Cristo sigue llamando


RODRÍGUEZ DE LA PEÑA, Manuel Alejandro



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RODRÍGUEZ DE LA PEÑA, Manuel Alejandro


Historia y new age: la epidemia Da Vinci

Profesor de Historia Medieval (USP-CEU)



“El Rotativo” (11 de mayo de 2005)
Cuando uno se dispone a abrir el correo electrónico, con frecuencia la pantalla le dice que no tiene mensajes¸ espera un poco y ya avisa de uno; acto seguido dos más y, cuando uno ya abre se presentan diez o más. De un modo parecido sucede con la serie de libros cuyo abanderado es “El Código Da Vinci”. He empezado a hacer una lista de tales libros, pero como cada día aparecen más, me he dado por rendido, pues los escritores o novelistas han encotrado un filón mercantil que no hay que desaprovechar pues vienen a llenar el vacío intelectual y crítico de tantas personas que sólo buscan la aventura y lo misterioso.
En este sentido se expresa las revista “Qué leer”en su número 100 de junio de 2005. ¿Por qué arrasan los libros de intrigas religiosas?. Sobre este tema escribe Javier Sierra: “Fascinados por los enigmas. Jesús y las sociedades secretas han tomado las librerías”. Muchas de las grandes novelas de intriga histórica que hoy son superventas en Occidente se basan en ensayos que en su día no vendieron más allá de unos miles de ejemplares. Uno más de los misterios de la alquimia de la literatura, que ha sabido transformarlos y convertirlos en ‘oro de tinta’. El autor del artículo hace un viaje a la trastienda de este fenómeno en el que recorre los misterios en torno a la vida de Jesús, los conciliábulos de los rosacruces o la mítica búsqueda del Grial.
Un filón llamado Jesús”. “El Código Da Vinci” ha abierto la veda a los libros que especulan con la vida y muerte de Jesús. Muchos de ellos barajan la posibilidad de que éste dejara descendencia, que fuese desclavado de la cruz antes de su muerte o, incluso, que su cuerpo fuese enterrado y, por tanto, no resucitara.
Los libros del secreto”. Las sociedades secretas son otra de las fuentes que se muestran inagotables para nutrir a las novelas de intriga histórica. Templarios, cátaros, rosacruces, alquimistas, cabalistas y demás miembros de logias opacas, llenan algunas de las páginas de las novelas que merodean las listas de las más vendidas.
Peter Berling, el guardián del Grial”. El precursor de la fiebre de novelas sobre el misterio de la sangre de Cristo, que según las crónicas fue recogida de sus heridas en un cáliz ansiosamente buscado por todos los caballos andantes desde la Edad Media, vuelve para cerrar su pentalogía del Grial con el “Kilim de la princesa”
La lectura de estos artículos proporciona un amplio catálogo de libros sobre estos temas; pero si uno se mete en la Librería se encuentra con muchos más. Vamos, una locura y una mina de oro. Lo peor es que estos libros se han convertido en la Biblia laica de muchos que de saberes religiosos andan vacíos y que hacen de lo que leen su nueva fe.
En este contexto se desenvuelve el autor que encabeza esta pequeña colaboración que lo único que pretende es poner en manos de los que lo deseen unas ideas sensatas que nos proporcionan algunos expertos en estos temas. Rodríguez de la Peña escribe lo siguiente:
“Numerosos expertos han catalogado el fenómeno postmoderno de la llamada New Age como una ‘religiosidad de supermercado’, en la que funciona el ‘hágalo usted mismo’. Cada creyente se fabrica una religión a su medida, rechazando cuanto le disgusta o le supone un esfuerzo y abraza los aspectos más placenteros de cada religión. Es una religiosidad emocional y panteísta con el denominador común del rechazo de toda autoridad, magisterio y tradición. Las sectas de la Nueva Era halagan al posible “cliente” con promesas de felicidad y listas de “derechos”: ningún deber para con el Altísimo no sea que se asusten.
Como historiador asisto estupefacto a la extensión vertiginosa del virus New Age al campo de la divulgación histórica novelada, con los mismos síntomas que la espiritualidad. Es una ‘historia de supermercado’ en la que el pseudo-historiador o novelista de turno pica de aquí y de allá algunos aspectos históricos y los entremezcla sin criterio en un totum revolutum donde el lector no precavido no advierte la diferencia entre la historia y la ficción.
La pseudo-historia New Age se queda con los aspectos más morbosos de la historia científica para mezclarlos con fantasías sin preocuparse del rigor, las fuentes documentales, la coherencia o la contextualización. La verdad les trae al pairo. Esta forma de hacer historia es un retroceso a algo que creíamos superado con Sócrates: el mito.
Estos buscadores de fantasía abandonan la razón en aras de un retorno irracional a la leyenda, propio de la Post-modernidad. Mi corazón dice que me gustaría que esto fuera cierto (en muchas ocsiones, basta con que ese hecho en cuestión deje en mal lugar a la Iglesia Católica, objeto hoy de tantas antipatías) y, por consiguiente ¡tiene que ser cierto!
