Contraculturas de la irracionalidad



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Capítulo III
Contenido de las contraculturas
Contraculturas de la irracionalidad
Nada es real,

no hay nada de qué preocuparse

;Campos de fresas eternos!
Lennon y McCartney: Strawberry fields forever
La revolución debe ser cultural, porque sucede que la cultura

gobierna la maquinaria políticoeconómica y no al contrario.
Charles A. Reich: El reverdecer de América
El modo de producción industrial de la modernidad exige del ser humano un cierto grado de razonamiento lógico y científico, y la aplicación de normas de causalidad estricta. No sólo este modo de producción ha sido favorable al desarrollo de un pensamiento científico, ni tal actitud se aplica a todos los reinos de la existencia en la irracional y contradictoria colectividad industrial alienada. Pero el dominio de complejos procesos industriales presupone un cierto manejo del pensamiento científico, una cierta conciencia de las ligazones entre causas y efectos. Este uso limitado y unilateral de la facultad de razonar ni aborda ni resuelve los problemas fundamentales de la vida del hombre, porque en la sociedad industrial capitalista la ciencia y la técnica se aplican sólo para obtener plusvalía.

De allí que, para el adolescente y para buena parte de los adultos marginados de los países modernizados, lógica y ciencia aparecen como un árido e implacable conjunto de recetas utilitarias que mejoran poco el destino del hombre y que, en muchas oportunidades, lo empeoran. La tecnología alienada y deshumanizada puede provocar una actitud de rechazo hacia la técnica en su conjunto1. Y alentar, bien nostalgia hacia pasados ideales que nunca existieron, bien irracionalismo y rechazo sistemático y global de la razón.

Este fenómeno no es nuevo. En numerosas civilizaciones han existido escuelas de pensamiento tanto anticientíficas cómo antilógicas2.

Y el artista, cuya producción obedece a procesos subjetivos todavía insuficientemente aclarados, tiende a sentir un antagonismo hacia la ciencia y la tecnología, disciplinas cuyo objetivo último consiste en la clarificación y en la posibilidad de duplicar impersonalmente cualquiera de los procesos del universo. Este antagonismo se traduce en tendencias y escuelas abiertamente antiindustriales y antitécnicas. A la fe en el progreso que manifiestan en un principio los escritores de la modernidad: los de la Ilustración, y luego los filósofos positivistas, se oponen el romanticismo, que preconiza una vuelta al pasado feudal; el prerrafaelismo, que retorna a los modos de expresión medievales; el surrealismo, que trastorna todos los valores y los sistemas de la civilización, y vuelve al pensamiento mágico de la colectividad primitiva, y el dadaísmo, cuya intención destructiva total quiere regresar al caos primigenio.

En ellos está clara la intención de épater le bourgeois: el administrador de la colectividad industrial. Varios lo logran, mientras dejan indiferente a la masa trabajadora. Las representaciones de teatro dadaísta causaron histeria y rabia en el público culto, y dejaron totalmente frío al obrero, que no conocía el cuadro de la cultura contra el cual insurgían estas formas de arte y, por tanto, no las comprendía, ni sentía nada ante ellas3.

La subcultura pop se nutrirá imparcialmente de esas antiguas fuentes de insurgencia contra la cultura industrial, industrializándolas a su vez, vale decir, falsificándolas. Eleanor Rigby y Lucy on the sky with diamonds tienen letras equiparables a las de los mejores poemas surrealistas. Lady Madonna es puro dadá. Los procedimientos de composición de los Beatles tienen vínculos con la escritura automática4. Paralelamente, las artes gráficas de la contracultura retoman el formalismo de Beardsley y de los prerrafaelitas, exacerban su carácter decorativo con patrones del arte oriental y motivos de la pintura surrealista, y producen el arte sicodélico.

En el mismo abundan paisajes arcádicos de una Edad Media inventada y arquitecturas de una India de ensueño. Los impactos dependen, como en el surrealismo, de la yuxtaposición de imágenes no relacionadas entre sí. El color es alterado para transmitir efectos irreales en la misma forma en que lo hicieron Gauguin y Matisse. La finalidad es producir el equivalente artístico de la alucinación, empleando eclécticamente técnicas tomadas en préstamo de las culturas y de las tendencias más disímiles. Y así, mientras el pop art nos enfrenta de manera implacable con la frialdad del diseño industrial, el arte del pop nos coloca ante paisajes de civilizaciones preindustriales, y nos muestra seres humanos o animales embebidos en actividades no utilitarias5.

Este canto a los motivos de las culturas preindustriales es paradójicamente difundido por los medios de la cultura industrial. La manifestación visual preponderante de la cultura pop es el poster, cuyas refinadas impresiones se difunden en tiradas de millones y cuya presencia se hace obsesiva. La manifestación auditiva es la canción, referida usualmente también a atmósferas irracionales o arcaicas, pero difundida por la radio, la televisión, la cinta, el video y el disco, y degustada mediante equipos de aterradora complejidad. Un ritual de la cultura pop consiste en ajustar los controles de un equipo de sonido parecido al centro de lanzamiento de una nave espacial, para degustar el encanto rústico de una balada de Bob Dylan. La tecnología se convierte así en el vehículo y en la precondición de la subcultura que la niega.

El surrealismo y el antiindustrialismo terminan por ser hechos a máquina, e impuestos mediante estudios de mercado. Los técnicos enseñan a las computadoras a producir horóscopos y poemas, y las grandes casas editoras imprimen libros con imágenes expresamente destinadas a ensamblar cóllages6. La cultura del pop desemboca en un irracionalismo domesticado, que constituye válvula de escape, pero no peligro, para la lógica unilateral de la modernidad.

Marx propuso que los filósofos se dedicaran, no sólo a interpretar la realidad, sino, además, a modificarla. Nos cabría, en plena época industrial, ver a los canales de difusión proponiéndonos que renunciemos, no sólo a modificar la realidad, sino además a entenderla. La protesta del pensamiento delirante, de la droga, de los cultos y de las modas culturales se convierte, entonces, de manera involuntaria, en sostén del sistema contra el cual insurgió.


Cultura y pensamiento delirante
Dos son los frutos del pensamiento delirante: las asociaciones de ideas insólitas y la liberación de las categorías del tiempo y del espacio. Ambos constituyen etapas de un mismo proceso.

