Cristo sigue llamando


Formar, humildemente, las parcialidades



Descargar 0.6 Mb.
Página4/9
Fecha de conversión23.12.2018
Tamaño0.6 Mb.
Vistas170
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9

Formar, humildemente, las parcialidades


Ante el escenario que hemos diseñado someramente, la formación deberá adecuar sus recursos y evaluar sus capacidades. Con demasiada frecuencia nos movemos en el ámbito de la mentalidad abstracta y racional, sin acabar de convencernos de que somos seres «sentipensantes». El descubrimiento de esta verdadera colonización del alma por los contextos mediáticos en los que nos movemos, nos alerta de una necesidad doble: asumir y discernir.

Asumir, porque no podemos ignorar la fuerza del sentimiento y del deseo. Discernir, porque deberemos explorar las capacidades de nuestra cultura del discernimiento para abrir espacios de claridad y de distancia- miento. Vamos a explorar algunos de ellos:


En primer lugar no cansarnos de abordar la parcialidad de las experiencias sentidas y vividas: la experiencia espiritual no se construye desde un diseño totalizador al que previamente podamos dirigirnos para consumarla correctamente, sino a través de intentos parciales de ir evangelizando lo que el sujeto siente y percibe. Una evangelización de las parcialidades se hace urgente en nuestra formación.


En este sentido será importante recordar la sabiduría ignaciana del discernimiento de espíritus que siempre comienza por el reconocimiento de lo gustado internamente, para ir acompañando el proceso teniendo en cuenta los climas espirituales y las etapas del proceso. El acompañamiento personal y paciente es aquí insustituible.


Respecto a la turbulencia de los sentimientos y su influjo en la realidad grupal y comunitaria, también deberemos fijarnos y asumirla en primer lugar, para después poder actuar en ella de forma adecuada. La formación debe ser un taller de convivencia en la que los afectos, como realidad de resonancia personal y de asimilación grupal debe ser tenida muy en cuenta.

Taller de amalgama de afectos y sentimientos, en el que aprendemos a movernos con mayor soltura en la medida en que discernimos con ellos y ellas nuestra propia implicación personal. Somos bien conscientes de lo que ello nos supone como formadores, pero no podemos ignorar que estamos en medio de ello.


La vida en común, con personas que no hemos elegido personalmente como compañeros y compañeras, nos fuerza a estar muy alerta para experimentar, por un lado, el regalo que se nos hace, y por otro, la necesidad de delimitar mejor los lindes de la familiaridad y la amistad que puede ir surgiendo en ella. El modelo familiar no sirve como referencia y modelo de lo que querernos construir.


El tema de la sanación de las heridas siempre es problemático. Deberemos aprender sencillas técnicas de habilidades sociales para afrontarlas, pero también evitaremos que los contextos formativos se conviertan en lugares de terapia o de psicología conductual. Distinguir, una vez más, para poder ejercer el sentido terapéutico de la vida fraterna y del discernimiento comunitario.


Por otro lado, nuestra formación es también taller de pertenencia en donde se deben ubicar los diferentes proyectos personales en la convocación de una misión siempre subsidiaria. Ello comporta que sepamos orientar y fortalecer las capacidades y cualidades que se destaquen en el desarrollo de los que están en formación y, a la vez, integrarlas en un proyecto común, que siempre debe ser atendido como una exigencia de la misión recibida.


Nos parece importante, al margen de la formación más instrumental (preparación técnica, estudios adecuados, etc.) una formación que desarrolle aptitudes abiertas para la consolidación y el desarrollo del cuerpo apostólico. Y no es conveniente estrechar el ámbito de la profesionalidad, o dirigir en exceso a los que están en formación hacia una u otra tarea apostólica. La experiencia nos dice que debemos formar agentes para la misión, en apertura discrecional y con altura de miras. Concreciones demasiado tempranas son luego difíciles de administrar.


Los impactos de la vulnerabilidad social son un elemento clave a tener en cuenta en los procesos formativos. Se nos prepara para dar cabida a situaciones de riesgo, a imprevistos sociales o culturales, en una dimensión siempre abierta a nuevos climas y a figuras resistentes y comprometidas.


La vulnerabilidad social es el producto de esta sociedad global que produce excedentes, inevitablemente. Y ello implica vivir continuamente con el terreno moviéndose bajo los pies, sin lugares fijos de arraigo, amenazados por la precariedad del presente y la inseguridad del futuro.


Formar para la justicia, con los riesgos que esta siempre conlleva, es una urgencia apostólica de nuestros días. Deberemos elaborar itinerarios formativos que incorporen la cercanía a las situaciones de marginación y de exclusión creciente en las que a todas luces nos estamos situando. Educar para la justicia, la multiculturalidad, la integración social, la cultura de la precariedad, etc. deberá ser una prioridad de nuestros días.




Una formación para el riesgo y la comunión


En la formación de las nuevas generaciones nos lo jugamos todo. Nos jugamos la vitalidad de nuestras congregaciones y la vigencia del carisma. Nos jugamos el futuro. Por eso es importante que atinemos bien a la hora de realizar el diagnóstico de la realidad que viven nuestros jóvenes y de nuestros recursos formativos. Elaborar con audacia las líneas de la formación para el siglo XXI es una tarea que nos debe ocupar y preocupar en nuestros días.

No podemos saber cómo va a ser el futuro, ni nos hace mucha falta. Querer vislumbrarlo desde un presente convulso como el nuestro, puede decir mucho más de nuestros propios miedos que de la realidad que viene. Reconocer que no tenemos un diseño claro del futuro hará que caminemos en la humildad y que nos dispongamos a dejarnos enseñar por nuestros jóvenes.


Los jóvenes, nuestros jóvenes, son el laboratorio del futuro. Nos miramos en ellos y podemos dejar de lado nuestros temores, porque son el don que Dios nos regala y porque, como dice el refrán castellano, «vienen con un pan debajo del brazo». Si conseguimos desenmascarar nuestros miedos, que enturbian siempre nuestra visión, podremos contemplar mejor lo que ellos y su futuro nos están ofreciendo.


Pero también son el reto con el que el Señor de la historia nos está comprometiendo. Y sólo nuestra más estricta fidelidad a la llamada que Él nos dirige en sus personas y en sus posibilidades deberá ser nuestro patrimonio. Afrontar el desafío, asumir la responsabilidad que nos compromete nos conducirá, aunque no ciertamente sin sobresaltos, a preparar, con ellos y para ellos, el futuro.
Queremos atrevemos a implementar una formación que asuma a la vez la preparación para el riesgo y para la comunión. Una formación que no se contenta con administrar la penuria, y que no quiere caer en la peor equivocación: quedarnos de brazos cruzados, repitiendo lo de siempre, por miedo a equivocarnos.

El futuro de la vida consagrada seguirá estando unido a la desinstalación y el recorte institucional. Por eso fortalecer nuestras raíces es lo importante, y para ello tendremos que podar las ramas, aunque aún nos parezcan suficientemente verdes y frondosas. Sólo así podremos sentirnos ante ellos responsables del patrimonio que les legamos, y dispuestos a seguir con audacia al Jesús pobre y humilde del Evangelio.


En tiempos de crisis es posible creer aún en «la hermanita esperanza», como nos recordaba hace años Charles Péguy: una esperanza que brota a partir de una actitud escrutadora de los signos del no-poder en nuestra historia, desde la capacidad creadora de una vivencia apasionada de la misma, y trabajando cristianamente en la fragmentariedad cultural en que vivimos, insertos en comunidades que practican la justicia.


Todavía es posible una esperanza humilde y crucificada pero muy viva y muy capaz de orientar apasionadamente nuestra frágil existencia y de dar sabor de Evangelio a nuestra lucha.



Recursos bibliográficos


Sobre el tema de las esperanzas cristianas me remito, como siempre, a A. TORNOS, Fin de milenio y esperanza cristiana, en AA.VV, Entre el miedo y la esperanza ante la última década del siglo XX, Madrid 1990, 153 ss. En la segunda parte de este trabajo acudo a las ideas de la interesante la ponencia de T. RADCLIFFE, Vida religiosa después del 1 -S. ¿Qué signos ofrecemos?, en Vida Nueva 2456 (Enero 2005) 23-30. la parte más sustantiva sobre la formación proviene de una aportación mía al Encuentro Internacional sobre Formación de la Compañía de María, Medellín, Enero 2005.

