Contingencia o crisis (la dimensión trágica de la accióN)



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Título:

Contingencia o crisis (en el filo trágico de la acción). Apuntes básicos para una sociología de la creatividad social
Autores:

Ignacio Sánchez de la Yncera (isy@unavarra.es)

Marta Rodríguez Fouz (marta.rodriguez@unavarra.es)

Óscar Tejero Villalobos (ostejero@hotmail.com)


Departamento de Sociología.

Grupo de Investigación “Cambios sociales”.

Universidad Pública de Navarra.
Resumen:
1. Van para tres lustros desde que, entre nosotros, Ramón Ramos advirtiera que en sus modelos la sociología debería tomar en serio la dimensión trágica de la acción, bebiendo del pozo de milenaria sabiduría de la tragedia griega (Homo Trágicus, 1999). Algunos avances actuales de la teoría social de la acción permiten demostrar la agudeza de esa observación para una fértil revisión de los diferentes niveles de atención a las actividades recursivas que exige el análisis de los escenarios sociales.

2. Nuestra intención es recuperar el aviso trágico conectándolo con la reformulación del concepto de cuidado, de raíz heideggeriana a partir de ciertos hallazgos de Hannah Arendt. Puede esto ayudarnos a sentar las bases de una propuesta constructiva de modelos más realistas de análisis y gestión de lo colectivo.

3. Frente a los abordajes o modelos acciorracionalistas o normativistas, que sobrevaloran las capacidades agenciales para entender y evaluar los mecanismos de la vida social, defendemos la necesidad de hacer que la amenaza de la frustración desoladora y el fracaso comparezca como dimensión constante, inevitable y especialmente idónea a la hora de comprender, en lo más básico, la acción social en su cualidad falible, como un juego limitado y siempre susceptible y exigente de mejora. Para ello es necesario salvar esa brecha entre las sensibilidades, enfoques y saberes más refinados y avanzados que mejoran nuestro modelos analíticos y de gestión de lo social, y la que se da entre ciertos procedimientos prácticos y los modelos que los describen.
Palabras clave: Contingencia, impredictibilidad, homo trágicus, cuidado, fracaso.
Van para tres lustros desde que, entre nosotros, Ramón Ramos advirtiera que en sus modelos la sociología debería tomar en serio la dimensión trágica de la acción, bebiendo del pozo de milenaria sabiduría de la tragedia griega (Ramos, 1999). Algunos avances actuales de la teoría social de la acción permiten demostrar la agudeza de esa observación para una fértil revisión de los diferentes niveles de atención a las actividades recursivas que exige el análisis de los escenarios sociales. Este trabajo trata de apoyarse en la detección de cesuras paradójicas a este respecto entre el saber informal que atesoran los actores sociales y los enfoques bizqueantes, nada infrecuentes, que se dan en los contextos de organización y en los modelos formales de gestión. Nuestra intención es recuperar el aviso trágico conectándolo con la reformulación del concepto de cuidado, de raíz heideggeriana a partir de ciertos hallazgos de Hannah Arendt, pues entendemos que esto puede ayudarnos a sentar las bases de una propuesta constructiva de modelos más realistas de análisis y gestión de lo colectivo.

Frente a los abordajes o modelos acciorracionalistas o normativistas, que sobrevaloran las capacidades agenciales para establecer, entender y evaluar los mecanismos de la vida social, defendemos la necesidad de hacer que la amenaza de la frustración desoladora y del fracaso comparezca como dimensión constante, inevitable y especialmente idónea a la hora de comprender, en lo más básico, la acción social en su cualidad falible, como un juego limitado y siempre susceptible y exigente de mejora. Para ello es necesario salvar esa brecha entre las sensibilidades, enfoques y saberes más refinados y avanzados que mejoran nuestros modelos analíticos y de gestión de lo social, y la que se da entre ciertos procedimientos prácticos y los modelos que los describen.

En un plano más concreto, nuestra propuesta trata de sugerir una vía para redescubrir la índole de fenómenos sociales como la desviación y la exclusión, que pueden entenderse como inevitables amenazas, correlativas a la presión centrífuga inherente al juego social, que nos obligan a conceder una importancia fundamental a la tarea continua e ineludible de reconstrucción y corrección de los ámbitos de convivencia. Si observamos la vida social –como creemos que debería hacerse– desde una perspectiva sociológica que, como tal, atienda principalmente a la capacidad de la organización de los enclaves sociales para articular las diferencias, ocurre que los casos específicos de fracasos, o de supuesta ineficiencia social e inhabilidad, no deberían atenderse como ejemplos de inoperancia, sino advirtiendo cómo, en realidad, refieren y proclaman la discapacidad de la organización social para articular sinérgicamente esa pluralidad. Se trataría, en suma de hacerles sitio en los entramados prácticos y, especialmente, en los procesos de supervisión general y corrección de las realizaciones conjuntas y de los rendimientos específicamente colectivos o conjuntivos, que así, serían, en efecto, atendidos desde la pluralidad. Puede ocurrir, también, que esos fracasos e ineficiencias se minusvaloren como márgenes insignificantes. Los análisis que no atienden esas dimensiones de la vida social serían análisis deficientes; sin embargo, en multitud de ocasiones se consideran pertinentes y se utilizan para justificar, desde su ceguera y parcialidad, decisiones que afectan al conjunto de la sociedad y cuyas supuestas bondades ni son discutidas ni se ofrecen a serlo.