Pensar consiste en clasificar percepciones de acuerdo a sus semejanzas y sus diferencias. En sentido evolutivo, podría ser definido como un proceso que tiende cada vez más a definir diferencias conforme a estructuras progresivamente complejas. Las primeras percepciones del niño son, en efecto, muy sencillas. Al principio, no distingue entre lo cercano y lo lejano, entre interior y exterior, entre objeto y sujeto. Las categorías de tiempo y espacio han de ser aprehendidas a través de un entrenamiento7. La enseñanza provee al infante de un número cada vez mayor de categorías diferentes a las cuales referir sus vivencias. avance de la cultura a través de las generaciones determina que estas categorías, al hacer cada vez más estrecho el orden de los fenómenos a que se refieren, vayan perdiendo su relación con la totalidad de la experiencia, y por lo nto esterilizando y empobreciendo las posibilidades del conocimiento humano. Así como la especialización del trabajo aliena al trabajador, la del conocimiento aliena la conciencia, al reducir sus operaciones —como las del obrero dustrial— a movimientos rigurosamente previstos, sobre materiales minuciosamente seleccionados, en secuencias estrictamente preordenadas. Cualquier variación del movimiento, del material o de la secuencia desordena la producción masa y altera la uniformidad del producto. Así, la cultura tiende a escindir aplicación de la inteligencia en compartimientos estancos cuyo estadio óptiD es aquel en el cual las conclusiones del estudio son aplicables exclusivamente propio compartimiento. El filósofo, el teólogo y el estructuralista perfeccionan dentro de sus propios campos aparatos conceptuales cada vez más autísticos y menos fructíferos. El pensamiento «lógico» debe permanecer necesariamente dentro del territorio y los procedimientos que la cultura le ha consagrado.

Por contraposición a tal forma de conciencia, el pensamiento delirante traspone de manera audaz las categorías, y establece entre ellas contactos insólitos8.

Tal hibridación tiene como fruto negativo la amenaza de desorden, y como .tto positivo la posibilidad de un encuentro fecundante que contamine, pero .a vez haga productiva, la rígida formalidad de la categoría. Por ello todas grandes revoluciones del pensamiento han sido tenidas al principio —y con razón— como erupciones de pensamiento delirante. Galileo transgrede los procedimientos retóricos de la filosofía natural, contaminándolos de la verificación práctica. Copérnico envenena el antropocentrismo humanístico del pensamiento medioeval con argumentos matemáticos. Darwin subvierte la inmovilidad teológica de la creación, contraponiéndole consideraciones de anatomía comparada. Marx revoluciona las categorías culturales ligándolas con definiciones económicas; Pasteur subvierte la medicina haciéndola volver su atención hacia el fenómeno de la fermentación —que en la época sólo interesaba a los químicos—, y Freud contamina a la clínica de sicología y a la sicología de clínica. Es por ello que con tanta frecuencia las revoluciones en una disciplina son provocadas por profesionales de otra distinta, que vitalizan a la primera insuflándole métodos y puntos de vista hasta ese momento culturalmente extraños. Estas transgresiones tienen también efectos fecundantes en las artes, que nacen de una unidad primitiva para —al igual que el resto del pensamiento— escindirse en disciplinas y en géneros progresivamente especializados, y a veces progresivamente estériles. Toda revolución artística consiste en una violación de cánones, o en la contaminación de un género con temas y procedimientos traídos de otras áreas de la cultura, o en ambas cosas a la vez.

Es por ello que con tanta frecuencia los testimonios de los autores de aportes profundamente originales en las ciencias o en las artes se refieren a soluciones logradas a través de la intuición, del sueño, la analogía aparentemente disparatada, o la visión9. Tales síntesis deben lograrse mediante procedimientos heterodoxos, precisamente porque los cauces ortodoxos de la disciplina han tenido éxito, a través de su perfección formal, en convertirse en un sistema cerrado donde nada entra, pero de donde nada sale.

Sin embargo, no toda transgresión es fructífera. Aquélla que relaciona categorías diferentes para integrarlas en un nuevo orden totalizador, es productiva. La que meramente incrementa el desorden entrópico, es deleznable. Las transgresiones de Beethoven al orden del clasicismo son deleitables; las de un estudiante de piano tropezando en una partitura, atormentadoras. Las infracciones de Lovatchevsky, Gauss y Riemann a la geometría euclidiana iluminan caminos para entender la naturaleza del espacio: las de un estudiante de geometría que falla por ignorancia, son deplorables. Como lo hace ese conjunto de sistemas abiertos que es la vida, el pensamiento creador aprovecha el desorden para erigir sobre él órdenes cada vez más totales y más complejos: para crear, en un entorno entrópico, estructuras antientrópicas dotadas de estabilidad estructural.

Esta consideración define los poderes y los límites del pensamiento delirante, así como sus posibilidades y sus fallas en el campo de la cultura. El pensamiento delirante favorece la unión orgiástica entre las parcialidades separadas del intelecto, iniciando así la condición primaria de una fecundación, que es la integración de opuestos en una unidad autónoma y viable. Pasado este grado, la orgía produce quimeras, susceptibles todavía de apreciación estética. Un poco más allá, se hace estéril, y conduce al caos, en el cual hay presente energía pero en un estado de degradación tal que es imposible usarla.

Ello nos lleva al análisis del segundo fruto del pensamiento delirante, a la vez el más hermoso, y el más devastador. Al llevar al colmo la unión orgiástica las categorías, el pensamiento delirante las confunde totalmente —es decir, deja de apreciar diferencias, y por ende deja de ser pensamiento— y se resuelve i una estática contemplación de la totalidad. En esa experiencia —común en fiebre, la intoxicación, el éxtasis místico, la crisis chamánica, la sicopatía y inspiración artística— se abisman, primero, las accidentalidades y particularidades de la experiencia; luego, la separación entre interior y exterior, y finalmente las categorías de tiempo y espacio, paca llegar a un estado que no pueden mensurar los instrumentales de la ciencia exacta, y que los de la poesía mística apenas connotan10. El delirio sólo puede ser aludido por ese otro defio que es la metáfora: es la noche oscura del alma, o la pureza de la percepción, o la comunicación directa.

Si nos atenemos a sus cualidades externamente apreciables —no a las internas, que son indescriptibles— esta etapa es la reversión de todo el proceso de formación de categorías de la conciencia a un estadio indiferenciado, y por lo tanto, al último escalón entre, la conciencia y la nada. En cuanto lo que se percibe no puede ser definido, un análisis de texto llevaría a describir tal estado como una esplendorosa contemplación del vacío. A partir de él, hay que confrontar el resto de la experiencia sensible y del mundo de la cultura, en un doloroso pasmo similar al que animó a Nietzsche y a Dostoievski al confrontar existencia humana con esa otra vacuidad descubierta por la razón humana: nihilismo, el discurso de la nada. El grado extremo de la experiencia del pensamiento delirante lleva, por ello, de manera lógica y natural, a un retiro de los condicionamientos de la cultura —una cultura cuyas diferenciaciones han perdido realidad en aras de una percepción totalizante— y, en la última fase la aventura, a la búsqueda de asideros deleznables contra la magnitud de experiencia. Por ello, los cultores del pensamiento delirante siguen con tanta frecuencia un camino predecible, que los lleva, de una ruptura con el orden, a búsqueda del más banal asidero irracional que los proteja de la consecueni, final de la contemplación de la nada: la inmersión en ella11.

