Complejidad e Intimidad en la Violencia de los Hombres



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Complejidad e Intimidad en la Violencia de los Hombres.
Reflexiones en torno al poder, el habla y la violencia hacia las mujeres


Roberto Garda1

¿Qué pasaría si los hombres hicieran visibles cómo ciertas prácticas discursivas reproducen un dominio del poder masculino en por ejemplo criterios de moda y belleza, o en ideales de maternidad, de monogamia y de heterosexualidad? ¿Que ocurriría si los hombres se permitieran exponer sus prácticas de acoso sexual en el trabajo, o los médicos sus prácticas de atención violentas ginecológicas, obstétricas o psicoterapéuticas? ¿Que pasaría si como dicen las feministas los hombres se atrevieran a reconocer y mencionar que ejercen practicas de control por medio del acoso sexual en el trabajo o en las relaciones familiares más íntimas con la pareja y los hijos y las hijas? En el presente artículo ofrezco parte de mi experiencia al escuchar la violencia de los hombres. Asimismo, reflexiono con base a la revisión de algunos teóricos cómo se estructura ña experiencia de la violencia masculina y los hombres.


En el primer apartado Violencia de los hombres, masculinidad y complejidad reflexiono en tono a las miradas que se han realizado sobre la violencia de los hombres en las experiencias de atención. Concluyo comentando que es importante mantener miradas complejas sobre esta problemática y rechazar miradas unilaterales y causales. De hecho, retomo a Burin y Meler señalando que es la perspectiva de género la que brinda lineamientos u orientaciones sobre el significado de complejidad. Asimismo, señalo que debiera separarse la problemática de la violencia de los hombres de la dominación masculina. Comento que la primera es parte de la segunda, pero que la violencia de los hombres comienza a ser inútil para la dominación masculina. Advierto sobre los riesgos de castigar a los hombres reproduciendo las formas hegemónicas de masculinidad. Por ello propongo reflexionar sobre su violencia escuchándolos.
En el segundo apartado El silencio y la violencia de los hombres reflexiono sobre el significado del silencio de los hombres y cómo este tiene dos lecturas. Por una parte significa la incapacidad aprendida y real de los hombres para articular en palabras la experiencia de violencia. Señalo que comúnmente estas historias surgen por medio de lenguajes no verbales en el cuerpo y malestares de los hombres. Por otro lado, reflexiono cómo este silencio también representa una forma de control y poder. Señalo que el silencio evita que los/as demás miembros de la familia se vean a sí mismo, y cómo los mismos hombres se evitan observarse así mismos. Concluyo señalando que ante los silencios de los hombres comúnmente son las instituciones patriarcales las que “hablan por el hombre", reproduciendo los discursos de la masculinidad.
En el apartado Habla y violencia en los hombres señalo las formas racionales y culpabilizadoras en las que los hombres expresan su violencia. Comento que comúnmente estos interpretan lo que las mujeres dicen, y que esta interpretación tiene connotaciones de poder y de inequidad de género. Concluyo señalando que los hombres tienen una escucha muy estrecha sobre lo que ellas les dicen, y que en cambio las mujeres tienen una escucha muy amplia sobre ellos. Con esto las mujeres (y demás miembros de las familias) se hacen invisibles y los hombres crean monólogos, donde la comprensión se ve sustituida por la interpretación.
En el apartado Habla e intimidad en los hombres comento que los hombres al hablar su violencia no solo lo hacen desde el control y el poder. Comento que además lo hacen desde el deseo de intimidad y acercamiento. Principalmente reflexiono sobre la experiencia que he tenido en el grupo de reflexión donde trabajo en el Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, AC. En este espacio he escuchado historias de hombres que hablan de experiencias de violencia donde ellos vivieron maltrato. Reflexiono cómo esta habla les permitiría construir la intimidad y colocarse como sujetos “capaces de lenguaje y acción" --en el sentido en que Habermas lo señala--. Así conluyo señalando que esta intimidad es la puerta para que los hombres comiencen a construir una nueva intimidad.