Sed de maravillas. Ciertamente, el éxito de El Señor de los Anillos o Harry Potter, con indicativos de la existencia de una sed de maravillas, de una demanda de fantasía en una sociedad desangelada, sin espíritu, sin Dios y sin alegría. La evasión literaria es comprensible y saludable cuando la realidad resulta agobiante, como sucede en nuestra sociedad post-industrial. Además, la calidad literaria de J.R.R. Tolkien es indiscutible y la inmersión en su maravilloso mundo de la Tierra Media puede hacer bien a los espíritus.
El éxito de bodrios literarios como El Código Da Vinci y sus imitadores (en España tenemos en las listas de ventas novelas anticatólicas como El último Catón o la Hermandad de la Sábana Santa) resulta ser un fenómeno más grave y preocupante que la querencia por Harry Potter.
Generaciones de lectores dan crédito a una serie de embustes como si fuera la versión oculta hasta ahora de la historia de la Iglesia y de Occidente. No se me ocurre un ejemplo más claro de las consecuencias malignas que puede tener la ruptura de la New Age en particular y la Post-modernidad en general con el concepto de autoridad, algo tan propio del mundo científico como del eclesiástico.
Brujos y cuentos. Y es que la quiebra de la creencia en todo tipo de magisterio espiritual prepara a muchas almas para la incredulidad en cualquier otro magisterio, sea este cinetífico, social o político. ¿A qué si no se debe la creencia de tantos en las visitas extraterrestres, el tarot o la astrología a pesar de que el mundo académico es unánime en denunciarlo?. Lo que sufren desde hace décadas las cátedras episcopales ahora lo vamos a sufrir las cátedras profesorales, hijas éstas de aquella en la Edad Media.
El descrédito de la ciencia histórica ante unas masas populares que optarán siempre por unos templarios esotéricos y protomasones, antes que por los templarios reales, duros soldados fieles al Pontífice romano, resulta, sin duda, inexorable. No podemos competir con la fantasía y la novela. Las estanterías de El Corte Inglés dan fe de ello, apenas hay un libro escrito por un historiador sobre este tema por veinte de corte sensacionalista. Si non e vero...
¿A dónde vamos a ir a parar si mi magisterio académico de doctor en Historia Medieval vale lo mismo que el de cualquier ágrafo metido a novelista? Recuerdo una conversación con una alumna en la que intentaba demostrarle la falta absoluta de historicidad del Código Da Vinci” y ella, obcecada, negaba mis evidencias con la fe del carbonero. Había decidido que eso tenía que ser cierto a pesar de cualquier prueba objetiva que lo contradijera. Para que luego digan que los católicos somos fanáticos e irracionales por creer en los milagros de Lourde o Fátima.
Un último apunte para concluir: Dan Brown y su Código Da Vinci no son inocuos. No estamos ante un novelista enriquecido sin más con una mezcla de historia y fantasía. Estamos ante alguien con una ideología y un programa, ante un apóstol de la Diosa Madre que quiere terminar con el prestigio y la imagen de la Iglesia Católica en particular y del Cristianismo en general. ¿Cómo si no interpretar afirmaciones tales como que la Iglesia quemó a cinco millones de brujas (p. 158) cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000 a lo sumo para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante y no de la católica?”.
Hasta aquí Rodríguez de la Peña. En el nº 97 de “Qué leer” aparece una entrevista a Julia Navarro que el año pasado, después de mucho tiempo como periodista política de primera línea, sorprendió con la publicación de “La Hermandad de la Sábana Santa”, que ha superado los 400.000 ejemplares y que ahora vuelve a las librerías con “La Biblia de Barro”. Se le pregunta si al escribir estas dos novelas es porque siente una atracción especial por la Religión. Ella contesta: “Para mi no son novelas religiosas, ni el componente religioso es fundamental. Sólo es un elemento a partir del cual desarrollas una historia de aventuras. Claro que la religión siempre tiene un elemento religioso que puede que a mí, sin darme cuenta, me fascine”. Reconoce que “lo que yo hago es fabular con el hecho de que Abraham, seguramente, llevó muchas leyendas de las tradiciones de Mesopotamia a su nueva tierra” y de ahí concluye que “al leer la Biblia, te das cuenta de que muchas de las cosas que contiene suenan a antiguas leyendas mesopotámicas”.
Saber manejar el vacío cultural y religioso de las personas, con el ansia del misterio, la superación del tedio de la vida, el absurdo y la religión a la carta, con el negocio mercantil asegurado de tales obras, puede explicar este fenómeno que se ofrece como un buen taller para analizar la sociedad de nuestro tiempo.
Félix Domínguez

