Como pez en el agua Sobre la vida y la obra de Mario Vargas Llosa



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Como pez en el agua

Sobre la vida y la obra de Mario Vargas Llosa

Después de su breve recorrido por la política peruana Mario Vargas Llosa publicó un libro de memorias, El Pez en el Agua1, que se inicia con esta sorprendente confesión:

“Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la prefectura. Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y asfixiante calor.

-Tú ya lo sabes, por supuesto –dijo mi mamá, sin que le temblara la voz-. ¿No es cierto?

-¿Qué cosa?

-Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?

-Por supuesto. Por supuesto.

Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creía muerto?”

Con esta prosa sencilla y efectiva –y sin rodeo alguno- Vargas Llosa abre su relato contándonos lo que muy pocos se atreverían a contar, una vivencia íntima de su niñez que, en definitiva, podría haber omitido perfectamente en sus memorias. Pero no: si algo es propio de su prosa, creo yo, es que nunca rehúye en un relato –sea o no de ficción- el punto más conflictivo de la trama, el más intenso, el que lo ha perturbado y seguramente nos llegará a lo profundo: el hecho al que cuesta acercarse porque duele, porque es tremendo y debe ser, de algún modo, exorcizado.

Cuando me acerqué a ese libro, que leí con verdadera pasión, yo tenía desde hace años la idea de escribir también unas memorias. El texto que transcribí me dejó, desde luego, pensativo: ¿sería yo capaz de hablar así acerca de mi vida, de desnudarme ante el lector, sin artificios, con trazos simples y sin ninguna afectación? Dejo la pregunta en suspenso, para volver sobre el punto en las páginas finales de este ensayo, pero quiero registrar ahora que El Pez en el Agua, como mucho de lo que ha escrito y ha vivido el autor, resultó una especie de paradigma o modelo indirecto, se convirtió en un punto de referencia que fue ineludible cuando, años después, tomé aliento y comencé a redactar mi libro.2

Llego así al primer tema de los que conforman este ensayo, quizá el central: Mario Vargas Llosa, como escritor y como persona, resulta un hombre arquetípico de mi generación3, el representante de un mundo que es mi mundo, el escritor que nos recuerda los problemas esenciales que permanecen escondidos y despeja los mitos que reinterpretan nuestro entorno. Permita el lector que, en esta clave, repase brevemente algo de su trayectoria.

Los años del boom

1962 fue un año crucial para la literatura latinoamericana, el verdadero año del boom, esa eclosión de creatividad que significó la apertura de una nueva sensibilidad para la novela en la que aparecieron, como por mera coincidencia, tres obras de singular envergadura. Un Alejo Carpentier ya maduro publicó El siglo de las luces, el mexicano Carlos Fuentes entregó a la prensa La muerte de Artemio Cruz y el más joven de todos, Vargas Llosa, comenzó a conocerse internacionalmente con La ciudad y los perros, una novela cuya temática nos lleva a los años de la adolescencia. Si la prosa refinada del cubano nos ofrece una evocación histórica de lugares y tiempos poco conocidos, si Fuentes nos entrega, en pocas páginas, el caleidoscopio entero de una vida, el peruano, con inusitada fuerza, nos lleva al laberinto de una juventud que se plasma en escenas de singular intensidad en esa Lima brumosa tan propicia para los poetas.

El boom, claro está, no se reduce a estas tres obras ni a estos tres autores, y abarca infinidad de temas y de estilos que van desde el realismo mágico hasta los experimentos con tramas paralelas y transposiciones temporales. Pero tiene algunas notas comunes que me parece interesante destacar: carece de afectación en su estilo –a pesar del vanguardismo de sus formas y la frecuente complejidad de la estructura de sus obras- y es genuinamente latinoamericano. No a través del costumbrismo que había emergido sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX, ni por medio de un indigenismo que, posteriormente, presentó algunas veces imágenes idealizadas de las culturas autóctonas, sino enraizado en la realidad del siglo, en el mestizaje profundo de nuestras sociedades, en la transición de lo rural a lo urbano, con incursiones no desdeñables –también- en su pasado complejo y fascinante.

Si la Revolución Cubana puso a nuestro continente, a partir de 1959, en el escenario conflictivo de la guerra fría, la eclosión casi simultánea de este fenómeno literario permitió dar a nuestra región una dimensión más profunda, una realidad más plena, superando las visiones esquemáticas de las teorías sociales que en ese momento estaban en boga. La Cuba revolucionaria fue, por esta sincronía, un punto de referencia indudable para los escritores del boom. Nadie, en aquellos años, parecía poder escapar al influjo de un movimiento político que se proyectaba con inusitado vigor y prometía entregar un luminoso futuro socialista a nuestros pueblos, acabando de una vez con la pobreza y con la opresión política. No es que los escritores de esta época fuesen en sí marxistas, o revolucionarios, pero todos tenían una inclinación izquierdista que en algunos era algo superficial y en otros -como el de Gabriel García Márquez- resultó más profunda y duradera.

