Comentario a un texto de galdóS



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BENITO PÉREZ GALDÓS y PORTUGAL:

un horizonte para el viaje y la reflexión
José Luis Mora García

Universidad Autónoma de Madrid

Presidente de la Asociación de Hispanismo Filosófico

Verissimo Serrao, Adriana (y otros), Poética da Razao. Homenagem a Leonel Ribeiro Dos Santos, Centro de Filosofía de Lisboa, 2013, pp. 699-712


Al profesor Leonel Ribeiro

con quien en poco tiempo

se aprende mucho: lo esencial

En el contexto de las letras españolas del siglo XIX ocupó Galdós un espacio propio, pues estuvo muy alejado de los sectores escolásticos aunque no tuviera empacho en regalar a D. Marcelino una Vida de Santo Tomás en inglés, y mantuvo, también, equidistancia con los sectores tradicionalistas, incluso los llamados “mestizos” de la Unión Católica, de quienes apreciaba su sentido de la historia, lo que tenia sentido hablando de Laverde y de su amigo santanderino, Marcelino Menéndez Pelayo. Pero, tomó también sus distancias con los neokantianos: con Perojo (que, como es sabido, terminó sus días falleciendo sobre el escaño mismo, defendiendo la división provincial de las Canarias, proposición que también apoyaba Galdós) y de Manuel de la Revilla con quien cruzó al menos 11 cartas que aún permanecen inéditas, crítico literario agudo y excelente lector de la obra del escritor canario. De estos últimos apreciaba, no obstante, su apuesta por la modernización a favor de la ciencia y el apoyo a los sectores liberales.



Podríamos decir que Pérez Galdós se situó en una cuarta línea –frente a las tres señaladas- en relación con quienes constituían las referencias en esos años de mitad de los ochenta del siglo XIX, pues si bien estuvo muy atento a las posiciones de los demás más lo estuvo a desarrollar la propia. Así fue, claramente, en los temas que se situaron como centro de la que conocemos como polémica de la ciencia española, en 1876, cuando Galdós estaba escribiendo Gloria, pensando en La familia de León Roch y manteniendo un cruce de cartas con Pereda, donde ambos se comportaron como buenos y documentados teólogos acerca de la importancia de la libertad de cultos y el latitudinarismo. Mas ninguna discrepancia rompió la amistad con sus interlocutores. Siguió regalando libros de su excelente biblioteca grecolatina a Menéndez Pelayo y todos compartieron su admiración por el Renacimiento español tanto como su antiescolasticismo.

Viene esta reflexión inicial a propósito del debate que se suscitará en España en 1876, la llamada polémica de la ciencia española, como decíamos, en la que intervinieron todos los actores ya nombrados y en la cual se debatió sobre la famosa decadencia de España en los últimos siglos1, que se había adelantado en Portugal en las reflexiones de algunos autores importantes de la Generación de 1870. Así, Antero de Quental había dedicado su exposición, en las llamadas “Conferencias del Casino” (1871), a las “Causas da Decadência dos Povos Peninsulares”. Como señala Sérgio Campos, en su magnífica introducción a Historia de la civilización ibérica de Joaquim Pedro de Oliveira Martins2, “la reflexión del joven Antero de Quental sobre `la decadencia de los pueblos peninsulares, no hacía sino retomar un tópico central en la conciencia histórica de la intellegentsia portuguesa y española desde la ocupación francesa de principios del siglo XIX”3. Poco después, Joaquim Pedro de Oliveira, perteneciente a la misma generación de la Regeneraçao que desarrolla su actividad intelectual en las décadas de los setenta y ochenta, publica Teoria do socialismo (1872) y colabora en la Revista Ocidental, edición bilingüe –portugués y castellano- que “buscaba estrechar los contactos culturales entre los intelectuales portugueses y españoles, sin olvidar a las naciones americanas de expresión hispánica”4, con anterioridad, al final de la década (1879), de sacar a la luz el título que le dará nombre, fama y le convertirá en centro de la controversia: História da Civilizaçao Ibérica. Trató este libro de ser una respuesta a las publicaciones que, provenientes del mundo anglosajón, estudiadas con precisión por el propio Sérgio Campos, habían ido viendo la luz desde finales de los años cincuenta en que se editó la obra de Thomas Buckle, History of Civilization in England. Como es sabido, la polémica entre los dos modelos de “civilización”, término que pasó a ocupar el centro del debate (recuérdese la publicación anterior por parte de Eugenio de Tapia de la Historia de la civilización desde la invasión de los árabes hasta la época presente, Madrid, 1840 en 6 vols.), para hablar de los pueblos latinos y de los anglosajones y se extendió más allá del final del siglo. Se realimentó, luego, con la primera gran guerra y tenemos duda de que haya concluido del todo aún hoy, aunque el tono sea en nuestro tiempo más sordo y de él se hayan apartado los soportes en que se apoyó en las que fechas de aquella segunda mitad del siglo XIX: de un lado, la idea de raza, término que se movía entre su raíz biologicista y la dimensión cultural que le daban las incipientes ciencias sociales; de otro, la psicología de los pueblos que, apoyada en un fuerte soporte hiperpositivista, amenazaba cualquier interpretación que sustentara posibles cambios “sustanciales” de una sociedad a lo largo del tiempo. El más famoso de los textos fue el publicado en París (1897) por Edmond Desmolins y titulado, sin disimulos, En quoi consiste la supériorité des anglosaxons5. La postura de Oliveira Martins sobre el lugar de Portugal en el marco de la construcción europea se sitúa en un punto intermedio de este prolongado debate, su posición ha sido estudiada con detenimiento por Pedro Calafate y a él me remito6.
El fondo de la polémica estaba en su auge cuando Benito Pérez Galdós realiza el viaje a Portugal, al parecer con Pereda, en la primavera de18857, que le serviría para escribir sus dos primeros artículos sobre las ciudades visitadas. Poco antes, había iniciado una colaboración con el periódico bonaerense, La Prensa, que se mantuvo constante durante once años, con dos intervenciones esporádicas en 1901 y 1905, ésta con motivo del tercer centenario de la publicación de El Quijote. Acababa de publicar, entonces, cuando cruza la frontera hacia el oeste, Tormento, La de Bringas y Lo prohibido y tenía a punto Fortunata y Jacinta que saldría entre 1886 y 1887. En ese año de 1885 envió a Buenos Aires un artículo realmente interesante donde terciaba en los asuntos debatidos en la polémica acerca de la filosofía y la ciencia españolas, de lo que él llamaba “el sentimiento religioso”, apuntando ya hacia el modernismo y la propia historia. Poco antes, y con palabras prestadas aunque no hemos conseguido aún saber de quien, había arremetido contra la filosofía alemana en 1883 cuando redactó el artículo “Visiones y profecías”, escrito en el marco de la visita del príncipe alemán Guillermo II y en el contexto de lo que estaba significando la política de Bismarck para Europa. No es el momento de pararnos aquí en estos artículos pero no deberían ser olvidados pues son el contrapunto para entender sus juicios sobre otros países: Inglaterra, Italia -debemos reconocer que sobre todo Italia- y el propio Portugal. A ellos me referí en el estudio dedicado a Galdós y la polémica de la ciencia española, ya mencionado con anterioridad, y simplemente conviene recordar que muestran hasta qué punto el propio escritor canario participó de todo este debate que concernía de lleno a la construcción de la nación española.

