Círculo conversacional



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EL FIN DEL “CÍRCULO CONVERSACIONAL” EN LAS COMUNIDADES CRISTIANAS PRIMITIVAS

Tercera parte

Ricardo Acuña Díaz



Un nuevo factor entra en juego al considerar la cuestión de la economía de las Comunidades. La “bolsa” o “fondo común” provenía de las prácticas de Jesús mismo y de sus discípulos de la primera hora. Se trata de una práctica muy similar a la de los esenios y a las de otras variantes del judaísmo (especialmente en la diáspora). El mundo pagano, asimismo, conocía de prácticas económicas mutuales en diversas asociaciones de ciudadanos, sin embargo aquellas se sostenían mediante cuotas fijas de los socios, no por erogaciones voluntarias; además, dichas asociaciones no estaban vinculadas a los estratos más bajos de la sociedad, ni tampoco se hacían cargo de los pobres hacia el exterior de las organizaciones –los no socios–, como sí fue el caso de las “ekklesias” cristianas por todas partes. Cada “ekklesia” sostenía su propio fondo de financiamiento con sus donaciones voluntarias. Su propósito era el financiamiento de las necesidades de los miembros más pobres, de los enfermos, de las viudas, de los huérfanos, de los viajeros, de los profetas itinerantes, de los entierros, de las necesidades apremiantes de personas concretas, integrantes de la propia Comunidad o del entorno social (cfr. Tertuliano, Apologético, 39. Ver un fragmento en nota1). En documentos antiguos no cristianos se dice expresamente que la generosidad y asistencia social hacia el entorno de los desvalidos era uno de los motivos más importantes por los cuales el cristianismo se estaba expandiendo tan rápida y eficazmente. Y no era mentira, ya que en sus comunidades los pobres y migrantes de todas las razas encontraban por primera vez de modo masivo e internacional un alero de seguridad social, afectiva, una orgánica de “previsión social” y un espacio de co-gestión libertaria. Tal alero, orgánica y espacio eran experiencias efectivas y muy eficaces. Vea, por ejemplo, la carta del emperador Juliano –llamado “El Apóstata” por los cristianos– dirigida a Arsacio, pontífice pagano, en su intento por restaurar el paganismo. En ella argumenta explícitamente imitando la organización, actitudes y prácticas solidarias de los cristianos (Juliano, Epístola 41 u 84, posterior a diciembre del 361. Vea su texto completo, no siempre fácil de encontrar, en nota2).

El Jesús bíblico apareció, en verdad, como amigo de los parias y los desheredados, de los publicanos y los pecadores, de los enfermos, los tullidos, los estigmatizados. Ensalzó a los pobres y amenazó a los ricos. Exigió renunciar a toda posesión. Condenó al «injusto dios de la riqueza», al «fraude de la riqueza» y su Buena Nueva para los oprimidos favoreció de seguro la rápida expansión de la acción misionera cristiana atrayendo especialmente a esclavos y libertos, a los obreros y pequeños artesanos, a campesinos proscritos, sectores que componían mayoritariamente el cristianismo más antiguo. Sojuzgados por el capitalismo agrario y por la dictadura de los césares romanos, estos hombres habían anhelado, generación tras generación, la redención de su miseria y en el cristianismo veían no sólo un ideal religioso sino también el cumplimiento de las esperanzas proletarias, la liberación de los apremios económicos3.

Hacia el siglo ii las iglesias de las grandes ciudades habían conseguido fondos millonarios y eran capaces, además, de mantener un almuerzo –a veces diario– para los pobres e indigentes, incluso si no eran miembros de las Comunidades4. La administración de esos fondos y de su inversión en organizaciones propias de asistencia social correspondía a los diáconos, bajo la supervisión del obispo de la ciudad y de su consejo (“círculo”) de presbíteros. Desde la primera hora todo ello había estado bajo la tutela y la mirada directa de la asamblea completa de los bautizados, los mismos contribuyentes5.

Interesantes detalles de esta economía eclesial han sido expuestos en los últimos años por historiadores cristianos y no cristianos (como Paul Johnson, Historia del Cristianismo, y Adalbert G. Hamman, La vida cotidiana de los primeros cristianos: Un apasionante viaje por nuestras raíces)6.