Tanto la inmersión de la contracultura en el pensamiento delirante como sus lastimosas maniobras para sustraerse a las últimas consecuencias de éste, presentan una lógica transparente y necesaria. La contracultura se hunde en la irracionalidad porque cree advertir que las categorías de la cultura están a punto de cerrarse y de hacerse infecundas; que todo trabajo dentro de los cotos cerrados de las disciplinas y de las doctrinas tenderá a ocluirlas más. Por tanto, la contracultura intenta llevar la confusión de los órdenes hasta la orgía fecundante, y, más allá, hasta la recuperación de la totalidad de la cual la especialización del trabajo y la especialización de la cultura han alienado al hombre.

La incapacidad de integrar estos encuentros entre categorías en órdenes superiores significó el fracaso de la contracultura; y produjo su lamentable intento de reencontrar una estabilidad prefabricada en las panaceas de la religión, el ocultismo, la moda cultural y la sicoterapia; esas parciales racionalidades de segunda que son el ersatz de la gran empresa de la inteligencia: la captación simultánea de la multiplicidad y la totalidad unificadora de la experiencia.
Antisiquiatría y sociedad alienada
Las contraculturas no tienen una siquiatría, porque postulan lo irracional como meta y como enseña. En realidad, hubo un definido propósito de presentar a todas las manifestaciones contraculturales como signos de desarreglo síquico; y de hecho, fueron tomadas como tales por los sectores conservadores. El adherente a la contracultura adoptó la ropa heterodoxa y rechazó las normas de conducta ortodoxas: rechazó la droga entorpecedora y adhirió a la droga expansora de conciencia; dejó la competitividad, y definió el status por el fracaso: fool, freak y drop out dejaron de ser epítetos insultantes, para convertirse en ideales. Una década antes, manifestaciones de conducta tales habrían configurado un caso siquiátrico: durante el pop, constituyeron un «fenómeno», porque no se puede encerrar a toda la marginalidad de un sistema detrás de las rejas de un hospital siquiátrico. La aparición de una gran masa que había elegido de manera unánime lo que aprecia ser una conducta delirante, planteó de nuevo el problema de la definición social de los criterios de normalidad y anormalidad, y llamó la atención sobre la antisiquiatría, el movimiento que justamente analiza y cuestiona los mecanismos de esta definición.

La comparación entre el aumento demográfico de la sociedad industrial y el crecimiento de las enfermedades mentales, plantea la posibilidad de que la misma sea patógena, y de que lo sea por enferma. Aún está por aclarar la verdadera causa de la enfermedad mental. No podemos resolver tal incógnita, pero si considerar como objeto cultural el conjunto de teorías que intentan explicarla.

En este sentido, se puede verificar una paradoja asombrosa: dominan el campo de la siquiatría teorías que atribuyen un origen exógeno —vale decir, social— la enfermedad mental, y que al mismo tiempo trabajan casi exclusivamente sobre el individuo aislado. Tal comportamiento equivaldría al de un grupo de médicos que, reconociendo que el suministro de agua de un pueblo está infectado de cólera, se limitara a tratar individualmente a cada contagiado, sin plantearse el problema de la purificación de las aguas. Ello es comparable a una ceguera histérica de la profesión médica —ceguera protectiva, ya que no han do halagüeños los destinos de los terapeutas que, como Wilhelm Reich, se revieron a insinuar la necesidad de una reforma social para garantizar un grado aceptable de salud mental.

La lógica oculta de tal sinsentido estriba en que es más fácil operar sobre capacidad de aceptación de un individuo, que sobre el carácter antihumano una sociedad. El tratamiento es un ritual chamánico invertido tendiente a conciliar al doliente con la esencia inmodificable e inatacable de aquello mismo que lo ha enfermado: la opresión social. El resultado de la terapia exitosa la rendición total al requerimiento de la sociedad —aunque este requerimiento, como lo postula Freud, sea el de una represión sexual omnipresente, que lleva icia la realización colectiva de un instinto de muerte. La curación supone que paciente pueda funcionar en las condiciones corrientes de la sociedad alienas, que el propio terapeuta califica como tanáticas y antihumanas. Adhiere a te punto de vista el conjunto de terapias basadas en la acción grupales sobre individuo, que definen la curación por la medida en que el "paciente" adopta e internaliza los valores del grupo y puede entonces vivir en sociedad —si los valores grupales coinciden con los de la sociedad— o quedar anclado en grupo terapéutico como único punto de referencia y apoyo.

Por ello no es extraño que en el seno de la sociedad alienada hayan surgido cuelas que señalan al agente patógeno más que al paciente. El «antisiquiaa» sostiene que no se puede ser cuerdo en una sociedad irracional: la « antisiaiatria» postula que la llamada enfermedad síquica sólo puede ser comprenda y tratada si se toman en cuenta y se modifican las relaciones del paciente con su entorno social; y si se admite que este ambiente es el elemento patógeno. La antisiquiatria, por tanto, deriva hacia la política, y se detiene en sus nbrales al indicar que, antes que hablar de un paciente anormal, hay que denunciar una familia o una sociedad alienadas.

Para comprender en qué medida esta afirmación constituye un avance con re specto a la siquiatría convencional, debemos definir un modelo general de dolencia sicógena, para distinguir luego sus variantes. Una enfermedad mental cógena es la perturbación que se produce cuando los estímulos se hacen tan contradictorios, que la mente no puede implementar la respuesta apropiada. Esta definición, que hemos derivado de los experimentos de Pavlov12 es, sin más, aplicable a la aparente diversidad de las explicaciones que ha intentado siquiatría contemporánea, produciendo escuelas en las que la diferencia esencial es terminológica. En efecto, según Freud, la neurosis es provocada por la contradicción de estímulos entre la represión social y la libido13. Para Adler, sería causada por la oposición entre la ambición de poder y las limitaciones impuestas por el ambiente natural y social14; es decir, por las «exigencias inexorables de la comunidad ideal». Para Jung, la neurosis sería causada asimismo por un conflicto entre el instinto y el condicionamiento social, que obliga a la sique a refugiarse en una etapa regresiva de su desarrollo y a negar su totalidad, reprimiendo como sombra, o también como ánima o animus aquellos aspectos de la propia personalidad inaceptables para la conciencia15. Para Skinner, sería provocada por un condicionamiento deficiente —esto es, contradictorio o débil16. Para Wilhelm Reich, por la represión de la fuerza orgásmica, encadenada por una sociedad represiva que congelaría tanto la sique como el soma del individuo en una rígida «armadura del carácter»17. Para Laing, sería desencadenada por la confusión de estímulos contradictorios de un entorno familiar o social que ofrece al individuo opciones igualmente negativas: «dobles vínculos» o «nudos» insolubles. Esta visión es compartida por casi todos los teóricos de la antisiquiatría, entre ellos David Cooper18. Desde antiguo, todos los literatos han empleado tal mecanismo como desencadenante de situaciones dramáticas, e, incidentalmente, de locura. Según Goffman, la dolencia mental advendria cuando el individuo acepta para si un rol minusválido —el de estigmatizado, el de portador de una identidad negativa o el de paciente— que le impone el entorno social19. Los límites de estas teorías son claramente definidos: ninguna de ellas explica por qué la enfermedad se da en determinado caso y no en otro; por qué en algunos la contradicción es patógena y en otros se resuelve de manera supuestamente normal.