COMUNICACIÓN


Comunicarse para ser hermanos y hermanas14


«Para llegar a ser verdaderamente hermanos y hermanas es necesario conocerse. Para conocerse es muy importante comunicarse de forma cada vez más amplia y profunda» (VF 29).

Actualmente percibimos con mucha intensidad que el tema de la comunicación es una exigencia vital y que necesitamos profundizar en sus mecanismos. Queremos saber más sobre él para elevar el nivel de comunicación en las comunidades.


Sólo unas premisas al somero tratamiento de algunos problemas más actuales inherentes a la comunicación siempre con la mirada puesta en su dimensión operativa. El estilo y el tono de las páginas que siguen serán algo distintos de los de las páginas anteriores puesto que afrontamos cuestiones de otra índole e intentamos «morder en la realidad».


Lo primero que queremos decir es que la comunicación no se reduce a la comunicación verbal. Hay una comunicación no verbal, hecha de gestos, actitudes, atención, que supera a la puramente oral; ésta sigue siendo en la actualidad la más «prestigiada» y exigida; y por supuesto que es necesaria, ¡pero no es la única!


Otra observación: parece que hoy existe más comunicación verbal que comunión. La comunicación verbal, en efecto, no es sinónimo de comunión o de fraternidad, porque, de hecho, puede utilizarse para favorecer el éxito personal y tener como punto de mira la extorsión del consenso con los demás: cosa que no es lo mismo que el progreso de la fraternidad. La excesiva comunicación verbal puede hacer que prevalezca una opinión y no la verdad.


Hay, además, una comunicación parcial que oculta más que revela, con el resultado de que genera mucho pesimismo y desconfianza ante el hecho mismo de la comunicación. Ya se ha hecho notar que una comunicación incorrecta favorece a las personas más dotadas de capacidad expresiva, pero que no siempre tienen algo profundo que decir y comunicar.


En resumidas cuentas, comunicarse con vistas a la fraternidad no significa saber hablar bien, ni multiplicar palabras, sino saber entrar en profunda sintonía con el hermano y la hermana a todos los niveles.


Conviene, pues, comenzar examinando las dificultades y los equívocos de la comunicación, para echar después una ojeada a las condiciones que favorecen una comunicación capaz de hacer crecer la fraternidad.




Las dificultades de la comunicación


«Conllevaos unos a otros con amor» (Ef 4,2)

Existen dificultades reales de comunicación, y en la comunicación, que van más allá de la buena o mala voluntad y que, a veces, ni siquiera advertimos; nos conviene tomar conciencia de ellas para dar con las soluciones más eficaces.



1. Las diferentes formaciones
«La manifestación particular del Espíritu se da a cada uno para el bien común» (1 Cor 12,7)
Nuestras fraternidades están formadas por personas de todas las edades, con mayoría de las menos jóvenes. Esto quiere decir que la mayor parte de sus componentes han vivido estos últimos decenios especialmente agitados y marcados por corrientes diversas de pensamiento, por sensibilidades contrapuestas y por opciones teológicas con notables y diversificadas acentuaciones.

Esto ha influido también en la formación, que a grandes rasgos puede sintetizarse en cuatro orientaciones:


Orientación ascética, predominante hasta el final del Concilio Vaticano ji, consiste en poner la ascética en el centro de la vida espiritual. Según ella, el responsable de la buena marcha de la vida fraterna es el sujeto. Se pone el acento en que las dos virtudes fundamentales que rigen la vida fraterna son la obediencia a los superiores y la caridad para con los hermanos y hermanas con quienes se convive.


Es un tipo de formación que responsabiliza al máximo a la persona, que debe repetirse constantemente: el primer responsable de la buena marcha de las cosas soy yo. ¿Qué debo hacer más y mejor? De ahí la importancia que da a la oración, a los retiros, a los exámenes de conciencia y a la búsqueda de la virtud.


Orientación teológica, predominante en el tiempo inmediatamente posterior al Concilio Vaticano u, el cual había comprendido que no bastaba con indicar el «cómo» hacer comunidad, sino que había que presentar el «porqué», las motivaciones profundas de hacer comunidad. Surge de ahí una verdadera y específica teología de la vida comunitaria, elaborada desde el principio a partir de la teología renovada de la Iglesia comunión. Brota entonces la necesidad de la actualización, de la re-cualificación teológica, de rehacer o construir el bagaje de los conocimientos teológicos y culturales.


- Orientación antropológica, surgida a mediados de los años setenta, se expande enseguida y tiene presente la fragilidad de los nuevos y viejos sujetos de la vida comunitaria; sujetos a los que ya no parece suficiente tener presente la teología o la ascética, sino que les parece necesario contar con un apoyo que les ayude a superar sus dificultades, cuyas causas, en no pocas ocasiones, son difíciles de encontrar.


Esta orientación se corresponde con el aumento del influjo de la sociología y la psicología en la cultura contemporánea, como contribución para dar una respuesta más realista a las crecientes dificultades de las nuevas generaciones para entrar en la construcción de la vida fraterna.


- Orientación jurídica, surgida con motivo de los Capítulos o Congregaciones especiales que se tuvieron entre los últimos años sesenta y los setenta, o con ocasión de las redacciones definitivas de las Constituciones, que se fueron haciendo en los comienzos de los ochenta, responde a la necesidad de contar con un marco jurídico de referencia bien claro, a fin de que la vida fraterna no esté a merced de las diversas oleadas de superiores o de las alternantes «modas de modelos».


Se subraya en esta orientación la importancia de una legislación que ayude a encarnar el modelo de vida fraterna en comunidades encargadas de una misión específica. Responde al conocido eslogan: ¡Es necesaria una nueva legislación, hay que hacer reformas!


Es obvio que las cuatro orientaciones pueden convivir con toda normalidad, puesto que son complementarias. Y, de ordinario, conviven, a no ser que se presenten dificultades graves. Ante nuevos problemas, surge inevitablemente la pregunta crucial: «¿qué hacer?». Y es entonces cuando las diferentes orientaciones dan su respuesta sugiriendo propuestas divergentes, con el peligro de entrar en vías de colisión.


La orientación ascética, por ejemplo, tiende a proponer que se retomen las virtudes olvidadas, mediante retiros y ejercicios espirituales y mediante la vuelta a la práctica —bastante debilitada— de la confesión y la dirección espiritual. Se trata, en resumidas cuentas, de reforzar al hombre interior.


Quien ha sido formado en la orientación teológica propondrá una renovación más seria, mediante una formación permanente más esmerada, mientras que el que ha recibido la influencia de la orientación antropológica pondrá sobre la mesa la necesidad urgente de un conocimiento más profundo de la psicología y de utilizarla con mayor confianza.


Y quien haya tenido una formación fundamentalmente jurídica propondrá que se haga una revisión de las Constituciones o de los Directorios, para crear estructuras más adecuadas a la realidad evolutiva y más aptas, por ello, para sostener la vida fraterna; es decir, una reforma de las reglas.


Ni que decir tiene que ninguna de estas formaciones agota por completo la problemática de la vida fraterna; y que todas ellas pueden proporcionar su contribución propia, ya que cada una de ellas toca un punto relevante de la vida fraterna, un punto que forma parte de su realidad.


Las dificultades surgen cuando cada una de esas orientaciones se cree exclusiva y excluyente, es decir, cuando piensa, sin contrastarse con las otras orientaciones, que tiene la solución de las dificultades. Es entonces cuando aparecen los gravosos obstáculos a la comunicación y, consiguientemente, a la solución de los problemas.


Tenemos que tomar conciencia de estas y otras «precomprensiones» culturales y formativas, para no bloquear en su mismo nacimiento el proceso de comunicación.



2. Las diferentes visiones de la vida fraterna


«Acogeos mutuamente como Cristo os acogió»
(Rom 15,7)

Lo mismo que existen diversas misiones específicas, existen también diversos modelos de realizar la vida fraterna en comunidad.