A lo largo del trabajo reflexiono sobre cómo el poder se articula con las experiencias de los hombres. Reflexiono continuamente en torno a Bourdieu, pero principalmente sobre Foucault. Creo que este es un reto en los trabajos sobre violencia masculina. Retomar aquellas críticas teóricas que se han generado desde el postestructuralismo y los discursos críticos a la modernidad, para comenzar a dar una nueva lectura a las historias de malestar y dolor de los hombres. De hecho, considero que este ejercicio apenas comienza.

Violencia de los hombres, masculinidad y complejidad
Reflexionar sobre la violencia de los hombres significa reflexionar sobre la dominación masculina. Significa analizar aquellas formas de control de los hombres sobre las mujeres, otros hombres y ellos mismos, y sobre sus historias personales donde se les exigió garantizar las formas de dominación masculinas. Bourdieu señala que las formas de dominación de la masculinidad buscan crear un mundo sexuado, donde los cuerpos, las actividades, los espacios y tiempos se mantengan en estricta separación y los roles exactos en tiempos y espacios exactos. Así, este autor sostiene que:
[La dominación masculina se sostiene en] ...el principio de la inferioridad y de la exclusión de la mujer, que el sistema mítico-ritual ratifica y amplifica hasta el punto de convertirlo en el principio de división de todo el universo, no es mas que la asimetría fundamental, la del sujeto y del objeto, del agente y del instrumento, que se establece entre el hombre y la mujer en el terreno de los intercambios simbólicos, de las relaciones de producción y de reproducción del capital simbólico, cuyo dispositivo central es el mercado matrimonial, y que constituye el fundamento de todo el orden social (Bourdieu, 2000: 59)
La violencia de los hombres se ha convertido en un instrumento de control en este sistema. Por ello reflexionar y atender la violencia de los hombres es reflexionar sobre los aspectos sociales y culturales de la masculinidad. Sin embargo, al trabajar con la violencia de los hombres diversos autores se han encontrado con que este sistema de dominación masculina también se reproduce hacia los hombres, y que éstos expresan vivencias de exclusión sexista por no cumplir determinados mandatos de la masculinidad. Así, atender la violencia de los hombres es atender aspectos sus sociales y los psicológicos, y significa analizar cómo a través de estos campos de conocimiento la experiencia de los hombres fluye tal y como dice Foucault que fluye el poder.
Por ejemplo, Antonio Ramírez señala que comúnmente a la violencia masculina se le ha visto desde tres perspectivas: biológicista, psicologísta y la de género (donde incluye la perspectiva cultural). Este autor crítica las dos primeras, y concluye señalando que las causas de la violencia masculina deben encontrarse en las creencias de superioridad masculina sobre la mujer, y en aquellas formas de control que los hombres ejercen contra su pareja (Ramírez, 2000: 17-36). En este mismo sentido Oswaldo Montoya señala que en Nicaragua el modelo hegemónico de los hombres no es diferente que lo que sostiene la perspectiva de género: «En definitiva, la identidad masculina hegemónica en nuestro país sigue apuntando al ejercicio del poder y el control sobre otr@s. Dominar, mandar, representar, protagonizar, poseer, se constituyen en la fuerzas motivacionales más importantes de la masculinidad hegemónica.» (Montoya, 1998: 20). De hecho este autor realizó grupos sociales con hombres “violentos” y “no violentos” y con los primeros encontró de forma nítida qué significaba ese “control” y “abuso” sobre la mujer. Los hombres señalaron 6 categorías donde expresaban sus deseos y lo que buscaban en una relación de pareja: a) que la esposa lo atienda, b) que la esposa lo entienda, c) que sea él quien dirige la relación, d) que la esposa dependa de él, e) que la esposa sea fiel, y f) que la esposa “le tenga” hijos.