Todo ello nos parece interesante en dos planos analíticos que pueden diferenciarse pero cuyo mayor rendimiento se obtiene de considerarlos simultáneamente. Por un lado tendríamos una vertiente metateórica que centra la atención en la solvencia de las categorías de esa sociología que fija las acciones racionales y la capacidad agencial de los sujetos y de las instituciones como referentes del conocimiento acerca de la vida colectiva; y por el otro, tendríamos el complejo entramado de acciones y situaciones que conforman el tejido social advirtiendo de la dificultad que entraña el propósito de categorizarlo atinadamente. En este trabajo pretendemos abordar ambos planos proponiendo una interrelación entre ellos que permita subrayar las limitaciones de una conceptualización que no tenga en cuenta que lo social resulta ser una acción (que es, por lo tanto, algo abierto, meramente probable y no asegurado) colectiva y plural (sin un centro o principio vertebrador que le imponga una dirección, lo que convierte en un reto su coordinación), caracterizada por la reflexividad y creatividad (con la posibilidad de intervenir sobre sí y transformar su decurso sobre la marcha) como dimensiones fundamentales. La concepción exigible debe ser especialmente susceptible de atender lo azaroso, lo imprevisible, lo fortuito, como también, los fracasos, los errores, la frustración de expectativas1… Uno de los problemas relevantes que entraña la desconsideración de tales vertientes de lo social en los modelos teóricos resulta el hecho de considerar la novedad una excepción más que una regla de la socialidad. Ello facilita los análisis, claro está, pero al precio de generar una ceguera fundamental, además de problemas sustanciales en el orden de la gestión sociopolítica. Queremos sugerir también que uno de los resultados de la interacción aludida es conmover, en su sentido básico, el elenco de tareas de las ciencias sociales, que deben abordar las realidades en una triple faceta: como ciencias de la acción en la frontera del tiempo (con la vista puesta en los “saltos” que los actores van dando a cada paso, situados en un presente que se apoya en la vivencia previa y mira también hacia adelante); como ciencias de la gestión que corrige los ámbitos de acción (atiende al cuidado que se dispone a su perfeccionamiento como ámbitos de convivencia y de producción social, reparando ante todo en los nuevos escenarios de articulación de la diversidad emergente); y, finalmente, como ciencias de la revisión crítica de las imágenes del mundo social (que atiende a la corrección de las representaciones obsoletas con apoyo en la experiencia que se gana al integrar lo emergente, incluidos los efectos no intencionales de las acciones y de las reacciones correctivas).



  1. Aspiraciones epistemológicas y prácticas de la sociología

Es bien sabido que buena parte de las aspiraciones de la sociología a ser considerada como una ciencia se apoyan en el propósito de localizar regularidades en los cursos de la acción social que permitan predicciones correctas. El desafío consistiría en encontrar una serie de leyes que consigan conocer de antemano cómo se comportará un individuo, un colectivo, una institución… dadas unas determinadas condiciones. Explicar la realidad social equivaldría a conocer las lógicas de sus dinámicas y a integrar el cambio social, en cierto modo, como una suerte de determinismo (ante tales circunstancias, las trasformaciones sociales tomarán una u otra dirección). Con todo, la manifiesta incapacidad de las ciencias sociales para predecir acontecimientos sorpresivos que se convierten en inesperados no lleva a cuestionar ese modelo de recreación de escenarios futuribles. Puede verse en los esfuerzos que dichas ciencias tienden a hacer para integrar a posteriori los acontecimientos en una secuencia lógica que pretende explicarlos. Sería solo el conocimiento incompleto de los factores que habrían intervenido el que habría impedido un pronóstico atinado sobre el surgimiento de esa novedad disruptiva que, así, se convertiría en efecto de unas causas bien identificadas. En definitiva, no habría podido ser de otra forma, pero no se vio venir porque no se supo mirar adecuadamente.