La derivada de todo este debate se mostró bien visible en las relaciones entre los dos países de la península ibérica al quedar ambos insertos en los llamados “países latinos”. Ambos quedaron concernidos a mirarse recíprocamente para resituarse entre sí y frente, o junto a, los demás. Y eso les obligó, al menos a tener que conocerse. Desde luego, el texto de Oliveira Martins marcó un antes y un después en la polémica y no es casual que al año siguiente de viajar a Portugal ambos escritores se cruzaran al menos dos cartas en cada sentido. Y no es casual, tampoco, que las posiciones, en este terreno, estuvieran muy matizadas desde la posición portuguesa. Hay constancia de que el texto fue pronto conocido y apreciado en España. La Revista de España. Revista científica, literaria y política, fundada por Albareda en 1868, dedicó amplios espacios a la cultura portuguesa en la pluma del propio Valera, residente en Lisboa una larga temporada, partidario del iberismo cultural y reticente con el nacionalismo portugués que debió contagiar a Galdós; también Antonio Romero escribió sobre Bocage, Garret, Herculano y Castello Branco, entre otros, y ambos forman parte de esta lista de articulistas. Lógicamente, cuando llegó el momento, la obra de Oliveira tuvo su espacio y fue reseñada por el propio Juan Valera. De esta revista fue colaborador temprano Galdós, quien publicó en ella alguna de sus obras más conocidas como Doña Perfecta e, incluso, llegó a ser director durante casi dos años, entre 1872 y finales de 1873. Ahí debió entrar en contacto con Valera y Menéndez Pelayo y su mirada sobre Portugal fue deudora de los testimonios de ambos. Es sabido que llegaron a constituirse asociaciones mixtas, de carácter cultural, entre portugueses y españoles aunque, al parecer, sin conseguir grandes logros. No nos consta que Benito Pérez Galdós formara parte de ninguna pero su existencia indica una importante voluntad de colaboración.

No es causal, pues, que Galdós estuviera gratamente sorprendido por la obra del autor portugués hasta hacer gestiones para su traducción al castellano. En carta, sin fechar, pero que pudiera ser anterior a 1886, año de la segunda que también se ha conservado, le dice Oliveira a Galdós: “Le debo los mejores agradecimiento por su amable carta del 18 y por los términos tan ingeniosos con que aprecia mi Civilización ibérica”. Y le añade: En efecto, sería para mi extremadamente honroso y agradable que hubiese en España quien tradujera esta obra.” (…) “… paréceme que hay sentimientos comunes entre todos nosotros, peninsulares, y creo que su divulgación en España sería un paso para bajar las barreras que deplorablemente separan dos pueblos hermanos. He vivido tres años en España y tuve ocasión de conocer de visu semejanzas y contradicciones”. Así lo comprobamos cuando, en otra carta, el propio Oliveira le transmite a Galdós “el permiso al Sr. D. Luis Navarro para emprender la traducción de Civilización ibérica”. Y le añade ahora: “me honraría sobre manera ese hecho tanto por lo que significa personalmente”, como “porque también pienso que entre nosotros, escritores españoles y portugueses, debía haber relaciones más estrictas.”8

Debían conocerse desde antes o haber mantenido algún tipo de relación. Es más, casi con seguridad, ambos viajeros, José María de Pereda y Benito Pérez Galdós, se habrían encontrado con Joaquim Pedro de Oliveira en la última semana de mayo de 1885, en la ciudad de Oporto cuando estos se dirigían hacia la frontera norte para salir por Galicia cruzando el río Miño9.

