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CONCLUSIONES



  • Despues de haber pasado los últimos treinta años de mi vida viajando de aquí para allá, hablando con grupos de profesionales, abogados y especialistas en salud mental, y trabajando con miles de padres e hijos de familias divorciadas, queda claro que hemos creado una nueva clase de sociedad nunca antes vista en la cultura humana. Silenciosa e inconscientemente creamos una cultura del divorcio. Resulta difícil comprender lo que significa cuando decimos que los primeros matrimonios tienen un 43% de probabilidades de separase, y que los segundos matrimonios tienen el 60% de posibilidades de terminar en divorcio. ¿Cuáles son las consecuencias para todos nosotros cuando el 25% de las personas entre 18 y los 44 años tienen padres divorciados? ¿Qué significa para una sociedad que la gente se pregunte en voz alta si la familia está por desaparecer? ¿Qué podemos hacer cuando sabemos que las parejas casadas con hijos representan el 26% de los hogares en 1.990, y que los arreglos de convivencia actuales son una casa de gente sin casarse y sin hijos?. Estas cifras son aterradoras. Pero como todos los cambios sociales masivos, lo que está sucediendo nos está afectando de un modo que aún no hemos comprendido.( página 304)



  • Para gente como yo que trabaja todo el tiempo con familias divorciadas, estas cifras abstractas tienen rostros reales. Cuando pienso en la gente que conozco tan bien, puedo relacionarlos con los millones de niños y adultos que sufren de soledad, y todos los adolescentes que dicen “No quiero una vida parecida a la de ninguno de mis padres”. Comprendo a los innumerables jóvenes que no tienen esperanzas de encontrar una relación duradera y quienes, sacudiendo la cabeza, aseguran “Si no te casas, no te puedes divorciar”. Más tarde, o cuando creen que no estoy escuchando, agregan suavemente: “Pero no quiero envejecer solo”. Me preocupa especialmente cómo nuestra cultura del divorcio cambió la niñez. Todos los años se agrega un millón de niños a nuestra marcha del fracaso marital. Como lo explican ellos con tanta elocuencia, perdieron el juego alegre y despreocupado de la infancia, y también los brazos y el regazo consolador de un padre cariñoso que está siempre apurado porque la vida despues del divorcio es muy difícil de manejar. Debemos tomar muy en serio las quejas de los niños que declaran: “El día que mis padres se divorciaron fue el día en que terminó mi infancia”. (página 304-305)



  • Hace muchos años el psicoanalista Erik Erikson nos enseñó que la infancia y la sociedad están vitalmente conectadas. Pero aún no hemos aceptado los cambios introducidos por nuestra cultura del divorcio. La infancia es diferente, la adolescencia es diferente, la adultez es diferente. Sin darnos cuenta hemos creado una nueva generación de jóvenes que se cuidan a sí mismos, junto con toda una generación de padres sobrecargados, que no tienen tiempo para disfrutar de los placeres de la paternidad. Ha sucedido tanto y tan rápido que no podemos retenerlo todo en nuestra mente. Es simplemente abrumador. (página 305)



  • La verdad es que hemos creado una nueva clase de sociedad que orece mayor libertad y más oportunidades para muchos adultos, pero este cambio trae aparejado un elevado costo oculto. Muchas personas, tanto adultos como niños, no tienen una mejor salida. Hemos creado nuevas clases de familias, en las cuales las relaciones son frágiles y poco dignas de confianza. Los niños actuales reciben mucha menos contención, protección y cuidados parentales que los que recibían hace unas décadas. Los matrimonios de larga data se separan a un promedio sorprendente. Y muchas de las generaciones mayores que comenzaron con la revolución del divorcio se encuentran alejados de sus hijos adultos. ¿Este es el precio que debemos pagar por un cambio necesario? ¿No podemos hacerlo mejor? (páginas 305-306)