Así los modelos normativo y racionalista de la teoría social presuponen un cierto aseguramiento en la reproducción colectiva. El primero en forma de una cultura cuyas normas y valores estarían en disposición de garantizar la acción colectiva a través de la socialización. El segundo gracias a un modelo protagonizado por un actor cuyo comportamiento racional se orienta estratégicamente a maximizar sus cálculos y permite predecir la conducta social. En ambos casos se presupone la existencia de una serie de regularidades y pautas que permitirían describir el funcionamiento de los órdenes sociales para hallar fórmulas de acción y orientación práctica, con frecuencia con el objeto de asegurar el éxito de la empresa colectiva. Frente a esto puede ser más que conveniente atender a la convicción de Mead de que ese tipo de fenómeno es en realidad una propensión racionalizadora constante del ser humano (Mead, 2008). Es como si se tratase de una forma “ligera” de empleo de la capacidad narrativa, del “dar cuenta de”; como si nos diese vergüenza reconocer ese haber estado antes en la ignorancia (en la línea del listillo que se apunta enseguida a la nueva versión recién hallada por otro con un “ya lo sabía”). O, todavía peor, no querer reconocer que lo imprevisto e inesperado era estrictamente imprevisible y no esperado. Una especie de estúpido errequeerre de la ignorancia, del dar la espalda al hecho de que nuestra intelección de las circunstancias de nuestra vida es precaria y que está inmersa en un océano de ignorancia. Porque, a la inversa de lo que predomina en nuestras mentalidades gestoras, el determinismo fundamental con el que haya que trabajar, desde la base misma de las convicciones, es el de la incapacidad de una previsión suficiente, precisamente, en aquello que hay de fundamental en la vida y en la con-vivencia, y el de la consiguiente disposición constante a arreglar la insolvente organización de los asuntos humanos.

Sin embargo, parece que la tarea tiene su dificultad si observamos la tendencia a separar la acción y el mundo microsociológico de los actores sociales y el de los procesos sociales, lo que permite que a menudo estos aparezcan revestidos de esa impersonalidad abstracta propia de los mecanismos inevitables económico-sociales y de la majestad que les acompaña, algo que deja, por ejemplo, de lado el cambio por razones ridículas, como la torpeza humana, las equivocaciones, los errores o las tontas confusiones. Tal separación posibilita que lo social sea más bien responsable de realidades bien nacidas pero no tanto de engendros sociales, lo cual a nuestro juicio resulta un gran problema.

En nuestra disciplina, ha tenido mucha importancia la imagen prosopomórfica de la sociedad como sujeto que acierta, garantizador y poderoso, capaz de obtener las metas que dispone de tal modo que, incluso cuando el sistema moral concreto de un momento histórico se desploma, ha tendido a prevalecer la perspectiva de que tal hundimiento era fruto de alguna ley interna de progreso o eficacia social, de la que fácilmente se derivaba una imagen irrealista de un personaje que siempre acertaba, hiciera lo que hiciera, justificando la eficacia del mecanismo social. Sospechosa cualidad esa del acertar de lo social, inmune al parecer a lo indeseables que puedan resultar sus producciones2.

Sorprende en este sentido la ausencia de ejemplos de funcionamiento chapucero o relativos a la torpeza o la estupidez en el funcionamiento de los mecanismos sociales cuando en los escenarios de la práctica son variables inesquivables y de suficiente importancia como para que todos las tengamos en cuenta3. Por lo demás, también asombra que el error y la ignorancia no aparezcan como ingredientes fundamentales de la acción colectiva y de la evolución sociohistórica, cuando, en cambio, fueron piezas esenciales de esa concepción del mundo que irradia la vieja tragedia griega, viniendo de los propios nacederos culturales del nuestro. Precisamente en ella es donde Ramón Ramos encuentra claves para un enriquecimiento del elenco de modelos teóricos con los que pensamos y exploramos la acción social, cuya intención es esponjar la antropología subyancente de las ciencias sociales de manera que sea más apta para hacerse cargo de la complejidad de nuestros escenarios de convivencia. Con ese propósito, Ramos ha propuesto en la figura del homo trágicus la incorporación de una nueva especie al catálogo de prototipos de actor que circulan en la teoría social: el homo moralis, el homo economicus, el homo specularis... Esa flamante incorporación, aunque de origen milenario, aporta a la teoría social aspectos distintivos que afectan cabalmente a las concepciones del mundo, de la acción y, por supuesto, del ser social (Ramos, 1999).