Por otra parte, Jorge Corsi señala que hay que mantener con una “mirada amplia” al momento de abordar la violencia masculina. Sostiene que deben ser tomados en cuenta desde aspectos culturales y sociales hasta aspectos biológicos y psicológicos. Y que éstos deben ser analizados tanto en aspectos macrosistémicos, como en exosistémicos y microsistémicos.2 Sin embargo, este autor también reconoce una gran carga de responsabilidad en los tradicionales valores de la masculinidad. Señala que «Los hombres que ejercen violencia física en la relación conyugal suelen representar la caricatura de los valores culturales acerca de lo que “debe” ser un varón, de los mitos culturales de la masculinidad que ya hemos anunciado. Aún cuando no lo digan abiertamente, están sosteniendo formas de relación que tienden al control y la dominación de quien consideran inferior» (Corsi, 1995:32). Sin embargo a nivel micro, Corsi aplica diversas técnicas que parten de una perspectiva más psicológica en la atención.
De hecho un enfoque más psicológico lo sostiene Echeburúa y Corral, pues señalan que las emociones permiten adaptarse a determinadas situaciones que presenta la vida. Y que hay patologías cuando la expresión, duración e intensidad de estas no están relacionadas con los estímulos que las generaron. Para ellos comúnmente los hombres no expresan otros sentimientos ante determinados conflictos. Así, señalan que la ira de los hombres es un problema central a atender para resolver la violencia en el hogar. Proponen romper el aislamiento emocional de los hombres, pues piensan que éstos no expresan sus sentimientos debido a que creen que hacerlo es señal de debilidad y “no se es hombre fuerte”. De este modo «...la inhibición de los sentimientos y esta percepción distorsionada de la realidad pueden conducir a conflictos que, al no resolverse de otra manera, se expresan de forma violenta» (Echeburúa y de Corral, 1998: 80-81). Una propuesta similar es la de Dutton señala que el trastorno de estrés postraumático brinda pistas para reflexionar en torno a la problemática de la violencia masculina. Este autor, después de rechazar propuestas biologicistas y genetistas y de polemizar con la perspectiva feminista, propone que los hombres aprenden la violencia como producto de haberla vivido de niños. Así señala que «aunque no son capaces de expresarlo verbalmente, los hombres violentos parecen haber experimentado tempranamente un tipo de trauma que, además de haberlos inducido a imitar las acciones violentas, produce otros efectos. Esos efectos se manifiestan globalmente en su sentido de sí mismos, su incapacidad de confiar en los demás, sus celos delirantes, sus estados de ánimo cíclicos, su cosmovisión. Constituyen lo que he denominado personalidad violenta.» (Dutton, 1997: 95-96).
Al revisar estas corrientes, y al reflexionar sobre mi experiencia en el trabajo con grupos de hombres que reconocen su violencia. He encontrado un fuerte vínculo entre los mandatos sociales de la masculinidad y las experiencias personales de violencia de los hombres. Efectivamente, los hombres ejercen violencia porque llevan a cabo los roles de género masculinos y las formas de control hacia la pareja: la insultan, la desprecian, etc.. Pero, por otro lado, al escuchar a estos mismos hombres surgen las historias de maltrato y las frustraciones. Los hombres se reconocen como incapaces en muchas cosas de la vida, aunque el ideal de “un hombre de verdad” es exactamente lo contrario. Con base en esto, considero que para detener la violencia hacia las mujeres es importante focalizar a la violencia masculina como un problema social. Así, en esta etapa de la atención hay que redimensionar los aprendizajes sociales de la masculinidad por sobre las historias de dolor de los hombres. Esto es muy importante porque es central que los hombres aprendan a verse como sujetos que siguen mandatos sociales que los rebasan y que --al ejercer violencia-- los ejecutan sin más reflexión. De hecho desde esta perspectiva también hay que ver que el hombre que fue maltratado y sufrió abuso vivió ese maltrato porque le imponían ése mismo control y esa misma dominación. Sin embargo, parar la violencia no es suficiente, hay que impulsar el cambio de los hombres, y para ello hay que ver la violencia como una forma de expresión de los hombres. Actos de abuso de poder, que hacen daño, que lastiman y aíslan, pero que nos dicen “algo más” de los hombres. En este sentido, el cambio de los hombres que ejercen violencia viene por reconocer las necesidades y sentimientos de los hombres, y las historias personales que existen alrededor de estas. Necesidades encubiertas e indebidamente expresadas. Pero reales.