El aprecio recíproco escondía, no podía ser de otra manera, diferencias en la percepción recíproca y en la forma de abordar las relaciones entre ambos países. Sérgio Campos, quien demuestra ser un profundo conocedor del trasfondo de esta época, sostiene, de manera argumentada, que Oliveira sugería “una relación Portugal-España distinta [se refiere a las posiciones del republicanismo federal y del doctrinario, así como de las posturas jacobinas]: unión de pensamiento y acción e independencia de gobierno.” Y añade con las propias palabras de Oliveira: “esta es, a nuestro juicio, la fórmula actual, sensata y práctica del iberismo”10. Seguramente, la posición de Galdós hubiera querido avanzar en el modelo de unidad política y económica entre ambos países si bien por razones más bien pragmáticas como buen defensor del realismo literario –y político- que era y que trasladaba a las demás esferas de la vida11.

Desde entonces, Galdós estuvo más atento a los asuntos portugueses como muestra en varias crónicas enviadas al diario bonaerense y le hicieron mantener su interés hasta expresar su simpatía por la posición aliadófila de Portugal en la primera guerra mundial, tal y como le confesará al artista portugués Leal da Câmara en la entrevista que mantuvieron en 1916, en la casa madrileña del novelista en la calle Hilarión Eslava12. Era el momento en que Galdós arreciaba sus críticas, a través de los artículos publicados en la bella revista La Esfera, al papel de Alemania y a las consecuencias que traerían para Europa sus acciones militares. Entre tanto, tuvo tiempo de cruzar varias cartas de las que se conservan en la Casa Museo que suman 21 con corresponsales portugueses, bastantes de ellas en torno a los primeros años del siglo XX, coincidiendo con el estreno de Electra, incluida una de Antonio Sardinha que se dirige a Galdós como “Excelentísimo camarada” y otra, ya tardía, de la Empresa Literaria Universal en que se ofrecen a traducir al idioma de Camoes “una o muchas de sus muchas ediciones” pero indicándole que “una de las novelas escogidas para traducción es la novela Marianela”.