Si la similitud del modelo de enfermedad propuesto es asombroso, las soluciones al desarreglo difieren, según que el terapeuta proponga una modificación del sistema condicionante o del sujeto condicionado. Para Freud, la curación está en adaptarse á las normas represivas de la sociedad, aunque estén minadas por la destructividad tanática. Para Adier el destino del individuo «integrarse y cooperar», cumplir con las «exigencias inexorables de la comunidad ideal». Jung también sostiene que la solución del conflicto está en la modificación interna del individuo, quien debe recuperar la totalidad suprimida su función síquica, logrando una comunicación armoniosa entre los aspectos externos y los reprimidos de su ser. El resto de las escuelas o individualidades siquiátricas, al definir que el causante de la enfermedad es el ambiente patógeno, apunta, de manera explícita o implícita, orgullosa o vergonzante, a revolución, a la transformación de las estructuras y mecanismos del sistema condicionante. Tal afirmación parece derivarse de la obra de Pavlov. Skiner, su seguidor reluctante, asume con tal claridad esta consecuencia, que propone en Walden Dos la construcción de una máquina condicionadora infalible: a sociedad perfecta20. No es por ello extraño que Skinner haya comenzado taestrando palomas, y concluido escribiendo utopías.

Quien desee sostener que el desajuste síquico se debe a un desbalance bioquímico terminará, como Linus Pauling, señalando que la pobreza dietética de alimentos de la colectividad industrial alienada, el uso irresponsable de metales como el plomo en las cañerías, y la liberal dosificación de venenos industriales, constituyen un apreciable elemento desencadenador de sicosis21.

Reich, por su parte, propone sin ambages la revolución: esta sinceridad, más e la venta de máquinas acumuladoras de fuerza orgónica, le costó morir en prisión, tildado de estafador y de loco22. Y Laing propone simplemente asistir a esa crisis que la sociedad llama enfermedad mental con el conocimiento de e es un esfuerzo desesperado del individuo por conservar algún grado de integridad en un universo que ha enloquecido. Laing considera a la esquizofrenia como un camino para sanear ese espantoso estado de alienación que nos propio y al que llamamos normalidad. La asimilación a un sistema enfermo una verdadera enfermedad. La «dolencia» siquiátrica seria —por el contrario— el inicio de un viaje hacia la curación; la destrucción de una estructura racional deficiente, el primer paso para construir sobre ella una racionalidad nueva. Laing23, en este sentido, considera que la crisis sicótica es un fenómeno similar al del trance chamánico, en el cual el sujeto debe enfrentar su propia aniquilación y la del universo —hasta los huesos y hasta un caos anterior al de la creación— para luego establecer relaciones legitimas con el mismo. Las sociedades antiguas —postula Laing— tenían mecanismos para hacer viable y reconocido este trance. Las actuales lo reprimen o lo esconden —a riesgo de hacerlo permanente— en el hospital siquiátrico.

Lo cierto es que la siquiatría, desde el presente, no puede eludir una definición que la caracterice como adherente o contestadora de unos valores sociales planteados como criterios de normalidad, y que la califique como apaciguadora o rebelde, como cómplice o como revolucionaria. Por ello, ha sido mayor la influencia contracultural sobre la siquiatría que la de la siquiatría sobre la contracultura.

Siguiendo la lógica propia de la comunidad alienada, este movimiento de análisis sobre los aspectos siquiátricos de la misma fue universalizado (con la correspondiente inversión del significado) en un diluvio de terapias milagrosas y de libros de vulgarización sicológica que no constituyen otra cosa que disfrazados manuales para el éxito. De ciencia, la sicologia ha pasado a ser un folklore del hombre industrial; el tratamiento siquiátrico se ha convertido en signo de status; la investigación de la mente, en repertorio de banalidades para la conversación.
Cultura de las drogas
Porque ella está comprando una escalera al cielo.

Led Zeppelin: Stairway lo heaven


Una segunda insurgencia contra la lógica unilateral alienada consiste en la adopción de una cultura de las drogas. En este punto es necesario clarificar las dicotomías interesadas que pretenden distinguir entre un sistema limpio de drogas, y una contracultura dominada por ellas. El empleo de drogas es no sólo tolerado, sino además sacralizado en la mayoría de los sistemas, y particularmente en la colectividad industrial de la modernidad. Esta última necesita de alteradores de la conciencia para que sus miembros puedan soportar las restricciones y las demandas que les impone su modo de vida. La necesidad más obvia es la de una droga que sirva para bajar las defensas y que facilite una integración, siquiera ficticia, del solitario al grupo. En la sociedad industrial alienada, pero no exclusivamente en ella, esta droga es el alcohol. Ninguno de sus grandes rituales, ni siquiera los religiosos, están exentos del consumo de verdaderas cataratas del mismo. Esta omnipresencia alcohólica no debe ocultarnos los restantes aspectos de la drogomanía del sistema. Su habitante típico se mantiene alerta con alcaloides, como la nicotina y la cafeína; se tranquiliza con ,barbitúricos; regula su apetito con anfetaminas; condiciona su estado de ánimo con tranquilizantes; se prepara para los esfuerzos con benzedrina, se recupera de ellos con sicotónicos; duerme con una nueva dosis de estupefacienes, de la cual deberá reponerse con excitantes, y así sucesivamente. Esta drogomanía institucional había sido prevista, como tantos otros detalles de la vida contemporánea, por Aldous Huxley, no sólo en Un Mundo Feliz, sino también :n su lúcido ensayo Nueva visita a un Mundo Feliz, en donde analiza en qué manera la sociedad industrial emplea los fármacos como elementos de integración y manipulación, y como inductores de conformismo24.

Es esta colectividad institucionalmente drogómana, traficante en estupefa:ientes al punto de que, a mediados del siglo pasado, hizo la guerra a China para obligarla a comprar opio— la que declara la guerra santa al consumo de drogas expansoras de la conciencia, el cual fue propuesto por algunos sectores le las contraculturas como medio de adquirir una visión interna más esclarecida, y de socavar el sistema.

En la cultura de la droga, más claramente que en cualquier otro marco, se nota 1 proceso de inversión y de falsificación de símbolos y de actitudes que caracteriza la relación de la colectividad industrial alienada con sus contraculturas. Productos que alteran el funcionamiento de la mente son propuestos a la vez cara ayudar a soportar los aspectos negativos de una determinada civilización, o para negarla. El estupor alcohólico es usado para mejorar las relaciones públicas, pero también como un modo de vida que conduce a la negación y a la utodestrucción. Timothy Leary comienza estudiando los posibles usos del ácido lisérgico para integrar la personalidad del delincuente a la sociedad; y termina proponiendo su uso para fisurar y aniquilar el sistema25. Los Panteras Negras, al aliarse con los hippies, adoptan un emblema en el que se cruzan la ametralladora y la pipa de hashish. Pues la droga, que propicia cadenas de asociaciones e ideas delirantes y favorece la contemplación de mundos imaginarios, constituye por si sola un factor de extrañamiento, que puede alejar sociológicamente al consumidor del sistema. La droga, por otra parte, induce la unión orgiástica e las categorías del pensamiento, y la final disolución de las mismas.