Históricamente, se conocen diversos tipos de comunidades: la «pacomiana», que comienza en Egipto con San Pacomio, no es idéntica, por ejemplo, a la «basiliana». Efectivamente, la primera está más estructurada militarmente y es más aislada; la segunda es más ágil y está más inserta en la iglesia local.


El modelo agustiniano no es el benedictino. El primero se caracteriza por una regla bastante flexible y por la exigencia suprema de la caridad; el segundo tiene una regla muy «reguladora», en la que la autoridad desempeña un papel relevante en la «búsqueda de Dios».


La comunidad franciscana es una verdadera fraternidad, en la que dar testimonio de la fraternidad forma parte de la misión, mientras que la comunidad ignaciana reduce al mínimo los elementos comunitarios para proyectarse a la misión, entendida como participación en la actuación de Cristo.

Y así podríamos seguir señalando diferencias. No sin dejar de recordar que algunas dificultades de estos años han surgido por haber incluido en las Constituciones propias de una Congregación el ideal de un modelo de comunidad distinto del que habría sido funcional para su propia misión específica. Esto ha ocasionado tensiones entre los partidarios de la «comunidad» y los partidarios de la «misión», añadiendo nuevos motivos de tensión a los muchos ya existentes.


Hoy, en la mayoría de los casos, la tensión está principalmente entre los que querrían un modelo de comunidad más fraterno (o democrático) y los que propugnan un modelo en el que la autoridad retome su papel de guía de un tiempo no remoto.


Pero las situaciones concretas son bastante más imprecisas, tanto por la elevación de la edad media de los hermanos y las hermanas como por los problemas totalmente nuevos que han planteado las decisiones de colaborar con los laicos y de reorganizar y redimensionar las obras.


Y también por las Opciones, conscientes o inconscientes, que subyacen a las diversas priorizaciones. Quien pone por encima de todo el valor de la verdad o de la veracidad o de la sinceridad, no siempre estará de acuerdo con quien elige tomando como base el valor supremo de la caridad, de la unidad, de la armonía, de una concepción sinfónica de la misma verdad.


No es necesario decir que si no se tiene ante los ojos un modelo común de comunidad o de vida fraterna y una visión común de los valores prioritarios, la comunicación se hace muy difícil, porque cada cual perseguirá inevitablemente la realización de su propio modelo, y el diálogo resultará mucho más complicado y no necesariamente más resolutivo.

3. Las diferentes vivencias personales


« Unos con otros sed agradables
y de buen corazón»
(Ef 4,32)

También entran en el juego, para explicar las dificultades de la comunicación, las historias personales de los hermanos y las hermanas. Pensemos, si no, en la «cultura de la discreción», propia de un pasado no remoto, que ciertamente no animaba a la comunicación de problemas o situaciones personales, comparada con la actual «cultura de la espontaneidad», que favorece toda clase de confidencias. Son dos mundos totalmente distintos, a los que les cuesta mucho entrar en contacto y comunicarse. Pensemos también en la sobriedad verbal del mundo campesino en relación con el de las ciudades.


Están también algunas heridas profundas, causadas quizá por confianzas traicionadas, por confidencias que debían haberse guardado en secreto y que, sin embargo, se convirtieron en dominio público; ¿cómo se puede pretender, entonces, que la comunicación sea fácil para quien ha experimentado tan amargos desengaños?


Es aún más fácil tropezar con quien tiene dificultad para expresarse por timidez o por sentimiento de inferioridad. Y también con quien se ha acostumbrado a la pasividad, y con otros a quienes nunca se les ha pedido su parecer y que, cuando se lo piden, piensan no saber qué decir o temen decir cosas disparatadas.


Nos encontramos también con historias marcadas por la falta de libertad, por el temor a ser corregidos, a ser juzgados, a ser tenidos por peligrosos o extraños porque no expresan las mismas ideas del grupo.


Y hay personas con una infancia y un pasado serenos, y otras con una infancia y un pasado turbulentos; es lógico que sus reacciones sean distintas y que su visión de las cosas sea más optimista para los unos y más pesimista para los otros.


Es frecuente encontrar a personas que utilizan las mismas palabras, pero cada una de ellas les da un significado distinto. Hasta tal punto que uno llega a desear, y muy seriamente, que se elabore un léxico común para atribuir un sentido preciso a las palabras más utilizadas, como «diálogo», «obediencia», «autoridad», «fraternidad»... El hecho es que es difícil comunicarse cuando con el mismo vocablo se entienden realidades diversas, cuando no opuestas.


Todas éstas son situaciones que ciertamente no facilitan la comunicación; por eso es necesario conocerlas o, al menos, preguntamos si se estarán dando en cada caso concreto, para ayudarnos a la mutua comprensión y desbloqueamos y liberamos de la imposibilidad de comunicarnos.



Las condiciones de la comunicación


«Acogeos mutuamente como Cristo os acogió»
(Rom 15,7)

Dadas todas estas dificultades, surge la pregunta: ¿cuáles son las condiciones para que una comunicación sea constructora de fraternidad? La respuesta puede concentrarse, muy sintéticamente, en tres condiciones:




1ª.. La primera: estar convencidos de que el crecimiento de la fraternidad es parte del camino de santidad


Para comunicarse en profundidad, y no sólo para guardar las buenas formas o solucionar unos problemas prácticos, tenemos que estar convencidos de que nuestro progreso personal en la santidad depende también del crecimiento de la fraternidad o, al menos, de nuestro esfuerzo personal por construir la fraternidad.

Pero la fraternidad no crece, no es posible, sin una comunicación, no sólo convencional, sino profunda y verdadera. La interlocución con el que está a mi lado, como mi prójimo, me ayuda a crecer «en mi estatura», porque a mi prójimo me lo ha puesto el Señor a mi lado para nuestro crecimiento en nuestra estatura de hijos de Dios y, consiguientemente, de hermanos.


Quien tiene todavía una visión individualista de la santidad, quien piensa en la santidad en términos de «yo y Dios» y no en los términos más evangélicos de «Yo-Dios-los hermanos», nunca sentirá necesidad de comunicarse, ya que el prójimo es, a fin de cuentas, un extraño o un elemento no prioritario en su relación con Dios (o con su tranquilo vivir!).


2ª. La segunda: la comunicación nace de la interioridad


Es uno de los puntos en que más insiste el magisterio del cardenal Martini: la comunicación verdadera nace del silencio, tiene que ver con la riqueza interior de cada persona, si no querernos que derive en charlatanería, en exhibicionismo o en retórica vacía.

La persona que tiene una experimentada interioridad sabe que el primer obstáculo a la comunicación es su propio yo, con sus proyectos y sus ideas que hay que llevar adelante, muchas veces a toda costa. Por eso, tal persona se pregunta a menudo si de verdad busca las «cosas de Cristo» o «sus propias cosas». Y entre «las cosas de Cristo» está efectivamente, y en primera línea, el amor a los hermanos y la unión de corazones, mentes, intenciones, acciones, vidas y, en la medida de lo posible, la amistad que podamos construir a través del esfuerzo diario.


De la interioridad procede también el respeto a los tiempos de maduración del prójimo. Para que dos interioridades entren en contacto, la mayoría de las veces necesitamos la paciencia de los tiempos largos, precisamente porque se trata de superar los obstáculos de todo tipo que el complejo «juego de fuerzas» pone en el terreno.


Y aun cuando se dé la deseada paciencia, no siempre se produce el contacto profundo. Efectivamente, aunque a todos y cada uno se nos invita a dar el primer paso de la comunicación, no siempre el otro o los otros van a responder dando el paso que a ellos les corresponde. Sin el consentimiento del interesado, nunca hemos de forzar la comunicación del otro, ni traspasar su umbral de intimidad. La comunicación nunca puede imponerse desde fuera.



3ª. La tercera: saber escuchar


Con frecuencia, la comunicación fracasa o se empobrece porque es de una sola dirección. Hay quien piensa que existe comunicación por el hecho de hablar. Acostumbrados quizás a predicar o a hablar desde la cátedra o desde una posición de privilegio, algunos confunden la comunicación con las muchas palabras que los otros deben escuchar.

