por último, llegué a la dolorosa conclusión de que no podía seguir manteniendo ese ma­trimonio sin renunciar totalmente a mí misma.
El duelo por una pérdida tan terrible se prolongó mu­cho tiempo, pero al mismo tiempo iba sucediéndome algo más. Descubrí en mí misma una reserva enorme de crea­tividad y energía, hasta el momento desaprovechadas. Mi vida profesional no tardó en experimentar un alza espec­tacular: se publicó mi libro, mi consulta se ampliaba y lle­gué a tener mi propio programa de radio, de ámbito na­cional y con recepción de llamadas telefónicas. Me encontré tratando, en medida creciente, y tanto por la radio como en mi despacho, con el mismo tipo de violencia psicoló­gica que yo había experimentado en mi matrimonio. Me llamaban mujeres que venían manteniendo ese tipo de re­laciones durante períodos que iban desde unos pocos me­ses a medio siglo. Con frecuencia, después de que me hu­bieran descrito unos pocos incidentes significativos, yo les hacía las siguientes preguntas referentes a sus relaciones:
—¿Se arroga él el derecho de controlar la forma en que us­ted vive y se conduce?

—Para mantenerlo feliz, ¿usted ha renunciado a personas o actividades que eran importantes en su vida?

—¿Desvaloriza él las opiniones, los sentimientos y los lo­gros de usted?

—Cuando usted hace algo que le disgusta, ¿vocifera, la amenaza o se refugia en un silencio colérico?

—¿Tiene usted que «mirar dónde pisa» y estar ensayando lo que le dirá para que él no se enfade?

—¿La confunde cambiando del más dulce encanto a la có­lera sin que nada lo haga suponer?

—¿Se siente usted con frecuencia perpleja, desorientada o fuera de lugar cuando está con él?

—¿Es sumamente celoso y posesivo?



—¿Le echa a usted la culpa de todo lo que funciona mal en la relación?



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