Pero la riqueza misma y el aparato exigido para el sostén de sus servicios sociales no estuvieron exentos de problemas y críticas. Podría pensarse que las críticas que el Evangelio de Juan personaliza en Judas (Juan 12,4-6; 13,28-29) estuvieran presentes entre los discípulos de fines del siglo i (Marcos 14,4-5; Mateo 26,8-9): falso celo por la justicia social, reticencia al uso de los fondos para otros fines internos de las Comunidades o del culto, y apetitos ocultos de aprovechamiento económico personal. También puede pensarse que las críticas que el libro de los Hechos pone en boca de los “helenistas” al interior de la Comunidad madre de Jerusalén (Hechos 6,1-2) hayan existido, además, en otros lugares: dificultades operativas en la asistencia (debido al aumento de los discípulos en una ciudad), problemas de inequidad en la administración de las diaconías, y postergaciones de algunos grupos o categorías de personas a la hora de los repartos. De todos modos, hubo sujetos cercanos a las Comunidades que ambicionaron meter mano a esos fondos comunes (personalizados en Simón el Mago –de Hechos 8,9-24– cuyo intento frustrado vino a dar para siempre nombre de “simonía” al comercio de las cosas sagradas) y hay pruebas de que el Estado romano lo intentó, a veces con éxito, mediante la confiscación y la tortura. Hay quienes dicen que la colecta organizada por Pablo en todas las comunidades por él animadas en regiones no judías para ir en ayuda solidaria de la Comunidad madre de Jerusalén (colecta de la que hablan largamente sus cartas y el libro de los Hechos), envolvía una especie de manipulación para “aceitar” las nuevas decisiones que allí se tomarían, de cara a bajar las exigencias al admitir en la comunión eclesial a los grupos de incircuncisos y a las Comunidades de habla griega. El dinero se presta, efectivamente, para corromper los mejores gestos y a las personas más intachables. No olvidemos que está implícito en las tres famosas tentaciones de Jesús en el desierto, de las cuales la primera fue saciar el hambre convirtiendo piedras en pan, la segunda el poder de los reyes, y la tercera el poder del milagro religioso en el Templo. Hay que saber que el Templo de Jerusalén era entonces el más importante del mundo conocido a causa de su Tesoro, el depósito más millonario del orbe al que confiaban sus bienes los reyes, los más ricos y hasta el emperador. Un Templo que actuaba como banco y para ello se aseguraba soberanía propia: la Suiza y “paraíso fiscal” del mundo antiguo… Una descripción de los aspectos más sórdidos de los manejos a que se vieron sometidas las economías solidarias en varias Comunidades de los primeros siglos por parte de los propios cristianos, puede hallarse en la cruda obra de Karlheinz Deschner, Historia Criminal del Cristianismo.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el desaparecimiento de los “círculos conversacionales” de las “ekklesias” en las casas? La cosa se desliza a través del canal de las donaciones. Primero, los discípulos más pudientes han comenzado a donar casas o propiedades a ese fondo común perteneciente a la Comunidad de la ciudad. Es el origen de las llamadas “Domus eclesiae”, anteriores a la entrada en escena de Constantino. Con ello, aunque no se trate todavía de templos, la Comunidad urbana tiene un sitio propio donde reunirse sin tener que recurrir a espacios públicos ni abiertos (en los contornos). Y, por lo mismo, se empieza a dar prioridad a la gran asamblea en torno al obispo y su consejo de ayudantes, abandonando el pequeño grupo que se reunía por las casas. Y ya hemos visto hasta qué punto el gran círculo conversacional de una asamblea mayor cambia la dinámica de la conversación personalizada y directa que había sido propia de Jesús, de los apóstoles y de la primera generación.

Las persecuciones vinieron a reforzar esta tendencia a juntarse sólo en torno al obispo de la ciudad, por la necesidad de un liderazgo fuerte y de sentirse más protegidos en medio de la muchedumbre de los “hermanos”. Las reuniones en las casas eran mucho más visibles para la vecindad que podría denunciarles. Paradojalmente, la única “ekklesia” de la ciudad parecía más potente y se podía reunir, como he descrito arriba, en lugares más escondidos o, durante los períodos de tolerancia, en la propia “Domus eclesiae”. De nuevo, la clandestinidad se conjuga con otro factor, ahora con el aumento en la riqueza de las economías mutuales que las Comunidades urbanas de los cristianos poseían7.