Vargas Llosa no escapó al influjo de las ideas marxistas que se imponían en nuestra región y así lo vemos, ya en los años cincuenta, militando en el sector estudiantil del partido comunista de Perú. Corrían los tiempos de la dictadura de Odría y el joven estudiante de la Universidad de San Marcos nos relata, con franqueza y delicioso buen humor, el entorno humano y las actividades políticas a las que tantos les hemos dedicado muchas de nuestras horas: repartir volantes, asistir a asambleas estudiantiles y reuniones de célula, escribir y vender periódicos clandestinos, agitar el ambiente para propiciar esa revolución que veíamos como un mítico y bienhechor apocalipsis. Pero el futuro escritor, el muchacho en el que se incubaban ya las ideas literarias que lo harían famoso, se apartó de las filas bolcheviques después de año y medio de militancia: se “hartó” de la organización, “aburrido por la inanidad de lo que hacíamos”, se desengaño de las “pueriles” interpretaciones marxistas, del “catecismo de estereotipos y abstracciones […] que se usaban como comodines para explicar y defender las cosas más contradictorias.”4 Esta recusación del simplismo marxista perduraría en sus obras –siempre alejadas de esa “literatura de protesta” tan emparentada con el “realismo socialista” de los soviéticos- y daría a sus novelas y sus ensayos la frescura, los giros inesperados y la calidad crítica que tanto impactan al lector.

La Revolución Cubana, sin embargo, volvería a despertar en él el interés por el socialismo pues el triunfo de los barbados guerrilleros generó en nuestro continente una oleada de entusiasmo que hoy, a la distancia, puede parecer casi incomprensible: Cuba, con su éxito guerrillero, cambió radicalmente los puntos de vista de toda una generación que, solo muy parcial y muy gradualmente, fue retornando a la objetividad y la sensatez. Pero en esos tiempos nadie parecía poder alejarse de lo que se veía como la epopeya mítica de un pequeño país enfrentado a la principal potencia del mundo. Se pasaban por alto, claro está, los desmanes del caudillo dirigente, el viraje a ese totalitarismo que se afirmaba con fuerza desde las primeras semanas de la revolución.

La obra de Mario Vargas Llosa, en estos, sus años iniciales, escapó afortunadamente a la pasión política que consumía entonces a artistas de todas las disciplinas: no usó la literatura para subordinarla a fines políticos, no escribió obras “comprometidas” sino que indagó en el fondo de su ser el modo de presentar, en su primera novela, las ansiedades y las alegrías de esa juventud que habitaba una Lima siempre nublada pero llena de promesas. La Ciudad y los Perros es una obra de arrolladora vitalidad, de experiencias personales relatadas con sinceridad, en el ambiente cerrado del Leoncio Prado, un instituto que formaba las élites militares de la época. Una novela en que, a pesar de su complicada estructura de relatos intercalados y de saltos en el tiempo, contiene un ritmo narrativo que atrapa al lector, que le permiten seguir desde varios ángulos la apasionante trama. Así leímos los jóvenes, en aquellos tiempos, La Ciudad y los Perros, sin poder soltar el libro, como si viviéramos en esa Lima que no conocíamos pero que nos fascinaba desde lejos. Porque el autor había logrado una verdadera proeza: la complejidad narrativa que organizaba sus páginas no era un artificio superpuesto al relato sino parte sustancial de él, el método por el cual nos uníamos al autor, participábamos en su mundo, nos integrábamos a una experiencia que no habíamos vivido pero que reverberaba en nuestras existencias.

En la misma década de los sesenta Vargas Llosa publicó otras tres novelas, La Casa Verde, Los Cachorros y Conversación en La Catedral. En la primera de ellas aborda con naturalidad y buen humor el tema de la prostitución en Piura, una ciudad a la que el autor está unido por intensos lazos. La trama es compleja y bien estructurada, y la temática resulta por completo ajena a cualquier motivación política. La novela se lee con gusto, con interés, pues atrapa al lector en su denso tejido de personajes y sucesos.

También resulta fascinante Los Cachorros, una narración breve que gira en torno al personaje Pichula Cuéllar, un infortunado muchacho a quien un perro deja castrado en el colegio. Dos elementos me parecen dignos de destacar en el relato: en primer lugar su intensidad, casi febril, que lleva al lector a pasar las páginas con ansiedad para seguir el hilo de lo que va ocurriendo, a partir de una situación espantosa que el autor nos transmite de una manera clara, directa y por completo ajena al melodrama. En segundo lugar, y esta es la esencia de la novela, el tema en sí: Vargas Llosa se decide a tratar aquello en lo que no quisiéramos pensar, a conjurar literariamente las secuelas de un hecho brutal e irreversible, de un temor ancestral que permanece latente en todo su horror más allá de la conciencia.

He destacado estos dos puntos porque quizás en ellos se encuentre la clave de la magia que rodea a las obras del peruano. En el ritmo de sus relatos, que siempre nos impulsa a seguir leyendo para saber y entender lo que ocurre a sus personajes, en esa prosa sin artificios ni rodeos que despierta curiosidad y nos hace vivir plenamente mundos diferentes al nuestro. Y, por otra parte, en esa cualidad perturbadora que tienen sus temas, esa virtud de tratar y enfrentar los más terribles fantasmas, las situaciones más delicadas, las que yacen en el inconsciente y nos cuesta abordar: la castración, como en el caso de Los Cachorros, la homosexualidad, las enfermizas relaciones amorosas, la frustración política, la violencia y el extremo dolor.



