Cristo sigue llamando


Pautas de reflexión personal-comunitaria



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Pautas de reflexión personal-comunitaria

1.- Valoración de los análisis expresados en el apartado sobre causas, expresiones y raíces de la fragilidad. Compartimos lo que pensamos sobre los 10 indicadores de fragilidad vocacional, con ejemplos que conocemos.

2.-Valoración de las 10 sugerencias para intervenir en la Inspectoría. Anotamos otras posibles líneas de intervención, en la vida de los salesianos, en las comunidades y en la Inspectoría.

3.- Lectio divina: pueden tomarse textos de la comunidad cristiana en sus inicios o en situaciones de dificultad, o el texto de los discípulos de Emaús (Lc 24) que caminan desilusionados y recuperan el ánimo al encontrarse con Jesús. También nos puede ayudar la escena de los discípulos de Jesús en la barca y llenos de miedo por la olas que les acosan. (Mc 4, 35-41, Lc 8, 22-25, Mt 8, 23-26, Mt 14, 24-34). Se adjunta un guión de ‘lectio divina’ de Mc 4, 35-41.


FORMACIÓN


Vulnerables pero resistentes13
Xavier Quinzá Lleó


Formar dando cuenta de las esperanzas que nos duelen


Cuando la formación para la vida consagrada está hoy dispuesta a dar cuenta de la densidad de nuestro mundo, lo hace desde la misma óptica del Evangelio: desde unos signos, a partir de ios cuales reconocemos indicios de salvación, traducimos sus posibilidades y alcanzamos una visión esperanzada. Estos signos e indicios de una esperanza que duele son un alfabeto que debemos aprender.

Sólo desde el ejercicio de la entrega personal llegamos a descifrar las figuras actuales de la esperanza cristiana. Se trata de signos que compiten con otras visiones del mundo o de la historia. Parece evidente que los signos del pecado, el perdón y por tanto, de la esperanza, no aparecen en la lectura contemporánea de la sociedad, y significan muy poco, si no es en el ámbito de lo privado e incluso de lo patológico. Y sin embargo, son para el cristiano el abecedario de su lectura del ser humano y de la historia.


Ninguno de los autores de la tradición primera ligó el triunfo de la obra de Jesús ni su irreductible esperanza a su prestigio personal o al triunfo social de sus ideas, sino a la pasión del Siervo y a la Cruz. Y precisamente desde ahí, como un movimiento de desheredados, creó sus propias lecturas desde el no-poder. Ciertamente aquel que crea que, desde la fe en Jesús, puede compaginar el prestigio del mundo y el escándalo de la cruz es que no ha comprendido nada.


Los cristianos conscientes de hoy sabemos bien que sólo desde la fe en el Crucificado se puede uno atrever a hacer una lectura esperanzada de nuestro mundo. Él es el Signo mayor al que deben remitirse todos los otros que nos ayudan a descifrar las figuras de este tiempo. Como a los contemporáneos de Jesús, tampoco a nosotros se nos dará otro signo más que el «signo de Jonás» (Mt 16,4). Que es un signo de conversión y de fe en el poder de Dios.


Muchas veces también nosotros, en nuestros proyectos de misión, parecemos estar más preocupados por descifrar en nuestra historia «signos del cielo» que por escuchar las urgentes llamadas de la tierra. Entrar en contacto con la realidad del mundo y de la historia es escrutar desde la fe los desafíos que Dios mismo está lanzando a nuestro corazón desde el hermano que sufre.


Para dar cuenta de las esperanzas que nos duelen, no se trata de analizar los hechos mediante los propios códigos de lectura, sino de reconocer el señorío de Jesús sobre la historia y leer desde ahí el reto de conversión real al que la fe nos solicita. Sin la entrega confiada de la vida en el Dios y Padre de Jesucristo, resulta imposible asumir lo escuchado y analizado sobre el mundo, de tal manera que nos mueva el corazón para colaborar en la instauración de su Reino.