  1. Contingencia vs. previsibilidad. La relevancia del homo trágicus

Este homo trágicus, a diferencia de sus parientes evolutivos, no presupone un ser (la naturaleza, la identidad o la conciencia) previamente determinado que convierte a la acción en un desarrollo o despliegue de tal realidad previa. Lo radical de la tragedia griega, vista desde esta perspectiva de la teoría social, consiste en que de ésta surge una representación de una acción, de una praxis arriesgada donde nada asegura que lo realizado sea congruente con las intenciones de los actores. Lo que en esta acción se pone en juego es el ideal de vida (la eudaimonia), el sueño griego del equilibrio y de la posibilidad de vivir una vida plena, digna de ser vivida. Sin embargo, la ironía propia de lo trágico es que ese buscado punto de equilibrio al alza consiste en una remota singularidad no determinable, o que reposa en algo o en alguien que siempre puede modificarlo, de modo que la acción más insignificante resulta capaz de romperlo. Así el yerro o error trágico aparece como una amenaza que siempre se cierne sobre cualquier curso de acción4.

En este mundo el error no es, pues, la excepción, como en cambio ocurre allí donde moran Moralis y Rationalis, (digamos que esos homínidos están, más bien, insertos en un mundo en el que a lo erróneo no se le reconoce un estatuto relevante). Trágicus vive en un universo complejo donde el sereno ideal del crecimiento prudente viene asaltado por los estirones de la desmesura (la hybris), esa tendencia casi inevitable de la acción al desbordamiento, resorte principal que moviliza una trama cuyas consecuencias escapan al conocimiento y al control del protagonista, y que desembocará en ese final trágico que sobreviene al héroe patético, el fruto irónico de sus propias acciones5. El coro trágico avisa o se lamenta –sin que el protagonista pueda oírlo– de cómo la conducta del héroe le arrastra a ese desenlace. El problema no es que el héroe quebrante normas comunitarias. No es un personaje anómico; al contrario, la temeridad del héroe trágico es seguir unilateralmente los códigos culturales en un mundo complejo cuyas lindes son dinámicas, lábiles, borrosas y ambivalentes (Ramos, 1999).

Lo que nos interesa, en definitiva, desde un punto de vista sociológico, es que el modelo teórico que sintetiza Ramos a partir de la tragedia pone en primera línea el problema de la coordinación de la acción colectiva en medio de una heterogeneidad plural, inesquivable, que desborda la posibilidad de manejarse en ella con fórmulas generales y menos aún universalmente válidas. En un escenario así, la acción se muestra constitutivamente arriesgada y el fracaso, el error y la ignorancia tienen siempre reservado un papel esencial como mecanismos esenciales de generación de realidad social y como exigencias básicas de la acción correctora.

Como también señala Ramos, uno de los temas fundamentales en el origen de las ciencias sociales es el de la diferencia y la distancia entre las intenciones y las consecuencias de la acción. Los clásicos detectaron el problema de tal incongruencia, que es un tema principal en la tragedia. Sin embargo, si la mirada trágica la consideraba en su vertiente problemática enorme, en la ciencia social y sus modelos teóricos se ha presentado con demasiada frecuencia como un mecanismo funcional que, curiosamente, permite disolver desaguisados y que amortigua el potencial perturbador de los fracasos reconduciéndolos en un plano superior de realización histórica o social. Como señala Ramos esta pauta la podemos encontrar en teóricos tan importantes para la historia posterior de la ciencia social como Leibniz, Adam Smith, Vico, Mandeville, Kant o Hegel (Ramos, 2002). Estos pensadores aplican el “principio consecuencial”, esa brillante idea que debemos a Leibniz, pidiendo la suspensión del juicio histórico (e incluso científico-racional) ante todo aquello que nos parece injustificable de modo inmediato, y que puede ser susceptible de una enmienda posterior (ya venga ésta del decurso de la productividad histórica o del dios providente de sus teodiceas). Una advertencia que en sí misma parece razonable, al menos hasta que su aplicación desemboca en una especie de teodicea secular donde desaparece el accidente, el error e incluso el mal, que acaban siendo accidentes integrados y domesticados al servicio de un bien más alto (Ramos, 2002).

Por ejemplo, Mandeville señala que «el vulgo miope en la cadena de las causas no suele ver más del eslabón inmediato, pero los que pueden ensanchar su visión y entregarse al placer de echar una mirada a la perspectiva de los acontecimientos concatenados, podrán ver en cien lugares cómo el bien emerge y pulula del mal, con tanta naturalidad como los polluelos de los huevos» (Mandeville, 1997: 56. Citado por Ramos, 2002: 1017). Así pues hay que tener cuidado en la gestión de lo social pues las intenciones inmorales pueden dar a lugar a consecuencias positivas y las acciones morales a consecuencias negativas.