Galdós envió al periódico La Prensa tres artículos donde les contaba a sus lectores argentinos sus impresiones sobre Portugal. Los dos primeros son fruto del viaje realizado en la primavera de 188513. Eran momentos de plenitud intelectual y de lucidez de nuestro novelista lo que confiere a sus juicios especial interés. El tercer artículo, escrito en 1990, en el mes de noviembre de 199014, pretendía comentar los efectos de la aceptación del ultimátum británico relativo a la retirada de las tropas portuguesas del territorio comprendido entre Angola y Mozambique que tan grave crisis provocó en la monarquía portuguesa. Recordemos, de pasada, que Galdós, por esos años, estaba en plena digestión del fracaso de la Revolución de 1868 y no se había convertido a la fe republicana que profesaría con fervor en los inicios del siglo XX. Temeroso frente a cualquier revolución, defensor de posiciones muy conservadoras esos años frente al socialismo, y ya no digamos frente al anarquismo, Galdós veía con preocupación las crisis políticas. Sus juicios ante la situación portuguesa de aquel momento se me antojan defensivos. Debemos añadir a estos artículos el apartado dedicado a Portugal en la “Carta” de 18.10.1991 y en ella continúa con su pesimista diagnóstico sobre las relaciones de Portugal con Inglaterra y abunda en su posición defensiva frente a las reacciones de los pueblos frente a “los problemas sociales y económicos que afectan a la vida material” mientras que aquellos permanecen “indiferentes a todo problema político, incluso el de las formas de gobierno.”15.
Fue Benito Pérez Galdós un gran viajero quizá por su condición de isleño. Como “don del océano” le calificó María Zambrano en un artículo escrito para Diario 16, ya en junio de 1986, tras su regreso a España. Para la escritora andaluza, “don Benito sería la paz oceánica, es decir, sin fronteras”, atento a la vida de los pueblos. Por ello señalaba que Galdós “quitó el veneno a la literatura. No creo –dice- que se pueda encontrar en la inmensidad de su obra la menor gota de veneno, de ese veneno que ha parecido imprescindible a todo literato, a todo escritor que sabe que la literatura tiene que tener su gota de veneno para existir. Don Benito quitó el veneno.”16
Viene esto a propósito de explicar cómo miraba este isleño, desde su alta estatura y sus ojos pequeños, afincado en Madrid, ciudad a la que con seguridad convirtió en su propia isla, las otras ciudades y las otras gentes que visitaba. En la clasificación que la profesora Sotomayor, en su libro Palabras para una ciudad. La Segovia que vivió María Zambrano17 en el que recoge una buena parte de lo escrito literariamente sobre esta ciudad castellana, estableció tres formas de aproximarse a la ciudad: “la ciudad del viajero”, “la ciudad vivida” y “la ciudad recreada”. Para los lugares de Portugal que visitó Galdós deberíamos situarle entre la primera y la tercera, es decir, en “aquella forma de acercarse a un lugar, que tiene su razón en la curiosidad y el deseo de conocer. Esta forma, que ha movido a gentes por el mundo en todos los tiempos, significa la contemplación de un espacio extraño, ajeno a la experiencia personal de un espacio extraño, ajeno a la experiencia personal del mundo físico. Si el paisaje comporta un modo de ser y de vivir, el viajero no pertenece a ese mundo; su mirada distanciada capta primero la realidad material del paisaje para llegar después a intuir, si es que hay interés en ello, la vida que contiene ese espacio, el alma de sus gentes, el aliento que fluye en su ambiente.”18
Sin duda, Galdós pertenece a quienes sienten interés por incluir, en su reflexión, ese conocimiento del alma de las gentes de los lugares que visita. Nunca se comporta como el simple turista de la epidermis de la piedra sino como el documentado viajero que ha repasado la historia del lugar, las características de la geografía y la forma de vivir de las gentes y, sobre todo, su literatura culta y popular, esa unión imprescindible para conocer a los pueblos de que escribiera con tanto acierto Giner de los Ríos19 y que practicarían en sus muy diversas variantes los poetas del 27. Por eso, casi todos ellos tuvieron gran aprecio por Galdós a diferencia de lectores de otras generaciones más próximas.
Pues con este espíritu, es decir, sin veneno y con el ánimo de conocer el alma de los lugares visitados, recorrió Benito Pérez Galdós buena parte de Europa y, por supuesto, casi toda España. De sus viajes interiores nos quedan fisonomía espléndidas de San Sebastián, Bilbao, Santander (ciudad más vivida que visitada), Madrid (dicho sea en los mismos términos), Barcelona, la propia Segovia20, antes mencionada, junto con La Granja de San Ildefonso y otras. De los viajes por Europa nos quedan detalladísimas observaciones de su largo viaje por una Italia que le fascinó ciudad por ciudad: Roma, Verona, Venecia, Florencia...; Holanda, país que visitó en el verano de 1887, de la que subraya el “carácter burgués y su sentimiento vivo de la localidad y de la familia y su vivir práctico y morigerado, escaso espiritualismo y devoción de la familia del trabajo”; Alemania, “el Imperio más poderoso de Europa en cuya capital residen los hombres que tienen en sus manos los acontecimientos del viejo continente, y la paz o la guerra.” De ahí que su curiosidad se dirigiera a saber dónde vivían el emperador Guillermo y Bismarck; los países nórdicos, a doce horas de Hamburgo para llegar a Copenhague, si bien “Dinamarca es tan pequeña que se la puede recorrer toda en medio día y aún sobra tiempo”; Inglaterra, país que conocía bastante bien y de la que no entendía las contradicciones entra las bondades de su política y las desigualdades de su sociedad: hasta el punto de señalar que “en ninguna parte de Europa se ven pobres tan andrajosos y famélicos como en Inglaterra; vuelve a Francia, país que había visitado a sus veinticinco años, y en alguna otra ocasión. Lo haría de nuevo en 1889 para visitar la Exposición universal...21
A todos estos viajes precedió el realizado a Portugal en la primavera de 1885. Sobre sus impresiones escribió, como decíamos anteriormente, dos artículos para los lectores argentinos del periódico La Prensa, fechados en Lisboa el día 28 de mayo y en Vigo el 4 de junio. Fueron recogidos por el poeta Ghiraldo en el primer volumen de las Obras Inéditas bajo el título “Viajes y Fantasías”22.
En estas dos “cartas”, y casi cuarenta páginas, Benito Pérez Galdós trasmite a sus lectores los tres sentimientos que su visita le produjo: fascinación por el paisaje, simpatía y mucho respeto por la ecuanimidad de sus gentes y... recelo, no ante los recuerdos históricos pues, señala, los motivos que habían fomentado las rivalidades han desaparecido, sino ante la falta de entendimiento suficiente entre los dos países que forman esta península ibérica. En este punto Galdós carga la mano más en la responsabilidad portuguesa que en la española aun reconociendo que la diplomacia española tampoco había actuado de manera adecuada.
Recuerda Galdós que el ferrocarril Madrid-Lisboa se inauguró en 1866 y por aquel entonces se tardaban treinta horas; ya en 1881, poco antes de su viaje, se inauguró la línea Madrid-Cáceres-Portugal para veinte horas de viaje. Y que estaba ya abierta otra conexión entre Oporto y Vigo con un recorrido de cuatro horas. Don Benito entró en Portugal por la primera y salió por este segundo enlace camino de Galicia. “El que esto escribe –señala su autor- deseaba ardientemente conocer Portugal”. “Por fin, aquel anhelo se ha realizado, y heme ya en tierras de Camoes.
1. Reserva la fascinación para Lisboa, “edificada sobre colinas a la margen derecha del Tajo, “todo un panorama”, tan espléndido que sólo el de Nápoles o Constantinopla pueden comparársele. A partir de aquí va desgranando expresiones de admiración: “embelesa la vista y suspende el ánimo”, le parece enorme con sus vericuetos y “agrias pendientes” y su plaza do Comercio es de las más bellas de Europa. Galdós se detuvo con delectación ante el monasterio de Belem, donde historia, paisaje y la arquitectura de estilo gótico Manuelino conforman un ejemplo de armonía.