El irracionalismo del pop sirvió de fermento para la aparición de decenas e cultos exóticos, los cuales, en su evolución, reeditaron diversos estadios de t experiencia religiosa: primero la religión chamánica del trance y del éxtasis, seguidamente la religión sacerdotal del rito y del código. La primera de ellas pareció conjuntamente con el auge de la droga. En los fármacos buscó el consumidor de la sociedad alienada la trascendencia que en la colectividad primitiva el chamán logra mediante severas ordalías, y en la sociedad moderna el místico con sus arduas experiencias de aniquilación de la individualidad. La religión hamánica exorbita el yo por la prueba insoportable y el contacto de la conciencia con el infinito que se gana a través de experiencias tremendas. La religión del sacerdote limita y prohibe. La primera es un viaje, la segunda un punto de llegada. La primera es una persona, y la crisis del contacto con lo inexpresable. La segunda es un recinto. El chamán o el místico dejan leyendas tras de sí; el sacerdote, templos. El chamán surge de una vocación por la inseguridad, y el sacerdote de un llamado de la seguridad. El chamán disipa, el sacerdote acumula. El chamán se extingue en su propio trance, el sacerdote revive y se jubila26. El chamán crea las artes. El sacerdote se sirve de ellas.

En una primera etapa contracultural, la droga sirvió para reproducir sucedáneos de la experiencia chamánica. En la literatura sobre la sicodelia abundan los términos y pasajes que recuerdan los testimonios antropológicos sobre el chamán. Existe la «vocación», la «llamada», la «señal» que anuncia al sujetó la próxima exorbitación de su destino. La «iniciación» se da en aquél por el sometimiento al castigo físico y a la droga sagrada; en el consumidor, por la ingestión del fármaco: sigue inmediatamente el «viaje» por un espacio interno inconmensurable, lleno de amenazas y de terrores, y la experiencia límite de una muerte simbólica que no es más que la incapacidad de la conciencia para distinguir entre un espacio interno y uno externo27. También encontraremos símiles en esa literatura sicodélica con aquella que describe el trance Místico28. En una y otra el sentimiento trasciende toda ciencia, el tiempo y el espacio se detienen, la conciencia alcanza una aniquilación que es, en alguna forma, vida. La similitud entre las palabras que describen las tres vivencias lleva a suponer que tienen nexos. Todavía más, una lectura mal intencionada de un tratado bioquímica —el de Pauling sobre los aspectos químicos de la esquizofrenia, ejemplo29— llevaría a hermanar las cuatro experiencias bajo el denominador común de una pérdida del balance químico provocada, respectivamente, por una técnica del éxtasis, por la ingestión de una droga, por una disciplina alteración de la conciencia, por una malfunción orgánica o carencial, o por mezclas inciertas de dichos factores.

Pero rastrear una causa no excusa de considerar los efectos. La síntesis de testosterona no autoriza a hacer caso omiso de la complejidad de la vivencia amorosa. Entre los éxtasis a que hemos hecho referencia, el del drogómano es mico que se obtiene como mercancía. Esta forma de llegar a la vivencia determina el modo de la misma. Pues si el chamán alcanza sus límites llamado por un destino del cual trata en ocasiones de zafarse, y el místico arriba a ellos final de una búsqueda, ambos trascienden, mientras que el drogómano consume: místico, chamán y esquizofrénico exteriorizan y objetivan su propia esencia, —aunque ésta pueda ser diagnosticada como un trastorno bioquímico— y en cierta forma realizan sus posibilidades, mientras que el drogómano demanda a sus soma-mercancía lo que el consumidor pide a todo objeto: la agresión externa de lo que le falta. Místico y chamán fructifican en combates inciertos que los aniquilan; el comprador de droga quiere amoblar el vacío de existencia como se llena una habitación.

Y en esto sí difieren cabalmente las literaturas testimoniales mística y chamánica de la literatura de la droga: las dos primeras sitúan el inicio de la experiencia en el enfrentamiento de una vitalidad exacerbada con poderes imaginas a los que se intuye llenos de fuerza —las potencias indomables del mundo invisible— mientras que la experiencia del drogómano consumista parte casi siempre del vacío, y termina allí30. Chamán y místico dan salida a torrentes poder y de patología: el drogómano consumista sólo quiere ser llenado31. :omo de la nada no se puede hacer nada; termina tan vacío como empezó, así como el comprador de la mercancía simbólica queda igual de alienado después de que la adquiere.

Ello explica el escaso fruto creativo de la cultura de las drogas expansoras de la conciencia. El chamanismo dejó mitologías y el misticismo literaturas inefables; la droga, casos siquiátricos y uno que otro testimonio de quienes —como Baudelaire, Huxley, Michaux y Burroughs— poseían ya talentos artísticos, y encontraron en la exaltación química una experiencia digna de ser narrada mediante destrezas preexistentes. El estilo «sicodélico» estableció la pauta estética de una generación, pero nada había en él que no hubiera sido postulado décadas antes por el art nouveau, el dadá, el surrealismo, el expresionismo y el abstraccionismo, de los cuales es una mezcla. La yuxtaposición de objetos reconocibles en relaciones poco usuales, el recargo decorativo de formas orgánicas, la síntesis de técnicas creativas, el empleo de diseños o cosas previamente elaboradas (ready made), la creación de atmósferas extrañas y el recurso a la geometría que caracterizan el arte sicodélico, habían sido empleadas abundantemente por dichas corrientes. El resultado de la experiencia sicodélica fue una mayor audacia para combinar contenidos estéticos aparentemente incompatibles. En este sentido, contribuyó a un nuevo barroco32. Pero no existe el equivalente de un Gaudí, un Tzara, un Max Ernst, un Dalí, un Munch o un Braque en el arte sicodélico. Ni su literatura —cuyas figuras señeras son Ginsberg, Burroughs, Tom Wolfe y Ken Kesey— ha superado los trabajos de Lewis Carroll, Blake, Joyce, Kafka, Hesse y Huxley, a quienes justificadamente señalan como antecedentes33. La droga no produce nada que el ser humano no hubiera sido capaz de crear por sí mismo. Por ineluctable correspondencia, a cambio de la mercancía sólo se obtiene mercancía, aunque esta última se rotule como amor, amistad, solidaridad o iluminación, y así, quien desea obtener trascendencia pagando con mercancía, obtiene exactamente lo que aporta.

En virtud de ello, el consumo de la droga expansora de la conciencia en la sociedad capitalista, sigue el ciclo de diferenciación, universalización e inversión de significado propio de todas las manifestaciones de la contracultura.