  • Estamos de acuerdo en que el divorcio tiene efectos a largo plazo. Sabemos que la familia tiene problemas. Aceptamos que los niños criados en familias divorciadas o vueltas a casar tienen una peor adaptación que los adultos criados en familias intactas. Las historias de vida de esta primera generación que crece en una cultura del divorcio nos señalan verdades que no podemos ignorar. El mensaje es claro, punzante y contrario a lo que muchos quieren creer. Me han enseñado lo siguiente: (página 306)



  • Desde el punto de vista de los niños, y teniendo en cuenta lo que les sucede a sus padres, el divorcio es una experiencia acumulativa. Su impacto se incrementa con el tiempo y llega a un crescendo en la adultez. El divorcio se experimenta de distintos modos en cada etapa del desarrollo. En la adultez afecta la personalidad, la capacidad para confiar, las expectativas sobre las relaciones y la aptitud para enfrentar los cambios. (página 306)



  • El primer trastorno se produce en la separación. Los niños están asustados y disgustados, temerosos de ser abandonados por ambos padres, y se sienten responsables del divorcio. A la mayoría los sorprende y muy pocos se sienten aliviados. Cuando son adultos, recuerdan con tristeza y disgusto el poco apoyo que recibieron de sus padres cuando sucedió. Recuerdan cómo tuvieron que adaptarse de la noche a la mañana a una cantidad de cambios que los confundían. Incluso los niños que presenciaron violencia en sus hogares no relacionaron esa violencia con la decisión de divorciarse. Los niños concluyeron silenciosamente que las relaciones familiares son frágiles, y que la unión entre un hombre y una mujer se puede romper de manera caprichosa y sin aviso. Continuaron preocupándose y sintiendo que las relaciones padre-hijo tampoco son confiables y se pueden romper en cualquier momento. Estas experiencias tempranas marcaron sus expectativas posteriores. (página 306-307)



  • Cuando la familia posdivorcio tomó forma, el mundo reflejó lo que más temían. El hogar era un lugar solitario. La casa estuvo desarreglada durante años. Muchos niños tuvieron que mudarse, y dejaron atrás sus escuelas, amigos íntimos y otras pertenencias. Lo que más vívidamente recuerdan cuando son adultos es la pérdida de la familia intacta y la seguridad que ella les brindaba, la dificultad de tener dos padres en dos hogares diferentes, y cómo las idas y venidas les reducían el tiempo para jugar y estar con sus amigos. Los padres estaban ocupados con trabajo, preocupados por reconstruir sus vidas sociales. Madres y padres tenían mucho menos tiempo para dedicar a sus hijos y respondían menos a las necesidades e intereses de los niños. Los niños pequeños sentían que habían perdido a ambos padres, y que no eran capaces de cuidarse solos. Los hijos aprendieron pronto que la familia divorciada tiene paredes porosas que incluyen nuevos amantes, concubinatos y padrastros. Ninguna de esas relaciones resultó fácil para nadie. (página 307)



  • Por necesidad, muchos de los llamados niños maleables perdieron su infancia al hacerse cargo de ellos mismos, de sus padres con problemas y de sus hermanos. Los niños que necesitaban más que una paternidad mínima porque eran muy pequeños o porque tenían vulnerabilidades y problemas especiales se vieron abrumados por la tristeza y el enojo con sus padres. Años más tarde, cuando tuvieron sus propios hijos, la mayoría de los miembros de este estudio afirmó con vehemencia: “no quiero que un hijo mío experimente la infancia que yo tuve”. (página 307-308)

Como nos dijeron los niños, la adolescencia comienza antes en las familias divorciadas y, comparada con la de los jóvenes criados en familias intactas, es probable que incluya experiencias sexuales tempranas para las niñas y mayor consumo de drogas y alcohol para muchachas y muchachos. La adolescencia es más prolongada en las familias divorciadas, y se extiende hasta los primeros años de la adultez. Durante todos estos años, los hijos del divorcio se preocupan por no seguir los pasos de sus padres, y luchan con la sensación de que ellos también fracasarán en sus relaciones. (página 308)