Para la comunicación que quiere crear la comunidad, eso no sirve e incluso es un obstáculo. La comunicación fraterna nace de escuchar al otro; y no sólo de escuchar sus palabras, sino también sus problemas y el mensaje que emana de su vida, de los requerimientos, explícitos o implícitos, que nos hace, quizá sólo con una mirada, un gesto, una alusión... A quien está atento, a quien está verdaderamente a la escucha, no le es difícil percibir este tipo de mensajes.


Las dificultades provienen del hecho de estar excesivamente inmersos en los propios asuntos, demasiado absorbidos por problemas que nos parecen inextricables. En estas circunstancias, los problemas de las personas que están a nuestro lado nos parecen irrelevantes o dignos de una atención meramente superficial y ligera.


Para la persona muy ocupada, la atención y la comunicación con el otro, especialmente con quien no está directamente implicado en sus mismas ocupaciones diarias, es uno de los problemas más serios y expresa con enorme claridad cuán grande es la limitación humana. Pero también expresa muy nítidamente la necesidad de vigilar nuestro propio estilo de vida, nuestras prioridades, las metas que, consciente o inconscientemente, perseguimos.

La dificultad de escuchar es una de las rémoras no sólo para la comunicación, sino también para la construcción de la fraternidad. El hermano que no se siente acogido en la escucha pierde la confianza de tener en el otro a un verdadero hermano y se vuelve a otros, tal vez extraños, con la esperanza de no repetir la misma amarga experiencia.

Las formas de comunicación a potenciar

«Para las personas consagradas, que se han hecho “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) por el don del Espfritu Santo derramado en los corazones (cf. Rom 5,5), resulta una exigencia interior el ponerlo todo en común: bienes materiales y experiencias espirituales, talentos e inspiraciones, ideales apostólicos y servicios de caridad. “En la vida comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno pasa contemporáneamente a todos. Aquí no sólo se disfruta del propio don, sino que éste se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera propio” (San Basilio)» (VC 42).


Las diversas formas de comunicación ayudan a poner todo en común y a disfrutar del fruto de todos. Echemos una mirada a las principales formas de comunicación que debemos potenciar:



1. La «communicatio in sacris»


«Todos los dones han sido dados para la común edificación del cuerpo de Cristo»
(Ef 4,7-16)

«Es de lamentar la escasa calidad de la básica comunicación de bienes espirituales que existe en algunas comunidades. Se comunica sobre temas o problemas marginales, pero rara vez se comparte lo que es vital y central en el camino de consagración. Las consecuencias pueden resultar dolorosas, porque la experiencia espiritual adquiere insensiblemente connotaciones individualistas. Se favorece, además, la mentalidad de autogestión, unida a la insensibilidad por el otro, mientras que insensiblemente se van buscando relaciones significativas fuera de la comunidad» (VF 32).


No podía presentarse mejor la situación, sobre la que está de más insistir: ocurre bastante a menudo que es difícil hablar entre hermanos y hermanas de las cosas realmente importantes.

¿Cómo superar esta situación?


La experiencia pone en primer plano la meditación comunitaria de la palabra de Dios, conocida como collatio o Lectio divina comunitaria. Pero hay que revalorizar también otras formas menos «técnicas», como la reflexión comunitaria de la palabra de Dios y la comunicación de las propias experiencias de fe.


Una palabra sobre la Lectio divina, personal y comunitaria, que vuelve a estar en auge estos años, hasta el punto de que a algunos les parece una moda. Una recuperación que, en todo caso, hay que saludar con gozo y esperanza.


En algunos Institutos la Lectio se ha convertido en un instrumento bastante eficaz de renovación personal y comunitaria. Su práctica se ha vivido no pocas veces como la contribución seguramente más válida a la vida espiritual de los particulares y de la comunidad. Así lo reconoce abiertamente la Exhortación La vida consagrada: «La meditación comunitana de la Biblia lleva al gozo de compartir la riqueza descubierta en la palabra de Dios, gracias a la cual los hermanos y las hermanas crecen juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual» (VC 94).


Pero su práctica no siempre resulta fácil, como ocurre con todas las demás realidades que comprometen en profundidad y están destinadas a dar mucho fruto. Sin embargo, la recomendamos con todo entusiasmo, y debería ser, al menos con una periodicidad semanal, parte del patrimonio espiritual de toda fraternidad que quiera construirse sobre la base sólida de la palabra de Dios.


La vida de las primitivas comunidades, además de sobre el Espíritu y la Eucaristía, se construía sobre la Palabra o la «enseñanza de los apóstoles». También hoy, la palabra de Dios está en la base del crecimiento de cualquier comunidad cristiana, porque expresa la «lógica» o «filosofía» de una comunidad en cuanto cristiana, es decir, de una comunidad fraterna reunida en el nombre de Cristo.

La fraternidad de los hijos de Dios crece con criterios muy distintos de los de otras agregaciones. Y la palabra de Dios cultiva y sustenta esta «alteridad» o «diversidad» o «especificidad».


Del hecho de compartir esa Palabra se deriva un modo nuevo de comunicarnos: nos damos cuenta de que tenemos en común ese tesoro, esa ley, esa norma, ese estímulo, esa visión divina, que quiere penetrar y transformar la realidad de una convivencia humana.


El compartir la Palabra introduce en un modo de comunicación más fraterno, más cordial, más atento, más sereno. Y en la medida en que nos demos cuenta del patrimonio común y de su fuerza transformadora, estaremos más dispuestos a participar de la aportación de los demás y a hacer partícipes a los otros de nuestras propias aportaciones.


De esta forma, la fe de uno, hoy débil, puede verse reforzada por la fe del otro, y el entusiasmo de uno puede levantar el desaliento del otro; las motivaciones más profundas que están en la base de la fraternidad se ven reclamadas, reforzadas y compartidas por la comunidad, y el edificio espiritual de la fraternidad se ve construido con la aportación de la experiencia espiritual de cada uno de los miembros.


Las publicaciones sobre la Lectio se están multiplicando y abordan sus diversos aspectos. Es para dar gracias al Espíritu por este redescubrimiento que está contribuyendo a reanimar muchas comunidades.


«Especialmente fructuosa para muchas comunidades ha sido la participación en la Lectio divina y en las reflexiones sobre la Palabra de Dios, así como la comunicación de las experiencias personales de fe y de las preocupaciones apostólicas. Esta comunicación, allí donde se practica espontáneamente y de común acuerdo, nutre la fe y la esperanza, así como la estima y la confianza recíprocas, favorece la reconciliación y alimenta la solidaridad fraterna en la oración» (VF 16).


2. La corrección fraterna
«Corregíos mutuamente» (Rom 15,15)
Es una forma importante de comunicación, que más bien ha caído en desuso en estos últimos decenios, pero que deberíamos recuperar con valentía. En la tradición siempre ha sido muy apreciada, partiendo de San Pablo, que hacía a los romanos la siguiente recomendación: «Corregíos mutuamente» (Rom 15,15), y esta otra a los gálatas: «Incluso si a un individuo se le cogiera en algún desliz, vosotros, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú» (Gal 6,1-2).

Habría que recuperarla, además, porque actualmente los superiores parecen haber perdido el valor para llamar la atención. Se ha apoderado de los hermanos y las hermanas una alergia tan aguda a recibir aun la más mínima advertencia de parte de la autoridad, que ésta prefiere muchas veces mirar hacia otro lado, con el peligro de que los hermanos y hermanas persistan tranquilamente en sus defectos, de los cuales muchas veces ni siquiera son conscientes.


Basta pensar en la diferencia que habría entre las confesiones de mis pecados que harían los otros, si se las pidieran, y las que yo hago habitualmente. Esta disparidad de juicio —por la que lo que para mí es mínimo e irrelevante, para los demás es no pocas veces grave e importantísimo— muestra las heridas que yo puedo infligir a la comunidad, aun sin darme cuenta de ello.