En efecto, en la primera etapa —a partir de 1960, cuando Timothy Leary Ipert inician sus experimentos con el ácido lisérgico en medio de fuerte opoón académica y social— la droga sirve como una señal de exclusión y de nación con respecto a la sociedad capitalista, y como vínculo de unión entre las pequeñas comunidades de la contracultura. La droga, en principio el último refugio de parias, delincuentes y víctimas de «parálisis sicológica», fue esgrimida como un instrumento consciente de separación del sistema. Leary sintetizó las funciones de la droga en este periodo primario en la consigna Turn une in, drop out. Era todo un manifiesto sicológico, social y político: Ilumínate, sintonízate, deserta. En otras palabras, presta atención a tu realidad interna, comunícate con aquéllos que comparten tus sentimientos; deserta del sistema. A esta flagrante declaratoria seguirían la persecución policíaca contra Leary, sus asociados y todos aquellos vinculados con la contracultura de las grogas expansoras de la conciencia34. En efecto, Leary había llamado a desertar «los jóvenes, los racial y nacionalmente alienados, y los creativos», añando que «cerca del 90 por ciento de los usuarios de las drogas y las plantas sicodélicas caen por lo menos en una de estas tres categorías». Se trataba, precisamente, de los grupos marginados del capitalismo, los cuales formarían parte del grueso de la contracultura. Marginación y represión tenían aquí una colación precisa. Nadie perseguía la venta de alcohol, café, té, tabaco ni tranquilizantes. Para consumirlos no es preciso desertar.

Canto para la salud del sistema como para la de los negocios, era preciso, r tanto, convertir el símbolo de alienación en mercancía. El desertor debía transformado en consumidor. Esta etapa de universalización de la símbología sicodélica como objeto de consumo se desarrolla a partir de 1964, año de la entrada triunfal de los Beatles en Norteamérica. La apertura de un mercado «sicodélico» es encomendada a la música, la expresión más importante y más masiva de la contracultura. Del surrealismo en las letras, los Beatles pasan a edificar su propia melodía, y sustituyen el ritmo rápido y sencillo de la danza frenética por el lento y elaborado del éxtasis. A medida que la música —se podría decir mejor la discografía— de la contracultura se transforma en un negocio millonario, surgen movimientos como los del acid rock y el heavy metal e proclaman su afinidad con la experiencia sicodélica tanto por las letras de canciones como por la introducción en ellas de motivos orientales e instrumentaciones electrónicas35. Todo crece fuera de las proporciones comunales reducidas propias de la primera contracultura: los mecanismos de promoción, las instrumentaciones, la distribución, las infraestructuras económicas de sustentación, las audiencias y las ganancias. El rocanrolero pasa de marginado a héroe cultural, y de héroe cultural a integrante del jet set. En esta etapa, la música sirve de «vinculo de unión» en experiencias sicodélicas cada vez menos unitarias: las de las parejas, primero; las de las pequeñas comunas contraculturales, después; las de las fiestas de jóvenes, luego, y finalmente las de los desarticulados festivales de Woodstock y Wight, en donde la masificación de la experiencia —musical y sicoquímjca— es tal que se hace ingobernable —por tanto económicamente poco rentable— y poco atractiva para los empresarios, quienes no la repiten36. La policía reprime la droga al mismo tiempo que protege las tiendas en donde se venden las mercancías —trajes, discos, adornosque supuestamente expresan el mundo visionario surgido de ésta.

La etapa de universalización de la simbologia «sicodélica» culmina hacia 1968, cuando la misma es vendida universalmente en forma de discos, filmes, ropajes, objetos, fetiches y festivales que acompañan, pero en buena medida sustituyen el consumo de la droga. Hasta el punto de que ésta pierde su contenido aterrador, y por lo mismo su significado de marginación, de incitadora a la deserción y de señal de reconocimiento de «los jóvenes, los racial y nacionalmente alienados y los creativos». La droga pasa, de instrumento de experimentación sicológica y estética o vínculo unitario entre comunidades contraculturales, a constituir un juguete para las fiestas. A1 mismo tiempo, su venta clandestina permite la constitución de imperios criminales motivados por finalidades bien distintas de la deserción del sistema.

La culminación de esa etapa lleva a una rápida inversión del significado de la simbología sicodélica y del consumo de la propia droga. De señal de marginación, pasa a símbolo de integración; de hábito objetable del desclasado, a signo de prestigio de la élite, juego en el que se mezclan el incentivo del peligro y el de la sociabilidad. Esta última fase lleva a una sustitución en la materia prima a ser consumida. Del ácido lisérgico —barato, fácil de fabricar y de efectos inmanejables y autísticos— se avanza, pasando por la marihuana, al consumo de la cocaína —cara, de compleja refinación y comercialización, de efectos antidepresivos e inductora de arrebatos de locuacidad. Medios de comunicación masas respetados inician campañas por la legalización de la droga —por la comercialización de la droga— al mismo tiempo que las firmas tabacaleras registran como propiedad los nombres Marihuana, Acapulco Golden y otros37. Se debate públicamente su utilidad para los combatientes en las guerras imperialistas38. Todo parece anunciar la llegada del momento en que, como lo profetizó el propio Timothy Leary, la droga sicodélica será absorbida por el sistema y contribuirá a su funcionamiento. Como, por otra parte, lo hacen desde iguo el alcohol, el tabaco, el té, el café y la infinita variedad de sicotrópicos pone en el mercado diariamente la industria farmacéutica.

Así, la posibilidad de optar por sensaciones sustitutivas, favorece un escape la realidad que dispensa de cualquier urgencia para modificarla. Y, parafrando a Marx, podemos decir que la droga llega a convertirse en la religión la contracultura, tanto en sus aspectos más positivos —el acercamiento a xperiencia mística— como en los más negativos —la renuncia a un mundo I en aras de la contemplación de uno irreal, la pasividad y la condescendencia con el poder.

De tal modo, la contracultura de las drogas prohibidas se hace un lugar dentro de la inmensa cultura de las permitidas. Las drogas del delincuente llegan >s salones de la élite, y de allí descienden a las salas de la clase media. La contravención se hace cada vez más un juego socialmente tolerado, como lo el consumo de licores en la época de la prohibición. Y lo que comenzó como una búsqueda de nuevas regiones de la mente por pioneros atrevidos como Artaud y Huxley, termina convertido en un juguete para matizar el aburrimiento as clases parasitarias, cuando no en un mercado sobre el cual se construyen >erios criminales. A final de los ochenta, el mercado de la cocaína en Esta Unidos cuenta con unos veinte millones de consumidores, moviliza trescientos mil millones de dólares al año, y, según ha denunciado Noam Chomsky, a nueva coartada para intervenciones militares, como la de Panamá.

Como los demás irracionalismos, el de la droga es ineficaz —independientemente de la riqueza interior que pueda revelar— para atacar o modificar una realidad indeseable.



Proliferación de cultos
No queremos religión

no queremos religión.

Ni la quisimos,

ni la querremos jamás

¡No la soportamos!

¡No la soportamos!

The Who: Tommy
El fracaso de la trascendencia química determinó que la contracultura se fuera desviando hacia las placideces del opio de los pueblos. A la oleada de iluminados del desorden, siguió la falange de los postuladores del superorden. La revelación sicodélica, en vez de conducir a una comunidad de la experiencia trascendente, a la unidad absoluta, llevó a la fragmentación sectaria y al dogmatismo.

Quien examine la variadisima panorámica de los cultos y seudocultos que triunfan durante la agonía del pop —Los Hare Krishna, védicos y mendicantes; los de la Iglesia de la Unificación, anticomunistas y acumuladores de capital; los Niños de Dios, practicantes del lavado de cerebro; los Adoradores de Satán, dramáticos y mendicantes; los Meditadores Trascendentales; los adoradores del Maharajaj Ji, y otros— encontrará como elemento común entre ellos su agresivo rechazo al pensamiento científico, y una omnipresente regimentación disciplinaria de todos los aspectos de la vida.

La paradoja de estos cultos cuartelarios, que florecen en medio de una contracultura que postula la libertad, se explica porque el sistema condiciona a tal punto a los seres humanos para la obediencia, que todo esfuerzo de sacudirse un marco disciplinario los pone en peligro de caer en otro más estrecho todavía. Adorno y Fromm39 han estudiado ciertas estructuras de personalidad que tienden, luego de un breve período de rebeldía aparente, a caer dentro de organizaciones de corte sumamente autoritario. El fenómeno no es nuevo. Desde que la religión chamánica del nómada es sustituida por la sacerdotal del pueblo agrícola, las iglesias asumen el papel de aparatos ideológicos organizados como estructuras jerárquicas y disciplinarias. Lo que llama la atención en la escena contracultural, es el resurgimiento de organizaciones a las que el paso del tiempo parecería haber desprovisto de función. Con buenos motivos sostuvo Althusser que la iglesia había terminado por ceder su papel de aparato ideológico dominante a la escuela40. Sin embargo, mientras mantuvo esta condición, la iglesia fue depositaria de tesoros culturales, difusora de normas de comportamiento, auxiliar en tareas de asistencia y ayuda mutua, y agente de la integración social, por más que tal integración haya sido enmarcada dentro del esquema de la sociedad clasista.

Los nuevos cultos contraculturales, por el contrario, no desempeñan funcios de integración social —más bien crean disrupciones en otras instituciones, les como la familiar— funcionan para sí mismas, e imponen rutinas disciplirias que, lejos de facilitar la convivencia, extrañan y alienan a sus practicantes sin otra motivación aparente que el amor por la disciplina misma. El pesado ritual, el ceremonial, la exactitud del horario, el confinamiento, la entrega absoluta, evocan en el espectador, más que la atmósfera de una comunidad religiosa, la de un texto de Pauline Reagle o del Marqués de Sade. El cuerpo nomativo legal de la sociedad queda abolido en beneficio de una regimentación irracional, prescrita, no por el legislador reconocido, sino por el líder de la secta.

En este sentido, se puede ver en el resurgimiento de los cultos en las sociedades capitalistas un retorno al modelo de dominación carismática descrito por Max Weber, que descansa en una red de relaciones personales y directas de los subordinados con un dirigente, al cual se supone dotado de cualidades extraordinarias e intransferibles. Es propio también de tal modelo el sustento finanro logrado a través de la mendicidad y la extorsión41.

Dicha reversión a formas arcaicas de legitimar la dominación, se explica por fallo en la credibilidad y eficacia de las instituciones ortodoxas. Cuando colapsan las más complejas formas de legitimación legal, diversos grupos del sistema recaen en modos de organización primitivos. Quizá inspirado en un fenómeno similar, anunciaba Spengler la recurrencia en Occidente de un ciclo cesáreo, e indicaba Cassirer que se vuelve al pensamiento mítico cuando la razón parece fracasar ante una perspectiva de disolución e incertidumbre42.

Ello permite comprender parte del éxito de los nuevos cultos: los mismos proten al creyente aquello que la comunidad alienada le niega: el sentimiento comunidad, destruido por la muchedumbre solitaria de la sociedad de mala atribución de un sentido a la vida, que en esta sociedad aparece vacía in propósito; un cuerpo autoritario de normas que seguir cuando la rápida transformación de las costumbres pone en duda todo código; y una certidumbre un panorama en el que todo parece derrumbarse. Los cultos, como restantes manifestaciones adscritas a la contracultura, apelaron en principio las carencias de los grupos marginales y encontraron su clientela primordial entre ellos. Así, reclutaron drogómanos43, seres en períodos de crisis por razones de edad o circunstancias dificultosas44 y exdelincuentes45.

Los cultos apelan a las carencias de la marginalidad, pero no pueden llenarlas. Ante este fracaso, derivan fatalmente hacia la copia de los modelos de comportamiento de la sociedad de la cual han querido separarse. Casi todos se dedican a la formación de imperios financieros fundados en la mendicidad, el trabajo de sus miembros y la venta de objetos o textos46. Otros, se orientan hacia la agresión externa, como en el caso del clan Manson, una curiosa secta satánica, homicida y racista que llenó la página roja de la prensa internacional. Otras, acaban en la autoagresión suicida, como el Templo del Pueblo, del reverendo Jim Jones, que terminó su culto en 1978 con la inmolación colectiva de más de novecientas personas, después de asesinar a un senador norteamericano y a varios periodistas47.

Los cultos adoptan las prácticas y estilos de la sociedad consumista. Sus mecías son promocionados como productos, y llevan la suntuosa vida de las estrellas; las campañas publicitarias alternan con el uso de las relaciones públicas y el chicaneo político. Para la captación de adeptos emplean todas las técnicas de presión sobre la conciencia y de lavado de cerebro caras a la publicidad, pero también al ejército y a las iglesias tradicionales: repetición indefinida de slogans, reclusión, aniquilación de la identidad, ceremonias de iniciación, imposición de uniformes, creación de espíritu de cuerpo, supresión o regimentación del sexo, y negación sistemática del pensamiento lógico.

En efecto, para lograr el adoctrinamiento:


La mayor parte de los cultos más extendidos comienzan por aislar al individuo de su mundo cotidiano, al cual su sistema nervioso se ha acostumbrado desde el nacimiento. Entonces cambian su dieta, su rutina diaria, su nombre, su apariencia, y todos los sonidos, los olores y las imágenes de su ambiente. Luego, le vierten información en la forma de adoctrinamiento directo, intensas experiencias rituales, o ambos48.
Tales métodos tienen el poder de «alterar y destruir canales fundamentales de procesamiento de información en el cerebro» que forman la estructura de la personalidad; a cuyos efectos utilizan «rituales orientales de canto y meditación, métodos de modificación de conducta y técnicas terapéuticas recién desarrolladas, como maratones de encuentros de grupos, sicodrama y fantasía guiada»49.