Como señala Ramos, el juicio moral que atiende a las consecuencias de la acción más que a las intenciones tiene la capacidad de absolver la acción al proporcionar la garantía de una moralidad mayor en la que aquélla se integra. Pero lo característico de estos pensadores es que, atendiendo a ese mecanismo, gran parte de los elementos que causan perturbación aparente desaparecen y los errores y accidentes se convierten en marginales. Así, las incongruencias inaceptables entre intenciones y sus consecuencias desaparecen, de tal modo que la mayor parte de ellas resultan asombrosamente benéficas por su utilidad funcional. Y lo que provoca escándalo moral en realidad contribuye a mejora de la especie y algo que podría considerarse un mal resulta positivo en el nivel sociosistémico6. Por ejemplo, Adam Smith nos recomienda no precipitarnos juzgando los egoísmos como antisociales, pues el amor a uno mismo se torna en beneficio publico a través de la Mano Invisible, sin que nadie lo busque. Es para él, precisamente, el mecanismo con el que la naturaleza nos engaña para lograr un fin social –que no buscaríamos ni podríamos obtener por nuestra cuenta–, conduciéndonos con argucias hacia el bienestar de todos y la preservación del bien público. El apetito por los medios logra así los fines de la naturaleza, dirigiéndonos a fines colectivos a través de los instintos.

Vico, en su filosofía de la historia, también observa, con su visión a gran escala, que el mundo se articula de manera diversa u opuesta a los fines particulares de los actores con objeto de conservar a la humanidad. La providencia ayuda, de modo que actuando éstos impulsados por las pasiones y su cortedad de miras dan lugar a lo que nadie buscaba. Las pasiones se convierten en prácticos movilizadores sociales. Las consecuencias no intencionales se afirman sobre las intenciones. De la ferocidad, de la avaricia y la ambición surgen instituciones como la milicia, el comercio, y la corte. Y del dinamismo de tales complejos surgen, a su vez, bienes como la fortaleza, la opulencia y la sabiduría. Esa conversión da muestra de una providencia que, mediante engaños y astucias, empuja la historia hacia objetivos que nadie se había propuesto generando órdenes morales imprevistos, de modo que Dios engaña a los hombres para su propio bien. Como apunta Ramos, en todos estos casos –como ocurre también en el de un Hegel capaz de «asegurar la muerte del yo trágico como un acto de justicia infinita» (Villacañas, 1993: 18. Citado por Ramos, 2000: 64)– el despliegue de estos movimientos y jugadas irónicos resuena con el género «de una gran comedia universal de reconciliación donde el espíritu juega astutamente con las pasiones para realizarse en el mundo» (Ramos, 2000: 64).

De la línea principal de estas posiciones teóricas cabría deducir que el poder de lo social estaría precisamente en una capacidad de abstracción que neutralizaría el fracaso y que permitiría concebirlo como algo necesario y encadenarlo causalmente en un horizonte productivo de prosperidad humana. Esto se realiza retrospectivamente, fijándose en el pasado o, ligando los diferentes sucesos y fenómenos a un futuro como partes de una unidad que se recapitula a posteriori. El concepto tan de moda de “destrucción creativa”, asociado a la descripción de los procesos del capitalismo, funciona de un modo semejante, cuidándose de asociar la destrucción con la innovación. Pero es en cambio el del presente, el tiempo verbal donde se hacen bien manifiestos los errores y chapuzas de lo social7.

Por otro lado resulta interesante ver cómo la recurrente pauta de remitir la destrucción a un orden de abstracción superior –con objeto de asegurar y atenuar su efecto perturbador para el cosmos– posibilita una especie de externalización de la moralidad de consecuencias más que problemáticas. El problema de que la ciencia social se fije en la regularidad a la búsqueda de la posibilidad de encontrar la clave que permita entender, de una vez por todas, el cambio social es que pierde de vista la importancia absoluta de la novedad y de lo inesperado y el reto con el que se mide continuamente la acción colectiva.


  1. El ambiguo papel de los expertos

Resulta más sencillo ignorar lo central de la falibilidad de los procesos sociales mirando hacia el pasado y reconstruyendo procesos que en tiempo presente. Cuando ponemos los pies en la actualidad nos encontramos un conflicto fundamental. Por un lado en el orden de la vida cotidiana se percibe que los órdenes sociales y la efectividad de los mecanismos dependen de las interacciones meramente probables (y falibles) de los actores sociales. Existe una conciencia sobre la factura humana de los órdenes sociales que permea nuestras orientaciones vitales prácticas. Diferentes fuentes diversas de sabiduría informal nos indican que, debido a lo complicada que resulta la materialización de los planes e ideales, existe una necesidad continua de improvisación, que también afecta a los fines y, en general, a las expectativas. Ningún plan es infalible, de manera que la reconstrucción es una tarea continua y primordial de la organización social en todos sus ámbitos. Sin embargo, en multitud de ocasiones nos encontramos con un diseño rígido de los planes que pueden conducir al cumplimiento de expectativas cuyo valor se afirma en términos abstractos y, en rigor, poco realistas. Unas expectativas, además, que se convierten en metas y requieren atender las recomendaciones de los expertos para que se vean cumplidas. Resulta más sencillo ignorar lo central de la falibilidad de los procesos sociales mirando hacia el pasado y reconstruyendo procesos en tiempo presente. No hay ni que decir que esa disposición ética en escenarios que, como decíamos, hay que concebir como radicalmente abiertos a la novedad inesperable, es desatinada. Desde luego, es conservadora: se adivina en ella el miedo a perder o a tener que cambiar, por parte de seres destinados a cambiar.