La herencia de Jesús sobre la economía solidaria de sus discípulos estaba siendo socavada. La primera etapa del cristianismo había mantenido su proyecto de cambio social, ahora la cosa estaba cambiando:

Posteriormente, sin embargo, al clero no se le pasó ni siquiera por la mente la idea de modificar las estructuras sociales. Si bien la doctrina de Jesús era revolucionaria hasta el límite, la Iglesia se fue configurando como un poder puramente conservador que iba quebrando el radicalismo evangélico mediante compromisos y relativizaciones cada vez mayores hasta desechar completamente las tradiciones sociales del cristianismo primigenio y asumir íntegramente el sistema económico de la Antigüedad. La muestra más clara de ello es su estricto mantenimiento de la esclavitud, para lo cual Pablo dio ya la consigna: […]. La equiparación religiosa de los esclavos, reconocida ya mucho antes por el culto a Dionisos, se perdió nuevamente en el año 257 en el mundo cristiano cuando el papa Esteban i les vetó el sacerdocio. […] Pues si bien en la época pagana, y por cuenta especialmente de la doctrina estoica sobre la igualdad de los hombres, se había producido al final un ligero viraje a favor de los esclavos, la Iglesia volvió a endurecer su situación jurídica en el s. iv. Y no se limitó a participar de forma preponderante en la posesión de esclavos sino que –algo inusitado hasta entonces– hizo imposible su manumisión. En tanto que «bien de la Iglesia» resultaban inalienables. […] Así también la política clerical de explotación, que extendió desde la antigüedad una miseria inimaginable, está en crasa contradicción con aquel Jesús que, según la Biblia, vive en una pobreza total, fustiga acremente al «Injusto Mammón» (Dios de la opulencia) y el «engaño de la riqueza», exige de sus discípulos la venta de todos sus bienes y la predicación del Evangelio sin llevar dinero en el cinto. Sin embargo, ya en el siglo iii los obispos se conceden a sí mismos el derecho de cubrir todas sus necesidades a costa del erario de la Iglesia. […]8.

A mediados del siglo iii,

el cargo eclesiástico se convierte en una verdadera profesión que permite ganarse el pan, dejando ya de ser, como en épocas anteriores, un oficio «paralelo», añadido a otro profano. De esta suerte la Iglesia evolucionaba hacia una organización seudoestatal9.

Los obispos,

[…] en el siglo iv se convierten en aliados de un estado que sangra a sus súbditos como una sanguijuela. En el v, el obispo de Roma se convierte ya en el mayor latifundista del Imperio Romano. […]10.

Esto fue una escandalosa renuncia al origen jesuánico, que resultaría en una grosera división de los participantes cristianos al interior de los “círculos conversacionales” que se reunían por las casas: con tal consagración de la esclavitud, los miembros de las Comunidades (muchos de ellos esclavos y pobres11) no podían seguir manteniendo la horizontalidad requerida para que un “círculo” sea genuino, igualitario y consensual. Las horas de las “ekklesias” domésticas estaban contadas. Por supuesto, esta traición fue objeto de grandes discusiones y polémicas, incluso durante el punto máximo del viraje:



Algunos emplean su fortuna en edificar iglesias y revestir sus muros de bajorrelieves de mármol, alzan columnas inmensas y decoran sus capiteles con adornos preciosos, enriquecen las puertas con plata y marfil y hacen que en sus altares brillen el oro y las piedras preciosas. No lo reprendo ni me opongo a ello. Cada uno obre según su juicio. Mejor es hacer esto que amontonar avariciosamente las riquezas. Pero a ti se te proponen otros caminos: vestir a Cristo en los pobres, visitar a los enfermos, dar de comer a los que tienen hambre, acoger en tu casa a los que carecen de hogar […] (Jerónimo, Epístola cxxx, a Demetríades, núm. 14).

Quien sin oro envió a los Apóstoles (Mateo 10,9), fundó la Iglesia sin oro. La Iglesia posee oro, no para tenerlo guardado, sino para distribuirlo y socorrer a los necesitados. ¿No es mejor que los sacerdotes fundan el oro para el sustento de los pobres, si no hay otros recursos? ¿Acaso no nos dirá el Señor: “Por qué se ha tolerado que tantos pobres mueran de hambre?... Mejor sería que hubieseis conservado los vasos vivientes que los de metal”. (Ambrosio, Sobre los deberes de los ministros, libro ii, cap. xxviii, núm. 127).