De esta manera propongo que adoptemos la perspectiva de género como una herramienta que propone complejizar en torno a la violencia de los hombres y la dominación masculina. Pero ¿Qué entenderemos por complejidad en el caso de la violencia de los hombres? Mabel Burin e Irene Merler proponen que para analizar alguna problemática desde la perspectiva de género hay que recurrir a miradas multidisciplinarias. Señalan que a partir de ésta podemos rechazar la mirada determinista, causal y la conceptualización simple, y se pueden desarrollar miradas complejas. Para estas autoras la complejidad desde la perspectiva de género significa por una parte, explorar las relaciones que existen entre el sujeto y el objeto de investigación, y las relaciones que tienen con su entorno; y significa ver al sujeto y al objeto como seres organizantes, reconociendo que hay elementos complejos en los problemas que mantienen, y que esta complejidad se expresa por problemas de complementariedad. De esta forma, afirman que «...enfrentar las contradicciones de lo complejo no con criterios binarios (“superadores” de síntesis) sino de criterios ternarios (tercer término) que no “superen” sino que transgreden (desordenan).» (Burin y Merler, 2000: 34). De esta forma, las autoras realizan una crítica a diversas dicotomías y reconocen que parten del llamado feminismo de la tercera ola o postmoderno.
Una mirada lineal y simple ve en los hombres solo “golpeadores”, “ogros” o “monstruos”. Y esta mirada en blanco y negro reproduce el discurso de la masculinidad, pues reproduce sus dicotomías. La dicotomía básica de la masculinidad sostiene que sólo hay unos pocos hombres “violentos” que maltratan, y son hombres genéticamente y biológicamente enfermos. Y sostiene que la mayoría de los hombres sí son buenas parejas y padres. La masculinidad desea que pensemos esto sin que un ápice de las instituciones patriarcales hallan sido cuestionadas y cambiadas, y sin que el discurso hegemónico masculino haya sido realmente desafiado. Tradicionalmente, el discurso machista culpa a las mujeres sobre el problema de la violencia familiar, pero ante la evidencia de la participación y responsabilidad de los hombres y el avance del movimiento de mujeres, este discurso ha cambiado de estrategia. Ahora nos dice que el problema de la violencia familiar son los hombres “enfermos” y “malos”, y que hay que castigarlos. De esta manera, el castigo a unos hombres si bien puede ser efectivo en algunos casos, en realidad se convierte en una “cortina de humo”, pues no resuelve el problema social de fondo de la dominación masculina.
Así, desea que premiemos a los hombres no violentos, y que sancionemos a los agresivos y violentos. Sin embargo, la masculinidad no sanciona a los “hombres violentos” por un deseo ético y para resarcir el daño que se hizo a las mujeres y niños/as maltratados. Lo que necesita es enviar un mensaje de poder a los otros hombres. Que los hombres vean y sepan que quienes cometan la torpeza de hacer visible la parte más desagradable de la hegemonía masculina serán castigados. Pues ponen en riesgo todo el sistema de dominación. De esta forma, el trabajo con hombres puede convertirse en instrumento de poder y control hacia los hombres. Pues son los “hombres violentos” los que expresan la paradoja más profunda de este sistema de dominación masculina, Si los silenciamos. Si no los escuchamos, estaremos reproduciendo el sistema que criticamos.