De hecho, pese a la inconsistencia de unas planificaciones que sólo atienden un curso prediseñado (según parámetros familiares) de la acción social como susceptible de conducir al éxito (definido como cumplimiento de expectativas), tenemos a ciertos expertos reclamando su competencia en ámbitos de la gestión de lo social apoyados en la presunción de que disponen de un conocimiento atinado de las lógicas y leyes sociales que articulan su estructura. Así, podemos imaginar un conflicto potencial entre el hecho de que algunos expertos buscan extraer generalizaciones para poder predecir el cambio social y la evidencia de que, en muchas ocasiones, se reproduce la realidad “a la buena de Dios”, sin saber ni disponer de datos, sin importarle a uno demasiado las consecuencias de sus acciones, o amparado en la posibilidad de falsificar los indicadores o hacerlos pasar por aquello que conviene.

Este problema –el de una composición de lugar pretenciosa y extravagante– se materializa cuando encontramos que, con frecuencia, el experto culpa de su incapacidad para explicar o predecir la realidad a los comportamientos irracionales de los actores sociales. En esa clave puede interpretarse la frase de Max Horkheimer cuando señala que «los procesos sociales todavía en modo alguno son productos de la libertad humana, sino que son resultantes del ciego actuar de fuerzas antagónicas», lo que supondría que las predicciones de las ciencias sociales serían imperfectas (Horkheimer, 1990: 49). Horkheimer casi parece estar reconociendo aquí que con esos mimbres resulta imposible hacer ciencia, o que ésta sólo podrá realizarse cuando la gente se comporte de modo racional (que equivaldría a libremente, pues se entiende que alguien guiado por impulsos ciegos que no sabe controlar actúa sin libertad). La posibilidad de una ciencia social con la pertinente capacidad predictiva reposaría sobre el despliegue de una humanidad que se hubiese liberado de las sombras y del fondo de irracionalidad que le impediría emanciparse y hacer efectivo su potencial de autonomía. Sólo los sujetos realmente autónomos pueden encajar en un modelo que desestima lo caprichoso, fortuito, irreflexivo, absurdo…, esto es, aquello que impide esperar una conducta razonable en contextos definidos objetivamente. No parece dudable que el problema de dislocamiento por pretenciosidad del cometido de las ciencias sociales (en ese primer plano dispositivo hacia las situaciones de acción) resulta especialmente llamativo cuando el ufano compañero de viaje con quien hemos podido contar, es alguien tan exquisitamente refinado y volcado al cambio como Horkheimer.

La cuestión es que ante los fracasos en las predicciones resulta habitual defenderse diciendo que los modelos funcionan «en condiciones de normalidad» (Taleb, 2008: 224-226). Unas condiciones que, si siguiéramos la sugerencia de Horkheimer, tendríamos en todo caso que dejar pendientes de una ilustradísima “normalización” suficiente; y que, por supuesto, no incluyen la posibilidad de conductas erráticas, irracionales, emotivas, estúpidas, inesperadas… pese a que tales conductas conforman un conjunto habitual (normal) de respuestas. Esa perspectiva que hace equivaler la normalidad con lo razonable obvia también que los actores sociales confían habitualmente en los malos cálculos, errores y agujeros de los ordenamientos sociales para ver cumplidos sus propios planes. E incluso que, en muchos casos, los motivos de confianza que acumula en ese sentido son los que inhiben, amortiguan o postergan otros planes intermedios, que también se entrecruzan en sus imaginarios, sobre posibles tareas de demolición parcial de esos ordenamientos.

Nassim Taleb nos avisa de que el conocimiento ha tendido con frecuencia a lo largo de la historia del pensamiento a centrarse en sucesos previsibles y de poca importancia desdeñando, una y otra vez, lo impredecible de los sucesos trascendentales. No se logró anticipar el ascenso de Hitler y la guerra subsiguiente, ni el desplome soviético, ni tampoco se predijo el auge del fundamentalismo islámico o la difusión de internet (Taleb, 2008: 24). En la actualidad tampoco los expertos han predicho los recientes movimientos democráticos en los países musulmanes ni su efecto de réplica en Europa y Estados Unidos, o la actual crisis financiera y su prolongación en el tiempo. Tampoco parece que las previsiones de los expertos de la Unión Europea y otros organismos económicos como el FMI o el Banco Central Europeo se estén cumpliendo a cuenta de los reajustes continuos en las previsiones. Muchos expertos se defienden alegando déficits de información. Por ejemplo, se dijo que los soviéticos habían ocultado datos sobre el auténtico estado de su economía (ibid.). ¿Pero acaso no es normal que el enemigo se reserve la información? Lo extraño sería que el experto pudiera ver la actividad real de los actores relevantes o que éstos se la entregaran de buena fe, o que los índices fueran transparentes y reflejaran la actividad real. Y sin embargo, con frecuencia se alega que de haberse dispuesto de cierta información que faltaba para completar el puzle el modelo habría sido capaz de predecir lo que iba a ocurrir. Una frase donde el término información es lo suficientemente vago como para preguntarnos a qué se refiere. ¿Cuál es la línea de separación entre el concepto “tener la información” y el conocimiento que se posee a posteriori una vez que sabemos qué ha ocurrido? 8.

Uno de los problemas de los expertos parece ser esta incapacidad para asumir el fracaso como una dimensión habitual de la acción social, un reconocimiento necesario para la corrección social. En las últimas décadas parece haberse ido dando una deriva técnica de los criterios de evaluación política de la gestión administrativa que hace que no quede muy claro hasta qué punto es posible el reconocimiento del fracaso y su integración como parte de la fórmula que trata de explicar las realidades sociales.

A esto habría que añadir un elemento que resulta aún más grave que esa indefinición de criterios de medida, pues no afecta sólo a la solvencia de la teoría para integrar la complejidad social en todos sus planos, sino que tiene consecuencias sobre esa misma complejidad. Nos referimos a la incorporación de expectativas que nacen de la previsión de esos mismos expertos respecto a qué ha de plantearse como objetivo. En particular, en el contexto de crisis actual, se apuntan objetivos de desarrollo y crecimiento económico que se vinculan con el bienestar social y con la riqueza, y que esos mismos expertos traducen en políticas de déficit cero, en medidas que tranquilicen a los mercados, en reducciones brutales de las inversiones públicas y de los programas de solidaridad social. El escenario de crisis económica ha situado a los expertos en la primera línea de la gestión administrativa, dando por hecho que dichos expertos sabrán localizar los fallos del sistema y corregirlos para procurar la salida de la crisis. Nos hemos acostumbrado a oír, para justificar medidas políticas que tienen inmediatos efectos dramáticos sobre la población, que no queda más remedio, que son medidas necesarias, que no hay otra alternativa… Los gobernantes elegidos democráticamente asumen y subrayan su incapacidad para tomar decisiones autónomas9. Y en ese ejercicio se pierde toda posibilidad de actuar libremente y de definir activamente modelos alternativos. Esa pérdida de la capacidad de discutir y de definir objetivos delata una perversión del modelo de gestión en dos planos diferenciados. Uno, el que apunta a por qué se acepta la posición privilegiada de determinados expertos y dos, derivado de éste, el que cuestiona tanto la selección de objetivos y expectativas definidas por dichos expertos como las medidas que se suponen que permitirían alcanzarlos.

Aquí sí localizamos una formulación expresa de expectativas que, una y otra vez, señalan un mismo horizonte: el que tiene que ver con un modelo económico al que no le afecta lo más mínimo la acusación de generar inevitablemente brutales desigualdades sociales y que se reafirma a sí mismo sobre la presuposición de que el saldo global puede seguir siendo positivo. En realidad, la lectura que podría hacerse de esa confianza en los dictámenes de las comisiones de expertos apunta más a una ceguera que a la clarividencia. Parece que aquella libertad a la que apuntaba Horkheimer se aleja definitivamente, pues las fuerzas ciegas antagónicas son precisamente las que vienen impulsando y dando forma a esa salvaje vuelta de tuerca del capitalismo que se ha consolidado con el proceso de globalización en el que se sustenta el llamado capitalismo financiero10. Por mucho que las decisiones quieran aparentar ejercicios serios de análisis de las fuerzas que operan en el mercado y de las lógicas y dinámicas que hacen fluctuar diariamente la deuda de los países. Si hay una constante que se repita en esos escenarios del capitalismo financiero es el de la ambición desmedida combinada con aquella adiaforización de la que hablaba Zygmunt Bauman para dar cuenta de cómo la creciente distancia entre las acciones y las consecuencias de las mismas estaba en la base de las conductas más amorales del ser humano del siglo XX y XXI (Bauman, 204: passim)11.