Persecución o necesaria reubicación
Guillermo Múgica

Hay quienes piensan que, en este país, habríamos llegado a un punto en el que el mero hecho de que uno se manifieste como católico constituye, casi, una verdadera heroicidad. No es ésa mi experiencia. Tengo muchos amigos agnósticos. Lo que en mí buscan y de mí esperan, ordinariamente, es el testimonio de mi fe. Estoy seguro, además, de que, de ser preciso, no tendrían ninguna dificultad en confirmarlo. ¿Qué hay, entonces, en el mundo católico, detrás de tanto nerviosismo, de tanta vestidura rasgada y tanta llamada a la movilización? Expondré mi modesta- opinión. Salgo a la palestra porque considero que la situación va tomando un cariz que requiere el concurso de todos. Así sea sólo para contrarrestar o sanear un poco una atmósfera demasiado cargada y asfixiante.



Entre el dolor y la preocupación

Estoy preocupado. Creo no ser un ingenuo. No se me escapan la importancia y trascendencia de las medidas de reforma legislativa anunciadas por el Gobierno en materia de divorcio, de acceso al matrimonio civil de personas del mismo sexo, de adopción, de enseñanza religiosa en la escuela pública, de financiación de la Iglesia...


Tampoco me sorprende dicho anuncio. Responde, a la postre, a contenidos programáticos electorales de un partido ganador. Sin embargo, me disgusta esa especie de culto ritual a un progresismo que, en ocasiones, al menos en el lenguaje, se cifra sin más en medidas como las arriba apuntadas. Como si, de por sí y sobre todo éllas además, otorgaran vitola y grado de «progresía». Me gustaría, por ello, que la pose aperturista y de cambio —hoy tan centrada en cuestiones particularmente sensibles para el mundo católico, su moral y sus intereses— no sirviera para encubrir las carencias de verdadero aliento transformador y avanzado en otros asuntos humanos, sociales y políticos de tanta y aun mayor envergadura que los ya anunciados. Estoy, pues, preocupado: por lo dicho y por cierto prurito de laxismo liberal que se intuye y que pareciera quererse identificar, sin más, con posiciones de izquierda.


Pero, por otra parte, estoy triste, muy triste. Y también dolido, muy dolido. ¿Por qué razón? La reacción insistente y pública de bastañtes obispos, algunos sectores del clero y un buen número de cristianos y cristianas. Debo confesar que la mencionada reacción, aun reconociendo que brota sin duda de la convicción y el sentido del deber, me ha parecido, por lo general, muy poco evangélica y cargada de desmesuras. Se ha acusado al Gobierno de la nación de laicista fundamentalista, de agnosticista totalitario, de intentar imponer y actuar desde un confesionalismo laicista, de haber diseñado un plan para laminar, arrinconar y’ despedazar a la Iglesia católica. Agitando fantasmas del pasado, se. le han’ hecho imputaciones de ruptura del pacto constitucional que posibilitó ‘la transición pacífica a la democracia, de retrotraernos al peligro de las dos Españas, de reintroducir el clima de discordia de 1936. Invirtiendo las tornas, se le ha tildado, en suma, de golpista y de constituir’ un peligro para la sociedad.


Como cualquiera puede apreciar, las acusaciones son gravísimas, de grueso calibre. Y en cuanto al tono, dista mucho de ser el que mío —al menos yo— esperaría de seguidores de Jesús, de anunciadores y promotores de su evangelio. Hablan de persecución los mencionados sectores del catolicismo mientras se embarcan, abiertamente y sin freno, en una ofensiva contra el Gobierno que, en otra coyuntura distinta, bien podría haber sido tomada como llamada e impulso a su acoso y derribo.