Conversación en La Catedral, publicada en 1969, muestra a mi juicio un verdadero salto en la capacidad narrativa del escritor y por eso merece un comentario aparte. Su prosa es ágil, cortante, desprovista de artificios, centrada absolutamente en la narración, a la que impone así un ritmo febril y alucinante. En las primeras líneas aparece una frase, un pensamiento que atormenta al personaje central: “¿En qué momento se jodió el Perú?” Vargas Llosa exhibe una singular maestría en crear toda clase de personajes, de muy diferente condición, que resultan vitales y se mueven con naturalidad en esos años de la dictadura de Odría que aparecen ante el lector en toda su riqueza. No se trata, en sí, de una novela histórica: es ficción, pura ficción literaria, pero creada a partir de un sustento histórico preciso que el autor despliega con absoluta precisión.

Es tan buena la pintura que Vargas Llosa hace del Perú de los años cincuenta que, en mis clases de metodología, siempre he puesto a esta novela como un ejemplo del modo en que la literatura enriquece a la sociología y a la historia y permite comprender el tono y el estilo de una época. No por eso falta profundidad psicológica a los personajes ni el desarrollo de un drama en que se presentan intensos conflictos, imprevistas relaciones homosexuales y hasta un sórdido asesinato. Conversación en La Catedral es una novela excepcional, apasionante, donde el autor logra la proeza de escribir de política sin hacer política, distanciándose definitivamente de esa izquierda intelectual que, en aquellos años, comenzaba a diferenciarse y a desintegrarse, en esa red de intelectuales que acabaría por asumir posiciones claramente diferentes a partir de un suceso que produciría el distanciamiento definitivo entre el autor y el foco revolucionario de ese tiempo: Cuba.



El caso Padilla y la primera ruptura

La Revolución Cubana, en sus primeros diez años, había seguido el triste derrotero de todas las revoluciones comunistas. La lucha contra enemigos reales y supuestos había servido para ir construyendo, con rapidez y eficacia, una represiva red de control político y social que había desembocado en el totalitarismo; Cuba era ya un estado policial, de partido único, con un caudillo todopoderoso que más parecía un monarca plebeyo que un dirigente político corriente. El control total de la economía por parte del estado completaba este cerco a las libertades individuales y generaba, como lógica consecuencia, escasez y pobreza: Cuba, desde los años sesenta, se sostenía solo por el apoyo financiero que la Unión Soviética le prestaba de un modo permanente, a cambio de lo cual, como es natural, la gran potencia comunista exigía que la isla se sometiese a su línea política. Pero todo esto, palpable ya y difícil de ocultar, no había producido aún la crítica de una intelectualidad que seguía embelesada con un proceso al que había idealizado más allá de toda lógica.

Algo similar, por cierto, había sucedido con la revolución que los rusos habían hecho en 1917, creando el primer estado totalitario moderno. Insignes intelectuales, artistas y científicos se empeñaron en negar la realidad por varias décadas, ocultando a sus conciencias la terrible realidad del régimen y solazándose en cambio en sus proyectos y promesas. Cuba, del mismo modo, seguía apareciendo entonces ante la intelectualidad de izquierda como una especie de paraíso acosado por las fuerzas del imperialismo: había errores y defectos, es cierto, y eso era imposible no notarlo, pero las carencias y las imperfecciones de la revolución debían callarse –pensaban muchos- para no hacerle el juego a sus enemigos. Un hecho de escasa importancia política rompió, sin embargo, este curioso idilio. Ocurrió en 1971 y para Mario Vargas Llosa resultó decisivo.

Heberto Padilla era un joven poeta cubano que abrazó, como tantos otros, la causa de la revolución. Publicó en 1968 un poemario audaz –Fuera de Juego- en el que se criticaba con ironía y excelente pluma el conformismo burocrático en que había caído el régimen cubano. El libro produjo el encendido rechazo de quienes dirigían la política cultural de la revolución, incluyendo al propio Fidel Castro y Padilla sufrió desde entonces el aislamiento y la marginación a los que lo sometió el sistema. El poeta, sin embargo, no cambió su actitud crítica y continuó escribiendo, concentrado en una novela que a la postre sería destruida por la seguridad cubana. En 1971 se atrevió a dar un recital de poesía presentando una nueva obra que llevaba el sugestivo título de Provocaciones. Esto resultó demasiado para el aparato de seguridad cubano que, a los pocos días, lo detuvo junto a su mujer, Belkis Cuza. Como Padilla era bien conocido en esa especie de red que formaban escritores latinoamericanos y europeos su detención suscitó una amplia reacción de crítica.