En este entorno, se habla de tiburones de las finanzas (de auténticos depredadores a quienes no les tiembla el pulso ante la expectativa de obtención de un beneficio económico), pero también de pequeños ahorradores e inversores que desconocen los movimientos y prácticas de los gestores de su capital y a quienes sólo interesa el rendimiento porcentual de las inversiones en bolsa que llevan a cabo los expertos de su banco. En el fondo, el sistema opera bajo un simulacro de orden y control. Es imposible identificar nítidamente a los agentes responsables de su funcionamiento y, también, establecer unas reglas precisas que predigan las fluctuaciones y vaivenes12. No es casual que se haya hablado también de capitalismo de casino y que la especulación financiera se proyecte como un juego generador de burbujas que cuando estallan generan fracasos, pero propician también suculentos beneficios a unos pocos que seguirán definiendo los flujos de capital financiero y las reglas del juego y condiciones para participar en él.

Con todo, ante este panorama se perfila una expectativa de futuro que apunta al mantenimiento de ese “orden”. No parece que se perciba la dosis de barbarie inscrita en la misma conversión de ese modelo en clave de la organización social. El éxito en la persecución de ese objetivo de mantenimiento de un sistema financiero cuyas bases y fundamentos no admiten ser revisadas en la práctica dejándose en manos de determinados expertos que, se supone, saben cómo afrontar eficazmente los “riesgos sistémicos”13, supone automáticamente el fracaso en otras expectativas sociales que apuntan a una economía menos desalmada y que no descarte ciertos objetivos de justicia y equidad social.

En realidad, la revisión del modelo de análisis y gestión de lo colectivo no atañería exclusivamente a la definición de las acciones que idealmente podrían conducir al éxito, sino que incumbirían al núcleo mismo de la definición de en qué consiste ese éxito.

Puede recordarse, por lo demás, que esas presuposiciones acerca de la capacidad de control y predecibilidad sobre los procesos sociales se asientan firmemente en la pretensión de dominio de la modernidad triunfante, con lo que cabría esperar que en un escenario de puesta en cuestión de sus postulados acerca del progreso y la civilización pudieran ponerse también en duda esos ejercicios de fiscalización del presente a cuenta de un futuro prefijado como objetivo.

Como señala Bauman remitiendo a la tensión entre civilización y barbarie, pero apuntando en esa misma dirección de la confianza moderna en el dominio racional de los procesos,

El binomio “mantenimiento del orden versus violencia” no es sino una de las muchas y, por lo general, solapadas contradicciones (como las que existen entre razón y pasión, racionalidad y afectividad), impuestas sobre una oposición moderna central entre lo controlado y lo fuera de control, lo regular y lo irregular, lo predecible y lo impredecible. La actividad ordenadora, principal pasatiempo de las instituciones modernas, es una cuestión de imposición de lo monótono, repetible y determinado; cualquier cosa que se resista a esta imposición pertenece a la esfera de lo salvaje, al territorio más allá de la frontera, una tierra hostil aún por conquistar o, al menos, pacificar (Bauman, 2004:20-21).

Esa pretensión, que ahí se expresa como espacios de salvajismo susceptibles de pacificarse situándolos bajo control, parece retomarse en esa cesión de poder a determinados expertos que dictaminan qué pasos han de seguirse. Confiando en que están capacitados para ejecutar planes de acción racionales y exitosos. Son en todos casos formas, como otras mil, de enmarcar la experiencia del mundo violentándola o inventando su realidad a su manera (Goffman, 2006).

Ahí, como ya hemos apuntado, advertimos problemas en varios planos. Por una parte, en aquel que tiene que ver con la confianza en que es posible ceñir y controlar esos cursos de acción que tienen que ver con las dinámicas de la vida colectiva. Ya hemos recalcado las limitaciones de esos modelos de análisis que consideran en términos deterministas la identificación de leyes sociales y que manifiestan que lo inesperado podría haberse esperado de conocer de antemano la suficiente información. También, se advierten problemas en el plano de la acción y en la necesidad de identificar a los sujetos o instituciones que ejercen el poder en su zona de dominio y en la legitimación de las decisiones que plantean, tanto en términos de definición de objetivos cómo en el diseño de las políticas para lograrlos. Cabría esperar que el ejercicio de dicho poder fuera acompañado de la asunción de responsabilidad sobre las consecuencias del mismo, en especial cuando éstas aparecen como fracasos o, muy frecuentemente, como efectos colaterales unidos al logro de determinados objetivos14. La integración en esos modelos de análisis y gestión de lo colectivo de esas otras claves que recogen la perspectiva del fracaso y de la frustración de expectativas legítimas ligados al despliegue de políticas diseñadas por un objetivo genérico (déficit cero, confianza de los mercados, sostenimiento del sistema financiero…) sería obligada si, como en realidad no ocurre, la expectativa de éxito (como horizonte utópico en el sentido positivo del término, esto es, como impulsora y como aliento crítico hacia las miserias del presente) contemplara al conjunto de los sujetos afectados por las diversas tomas de decisiones.



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