Bourdieu señala que históricamente la masculinidad ha implementado diversas formas para acumular poder por medio del capital simbólico. La acumulación de este capital tiene sus formas de dominación, y una de ellas es la violencia de los hombres hacia las mujeres. Pero esta violencia cada vez tiene el resultado contrario: en lugar de retener a las mujeres las está ahuyentando. Esto ocurre porque las mujeres que inician algún proceso reflexivo –ya sea en espacios de apoyo de mujeres o por el apoyo de alguna vecina o persona cercana— concluyen que es mejor dejar a estos hombres que continuar con ellos. Eso no le conviene a la masculinidad. Por eso prefiere cambiar de estrategia: con la bandera de detener la violencia masculina en el hogar señala que es mejor castigar a estos hombres. Pero el real objetivo es retener y mantener la fuente de acumulación.
Además, en el trabajo con hombres he visto que a pesar de que los hombres renuncian a su violencia y la detienen, ello no implica que renuncien a los privilegios que generan inequidad. He observado que los privilegios pueden obtenerse por medios no violentos, o por medio de una violencia más simbólica. Y este es le peligro de los programas de atención a la violencia de los hombres: que consideren que al atender al individuo se cambia a la cultura, a la institución patriarcal y la ideología masculinas. Y no es así, la violencia de los hombres es parte de la dominación masculina, pero la dominación masculina no es solo violencia de los hombres.
¿Porqué la masculinidad comienza a ver a la violencia de los hombres como no funcional? Porque la masculinidad debe de cambiar de estrategia. Esto es, como dice Foucault, «...toda relación de poder implica, pues, por lo menos virtualmente una estrategia de lucha, sin que por ello llegue a superponerse, a perder su especificidad y finalmente a confundirse» (Bryges y Robinson, 1988: 243). La dominación masculinidad busca la selección de soluciones “ganadoras” sobre sus adversario. Si el adversario es lo femenino, no importa que la estrategia sea castigar a los hombres.
De esta forma, una perspectiva compleja sobre la violencia de los hombres nos permite diferenciar dominación masculina y violencia de los hombres. Y cómo ésta última surge cuando en los hombres se estructuran mandatos sociales y experiencias psicológicas que devienen en la solución violenta del conflicto. A continuación veremos cómo se entrecruzan el poder social y la profundidad de la historia personal de los hombres para complejizar su violencia.
El silencio y la violencia de los hombres
La violencia surge del abuso de poder de una persona hacia otra. En la violencia familiar comúnmente este maltrato se da de hombres contra las mujeres y los hijos/as. Este maltrato genera historias de maltrato que comúnmente son silenciadas y calladas tanto por quienes ejercen violencia como por quienes son víctimas de ella. El poder controla y domina las formas de expresión de las personas. Mediante diversos mecanismos borra el recuerdo, suprime la experiencia y presiona para que las cicatrices sean olvidadas. Esto genera silencios que se convierten en pactos en las familias y en las sociedades. Los pactos de silencio son impuestos en el seno familiar: el joven se guarda sus sentimientos cuando el padre lo descalifica, y a su vez reprime a sus hermanas cuando se quejan. La madre silencia la golpiza del marido y lo defiende ante los ataques de los hijos. Las hijas callan el abuso del padre, y a su vez critican al hermano cuando “habla mal” de él. De esta forma, quienes comúnmente reciben la violencia generan complicidades que reproducen las formas de dominación, y generan alianzas y estrategias para sobrevivir. Así, todos reproducen las relaciones de abuso de poder que impone la masculinidad y se convierten en tornillos y engranes del dispositivo de poder masculino.