La vuelta a esta forma evangélica de comunicación es altamente constructiva para la fraternidad. Quien quiera ayudar a la comunidad, y no obstaculizarla, puede elegir a uno de sus miembros para que le «amoneste» en privado haciéndole notar los comportamientos que perciba como heridas a los hermanos. De esta forma, no solamente se ayuda a la fraternidad, sino también al mismo hermano, que encontrará siempre nuevas ocasiones, y bien individualizadas, de crecer en la caridad y en el espíritu fraterno. Con tal de que esta ayuda no aísle de los otros y no se convierta en un sustituto de la autoridad.


Actualmente algunos proponen también la promoción fraterna, que consiste no sólo en hacer notar los defectos, sino también en mostrar al hermano las cualidades que debería desarrollar y los talentos que podría sacar a la luz. Para algunos (,para todos?) esta forma de subrayar las cualidades positivas que poseen los hermanos y las hermanas, que a veces ni ellos mismos perciben —entre otras cosas, porque apenas solemos alabárselas—, resulta altamente alentadora y ayuda a desarrollar al máximo las cualidades y talentos propios.


La promoción fraterna, cuando está movida por un amor sincero al hermano, a la fraternidad y a la misión, es una valiosa ayuda para no desperdiciar las riquezas del Espíritu. Sigue siendo un pequeño misterio por qué muchos han de esperar a la muerte para oír (!) el elogio de sus virtudes y buenas cualidades. Es sorprendente que sea más fácil «llorar con quien llora» que «alegrarse con quien está alegre», lo mismo que es más fácil subrayar un defecto que una cualidad positiva. ¿Por qué? Ahí tenemos un excelente tema de reflexión comunitaria.


Una forma de corrección fraterna comunitaria es la revisión de vida, que permite una evaluación periódica de la fraternidad sobre la base del conocido método de «ver, juzgar y actuar». Esta forma de comunicación también tiene raíces en la tradición espiritual en la que existía el «capítulo de culpas».

También está la revisión de vida no buscada, «instantánea», que dimana de las «insinuaciones», «puyazos» o alusiones más o menos amables que los hermanos y hermanas nos hacen de vez en cuando. Nos pueden afligir y doler, pero son una ocasión providencial, no para replicar precisamente, sino para hacernos reflexionar y examinarnos sobre lo que nos dicen. Seguramente es una escuela dura, pero indudablemente saludable, porque, al poner al vivo nuestros defectos, nos ofrece la oportunidad de corregir- nos y mejorar. Los puyazos duelen, pero para quien tiene deseos de mejorar, son curativos; aunque no sean pedidos, pueden convertirse en un medio de comunicación, al menos indirecto, pero eficaz.

3. El consejo y la guía espiritual


«Por lo que se refiere a los más jóvenes, si quieren hacer avances notables y vivir conforme a los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo, no han de ocultar ningún movimiento secreto del alma, ni proferir ninguna palabra incontrolada. Al contrario, es necesario que desvelen los secretos del corazón a los que están designados para ello, es decir, a los que se ocupan benévola y caritativamente de los hermanos más débiles. Todo el bien que haya en ellos podrá así verse reforzado, y el mal será corregido oportunamente. Gracias a esta colaboración, llegarán, a través de un continuo progreso, hasta la perfección». Así se expresa San Basilio en un texto que refleja tanto la importancia de una comunicación sincera y abierta como la necesidad de guías espirituales dispuestos a ayudar a los principiantes.

La atención al hermano y a la hermana comporta también no sustraerse a la práctica del consejo espiritual, que es una forma elevada de comunicación de las «cosas santas»: quien tiene más experiencia sostiene a quien tiene menos, en un camino que no puede ser inventado por cada persona.


El consejo espiritual y la guía espiritual no sólo permiten evitar los errores del camino, sino que ayudan a reavivar el amor a Dios, que es también la base del amor a los hermanos. Son, en definitiva, una contribución más a la vida fraterna.



4. Las reuniones periódicas


«Somos solidarios unos de otros»
(1 Jn 1,7)

Las reuniones periódicas de la comunidad se cuentan ya entre los medios indispensables de la comunicación. Hace años, eran indudablemente más populares; luego, tal vez por las excesivas expectativas que habían despertado, o por haber abusado de ellas, decayó su estima y su práctica. Aunque redimensionadas, hoy son justamente consideradas como indispensables. He aquí algunos puntos sobre los que reflexionar:


a) Son de gran utilidad: en efecto, permiten examinar los problemas, programar y verificar en común. En este sentido, constituyen una excelente expresión de la corresponsabilidad y son una ocasión permanente de crecimiento de la comunidad y de cada miembro, que ha de confrontarse con los demás. Permiten, además, desarrollar un estilo de confrontación pacífica y educada, que prepara y habitúa a colaborar y a compartir; un estilo que resulta necesario sobre todo para la correcta colaboración con los laicos.
b) No siempre son fáciles, porque pueden resultar contraproducentes si no se respetan algunas reglas sencillas pero esenciales.

El problema de las reuniones aparece ya desde los primeros tiempos: San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios (11,17-24), habla de las dificultades de las asambleas eucarísticas, puestas en peligro por las divisiones entre ricos y pobres y porque cada cual sólo piensa en sus propios intereses.


El apóstol sugiere el remedio: a imitación de Jesús, que se entregó a sí mismo y que nos convoca precisamente para hacer memoria de esa entrega, cada cual tiene que renunciar a sí mismo si quiere progresar en la fraternidad. La mayor o menor presencia de esta disponibilidad explica las mayores o menores posibilidades de éxito de los encuentros, cuya finalidad no es solamente lograr metas apostólicas, sino también crecer en fraternidad.


Otra fuente de dificultades hay que buscarla en la impericia de quien las modera o en el excesivo protagonismo de alguna personalidad que no se arriesga a poner sus cualidades al servicio de la fraternidad y 0pta por su afirmación personal. Es cosa humana, pero no fraterna ni, consecuentemente, cristiana.


Podría resultar útil preparar a los miembros de la comunidad para hacer de «moderadores», por turnos, en las reuniones.

c) Para su buen resultado, la experiencia sugiere tener presentes algunas reglas:


en primer lugar es preciso establecer de antemano la naturaleza de las reuniones, es decir, determinar si son informativas, formativas, consultivas o deliberativas, precisamente para salir al paso de expectativas que pueden transformarse en desilusiones; también es indispensable tener claridad en la modalidad que va a seguir el proceso de decisión;


en segundo lugar todos los participantes deben conocer con tiempo el orden del día, que deberá ser lo más detallado posible; la falta de información no garantiza la seriedad del debate ni de las conclusiones;


en tercer lugar si las dificultades aparecen de forma repetitiva, es muy conveniente dejarse ayudar por expertos en dinámica de grupo; con frecuencia es la inexperiencia, junto a bloqueos personales, la que hace que los encuentros resulten infructuosos; un experto puede contribuir valiosamente a establecer las modalidades más adecuadas de la comunicación;


en cuarto lugar conviene prever un final alegre y agradable, que pueda servir para desdramatizar y relajar las tensiones que son inevitables cuando se han puesto sobre el tapete cuestiones candentes. Estas cuestiones son cada vez más frecuentes, dado el delicado momento por el que estamos atravesando. ¡Un piscolabis, unos pinchos, unos dulces... son magníficos relajantes!


d) In dulcedine societatis quaerere veritatem (Buscar la verdad en la dulzura de la comunidad). Una fraternidad serena y unida ayuda en la búsqueda de la verdad: así lo afirma la tradición dominicana.

Las reuniones no son sólo momentos de decisión, sino también momentos de crecimiento «cultural» de la fraternidad, es decir, momentos de formación permanente. La fraternidad necesita contar con momentos de reflexión y profundización en temas actuales, relacionados con los grandes problemas de la sociedad, la Iglesia, la ética, la espiritualidad, la misión, la vida consagrada... ¿Por qué no enriquecemos con los recíprocos saberes y experiencias y, de vez en cuando, con la lectura de los principales documentos de la Iglesia?


Los encuentros comunitarios son, además, ocasión para poner en común las propias dificultades apostólicas y los fracasos, así como los éxitos y las iniciativas afortunadas, a fin de sostenemos y ayudamos.