¿Para cuándo un poco de autocrítica?

Considero, por cierto, que un poco más de humildad, ponderación, moderación y talante autocrítico no nos vendría nada mal a los católicos y a la Iglesia. Ciñéndome a lo de la autocrítica, pienso sobre todo en dos cuestiones.


La primera tiene que ver con el intento de cargar sobre otros los magros resultados de una gestión que a mí me parece desacertada e ineficaz, pastoralmente inadecuada.’ En efecto, ‘en nuestro país hemos vívido una situación, largamente prolongada en ‘el tiempo, en la que el catolicismo, prácticamente, lo ha tenido todo’ en sus manos para la prosecución y consecución de sus propios fines. ¿Es justo que descarguemos ahora sobre, los hombros de otros los efectos de nuestras propias debilidades? ¿Podemos endosarles como de tapadillo la responsabilidad de unos procesos secularizadores y descristianizadores que vienen de muy atrás y que nosotros, con casi todos los medios privilegiadamente a favor, -no hemos sabido afrontar? Salvo un período frustrado de corta primavera, la nueva realidad envolvente nos asustó, desertamos de ella, la menospreciamos. Tratamos de ofrecer al presente respuestas conocidas, pero ineficaces, de un pasado ido. Ante un nuevo contexto y una nueva situación cultural, ni siquiera nos tomamos debidamente en serio, salvo algunas meritorias excepciones, preguntas del tenor y calado de: ¿qué sentido tienen Dios y Jesucristo, cómo comprenderlos, vivirlos y anunciarlos en una sociedad secular y secularizada?, ¿qué sentido tiene y cómo vivir y anunciar a un Dios crucificado en una sociedad orgullosa de sí misma, autosuficiente, henchida de poder y hedonista?, ¿cómo vivir y anunciar al Dios de los pobres en una sociedad de ricos y satisfechos?, ¿cómo llamar. a la fe en el Dios de la vida a una sociedad que flirtea con la muerte, la exporta a otras partes o asiste impasible a la muerte temprana de millones de seres?; o finalmente —y como ya adelantaba Bonhoeffer—, - en un mundo adulto consciente de su mayoría de edad, ante Dios y con Dios ¿cómo vivir sin Dios?


Definitivamente, nos han sobrado plataformas. Pero nos han faltado contenidos, convicciones, capacidad de repensar y anunciar lo cristiano a partir de un mundo que se iba secularizando a marchas forzadas. No vengamos a acusar ahora a otros de un arrinconamiento cristiano y eclesial que, en buena medida, hemos propiciado nosotros mismos o del que no hemos sabido salir. Es conocido que cualquier mensaje sólo se torna inteligible, significativo y susceptible de ser acogido y atendido, cuando es, capaz de repensarse, reelaborarse y troquelarse a sí mismo desde el mundo al cual se dirige. Pero ésta sigue siendo hoy entre nosotros, en gran medida, una tarea pendiente.


El segundo punto de autocrítica es el relativo a la- democracia. En el conflicto que nos ocupa, al proclamar sus principios y reivindicar sus intereses, la jerarquía católica viene apelando una y otra vez a la democracia, a su genuino sentido y alcance. No seré yo quien niegue la contribución histórica del cristianismo a los valores que sustentan la democracia, ni las raíces cristianas de la misma, ni, en nuestro caso, la aportación de la Iglesia en el establecimiento de la democracia. Pero aquélla debe reconocer que, al reivindicar democracia y pretender dar lecciones sobre la misma, está apelando a unos valores y pautas que, en muchos casos, internamente, ella misma no respeta ni practica en absoluto. Al punto que más de uno se preguntará escandalizado si, en el fondo, no los menosprecia.



Un largo viaje de muy corto recorrido

El concilio Vaticano II fue una verdadera bendición para la Iglesia española y, en concreto, para la nuestra diocesana. Respaldó en unos casos e impulsó en otros una espléndida y prometedora renovación, de la que nuestras Iglesias estaban especialmente necesitadas buscando salidas a un dualismo desertor y esterilizante, y atrapadas, sin embargo, en un nacionalcatolicismo insostenible.