Pero los hijos del divorcio sufren más en la adultez. El impacto del divorcio los golpea más cuando van en busca del amor, la intimidad sexual y el compromiso. La falta de imágenes internas de un hombre y una mujer en una relación estable y los recuerdos del fracaso de sus padres para mantener el matrimonio perjudican esa búsqueda y los llevan a la desilusión y la desesperanza. Afirman: “Nadie me enseñó”. Se quejan con amargura de que no están preparados para las relaciones adultas, que nunca vieron “un hombre y una mujer felices bajo el mismo techo”, y que no tienen buenos modelos sobre los cuales construir sus esperanzas. Y realmente les cuesta saber qué tipo de persona están buscando. Muchos terminan con parejas inadecuadas o con muchos problemas en relaciones que estaban condenadas desde un principio



El contraste entre ellos y los niños de familias intactas buenas, cuando ambos van en busca del amor y el compromiso, es sorprendente. (Como expliqué en este libro, los niños que crecen en familias intactas muy infelices o violentas enfrentan una infancia afligida y trágicos desafíos en la adultez. Pero como sus padres no están interesados en el divorcio, éste no se convierte en parte de su legado). Los adultos en los veinte años que provienen de familias intactas razonablemente buenas o moderadamente infelices comprenden las demandas y sacrificios que requiere una relación comprometida. Recuerdan como sus padres se esforzaron por superar sus diferencias y cómo ellos colaboraron en una crisis.. Desarrollaron una idea general de la clase de persona con la que querían casarse. Y lo más importante: no esperaban fracasar. Aquellos que provenían de familias intactas consideraban el ejemplo del matrimonio de sus padres como algo muy valioso cuando tuvieron los inevitables problemas maritales. Pero los adultos de familias divorciadas sufrieron grandes desventajas cuando tuvieron que enfrentar las tensiones normales de un matrimonio. La ansiedad con respecto a las relaciones estaba marcada a fuego en sus personalidades y permaneció allí aún en matrimonios muy felices. Temores acerca de desastres y pérdidas repentinas surgían cuando estaban contentos. Y el temor al abandono, la traición y el rechazo aparecía cuando estaban en desacuerdo con alguien a quien amaban. Después de todo, el matrimonio es una pendiente resbalosa, y sus padres habían caído por ella. Todos tuvieron problemas para enfrentar las diferencias o conflictos moderados en sus relaciones más cercanas. La primera respuesta fue el pánico, seguida por la huida. Tuvieron mucho que reparar y mucho que aprender en poco tiempo. (páginas 308-309)

LO QUE PODEMOS HACER Y LO QUE NO PODEMOS

  • Pocos centros han desarrollado programas para ayudar a las familias a enfrentar los conflictos y la violencia familiar. Como sociedad, no hemos establecido servicios para ayudar a que la gente alivie las tensiones del divorcio. Continuamos con la creencia de que el divorcio es una crisis transitoria, y que tan pronto como los adultos vuelven a estabilizar sus vidas, los niños se recuperarán por completo. ¿Cuándo se comprenderá la verdad? (página 311)



  • Yo comenzaría con un esfuerzo por fortalecer el matrimonio. Es obvio que para restablecer la confianza en el matrimonio no podemos pedir un regreso al matrimonio tal como era antes. Para mejorar el matrimonio debemos comprender la naturaleza de las relaciones hombre-mujer contemporáneas. Debemos apreciar las dificultades de las parejas modernas que deben equilibrar trabajo y familia, separación y unión, conflicto y cooperación. No es una casualidad que el 80% de los divorcios se produzca en los primeros nueve años de matrimonio. Estas nuevas familias deberían ser nuestro objetivo. (página 311)