Huelga especular sobre los efectos de la aplicación masiva de estas técnicas50. Su fulminante eficacia ha llevado a un segundo aspecto de esta batalla por la mente humana: la aparición de una cultura anticulto, cuya figura es el deproramador, un especialista contratado por los parientes del creyente, que lo secuestra, lo somete a terapia intensiva y lo devuelve a su estado de mente llamado normal51. Ello ha suscitado entre los liberales temores por la libertad de cultos y por los derechos individuales de los secuestrados, usualmente —pero no siempre— menores escapados de sus padres. El combate entre programadores cultistas y deprogramadores anticulto despierta otro tipo de terror: el del ensanchamiento de los límites de la maleabilidad sicológica del ser humano. Un programador impone una ideología y otro la remueve, como si se tratara e trajes. Un programador puede llevar a sus adeptos al homicidio y al suicidio colectivo; otro los secuestra y los «normaliza». La búsqueda de la libertad por 1 sendero irracional conduce a la más aberrante de las determinaciones.

Por ello, difícilmente se puede llamar contracultura a las últimas manifestaciones del movimiento de los cultos en los países industrializados. La mayoría e ellos se han asegurado la inmunidad mediante la pública adhesión a los va)res conformistas, a través del más furioso anticomunismo e, incidentalmente, del juego politico52. Así, según Ted Patrick, el Maharishi Majesh tiene un equipo de instructores para «calmar las áreas en conmoción política», que haría intervenido en Guatemala « a petición de un grupo de inversionistas norteamericanos» y que se vanagloria tanto de «haber detenido las huelgas y motines allí» como de ser «responsable por las conversaciones de paz en el Medio Oriente»53.

Los centros de mando en Norteamérica son un hervidero de grupos religiosos de nuevo cuño que se disputan parcelas de poder. El reverendo Sun Myung Moon pasaba la mayor parte de su tiempo cantando canciones patrióticas ante t Casa Blanca, durante la administración de Nixon; Ford tuvo un consejero espiritual en el reverendo Billy Zeoli. Casi todos los sectores de poder en Wasington estaban organizados en un movimiento de «grupos de plegaria» llamado informalmente « La hermandad», que comprendía también militares de alta graduación, y celebraba «desayunos de rezo» semanales en el Pentágono54. Fielmente, la hermana de Jimmy Carter dirigía un movimiento de curación por la fe, y su influencia política ayudó al proyecto del reverendo Jim Jones. Nancy, la esposa de Ronald Reagan, estuvo influida por la astróloga Joan Quigley, «La Luminosa». Los mercaderes invaden el templo, porque el templo mismo se ha vuelto mercadería.


Modas culturales
Esta es la era de Acuario

¡Oh, Acuario!

Misterios y revelaciones

y la verdadera liberación

mental.

Rado y Ragni: Acuario


Iguales causas y mecánica que el resurgimiento de los cultos tiene el auge de las modas culturales, movimientos de opinión que logran un atractivo efímero al asegurar al ciudadano medio un papel individual trascendente dentro de un cosmos al cual se describe como organizado por inteligencias benévolas o esquemas mágicos fácilmente inteligibles55. La mercancía que la moda cultural vende al público es la misma que la de la religión: un ilusorio sentimiento de seguridad al atribuirle un rol personal dentro de un universo antropomórfico, y el consiguiente optimismo sobre el destino de este universo, organizado por fuerzas superiores para el uso y la intelección humanas. Pero la moda cultural intenta separarse de la religión por un supuesto llamado, a la inteligencia, a la «razón» a la «ciencia». En este sentido, no es más que la coartada de un pensamiento religioso o mágico que se avergüenza de reconocerse como tal en un entorno en donde el pensamiento científico de la modernidad es aceptado como determinante.

De allí que toda moda cultural busque poner de acuerdo simbologías antiguas con hechos científicos contemporáneos, prestándole a aquellas el prestigio de éstos. Pauwels y Bergier intentan mezclar astrología y astrofísica, Chardin trata de conciliar creacionismo y darwinismo, en un esfuerzo de revertir las grandes revoluciones copernicanas, que han desmentido el mito de que el universo gira alrededor del hombre. La moda cultural quiere volver al antropocentrismo ingenuo del primitivo. En esta mezcla incompatible emplea con mayor o menor habilidad, el sofisma, la especulación infundada y los argumentos emocionales de todo género, pero el elemento determinante en su expansión el encanto expositivo del promotor. La endeblez del aparato conceptual tiene que ser reemplazada por el carisma de la figura central. El prestigio personal de un Gurdjieff, un Pauwels, un Bergier o un Chardin, importan más que sus ideologías.

Tales intentos de puesta al día del pensamiento religioso con una tendencia cional que empieza a preponderar no son nuevos: se podría afirmar que son evitables en cada renovación del intelecto humano. En el Medioevo, a la patrística, fundada en la autoridad literal de las escrituras y de los padres de la lglesia, sucedió la escolástica, dedicada a demostrar una supuesta compatibilidad entre revelación y lógica retórica, que forzaba los límites de ambas e inevitablemente dejaba zonas sin resolver56. En épocas todavía más remotas, la Cábala significó un esfuerzo de relacionar la revolución del pensamiento matemático con la revelación de una comunidad patriarcal57. La astrología intentó coniar los hallazgos de la observación astronómica con los más diversos panteones (chino, babilónico, hindú), y la alquimia, los nacientes pasos de la metalurgia con los remanentes del culto de las deidades grecorromanas58. En todas las ocas de la humanidad ha existido el intento de salvar una religión moribunda mediante su matrimonio con una variedad del pensamiento racional nacien. Esta unión ha resultado indefectiblemente en la perversión de ambos: el pensamiento mágico ha perdido su fuerza estética, emocional, y su capacidad de pactar al subconsciente, del que ha emergido casi sin elaboración; mientras e la racionalidad es corrompida en un laberinto de errores lógicos y de analogías impropias. La moda cultural es el esfuerzo de sellar los misterios de la religión mediante el recurso a los misterios de la ciencia, para anular las intranquilidades y las incertidumbres que ésta última, necesariamente, causa al extender sus fronteras.

De allí el carácter antihistórico, o ahistórico, que Eliade señala acertadamente la moda cultural: ésta constituye una negación del devenir y un exorcismo futuro, mediante la conciliación forzada del presente y el pasado. Es, ciertamente, más fácil abarcar un destino inscrito en las 12 constelaciones zodiacales en los 24 arcanos del Tarot o los 64 hexagramas del I-Ching, que otro apenas aproximativamente descrito en las inmensas cataratas de conocimiento aporta el método científico. En este campo, las libertades lo son sólo de nombre y las audacias de boca: si Borges constató que la zoología fantástica59 era infinitamente más pobre que la de la naturaleza, cualquiera puede verificar que el reino de lo «oculto» es infinitamente más limitado que el de lo ya descubierto, y que recurrir a él es más un confinamiento que una liberación.

La irracionalidad, como todo escape, es, en el fondo, una derrota. Al descubrirlo, las contraculturas buscaron la victoria mediante la rebelión.




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