Con honestidad, con lucidez en unos casos y tanteos indecisos en otros, con errores y excesos también, lo cierto es que se hizo un camino que logró despertar en muchos y muchas la alegría y el sano orgullo de la fe. Pero se conjugaron diversos factores para que, con el fin de los años setenta, esta primavera comenzara a truncarse. Desde entonces, los paulatinos cambios de dirección y talante en la jerarquía católica han sido tan llamativos y la involución o marcha atrás tan acelerada que, en muchos aspectos, bien cabría interrogar- se dónde quedó el Concilio. Más aún, podríamos preguntarnos si la estación a la que a día de hoy el tren eclesial anuncia su llegada, y en la que nos invita a apeamos, no es una estación que corresponde a tiempos pasados. Y lo que digo no es mera fabulación interesada e ideologizada.


Por esas cosas del azar, acaba de llegar a mis manos el Num. 1 del Semanario Diocesano La Verdad. vió la luz —así está fechado— el 6 de Septiembre de 1931. Pues bien, abre portada con este titular: «Crear escuelas sin enseñanza religiosa es organizar la peor de las barbaries». El subtítulo me parece todo un monumento a la confusión de planos y de ámbitos, y al despropósito: «Los principios religiosos son más necesarios que los códigos civiles». A continuación, título y subtítulo se pretenderán avalar con unas cuantas citas de anticlericales ilustres.


En una Salutación —a modo de editorial— se habla de «días de lucha, de persecución, de combate», de <(nubes de confusión, anunciadoras de recias tormentas religiosas», de «torbellinos de ideas ateas», de «sectarismos rabiosos», de «odios desencadenados a todo lo que significa religión y catolicismo». Y un poco más adelante, tras presentarnos el cuadro de una sociedad enferma, a la que se compara con un enfermo de tisis que respira fatigosamente y «sufre agonías de muerte», La-Verdad se pregunta por la causa de esta situación. El diagnóstico lo tiene claro: «la falta de religión», responde.


Han pasado 73 años. En ellos han acontecido muchas cosas tanto en la sociedad como en la Iglesia. Sin embargo, ¡en qué poco se diferencian las citadas palabras de 1931 de algunas de las soflamas de hoy! La misma mirada sobre la sociedad, el mismo tono de superioridad, el mismo aire de suficiencia, la misma ausencia de sentido autocrítico, el mismo ímpetu apologético contrario a la laicidad, la misma llamada al combate militante. En suma, la misma voluntad de imposición.



Un neoconfesionalismo en marcha

Al inicio de este escrito me mostraba crítico, tanto respecto al paquete de medidas anunciadas por el Gobierno, como ante la reacción de significativos sectores eclesiásticos. Centrándome en esta última, como cristiano y católico considero —lo he indicado con anterioridad— que la mirada y los esfuerzos de la Iglesia debieran centrarse en otros asuntos, que sus preocupaciones más nucleares debieran ser otras. Porque pienso que, más allá de formales y teóricas declaraciones en sentido contrario, lo que nuestras Iglesias no acaban de aceptar ni asumir, de hecho, es la secularización, la adultez de un mundo que reclama su autonomía y se emancipa del tutelaje de la religión. Me parece, en consecuencia, que nuestro catolicismo no acaba de plantearse con todo rigor el modo de situarse en una sociedad democrática, plural y no confesional, ni de hacer suyo el nuevo papel que en ella le corresponde. Y creo también que la Iglesia se sigue empeñando y embarcando en ahistórica, jurídica y legalistamente, a un confesionalismo de nuevo cuño.


Hablo de un neoconfesionalismo que, a mi modo de ver, consta de un prejuicio previo, una característica fundamental que define su nuevo carácter. y tres puntos de apoyo principales. El prejuicio previo consiste en el falso y tramposo reduccionismo de secularidad a secularismo, de laicidad a laicismo, como si ambas cosas fueran lo mismo. La característica que define su naturaleza es la pretensión de hacer de la moral católica el principio configurador no ya sólo de la moralidad individual y privada, sino de la pública y politica.
En cuanto a los tres puntos de apoyo, nos detendremos, para concluir, un poco más pormenorizadamente en ellos, sobre todo en el tercero.
En primer lugar, no se acepta de verdad —en el fondo se rechaza más bien— la posibilidad de existencia de una ética puramente racional y autónoma al margen de la religión. Como si, con independencia de ella, del catolicismo más concretamente, de su vertiente o expresión moral, de su referencia última y transcendental a Dios, de su apelación a una ley natural (entendida, además, metafísica, abstracta, posibilidad ninguna de alcanzar verdadera normatividad moral y, menos aún, de poder contar con un orden moral sólidamente fundado. Por eso se dice que el Estado, velando por el bien social que, la moral representa y del que él mismo necesita, no puede volverse de espaldas a la religión. Al contrario, tendría el deber de promoverla.