Mientras Padilla era golpeado y torturado, encerrado en un estrecho calabozo, salió a la luz lo que se llamó la “Carta de los Cien Intelectuales”, firmada por plumas de la talla de Jean Paul Sartre, Alberto Moravia, Italo Calvino y otros renombrados escritores del momento, en la que se pedía al régimen cubano la libertad del escritor. Estaban entre las cien personalidades firmas como las de Octavio Paz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y, por cierto, también Mario Vargas Llosa.

Consecuente con los más aberrantes métodos del estalinismo el gobierno cubano obligó a Padilla a firmar y hacer pública una confesión, en la que el poeta se acusaba de actividades que favorecían al “enemigo” y de haber cometido errores “realmente incalificables”, que tuvo que exponer ante una reunión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, organismo oficial al que era obligatorio pertenecer. No solo Padilla sino muchos otros escritores y artistas cubanos “confesaron” también, en esa reunión, sus “errores” y su deslealtad con la revolución. Después de 37 días de detención, quebrantado física y mentalmente, Heberto Padilla fue liberado.

La farsa no cayó bien entre los intelectuales que, en mayor o menor medida, apoyaban al poeta y hasta García Márquez, tan fervoroso partidario de la revolución, se mostró descontento. Vargas Llosa, de 35 años entonces, escribiría en una carta a Haydeé Santamaría, directora de Casa de las Américas, respecto a esa autocrítica: “Conozco a todos ellos [los escritores que confesaron] lo suficiente para saber que ese lastimoso espectáculo no ha sido espontáneo, sino prefabricado como los juicios estalinistas de los años treinta”.

Siguió un tiempo en que, con la obvia presión de las organizaciones comunistas de todo el continente, llovieron las declaraciones de apoyo hacia la revolución, aceptando como válida la confesión de Padilla y el curso que seguía el gobierno cubano; el mismo Fidel fustigó a los escritores del extranjero que se habían solidarizado con el rebelde poeta. Pero no todos volvieron al redil: Mario Vargas Llosa y otros importantes escritores rompieron definitivamente con la Revolución Cubana –aunque muchos de un modo silencioso o muy mesurado- y se apartaron de una vez de Casa de las Américas y de todo el círculo que seguía sumisamente lo que hiciese el régimen cubano.

Vargas Llosa, al que ya hemos visto cortar los lazos con el partido comunista en el Perú, se desengañó por completo de una revolución que sin la menor duda asumía ya una contextura totalitaria. Su rompimiento fue claro y meditado, total y definitivo. No por eso, naturalmente, abandonó su actitud de firme oposición a toda clase de dictaduras, a cualquier amenaza a las libertades individuales que tanto valoraba y que tan poco eran respetadas en la América Latina de aquellos tiempos.

El opresivo peso del estado

No es este el lugar para hacer un recuento detallado de las siguientes obras que el peruano, con pasmosa regularidad, nos ha ido entregando en los últimos cuarenta años. Vargas Llosa ha escrito en total diecisiete novelas en este medio siglo, amén de muchos otros textos de ficción y de ensayo, lo que resulta una producción realmente notable, difícilmente igualada por autores contemporáneos de su talla. Pero es necesario comentar algunas de sus obras para tener una visión más completa de la trayectoria que el narrador siguió de allí en adelante.

En la década de los setenta Vargas Llosa nos entregó Pantaleón y las Visitadoras (1973), una historia plena de irónico humor pero que también alcanza a develar los conflictos íntimos del ser humano. El relato gira alrededor de un capitán del ejército al que se le encomienda crear un servicio de “visitadoras”, prostitutas dedicadas a atender a los soldados que prestan servicios en la selva peruana. La novela, que fue luego llevada al cine, alcanzó un notable éxito por la frescura del relato y porque, como siempre, el escritor logró atrapar al lector en una tensión narrativa que lo envuelve y que no puede ni desea interrumpir. Cuatro años después de este éxito Mario Vargas Llosa publicó La Tía Julia y el Escribidor, un relato en buena parte autobiográfico en el que tampoco falta el humor: en este caso, el humor con que él, como tantos grandes hombres, se contempla a sí mismo. La obra, más liviana que otras, no carece sin embargo de cierta intensidad dramática y se lee también con agrado y con interés.

Más complicada para el autor resultó su siguiente novela, La Guerra del Fin del Mundo (1981), una obra monumental que supuso un extenso trabajo de investigación previo. Para escribirla tuvo que realizar incontables lecturas y un viaje al territorio donde se desarrollaron los acontecimientos que se relatan; decenas de entrevistas le permitieron captar mejor el ambiente, la forma de comunicarse de la gente, las remembranzas de hechos que habían sucedido ochenta años antes. La novela se desarrolla en el sertao brasilero, al que Vargas Llosa recrea magistralmente, y nos relata la llamada Guerra de Canudos, un conflicto entre los seguidores del profeta Antonio Conselheiro y las tropas provinciales y federales de Brasil. La acción se desarrolla entre 1896 y 1897, cuando todavía estaba reciente la creación de la república, y puede considerarse como el episodio más sangriento de ese milenarismo propio de una región que siempre se caracterizó por la pobreza y el aislamiento. Es, en ese sentido, una novela histórica, pero a la vez una profunda obra literaria: sus personajes, casi inverosímiles, son sacados de la vida real y recreados con una fuerza inusitada. Viven plenamente en esas páginas que van llevando al lector, poco a poco, como en un crescendo bien graduado, al inevitable clímax final.