¿Qué amenazas al matrimonio podríamos cambiar? En primer lugar existe un serio desequilibrio entre las exigencias laborales y las necesidades de la vida familiar. El mundo de la empresa no tiene en cuenta el impacto de su política sobre padres e hijos. Algunas compañías reconocen que los padres necesitan tiempo para estar con sus hijos, pero no comprenden que el lugar de trabajo ejerce una gran influencia en la calidad y estabilidad del matrimonio. Los programas de trabajo intensos y la inseguridad laboral corroen la vida matrimonial. Las familias con niños pequeños posponen las charlas íntimas, el sexo y las amistades. Estos son los vínculos que fortalecen un matrimonio. Cuando el jefe llama, vamos a la oficina. Cuando el bebé llora, levantamos al niño. Pero cuando la pareja está en crisis, esperamos que se arregle sola. La mayoría de los países de Europa occidental tienen licencias familiares pagas. ¿Y nosotros? ¿Por qué continuamos ofreciendo licencias sin goce de sueldo? Una solución adicional podría ser otorgar beneficios impositivos y de seguro social a aquellos padres que quieran quedarse en casa a cuidar los niños. Esto solo podría aliviar las cargas de muchos matrimonios. Nuestras sugerencias para aliviar las tensiones de las familias jóvenes incluyen mayores oportunidades de trabajo de medio tiempo, seguridad de que las personas que toman licencia familiar no perderán sus puestos de trabajo, ventajas impositivas para las familias y muchas otras ideas que han estado en el tapete durante años. La política pública no puede crear buenos matrimonios. Pero puede amortiguar algunas de las tensiones que enfrenta la gente, en especial en los primeros años cuando las parejas necesitan tiempo para establecer su intimidad, una vida sexual satisfactoria y una amistad que los mantendrá unidos durante los desafíos inevitables que los esperan más adelante. Si realmente estamos interesados en mejorar el matrimonio para que la gente tenga tiempo para sí misma y para sus hijos, debemos realinear nuestras prioridades, alejándolas del mundo laboral y acercándolas a la vida familiar. (página 311-312)

  • También deberíamos tratar de ayudar a las legiones de jóvenes adultos que se quejan con amargura de no estar preparados para el matrimonio. Como se criaron en hogares con problemas o divorciados, no tienen idea de cómo elegir una pareja o qué hacer para construir una relación. Consideran el divorcio de sus padres como un terrible fracaso, y piensan que están destinados a seguir los mismos pasos. Muchos adultos permanecen en matrimonios infelices para evitar el divorcio. No sabemos si podemos ayudarlos con métodos educativos porque no lo hemos intentado. Nuestra experiencia es demasiado limitada y nuestros modelos experimentales no existen. Pero cuando tanta gente joven nunca ha visto un buen matrimonio, tenemos la obligación moral de tratar de intervenir de manera preventiva. La mayoría de los programas que brindan consejos matrimoniales apuntan a parejas comprometidas que pertenecen a iglesias y sinagogas. Es un buen comienzo que debería extenderse. Pero muchos ofrecen muy poco y llegan demasiado tarde para promover cambios en los valores o conocimientos individuales. (página 312)



  • Excepto aquellos que se criaron en familias divorciadas, poca gente comprende la forma en que el divorcio moldea no sólo la vida de un niño sino también al niño. Como vimos en muchos hogares, la paternidad se corroe de manera casi inevitable en el momento de la separación y no se regenera por años, o a veces nunca. Los cambios en la paternidad y en la estructura familiar delegan mayores responsabilidades en el niño que debe cuidarse solo. Este se convierte en una persona diferente al adaptarse a las nuevas necesidades y deseos de sus padres y padrastros. Muchos advirtieron la angustia de sus padres y trataron de rescatarlos. Otros permanecieron enojados con sus padres por la poca atención que les brindaban y los juzgaron con dureza.. Otros ansiaban la familia que habían perdido y trataron de revertir la decisión del divorcio. Y otros asumieron la responsabilidad de mantener la paz y transitaron con sumo cuidado toda su infancia. Estos niños tomaron varios caminos, pero todos cambiaron en forma significativa a raíz del divorcio. Y como el carácter y la conciencia de los niños todavía estaba en formación durante los años posteriores al divorcio, los nuevos roles que asumieron en la familia tuvieron profundos efectos en la clase de personas en las cuales se convirtieron y en las relaciones que establecieron cuando alcanzaron la adultez. (página 314)