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En segundo lugar, se opera una transferencia del confesionalismo: del Estado a la sociedad. Argumentando sofistamente y confundiendo indebidamente lo cristiano en la sociedad con sociedad cristiana y cristianismo en la escuela con escuela cristiana, se afirma que el Estado no debe ser confesional, pero que la sociedad sí puede serlo. De este modo, se da un no al Estado católico, pero un sí a la sociedad católica. Esta dependería de lo que demandara la mayoría de la sociedad. Y como, en nuestro caso, la sociedad es mayoritariamente católica y el Estado, si de verdad se reconoce democrático, debe servir a la sociedad, sería su deber apoyar y promover la religión católica. Llegaríamos así, vía indirecta, a una nueva especie de confesionalismo estatal.


El tercer punto de apoyo del neoconfesionalismo reside en ignorar olímpicamente, cuando no en rechazar abiertamente, la función mediadora, la. legitimidad, la necesidad y la vigencia de la ética civil y la ética política. La ética civil o moral común o ética mínima no se contrapone a ninguna otra, sino que-es-la resultante de la búsqueda y el esfuerzo convergente de todos. Toma nota de los puntos de encuentro, de los criterios éticos comunes, que permanecen siempre abiertos y nunca constituyen punto de llegada definitivo, porque la búsqueda moral continúa. Por cierto, se equivocan quienes objetan que la ética civil carece de cimientos sólidos, o que su normatividad es endeble, o que convertiría el consenso en fuente de moralidad. Por el contrario, ella apela al valor y la dignidad de lo humano, a la conciencia humana en su desarrollo, a la recta razón, a las preferencias axiológicas universales, a los derechos humanos, a las grandes instituciones éticas de la humanidad (entre las que están, en primerísima instancia, las grandes instituciones religiosas)... Es claro que, en nuestra vida personal y en la búsqueda común de un proyecto humano, cada cual debe atenerse a sus propias convicciones y hacerlas valer también públicamente. Sin embargo, en una sociedad democrática, plural y no confesional, a la hora de regular y determinar normativamente asuntos públicos que atañen al bien común, en función de una sana y respetuosa convivencia, los poderes públicos y la ciudadanía en cuanto tal deben atenerse a una ética civil. Una ética ésta que, en muchos casos de claro desacuerdo, deberá ser complementada por lo que Max Weber denominaba «etica de la responsabilidad»: en referencia a aquella prudencia política que pondera, valora y sopesa todos los posibles y previsibles efectos de las decisiones a adoptar.


Hace casi veinte años, en 1985, el catedrático de Etica de la Universidad de Santiago de Compostela, Fernando Quesada, abogaba por la necesidad de encarar de una vez la viabilidad de una ética civil. Desde entonces, ilustres y reconocidos moralistas católicos —Marciano Vidal, Eduardo López Azpitarte—, así como especialistas de indudable prestigio y fidelidad católica —como una Adela Cortina— han abordado el tema con amplitud. El problema es hasta qué punto le interesa entrar en él a un catolicismo español que ha mantenido, hasta hace bien poco tiempo, todo el monopolio en el terreno de la moral.