Con frecuencia nos sucede que no caemos en la cuenta de que la práctica actual de la esperanza cristiana debe resaltar una característica suya muy propia: se trata del carácter apasionado de la misma. Esta idea, originaria de la tradición tomista y actualizada por Andrés Tornos, afirma que la virtud de la esperanza se localiza entre las pasiones. En los escritos de Pablo la esperanza se imprime en la parte receptiva del ánimo por la experiencia del espíritu y del amor de Dios (Rom 5,5), por la acogida del testimonio de Jesús (l Tes 1,6-10) y el reconocimiento de su cumplimiento entre los hermanos; es simpatizante de la alegría (Rom 12,12), la firmeza, la constancia, la seguridad, la dicha.


De modo que podemos afirmar que el Nuevo Testamento concibe la esperanza como una sacudida o energetización del ánimo, más que como una seguridad elaborada por la mente que razona sobre lo que le espera. La esperanza es una pasión alegre, don recibido y no logro de un esfuerzo, sensación experimentada y no resolución meditada. Tomada así la esperanza, ya se ve que no tiene ningún sentido querer recuperarla mediante el voluntarismo o imprimirla en los ánimos mediante cualquier razonamiento conceptual.


Al hacerle partícipe de su experiencia, el que anuncia el reinado de Dios establece un vínculo entre él y sus oyentes. La narración compartida es la que crea la comunidad. La novedad o la sorpresa, el sucederse de las escenas hacen que todos participen de una misma emoción, todo colabora al milagro. Pero lo decisivo es la capacidad de compartir, de hacer disponible lo que primero fue vivencia personal. Una conciencia común se crea entre los miembros del mismo círculo en donde se rememora la pasión y resurrección del Siervo.


En el Nuevo Testamento se vivió y recreó esta misma dinámica. Las comunidades son primero grupos de oyentes junto al río, como en Tesalónica, que escuchan al mensajero algo sorprendente y nuevo. Y crecen y se forman en torno a la relación privilegiada de un grupo de testigos de «lo que Jesús hizo y enseñó». Esta noticia, difundida como una historia increíble, es la que congrega a quienes desean participar del poder salvador que de ella misma emana. Es más que una sabiduría interior, es participar juntos de la «fuerza de lo alto», tal y como sucedió con la vida y muerte de Jesús. «Lo que yo recibí, os lo trasmito...» (1Cor 15,3), así comienza Pablo su narración de la última comida de Jesús y de su práctica entre los creyentes.


La tarea más urgente para recuperar esta esperanza lúcida y apasionada para los tiempos de crisis que vivimos, es mostrar cómo el lugar de la esperanza cristiana en la historia es su radicación en una historia como la nuestra: frágil y fragmentada. En un mundo muy fragmentado, y de contextos vitales y corporales recuperados, es en el que se puede afirmar que lo fundado por Jesucristo es la inusitada bondad de Dios que convoca a la humanidad hacia un destino de novedad.


Lo esencial de la esperanza cristiana aparece en la manera de proceder y estar en la vida de los que siguieron a Jesús: Dios se hace presente acogiendo en Jesús de modo integral la historia de los hombres y mujeres que le aceptan por la fe, mostrando en nuestra propia y original vivencia del presente, quién es Jesús el Cristo, y qué espera de nosotros.


El ser humano aprende a identificarse con sus deseos como con lo central de sí mismo, aunque nunca lo sean del todo. Dicho aprendizaje siempre se consuma en función de la cultura en la que uno crece. Así es como puede valorarse la densidad del proceso histórico de las esperanzas de la fe: unos hombres y mujeres, creyentes en Jesús, vinieron a leer en los futuros de Dios el cumplimiento de sus anhelos, por eso tuvieron que introducirse en una lectura nueva de los sucesos del mundo y de su propia realidad personal.


Lo que supone aceptar que no se entra en nuevas esperanzas si no se entra en las formas de vida que se corresponden con ellas. Y los que se unieron en solidaridad de amor y de fe, en el recuerdo vivo de Jesús, leyeron el Evangelio y encontraron en él la emoción de tener un futuro en medio de la incertidumbre de los avatares de la vida.