Menos le gustó a Galdós la Lisboa de Pombal. En realidad es que a Galdós no acababa de satisfacerle el siglo XVIII. Quienes hayan leído su temprano artículo de enero de 1871, “Don Ramón de la Cruz y su época” entenderán fácilmente el porqué23. Nos es cuestión de resumir aquí su denso y doctrinal estudio. Baste su aseveración de que buscar en el siglo XVIII “un movimiento espontáneo, vigoroso, del espíritu nacional, sería inútil”. Eso de meter el genio en modelos canónicos no gustaba a don Benito pues él consideraba que autores como Homero, Cervantes o Shakespeare “no tuvieron modelo bueno ni malo”. Si de España salva a Jovellanos, Moratín o Ramón de la Cruz, “el único poeta verdaderamente nacional del siglo XVIII”, en la Lisboa de Pombal las iglesias le parecen “correctas y elegantes, pero tan profanas, que viéndolas por fuera le parece a uno que allí dentro se baila”.No sé si residiría aquí la razón de unas palabras que no dejan de sorprender y que Galdós deja caer: “Creo no equivocarme al asegurar que en Portugal se reza mucho menos que en España, dejando al curioso lector el cuidado de averiguar los motivos de este fenómeno y de sacar las consecuencias de él, si alguna pudiera sacarse.”


Si la morfología de Lisboa le fascina fue Cintra (así escribe Galdós el nombre de esta ciudad) la ciudad donde sintió la plenitud al ver, a medida que se asciende, “como se va desarrollando el más lindo paisaje que ojos humanos podrían gozar sobre la tierra” sabiendo que si la recta es el camino más corto entre dos puntos, la belleza sólo se encuentra en el serpenteo, en las ondulaciones del camino que lo prolongan sobremanera, pues sólo en este alargamiento suscita el interés por “tantas bellezas que se suceden sin cesar”. “Desde abajo –confiesa- no se comprende que puedan existir pensiles en tan riscosa superficie, ni que haya tierra en que puedan prender las raíces de tanto opulento y frondoso árbol” hasta llegar al castillo construido sobre los restos del convento que mandara edificar el rey don Manuel. No le pasa desapercibido el Palacio Real, más interesante por los recuerdos históricos que por el valor de sus paredes, y así pronto vuelve al paisaje para enfatizar que no ha visto en parte alguna “vergeles mejor cuidados” y que “el arte de la jardinería ha alcanzado en el parque real de Cintra su más alto grado de perfeccionamiento. Ni deja ante tanta belleza de reconocer el mérito de los “burrinhos” que subían la cuesta hasta llegar al castillo sin apenas queja. Llega su admiración a decir de ellos que son “los animales más mansos, más valientes y más bien educados que he visto en mi vida”. No le faltaba razón al bueno del viajero ni en la admiración por Sintra ni en el elogio al borrico, adelantado a Unamuno quien le dedicaría un artículo entero, molesto con seguridad ante la injusticia que supone haber dedicado tantas páginas al caballo por ser montado éste por caballero y no por no villano aunque no tenga comparación el correr veloz de uno y el trote del otro. Mas cuando de subir cuestas empinadas se trata, ambos se igualan y esto debió pensar Galdós.
Tras recordar los nombres de Camoes y Byron como los grandes cantores de Cintra, considera que con decir tanto y tan bueno “no alcanzaron a expresar la belleza de lugar tan extraordinario”. “Se entra en Cintra -concluye el viajero mirando a su propio interior-, con delicia, se sale con tristeza y haciendo propósito de volver lo más pronto posible.”
Su paso por Coimbra –la ciudad que es a Portugal lo que a España Alcalá o Salamanca, Heidelberg a Alemania u Oxford a Inglaterra- debió ser más apresurado, eso sí, sin olvidar decir que “los portugueses aman mucho a esta verdadera nodriza intelectual de todos ellos y la nombran siempre con respeto” y sin olvidar un recuerdo a la memoria de Inés de Castro, “aquella mártir cuya trágica historia no se puede leer sin pena vivísima, reina coronada después de muerte y cantada por todos los poetas de la península antiguos y modernos.
Deja para Oporto las últimas páginas de la segunda carta, camino de Vigo y aquí de nuevo el elogio de la campiña cuyos encantos “superan a cuanto la imaginación podría soñar”. Después, un paseo por el “suntuoso edificio moderno de la Bolsa y el Palacio de Cristal, la torre de los clérigos y la estatua ecuestre de don Pedro en la plaza del mismo nombre que, sentencia Galdós, es digna de una gran capital”. Tras fijarse en el “soberbio, arrogante y sólido puente sobre el Duero, por el cual pasa el ferrocarril a vertiginosa altura” y que constituye una de las construcciones más atrevidas de Europa, vuelve a lo que sus ojos quieren ver continuamente: la ribera, las casas apiñadas, las masas de pinos y eucaliptos, las praderas y, hacia el mar, rocas rompientes de espuma y toda la poesía del Océano”.
Ghiraldo suprimió varios párrafos de esta carta para no distraer al lector con asuntos que no tuvieran que ver con la visión del viajero. Parece que en aquellos días, por lo visto, no se hablaba en España de otra cosa que de la vacuna del doctor Ferrán contra el cólera y Galdós, siempre tan preocupado por su isla madrileña, cerró esta segunda “carta” con lo que era un esperanza para los madrileños. Como, además, ante el peligro del cólera en Portugal se había establecido un cordón sanitario, Galdós quería dejar su receta.
2. La simpatía lo fue para la gente. Digámoslo con sus propias palabras: “Noto en las clases populares de Lisboa mejores formas que en las de Madrid. Indudablemente esta raza está mejor educada que la nuestra. No sé por qué me figuro que nuestro pueblo tiene más imaginación, y que el lisboense aventaja al nuestro en cualidades prácticas…” “Reina aquí -continúa diciendo-, una sobriedad de acciones y de palabras que a los españoles, tan dados a hablar más de la cuenta, nos parece algo sosa…” “No he presenciado borracheras, riñas ni ninguna clase de pendencias. Quizá esta impresión recibida por mi sea una impresión falsa; pero la transmito como la recibí, sin sacar de ella consecuencias terminantes ni pretender juzgar un país por lo que se ve en una visita rápida. Pero no creo aventurar que son los portugueses de las clases bajas, excesivamente pacíficos, sobrios, morigerados y desprovistos de imaginación. Raza laboriosa y honrada..”