Importante es hacer notar que Vargas Llosa se aleja de las versiones que, en ensayos de diverso tipo, la izquierda había presentado sobre el tema. Por eso fue acusado de ser reaccionario y antisocialista5, por no repetir los argumentos tendenciosos de quienes conciben la historia como el despliegue, simplemente, de la lucha de clases, en este caso de los campesinos pobres contra los terratenientes y el estado. Vargas Llosa hace literatura, y en cierta medida también hace historia, pero no la historia sesgada que nos quieren imponer aquellos que piensan que se justifica alterar el recuento del pasado para perseguir fines políticos o ideológicos del presente.

El siguiente texto, La Historia de Mayta (1984), aborda también temas políticos, pero esta vez más cercanos al presente y a la realidad de un Perú que, ya en esos años, soporta la embestida de la despiadada guerrilla de Sendero Luminoso. La novela es como un caleidoscopio, que muestra desde diversos ángulos una realidad siempre compleja y subjetiva, y se caracteriza por su audacia y –nuevamente- por la forma no politizada en que trata temas que de por sí son políticos. Aunque el autor, como lo manifestara en una entrevista posterior, no deja de tener sus propias ideas sobre el marxismo, la guerrilla y la misma idea de revolución, puntos importantes en el debate de esos tiempos: “Creo que fue como un detonante de toda una época, la legitimación de la violencia política, y al mismo tiempo este sueño, esta utopía de que la única solución es la tabula rasa: acabar con todo lo existente, partir de cero. Eso, por una parte, desde el punto de vista individual, ha generado tipos y episodios que pueden ser fascinantes, a veces de un enorme heroísmo y de una gran generosidad, pero desde el punto de vista social e histórico creo que ha sido una tragedia para América Latina, una verdadera catástrofe.”6

Después de estos años dedicados a investigar y escribir sobre temas políticos y conflictos sociales el narrador pasó a ocuparse de temas diferentes. Publicó así ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), una interesante historia que en buena medida se acerca al género policial y que tuvo enorme éxito, así como El Hablador (1987), un relato que ahonda en las prácticas mágicas de los indígenas de la selva peruana. Nada presagiaba, por entonces, el giro radical que pronto sufriría la existencia de Mario Vargas Llosa.

Ya cumplidos los cincuenta años, nos dice, “[t]odo parecía indicar que mi vida, agitada desde que nací, transcurriría en adelante más bien tranquila”7, la vida de un escritor consagrado, reconocido, sin mayores conflictos ni adversidades, agregaría yo. Pero el 28 de julio de 1987, en el discurso con ocasión de celebrarse el aniversario de la independencia del Perú, el presidente Alan García anunció públicamente que se proponía estatizar toda la banca del país, así como las compañías de seguros y las sociedades financieras. Era un paso más en la dirección de ese populismo de izquierda que había llevado al mandatario a pagar solo una fracción de la deuda externa del Perú, apartándolo de los mercados de capitales del mundo, y que ya había producido el rechazo público de Vargas Llosa desde el comienzo de su gestión.

Pero esta medida específica colmó el vaso. El autor de La Ciudad y los Perros se sintió indignado, abrumado por una decisión que, en sus palabras, solo podría traer más “pobreza, desánimo, parasitismo y cohecho a la vida peruana.”8 No vaciló en escribir de inmediato un artículo “Hacia el Perú Totalitario”, que apareció publicado en el principal diario del país, El Comercio, el día 2 de agosto, pensando que debía exponer ante el público su discrepancia con el proyecto y su decidido apoyo a las políticas de libre mercado, aunque sin esperar que su opinión tuviese mayor repercusión en la ciudadanía. Pero no fue así: el artículo, y la entrevista que concedió por televisión al día siguiente, provocaron un alud de cartas, llamadas telefónicas y toda clase de expresiones de solidaridad con su posición. Con un grupo de amigos publicó entonces un manifiesto, que recibió también innumerables adhesiones, y pronto se convocó a una manifestación pública en la que él participaría como orador principal. Allí comenzó el camino que lo lanzaría, imprevistamente, a ocupar un papel central en la vida política del Perú durante los años siguientes.

En la céntrica plaza San Martín, el 21 de agosto, se congregó una inmensa multitud de más de cien mil personas, convocada por organizaciones ciudadanas que expresamente dejaron al margen a los partidos políticos de oposición y a las asociaciones de empresarios afectados. El escritor, convertido ahora en orador, sintió una emoción profunda cuando aplaudieron sus afirmaciones de “que la libertad económica era inseparable de la libertad política, que la propiedad privada y la economía de mercado eran la única garantía de desarrollo” y que no permitirían que el Perú se encaminara hacia el comunismo. En este discurso, y en otros dos pronunciados en su ciudad natal, Arequipa, y en su amada Piura, Vargas Llosa insistió en la idea medular de que “no se sale de la pobreza redistribuyendo lo poco que existe sino creando más riqueza”.9

El éxito del movimiento, surgido como de la nada pero expresión de la fuerte corriente que en esos años se manifestaba en favor de la economía de mercado –como en la Inglaterra de Thatcher, los Estados Unidos de Reagan y, no hay que olvidarlo, el Chile de Pinochet- tomó por sorpresa a sus adversarios del gobierno y de la izquierda marxista. Y, como todo éxito, planteó también nuevos desafíos: “¿Debíamos volver a nuestras ocupaciones, diciéndonos tarea cumplida, o valía la pena dar permanencia a esa reciente organización con miras a las elecciones?”, se preguntaron Vargas Llosa y el círculo de amigos que estaba detrás del gran acto que habían realizado. La respuesta, finalmente, fue la creación del Movimiento Libertad, que creció a una velocidad impresionante durante los meses siguientes y fue pilar del Frente Democrático, el acuerdo político que, en 1990, llevaría como candidato a la presidencia al propio Vargas Llosa.

Pero antes de referir lo que ocurrió en esa contienda política quiero destacar un hecho: el novelista fue el primer gran escritor que, en nuestro medio, no solo repudió el totalitarismo y las ideas centrales del socialismo, no solo se opuso a gobiernos dictatoriales o populistas, sino que se atrevió a defender abiertamente las ideas del liberalismo clásico y, aún más, a comprometer sus acciones y abandonar su perfecta torre de marfil para entrar de lleno en la lucha por sus convicciones. La enorme valentía intelectual que representó este hecho marcó un indudable viraje para la intelectualidad de nuestro continente, representó un punto de flexión que, hasta el día de hoy, significa una referencia obligada cuando se quiere entender el panorama intelectual de América Latina. Y debo agregar que la valentía del peruano no era, para hablar con exactitud, puramente intelectual: esos eran los tiempos en que Sendero Luminoso asesinaba sin piedad y se dedicaba de lleno al terrorismo, mientras crecía como un polo de referencia para decenas de miles de personas, ante la catástrofe de un régimen que, volcado hacia el más burdo populismo, acrecentaba la pobreza y la inseguridad de un modo desmedido.

A partir de ese momento la vida de Vargas Llosa dejó de ser privada. Tuvo que utilizar servicios de guardaespaldas, renunciar a la tranquilidad de sus investigaciones y sus escritos, recorrer incesantemente el país. En alianza con partidos de centro derecha el Frente Democrático lanzó formalmente la candidatura del escritor quien, desde el comienzo, apareció liderizando las encuestas. Pero, aunque el partido del presidente García estaba muy debilitado y no existía otra formación política importante que se le opusiera, las cosas no eran fáciles para el movimiento que encabezaba Vargas Llosa. El país vivía momentos de profunda crisis.

Permita el lector que intercale aquí unos recuerdos personales. Viajé a Puno en octubre de 1989 por motivos académicos, en plena campaña electoral y, ya desde mi arribo a Lima, me encontré con un país prácticamente en ruinas: los automóviles que circulaban por las calles eran modelos antiguos, de quince o veinte años atrás, los vendedores informales habían hecho suyas las principales avenidas de la ciudad, en medio de la suciedad y el desorden, y reinaba un clima de confusión, inseguridad y temor. La inflación avanzaba a un ritmo del 1%, pero diario, y la pobreza era algo palpable que se imponía como una presencia física y tangible. Puno, la ciudad, situada a orillas del lago Titicaca a más de 3.800 metros de altura, estaba virtualmente cercada por Sendero Luminoso, que dominaba también en buena parte de los departamentos de la Sierra y actuaba con casi completa libertad en todo el resto país. Había incesantes huelgas, incluso una de los empleados de hacienda que estaban encargados de cobrar los impuestos, lo que acentuaba las penurias financieras de un gobierno que solo atinaba a imprimir papel moneda para ir cumpliendo sus innumerables compromisos. El Perú estaba en quiebra, literalmente y, en esos momentos, pocos meses antes de las elecciones, solo dos salidas parecían posibles a la mayoría de los peruanos: o un gobierno de corte liberal, favorable a una economía de mercado, encabezado por Vargas Llosa, o la toma del poder por los senderistas, que impondrían sin duda un duro régimen socialista autoritario. No había término medio posible entonces, pues el caos del país propiciaba medidas radicales.

Vargas Llosa, como candidato, mantuvo con sinceridad sus convicciones y principios. No rehuyó hablar de los visibles males del Perú pero no cayó en la tentación de formular promesas populistas y no ocultó para nada el tipo de políticas que se proponía desarrollar si alcanzaba la presidencia. Este hecho, así como las desavenencias en la coalición que encabezaba y el descrédito de los partidos políticos que lo apoyaban, hicieron que el apoyo al escritor no pasara de cierto techo, insuficiente para ganar las elecciones: el FREDEMO, logró ponerse en un primer lugar en la primera vuelta, llevada a cabo el 8 de abril de 1990, pero lo hizo con apenas un 32,6% del voto total. En la segunda vuelta un desconocido, Alberto Fujimori, encabezando un pequeño partido político de reciente formación, derrotó con comodidad a Vargas Llosa, quien apenas pudo aumentar un 5% su caudal de votos. Terminó así el breve paso por la política de quien tan dignamente había encabezado esa memorable lucha por la libertad.

La intensa labor que el Movimiento Libertad desarrolló en poco más de dos años tuvo repercusiones duraderas, sin embargo, en el ambiente intelectual del Perú y en el ámbito más vasto de la opinión pública. Su siembra fue fecunda: el propio presidente Fujimori adoptó buena parte del programa de quienes habían sido sus contendientes en las elecciones y la amplia labor de difusión desarrollada en pueblos y ciudades peruanas, en las barriadas populares y los llamados pueblos jóvenes, hizo que las ideas de libertad y las críticas al opresivo peso del estado quedaran como un rescoldo permanente que en buena medida es responsable por los avances que el Perú –en todo sentido- ha mostrado en los últimos años.



Después de la política

Mario Vargas Llosa retornó a lo que mejor sabía hacer, a la literatura, aunque se mantuvo activo como ensayista, escribiendo artículos de actualidad que se difunden aún hoy en los principales diarios del mundo. De este período mencionaré brevemente tres novelas: Elogio de la Madrastra (1988), un relato breve, casi un divertimento, donde el peruano exhibe toda su chispa creativa y su ironía ante la vida; Lituma en los Andes (1993), una novela más densa, en la que aborda ritos y supersticiones oscuras de la sierra peruana, y Los Cuadernos de don Rigoberto (1997), novela erótica en la que el protagonista desarrolla las fantasías que le inspiran obras pictóricas notables.

Pero la obra fundamental del peruano, en esa década de los noventa, es para mí sin duda El Pez en el Agua, sus fragmentarias memorias. Por eso decidí citarla al comienzo de este ensayo. Es, como decía, un trabajo de sinceridad perturbadora, que desafía a quien se decida a echar la mirada hacia atrás para hacer el recuento de su vida, o al menos de parte de ella. Cuando me propuse escribir mis memorias leí varios libros autobiográficos y solo en las Confesiones de Rousseau encontré algo que pudiera considerarse como parecido, aunque en un estilo y en un tono que me pareció afectado y, en buena medida, excesivamente egocéntrico. Dejé de leer en algún punto la autobiografía del ginebrino pero no hice lo mismo, claro está, con la del arequipeño: bebí cada una de sus páginas con enorme interés, recorriendo la parábola de una vida que tan bien representa a lo vivido por toda una generación. Vargas Llosa decidió que sus memorias, que tanto le costó escribir10, tendrían ante el lector la misma estructura de sus relatos de ficción.

En El Pez en el Agua se intercalan, como en sus novelas, dos períodos de la vida del escritor: está por un lado el recuento de sus experiencias como adolescente y como joven y, por el otro, el exultante pero duro tránsito por la política al que me he referido. Se detallan allí también muchas de sus ideas políticas, de los puntos concretos del programa de gobierno que se proponía llevar a cabo y en general de la filosofía del escritor: su defensa de la libertad individual en todos los planos, su oposición a las formas autoritarias y caudillistas de hacer política, su visión de un Perú diferente, mejor, más libre y próspero. En fin, en sus palabras, en el libro se expone “un proyecto integral de desmantelamiento de la estructura discriminatoria de la sociedad, removiendo sus sistemas de privilegio, de manera que los millones de pobres y marginados pudieran por fin acceder a aquello que Hayek llama la trinidad inseparable de la civilización: la legalidad, la libertad y la propiedad.”11

El libro fue escrito en Berlín, entre 1992 y 1993, cuando ya el presidente Fujimori había saneado las finanzas del país, llevado a cabo su autogolpe del 5 de abril de y logrado detener al cabecilla de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. Los éxitos le habían otorgado, en esos tiempos, una inmensa popularidad, que contrastaba con la especie de ostracismo al que estaba entonces sometido Vargas Llosa, decidido y firme opositor a la quiebra de la legalidad que se había producido. Por eso, al cierre de sus memorias, inserta esta especie de conclusión: “Y, tal vez, ser tan poco popular me facilitará poder dedicar en adelante todo mi tiempo y mi energía a escribir, algo para lo que –toco madera- confío ser menos inepto que para la indeseable (pero imprescindible) política.”12

La promesa, que no está exenta de amargura, ha sido una bendición sin embargo para los millones de lectores que seguimos paso a paso su obra. Después de hacerla Vargas Llosa nos ha entregado el ya mencionado relato Los cuadernos de don Rigoberto y, con su habitual regularidad, La Fiesta del Chivo (2000), El Paraíso en la otra esquina (2003), Travesuras de la niña mala (2006) y El sueño del celta (2010), recibiendo, ese mismo año, el Premio Nobel de Literatura. De estas últimas novelas solo comentaré una, La Fiesta del Chivo, porque este no es un estudio sobre la obra del narrador sino un intento de comprender la parábola de su vida. La novela, sin embargo, tiene a mi entender méritos tales que me obligan, por lo menos, a hacer sobre ella una breve referencia.

La acción se desarrolla en la República Dominicana, en los tiempos del dictador Trujillo, y narra a la vez la conjura para asesinar al gobernante, el modo en que este vivía y las reminiscencias y vivencias de una joven que tenía 14 años a la muerte del tirano y regresa muchos años después a su patria. La Fiesta del Chivo, nos dice Vargas Llosa, "es una novela, no un libro de historia, por lo que me tomé muchas, muchas libertades. [...] He respetado los hechos básicos, pero he cambiado y deformado muchas cosas con el fin de hacer la historia más persuasiva y no he exagerado."13 La historia resulta, además de persuasiva, apasionante: el autor desarrolla magistralmente la trama, que va surgiendo con vida propia hasta llegar a un clímax que el lector solo en parte puede predecir, con un virtuosismo que solamente los más grandes maestros son capaces de alcanzar. Es para mí una novela admirable, bien situada en su contexto, escrita con limpieza y fluidez, tal vez la más grande obra de este arequipeño que hoy, como él lo ha deseado, se ha convertido en un hombre universal.

Vargas Llosa, representante de una generación

Cuando se repasa así, brevemente, la vida y la obra de Mario Vargas Llosa, surge ante nosotros el bosquejo completo de la evolución de una agitada generación. De quienes nos apasionamos con la Revolución Cubana en los años de sus inicios, seguimos con entusiasmo el intento socialista de Salvador Allende en Chile pero fuimos comprendiendo, por el peso inclemente de los hechos, que nos habíamos equivocado en nuestras esperanzas. Fue primero el sórdido totalitarismo que se instauró en la isla caribeña, tan similar al soviético, el que nos produjo un repudio que era a la vez político y moral. Fue luego, en los años setenta, la constatación de los frustrantes resultados de los experimentos socialistas lo que nos llevó a la reflexión sobre las posibilidades de un modelo que prometía bienestar, igualdad y justicia, pero llevaba a las sociedades al estancamiento y la pobreza, igualando a la mayoría hacia abajo, aunque siempre privilegiando a una minoría de pretendidos revolucionarios. Atrás quedó el marxismo, convertido cada vez más en fosilizado recetario incapaz de comprender la realidad del siglo, y los estériles esfuerzos por crear una borrosa “teoría de la dependencia” que hoy pertenece justamente al olvido.

Vargas Llosa, a diferencia de muchos, tuvo la virtud de no detenerse a la mitad del camino, de asimilar todas las consecuencias de su crítica y de asumir la plena consecuencia de sus pensamientos. No buscó el punto intermedio en que podía recibir el agradable respaldo de todos, sino que aceptó el valor supremo de la libertad no solo en el ámbito de la política sino también en el de la economía y el de toda la experiencia humana. Sucumbió, por eso, a la tentación de hacer política, de bajar hasta el ruedo, de comprometerse y defender públicamente las ideas que sostenía. Perdió en una justa electoral, es cierto, pero pudo así dejar un legado para su país que todavía, de cierto modo, perdura en el presente.

Hizo literatura –y por fortuna aún la hace- logrando llegar hasta el gran público, pero sin renunciar a la complejidad de un estilo que enriquece y da profundidad a sus narraciones. Cuando comenzó a escribir habían muerto ya, en América Latina, el crudo indigenismo y el folklórico criollismo de pasadas generaciones. Se experimentaba y se creaba de un modo nuevo, ajeno a formalismos y al lenguaje recargado de otros tiempos. Vargas Llosa logró encontrar su propio camino en esa eclosión de creatividad que fue el boom latinoamericano y lo hizo con una obra que desafía el tiempo y se lee aún con deleite y con pasión.



Quiero destacar, al concluir este ensayo, la honestidad intelectual de un escritor que no temió romper con las ideas predominantes en su tiempo, que ha luchado y lucha por la libertad en todos los planos de la existencia humana, que es consecuente con sus principios y no teme abrazarlos ante la opinión pública de su tiempo, cualesquiera sean las consecuencias.

Carlos Sabino

Guatemala, 2012

1 Barcelona, Seix Barral, 1993. La cita es de la página 9.

2 Todos nos equivocamos, Buenos Aires, Grito Sagrado, 2007.

3 El nació en 1936, yo ocho años después, pero esa diferencia no me resulta sustancial, no crea ninguna barrera; establece más bien un lazo, una especie de continuidad en el vasto escenario del desarrollo de las ideas en América Latina.

4 El pez en el agua, op. cit., pág. 250.

5 Ricardo A. Setti, Diálogo con Vargas Llosa… sobre la vida y la política, Ed. Kosmos, Costa Rica, 1998, pág. 46.

6 Ídem, pp. 57-58.

7 El Pez en el agua, op. cit., pág. 34.

8 Ídem, pág. 37.

9 Ídem, pp. 44 y 45-46.

10 Ídem, pág. 536.

11 Ídem, pág. 533.

12 Ídem, pág. 536.

13 Tomado de: http://es.wikipedia.org/wiki/La_fiesta_del_chivo, consultada el 18/11/2012



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