Un mundo único que crea nuevas formas de fragmentación


Los escenarios en donde se desarrolla e interactúa hoy la vida consagrada son los del final de la modernidad tardía. La creciente globalización, además de otros efectos benignos, provoca también disfunciones. Por ejemplo: es la cercanía de la aldea global lo que provoca episodios de ruptura y de violencia. Bruscos acontecimientos están marcando las vivencias de la humanidad en varios puntos del planeta: la caída del muro de Berlín, el 11-S, con su secuela de la guerra de Irak y la amenaza del terrorismo internacional, experimentado en carne propia el 11-M en España. Sin olvidar los conflictos locales: el conflicto palestino, las interminables guerras en África, la violencia en Colombia y en tantos otros puntos calientes.

Por debajo de estas terribles sacudidas se ha ido extendiendo un tipo de sociedad y cultura marcada por la tecnología y los mass media, por sistemas de administración e información que generan una gran paradoja: se trata, en muchos casos de un mundo único, pero al mismo tiempo un mundo que crea formas nuevas de fragmentación y dispersión.


Todo ello conduce a una transformación acelerada del contenido y la naturaleza de la vida social cotidiana. La duda penetra en el ámbito de cada día y en términos generales nos encontramos en una sociedad de corte apocalíptico, no porque se encamine a una catástrofe, sino porque implica riesgos que las anteriores generaciones no tuvieron que afrontar.


El espacio deja de ser un obstáculo. Con las comunicaciones e Internet estamos conectados a cualquier parte del mundo. Somos, en cierto sentido, ciudadanos de un mundo nuevo, interconectado. Las distancias parecen no tener mucha importancia. Nos desplazamos con facilidad, vamos de acá para allá y rehacemos nuestra vida más de una vez. La vida no se programa de una vez por todas.


La globalización de las comunicaciones facilita una visión del mundo en donde el espacio cibernético se parece un poco a la promesa cristiana: cada día, frente al ordenador, nos liberamos de las limitaciones corporales y podemos entrar en comunión con cualquiera.


El problema es si logramos sentirnos cercanos a alguno, si no hemos perdido la dimensión de «proximidad». Estando a la mano de cualquiera, gracias al correo electrónico o al móvil, ¿no es verdad que cada vez nos sentirnos menos capaces de articular otra cosa que un enfático: ¡Aquí estoy!? Y esta voz, lo sabemos bien, es como un grito que se pierde en la noche de las ondas, sin encontrar un interlocutor que nos responda. La dimensión de proximidad no se alcanza por tener abierta la posibilidad de comunicarnos, sino por haber creado previamente un espacio de diálogo y de apertura.


Esta experiencia cotidiana de un mundo único y, a la vez, cada vez más desmembrado, ¿qué interrogantes suscita a nuestra vida consagrada? ¿Hacemos de todo ello un ejercicio consciente de comunión? ¿No nos parece perder cada vez más en personalización lo que ganamos en multiplicidad de conexiones? ¿No es cierto que habitamos en comunidades en donde sentimos más la separación que la unión? Separación de ideologías, de mentalidades, de teologías, incluso; separación y aislamiento de unos y otros: generacional, de estilos de vida, de formas de pensar y de querer.


San Buenaventura hablaba de Dios como ese centro que está en todo y cuya circunferencia está ahora aquí. ¿Sabemos darle una oportunidad de adoración al Dios que nos comunica y se nos comunica? ¿No nos resulta más bien cada vez más difícil encontrarnos con ese océano sin orillas, que se ha complacido en lirnitarse en el punto álgido de mi propia libertad? Quizá nos hemos despedido demasiado pronto de la recogida intimidad y hemos malgastado la propia herencia. ¿No es cierto que cada vez se nos hace más extraña la presencia de Dios en nuestro mundo cotidiano? ¿No seremos también nosotros del grupo de los desplazados? Desplazados de la tierra de la bendición, de la familia de los semejantes, de los sin tierra, sin techo, sin calor de hogar?