El contrapunto de esta amable visión de Galdós, que confiesa no conocer la literatura popular de Portugal y eso considera que le quita autoridad para “hablar del pueblo portugués”, está en que ha visto un punto de tristeza en la gente de esas propias clases bajas, en que falta la risa y los corrillos bullangueros…


Por si estamos a tiempo, conviene decir que a don Benito las camas portuguesas le parecieron duras, no así los alimentos, “por lo general buenos y abundantes” y agradece que “el demonio del lujo no haya plantado sus reales en esta dichosa ciudad del Tajo”, pues así “disfrutan las familias lo que poseen y no hay aquí el diabólico afán de aparentar una posición superior a la que se tiene. Todo indica que en Lisboa no existen los despilfarros que entre nosotros son cosa corriente: las tiendas lo declaran.”
3. He calificado de recelo el tercer sentimiento que hacia Portugal nos trasmiten estas páginas del viaje realizado por Pérez Galdós. Sea éste u otro similar, lo cierto es que nuestro viajero no deja de mostrar un cierto desasosiego ya no, como antes decíamos, por los recuerdos de la historia acerca de las relaciones de ambos países. No porque mencione las fechas de 1385 o la de 1640 que no lo hace, después de todo escribía para sus lectores argentinos seguramente por aquellos días más dados a identificarse con la que Galdós califica de “altiva independencia” de Portugal que con las posiciones españolas, antigua metrópoli de sus ahora lectores.
Galdós era de espíritu más bien jacobino pero, ya hemos adelantado con María Zambrano, que había erradicado el veneno de su literatura y por nuestra cuenta decimos que a su sentido de la historia añadía un espíritu práctico y aprecio por el progreso. Así pues, notaría el lector que a Galdós le cuesta aún dejar de ceder a un cierto espíritu de superioridad. Lo manifiesta tanto en estas dos cartas de su excursión como en la segunda ocasión en que vuelve sobre Portugal, ya no con motivo de un viaje sino a propósito del tratado luso británico sobre las condiciones en que había de establecerse el dominio, por ambas naciones de los territorios africanos. Eran los meses finales de 1890.
La prensa portuguesas debía dar por aquellos días noticias abundantes de las consecuencias del Tratado y arremetía contra sus clases dirigentes. Galdós se esfuerza en trasmitir a sus lectores del otro lado del Atlántico que la realidad de la nación portuguesa no se corresponde con el lenguaje exaltado de sus periódicos y que el país “permanece como una balsa de aceite”.
Mas no debían tranquilizarle suficientemente sus propias palabras pues lo que deseaba decir es que “Portugal ha rechazado siempre la única solución posible para los problemas que bien podrían llamarse de existencia, la alianza sincera con España.”
Si en los artículos de 1885 aludía a las dimensiones de la población portuguesa cuyos cinco millones de habitantes se veían obligados a soportar toda la administración del Estado: ejército, marina, cuerpo diplomático, infraestructuras, escuelas, universidades… siendo también pequeña España, de tal manera que también nos veíamos obligados a los mismos dispendios y “a la apariencia de nación grande con presupuesto reducido”, pensaba Galdós que eso debería llevarnos a buscar un acomodo que nos librara de tanta carga inútil, “estableciendo algo que fuera común y que pudiéramos conllevar a medias. Pero esto, pensaba Galdós, no pasaba de ser un sueño o un delirio. Y aquí es donde le sale su vena al afirmar que el “solo anuncio de semejante idea hace temblar de indignación a los susceptibles portugueses.” Mas las palabras de Galdós no terminan aquí. Continúan con otro talante: “…vendrán tiempos –afirma- en que los dos pueblos hermanos encuentren una fórmula para constituirse en hermoso y soberano grupo, el cual tendrá la fuerza que ninguna de las dos nacionalidades separadas obtendrá jamás.”

En el artículo de 1890 ataca este tema por otro flanco. La alianza hispano-portuguesa serviría para contrarrestar el poder de Alemania, Francia e Inglaterra cuyo reparto de África se haría perjudicando “los intereses históricos de España y Portugal, injustamente de esta última nación, cuyos navegantes y conquistadores, hicieron en aquel continente lo que los españoles en América. Y la historia no ha dejado de darle razón.

Celos, recelos, sentimientos propios de vecindad. Esos sentimientos no abandonaron a Galdós que se mueve entre sus deseos de buena vecindad y un sentimiento añejo de superioridad.