XXIII COLOQUIO INTERNACIONAL SOBRE VIDA SALESIANA

LYON – Francia, 20-25 agosto 2005
En la antigua Casa Inspectorial de Lyon, y también anteriormente estudiantado teológico, tuvo lugar este Coloquio, en el mismo lugar donde se celebró el primero, el 23-28 de agosto de 1968. El tema de estudio, escogido en el anterior Coloquio celebrado en Bratislava en el 2003, fue el de “honrados ciudadanos para el tercer milenio”, evocando el lema en que se objetiva la misión salesiana: educar a los jóvenes para que lleguen a ser “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.
Los Coloquios nacieron como un foro en el que los salesianos de Europa pudieran tener la oportunidad de reflexionar juntos sobre diversos temas que afectaban a la vida salesiana y con el fin de aportar elementos de orientación a los salesianos y a los dirigentes de la Congregación, en unos momentos que se detectaba una cierta carencia de definición en temas que afectaban a nuestra vida religiosa y apostólica. Han sido conocidos como “la Universidad de verano de los salesianos”. Los temas se estudian desde diversos ángulos: históricos, teológicos, filosóficos, morales, psicológicos, sociológicos, etc., según proceda, de modo que se pueda tener una visión interdisciplinar de los mismos. Iniciador e impulsor de estos Coloquios fue D. Luis Chiandotto, a quienes muchos salesianos le recuerdan como formador y profesor de teología en Carabanchel Alto y más tarde Inspector del U.P.S. Hasta el presente, ha sido eficaz coordinador, el historiador francés, P. Francis Desramaut.
La casa donde se celebró el Coloquio, había sido anteriormente de los Franciscanos; adquirida por nuestra Congregación, se dedicó, como queda dicho, a estudiantado teológico y sede inspectorial (1926). Una vez unificadas las dos Inspectorías de Francia en 1999, es en París donde tiene Francia la sede inspectorial. Con este motivo, la casa de Lyon se remodeló transformándola en su totalidad. El 13 de febrero de 2004, D. Pascual Chávez y la M. Antonia Colombo, inauguraron la nueva obra.
Actualmente acoge a la Comunidad y al “Centro Juan Bosco” en donde se imparten, de un modo especial, cursos de formación y difusión del carisma salesiano de Don Bosco. Los franceses se consideran afortunados pues les sirve para la formación de los laicos que trabajan en sus casas, y también para los salesianos y salesianas, e indirectamente para todos los jóvenes, cerca de 22.000, en medio de los cuales trabajan, particularmente en los colegios.
Este Centro, en cuanto a dichos cursos y a logística, esta dirigido y gestionado por un cooperador salesiano junto con su equipo de formadores, entre los que se cuentan también los salesianos. En esta casa se va a establecer ahora el Noviciado.
El Centro dispone de funcionales habitaciones, una capilla, varias salas para reuniones, alguna de ellas muy amplia; cuenta además con un anfiteatro para algunos eventos o circunstancias especiales. Está situado en la colina de Fourvière, junto a la impresionante Basílica de Nuestra Señora de la Fourvière, que domina toda la ciudad, surcada por el Saona y el Ródano. De noche permanece iluminada y es un referente cristiano para esta ciudad, la segunda de Francia, y centro de una gran actividad económica e industrial. Al pie de la casa salesiana se encuentran las ruinas del foro romano y la antigua ciudad, de corte renacentista.
En abril de 1883 Don Bosco visitó la ciudad y oró ante la patrona de la ciudad. Una placa en la cripta de la Basílica recuerda este hecho. En esta colina son varias las instituciones religiosas que allí tienen sus casas; con tal motivo se la conoce como “la Colina que reza”, que se sitúa frente a la “Colina que trabaja” pues en ella se concentra la tradicional industria de la seda.
Al Coloquio asistieron 24; de ellos:17 sdb, 3 fma y 4 laicos; según estos países: 11 franceses, 4 italianos, 3 españoles, 3 belgas, 2 alemanes y 1 checo. Ha sido uno de los menos afluencia de participantes. La asistencia ha oscilado entre 52 (Cracovia, 2001) y 15 (Lyon, 1968: el primero)
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En la apertura del Coloquio, después de la cena del primer día, el Presidente, P. Job Inisan, Inspector de Francia, que finalizaba su servicio esos días y que presidió también el anterior de Bratislava, dirigió a los asistentes un SALUDO de acogida en una casa cuyas características quedan arriba presentadas. Describió los orígenes cristianos de la ciudad, que datan del s IIº y que hacen de Lyon la sede del Primado de Francia; nos describió, a grandes rasgos, la vida de la ciudad, sus características, los aspectos religiosos de la misma y cómo era la presencia salesiana en esta ciudad y alrededores. Presentó el tema del Coloquio: el ‘ciudadano’ y la ‘ciudadanía’; su origen greco-romano y sobre todo el sentido del mismo a partir de la revolución francesa y americana. La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (26 agosto 1789) habría de ser el eje de la evolución de las nuevas sociedades. ¿Qué quería decir D. Bosco con lo de “honrados ciudadanos”?. ¿Qué es un ‘ciudadano’? ¿Qué es la ‘ciudadanía’? ¿Es un asunto de derechos o también de deberes?. Un tema para reflexionar cuando hoy las personas se consideran ciudadanos de su país, de Europa y del mundo. Evidentemente la reflexión de estos temas se habría de orientar hacia la formación de nuestros destinatarios, jóvenes o el pueblo, porque nuestra tarea formativa no tiene límites.