En esos encuentros también deberíamos adiestrarnos en la comunicación y el debate sereno de los temas que son objeto de discusión o de crítica. En nuestra sociedad de la comunicación es muy importante aprender un estilo de comunicación y de diálogo civilizado que en no pocos casos nos puede ayudar también en la misión.


Y dar cuerpo, también, a la tan deseada y pocas veces realizada «formación permanente». Cuando estamos agobiados por el excesivo trabajo o perezosos por el demasiado poco (!), difícilmente sentimos la necesidad de la formación permanente, es decir, de encuadrar nuestros propios problemas en el vasto campo de las transformaciones de todo tipo que están asaltando a la sociedad y, consiguientemente, también a la misión y a la vida fraterna.


Ciertos atrasos culturales en nuestros ambientes se deben a la repetitividad, a la rutina, que no dejan espacio a la toma de conciencia de la mutación global que se está produciendo y que nos exige, por el contrario, estar renovándonos continuamente. Aunque el núcleo de la verdad revelada sea inmutable, las situaciones en las que esa verdad ha de encamar- se cambian de año en año, y quien no está al tanto de esos cambios pronto se encuentra desplazado. Hay una «verdad de las situaciones» que hemos de actualizar constantemente. Actualización que los encuentros periódicos pueden favorecer o, al menos, hacer que la sintamos como necesaria.

En una fraternidad donde se vive responsable y corresponsablemente la misión, se «aprende a aprender», día tras día, de la vida, de la experiencia compartida, de las informaciones que intercambiamos, de las lecturas que hemos hecho, de la circulación de ideas.


«Una de las finalidades de estas iniciativas es formar comunidades maduras, evangélicas, fratemas, capaces de continuar la formación permanente en la vida diaria. La comunidad religiosa es la sede y el ambiente natural del proceso de crecimiento de todos. Es el lugar donde, día a día, se nos ayuda a responder como personas consagradas a las necesidades de los más postergados y a los retos de la nueva sociedad» (cf. VF 43).



5. El diálogo
«Sea cada cual pronto para escuchar lento para hablar» (Sant 1, 19)
También el diálogo ha pasado en estos años por situaciones alternantes: se ha pasado, de su exaltación en los tiempos del Concilio, a un cierto escepticismo en nuestros días. Se le ha acusado de inconclusividad, de fomentar la conversación frívola, de ser un instrumento peligroso para quien posee una lengua desenvuelta y tiene fáciles y prestos los argumentos. Hay quienes desconfían abiertamente de él, diciendo que hemos caído en la «verborrea».

Hemos de saber que el diálogo tiene un límite, del que debemos ser conscientes. Mientras que la caridad no tiene límite ninguno, el diálogo sí lo tiene: es la verdad, que no admite componendas. Si no reconocemos este límite, vamos al encuentro seguro de las desilusiones.


A la comunidad que quiere ser una comunidad fraterna se le ha encomendado la tarea de abrir y reabrir el diálogo con todos (cf. VC 51).


La Exhortación Apostólica La vida consagrada dedica una sección entera a invitar al diálogo; en ella se anima a las personas consagradas a poner el diálogo al servicio de la unidad de los cristianos (nn. 100-101) y del entendimiento interreligioso (n. 102) y a practicarlo con los que andan buscando a Dios (n. 103).


La responsabilidad es grande, si las palabras tienen un significado preciso: «La Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines, entablando o restableciendo constantemente el diálogo de la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado por el odio étnico o las locuras homicidas. [...] Estas comunidades se presentan como signo de un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía las diversidades» (VC 51).


Es una auténtica labor misionera, que no se improvisa, sino que se prepara con su práctica diaria en la vida fraterna.

Y —digámoslo una vez más— el éxito del diálogo nace en primera instancia de la capacidad de escucha: «Pronto para escuchar, lento para hablar» (Sant 1,9). Bonhoeffer hace esta observación: «Hemos de escuchar al hermano con el oído de Dios, para que se nos conceda hablar con la palabra de Dios». Efectivamente, «el que no sabe escuchar al hermano, a la larga no sabrá escuchar a Dios».


Cuando no sabemos escuchar, nos exponemos al riesgo de pronunciar sólo, y como mucho, «palabras piadosas», de dar «charlas espirituales» o de ser falsamente condescendientes. La escucha del hermano y la hermana en las cosas pequeñas es premisa de la escucha más sincera de la palabra de Dios.


También por sus cometidos misioneros, la vida fraterna tiene que ser una escuela de diálogo; un diálogo que es un estilo de vida y de convivencia entre los que viven en la misma casa.


Pero esta práctica brota de una convicción arraigada de que el diálogo no es tanto un instrumento para llegar a un compromiso, cuanto un medio noble para hacer que emerjan las cualidades de cada uno, para comprender las intenciones verdaderas de los demás, a fin de construir una fraternidad más auténtica y poner a disposición de la misión todas las energías y carismas que el Espíritu ha distribuido.


El diálogo es normal allí donde la eclesiología de comunión se vive como una «verdad»: La fraternidad, como la Iglesia, está construida por la aportación de los dones que el Espíritu reparte a cada uno. El primer paso es tener esta realidad como verdadera y digna de ser perseguida, antes o al mismo tiempo que las demás realidades. Parece obvio y fácil, pero la dura realidad de cada día extiende a veces una nube muy espesa sobre todo esto y conduce a otras lides.


El diálogo es necesario también para afrontar los conflictos, inevitables en toda convivencia humana. Reconocer que todos y cada uno pueden contribuir —y tener, por tanto, «su» propio parecer— desemboca inevitablemente en valoraciones distintas y en divergencias acerca del modo de coordinar las distintas aportaciones. De ahí que surja la posibilidad de conflictos que, de por sí, no son síntoma de mala salud de la vida fraterna. La ausencia de conflictos no siempre es señal de buena salud, porque puede ser manifestación de falta de interés, de deseos de vivir tranquilamente y de abulia respecto a los grandes y pequeños problemas.


De ahí la necesidad de afrontar positivamente los conflictos inevitables, sin demonizarlos. En nuestros ambientes existe un miedo innato al conflicto, miedo que hemos de superar valientemente. El problema no es tanto la conflictividad, sino su gestión y su superación. Uno de los medios más eficaces para gestionar las crisis y los conflictos es precisamente el diálogo. Un diálogo paciente, tenaz y flexible; un diálogo que se aprende en la escuela cotidiana de la vida fraterna.


APOYO EN LAS DUDAS

«También hemos de ser capaces de compartir nuestras dudas. Precisamente cuando un hermano entra en el desierto de la falta total de sentido, es el momento de dejarle hablar. Debemos respetar su lucha y no cortarle la palabra. Si un hermano tiene el coraje de compartir esos momentos de oscuridad y carencia de sentido, y nosotros el de escucharlo, puede suceder que nos haga el más preciado don de sí mismo.


El Señor puede llevar a un hermano a la noche oscura de Getsemaní. ¿Nos echaremos a dormir mientras él lucha? Nada une tan estrechamente a la comunidad como una fe por la que, para alcanzarla, hemos tenido que luchar juntos. Esforzándonos juntos por descubrir el significado de lo que somos y de lo que estamos llamados a hacer a la luz del Evangelio, quedaremos maravillados por Dios, que siempre es nuevo e inesperado. Nos asombraremos de encontrarnos y descubrirnos recíprocamente como si fuera la primera vez» (T. Radcliffe).



UNA NOTA AUTOBIOGRÁFICA DE PABLO VI

«Los otros: ese misterio hacia el que he de volverme continuamente. Los otros, que son míos. Los otros, que son el mundo. Los otros, a cuyo servicio estoy yo. Así es: todos ellos son mi prójimo. ¡Cuánta bondad es necesaria! Cada encuentro debería provocarme una manifestación de bondad. Simpatía para con todos: ¡dilexit mundum!




¡Qué corazón se necesita! Un corazón sensible a cualquier necesidad; un corazón dispuesto, un corazón libre, un corazón magnánimo, un corazón propicio a toda delicadeza, un corazón piadoso y abierto a todo alimento de lo alto» (1963).