  • Tengo otro consejo para aquellos padres que deciden divorciarse. No actúen impulsivamente. Piensen de manera realista lo que será su vida despues del divorcio. Si necesitan volver a la escuela háganlo antes de divorciarse. Consideren los pros y los contras cuidadosamente. Tengan en cuenta que necesitan pasar mucho más tiempo con sus hijos, deberán darles mayor contención y aliento después del divorcio, y que su presencia podrá ser más necesaria durante la adolescencia. Sus hijos pueden ser más exigentes, estar más enojados o ser más difíciles de manejar que antes. No importa los acuerdos sobre la custodia que haya realizado, siempre estará solo para tomar decisiones, asumir responsabilidades y para guiar a su hijo. Así que prepárese para tiempos de soledad y turbulencia. (página 316)

Los niños pequeños que pierden a ambos padres porque papá se mudó y mamá volvió a trabajar, sufren terriblemente. Estos niños buscan en forma patética a sus padres perdidos en todas partes. Los jóvenes de nuestro estudio, que tenían tan poca capacidad para comprender los cambios en su vida o para cuidar de sí mismos, continuaron siendo vulnerables durante todo su crecimiento y en la adultez tuvieron más problemas que los niños que eran mayores en el momento de la separación. (página 316)

  • Y así llegamos a preguntas críticas. ¿Qué valores tiene esta generación en lo que se refiere al matrimonio y al divorcio? ¿Dejaron de lado el matrimonio para optar por la convivencia? ¿El matrimonio está destinado a desaparecer? El voto de esta generación es claro. A pesar de su experiencia directa de ver el fracaso de los matrimonios, desean relaciones duraderas y fieles ya sea en el matrimonio o en la convivencia. Ningún adulto soltero de este estudio acepta la idea de que el matrimonio va a desaparecer. Ellos quieren estabilidad y una vida diferente para sus hijos. Aceptan el divorcio como una opción, pero creen que éste en una familia con hijos debe ser un último recurso. Aquellos que están felizmente casados se sienten bendecidos. Nunca esperaron tener una familia feliz propia, y están agradecidos por su buena suerte. Como hijos del divorcio, están ansiosos por volver a escribir la historia, no por repetirla. Quieren hacer mejor las cosas que sus padres. (página 323)

Para todos los jóvenes, una boda aún simboliza un compromiso de por vida. Pero entre los hijos del divorcio, el casamiento representa un triunfo sobre el temor. (página 323)

COMENTARIO PERSONAL

He querido transcribir literalmente las conclusiones de la Doctora Judith Wallerstein, para mostrar a todos aquellas personas afectadas por el tema del divorcio; es decir, toda la sociedad: esposos, esposas, hijos, y aquellos interesados en buscar soluciones a la gran crisis social: gobernantes, ONG, empresarios, líderes comunales, instituciones religiosas, centros de ayuda familiar y demás, todas las consecuencias negativas que se producen a todo nivel y que afectan de una manera desastrosa todos los estamentos de la sociedad

Es importante ver en estas conclusiones de este completo estudio, el por qué de los diferentes problemas que atraviesan nuestras sociedades. Las causas primarias de todo este caos se originan al interior de las familias

Despues de leer estas páginas podremos entender el POR QUÉ Dios no dio el divorcio como una opción, y también entender que es importante emprender campañas de sensibilización en pro de la familia, y programas de ayuda para que los matrimonios puedan superar sus crisis personales. Si se quiere verdaderas soluciones a la crisis social, hay que trabajar en la fuente de la misma: LA FAMILIA CON TODOS SUS COMPONENTES

Alvaro Gallo Ospina

Director


Corporación VIVIR EN FAMILIA.

Impulsador de la campaña EL DIVORCIO…UNA MALA OPCIÓN

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