[…] en la comunidad primigenia reinaba, de hecho, cierto tipo de comunismo. También los ebionitas, surgidos de aquélla, insistían en la comunidad de bienes, haciendo de la pobreza un deber ineludible. Cierto que fueron declarados herejes, pero los mismos doctores de la Iglesia predican aún en el siglo iv: «Imitemos a las primeras congregaciones de cristianos que todo lo tenían en común» (Basilio). «La comunidad de bienes es más adecuada para nuestra vida que la propiedad privada y aquélla es conforme a naturaleza» (J. Crisóstomo). Sin embargo, ya en siglo v, el obispo de Roma se convirtió en la persona más rica de todo el Imperio12.

Cuando en el siglo iv Constantino entra en escena donando basílicas (edificios públicos amplios) por diversas provincias y en Roma misma, financiando al clero y otorgando franquicias legales por todo el Imperio, se trata una vez más de “donaciones”, esta vez de parte del emperador y del Estado. Con ello se termina por sellar la desaparición de los “círculos conversacionales” domésticos en cuanto parte axial de la Iglesia, lo que va dejando a las “casas” libradas a su suerte, cuando no directamente excomulgadas. Constantino solo en su lecho de muerte se convirtió al catolicismo; sin embargo, ya a partir del año 313 privilegiaba masivamente a la Iglesia Católica. Hizo perseguir al movimiento de los cristianos originarios a partir de 326: en este año fue decretada por él la así llamada “ley herética” que prohíbe todo tipo de reuniones de cristianos, también las privadas, que difieran del catolicismo. A partir de ese momento se legisla respecto a todo aquel que ponía a disposición una habitación para los cristianos originarios –llamados “herejes”– y sus reuniones: su casa deberá ser traspasada a la Iglesia Católica-Romana13. Durante la edad media, y posteriormente, aumentarán las prohibiciones eclesiásticas para celebrar la misa en los domicilios, en abierta discordancia con la herencia de Jesús. Habrá que esperar hasta el siglo xx para que las pequeñas comunidades domésticas de base residencial vuelvan a ser tomadas en cuenta, aunque con reticencias, por la jerarquía católica.

A todo esto se suma el problema de las infiltraciones: mistéricas, políticas, sicopáticas y transdimensionales. Veamos cada tipo:



  1. Infiltraciones mistéricas. Tanto el problema de la inculturación en pueblos paganos acostumbrados a las “escuelas” y “cultos de misterios”, como el problema de la gnosis cristiana por niveles –que se producía en la “iniciación”–, han permitido la entrada de sujetos de mentalidad y militancia secretas en los misterios. Al menos, a los Catecumenados. Pero no es imposible que algunos más sagaces mantuvieran alguna doble militancia aún después de recibir el bautismo y de su entrada a pertenecer de lleno a las “ekklesias”. Por supuesto, la estructura mistérica también estuvo implicada en el hecho fundacional, con evidentes conexiones al esenismo y claras referencias en el Nuevo Testamento, así que Jesús y su Movimiento no estaban ajenos a esos lenguajes, usos y categorías. Sin embargo, durante el siglo i estas fuentes han de distinguirse –al menos hasta ahora– de las “escuelas de misterios” propias del mundo griego y helenístico. El panorama cambia un poco cuando ese origen ha sido trasladado fuera de Palestina y debe traducirse e inculturarse entre poblaciones donde “los misterios” son de tipo gnóstico griego y helenístico, mixtura que empieza a producirse con Pablo y sus Comunidades14, pero que va haciendo eclosión durante los siglos ii, iii y iv. Lo cierto es que la estructura mistérica se impuso en la enseñanza y en el culto cristiano de las ciudades, así que no es impensable que haya existido infiltración de individuos de falsa conversión o de sincretismo simple y llano (especialmente de intelectuales y personas más letradas, a los que ya en el siglo iii veremos ocupando puestos de liderazgo eclesial en casi todas las grandes ciudades15). Con ello, los “círculos conversacionales” de las casas recibieron una sobrecarga de reinterpretaciones doctrinales, simbólicas y rituales ajenas al Evangelio original. Y tales novedades tuvieron acogida entre los líderes de las asambleas de ciudad, asambleas que –ya a fines del siglo ii– han comenzado a primar.