La modernidad crea diferencia, exclusión y marginación. Propaga un tipo de sociedad dual en la que cada vez más la interacción entre lo global y lo local se universaliza. En nuestros días estamos asistiendo de un modo único al fenómeno de las migraciones, nuevo en la medida en que se globaliza, y decanta formas de vida en las que los extraños son vistos como amenaza, más que como una ocasión de enriquecimiento humano y social.


El mundo global es el mundo de los desplazados: desplazados por las guerras, por la indigencia, por la cultura, por la diversidad. Nunca en la historia han vivido tantas personas en campos de refugiados, literalmente desplazadas. Es la gran crisis de la aldea global. Millones de personas están queriendo viajar para huir de la pobreza o de situaciones opresivas y no pueden. Pero también desplazados por la cultura y por la diversidad, miembros como somos extraños a nosotros mismos, expulsados de nuestra tradición, de nuestros hábitos, de nuestras creencias incluso, como seres anónimos que nos sentimos en un mundo que ya no es el nuestro.


La comunidad humana está rota por una escalada de desigualdades. Los financieros, por una parte, pueden mover su dinero adonde quieran, no tienen ningún compromiso con los trabajadores de ningún país. Lo que provoca una sensación de inseguridad enorme. Nuestras vidas están distorsionadas debido a la exclusión creciente y la marginación.


Hay una crisis de desplazados, literal y culturalmente. Todos somos extranjeros. La gente navega buscando gente con sus mismos intereses, y no encontramos palabras para crear comunión con personas que son diferentes, incluso dentro de la Iglesia. ¿Cómo podremos crear de nuevo un mundo de encuentros verdaderos que nos pueda abrir unos a otros para alcanzar la comunión? La crisis nos agudiza el deseo y nos fragiliza la voluntad. Anhelamos más encuentros, más verdaderos, pero no nos sentimos con fuerza para intentar otra vez lo que no parece estar al alcance de nuestras fuerzas.



Anhelamos un hogar a escala mundial


La nueva situación mundial de enorme movilidad debe hacernos más conscientes de la necesidad de encontrar un lenguaje para amarnos y comunicarnos, ahí radica la clave; porque el lenguaje es cada vez más la casa en la que podemos encontrarnos y vivir. Un lenguaje nuevo que le dé a la búsqueda de intimidad un filo de compromiso, que lo ate a la vida cotidiana, a los avatares de la gente con la que soñamos para construir un mundo diferente y nuevo.

Y la vida consagrada, como un signo más de ese desplazamiento cultural, se siente llamada a ser escuela de comunión y de solidaridad con el mundo del futuro, signo de la gran familia de Dios, en donde todos nos podemos sentir confiados y seguros. Se echa en falta un nuevo hogar universal, en donde todos podamos reunirnos y entendernos, en donde podamos comulgar con las alegrías y las tristezas de nuestros hermanos.


Un nuevo hogar a escala mundial. Un hogar en el que la estrechez de miras y el egoísmo doméstico se estrellen definitivamente; en el que todos podamos tener un espacio humano donde habitar junto a los otros, que ya son nuestros, nos-otros, definitivamente. Eso es lo que anhelamos después de todo: ser con los demás algo más que islas, tender puentes entre los diferentes: sensibilidades, condiciones, hábitos e ideologías. Porque lo que en verdad une no es otra cosa que el afecto, el amor recibido y otorgado.




Una casa no es sólo el espacio en que habitamos, sino que también necesitamos construir en el tiempo, es decir, hacer historia. Nuestros padres y abuelos nos legaron un patrimonio, una propiedad que no es de piedra, sino de valores, de espíritu, de formas de vida, de tradición. Nos entregaron una historia: nuestra propia historia, narración de cosas que vivieron y les marcaron a fuego el corazón. Encuentros y desencuentros, amores y odios, traiciones quizá y también momentos de entrega generosa y ardiente. Pero, por desgracia, esa casa se nos ha envejecido y no sabemos si tenemos ánimos para reconstruirla.

Quizá la gran transformación de la cultura actual sea la imposibilidad de sentirnos a gusto en nuestra propia casa. Antes había una historia que contar y en ella nos sentíamos bien: protagonistas de una epopeya que nos iba a acercar a un futuro de paz y progreso. Ahora ya no. La historia que vivimos, en este trágico momento, es una historia sin ninguna promesa, pero con muchas y variadas amenazas. No tenemos una alternativa global que ofrecer a nuestros hijos, y ello nos sume en el desconcierto y en la tristeza.


La pobre historia que habíamos escrito con sangre los humanos, en muchas ocasiones, se nos ha desleído en sus propias páginas enmohecidas. Y ahora que parece que celebramos el fin de la historia, lo hacemos sin ilusión, y, sobre todo, con la nostalgia de los desmemoriados, de los que no saben, o no quieren saber, ni quiénes son ni de dónde vienen. Sin historia a la que referirnos, nos sentimos todavía más desamparados, en medio de una cultura inhóspita.


Quizá, desde la marca de nuestra consagración original, podamos aún ofrecer un signo de casa humanitaria para nuestros hermanos y hermanas: una casa hecha con nuestras propias manos, de piedras humanas, amasadas de ausencia y de esperanza a partes iguales. Una casa que no tiene cimientos en la cultura en la que vivimos, sino en la promesa de Dios al que creemos, en la que podemos reposar con confianza la cabeza de nuestra desventurada existencia.


Porque tendremos un signo de hospitalidad que ofrecer a nuestro mundo solamente si renunciamos a presentar una historia alternativa del futuro. No conocemos el camino hacia el que orientar nuestros pasos, pero nos alegramos por ello y caminaremos alentados por el Espíritu y por la promesa del Señor. Él será nuestro futuro, la parte de nuestra heredad, y ello es lo que nos hace confiarlo, definitivamente, en sus manos. En realidad ese es nuestro cobijo: sus manos y su corazón de Padre. Su regazo, en el que podemos sentirnos seguros y confiados a su cuidado amoroso y providente.


Porque, a estas alturas, tenemos derecho a sospechar de los que han creído tener en sus manos el camino del futuro (¡todos los totalitarismos de un signo o de otro!). No nos fiamos de los que afirman conocer el gran diseño del mundo. Nosotros queremos instalarnos en lo provisional y en lo concreto y dar los pasos en compañía, memoria y profecía.

En compañía, porque sabemos que sólo unidos podemos mantenernos en marcha hacia lo desconocido, ya que nuestra patria son los hermanos y hermanas que encontramos en el camino. Pero también queremos caminar a la luz del recuerdo, y no de la nostalgia. Sabemos que el cristiano no es de los que vuelven la cabeza cuando abandonan la ciudad desolada hacia otros horizontes de calidad de vida. Y también con los oídos abiertos a la profecía: la propia y la extranjera, que la verdad sólo se nos desvela en la audacia de saber escuchar también al que no parece ser de los nuestros.

La paradoja del cristianismo es que ofrecemos un hogar abierto para todos, pero sin contar una historia de futuro. Cuando Jesús fue llevado a la muerte, cualquier utopía humana, por perfecta que esta fuera, se colapsó. Para sus discípulos se frustró la maravillosa idea de que el Mesías iba a triunfar en Jerusalén. Enfrentados a su pasión y muerte en cruz, se quedaron sin historia que contar. Y se traumatizaron.


Y justo en ese momento terrible, en que su frágil comunidad se venía abajo, Jesús tomó el pan, lo bendijo y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Jesús encarnó la esperanza en un signo: el pan roto que une, la copa que nos une en su Vida para siempre. La eucaristía es la única palabra de futuro que tenemos: es la que funda una nueva historia. Jesús encarnó, con la Eucaristía, una esperanza apasionada, una esperanza crucificada.