Ante la manifestación que, al parecer, se previó organizar en Madrid para apoyar la causa portuguesa y que no habría obtenido la autorización, termina Galdós su artículo de esta manera: “Pero hay que tener en cuenta, y parece que los propios manifestantes se han dado esta consigna, que no conviene hablar una palabra de Unión Ibérica, porque si tales palabras se pronunciasen, nuestros vecinos se enojarían de súbito contra nosotros, y nos arrojarían a la cara todas las lindezas que hoy dicen contra los ingleses. La manifestación –dice Galdós, creo percibir que con alguna sorna,- deberá ser puramente platónica…”

Así pues, no sigamos por aquí y concluyamos este comentario guiado de las propias palabras de Galdós, por otros derroteros. Si a su vuelta de Dinamarca no se le había ocurrido otra cosa que hacer el siguiente comentario: “en todo el norte de Europa no se fuma, rigurosamente hablando, pues el tabaco que en estas regiones se vende no tiene de tal más que el nombre.” Para sacar la consecuencia, no menor, de que “véase por donde aparecen diferencias esenciales en el modo de vivir de los pueblos, pues un español enviciado con el buen tabaco tiene suficiente motivo, desde que enciende un puro, para no confundir su querida patria con ningún otro país de la tierra”…. Deberíamos nosotros mismos sacar nuestras propias consecuencias, siguiendo el razonamiento de Galdós, y hacer lo propio, por ejemplo, con el café y lo que piensan los amigos portugueses cuando a España vienen.

A su vuelta de Portugal parece fundar la identidad en otros parámetros: la superación de la nostalgia de las glorias pasadas sobre las que no se podían sostener ya dos países modernos. Tras recordar a Vasco de Gama y a Bartolomé Díaz dice lo siguiente: “La marina portuguesa moderna es pura fórmula. No diré que es inferior a la nuestra porque la nuestra no admite inferioridad. Allá se van la una con la otra en inutilidad dispendiosa y en alardes sin sustancia, de lo cual resulta tan sólo un poco de satisfacción del amor propio. Los portugueses, como nosotros, se hacen la ilusión de que tienen marina militar, viendo fondeados en el Tajo unos cuantos cachuchos que no sirven absolutamente para nada. También estos infelices se gastan como nosotros, considerables sumas en sostener arsenales, donde centenares de operarios se ocupan en reparar barcos viejos y en remendar lo que no tiene compostura.”


La moraleja a que nos conduce Galdós es que no bastan manos nobles para remendar calzas inservibles si esto nos va a mantener descalzos. Tampoco valen conceptos filosóficos como “Unión ibérica” o “iberismo”, o cualquiera otro si estos levantan recelos que terminan produciendo efectos contrarios a los deseados. Galdós era un hombre de mentalidad positiva y eso le llevó a mostrar el fracaso de algunos de sus protagonistas de las novelas de finales del XIX como Nazarín o de la condesa Halma y no dudó en poner una administradora que ordenara la acción benéfica de la protagonista de Misericordia. Mas de todos estos personajes de las novelas que comenzó a escribir a ya en la última década del XIX una cosa si nos quiso dejar. Y esa sí pertenece a lo mejor de las mejores gentes de ambos países: la generosidad y el sentido moral de las gentes de ambos pueblos.
La historia ha dado muchas vueltas desde entonces. Algunos de esos paisajes que Galdós vio siguen en pie, otros han sido modificados; otras generaciones, otras gentes, gobiernos democráticos por fin… tiempos de bajar de esas alturas platónicas que Galdós auguraba como el único lugar posible para las relaciones entre ambos países… para instalarse en el plano de la eficacia pero sin renunciar al sentido moral de lo mejor de las mejores gentes que hemos tenido. Y es en esto en lo que creo que Galdós estaría completamente de acuerdo. Y en lo que merece ser continuado.

1 Menéndez Pelayo, M., La ciencia española, 3 vols. Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1887 (3ª ed.); Mora García, José Luis, “Un testigo atento de la polémica: el novelista Pérez Galdós” en Mandado, R.Emilio y Bolado, Gerardo, La Ciencia Española. Estudios, Universidad de Cantabria, 2011, pp. 55-80.

2 Pamplona, Urgoiti, 2009

3 Ib., p. XIV.

4 Ib., p. XXVI

5 Traducido dos años después al español por Santiago Alba, Madrid, 1899. V. También, Núñez, Diego, “La historia del pensamiento español y el problema de España” en ¿Existe una filosofía española?, Madrid, Fundación Fernando Rielo, 1988, pp. 143-171. Para una visión general de este debate desde la perspectiva española, Litvak, Lily, Latinos y anglosajones: orígenes de una polémica, Barcelona, Puvill-Editor, 1980.

Para la perspectiva portuguesa el estudio, ya citado, de Sérgio Campos es fundamental. Igualmente, el capítulo dedicado al siglo XIX en el libro de José Eduardo Franco e Pedro Calafate, A Europa segundo Portugal. Ideias de Europa na cultura portuguesa século a século, Lisboa, Gradiva, 2012



6 Para la perspectiva portuguesa el estudio, ya citado, de Sérgio Campos es fundamental. Igualmente, el capítulo dedicado al siglo XIX en el libro de José Eduardo Franco e Pedro Calafate, A Europa segundo Portugal. Ideias de Europa na cultura portuguesa século a século, Lisboa, Gradiva, 2012, pp. 144-146.