El P. Francis Desramaut, hizo, como en otros Coloquios, la INTRODUCCIÓN de la temática. Manifestó que había pasado ocho años como alumno en un colegio salesiano y que nunca había escuchado ni una sola lección sobre educación cívica; pensaba que seguramente no había sido él solo. Por eso era preciso desbrozar qué es eso de ‘ciudadano’ y de ‘ciudadanía’. Cree que el concepto salesiano del ‘ciudadano’ se reduce a verlo como un miembro de una sociedad, el habitante o residente de cualquier ciudad o parte del mundo. Y que el de ‘ciudadanía’, cualidad del ‘ciudadano’, implica los atributos, derechos y deberes del mismo. El ‘ciudadano’ es sólo un elemento de la sociedad, pequeña o grande. Y la formación o la educación para la ‘ciudadanía’ se reduce a una buena formación social.
En los documentos de nuestros primeros superiores se subraya la dimensión religiosa y transcendente (el cristiano) pero no se deja en la sombra la dimensión humana y social. El ‘ciudadano’ es una persona en la sociedad y basta. Posteriormente, los consejeros generales responsables de la formación profesional, recuerdan que al obrero, al agricultor, no le basta la sola formación religiosa y técnica, sino que es indispensable la formación social; según esto se abogaba para que la clase de sociología a los alumnos de los últimos cursos se hiciese con criterios de practicidad, instruyéndoles bien en los principios sociales-cristianos, haciéndoles conocer bien los sindicatos y los órganos regionales y locales que los representaban. Según esto, el ‘honrado ciudadano’ es un individuo que piensa, vive y obra correctamente en la sociedad humana. No se puede ahora reprochar esta concepción tan sencilla del ‘honrado ciudadano’; hay que juzgar los hechos de acuerdo con los criterios de aquella sociedad..
Recalca que el ‘ciudadano’ nace de la Revolución francesa y que la noción jurídica de ‘ciudadanía’ es una noción política. En democracia, el poder pertenece al pueblo; pero para que esto tenga sentido no se debe olvidar que debe haber un pueblo responsable y un poder real que proteja a este pueblo. Según esto, el ‘ciudadano’ es un individuo que partricipa de este poder, con derechos y deberes, entre ellos el elegir los que han de detentar el poder. Los poderes protegen a sus ciudadanos y estos se sienten responsables del buen gobierno del Estado. Si no hay pueblo con límites bien definidos, si no hay un poder protector y legislador, no hay una auténtica democracia y, por tanto, no hay ‘ciudadanos’ en sentido estricto. El auténtico ‘ciudadano’ debe poseer y cultivar muchas cualidades humanas y sociales, que lo hacen útil a la sociedad; pero sin identidad, cultura y participación política, sólo será un ‘ciudadano’ ‘pro forma’. Este concepto de ‘ciudadano y ciudadanía’ entró, según Desramaut, en la cultura y aplicación salesiana, en los años setenta del siglo veinte.
Hay, con todo, que perfilar mejor las observaciones precedentes. Al final del s. XX emerge una cierta “opinión pública mundial” y una “sociedad civil transnacional”. Sin exagerar, los más optimistas ven en este hecho el anuncio de una forma de “democracia universal”, de una “ciudadanía mundial”, de marcado carácter político. Esto se ha visto reflejado en hechos como: la Convención de Ginebra sobre eliminación de minas antipersonales; la creación del Tribunal penal internacional; el gran movimiento del Jubileo 2000 en el que se aborda la deuda de los países pobres, con el comienzo de algunas soluciones; la adopción de U.E. de un “código de buena conducta” para regular el comercio armamentístico; la presión de la opinión pública sobre la ONU para parar la carnicería de Timor-Oeste. Todo esto lo consiguió la ‘ciudadanía mundial’ apoyándose mucho en internet; más exactamente, lo consiguieron los ‘ciudadanos’ en cuanto responsables de un gobierno a escala mundial. La conclusión a la que se llega es que el concepto de ‘ciudadno’ y de ‘ciudadanía’ no se puede encerrar en los límtes de un pais, aunque sea democrático. A esto nos ha llevado la no prevista globalización. Según lo expuesto, se ve justificada la reflexión sobre qué significa ahora educar a los jóvenes para ser en la sociedad “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.




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