Bob Powers en un excelente libro sobre historias de homosexualidad, señala que existe un código de silencio en el ejército de Estados Unidos. Este se aplica a las familias cuando ocurren cosas no deseadas. Este código es simple, pero sus consecuencias son muy profundas. El código dice: “No preguntes. No lo digas”. Powers señala que significa “No preguntaré si eres gay, y si lo eres no quiero que me lo digas” (Powers, 1999: 14). Así se genera un pacto en la familia que levanta un silencio en torno a la orientación homosexual de uno de los miembros. Este mismo principio sirve para la violencia familiar. De hecho podríamos decir: “No preguntaré si vives violencia familiar, y si la vives no quiero que me lo digas”. Cada familia tiene sus propios códigos y crea sus propios silencios. Estos se forman de acuerdo a la cultura, el nivel socioeconómico, etc.. y con base en ellos se construyen mecanismo de sanción y castigo para quienes no acatan los mandatos de silencio. Considero que develar estos códigos y desestructurarlos abre las posibilidades de cambio.
Sin embargo, existe una necesidad de que las historias de violencia sean habladas. Éstas encuentran sus propias formas de salir y crean su propio lenguaje. Un ejemplo de ello es el lenguaje del cuerpo. Considero que el trastorno de estrés postraumático nos dice cómo hablan los cuerpos. Este transtorno considera que las personas que han vivido un hecho traumático y violento reexperiementan recuerdos, conductas y sensaciones con respecto al suceso traumático. Señala que estas personas evitan pensamientos, actividades y surge la sensación de no poder realizar planes actuales y para el futuro. Además señala que las personas que han vivido esta situación tienen síntomas como dificultades para mantener el sueño, esporádicas o continuas explosiones de ira. Así, las personas no se pueden concentrar, hay hipervigilancia y surge una alarma exagerada a sucesos aparentemente “simples” (Echeburúa y Corral, 1995: varias pags). De esta forma, la violencia se manifiesta en el cuerpo, se apropia de él y lo conduce y dirige. El cuerpo se enferma, se recupera y reacciona como producto de la violencia. De hecho el poder se apropia del alma, como dice Foucault al cuerpo se le castiga y se le convierte en un efecto e instrumento de una anatomía política del cuerpo. Así el alma se convierte en prisionera del cuerpo (Foucault, 1997, 36).
Bass nos dice con relación al abuso sexual:
Los recuerdos pueden permanecer almacenados en nuestro cuerpo, en forma de sensaciones, sentimientos y reacciones físicas. Aún cuando no sepamos qué fue lo que ocurrió, quedan fragmentos de lo que sufrimos. Puede asaltarnos un inexplicable dolor o excitación, miedo, confusión, o cualquier otro aspecto sensorial del abuso. Es posible volver a experimentar físicamente el terror, y el cuerpo ponerse rígido, o sentir la sensación de ahogo y de no poder respirar (Barr, 1995: 106)
De esta forma, los dispositivos de poder cubren y hacen invisibles las historias de violencia. Pero estas --a pesar de estar guardadas en alguna parte de nosotros-- buscan expresarse y luchan por salir. Se hacen presentes en los lugares y bajo las circunstancias que menos esperábamos. Surgen en la pareja que elegimos, aparecen en nuestros actos fallidos y/o conscientes, o ante nuestra forma de enfrentar los conflictos. Guían nuestras decisiones: en el oficio que elegimos o en el nombre de nuestro hijo/a. Las historias de violencia nos mantienen atados a sus principios y a su lógica. También nos atan a miedos y temores “irracionales”. Ellas nos enseñan fidelidades familiares profundas y ancestrales que se reproducen generación tras generación –o que reproducimos generación con generación--. Y el silencio llega a convertirse en parte de nuestra identidad misma. Y nos brindan verdades y certidumbres que parecieran naturales e incuestionables. Así, el sistema de la masculinidad se estructura en nosotros, cambia de forma y se recicla para dar vigencia a las formas de dominio. Para ello el poder adquiere nuevas palabras, nuevas imágenes y adopta el discurso de moda para silenciar nuestras historias.



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