Los frágiles itinerarios del riesgo


Como estamos viendo, nuestra sociedad es una sociedad del riesgo. El clima de riesgo de la modernidad es, pues, perturbador para cualquiera: nadie puede eludirlo. Pero el coqueteo activo con el riesgo es una parte importante del clima en el que vivimos. Existen actividades de un «riesgo cultivado»; la planificación de la vida da razón de un «paquete de riesgos», corno consecuencia de la búsqueda de un determinado estilo de vida. Si queremos asumir una vida intensa tenemos que aceptar un conjunto de valoraciones de riesgo.
Sólo con gran esfuerzo se adquiere un sentimiento de comodidad corporal y psíquica en las circunstancias rutinarias de la vida de cada día. Es el resultado de una vigilancia entrenada. El joven o la joven de hoy es capaz de creer que ciertos momentos decisivos para su propia vida no son resultado del destino. Y, por tanto, los tiene que afrontar.

La presunción de confianza ante lo que nos va sucediendo a lo largo de la vida implica el reconocimiento de que todo ello afecta a las previsiones de futuro. Lo que nos espera no es fácilmente previsible, porque siempre está sujeto a riesgos que no podemos controlar. Y también en lo cotidiano, nos vemos enfrentados al riesgo de tener que tomar opciones y darles un sentido que nos refuerce la vertebración personal y la seguridad existencial.


La coraza protectora es el manto de confianza que posibilita el mantenimiento de un núcleo de normalidad viable. Cuanto mayores sean los esfuerzos del joven por forjarse reflejamente una identidad clara, tanto más consciente será de que su práctica habitual configura los resultados futuros.

Una moral fatalista es una posible respuesta generalizada a una cultura secularizada del riesgo. Y, con frecuencia, los jóvenes se ven tentados a ello. Piensan que por mucho que se preparen la vida, esta va a resultarles difícil, y se resignan a ello. Y esto no es bueno.


Pero también es cierto que muchos momentos decisivos obligan al joven, por su misma naturaleza, a cambiar de hábitos y reajustar sus proyectos. La capacidad para trastornar la fijeza de las cosas, abrir nuevas vías y colonizar un segmento de futuro novedoso forma parte del carácter inestable de la modernidad. Deberemos estar muy atentos a esta flexibilidad y prepararles para ella.


Por eso hablamos de itinerarios frágiles. Si algo caracteriza a los jóvenes de nuestros días es, precisamente, la fragilidad de los caminos por los que deberán ir realizando el proyecto personal de su propia vida. No hay caminos trillados, sino la necesidad de roturar los propios con esfuerzo y tesón. Y, sin embargo, hay necesidades que cubrir y deseos que alentar en esta nueva aventura.


La fragilidad de la construcción de la identidad no debería ser una cortapisa, sino el camino, que se deberá abordar con la humildad necesaria de quienes descubren que tienen por delante todo por hacer. No hay referencias estables, sino la firmeza de saberse en manos de Dios, que, al llamarnos, nos pide el abandono más radical y más confiado. Mostrar cómo se va haciendo uno fiel creyente en las vicisitudes de la vida es un modo de acompañamiento muy necesario.


Los momentos decisivos son lugares de discernimiento y de entrega. Hay ocasiones de gracia para abundar en confianza, para dejarse llevar con docilidad extrema en fidelidad al don recibido. Somos llamados a vivir en la promesa, que es aquel horizonte en el que sabemos que Dios nos ama, y nos concede las ocasiones de ir verificando las opciones de la fe.


Lo que esperarnos tiene un lugar de garantía. Y lo poseemos en la fe que profesamos en el Dios de la vida. Tenemos la firmeza de quien sabe que vive entre el presente y lo que vendrá, entre la rendición a la realidad y la confianza en lo que aún es proyecto de futuro en la eternidad del amor de Dios. Los itinerarios del riesgo son los itinerarios de la formación.





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