6. El clima de las comidas comunitarias


«Los discípulos comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón»
(Hch 2,46)

Las comidas en común son —o deberían llegar a ser— el momento en que nos liberamos de nuestros problemas y disfrutamos de la libre expresión de la fraternidad. También ellas pueden hacer una contribución no indiferente a la construcción de la fraternidad.


Lo importante es acudir a la mesa con el propósito de no descargar sobre los demás nuestras angustias y nuestras cruces. Este simple propósito puede introducir en una verdadera experiencia pascual. El esfuerzo por superarme, por no volcar mis preocupaciones sobre los demás, me ayuda a redimensionar mis problemas y a vivirlos de forma menos dramática. La fraternidad también es una ayuda —y no secundaria— en este sentido. No hace falta decir que las comidas demasiado serias dificultan la digestión casi tanto como la mala cocina. Y que ciertos mutismos sistemáticos y persistentes, casi ostentosos, minan la fraternidad, como el ayuno prolongado mina las fuerzas físicas.


El tiempo de las comidas es el momento de la distensión, del «leve» acercamiento a los problemas, del buen humor, del «Ved qué hermoso es que los hermanos vivan juntos!». Es también el momento de recordar el programa que San Agustín hizo colgar en su refectorio: «Quien guste descalificar la vida de los ausentes con murmuraciones, sepa que no es digno de sentarse a esta mesa».



Conclusión

Cedamos la palabra a un testigo de la vida fraterna, Jean Vanier:




«Una de nuestras preocupaciones más importantes ha de ser crear en nuestras comunidades una atmósfera de paz, de autenticidad y de pobreza, un espíritu que permita a las personas centrarse en lo esencial.
La paz y la alegría son dos cosas esenciales que los jóvenes buscan en todas las Congregaciones. Ellos quieren saber si las personas se aman de verdad y si son discípulos del Señor.

Cuando se visita una comunidad, enseguida se percibe si se trata de una comunidad de cristianos que se aman los unos a los otros o si, por el contrario, como dice Aristóteles, es una “manada dispersa de vacas que pastan en el mismo prado”, o si hemos ido a parar a un hotel.


Cuando hay amor mutuo que introduce en una unidad verdadera, se produce un clima de paz y alegría evidentes.


No son las palabras lo que cuenta, sino la comunicación no verbal, la mirada, la sonrisa, la mano tendida, los ojos que expresan miedo o angustia o, por el contrario, apertura y acogida.


Todo esto nace, a mi juicio, de un contacto personal, vivo y amoroso con Jesús, porque El cuida de nosotros y nos ama».


El ANAQUEL




PARABOLA TERCERA

Luis Lozano

ABRAHAM, CONTADOR DE ESTRELLAS

LOS BUSCADORES DE ESTRELLAS
La sesión empezó con la presentación de los Reyes Magos. La hizo Amós, pastor que velaba las vigilias el día en que se cumplió el tiempo. Una estrella fugaz pasó por la cueva donde esperaba, y supo que algo maravillosos sucedía. Lo confirmó cuando llegaron a Belén tres desconocidos magnates, a quienes un ángel apellidó como Magos.
Dio el Padre Dios la palabra a Melchor. Muchos niños gritaron al verle : ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Les envió besos en un gesto parecido a como en la tierra les enviaba caramelos.
Y Melchor convocó a Gaspar y Baltasar para que le asesoraran sobre astronomía.
Solo Dios Padre conoce las estrellas por su nombre. Solo El sabe su número, brillo y tamaño. Comentó el Rey Mago.
Las estrellas de Dios tienen nombre; las llama jaspe, zafiro, calcedonia.., topacio, crisoprasa, jacinto…; a otras las llama, lirio, rosa, mariposa, suspiro, viento, susurro, brisa, pasión, amor.....
Dios Padre, cada diez millones de años, manda alguna nueva para recreo de los sabios.
Pero a alguna las reservó para misiones especiales. Cuando llegó el momento culminante envió a la estrella Dios Con Nosotros y nos la dejó ver en el Oriente, a nosotros que estuvimos toda la vida buscando caminos de estrellas.

Gaspar intervino diciendo que a otras las mandó a coronar la cabeza de la Escogida.


A otras, apuntó Baltasar, mandará cuando se conmuevan los cielos y la tierra tiemble porque llega el día de la vuelta postrera del Hijo para juzgar a los vivientes.

EL HOMBRE DE UR
Fue entonces cuando intervino Abram, que se había cambiado en Abraham, por ser el padre de innumerables creyentes.
Pero para ver las estrellas, señalaba el de Ur, hay que salir de la tierra, de los mundos; hay que dejar hasta el amor a la tierra propia. Solo el peregrino, el hombre que busca los oasis del tiempo , solo quienes dejan su Oriente feliz y siguen el curso del sol, pueden , por la noche - solo por la noche - ver las estrellas, y contarlas. El estático instalado solo ve el astro del día y al satélite de la noche. Poco firmamento.

ABRAHAM, CONTADOR DE ESTRELLAS
Era un día de simún abrasador. – continuó Abraham - y yo estaba sentado bajo el encinar de Mambré; bebía para refrescarme leche de cabra y cayó sobre mi un sopor invencible.
Y vi a tres ángeles que me anunciaron que sería padre de muchedumbres que guardarían el pacto con Yavé. Cuenta si puedes las estrellas. Y desde entonces, yo Abraham, me pasaba las noches contando estrellas.
Y Sara contaba riéndose las arenas que se extendían en el desierto de Sodoma.
(Porque tanto Abraham como Sara se rieron de la promesa; se extrañaron tanto que no creyeron. Pero pensaron que el sueño pudiera llegar a ser realidad. Y siguieron contando estrellas de noche y arenas de día).

ESTRELLAS Y ARENAS
Cogió la palabra ahora Baltasar y continuó diciendo: como Sara era estéril , le dio permiso a Abraham para que entrara en Agar su esclava; y Agar le dio a Ismael, hijo de las arenas, belicoso e indómito... También sería hijo de Abraham, pero de la carne esclava. Y cuando el padre tenía ya noventa y nueve años y Sara seguía riéndose, fue concebido el hijo de la promesa, Isaac.
Eran tiempos difíciles aquellos – continuó Abraham - : había diluvios, Sodomas y Gomorras, exterminio de reyes y de pueblos.... Había que proteger a las estrellas. Por eso, Dios Padre dejó que tuviéramos hijos de las esclavas.

El hijo de la esclava era hijo de la carne, pero el hijo de Sara la que siempre reía, sería hijo del espíritu.


Sara, que da hijos del espíritu, ríe siempre porque esos hijos son hijos del milagro, hijos de eunucos y estériles; son la muchedumbre que lleva túnicas blancas en la Corte del Cordero, distribuidos en tribus, según las galaxias. Son los hijos de la risa, del asombro ; como el que se produce al contemplar, en una noche de estrellas, el cielo azul.

MIRAR LAS ESTRELLAS
Los PROFETAS siguen contando estrellas; tienen el alma dividida entre el cielo y el mar. Usan brújulas marinas periscopios angélicos, y compases de altura y profundidad; buscan en las playas hijos de Abraham.
Y el exiliado de Ur llegó a los ciento veinte años, pero no le dio tiempo a contar todas las estrellas y a numerar todas las arenas del mar. Por eso, sus descendientes siguen multiplicando los hijos de Dios.
Isaac fue el nuevo Adán que tuvo dos hijos : el fiel y el infiel. Esaú sería el hijo de Edom, donde los samaritanos adorarían a Dios en Garizim; y Jacob – Israel - era el fiel que adoraría a Dios en Sión, en espíritu y verdad.
Dios hace trampas para escoger a los suyos. Agar, la esclava, dará areniscas en vez de arenas; pero engendró a Ismael, que vivirá entre Asida y Egipto, enfrentado a sus hermanos.
Rebeca decretó que el mayor serviría a su hermano menor, Jacob. Para excitar el vientre de Sara, Abraham entró en el de Agar. Jacob suplantó a su hermano por arte de Rebeca. Y Dios Padre aceptó la trampa porque siempre ha escogido al más pequeño. Para Dios no hay más derechos de primogenitura que el de su hijo Unico.