7 Piper, Anson, “Galdós and Portugal”, Anales Galdosianos, VIII, 1973, pp. 79-87

8 J.P. Oliveira a Galdós. Las cartas de Oliveira a Pérez Galdós se hallan en la Casa Museo Pérez Galdós-Cabildo de Gran Canaria. Debo su consulta a la amabilidad y eficacia de Ana Isabel, la persona encargada de los epistolarios quien me las ha proporcionado con máxima rapidez.

en las dos cartas conservadas



9 Así lo afirma Sérgio Campos quien ha podido leer las cartas de Galdós a Oliveira. Por mi parte he podido consultar las dos cartas de Oliveira Martins a Pérez Galdós, una fecha con seguridad en 1886 y la otra con mucha probabilidad anterior y no podría asegurar que del mismo año. Habría que comprobarlo con la fecha de publicación de la 4ª ed. de Historia de Portugal, obra cuya primera edición vio la luz el mismo año que la “Civilización ibérica”. La 5ª es ya de 1894. Desafortunadamente no he podido comprobar el año de la cuarta edición que nos daría una aproximación de la fecha de esta primera carta. L

10 Ib., p. XXIII.

11 Cuenca Toribio, J.M., “Galdós, iberista”, Anuario de Estudios Atlánticos, 40, 1994, pp. 533-543.

12 Sobre este encuentro ver: González Martel, Juan Manuel, “Pérez Galdós y Leal da Câmara. Un artista modernista portugués retrata y entrevista de Benito Pérez Galdós”,

www.anuariosatlanticos.casadecolon/index.php/moralia/article

13 Pérez Galdós, B., “Excursión a Portugal”. Viajes y Fantasías. Obras inéditas, v. IX. Ed. de Alberto Ghiraldo, Madrid, Renacimiento, 1928, pp. 11-43

14 Shoemaker, W., Las cartas desconocidas de Galdós en “La Prensa” de Buenos Aires, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1973, pp. 415-420. De esta “Carta”, el primer punto del Sumario es: “Portugal e Inglaterra”.

15 Ib., p. 459

16 Esta expresión siempre me gustó mucho por su sutileza. Pertenece a aquella excelente lectora de la obra de Benito Pérez Galdós que fue la filósofa María Zambrano, lectora realmente cualificada y atenta, una de las pocas personas del gremio de los filósofos que supo comprender en profundidad a este novelista Está recogido en la edición de Mercedes Gómez Blesa, María Zambrano, Las palabras del regreso, Madrid, Cátedra, 2009, p. 202. V. Mora García, J.L., “Galdós, la filosofía y los filósofos” en Arencibia, Yolanda y Bahamonde (eds.), Ángel, Galdós en su tiempo, Santa Cruz de Tenerife, Parlamento de Cantabria/Parlamento de Canarias/Cabildo de Canarias/ UIMP., 2006, pp. 71-110.

17 Sotomayor Sáez, María Victoria, Palabras para una ciudad. La Segovia que vivió María Zambrano, Segovia, Ediciones de la Caja de Ahorros de Segovia, 2004

18 Ib., p. 19

19 Giner de los Ríos, F., “Consideraciones sobre el desarrollo de la literatura moderna”. Recogido en López Morillas, J., Krausismo. Estética y literatura, Madrid, Lumen, 1973, pp. 111-160. El texto original de Giner es de 1862.

20 Conservamos de esta ciudad también una espléndida reflexión que en la distancia no solo del espacio, como era el caso de una exiliada, sino también por el tiempo transcurrido desde que la abandonó, hizo María Zambrano. Redactado a comienzos de los años sesenta, María Zambrano había dejado la ciudad del acueducto a finales de los años veinte aunque pudiera regresar a ella esporádicamente en los años siguientes. Más allá de la ciudad concreta descrita, hay en su palabra escrita una simbolización de la ciudad, de toda ciudad, que haya de ser preciada de espacio humano. Zambrano, M., “Un lugar de la palabra: Segovia” en España, sueño y verdad, Madrid, Siruela, 1994, pp. 163-184. V. Mora García, J.L., “La ciudad ausente como utopía de la ciudad en el pensamiento de María Zambrano. Segovia en su recuerdo”, Estudios Segovianos, LIII, 2011, pp. 183-208

21 Todas las citas están extraídas de la edición de W. Shoemaker, o.c. Al tratarse de textos breves no iré citando cada uno de ellos pues el lector puede identificarlos con facilidad en las dos obras citadas de donde están extraídos.

22 V. Notas 13 y 14. Ghiraldo hizo la selección como mejor le pareció. Hemos podido leerlos completos gracias a la investigación de Shoemaker. Cada uno lo suyo pues desafortunadamente aún no disponemos de una buena edición de los escritos de Galdós publicado en este periódico de Buenos Aires.

23 No era muy amante del siglo XVIII ciertamente. En un artículo sobre La Granja de San Ildefonso, la ciudad cercana a Segovia construida por Felipe V como lugar de asueto veraniego al modo de Versailles muestra su disconformidad con el espíritu de las Luces a la hora de construir ciudades. En este otro artículo, “Ramón de la Cruz y su época”, había hecho lo propio con la literatura. O.C., VI, Madrid, 1871, pp. 1465-1502.





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