LOS HIJOS DE LA JUVENTUD
y los hijos de Abraham siguieron contando estrellas. Así que Jacob - el pueblo de Israel- tuvo que tomar varias esposas y fecundar esclavas. Eran más numerosos los pueblos paganos; había que normalizar el pueblo de Yavé, a partir del cual todos los hijos de Dios serían fieles.
Y Jacob tuvo con Lía – tierna de ojos, hija mayor de Labán - a Rubén , Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Fueron hijos de Raquel – la menor, muy esbelta y hermosa- José y Benjamín. Bala, la esclava de Raquel, ( Jacob supo que Rubén, el primogénito ,se acostó con Bala; por lo que le quitó su primacía a favor de Judá), le dio dos hijos, Dan y Neftalí ; y Zelfa, la sierva de Lía, le dio otros dos : Gad y Aser..
Y Jacob asignó a sus hijos cualidades agresivas de supervivencia: agua hirviendo, león, asno y pollino, caballo, hiena.. Eran los nombres de estrellas y luceros peleones.
Pero al león de Judá no le faltaría el cetro en sus manos ni el báculo entre sus piernas, hasta que viniera aquel cuyo es, y al que darían obediencia todas las naciones.
Y a su descendiente, dominador de leones con honda en Belén, músico arpista a la luz de las estrellas, le asignó Dios Padre una estrella de cuya luz nacerá el esperado de las gentes.
Desde entonces, decía Abraham, sigo contando estrellas y no terminaré de contarlas, hasta que el cielo entero se conmueva y avise Dios Padre del fin. Y entonces, todas las estrellas, cada una distinta en su luz, alumbrarán los nuevos cielos, donde cada estrella tendrá el nombre secreto con que Dios conoce a cada una.

LAS ESTRELLAS QUE CAYERON DEL CIELO
Un día , continuó Abraham, en que como de costumbre, contaba estrellas a la sombra del encinar de Mambré, tuve un nuevo sopor celestial; vi en sueños al ángel de Dios que me avisaba de la destrucción de Sodoma y Gomorra, dos ciudades que habían pervertido la carne.
Y pedí al ángel audiencia con Dios. No estaba conforme con que destruyera la ciudad entera; pues Dios Yavé era justo, debía tener en cuenta a los cincuenta justos que yo creía había en las dos ciudades. Y Dios, lento a la ira, siempre misericordioso, me dijo que salvaría a la ciudad si había cincuenta justos. Pero ¿y si había solo cuarenta , o treinta o diez…? El Padre me concedió que no destruiría las ciudades…
Pero no encontró Dios Padre ni diez justos en Sodoma; solo encontró cuatro. Por tanto , destruyó las dos ciudades.

Se salvaron Lot y sus dos hijas – en un pueblo en que la carne se había pervertido, Lot era justo porque engendró dos hijas , ( en la ciudad corrompida, ya entonces, la parejita).


Y Dios Padre reservó la pequeña ciudad de Segor para Lot y su familia. Pero su mujer se retrasó acicalándose en el baño ante el espejo y por recoger unos amuletos y unas joyas sin valor; y una lengua de lava que salía de Sodoma la alcanzó, convirtiéndola en una bola de sal.

NUEVO FIRMAMENTO
¿Se salvarán muchos? , preguntó Santiago a Dios Padre.
Hay doce puertas de entrada en el Reino Nuevo, respondió el Creador. Todas las estrellas del cielo, todas las arenas de la playa del mundo caben en su recinto. Son tantas que no acabo de contarlas. Pero ya las conozco por su nombre. El acusador de los creyentes no tiene lugar en el cielo nuevo. Era el gran dragón que arrastró con su cola a un tercio de las estrellas del cielo, y fue vencido por Miguel y sus ángeles.
Y Abraham, desde su seno, terminó: cada estrella recibe su nombre al volver al Padre Dios; solo los que dicen la consigna, los que saben su nombre, entran en su cielo estrellado.
Entonces, todas las estrellas se hacen una sola luz, la del Cordero de Dios, el que es y el que era; luz única de los nuevos cielos.
Y Abraham , contador de estrellas, recibió del Padre Dios, el nombre de padre de todos los creyentes.


PÉREZ-REVERTE, Arturo

CABO TRAFALGAR. Un relato naval

Madrid, Editorial Alfaguara, 2004 ( 1ª y 4ª edición: octubre de2004) – 269pp.


Arturo Pérez-Reverte no necesita presentación. ¿Quién no conoce La Tabla de Flandes, La Carta esférica, La piel del tambor… o la serie de El Capitán Alatriste? Estos títulos y otros más han gozado del favor del público lector y conocido numerosas ediciones. También la batalla de Trafalgar debe ser conocida de todos pues ha pasado a formar parte de nuestra mitología nacional como ejemplo de sacrificio inútil y origen de la decadencia naval española.

Hablemos de Cabo Trafalgar. La contraportada del libro nos dice que “en vísperas de la batalla de Trafalgar, Alfaguara pidió a Arturo Pérez-Reverte un relato…” Es, pues, una novela hecha por encargo lo que, en mi opinión, afecta no poco al resultado final. No ha nacido de la espontánea inspiración del autor, sino de la sugerencia de una editorial que quería combinar la solvencia del autor con lo atractivo del acontecimiento. Mi ejemplar señala la cuarta edición. Desconozco su posterior fortuna pero todo da a entender que la fórmula ha funcionado editorialmente.

Están al margen de la novela, pero no dejan de ser un acierto, las ilustraciones y esquemas que sobre los barcos de la época y el desarrollo de la batalla nos ofrece el autor en las páginas que preceden al texto, así como, en las finales, la noticia sobre la suerte que corrieron los navíos españoles durante de la batalla. Con ello ha hecho más fácil e inteligible la difícil terminología del mar.
Si Pérez Galdós crea un personaje de ficción para narrarnos la batalla, Pérez-Reverte se inventa un navío de 74 cañones, el Antilla, con el mismo fin. Desde él nos cuenta casi todo lo que sucedió aquel 21 de octubre. No me parece que sea esta invención un acierto narrativo, pues uno tiene la impresión que al final no sabe qué hacer con él. En el apéndice se justifica como un derecho del autor “manipular la historia en beneficio de la ficción”. ¡Incierto derecho! Su ejercicio indiscriminado puede dar frutos de tan dudosa calidad como El código Da Vinci de Dan Brown.

Encuentro que Cabo Trafalgar se lee bien, es entretenida, posee un estilo fluido y está contada con habilidad narrativa. Pero no todos son méritos literarios. Su dominio de la terminología de la navegación, por reiteración, produce fatiga; llega a hastiar que tacos y palabrotas broten y rebroten como las margaritas en primavera; no otro efecto producen las continuas onomatopeyas -pumba, bumm, crac, clic-clac, fluss-fuass, requetetumba, catatatumba…- que el autor emplea como recurso descriptivo del fragor de la batalla; no menos llamativos son sus deliberados anacronismos -referencias a Rocío Jurado, a la “itv” o a la vaselina…-. Por último, ¿ha logrado el autor verdaderos caracteres en sus personajes? Lo pongo en duda. En cuanto al final… Una acción trepidante para un desenlace decepcionante.


Pérez-Reverte, a juzgar por los títulos publicados, es un apasionado de la historia. Tal vez, esta pasión le conduce a juicios atrevidos e, incluso, falsos o injustos. Carlos IV y su valido Godoy no eran tan romos como para ignorar que la alianza con la Francia napoleónica perjudicaría seriamente los intereses de España por cuanto era un camino abierto para la confrontación con Inglaterra. Está comprobado que hicieron cuanto estaba de su mano para impedirla. Dice Emilio Laparra, catedrático de historia de la Universidad de Alicante, que “la novela de Pérez-Reverte está llena de juicios de valor que no debía haber hecho”. Hay que entender la difícil situación de España en medio de dos grandes potencias. Cabo Trafalgar no siempre tiene el rigor histórico que cabía esperar.
En fin, que Pérez-Reverte no ha conseguido, con ésta, su mejor novela, que ha sido una ocasión fallida y que tendremos que esperar momentos mejores.
Ildefonso Gª Nebreda





Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos